113 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (IV)

La Reina no estaba de buen humor. En absoluto.

Por primera vez en su vida, decidió escuchar a sus Consejeros y dejar de pasar a sus súbditos rebeldes por la espada y aplicar un acercamiento más sutil. ¿Justas? ¡Bah! Mano de hierro era lo que necesitaba para apagar la dichosa rebelión pirata. Pero habían resultado ser mucho más escurridizos de lo que pensaba y los combates por mar no estaban resultando tan efectivos como le aseguraron sus generales. Muchos plebeyos apoyaban secretamente a los corsarios y no podía movilizar grandes cantidades de soldados por miedo a un levantamiento y otra rebelión que amenazase la estabilidad de la corona.

Y luego estaba la corte… ¡Malditos Von Vondra! Al Inframundo con todos ellos, con sus risas altaneras y sus arcas llenas de oro que desgraciadamente necesitaba. Era como aliarse con una víbora, lista para morder en cuanto se descuidase.

Así que accedió, por el bien de la frágil paz. ¡Incluso se rebajó a caminar entre sus súbditos! ¡A interactuar con ellos! ¡Regalar calamburos dadivosamente, dando una imagen de reina cercana y bonachona! Definitivamente, ya no tenía una edad para fingir bondad y compasión, pero a veces reinar implica sacrificios.

Mientras la Reina mantenía una sonrisa falsa en un tenso rictus viendo  al Gremio de Bufones y Saltimbanquis realizar su ridícula actuación, recordó lo mucho que detestaba el teatro y las artes. ¡No por nada había despachado a todas esas alimañas chupasangres de su palacio! La única belleza posible estaba en el poder y las montañas de oro. Por eso, su humor empeoraba por segundos al tener que mantener esa farsa y no ejecutar a todos los presentes ahí mismo por alta traición.

Pero había que dar un final a las Justas. Y menudo final sería ese.

La pequeña representación acabó entre entusiastas aplausos, mientras Sancha III forzaba aún más su sonrisa para hablar con su pueblo:

– ¡Noble pueblo de Calamburia! Habéis participado con un entusiasmo desenfrenado en estas Justas, pero me temo que sólo puede haber un ganador.

Los Consejeros subieron al palco a entregarle una copa llena de vino para para el brindis. La Reina intercambió una misteriosa mirada con ellos, cargada de intenciones.

– Es hora de brindar por los ganadores… ¡Un gran brindis por el Clan del Ciervo Gris, los campeones indiscutibles de estas justas, y  vencedores de la monstruosa Sierpe que amenazaba nuestras murallas!

Los gritos y rugidos resonaron por toda la plaza, mientras el Clan del Ciervo Gris estallaba de júbilo, berreando su exótico grito de guerra. Sancha aguantó con la copa en el aire, jurando que si esperaba un segundo más rodarían cabezas. Odiaba las impuntualidades.

Unos segundos más tarde de lo esperado, pero haciendo una entrada triunfal, los Caballeros del Lirio Azul interrumpieron el alboroto.

– ¡Alto majestad! ¡No beba de esa copa! ¡Está envenenada! – gritaron, haciendo que un grito de sorpresa recorriese la plaza.

La Reina mantuvo su copa, alegrándose de borrar aquella estúpida sonrisa y fruncir el ceño por fin, amenazadoramente.

– ¿Envenenada decís? ¿Y quién ha podido osar envenenar la copa de vuestra amada Reina regente?

– ¡El Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores! – gritó la líder del Lirio Azul.

La plaza estalló en gritos de indignación. El gremio de Artesanos fue empujado al centro de la Plaza del Titán entre empellones, mientras aullaban su inocencia.

– Solo hay una manera de saber si decís la verdad – escupió la Reina, invadida de una justa ira -. ¡Necesito a mi catadora real!

Una pizpireta joven se acerco a la reina entre saltitos y reverencias. Con una brillante sonrisa, hizo ondear un poco su falda y apuró la copa hasta la última gota. Dedico un saludo a toda la plaza con una radiante sonrisa.

– ¡Creo que puedo afirmar que no está envenenada! – proclamó con una voz nítida y cristalina. Acto seguido, su cara se tensó y cayó al suelo como un vulgar fardo. Muerta.

La plaza estalló de histerismo. La gente gritaba, alzaba los brazos y trataba de salir a toda prisa, oliendo el conflicto. Pero la Guardia de la Reina ya llevaba horas apostada en las salidas de las calles y retuvieron a la turba que ahí se encontraba como si se hallasen en una habitación cerrada a cal y canto. De ahí no saldría nadie vivo hasta que no se resolviese el entuerto.

– Vosotros, viles cucarachas. He llenado vuestras arcas de oro con trabajos de reconstrucción por todo el país. ¿Y así me lo pagáis, plebeyos? – preguntó la reina con una voz que acalló todos los gritos, concentrando sus miradas en ella.

– ¡Son falsas acusaciones, mi señora! ¡Los verdaderos causantes de este trágico suceso son los miembros del Clan del Ciervo Gris! Es conocido su rencor hacia la corona – dijo el gran maestre, mientras retorcía nerviosamente el dobladillo de su túnica.

El Clan del Ciervo Gris ululó de rabia y tuvieron que contenerlos para que no atacasen los Artesanos. Lo cierto es que ellos también querían asesinar a la reina, y habían ofrecido sus servicios a los acusados, pero habían sido despachados sin mayores miramientos como si fuesen unos vulgares bárbaros. Era una afrenta que no iban a perdonar.

– ¡El Clan del Ciervo Gris, los ganadores de estas justas, nos declaramos inocentes! Y exigimos que nuestro premio por sea el ahorcamiento de estos traidores y que sus partes nobles sean entregadas la Gran Hoguera como ofrenda a los elementos!

La multitud rugió y pataleó, aprobando las drásticas medidas de aquel peculiar Clan.

Erebos, uno de los Consejeros de la Reina se adelantó y pidió silencio.

– Las acusaciones del Lirio Azul son ciertas. Fuimos abordados por estos traidores a la corona con un cuantioso intento de soborno, que por supuesto, fingimos aceptar – explicó con una sonrisa de suficiencia -. Teníamos que envenenar la copa de nuestra reina para que pudiesen alcanzar sus mezquinos fines. Al parecer, sus arcas están mucho más llenas de lo que pensábamos. ¡Quien sabe, quizás estaban intentando instaurar una infame República a base de sacos de oro!

El pueblo soltó un grito de asombro al comprobar lo lejos que había llegado aquella red de intrigas. ¿Quién podía estar detrás de todo esto? ¿Los piratas? Eran tiempos confusos, sin duda.

– ¡Arrestadlos! Marcad sus cuerpos con hierros candentes para que todo el mundo vea el alcance de su traición y colgad sus cuerpos de la torre más alta de Instántalor. ¡Soy Sancha III, el adalid de la paz y no permitiré que nadie se atreva a ponerla a prueba! – dijo alzando los brazos, envolviéndose la ovación de un público entregado y aliviado por no participar en la ejecución de toda la plaza.

Mientras el Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores era llevado a rastras entre súplicas y sollozos, la Reina miró satisfecha como retomaban las festividades, con el Clan del Ciervo a la cabeza. Desde el momento en el que sus Consejeros le avisaron del regicidio, había ardido en deseos de colgarlos de inmediato y cancelar las Justas, pero la estratagema de mantener aquel teatrillo y desenmascararlos en público había resultado ser todo un éxito. Había dos cosas que la familia real apreciaba: las ejecuciones y los planes que salían bien. Quizás, solo quizás, no había sido tan mala idea la de organizar las Justas.

Un alboroto en una de las calles la sacó de sus pensamientos llenos de grandeza, trayéndola de vuelta a una más cruda realidad. Un destacamento de guardias, con la Reina Urraca a la cabeza y una Sirene muy ansiosa se acercaron al palco real.

– ¡Madre! ¡Tenemos que reagrupar nuestras fuerzas y cancelar las festividades!

– No te preocupes hija mía, ya he mandado ejecutar a los traidores – dijo la Reina muy ufana, quitándole importancia.

– ¿Qué? ¡No, señora reina! – dijo Sirene mientras sacudía la cabeza con fuerza y daba saltitos -. ¡El Palacio de Ámbar está bajo asedio! ¡El bando Pirata ha sitiado el Palacio de Ambar de nuevo y amenaza con tomarlo de una vez por todas!

– ¿Cómo? ¡A mí la guardia! ¡Mandad mensajeros a nuestros generales! ¡Convocad nuestros ejércitos! – exigió Sancha levantándose con una energía sorprendente para una anciana -. ¡Basta de juegos, Justas y tácticas infantiles! ¿No quieren paz? ¿No quieren convivencia bajo nuestro gentil mandato? ¡Sea pues! ¡Guerra es lo que tendrán, y no descansaré hasta verlos todos muertos, despellejados y colgados de las almenas del Palacio!

Y así fue como acabaron las Justas de la Reina Sancha. Quizás se trataba de la última época de paz vivida por los Calamburianos. ¿Acaso sólo las guerras y la desesperación acechaban en el horizonte?

Mientras la multitud se dispersaba para refugiarse en sus casas de la tormenta que se avecinaba, una sombra maquiavélica sonrió en la oscuridad. Para Van Bakari, los planes fracasados no importaban. Al fin y al cabo, los hilos que manejaba eran incontables y tenía toda la eternidad por delante para atrapar a sus presas. Bueno, no era una eternidad técnicamente, sólo dependía de cuantas almas tuviese a su alcance.

Y pronto iba a tener todo un alijo de almas sobrantes. Una auténtica necrópolis.

112 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (III)

A veces, el destino nos enfrenta a lo que más tememos. Por mucho que tratemos de evitarlo, nuestros miedos acechan detrás de cada esquina. Todo lo que hemos tratado de evitar acaba volviendo, más fuerte que nunca. Y sólo existe una manera de cortar este ciclo infernal de miedos y titubeos: enfrentándonos a él.

Así se sentía Ventisca cuando tuvo que enfrentarse a su destino, nuevamente. Aunque la volátil criatura prefería flotar entre tormentas y sentir la electricidad estática por su piel, la algarabía y el ruido habían atraído su atención y se  dignó a posarse en Instántalor. El gozo y el disfrute eran sensaciones ajenas para ella, pero mientras caminaba por entre la multitud, una pequeña parte de su interior que parecía marchita, renació. Los aleteos de su inconsciente le trajeron recuerdos, olores, sensaciones y experiencias que no eran suyas, pero que bien podrían serlo. Se trataba de la vida pasada de su otra mitad, Brisa. El eco de sus recuerdos cobraban vida entre el bullicio, estableciendo un paralelismo entre la vida feliz que tuvo con su familia, allá en los cielos.

Tales sensaciones eran totalmente ajenas para Ventisca, el Avatar del Caos, una criatura surgida de los vapores del inframundo y destinada a hundir a Calamburia en un abismo de sangre y fuego de la mano de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa. Pero por una vez, solo por esta vez, Ventisca sintió que podría haber sido algo más. Algo diferente.

Mientras caminaba altanera y distraída por la multitud (la cual se abría a su paso al detectar su aura de peligro), sus delicados pies la llevaron a un apartado callejón, lejos del ruido y las risas. Nunca supo como pudo acabó allí, pero los miedos siempre logran encontrarnos por mucho que intentemos huir de ellos.

Una energía extraña crepitaba en el callejón. Un viento antinatural soplaba removiendo la basura y la inmundicia que se esparcía por el suelo. Ventisca empezó a acumular poder porque sentía que el peligro acechaba.

Con un enorme crujido, la realidad se partió en dos y en el fondo del callejón se abrió una enorme grieta en el aire, como una herida supurante. Del portal abierto, zarcillos de locura y caos se extendían en forma de tentáculos de magia descontrolada, azotando las paredes y ventanas del callejón. El viento antinatural soplaba con fuerza y agitaba el pelo de Ventisca, pero ella parecía totalmente inmune a su efecto. Su mirada estaba clavada en el centro del portal, hacia el cual fue acercándose lentamente. Podía ver imágenes en su núcleo, imágenes de otras realidades, otros mundos. Lugares en el que ella, Ventisca, era feliz. Era amada. No estaba sola. Era una criatura con recuerdos, memorias sueños y no sólo la mitad extirpada y oscura de un ser puro y brillante.

La Guardiana del Inframundo fue aproximándose al portal extendiendo la mano, mientras los zarcillos de magia la envolvían en un macabro abrazo, atrayéndola a su interior.

– ¡Atrás mi señora! ¡Hermanos Juramentados, en formación!

Del fondo del callejón, surgieron en tropel una multitud de guerreros y guerreras vestidos de rojo carmesí, así como Nómadas y miembros del Clan del Ciervo Gris, portando un extraño aparato a los hombros. Los porteadores hincaron la rodilla en tierra con sus resoplidos mientras otros trasteaban el extraño artilugio, apretando botones y palancas. Varios de los Hermanos Juramentados arremetieron con sus espadas bendecidas por el Titán cortando zarcillos de energía, mientras la grieta profería un extraño grito gorgoteante, como si estuviese viva.

– ¡Aguante! ¡No es real! ¡Si entra en esa grieta, no podrá salir jamás! – gritó el líder de la Hermandad Juramentada.

Ventisca miró fijamente las posibles realidades en las que era feliz. Y vio la mentira de esas realidades. En esos mundos, ella había dado la espalda al poder, a la destrucción, a las lágrimas de las viudas. Y eso, era peor que estar muerta. No podía cambiar lo que realmente era: El Avatar del Caos.

Con un grito, juntó las manos y expulsó un chorro de oscuridad hacia las múltiples realidades que se mostraban ante ella. Sus imágenes fragmentadas, felices y con una vida plena vieron con horror como un rayo de vileza y maldad acababa con todo lo que amaban y con sus propias vidas. Ventisca destruyó cientos de realidades, cientos de mentiras donde otras era nfelices y plenas. No dejó de gritar y de expulsar el abismo de oscuridad que se escondía en su interior hasta que las erradicó todas.

Si ella no iba a alcanzar la paz, nadie lo haría.

Los tentáculos del portal se agitaron con espasmos y el viento arreció hasta convertirse en un auténtico huracán. Algunos héroes salieron volando, pero a un gesto del líder de los Hermanos Juramentados, accionaron el extraño dispositivo. Una poderosa onda de electricidad salió disparada e impactó contra el portal, provocando un ululante grito similar a un chirrido. Poco a poco la herida en el aire fue cerrándose hasta que no quedó nada que indicase que un portal que daba al Caos del Mälestrom acababa de ser cerrado.

– ¿Está bien, mi señora? A veces este artefacto de los inventores no es muy de fiar, pero hemos cerrado varios portales de estos a lo largo de Calamburia. Debería ir con más cuidado, no son tiempos muy seguros – dijo el líder, mientras trataba de ayudar a incorporarse a sus compañeros.

Ventisca no le escuchaba. Con un simple gesto de las manos, empezó a levitar y se alzó hacia los cielos. Era hora de cazar tormentas.

Pero no fue la única Guardiana del Inframundo que se enfrentó a sus miedos ese día. Al otro lado de la ciudad, Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, estaba atrapada entre las fauces de una gigantesca Sierpe, sujetando con ambas manos sus mandíbulas y tratando de no morir partida en dos.

Cuando Kashiri escuchó los familiares rugidos, acudió como tantos otros curiosos a las puertas de Instántalor para ver como una monstruosa criatura serpentina destrozaba las casas que no se hallaban bajo el refugio de las murallas. Los antiguos miedos despertaron en su interior; aunque más pequeña y escuálida, la criatura recordaba ciertamente a la única criatura que fue capaz de doblegar el poder de la Señora del Inframundo: El Dragón.

Pero Kashiri no era de las que huía del miedo, sino que lo destruía con sus propias manos. Es por eso que se abalanzó contra la criatura, dispuesta a reducirla a cenizas con su magia y demostrar que el miedo no sería su verdugo, sino su arma.

Con lo que no contaba, es que alguien había minuciosamente dibujado glifos protectores que anulaban los campos mágicos a lo largo de todas sus escamas, por lo que la criatura era sorprendentemente resistente. Kashiri se había precipitado lanzándose de cabeza a un baile mortal en el que no podría usar su increíble poder.

Tampoco preocupó mucho a la Emperatriz Tenebrosa: necesitaba desfogarse. El público de semejante combate contempló boquiabierto como la pequeña figura de la Guardiana se enfrentaba a la enorme mole de la criatura serpentina en un combate cuerpo a cuerpo, esquivando los coletazos y encajando sus poderosos puños en el cuerpo de la criatura, provocando rugidos de enfado. Kashiri aprovechó su reducido tamaño para trepar por el lomo de la criatura, lo cual incitó a varios héroes y heroínas de las justas a hacer lo mismo. A pesar de los intentos de agitar su cabeza, la criatura no pudo evitar que Kashiri trepase hasta su ojo y con un grito triunfante, se lo arrancase con las manos desnudas.

La Sierpe enloqueció y se agitó espasmódica, lanzando a la Guardiana por los aires y cazándola al vuelo entre sus fauces. Así se encontraba, forcejeando a pulso con la iracunda criatura. Quizás sus miedos iban a vencerla. Quizás el Dragón había dejado una marca indeleble en su corrompida alma y nunca volvería a recuperar todo su poder.

Pero no fue ese día en el que descubrió la respuesta a tales preguntas. Y es que, uno de los héroes que había trepado a la cabeza de la Sierpe, guiado por Kashiri, se irguió cuan alto era y gritó “!Lars!”, plantando su espada en el cráneo de la criatura.

El monstruo chilló de agonía y de dolor y se derrumbó en el suelo, escupiendo a la Emperatriz Tenebrosa.

El público aplaudió la gesta, y mientras un miembro del Clan del Ciervo Gris levantaba la mano del campeón y gritaba “Aclamad a Lars, Tocado por la Locura”, Kashiri, arrancó un diente del monstruo. Analizándolo con cuidado, estudió los glifos que recorrían su superficie y susurró con ira:

– Van Bakari.

111 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (II)

ÓPERA PRIMA

Instántalor se había vestido con sus mejores galas. Las calles se veían pobladas de estandartes y te tiras de tela carmesíes, del color de la corona. Las calles bullían de vida y comerciantes, regateadores, timadores y vende humos recorrían las calles en busca de algún plebeyo incauto con la bolsa llena.

Las Justas de la Reina Sancha III habían atraído a multitud de participantes y curiosos, de todos los confines de Calamburia. Los guardias de la reina hacían la vista gorda y dejaban pasar hasta a los personajes más dudosos y malcarados. Eran unos días de fiesta, celebración y jolgorio.

Más el tiempo nublado y la intermitente llovizna indicaba que por mucho que insistiese, algo oscuro y podrido acechaba por las calles de Instántalor. No importaba cuanto se vistiese o perfumase un cadáver: su interior seguía lleno de gusanos.

De entre todos los grandes villanos de Calamburia, Van Bakari era probablemente el más insidioso y sutíl de todos ellos. No disponía de un poder sobrenatural como las Brujas, o un ejército como los Zíngaros: su influencia se basaba mucho más en el poder de los pequeños detalles.

Durante las Justas, un edificio de los molineros estalló en llamas sin previo aviso. Su sollozante dueña aseguró que nunca usaban fuego, pero de alguna manera, una chispa había prendido en sus reservas de heno. Solo la ayuda combinada de varios Frailes del Dorado Resplandor e Innobles Hidalgos bajo la supervisión de los altaneros Von Vondra pudo salvar el edificio de arder hasta sus cimientos.
Algunos viandantes juraron haber visto a un pelusón gigante desbocado, rebotando entre los puestos de comida y lanzando a la gente por los suelos como vulgares bolos. La criatura fue controlada a duras penas por unos recién nombrados Impromagos y la participación inestimable de algunos héroes que consiguieron calmar a la pobre criatura, por lo general pacífica.

Melindres Von Vondra se vio acorralada por una marea de extraños insectos imbuidos de una magia antinatural, y a pesar de sacrificar varios hortelanos para defenderse, tuvo que recibir el apoyo los participantes de las Justas. Siguiendo la tradición Von Vondra, no dio las gracias a nadie y se fue riendo.

A pesar de pertenecer al bando pirata, Artemis ocupó su sitio habitual en una esquina de la plaza y animó a los transeúntes a declamar en honor de la Reina Sancha III y de cualquier cosa que se les pasase de la cabeza. Como bien explicó al gremio de los Bufones y Saltimbanquis, la trova y la poesía no dependen de la política, sino de la mano que pague.

Ilia y otros hermanos de la orden de los sanadores se encargaban de mitigar las heridas menores, pero su trabajo fue dificultado porque algo o alguien trasteó con todos sus frascos y pociones. Tuvo que confiar en el olfato de sus pacientes para hallar las combinaciones correctas.

Pero no todo fueron desgracias y pequeños accidentes en este día de celebración y jolgorio. Fue un día de oportunidades y de posibles cooperaciones.

Si se realizaban las preguntas adecuadas, seguidores del clan del Ciervo Gris podían guiar a los interesados a un sótano en el que se escondían los Salvajes, que buscaban a cualquier héroe dispuesto a luchar y doblegar un Espíritu de los Primeros hombres para encontrar un remedio contra la maldición del príncipe Juliok. Beatricce recorría la calle no en busca de clientes, sino de mecenas que pudiesen ayudar a levantar el negocio. Felix el Preclaro trataba de educar y enseñar a las masas, pero poca gente estaba interesada en aprender farragosa teoría sobre naturaleza y ciencia. Zora Von Vondra tuvo más éxito enseñando buenos modales a los plebeyos por el simple hecho de que ofrecía una pequeña recompensa en forma de calamburos a todo aquel que le hiciese una reverencia. Incluso la Reina Urraca aprovechó su conocimiento de las calles por su pasado de exiliada para reclutar a pillos, vagos y maleantes para la flamante Guardia de la Reina. Teslo daba tumbos por el mercado, demasiado concentrado en analizar su nuevo invento y a la vez, pidiendo ayuda con todo el que se chocaba.

Era tal la algarabía y el ruido, que a nadie le importó que Mairim, una de las criminales más buscadas de Calamburia, fuese dando saltos por la plaza del Titan, lanzando aviones de papel y ofreciendo calamburos de dudosa procedencia a todo el que tratase de competir con ella.

Pero lo más descarado de todo fue la presencia del mismísimo Van Bakari, como si de un jefe de una macabra orquesta se tratase. Fingiendo inocencia y buenas intenciones, retó a los transeúntes a rápidos juegos de apuesta en las que sus manos ágiles impedían cualquier posibilidad remota de victoria. Disponía del palco de honor perfecto desde el cual ver cómo las Justas estallaban poco a poco en un meticuloso caos.

Y es que el malvado bribón no había hecho más que empezar con los primeros compases de su ópera prima. Los pequeños acontecimientos no eran más que tímidos violines comparados a la fanfarria que tenía preparada el Comerciante de Almas.

Y mientras los rugidos de una poderosa criatura a las afueras de la ciudad atraían la atención de todos los presentes, el Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores se reunían con los Consejeros de la Reina haciéndoles una proposición que no podían rechazar.

¿Acaso el destino de Sancha III ya estaba escrito con sangre y traición? ¿Podría soportar Calamburia volver a tener el Trono de ámbar sin soberano alguno?

Quizás había algo más en juego en estas Justas que una simple celebración de la paz. Quizás, el destino de Calamburia pendía del hilo caprichoso de las Nornas.

110 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (I)

UNA INVITACIÓN REAL

– ¡La estabilidad ha vuelto a Calamburia! El bando pirata parece haber encajado un golpe demasiado fuerte y está refugiado en algún agujero oscuro lamiéndose las heridas. ¡Gloria a la Reina Sancha! ¡Loas y alabanzas a la Reina Urraca! ¡Alcemos nuestras voces para vitorear a nuestras reinas regentes!

En cada esquina recóndita de Calamburia, un portavoz de la Corona se alzaba sobre un montón de cajas para gritar en nombre de las reinas. Todos y cada uno de ellos portaban el mismo mensaje de paz y de concordia.

– ¡Regocijaos Calamburianos, porque ha llegado el momento de festejar! ¡Es por eso que la Reina Sancha ha convocado a las casas más nobles y a los estamentos más variados para participar en las Justas Reales! Acudid a la Plaza del Titán, donde se celebrarán los duelos más legendarios que jamás se hayan visto. ¡Venid, y disfrutad de la paz y el cobijo que aporta la corona!

Mientras los portavoces seguían manipulando la realidad con el poder de la palabra, los mensajeros reales recorrían los caminos con briosos caballos, lanzando una polvareda de tierra a su paso.

Los Caballeros del Lirio Azul recibieron la misiva con una elegante reverencia. Descendientes del linaje de los Rodrigo, una de las sangres más nobles y benévolas de esta tierra, habían ofrecido su vida y su honor para la protección de la estabilidad del reino. Su interés en las justas nada tenía que ver con el deporte y la competición: en un evento tan señalado, la Reina iba a necesitar a alguien que protegiese sus espaldas en tiempos tan aciagos.

La Hermandad Juramentada también fue obsequiada con una participación en las justas. Caballeros andantes, independientes y solitarios, los Hermanos Juramentados se rigen por un estricto código de honor. Son fieles al Titán a la Reina y han consagrado todas sus fuerzas en la erradicación de los grandes males de este reino. Y si los rumores eran ciertos, pronto iban a poder cumplir una de sus más duras pruebas en Instántalor.

Los Frailes del Dorado Resplandor no pudieron más que darle agua al sediento mensajero. A pesar de pertenecer a la Iglesia del Titán, esta lejana rama había hecho votos de pobreza y castidad para poder adorar más fervientemente a su señor el Titán. El rechazo de cualquier petición va en contra de cualquiera de sus dogmas, por lo que procedieron a aceptar la invitación.

La Casa Von Vondra recibió la noticia con una muy bien disimulada sorpresa. Por todos era conocido que había ciertas tiranteces entre la Corona y sus rivales y aspirantes más directos. Como si de una mente colmena se tratase, los Von Vondra urdieron, maquinaron y tejieron decenas de retorcidos planes en cuestión de segundos, mientras daban una respuesta positiva entre encantadoras risas.

El peor día de la vida de uno de los mensajeros fue probablemente el día en el que fue a entregar la misiva al Clan del Ciervo Gris. Perdidos en medio del bosque, vestidos con ropas bastas y pinturas extrañas, los miembros del clan lo recibieron gritando y haciendo agresivos aspavientos con las manos y la cabeza. Tartamudeando y temiendo por su vida, el pobre diablo tuvo que declamar la misiva ya que ninguno de los presentes sabía leer. Cuando entendieron de qué se trataba, el líder de Clan se escupió en la mano y la tendió al recadero al grito de “¡Ciervos, nunca siervos!”. Mientras se alejaba a toda prisa, dedujo que eso era un sí.

El mensajero encargado de entregar la misiva al gremio de bufones y saltimbanquis tuvo mejor suerte. Nada más llegar le invitaron a un espectáculo, a beber cerveza y bailar sobre una mesa. Solo cuando estaba cantando una obscena canción de taberna tambaleándose encima de una silla, recordó que venía para entregar una carta de la reina. Esta invitación fue recibida con gran jolgorio, se alegraban que la reina volviese a contar con ellos (ya sea para humillarlos o disfrutar de su arte, tanto da). O quizás es que estaban beodos perdidos.
Los Innobles Hidalgos se mostraron recelosos, pensando que venían a arrestarlos, pero cuando entendieron que portaba una misiva real, lo recibieron como a un hermano perdido. Le dieron de comer, masajes en los pies y todo tipo de cuidados. Aceptaron de buen grado la invitación para demostrar a la Reina que podían ser auténticos caballeros. Al cerrarse la puerta a sus espaldas, el mensajero se dio cuenta que había sido totalmente desplumado de sus calamburos, sus armas, y sorprendentemente, de su ropa interior.

Las Hijas de la Guerra aceptaron entre ululantes gritos la participación en las justas. Mercenarias a sueldo, grandes seguidoras de cualquier mujer con poder, querían demostrar al pueblo de Calamburia que las mujeres podían igualar y superar a los hombres en combate e ingenio. Y a juzgar por sus saludos de guerra, eran capaces de eso y mucho más.

Los Nómadas tenían como líder a Arishai, el Escorpión de Basalto, pero únicamente a título militar. Son un pueblo independiente, libre de tomar sus propias decisiones y por eso los Nómadas de la Luna Roja aceptaron la invitación para demostrar a todos los bárbaros sureños el honor de un Hijo de la Arena. Nadie podía rivalizar con ellos en combate y lo iban a demostrar.

El mensajero responsable del gremio de Artesanos y Hábiles Constructores fue recibido educadamente por un servil aprendiz, que respondió favorablemente a la invitación. Más en ese mismo momento, en el sótano se estaba dando una reunión mucho más siniestra a la luz de humeantes antorchas.

– ¡Una invitación! ¡La Reina se ríe de nosotros!

– Estamos siendo prácticamente esclavizados reconstruyendo el reino después de las guerras que provoca el Trono de Ámbar!

– ¡No podemos aguantarlo más!

Los encapuchados gritaban furiosamente, ultrajados por el menosprecio que sentía Sancha III hacia las clases bajas. La invitación era un movimiento político, como había sido con los frailes y saltimbanquis: un deliberado insulto para recordar que la corona tenía el poder para imponer la paz al precio que fuese necesario.

– ¡Silencio! – gritó el que parecía ser el líder de los iracundos encapuchados -. Sí, hemos sido vilipendiados por la corte y menospreciados por los nobles. Pero todo va a cambiar. El Titán nos ha brindado una solución.

– Es mucho mejor que el Titán – dijo una figura emergiendo de entre las sombras. Su rostro era una macilenta calavera, congelada en el rictus de una vil sonrisa -. Es vuestro amigo y servidor Van Bakari.

La última frase se extendió como la pestilente brisa del pantano, envolviendo a los presentes en su pegajoso sudario.

– Yo también estoy interesado en que la Reina abandone sus métodos estrictos de liderazgo. Lo he intentado aliándome con los Corsarios, pero me temo que no lo conseguiremos por la fuerza. ¡Más no temáis, mis indignados amigos! Conozco medios mucho más sutiles y efectivos – ronroneó con una sonrisa zalamera, mirando a todos los presentes uno por uno. Nadie se atrevió a decir una palabra.

Con un florido movimiento, el Comerciante de Almas sacó un frasco vacío de su chaqueta. El inquietante recipiente refulgió a la luz de las antorchas.

– Una alquimista me debe un favor con cuantiosos intereses. Por toda la eternidad, podríamos decir. Si le mostráis este frasco, os proporcionara el más letal de los venenos que la mente humana puede concebir, sin mayores preguntas.

– ¡Es imposible acercarse a la reina! Si se pudiese, ya la habríamos matado nosotros mismos – saltó un encapuchado, envalentonado por la adrenalina.

– Sois unos necios sin imaginación. Por eso no lo habéis hecho vosotros mismos. ¡Pero no os preocupéis! Vuestro amigo Van Bakari ha pensado en todo – susurró siniestramente el inquietante personaje –. Los Consejeros de la reina harían cualquier cosa para poder acumular más rumores y extender más y más la influencia de sus pajaritos. Su lealtad podría ser… voluble. Alterable. ¡Sobornable! Y es bien sabido que el ilustrísimo Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores dispone de unas arcas casi inagotables, a pesar de que la Corona os oprima. Yo me puedo encargar de facilitaros el camino y organizar ciertas… distracciones.

Los presentes se removieron incómodos. Su secreto mejor guardado había sido expuesto, pero ninguno de ellos iba a admitirlo.

– ¿Y tú? ¿Qué ganas tú de todo esto, embustero? – le espetó una de los encapuchados.

– Oh. ¿Yo? ¡La satisfacción de vernos liberados de una tirana! – declamó con grandes aspavientos-. Claro que también está el tema de capturar el alma de la Reina de Calamburia en uno de mis fetiches, que siempre es algo que me alegra el día. Espero que mi leve satisfacción no sea un impedimento para vuestros planes… ¿verdad?

El frasco reposaba en la mano tendida de Van Bakari, solícitamente ofrecida al líder del Gremio. La fingida inocencia de este acto era espeluznante, pero con un resoplido, el encapuchado cogió el frasco y lo ocultó en su túnica. Nadie se opuso. Nadie dijo nada. Se habían cansado de aguantar las guerras de los poderosos, a costa de los plebeyos indefensos.

La Reina Sancha debía morir.