220 – EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS I

Personajes que aparecen en este Relato

EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS I

Se respiraba un ambiente sombrío en el Palacio de Ámbar. Los ejércitos de Amunet habían logrado hacer retroceder a las tropas reales hasta obligarlas a refugiarse tras los muros de la imponente fortaleza. Las huestes infernales habían empezado a levantar sus campamentos para prepararse para un largo asedio. Los defensores del castillo, que habían hecho acopio de víveres y agua, se disponían a resistir hasta el final, pero el futuro se auguraba poco halagüeño para aquellos que se mantenían fieles a la corona. No solo Áxbalor, el Alto Demonio, que había sido liberado del báculo, luchaba al lado de la Emperatriz, el clan de los zíngaro había acudido por las noche cubiertos por el manto de la penumbra. Querían unirse a las huestes de Amunet clamando venganza para su antigua matriarca. Incluso Van Bakari, el traficante de almas, se había sumado a las fuerzas infernales con su ejército de redivivos.

Kórux, el Archimago, lanzó un rayo fulminante que redujo a cenizas al esqueleto no-muerto que le impedía el paso. Dió un salto y esquivó la embestida de un diablillo de un solo cuerno que se lanzó sobre él con la desacertada intención de derribarlo. Acto seguido, le lanzó una ráfaga de fuego frío que prendió al tocar su piel. Mientras el ser del Inframundo gritaba desesperado y se revolcaba por el suelo tratando de apagarlo, Kórux alcanzó la barrera protectora y entró a la zona segura. Ya estaba dentro. Varios guardias lo saludaron con sumo respeto y él se dirigió hacia el palacio. 

Notó que la moral de la tropa era notablemente baja; parecía que la esperanza de los defensores iba menguando poco a poco. Sin embargo, vio a los hombres de fe y a gran parte del pueblo llano bastante enfervorecidos gritando consignas religiosas. Sintió cierto orgullo al sentir que el Todopoderoso Titán Oscuro había decidido bendecir al pueblo con su fe. La necesitarían para vencer a Amunet.

Al alcanzar el segundo piso, pudo ver a Grahim, el impromago, coordinar al resto de impromagos desde un elevado balcón para que mantuvieran la defensa mágica.

—¡Vamos, no os durmáis en los laureles! Somos la esperanza de toda esta gente. ¡Quiero que esta barrera resista cueste lo que cueste!

—Grahim, ¡que bien que hayas llegado a tiempo!

—Hace poco, Archimago. He tenido que usar el hechizo de los pies ligeros que nos enseñó Judäthyn y he acabado con las plantas llenas de ampollas —dijo tratando de ocultar el dolor—. Pero, gracias a la benevolencia del Titán Oscuro, he llegado desde la torre arcana en un periquete: justo a tiempo para tratar de coordinar esto —añadió señalando con la varita en derredor con un breve gesto de muñeca. 

—Sí, es una lástima que no podamos teleportarnos… —se lamentó Kórux—. Yo mismo he tenido que encargarme de algunos enemigos para poder entrar en Ámbar. El asedio ha rodeado completamente la ciudad, menos mal que logré que Minerva regresara a Skuchaín con la escolta real. Este sitio ya no es seguro. Tengo que reconocer que habéis hecho un buen trabajo con la barrera protectora, los muros no hubieran resistido mucho tiempo a ese ejército de demonios —le felicitó Kórux mientras miraba satisfecho la gran cúpula protectora que envolvía todo Ámbar con un brillo anaranjado.

—Gracias, Archimago —respondió Grahim tratando de no mostrarse demasiado orgulloso de sí mismo—. Y usted, ¿qué tal en su misión diplomática? ¿Tenemos a los piratas?

—Los tendremos —respondió con tono agridulce—, pero me temo que tardarán en llegar. Kalzaria no está cerca precisamente y las tropas de Amunet se extienden por todo el reino como una mancha de aceite.

—Espero que se den prisa, cada vez son más enemigos —dijo el impromago con cierta preocupación en la voz.

En ese instante, un proyectil de las catapultas enemigas impactó en la cúpula haciéndola vibrar. Grahim se llevó las manos a la cabeza como si temiera que el hechizo no resistiera.

—Me gustaría poder tranquilizarte Grahim, pero lo cierto es que yo mismo, con todo mi poder, empiezo a pensar que puede que perdamos esta batalla —dijo Kórux sin perder la compostura—. Pero recuerda el plan de Minerva: la corona debe sobrevivir. 

Entonces una extraña aparición de brillo cegador interrumpió su conversación. Los magos contemplaron atónitos a un hermoso ser que flotaba muchos pies por encima de las huestes infernales, como mecido por el aire mismo, acercarse al castillo. Aquella entidad atravesó la barrera de protección como si la magia, en vez de repelerla, la abrazara con cariño maternal. La figura se posó con suavidad ante Kórux y Grahim: era Naisha, la mismísima Sacerdotisa de los Elementos, considerada por muchos el ser más poderoso de Calamburia. La solemne guardiana había abandonado finalmente sus dominios para acudir a la batalla. ¿Lograría su repentina aparición devolver el equilibrio a la balanza?

—Os agradecemos que hayáis abandonado vuestro templo, Sacerdotisa —dijo el Archimago con una reverencia.

—No suelo hacer este tipo de cosas —expuso ella con gesto algo sombrío como rasgada por un profundo dolor reciente que aún no había cicatrizado—, pero he perdido a alguien muy querido por culpa de esa emperatriz y sus aliados —dijo lanzando una furibunda mirada al campamento zíngaro que había aparecido en lontananza—. La Oscuridad se está extendiendo. He sentido su influencia e incluso he tenido que enfrentame contra una de sus materializaciones: el Titán Oscuro está más cerca de lo que pensamos.

—Lo lamentamos profundamente, Sacerdotisa —dijo Grahim con gesto doliente—. Cada vez que contemplo las tropelías que cometen los zíngaros con su magia, no puedo evitar avergonzarme de una parte de mí… pero el Titán Oscuro nos protegerá.

Ella se acercó a él en silencio y le dedicó una mirada tierna , pero cargada de preocupación. Sabía que la fe hacia el Titán de la Oscuridad ya se había impuesto en los confines de Calamburia, corrompiendo a las almas más débiles. Sin embargo, no era la batalla que debía librar ahora. Por mucho que esa fe se extendiera, su misión era otra más urgente y no podía permitirse perder el foco.

—No te preocupes, Grahim. Esta no es una cuestión de sangre. Cada ser elige su bando en esta batalla —murmuró poniendo su delicada mano sobre el hombro del aspirante a profesor—. Mi misión no es vengar a mi querida Kesia, aunque es algo que haré con sumo gusto. Vengo a tratar de restaurar el equilibrio. Los elementos están alterados. Alguien ha intentado mancillar su pureza y no tengo ninguna duda de que esa emperatriz tiene la culpa. Además… —añadió con una mueca que escondía cierta nostalgia— parece que Van Bakari, mi viejo enemigo, se ha unido a ellos.

—Así es —confirmó Kórux con gesto de preocupación—. Ese traficante de almas ha estado detrás de esto desde el principio. Él movió los hilos con sus artes oscuras para que Amunet pudiera ser engendrada. 

—Muy propio de él: sembrar el caos y tratar de ganar ventaja en la confusión —sentenció  Naisha con palabras en las que resonaban rencores pasados—. A saber cuántos años lleva trabajando esa retorcida hormiguita para conseguir esto —añadió extendiendo los brazos al inmenso campamento de las huestes infernales y sus aliados. 

—Por eso es de vital importancia que, suceda lo que suceda, se mantenga la línea dinástica —dijo Kórux a Naisha—. Debemos proteger a los herederos a toda costa. Si el joven Rodrigo cae, nada se interpondrá ya en el camino de Amunet.

—No os preocupéis, protegeré al heredero en caso de que esos demonios consigan penetrar en el castillo. El poder de los elementos no permitirá que la Oscuridad rompa la paz de este reino —sentenció la sacerdotisa con decisión.

—Minerva ha insistido en que, para que su plan de reunificación pueda desarrollarse a la perfección, el heredero tiene que sobrevivir pero… ¿qué hay del resto de la familia real? —preguntó Grahim algo incómodo.

—No quiero engañaros. Si la cosa se complica, como creo que va a pasar… —enunció Kórux con resignación— puede que no seamos capaces de salvarlos a todos. Recordad que, en todo caso, la prioridad es siempre proteger al heredero y a la infanta.

De repente, Doddy y Zoraida salieron al balcón azorados corriendo como alma que lleva el diablo.

—¡La baddeda mágica ha caído! ¡Sus oddaz ya están penetdrando en el pedímetdo de Ámbad! —gritó el príncipe aterrorizado con su rostro juvenil perlado de sudor. 

—¡Archimago, Sacerdotisa! —chilló a su vez la infanta Zoraida que corría tras él—. Los demonios han superado la cúpula protectora y ahora están atacando la muralla principal. Se acercan, pero no os preocupéis porque, si estamos juntos, nada malo puede pasarnos…

En ese instante, la infanta profirió un sonoro alarido mientras se llevaba la mano a la cabeza como si le doliera sobremanera. Cayó al suelo sobre sus rodillas como si se hubiera debilitado repentinamente. El Archimago, preocupado, le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

—¿Qué os ocurre, Zoraida? —preguntó Kórux.

—Nada, solo un dolor de cabeza —explicó ella tratando de quitarle hierro al asunto—. Nada importante. Debe de ser por el ruido de la guerra; esta noche no he pegado ojo.

—Debéis descansar, infanta —dijo con tono paternal—. Nos esperan a todos jornadas muy duras.

Zoraida se alzó fingiendo estar completamente repuesta.

—Vamos Grahim —ordenó entonces el Archimago—, el ejército necesita de nuestra magia más que nunca. Naisha, os ruego que protejáis a los infantes.

—Seré su guía y su escudo —sentenció la sacerdotisa con una leve inclinación de cabeza. Mientras los observaba partir, pensó en silencio que si había alguna esperanza de devolver a Calamburia la fe en el Titán de la Luz, estaría albergada en esos infantes, descendientes de los elegidos, con su marca grabada en el cuerpo. El poder de la luz aún podía renacer en ellos y sabía que debía protegerlos a toda costa.

Anaid, Tasac y el resto de los impromagos recién graduados se habían quedado protegiendo la torre arcana liderados por Trai y Periandro. La labor más arriesgada, la de proteger el castillo con su magia, había recaído sobre ellos: Kórux, Grahim y algunos de los impromagos más veteranos. Tener a Naisha en la retaguardia protegiendo a la familia real les daba mucho mayor margen de maniobra. Si eran lo suficientemente rápidos y la grieta en el muro no había sido demasiado grande, quizás podrían volver a sellarla a tiempo para evitar que los demonios entraran en el palacio.

Los infantes, haciendo oídos sordos a las advertencias, hicieron ademán de seguir a los adultos al campo de batalla, pero su madre, la reina, apareció de repente agarrando a cada uno un brazo con fuerza.

—Vosotros dos os quedaréis aquí protegidos por Naisha —dijo Melindres—. Sois la única esperanza del Trono de Ámbar. Amunet quiere reclamar la corona para sí y ser proclamada Emperatriz de los Dos Mundos. Si se libra de vosotros dos le habremos allanado el camino, pues será la única heredera posible a la corona.

Doddy y Zoraida tragaron saliva, los ojos oscuros y severos de su madre no parecían admitir réplica alguna. Por si fuera poco, y sin dejar de pensar en el hueco que había dejado la muerte del pequeño Sancho en su corazón, no se conformó con las medidas que había tomado. Se volvió y llamó a sus guardianas personales.

—¡Shuaila! ¡Shuleyma!

Las damas escorpión entraron en la estancia con diligencia pero de forma sigilosa. Al fin y al cabo, eran entrenadas asesinas y hábiles guerreras.

—Hermanas, os libero de vuestro juramento. Ya no tenéis que protegerme —sentenció la reina.

—Pero Majestad, nuestro padre, el Escorpión de Basalto, ordenó… —comenzó a replicar Suhaila.

—Nuestro padre gobierna sobre los nómadas de las arenas, pero no olvides quién es tu reina —la interrumpió secamente Melindres—. Quiero que protejáis a mis hijos con vuestra vida si fuera necesario. 

Hubo un silencio tenso, pero en la mente de las dos nómadas resonó el recuerdo de la muerte de infante que no pudieron evitar. Ambas miraron al suelo durante un instante y finalmente cedieron ante la inquebrantable determinación de la reina.

—Así lo haremos, hermana. Rodrigo y Zoraida vivirán o moriremos todos —acató Shuleyma llevando su daga al pecho a modo de juramento.

—Os lo juramos por el Escorpión Sagrado —añadió Shuaila imitándola.

Mientras las hermanas conversaban, la Sacerdotisa de los Elementos se acercó a la pequeña infanta y le habló en voz baja, con disimulo pero con el gesto grave.

—Sé lo que te ocurre princesa y creo que ha sido un grave error dejar entrar a la emperatriz de los infiernos en tu cabeza. 

Zoraida la miró con una mezcla de sorpresa y vergüenza.

—Sé que es persuasiva y tiene un extraño poder —continuó exponiendo Naisha—. Lo he sentido en mi propia carne no hace mucho, pero debes resistirte. Tienes que saber que un pacto con los demonios nunca trae nada bueno y menos ahora que están potenciados por el Titán Oscuro.

—Ya he perdido a un hermano —susurró la pequeña a modo de respuesta—. Si algo he aprendido de Periandro y Cristóforo es que una princesa siempre tiene que estar dispuesta a hacer lo que sea para proteger a los suyos.