221 – EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

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EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

Al otro lado de las defensas, las fuerzas del Inframundo preparaban su golpe definitivo. El antiguo rey Rodrigo IV, padre de Amunet, se congratulaba admirando cómo las tropas combinadas de demonios y zíngaros habían conseguido, con sus artes oscuras, abrir una pequeña brecha en la barrera mágica de los impromagos. Varios demonios de pequeño tamaño habían conseguido entrar y estaban empezando a picar en los muros del palacio una pequeña grieta. Al percatase de ello, los arqueros del desierto comandados por el Escorpión de Basalto comenzaron a lanzar una lluvia de flechas que logró acabar con varios de los diablillos. Sin embargo, cada vez entraban más y más diablillos por la pequeña apertura, agrandando la rendija del muro.

—Vaya, vaya, qué orgulloso estoy de mi prole —dijo Rodrigo IV divertido ante lo paradójico de la situación—. Está claro que la semilla de los Rodrigo es fuerte. Lo bueno es que, pase lo que pase, mi prole gobernará —se volvió hacia Van Bakari que estaba a su lado mirando la escena con mucho menos entusiasmo que su compañero—. ¿Qué me dices, traficante? Tu plan ha salido a la perfección: pase lo que pase, gana la banca. 

—No os creáis, ex-Majestad —dijo el traficante que acariciaba su anillo mientras reflexionaba en voz alta—, la aparición de ese segundo demonio ha decantado la balanza demasiado rápido… Mi idea era aprovechar la carnicería para hacerme con el mayor número posible de almas, pero esa emperatriz y sus ejércitos infernales lo están acaparando todo.

—¿Y no es lo mejor que nos ha pasado? —sonrió pletórico el antiguo rey mientras arengaba a las tropas demoníacas—. ¡Vamos, vamos! ¡Atacad con fuerza! ¡Hay que ensanchar esa brecha para que puedan entrar los demonios más grandes! 

—Los hombres de negocios y, en esto incluyo a los traficantes de almas —expuso enigmático Van Bakari—, no estamos precisamente a favor de los monopolios. No sé si me explico.

Detrás de él aparecieron, como de la nada, dos sombras susurrantes que se colocaron detrás de cada hombro del traficante.

—Uy, uy, uy… qué feo decir esas cosas de nuestra emperatriz… —murmuró Érebos en tono de reproche juguetón.

—Deberían arrancarte la lengua por eso, Van Bakari… —sonrió Barastyr mientras zarcillos de oscuridad rezumaban por su ojo derecho. 

El traficante de almas, ligeramente sobresaltado por las oscuras presencias, se arrepintió casi al acto de haber hablado de más. ¿Cómo harían los consejeros para aparecer siempre en el momento más incómodo?

—Yo solo hacía una apreciación de tinte… económico, nada más. Recordad que no soy más que un humilde hombre de negocios —se excusó haciendo una reverencia teatral tratando de no perder su habitual aplomo.

—No te preocupes por eso, nuestra señora es benevolente y no olvida los servicios que le has prestado —respondió Barastyr tratando de tranquilizarlo—. Tendrás tu recompensa cuando el palacio caiga.

—La Oscuridad te debe mucho, traficante de almas —añadió Érebos con algo que, de no haber sido proferido por un ser tan siniestro, podría parecer un elogio—. Sin tu idea de utilizar el alma de Rodrigo IV para engendrar a la nueva emperatriz, nada de esto hubiera sido posible.

—¡Eh, que estoy aquí! —dijo el antiguo rey con aire indignado—. A veces hacéis que me sienta como una simple cabeza de ganado… ¡Vosotros! —añadió con rabia dirigiéndose a unos diablillos que no lograban entrar por la recientemente abierta brecha—. ¡Echadle más ganas! ¡Es una orden!

—Bueno, bueno —irrumpió la Emperatriz Tenebrosa con una sonrisa triunfante—. Mis infernales amiguitos haciendo piña. ¡Así me gusta!

Venía seguida de sus dos demonios de confianza: Xezbet, su consorte y Áxbalor, su nueva mano derecha. Parecía que tras la liberación de este último, las tiranteces entre Amunet y sus demonios no solo habían desaparecido, sino que su relación atravesaba un momento de acaramelado cariño mutuo. Los dos Altos Demonios, por su parte, no se separaban de su señora ni un solo momento.

—Mi señora, —anunció Xezbet, Señor del Engaño, como quien entrega un presente fruto del más puro amor— os hemos traído frente a las murallas para que contempléis la conquista final del Palacio de Ámbar.

—Es el regalo de los Altos Demonios para nuestra Emperatriz de los Dos Mundos —apostilló seductor Áxbalor, el demonio de la lujuria.

—Haréis que me ruborice… —respondió ella, quién parecía haber vuelto a la adolescencia que el destino le había arrebatado—. Esperad, ¿quiénes son esas figuras de aspecto siniestro?

A lo lejos, cerca de la pequeña brecha abierta por los demonios, el Supremo Benevolente Inocencio I y sus más cercanos fieles se acercaron hasta la barrera mágica. El Sumo Pontífice apoyó sus manos desnudas sobre aquella mágica barrera de brillo anaranjado y de sus palmas empezó a brotar una oscuridad que abrió una grieta aún más grande que la que habían logrado abrir los demonios. De ella, ante la atónita mirada de Amunet y sus demonios, comenzaron a salir Inocencio y sus acólitos gritando consignas religiosas sobre el Titán Oscuro. Los dos altos demonios se pusieron en guardia, ponderando si aquella irrupción podía ser una amenaza. Sin embargo, Amunet les hizo una señal para que bajaran las armas.

—Vaya, vaya. ¿Esto es otro regalo para mí? —dijo la emperatriz divertida.

Inocencio, que presidía la comitiva, se postró ante ella como acto de vasallaje. 

—La Iglesia del Titán Oscuro ha visto la luz, o mejor dicho, la Insondable Oscuridad —pronunció con su voz profunda y todos los demás le imitaron arrodillándose tras él—. Hemos entendido que vuestra victoria es inevitable y que, por tanto, complace al Titán Oscuro. A partir de ahora contad con mis fieles entre vuestras filas: seremos vuestro ejército.

—Uy, me encanta la gente que sabe cambiar de chaqueta a tiempo —murmuró con ironía Rodrigo IV, el Resurrecto, lanzando una mirada de complicidad que Van Bakari le devolvió con una sonrisa forzada.

—Estimado Inocencio, eres bienvenido a las filas de la Oscuridad —aprobó Érebos con satisfacción.

—Donde siempre debiste estar. El Titán Oscuro está satisfecho —convino Barastyr con el mismo regocijo que su compañero.

—Bueno, no tengo nada en contra de que me rindan pleitesía. Además, estos amables señores han abierto una brecha aún más grande en las defensas —dijo Amunet a sus demonios—. Ahora que nuestros enemigos están expuestos y la oscuridad del Titan se ha extendido por el reino, tomemos el castillo. Tengo un Trono de Ámbar sobre el que sentarme.

Los ejércitos infernales comenzaron a penetrar en masa por las brechas creadas y alcanzaron rápidamente la muralla. Las flechas de los nómadas volaron raudas ensartando a más de un diablillo, pero demonios más grandes empezaron a penetrar en el recinto a medida que las rendijas se abrían. La propia Amunet, seguida por su séquito personal, comenzó a dirigirse rumbo al palacio con paso firme y decidido. No obstante, al alcanzar el patio de armas, un pintoresco grupo de enemigos les hizo frente. Eran dos impromagos: aquel que se hacía llamar Archimago y un joven pelirrojo cuyo nombre no recordaba. 

—¡Un momento, demonios! —rugió Grahim sacando fuerzas de su flaqueza—. Habréis derribado nuestra barrera y la muralla, pero aún no habéis acabado con todos nosotros.

El impromago comenzó a formular un conjuro creando una enorme bola de fuego en el aire.

—Amunet, ahora probarás todo el poder de Skuchaín —dijo el archimago sumándose al hechizo de Grahim,  agrandando la enorme bola incandescente.

—¡Abraxas! —gritó Amunet lanzando un rayo hacia la inmensa bola de fuego que estalló haciendo saltar a los dos impromagos por los aires disipando el hechizo que estaban preparando—. ¿Cuándo aprenderán a no jugar con fuego?

Para sorpresa y regocijo de Amunet, pudo ver que, tras los dos cuerpos que ahora yacían en el suelo algo chamuscados, se encontraba la mismísima Reina Melindres que, al ver a su escolta en el suelo, dió un paso al frente y habló con decisión:

—Amunet, sabes que hemos luchado con valor incluso sabiendo que era inútil oponerse a tu poder. Espero que, al menos, valores nuestra determinación. Has vencido, por lo que te entrego mi corona y mi vida si la quieres tomar —sentenció la reina con solemnidad quitándose la corona de la cabeza y extendiéndola hacia la nueva Emperatriz de los Dos Mundos—.  ¡Ahora deja que mis hijos se marchen en paz! 

—Bla, bla, bla, bla… —dijo Amunet con soniquete burlón—. Siempre con tus monólogos y discursos. ¿Sabes qué, reina de pacotilla? Me he cansado de oírte.

Cogió su báculo con fuerza y lo elevó al cielo gritando un antiguo y poderoso nombre:

—¡Luxanna!

Apuntó hacia la reina lanzándole un rayo oscuro con brillos rojizos. Melindres abrió la boca para pronunciar una nueva súplica, pero no salió de ella ni un leve susurro. Sus labios temblaron en un esfuerzo inútil por formar palabras que ya no existían. Llevó una mano a su garganta sintiendo la piel fría, como si el propio silencio se hubiera enroscado en su interior. Intentó gritar, pero fue en vano. Era como si su lengua hubiera desaparecido, como si jamás hubiera existido. Sus ojos, antes llenos de autoridad, ahora reflejaban puro terror.

Los infantes, que habían visto la escena desde la ventana, salieron al patio de armas corriendo hacia su madre, pero Suhaila y Shuleyma lograron retenerlos. Naisha, a su vez, se interpuso entre la familia real y la emperatriz apretando las palmas de sus manos.

—No vais a cruzar este umbral —dijo Naisha con serenidad mientras en su interior los elementos se preparaban para protejer el último bastión de esperanza de la amenaza definitiva.

Zoraida, sin embargo, se zafó del brazo de Shuleyma. Dio un paso al frente y se encaró a Amunet. 

—¡No puedes matarla, cruel emperatriz! Ni a ella ni a ninguno de los míos —sentenció como si una razón ancestral la amparara y no temiera a aquella mujer.

—Es cierto, Nexara hizo un buen trabajo permitiéndome entrar en esa cabecita tuya a través de tus sueños —dijo acariciando su báculo donde aún guardaba a la menor de las tres súcubas— Has sido la mejor espía que cabría imaginar.

—¡Pero hicimos un pacto inquebrantable! Te entregué mi alma y te dejé entrar en mis pensamientos para que mis ojos y oídos fueran los tuyos a cambio de la protección de la vida de mi familia.

La Emperatriz Tenebrosa dedicó una sonrisa sádica a la joven. 

—Soy consciente de lo que te prometí y eso he hecho querida —dijo Amunet con fingida clemencia—. Ningún miembro de tu familia morirá esta noche. Pero, creo recordar que nadie dijo nada de sus lenguas.

Lanzó una risotada maligna que fue coreada por sus demonios,  su padre y sus consejeros. Sólo  Van Bakari observaba la escena desde las sombras con expresión circunspecta.

Zoraida corrió hasta su madre y la abrazó.

—Madre, siento no haber sido la mejor hija que una reina podía desear, pero no podía soportar perder de nuevo a alguien tan importante para mí… —murmuró la infanta con lágrimas en los ojos—. Por eso ofrecí mi alma al Inframundo a cambio de que no os matara como hizo con Sancho.

Comenzó a andar hacia la Emperatriz y, justo antes de alcanzarla, se volvió hacia su madre.

—Siempre os querré —dijo con voz tierna mientras extendía su mano hacia Amunet y ella la tomó. La pequeña Zoraida desapareció dejando tan solo tras de sí un humo oscuro.

—Bien, su alma ya me pertenece —se congratuló la emperatriz.

Melindres, con lágrimas en los ojos, se quitó la corona y dio un paso al frente. Las damas escorpión se dispusieron a acudir,  pero ella señaló hacia su heredero, su único hijo vivo: Rodrigo. Sin mediar palabra, pero con una mirada dura como el acero, recordó a sus medio-hermanas que su prioridad era proteger el linaje de Ámbar. Avanzó hacia la emperatriz y dejó la corona a sus pies.

—Así es mejor, no es necesaria la violencia si vienes conmigo por las buenas —concluyó Amunet satisfecha—. Ahora te enviaré a tu nueva celda en la Sala de la Condenación; allí podrás ver a tus hijos, pero ya nunca más hablarás con ellos.

Se dispuso a tocar a la reina para mandarla junto a su hija, pero en el último momento lanzó:

—Uy, se me olvidaba. ¡Qué estúpida soy! —dijo la emperatriz fingiendo un descuido—. El rayo con el que maté a tu hijo Sancho maldijo su alma y lo dejó ciego, con lo que él no podrá verte. Va a ser una condena eterna muy divertida, Melindres. Seguro que acabarás deseado haberme dado lo que era mío cuando tuviste la oportunidad.

Melindres se acercó a Amunet con los ojos vidriosos. Nunca, en su larga trayectoria causando sufrimiento ajeno, la pequeña Melindres Von Vondra hubiera imaginado para sí un final tan cruel. Ofreció su mano a la Emperatriz Tenebrosa en señal de derrota, pero antes lanzó a su hijo Doddy una última mirada de ternura. Este último sacrificio lo hacía por sus retoños, por el último que le quedaba; la esperanza de su linaje. Daba su vida por lo único que alguna vez había amado: la sangre de su sangre. Doddy, a su vez, le devolvió la mirada con una expresión de desasosiego que transmitía un sordo y desvalido: «Madre, no me abandones».

Con un toque de su delicada mano, Amunet mandó a la antigua reina al lugar más oscuro del mundo, donde le esperaba el mayor sufrimiento posible.

Imperturbable, Naisha, seguía concentrando su poder en silencio y con los ojos cerrados, focalizada en su único propósito.

—¡Te prometo, madre, que os sacaré del Inframundo! —gritó Doddy con furia tras oír la cruel sentencia de la Emperatriz Tenebrosa.

Desde la distancia, Van Bakari, lanzó una mirada lacónica a Rodrigo IV:

—Madre mía, qué grado de maldad. Hemos creado un monstruo, me horroriza hasta a mí… —dijo tratando de tapar el horror con una máscara de redomado cinismo.

—A mí las hijas siempre me han salido de armas tomar… —se lamentó Rodrigo IV.

—Y ahora me cobraré mi última gran presa: el heredero —se relamió Amunet—. No puedo matarlo, es cierto, pues he firmado ese absurdo pacto —añadió con hastío—. Pero ya habéis visto que todo contrato tiene ciertas lagunas legales. Quizás pueda quitarle también la vista, el oído o incluso dejarlo ciego como a su hermano. ¿Quién querrá un rey en esas condiciones? —preguntó con una sonrisa mientras preparaba el báculo— A ver, ¿por dónde empezaré?

La Emperatriz Tenebrosa invocó de nuevo el poder de Luxanna, pero ningún rayo emanó de su báculo. Parecía muerto, sin vida.

—¡Maldita Sacerdotisa! —gruñó mirando a Naisha con gesto acusador—. ¿Qué magia es esta?

—El poder de los Elementos es impenetrable incluso para ti, Emperatriz Tenebrosa —la voz de Naisha, como un estanque en calma, pronunció las palabras adecuadas y todo el poder que había estado acumulando se desató en un instante—. Totum exiliat.

Ante los ojos nerviosos de Amunet, Doddy se volatilizó, como también lo hicieron las damas escorpión y los maltrechos magos: Grahim y Kórux.

—¡La Oscuridad te lleve, Naisha!, ¿qué has hecho con el heredero? —profirió la emperatriz con una mirada furibunda.

—Ahora el infante y sus guardianas, así como Kórux y Grahim,  se encuentran muy lejos de aquí y fuera de tu alcance. Tienes tu trono, Emperatriz —dijo recogiendo la corona de Melindres del suelo y entregándosela—, pero algún día el legítimo heredero, descendiente de los elegidos por el Titán de la Luz, volverá para recuperar lo que es suyo.

Acto seguido, y antes de que Amunet o sus demonios tuvieran tiempo de reaccionar, el cuerpo de Naisha se desvaneció como si fuera una llama de fuego que se apaga de un simple soplido.

—¡Maldición! —rugió la emperatriz.

—No te preocupes, hija. Era lo que querías, ¿no? —trató de consolarla su padre.

—Tienes tu corona, querida —convino Xezbet— y podremos gobernar Calamburia desde el Trono de Ámbar. Hemos vencido.

—Es cierto, no hay que olvidar que hemos conseguido nuestro objetivo. Todo va bien, si acaba bien —sonrió Áxbalor pensando en todas las almas que ahora podría corromper.

—Y la Iglesia del Titán Oscuro—añadió Inocencio— preparará la Ceremonia de la Coronación, mi tenebrosa señora. La Santa Hermandad velará por implementar un nuevo régimen en que el altar y el trono sean uno. ¡Eterna es la crueldad del Titán Oscuro! —clamó con sus ojos ardiendo con fervor—. ¡Eterna es su justicia! ¡Y que eterno sea también vuestro reinado!

La oscura comitiva de Amunet se alejó del patio de armas rumbo a la sala del trono. El único que se mantuvo quieto y pensativo en el patio de armas fue Van Bakari, el traficante de almas.
«He creado un monstruo ambicioso e insaciable —se lamentó como si la situación hubiera excedido sus cálculos iniciales—. Puede que, por el bien del negocio, alguien deba pararle los pies a la Emperatriz de los Dos Mundos y quizás… —añadió rascándose la barbilla—. Se me está ocurriendo quiénes y cómo podrían hacerlo.