II BATALLA DE LAS GUERRAS DE CALAMBURIA

El próximo Viernes 10 de Octubre a las 00.15 en La Escalera de Jacob los enfrentados en la II Batalla de las Guerras serán Los Desterrados y Los Impromagos 

¿Quiénes serán los elegidos por el público? ¿El bien o el mal? ¿Cuál de las parejas conseguirá más logros para su bando en el medidor de guerra?


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El poder de la Cerveza. Taberneros y Zíngaras

Todo el mundo sabía que Yangin era un habilidoso ladrón de bolsas. De vez en cuando, el tabernero gustaba de sisar a los borrachines o a los despistados, y echar la culpa del hurto al primer rufián que se le cruzara por delante.

Cuando estaba sobrio, su maña para agarrar las monedas resultaba sorprendente, pero por extraño que parezca, Yangin era todavía mejor estando borracho. Quizás la cerveza eliminaba de su conciencia cualquier reparo, o tal vez era cuestión de mera fortuna, pero el caso era que el dueño de Las Dos Jarras robaba más y mejor con cuatro cervezas en el cuerpo. Por esa razón, Ebedi, su esposa, le obligó a beber como un loco justo antes de partir hacia el Bosque de la Desconexión. Esta vez no se trataba de robar a unos pobres incautos, sino de llevarse un artefacto de mucho valor, así que Yangin debía estar más beodo que nunca.

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Cuando el carromato en el que viajaban los posaderos se detuvo frente al bosque, Yangin iba ya por la sexta pinta. Reía con cara de bobalicón y conversaba consigo mismo sobre asuntos ininteligibles. Ebedi centró su atención de dos bofetadas, y muy bajito, susurró a su oído lo que habían venido a hacer:

-Yangin, los naipes de las Zíngaras. Tienes que robarlos. ¿Lo has entendido?

Su esposo eructó. Ebedi le cruzó la cara otra vez.

-¡Los naipes, Yangin! Como hayas bebido más de la cuenta, te juro que…

-Eso nunca -respondió el otro, alzando su jarra-. Nunca se beb… se beb… se bebe más de la cuenta.

-¡Pues corre entonces! Yo intentaré distraer a los habitantes del bosque.

Yangin respondió con media docena de asentimientos, bajó de la carreta con dificultad y echó a correr haciendo eses. Ebedi se bajó después, armada con una jarra de madera en la diestra y una sartén en la zurda. Mientras su marido esquivaba árboles de milagro, y se perdía entre la espesura, la posadera se plantó en un claro del bosque, miró a su alrededor y profirió un grito amenazador:

-¡Venid, bichos del bosque!

Los árboles crujieron como si aquella ofensa les incumbiera. Siguieron multitud de carcajadas desde distintos puntos y, al poco, Ebedi se halló rodeada por un ejército de duendes, goblins y trasgos. Los siervos de las Zíngaras, aquellos que guardaban el lugar ante la aparición de intrusos, habían caído en la trampa. Ebedi había llamado su atención, para que Yangin pudiera robar sin ser molestado.

-Son muchos… -reconoció, al comprobar que cada vez la rodeaban más criaturas inmundas- Yangin, más te vale darte prisa, o sabrás lo que es bueno.

Y tras decir esto, se lanzó hacia sus enemigos como una bestia enfurecida. Los duendes la rodearon primero, pero se los quitó de encima a sartenazos. Los goblins, más astutos, intentaron caerle encima trepando por las ramas de los árboles, pero Ebedi, acostumbrada a lidiar contra filibusteros de toda calaña, tenía ojos en todas partes. También a estos dejó fuera de combate en una combinación de jarrazos y golpes de sartén.

Las criaturas del bosque, viendo que su rival era más poderosa de lo que parecía, se organizaron para el contraataque. Esta vez lo hicieron desde diferentes flancos. Ebedi, con la sartén abollada y la jarra algo quebrada, se preparó para responder.Captura de pantalla 2014-10-07 a la(s) 18.16.52

-¡Yangin, malnacido, dónde estás! -gritó, consciente de que la situación se complicaba.

El recuerdo de su marido renovó sus ganas de repartir mamporros. Los siervos de las Zíngaras saltaron sobre ella. Ebedi logró quitarse a media docena, pero muchos más le cayeron desde todas partes, sepultándola bajo una montaña de seres verdes y narigudos.

Justo entonces, Yangin apareció por entre unos matorrales. Llevaba en sus manos un abanico de naipes, y se entretenía observando sus extraños dibujos.

-¡Mira que cartas más bonitas! -decía entre hipos- ¡Seguro que nos dan mucho dinero por ellas!

Ebedi reaccionó. Sacando fuerzas de donde no le quedaban, y con un rugido estremecedor, emergió bajo toda la montaña de goblins, duendes y trasgos, que salieron volando en todas direcciones. Buscó entonces a su marido, hasta encontrarle apoyado en un árbol. Seguía con la atención en los naipes, como si no fuera consciente del combate que se celebraba al su alrededor.

-¡Echa a correr, enclenque hijo de siete padres! -dijo, y azotó su trasero con la sartén.

Yangin pareció despertar. Dio un respingo y enfiló el sendero que conducía fuera del bosque, mientras hacía esfuerzo por mantener el equilibrio. Ebedi le siguió detrás, quitándose de en medio a los enemigos que les seguían. De lejos, las hojas de los árboles trajeron un oscuro susurro: las Zíngaras se habían dado cuenta del robo, y lanzaban hechizos para encerrar a los Taberneros. Las ramas comenzaron a agitarse, y los troncos a doblarse, pero Yangin y Ébedi fintaban, saltaban y se escurrían para esquivarlos. De este modo lograron salir y alcanzar el carromato. Un ejército de seres les perseguía. Ebedi fustigó los caballos y éstos, a todo galope, consiguieron dejar atrás el lugar.

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-¿Has robado todos los naipes? -Pregunto cuando se supo a salvo.

-Todos, querida.

-¿Todos?

-Toditos todos -aseguró Yangin entre risas.

-Bien. Eso debilitará a las Zíngarás durante un tiempo.

Después de un rato, los caballos se pusieron al trote. Sólo entonces, Ebedi se permitió una mirada de soslayo hacia su marido.

-Si es que… al final siempre haces bien las cosas -dijo con una media sonrisa.

-Se me ha acabado la cerveza, querida.

-No te preocupes, tendrás mucha, mucha más. Te la has ganado.

 

09. CON CIEN NAVES PIRATA

Había que estar mal de la cabeza para desafiar el poder de la reina Urraca.

Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.06.52Sólo un loco se atrevería a conducir un ejército hasta la misma capital de Calamburia, Instántalor, donde su alteza se resguardaba tras una muralla de quince metros de alto y cuatro de espesor. Nadie se había atrevido jamás a desafiar su poder, pero mucho menos siguiendo un plan tan ilógico como un ataque por el río.

El río que alcanzaba Instántalor era estrecho y, aunque navegable, no dejaba espacio para maniobrar. Elinconsciente que introdujera sus naves en aquel curso estaba destinado a una encerrona, o era un loco, o tenía nublado el sentido.Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.26.16

Al capitán Flick le afectaban los dos males. De pie sobre el baupreś, dirigiendo la nave capitana de una flota de corsarios, filibusteros y bucaneros, el capitán lanzaba gritos de guerra con un alfanje en su diestra, mientras su mano zurda sujetaba una botella de ron a medio vaciar.

Estaba borracho, muy borracho; y aún más loco, pues desoyendo los consejos de su hija, y de la propia Emperatriz Tenebrosa, Flick, entusiasmado con sus cien naves, se había adentrado directo a la conquista de la capital. Ya celebraba su pronta victoria, sin saber que Urraca le aguardaba a la orilla de Instántalor.

Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.34.06Sobre el palo mayor, en el puesto de vigía, Morgana avistaba el horizonte a través del alza de su trabuco. Su larga cabellera rubia se rebelaba contra los designios del viento; y su cuerpo, semejante al de una reina amazona, mantenía una tensión palpitante. Morgana no había bebido ni una pizca de alcohol, y sus sentidos agudizados le advertían de lo peligroso de su empresa. Urraca no era una reina para tomarse a la ligera. Sin embargo, y en su caso, lo que le había movido era el deseo de la aventura, la posibilidad de salir de Kalzaria, abandonar la tierra firme y domeñar las cuadernas de un barco. Necesitaba volver a navegar, aunque hacerlo significara su muerte.

-Qué diablos… -musitó, con los dientes apretados, mientras Instantalor estaba cada vez más próxima- Si he de morir, que sea a bordo de una nave.  Y luego, alzando la voz, gritó:

-¡La ciudad está a menos de cien metros, padre!Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.20.16

-¡Cargad los cañones! -vociferó Flick.

Tragó un buche de ron, eructó y dejó el bauprés para hacerse con uno de los cañones de estribor. Él mismo introdujo la bala y encendió la mecha. Su disparo fue la señal para las naves que le seguían. Al momento, todas abrieron fuego. La potencia de los cañones hizo que se bambolearan sobre las aguas de aquel estrecho río. La muralla de Instántalor saltó en pedazos, lanzando una lluvia de cascotes sobre la orilla. Por detrás de ésta, algunas de las casas fueron alcanzadas y derrumbadas. Flick dejó salir una ronca carcajada.

-Acercad las naves al muelle y preparad una segunda salva -ordenó a sus hombres.

Pero los marineros no tuvieron tiempo de obedecer. Desde Instántalor llegó un grito de batalla tan intenso como el que se escuchaba sobre la flota pirata. La guardia de la ciudad, comandada por Urraca y el rey Rodrigo, tomaba posiciones en los muelles tras una hiera de catapultas.Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.41.33

Flick frunció el ceño, consciente de lo que se le venía encima. Las bolas de catapulta estaban impregnadas con aceite, que prendió al aplicársele una antorcha. Urraca alzó la mano con suavidad y, en un instante, el cielo se llenó con un millar de bolas de fuego.

-¡A resguardo todo el mundo! -gritó Flick, un segundo antes de que los proyectiles alcanzaran la cubierta.

La nave capitana, y todas las que la rodeaban, se incendiaron.

-¡Que mil demonios me lleven! -maldijo el capitán- ¿Tan pronto voy a perder una segunda nave?

A su alrededor todo se prendía. Los marineros corrían a por cubos de agua o, perdida toda esperanza, se lanzaban por la borda. ¿Qué podía hacerse?

-¡Al abordaje! -escuchó de repente.Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.25.14

Morgana, negándose a dar todo por perdido, abandonaba la nave balanceándose desde un cabo.

-¿Abordar el puerto? ¿Se dice así? -Flick estaba algo confuso.

-¡Qué mas da, padre! ¡La batalla no ha terminado! -Con una ágil pirueta, Morgana cayó sobre tierra firme.

Flick frunció el ceño, pero no tardó en demudar el rostro y transformar la incertidumbre en otra de sus broncas carcajadas.

-¡Por mis boCaptura de pantalla 2014-10-28 a las 17.18.21tas, claro que no hemos perdido! -dio otro trago al ron y luego, dirigiéndose a sus hombres, dijo- ¡Salid de la nave, rufianes, ratas de bañera! La victoria está a nuestro alcance. Pienso abordar ese puerto, si es que es así como se dice. La reina Urraca danzará en el camarote de mi tercer barco. ¡Voto a tal que así será! Corred, malandrines, o las llamas os quemarán el trasero.Captura de pantalla 2014-10-28 a las 17.51.04

Volvió a reír y saltó por la borda, directo al río. Una vez en tierra, apuntó su alfanje a la ciudad. Le rebasaron quinientos piratas, empapados y armados, Que llegaban desde el río dispuestos a enfrentarse a la guardia de la reina Urraca.

 

Ésta, a lo lejos, no alteró ni un músculo en su rostro. No tenía miedo de todas aquellas alimañas.

Aquélla iba a ser una batalla larga, dura y sin un claro ganador, Flick lo sabía.

Precisamente, era eso lo que le gustaba de la vida.

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08. EL ESCAPE DEL INFRAMUNDO

Huyendo a todo correr, los Impromagos no tardaron en comprobar que se hallaban perdidos en el laberinto que eran los túneles del Inframundo. Ventisca les pisaba los talones. El aullido de sus maldiciones resonaba entre los muros como un presagio de muerte.Captura de pantalla 2014-10-24 a las 11.20.50

-¡Eme, estamos perdidos! -gritó Sirene, segura de que el Avatar del Caos no tardaría en darles alcance.

-¡Creo que ya hemos pasado por este corredor, Sirene! ¡Acabarán encerrándonos de nuevo, o algo peor!

Los dos estudiantes de Impromagia habían escapado gracias a Eme y a su suerte. Ni siquiera él sabía cómo, de forma misteriosa, la puerta de su celda se había abierto tras recordar ciertas palabras mágicas, y lanzar un hechizo sin el apoyo de su varita; algo que, para un impromago, era imposible. Gracias a ese golpe de fortuna, ahora buscaban llegar hasta el exterior, con la esperanza de llamar la atención del Archimago y ser teletransportados hasta la torre arcana de Skuchain. Captura de pantalla 2014-10-24 a las 11.58.41Por desgracia, no había ninguna indicación que pudiera guiarles en el reino de las tinieblas, ni conocían la salida.

Al fin, tras elegir al azar su rumbo en innumerables cruces, llegaron a una amplia caverna. Para su desgracia, al otro lado les aguardaba Kashiri. Intentaron dar media vuelta, pero no tardaron en comprobar que Ventisca les cerraba el paso.

Estaban acorralados.

-¡Qué hacemos ahora! -dijo Eme, consciente de que, sin sus varitas, tendrían la batalla perdida contra las Guardianas.

Sirene abrió la boca para contestar, pero sus palabras fueron interrumpidas por la autoritaria voz de la Emperatriz Tenebrosa.

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-¡Impromagos! Habéis colmado mi paciencia. He sido benevolente hasta ahora. Pretendía encerraros hasta que comprendierais que no sirve de nada pelear junto a las fuerzas del orden. Quería teneros de mi lado, pues vuestra magia es poderosa… pero se ha terminado el tiempo de las negociaciones, y de intentar escapar. ¡Elegid! ataque laura emeO formáis parte de mi ejército, o pereceréis en estas cuevas, y vuestras almas pasarán a formar parte de mi colección.

-¡Jamás te serviremos! -declaró Sirene, resuelta.

-¡Eso! -dijo Eme, sacando el valor de un rincón desconocido para sí mismo.

Kashiri sonrió de medio lado.

-Así sea. ¡Preparaos, estos son vuestros últimos instantes de vida!

Alzó su báculo y, al instante, el suelo se resquebrajó con el lamento de mil condenados. Los muertos despertaban de su tormento, y se levantaban de la tierra para despedazar a los estudiantes de Skuchain.

Eme y Sirene no podían imaginar un final más aterrador que el que les aguardaba. Pero de repente, la joven estudiante percibió que algo más aparecía por una de las grietas: una mota de polvo que, a gran velocidad, comenzó a unirse a otras tantas para crear una pelota.

-¡Pelusín! -reconoció.

La criatura emitió un pitido a modo de saludo y, acto seguido, aparecieron junto a ella las dos varitas de los Impromagos. De algún modo, la mascota de Sirene había pasado desapercibida ante las Guardianas del Inframundo, y se había hecho con ellas.

Los Impromagos tomaron las varitas. Un ejército de muertos vivientes les rodeaba.

-¡Sirene, abrámonos paso! -dijo Eme- Debemos hallarnos muy cerca de la salida.

-¡Sé qué conjuro debemos utilizar!

No hizo falta que dijera su nombre. Eme sabía a la perfección a cuál se refería. Ambos realizaron los mismos movimientos de varita y pronunciaron las mismas palabras:

-¡Manum Cárcerem!

Un pasillo de almas en pena quedó paralizado y cayó fuera de combate. Los Impromagos pasaron a su travésataque2. Ahora, con los poderes de su varita, Sirene conocía a la perfección qué rumbo debían tomar. Sin embargo, las Guardianas no iban a dejarles salir por las buenas.Ventisca apareció en la caverna, rodeada por un vendaval de tierra y piedras. Alzó los brazos y dirigió un golpe de viento hacia los dos estudiantes, que fueron elevados por los aires y lanzados contra una de las paredes.

-¿Acaso pensabais escapar? -se carcajeó Kashiri, al otro lado- ¡Débiles! ¡Yo os enseñaré magia de verdad!

Apuntó su báculo y susurró unas palabras estremecedoras. Un rayo negro cruzó la caverna, aniquilando a los no muertos con los que se topaba, directo a los Impromagos. Y aunque Sirene y Eme tuvieron tiempo de conjurar una esfera protectora, la descarga de oscuridad se abrazó a ella dividiéndose en multitud de ramificaciones.

-¡Tenemos que contraatacar, Eme! -Sirene sujetaba su varita con las dos manos; tal era la fuerza de la magia de Kashiri.

-De acuerdo. Lo haremos mediante nuestro conjuro más poderoso. ¿Preparada?

-¡Preparada!

FCaptura de pantalla 2014-10-24 a las 11.47.36ormularon las palabras de su hechizo final, realizaron los mismos movimientos, pero…

-¡Eme, tienes la varita al revés!

-¿Qué…?

Un chisporroteo de energía les envolvió al instante, desencadenando un conjuro totalmente diferente, inesperado…

Desparecieron.

Se materializaron un segundo después, en las orillas del Kal – a – Mar, cerca de la isla Kalzaria. El sol brillaba a lo lejos, sobre un mar tranquilo y despejado.

-¡Eme! ¿qué conjuro has lanzado?

-Pues… no lo sé con seguridad. Pero estamos a salvo, ¿no?

-¡Oh no! -Sirene buscaba a su alrededor- ¡Pelusín! ¿Dónde está?

-Ha debido… quedarse en el Inframundo -a Eme le temblaba la voz.

El conjuro les había salvado, pero a un coste demasiado grande.

-Tenemos que ir por él. ¡Hay que recuperarlo! -dijo Sirene- Vamos, Eme, repitamos el conjuro.

-Me temo que, de momento, debemos concentrarnos en asuntos más importantes. ¡Mira!

Y, apuntando con su varita al mar, señaló un punto  en el que la línea del horizonte quedaba rota por una mancha parduzca. Eran cientos de naves pirata, navegando desde Kalzaria en dirección al continente de Calamburia. Una nueva batalla se preparaba.

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