Autor: El Cronista
LA BATALLA FINAL (PARTE II)
Pocas veces el destino de Calamburia ha resultado tan frágil como lo fue durante la última batalla entre el bien y el caos.
En pleno desierto, entre la torre de Scuchain y la Puerta del Este, los dos bandos se disputaban la hegemonía con toda la fuerza de sus ejércitos. Al pie de la torre, los Impromagos, Eme y Sirene, invocaban conjuros defensivos que descendían sobre los hombres del reino. También se encontraban presentes todos los demás alumnos de la escuela: Tábata, Aruala, Estuco, Enona, Tilisa… ellos ponían en práctica sus mejores hechizos para retener la fuerza mágica de los Zíngaros: Kálaba, frente a la torre, invocaba toda suerte de maldiciones y males de ojo, mientras Garth, apoyado por las tropas de Petequia y Comosu, intentaba rodear las defensas y atacar por un flanco. Allí les esperaba Urraca; sus soldados, protegidos por la impromagia, repelían a un enemigo que veía reforzado su número con la llegada de Kashiri y Ventisca. El ejército de no – muertos que comandaban las Guardianas del Inframundo estaba ya muy cerca. Sólo el inmenso arco que era la Puerta del Este se interponía en su camino. Allí, los dos Porteros, Quasi y Adonis, hacían lo posible por contenerlos.
Las fuerzas estaban equilibradas… hasta la llegada de los Piratas, que emergieron desde el sur de forma sorpresiva. Aquella horda de filibusteros se había desecho de sus barcos para poner los pies en tierra firme. Acompañados de rugidos, maldiciones y juramentos, alzaron sus sables, sus mosquetes y sus botellas rotas y cargaron contra la torre.
-¡Eme! –gritó Sirene- ¡Son demasiados! ¡No podemos contener a los zíngaros, proteger a los hombres de la Reina y retener a los Piratas! Es mucho trabajo para nosotros.
Eme no respondió. Era tal el miedo que sentía, que se había quedado mudo. Entonces sucedió lo que nadie esperaba. El milagro; la salvación.
-¡Aún no está todo dicho! –se escuchó por todo el campo de batalla.
Desde el norte, entre la torre de los Impromagos y el ejército pirata, emergió una nueva fuerza. Eran más soldados, reclutados por el rey Rodrigo. Venían desde la capital; y con ellos, en vanguardia, podía distinguirse a los dos Taberneros. Las palabras que detuvieron la batalla habían procedido de Ebedi. La Tabernera llevaba un rodillo en la diestra.
-¡Esta batalla no ha finalizado! –añadió.
-¡Cierto! –intervino Yangin.
-Eso, eso. Muy cierto –dijo el rey Rodrigo.
-¡Soldados, cargad! –ordenó ella.
Los hombres se miraron un segundo desconcertados, hasta que fue el propio Rey quien repitió la orden.
Las fuerzas volvían a equilibrarse. En el tumulto que era aquel enfrentamiento por el destino de Calamburia, donde numerosos ejércitos de todo tipo se daban lugar, los rayos de poder mágico se mezclaron con los golpes de espada, las cargas de caballería, los juramentos de todo tipo, los aullidos de los heridos y las fuerzas de ultratumba. Y mientras unos y otros atacaban y contraatacaban, los Impromagos empezaron a notar, desde su posición a las puertas de la torre, que las fuerzas del mal perdían terreno.
-¡Eme, estamos ganando, no me lo puedo creer! –celebró Sirene.
A su lado, Ebedi se quitaba de encima a todo el que osara acercársele. Las palabras de aquella niña llamaron su atención. Habían despertado en ella una chispa de familiaridad; algo capaz de despertar cierto sentimiento afín, que llevaba mucho tiempo dormido. Miró a Sirene de reojo y analizó el modo en que sonreía, sus rasgos y algunos de sus gestos. ¿Acaso sería ella…?
Se formó un nudo en su estómago; una breve conmoción que, por desgracia, no pudo hallar su merecida respuesta. No era momento para resolver enigmas. El enemigo era fuerte, a pesar de que ya se retiraba.
Los primeros en abandonar fueron los Zíngaros. Su magia, sin el apoyo del Patriarca, era limitada. Comprendieron que ésta se agotaba y retrocedieron. Los Piratas siguieron después, cuando se dieron cuenta de que en tierra su combate no era tan bueno. Así, todo el ejército del caos se dio a la huida. Kashiri lo hizo en último lugar, no sin antes formular un juramento que Ventisca extendió por el cielo:
-¡Habéis ganado, pero sabed que no he sido liberada del Inframundo para conocer la derrota! ¡Jamás volveré a mis prisiones! ¡Tendréis mi presencia sobre la faz de Calamburia para siempre!
Desapareció en mitad de una monstruosa tormenta de arena, y con ella todo su ejército. El campo de batalla quedó en silencio un segundo, pero no tardó en llenarse con los vítores de las fuerzas del bien. Urraca se hizo un hueco en mitad de las tropas, pidió atención y dirigió unas palabras a sus hombres.
-¡Hemos ganado! Regresad tranquilos a vuestras casas, saludad a vuestras familias y dormid sin miedo a la oscuridad ¡Calamburia vuelve a estar en paz!
Y era cierto. La tierra de Calamburia había quedado libre de peligros… por el momento.
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15. LA BATALLA FINAL I
Kashiri flotaba sobre las dunas, mecida por el tornado de Ventisca. Bajo ella, un ejército de no muertos, alzaban sus armas, gritaban, crujían los dientes y se carcajeaban ante la expectativa de atacar a los siervos del reino.
-¡Cubríos! –ordenó Urraca- ¡Que todos los hombres formen un círculo! ¡Espalda contra espalda!
Los soldados obedecieron. A lo lejos, los Impromagos preparaban nuevos conjuros, pero Skuchain estaba libre de ataques por el momento. Los zíngaros, y la propia Kashiri, se habían centrado en Urraca.
-Se terminaron las escaramuzas –declaró la Emperatriz Tenebrosa; su voz pudo escucharse a kilómetros de distancia, arrastrada mediante el poder de Ventisca-. Ha llegado la hora de cambiar el destino de Calamburia.
Extendió su vara, y de la punta emergió un chisporroteante rayo. El rayo cruzó la distancia que lo separaba del enemigo, salvó las barreras protectoras de los magos y golpeó contra el ejército del Palacio de Ámbar. Los hombres salieron despedidos en todas direcciones, calcinados. Urraca, a salvo entre su guardia personal, se preguntó dónde se habría metido el rey Rodrigo.
En instantes como aquel preferiría que “El perturbado” se hallara un poco más cuerdo. La guerra siempre se le había dado mejor a él. Era un estratega nato; y aunque las pociones de los zíngaros le habían nublado el juicio, aún conservaba parte de la frialdad necesaria para…
Otro golpe de rayo la sacó de sus pensamientos. Esta vez había impactado demasiado cerca.No quedaba tiempo para lamentarse, ni para recordar a quien de seguro no podría ayudarla. Rodrigo no estaba allí, sino defendiendo la capital de posibles ataques. Por desgracia, el destino de Calamburia no se decidiría en las calles del reino, sino entre la arena dorada del desierto.
Sus hombres la observaban desconcertados, aguardando una orden, la que fuera. Los rayos de Kashiri seguían golpeando. En la retaguardia, los zíngaros acababan con la vida de quienes optaban por la escapatoria.
Entonces Urraca tuvo una idea.
-Es arriesgado –se dijo a sí misma-. Pero no tengo otra opción.
La reina disfrutaba de un poder especial. Aquel que había de convocar a los Porteros. Sin embargo, la Puerta del Este había caído, y desde entonces nada se había vuelto a saber de ellos. ¿Estaban vivos? ¿Eran prisioneros del mal? Se rumoreaba que Ventisca los había encerrado en una celda con paredes de puro viento, y que Quasi, totalmente enamorado, se dejó atar de manos sin oponer resistencia.
Pero si los Porteros estaban en activo; si andaban en Calamburia, a pesar de que ya no tuvieran nada que proteger, entonces Urraca podría convocarlos.
Las almas en pena de Kashiri se lanzaron al ataque. La vanguardia de infantería pesada aguantó el primer asalto, pero no podrían con un segundo.
Había que actuar.
-¡Porteros, yo os invoco! –gritó la Reina.
Sintió que, al instante, las fuerzas la abandonaban. La llamada a los Porteros era un privilegio que tenía su precio, y que no podría volver a repetir jamás. Dobló las rodillas y se dejó caer. Los hombres que la rodeaban creyeron que había sido abatida. La moral se desplomó
De repente el suelo empezó a vibrar.Las arenas del desierto se estremecieron con un terremoto. La tierra se dividió en una enorme grieta y, de ella, emergió una enorme puerta de piedra. A ambos lados, los Porteros aparecieron en sus puestos. Quasi llevaba los ojos vendados.
-¡Es por seguridad! –dijo Adonis- Quasi no puede ver a…- Señaló con la cabeza en dirección a Ventisca.
-Pero estamos preparados –respondió Quasi-. Preparados para lo que sea.
-¡Protegednos! –gritó la Reina, en un hálito de voz.
Adonis arrugó el entrecejo y, comunicándose mentalmente con Quasi, convocó el muro protector de la Puerta del Este.
Pero el muro no duraría. Urraca era consciente de ello. La ayuda de los Porteros les serviría para reagruparse, poco más. Era necesario un contraataque, una acción que diera la vuelta al enfrentamiento, y que les otorgara la victoria contra las fuerzas del caos.
Miró a su espalda, a la torre de Skuchain. Había llegado el momento de que los magos actuaran de verdad; todos ellos. Quizás, de aquel modo, hubiera una esperanza de mantener su trono en Calamburia.





