238 – EL ORBE DE LA CONFUSIÓN I

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EL ORBE DE LA CONFUSIÓN I

Cada vez más gente iba llegando al Gran Claro de la Arboleda de Catch-Unsum donde se iba a celebrar la final del VII Torneo en honor del Todopoderoso Titán Oscuro. Varios carpinteros terminaban de instalar las gradas de madera mientras seres de todo el mundo acudían al gran evento aprovechando la medida de gracia que Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos, había dictado para esa ocasión especial: nadie sería perseguido ni torturado durante la celebración de la competición, incluso sus más temibles enemigos podrían circular libremente sin miedo a represalias. Por ello y, aunque con cierta cautela —pues no todos se fiaban al mismo nivel de la palabra de Amunet—, las parejas habían acudido a la convocatoria sabiendo que su inmunidad sería respetada. Y, al menos por el momento, parecía que la Emperatriz estaba cumpliendo su palabra, pues ningún demonio había penetrado en el sagrado perímetro de la arboleda.   

Pero no todos los participantes se sentían tan seguros. En los bordes del gran claro de la arboleda de Catch-Unsum, oculta entre los setos para no ser vista por nadie, Ona Bakari sostenía un orbe que emitía un ominoso resplandor. La joven cazademonios susurraba palabras en un idioma arcano. El orbe parecía reaccionar a su llamada emitiendo una energía aún más poderosa que la envolvía progresivamente al modo de un aura maligna. De repente, como si un fuego interno le abrasara las entrañas, lanzó un grito desgarrador antes de desplomarse sobre la hierba húmeda. El aire se llenó de tensión cuando Ramia y Aldric dieron con ella, guiados por el grito. La guardabosques se lanzó sobre el cuerpo debilitado de su amiga ayudándola a incorporarse.

—¡Ona! ¿Qué diablos estabas haciendo? —exclamó Ramia Laforet con el ceño fruncido y una mezcla de preocupación y enfado en sus ojos—. Amatis de Mora fue muy claro, debemos ser los tres quienes activemos el orbe llegado el momento.

—Si lo utilizas tú sola, no sobrevivirás, y lo sabes —añadió Aldric, el sanador, con una voz firme y severa—. Es una reliquia arcana; el orbe consume a quien lo usa.

Ona, apartándose de Ramia y apoyando sus dos manos en el suelo para recobrar el aliento, levantó la mirada desafiante.

—Dejadme, yo me sacrificaré. ¡No os necesito!

Ramia, sin perder la calma, se abalanzó sobre Ona y trató de quitarle el orbe pero ella se resistió.

—Déjate de inmolaciones inútiles y cíñete al plan —ordenó, mientras Aldric intentaba apaciguar la situación—. Tenemos una misión y no voy a permitir que lo estropees todo.

Pasaban por esa zona de la arboleda dos pícaros alegres y despreocupados que, por la gracia del Todopoderoso Titán, también había sido llamados a participar en el torneo.

—Mira, Tinín, ¡son los cazademonios! —dijo Gorrión, con entusiasmo—. ¡Son mis participantes favoritos!

—¡Hala, dicen que zon tan valientes que hacen temblar al mizmo infierno! —respondió Tinín, con los ojos brillantes de admiración—. Hola, zeñora Bakari, ¿qué eztá haciendo? ¿Para qué ez eza pelota y por qué brilla en la ozcuridad?

Aldric se volvió hacia los niños, intentando mantener la compostura.

—Niños, dejad en paz a los mayores, que están trabajando.

Un murmullo inquietante llegó desde el otro extremo del claro. Aldric, asustado, reconoció la amenaza:

—¡Oh, no, son ellas, son las Amazonas! ¡Ya están aquí!

Ramia asintió con gravedad y tragó saliva.

—Siguen buscando el Orbe que les robó Amatis. Parece que era una reliquia muy preciada para su clan. Lo encontraron las fundadoras de su tribu al llegar a las Marismas de la Confusión y, al verlo brillar, lo tomaron como una señal para fundar allí su primer asentamiento —la guardabosques aún recordaba las antiguas lecciones de historia que les daba Minerva en la Torre Arkana. Pero eso fue mucho tiempo atrás, cuando ella era todavía una joven estudiante de la casta Natura; mucho antes de ser expulsada de Skuchaín.

Ona se incorporó, aún aferrando el orbe con las dos manos.

—¡Shh! —chistó Ona consciente del peligro—. Será mejor que nos escondamos. Son fieras guerreras y muy peligrosas, y no podemos permitir que recuperen su orbe, al menos no hasta que hayamos llevado a cabo el plan secreto de Amatis de Mora.

Tinín, aún fascinado, no pudo contener su curiosidad.

—¿Hay un plan zecreto? ¿Quién ez Amatizta de la Mora?

Ona se volvió hacia los pícaros con una expresión amenazante.

—¡Vosotros! Ni una palabra a nadie de lo que habéis visto aquí o… —se pasó el dedo por el cuello, imitando una amenaza de muerte.

Los cazademonios se ocultaron rápidamente tras los setos, mientras los pícaros se quedaban en el centro de la escena, tratando de disimular su nerviosismo. Justo en ese momento, las Amazonas alcanzaron aquel borde del claro.

—¿Dónde están esos ladrones? —rugió Kiajají, con su lanza en alto—. Si les agarro, les voy a ensartar como si fueran un vulgar cochinillo. —Se volvió hacia su hermana, Andamana—. ¿Cómo ha podido alguien robar una de nuestras reliquias más preciadas? 

—No lo sé hermana, nuestras guerreras tienen los sentidos más agudos de toda Calamburia —respondió Andamana—. No se me ocurre qué clase de magia pudo utilizarse para entrar en el campamento y salir sin ser visto.

Kiajají frunció el ceño con un gesto asesino.

—No importa, hermanita. Daremos con el culpable o los culpables y seguirá la misma suerte que el cazador.

—Eso, la misma que el cazador… —asintió Andamana agitando el látigo y recordando con satisfacción la muerte de Ranulf.

Kiajají dirigió su mirada entonces hacia los jóvenes pícaros que parecían algo tensos y no dejaban de intercambiar sospechosas miradas.

—Vosotros, ¿no habéis visto a alguien portando un orbe por aquí?

Tinín negó con la cabeza exageradamente.

—¿Nozotros? No, no hemos vizto a nadie con el orbe ni nada, no… —titubeó—. De hecho, ni ziquiera eztábamos aquí.

Su hermana le apoyó con gestos igualmente exagerados. Kiajají resopló, frustrada.

—Está bien, seguiremos buscando.

Las Amazonas se alejaron, dejando a los pícaros atrás. Ellos suspiraron aliviados y lanzaron una mirada al seto tras el que se escondían los Cazademonios. Sin embargo estos no abandonaron su escondrijo, pues sabían que el peligro no había pasado, y sabían que debían evitar el enfrentamiento con las amazonas si querían cumplir con el plan de Amatis de Mora.

En medio del claro, vino a posarse Titania, deslizándose por el aire con gracia etérea ante la atónita mirada de los pícaros que, aunque habían visto ya a mucho seres faéricos a lo largo del torneo, nunca dejaban de quedarse boquiabiertos cada vez que estos aparecían.

—Vaya, así aquí es donde se jugará la final del torneo —observó Titania, con una sonrisa irónica mientras contemplaba el gran claro de la arboleda de Catch-Unsum—. Pues a mí este clarito del bosque se me antoja parecido al resto, excepto por las maderas y los humanos que estan poniendo para decorar —dijo señalando a los espectadores que, justo en el lado opuesto de claro, iban llegando a ocupar sus asientos en las gradas de madera que se habían construido para la ocasión—. Esos humanos son tan feos, rudos y… peludos, ¿verdad, Ymodaváns? —la Dama Irisada giró la cabeza a izquierda y derecha buscando infructuosamente a su criado—. ¡Ymodaváns! ¿Dónde os habéis metido, malditos sirvientes de pacotilla?

La pícara señaló con asombro a la figura resplandeciente de Titania y comentó:

—Mira, Tinín, es un hada, ¡un hada de verdad! ¡Es tan guapa! —dijo Gorrión, con los ojos muy abiertos.

Titania, al escuchar el cumplido, saludó con superioridad.

—Qué monos… Humanos en pequeño.

Antes de que pudieran reaccionar, un agujero se abrió en el suelo y de él salió un gigantesco gólem de acero, en su hombro iba montada Elga, la Dama de Acero de los enanos.

—Vaya, no esperaba encontrar a una compatriota tan lejos de casa. La mismísima Dama Irisada, señora de las Hadas… —dijo Elga, con una sonrisa sarcástica mientras Serörkh la depositaba con reverencia en el suelo.

—¿Elga? ¿Qué haces aquí? —espetó Titania, acercándose a ella con un gesto altivo—. ¿Vienes a robarme el protagonismo?

El gólem arcano se inclinó hacia su señora y le preguntó.

—¿Serörkh aplasta? —preguntó, con una voz grave.

Elga negó con la cabeza.

—No, Serörkh, querido, en esta ocasión no será necesario —dijo la enana con una sonrisa llena de condescendencia—. Sed bienvenida, Titania. Por extraño que parezca, esta vez enanos y hadas estamos en el mismo bando. Ambos servimos a la nueva Dama Negra y a los Druidas, nuestros amados protectores.

Serörkh miró a Elga con confusión.

—¿Entonces Serörkh no aplasta?

Elga resopló, exasperada, mientras los tritones aparecían en el claro.

—¡Ya hemos llegado! Supongo que estas gigantescas algas de secano deben ser aquello que los Calamburianos llaman árboles —comentó Caspio, con un tono de profundo asombro.

—Sí, mi príncipe. Sigue siendo la arboleda de Catch-Unsum. Llevamos semanas aquí y os sigue sorprendiendo todo como el primer día —respondió Traqua, con una sonrisa paciente.

Las inventoras se acercaron con entusiasmo al grupo de participantes que se estaba formando, buscando a su compañero.

—No sé dónde se habrá metido Kurian. Estaba ahí, me he girado y ya no estaba… —dijo Naruik, con preocupación.

—Es como si hubiese desaparecido de repente, ¡como si se lo hubiera tragado la tierra! —añadió Ukarin K-Bum, mirando a su alrededor con desconcierto.

Naruik se fijó en Titania y exclamó emocionada:

—¡Mira, Ukarin, seres extraños! Parecen provenir de realidades exomórficas idiopáticas, ¡tenemos que analizarlos para nuestros experimentos!

Titania arrugó la nariz con disgusto cuando sintió cómo le tocaban un ala.

—Sin tocar, señora, que no somos monos de feria —respondió con desdén la Dama Irisada.

Ukarin, fascinada por la presencia del Pacto de Acero, comentó.

—¡Uy y hay una enana! En mi multiverso tengo la cabeza de cientos de ellos en mi salón subterráneo. ¡Mira qué espécimen más extraño! Se da un aire a Elga, pero no puede ser ella porque esta tiene los dos brazos y muchas menos cicatrices…

La Dama de Acero, más extrañada que asustada, decidió alejarse de aquella trepa de estrambóticos personajes:

—Yo creo que voy a ir cogiendo sitio por ahí al fondo. No quiero juntarme con estos bichos raros. Te veo luego, Titania. Suerte, deja en buen lugar al reino faérico —dijo animando a la finalista—.  ¡Vamos, Serörkh!

El gigantesco Gólem tomó a su ama y la elevó colocándola en su hombro para llevarla hacia las gradas. Por su parte, la Santa Hermandad apareció, con Carmélida y Clemente liderando la marcha, tras ellos la joven Tercera hermana Efélide cerraba la comitiva.

—Primer hermano, seguiré insistiendo a esa amazona para que acepte entrar en nuestra orden. Me ha contado que en su tribu rechazan a los hombres, eso quiere decir que se han entregado al celibato —dijo Carmélida, visiblemente emocionada—. Los caminos del Titán Oscuro son inescrutables. Si una mujer salvaje, inculta y claramente inferior es capaz de entender los beneficios de una vida de rectitud y abstinencia, es que hay esperanza para todos.

—Muy conveniente. El sexo nubla el alma y el entendimiento —respondió Clemente, asintiendo satisfecho mientras contemplaba cómo la gente se iba colocando en sus asientos. La Santa Hermandad había llegado a la final y se disponían a honrar al Titán consiguiendo una victoria para la fe. Solo lamentaba que la Emperatriz Amunet no hubiera acudido en persona a la celebración para contemplar su triunfo, pero acto seguido se arrepintió de su pensamiento pues le pareció pecado de soberbia.

—Bien dicho —añadió Carmélida, sonriendo—. Solo una vida de casta entrega al Titán Oscuro puede colmar un alma de negro gozo.

—Cuanta sabiduría en tan pocas palabras —convino la Tercera hermana con gesto de devoción.

—Y la habilidad de esa joven con el látigo… —expuso la Segunda hermana—. Ni imagino los tormentos a los que podría someter a los infieles…

—Oh, sí, dulces y certeros latigazos… —añadió el religioso mordiéndose el labio inferior.

Ambos se miraron visiblemente alterados y llenos de gozo, pero acto seguido se detuvieron algo turbados, notando que se estaban entusiasmado demasiado y que el resto de participantes les estaban contemplando con gesto de turbación.

Efélide, la Tercera hermana, incómoda con la conversación, intervino para rebajar la tensión:

—Primer hermano, segunda hermana… las Amazonas han dicho que no quieren hacer los votos. A veces sois demasiado insistentes —les reprendió con delicadeza—. La verdadera vocación debe nacer de nuestros negros corazones. No todos tenemos la bendita suerte de recibir la Llamada de la Oscuridad.

Clemente suspiró.

—Disculpadnos, Tercera Hermana, en ocasiones nos puede la fervorosa tenacidad —adujo Clemente contrito.

Carmélida sonrió y señaló hacia el fondo del claro.

—Mirad, es la oportunidad de conseguir nuevas vocaciones. ¡Mira, allá a lo lejos, una enana, pobrecita…! ¡Y viste de negro! ¡Será viuda! —dijo con efusiva compasión—. Vamos, seguro que en su condición considerará ingresar en la Iglesia del Titán Oscuro. ¡Vamos a por ella!

Mientras la Santa Hermandad se alejaba con fervor a la caza de nuevas vocaciones, las Celestinas irrumpieron en el claro con elegancia mientras oteaban el panorama en busca de pingües beneficios.

—Hija, ponte recta, que esto es una final y en los eventos sociales de copetín, todo se llena de pazguatos ricachones a los que embaucar —dijo Kávila, ajustando el vestido de su hija Eurídyce.

—Madre, que nos está mirando todo el mundo —respondió Eurídyce, avergonzada.

—Pues que no miren tanto. ¡Y el que mire, que pague! —ladró ella lanzando a diestro y siniestro miradas desafiantes.

Los Zíngaros llegaron en ese momento, con la matriarca Kálima escoltada por sus dos jóvenes hijos: Sámara y Arnaldo.

—Mirad, hijos míos, en qué se convierten los repudiados del clan —dijo Kálima, con desprecio señalando a las Celestinas y hablando con una voz lo suficientemente alta como para que la oyeran—. Mi propia hermana viéndose rebajada a la más baja de las deshonras… Vámonos de aquí, si no queréis convertiros en parias como ellas. La desvergüenza es como la lepra, si te acercas a un leproso…

—Una vergüenza, madre —afirmó Arnaldo apretando el puño con firmeza—. Cuando yo sea el nuevo patriarca, ninguna zíngara caerá tan bajo. Y si lo hace, pagará con su vida.

Los zíngaros se alejaron indignados, excepto Sámara, quien miraba con curiosidad a las Celestinas.

—Entonces, si esa es nuestra tita Kávila la desterrada… ¿esa de ahí es nuestra prima? —se dijo a sí misma mientras saludaba con la mano con gesto efusivo—. Hola, siempre he querido tener una prima de mi edad.

Su madre la llamó de un silbido y Sámara corrió tras ella, dejando a su prima atrás.

Los cazademonios, aún ocultos tras los arbustos observaban agazapados a los recién llegados y aprovecharon la confusión que había en el claro momentos antes del inicio de la gran final para discutir sus próximos pasos.

—Qué suerte, de momento hemos logrado dar esquinazo a las Amazonas. Por cierto, a nuestro secreto benefactor, ¿cómo os lo imagináis? —preguntó Ramia, con una sonrisa.

—Yo al tal Amatis de Mora me lo imagino como un filántropo —respondió Aldric, pensativo—. Un hombre apuesto, rico y preocupado por el futuro de Calamburia. Y también humilde, ya que no quiere revelar su identidad.

Ona los interrumpió, con una mirada seria que traslucía el peso de una gran responsabilidad:

—Callaos y recordad que pase lo que pase tenemos el Orbe que nos hizo llegar Amatis. Es nuestro as bajo la manga. Pero solo lo usaremos cuando uno de los dos equipos haya ganado y no antes —apuntó Ona Bakari levantando su dedo índice para dar énfasis a su palabras—. Hay que seguir sus instrucciones al pie de la letra, sino todo podría salir mal.

Drawets el pícaro tomó posición en el centro del claro y dio la señal. Era la inequívoca llamada para que los finalistas se colocaran en posición de combate.

—Vamos, no podemos seguir escondiéndonos —sentenció Ona ante  sus compañeros abandonando los matorrales que les habían escondido hasta el momento—. ¿O queréis ver la final como si fuerais unos forajidos?

Ramia y Aldric la siguieron de mala gana. No se fiaban de las Amazonas ni se fiaban de la graciosa tregua de Amunet, pero no podían dejar que se expusiera sola.

En ese momento, el mismísimo Van Bakari, el famoso traficante de almas apareció en el claro, se había hecho con un tentempié y buscaba hueco en las gradas dando codazos a un panadero y un fauno para que le hicieran hueco con una sonrisa despreocupada.

—¡Hola, hola! ¿Es aquí la actuación del Gremio de Bufones y Saltimbanquis? —iba preguntando con ironía mientras se aposentaba. De repente al ver a Drawets a lo lejos le saludó con efusividad.

—¡Drawets! ¡Drawets! —yo le conozco les dijo a un enano y a un panadero—. ¡Drawets! No me ha visto —aclaró al desconocido panadero que le miraba con suspicacia.

—¿Se puede saber qué haces aquí Van Bakari? La Emperatriz aseguró que ningún demonio…

—Oye sin insultar, que vengo en son de paz —expuso a gritos tratando de apaciguar al presentador—. Y no soy ningún demonio, por mucho que te empeñes. Hoy no vengo en calidad de villano, sino de padre atento y bien dispuesto que viene a ver el torneo en el que participa su hija. ¿Que pasa que no puede tener uno una hija en el torneo?

—¿A que tú también tienes una hija participando? —Drawets se relajó ante la aclaración y carraspeó ligeramente, pues sus dos hijos también participaban—. Bueno, pero siéntate y no hagas ninguna de las tuyas que nos conocemos —le advirtió el pícaro mientras daba un trago a su licor de hierbas favorito para aclararse la garganta.

—Mira por cierto, ¡ahí esta! —añadió el traficante señalado a Ona Bakari que trataba de esconderse vergonzosamente tras sus compañeros.

—Ona, ese… ¿es tu padre? —preguntó Ramia algo sorprendida.

—¡Hola, Ona! ¿Cómo estás? Vengo a ver cómo ganas la final del torneo.

—Van Bakari, tú hija no puede ganar la final.

—¿Y eso? —preguntó él indignado.

Drawets se acercó y le explicó con paciencia al traficante que su hija y su grupo de Cazademonios ni siquiera se había clasificado para la final del torneo.

—Pues es una lástima, la verdad, porque es buena, la he educado bien —se lamentó el traficante visiblemente desilusionado— Bueno, si no os importa, me quedaré viendo el partido, que no todos los días uno tiene asientos de primera fila en la Final del Torneo. ¡Ona, cariño, no te preocupes, papá está orgulloso de ti igualmente!

Ona se tapó la cara con vergüenza.

—Papá, qué vergüenza, te dije que no vinieras… —respondió a regañadientes—. Que estoy con mis amigos…

—Y ponte recta, que sino te sale chepa cariño —apostilló el traficante mientras se llenaba la boca de comida.

En el centro del gran claro ya se habían colocado los contendientes que se iban a ver las caras en la gran final. Era una final especial pues, por primera vez, el Titán había permitido que se enfrentaran dos tríos en vez de dos parejas. A un lado, y procedente del mismísimo Reino Faérico, Titania, la Dama Irisada de la hadas, participaba con dos de sus criados a los que llamaba indistintamente “Ymodavan”. Con su grácil figura y su poderoso porte, Titania destacaba sobre sus dos acompañantes como una rival tan implacable como elegante.

En el extremo opuesto, la Santa Hermandad había encendido velas y se preparaba elevando sus preces al Todopoderoso Titán Oscuro. Sus tres miembros —Clemente, el Primer hermano; Carmélida, la segunda hermana y Efélide, la tercera hermana— parecían especialmente inspirados por la gracia de la divinidad y estaban dispuestos a vencer a toda costa para mayor gloria de su señora la Emperatriz de los Dos Mundos.

Van Bakari, ya a salvo de las miradas ajenas, sonrió con astucia mientras el pícaro Drawets daba la señal de inicio del combate. Algo le decía que aquella iba a ser una final tan interesante como llena de sorpresas.