237 – CUANDO LA LUNA PARPADEÓ

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CUANDO LA LUNA PARPADEÓ

La música subía por las paredes como una serpiente borracha. Las cuerdas del laúd, tensas, se mezclaban con las carcajadas, el tintinear de las copas, y los gemidos ahogados tras las cortinas de gasa. Era noche de oro en el lupanar de la Aldea Libre, y todos los salones estaban ocupados: nobles venidos en secreto, mercaderes en busca de consuelo, soldados que pagaban con espadas oxidadas por un momento de carne.

Y en el centro de todo, como un cometa que arrastrase el deseo a su paso, estaba Eurídyce.

Con el cabello ensortijado y suelto, como una cascada salvaje que bailaba con cada giro, y una sonrisa abierta, brillante, que desarmaba a hombres y mujeres por igual, Eurídyce reía como si el mundo fuera un juego y ella supiera todas las reglas. Llevaba un corsé de brocado oscuro con reflejos iridiscentes, ceñido a un cuerpo que no tenía miedo de mostrar. Bajo él, una blusa blanca, generosa, dejaba ver la firmeza de su escote. Alrededor del cuello, una gargantilla de cuentas verdes resaltaba la curvatura de su clavícula como si la naturaleza misma quisiera enmarcarla.

—¿Y tú qué ofreces, aparte de tu espada mellada? —decía, rodeada de admiradores, su voz cálida y burlona—. Porque aquí no se paga solo con monedas…

Era el centro del deseo. La flor más alta del jardín prohibido que Kávila había sembrado años atrás, a fuerza de secretos, sortilegios y desesperación.

La joven no caminaba: deslizaba su cuerpo como si tuviera música propia. Los ojos la seguían. Las manos la buscaban. Y ella dejaba que la adoraran, con la seguridad de quien sabe que posee un poder que no necesita defensa.

Desde lo alto de la escalera, Kávila observaba en silencio, con los brazos cruzados y la espalda recta, oculta entre las sombras. No necesitaba descender. Lo había visto tantas veces… y, sin embargo, esa noche era distinta.

Porque Eurídyce era ella.
O mejor dicho, lo que ella había sido.

Hubo un tiempo en que su piel era tersa, en que su voz arrastraba a los hombres como un conjuro, en que bailaba bajo la luna con el vientre plano y los labios embadurnados de vino rojo. En el campamento del clan del Cuervo, Kávila fue la más deseada entre todas las hermanas, la más inteligente, la más osada.
Y todo eso, se lo arrancaron.

Por eso, al verla así —joven, bella, radiante—, no sintió orgullo.

Sintió temor.

Y un dolor antiguo, profundo, enterrado con piedras y brujerías.

Eurídyce rió de nuevo. Una risa clara, pura, despreocupada. Un hombre cayó de rodillas, fingiendo rendirse a su belleza. Otro le susurró un poema al oído, rozándole el cuello con los labios. Ella lo escuchó divertida, pero cuando volvió la vista a la mesa donde había estado aquel cliente… ya no estaba.

En su lugar, descansaba una pequeña bolsa de terciopelo rojo oscuro, anudada con un cordel dorado.

No era una prenda olvidada ni un pago habitual. Ningún cliente dejaba algo así sin decir palabra. Eurídyce la tomó con delicadeza. Pesaba poco, pero había algo inquietante en su presencia. Como si la tela guardara un secreto demasiado antiguo para ese salón de risas fáciles.

Desde lo alto de la escalera, Kávila lo comprendió al instante.

La señal.
El presagio que había visto en sueños, días atrás.
La marca antes del juicio.

Sin una palabra, giró sobre sus talones. Se retiró sin hacer ruido. Ascendió la escalera de madera crujiente. Entró en su alcoba. Cerró la puerta.

Y entonces, al alzar la vista, la vio.

La luna.

Alta. Blanca. Perfecta.

La luna flotaba en lo alto del cielo, redonda, pálida, intacta. Desde la ventana del viejo lupanar, Kávila la observaba con los brazos cruzados sobre el alféizar de piedra. El viento le despeinaba el cabello, ahora salpicado de canas, y arrastraba hacia ella los ecos apagados del placer comprado. Pero no oía nada. Solo la sentía a ella.

Esa luna.
La primera en traicionarla.

Porque lo vio todo.
Porque no lo impidió.
Porque brilló igual la noche en que su hermana Káluna murió.
Y la noche en que ella fue maldita.

Lo recordaba con una nitidez insoportable. El campamento zíngaro, el olor a madera quemada y piel sudada, el murmullo inquieto de los clanes. La llegada inesperada de Káluna, extenuada, con el rostro pálido y el vientre inflamado. Venía desterrada del Palacio de Ámbar, rechazada por la infanta Urraca y la reina Sancha III, tras saberse su relación con Rodrigo IV.

Todos la recibieron con júbilo.
Todos menos ella.

Kávila también estaba encinta.
Pero no de un rey.
Sino de su cuñado, el patriarca Arnaldo Zin-Garth, esposo de su hermana mayor Kálaba, que la había manipulado, engañado y usado como parte de su retorcido plan.
A Káluna la sedujo el poder.
A Kávila, la forzó el patriarca.

Cuando supo que su hermana no sobreviviría al parto, preparó una pócima. Un remedio piadoso. Algo que acabara con el embarazo antes de que la destruyera. Pero Káluna se negó. Y Kálima, la más joven de las hermanas, la descubrió. Y la delató.

¡Patriarca! ¡Kávila ha intentado traicionarnos!

El juicio fue rápido.
Arnaldo alzó la voz.
Kálaba calló.

Y Kávila, por primera vez, habló con todo su corazón:

¡Me violaste, Arnaldo! Me prometiste un destino y me diste una maldición. Me convertiste en recipiente de tu ambición.

Pero nadie escuchó.
Nadie la defendió.

Y entonces, la condena:

Desde este momento, que cada uno de tus días se acerque a la decrepitud. Que el tiempo te clave cuchillas, y que cada luna te robe la juventud.

Fue expulsada. Maldita. Sola.
Su hijo murió.
Káluna murió.
Y la luna… se apagó.


Ahora, décadas después, esa misma luna brillaba de nuevo.

Pero no igual.

Brillaba con la luz de un ojo ciego. Como si aún llevara en su rostro el luto de aquella noche.

Kávila suspiró. No lloró.
Ya no sabía cómo.

Y entonces, tras ella, la voz que creía enterrada en el tiempo volvió a surgir, suave, contenida:

—Madre… —susurró Eurídyce—. Ha llegado.

Avanzaba despacio, con el cuerpo aún encendido por la danza y los dedos aferrando una pequeña bolsa de terciopelo carmesí, ya desatada. Los ojos que minutos antes reían entre luces cálidas y promesas fingidas, ahora estaban serios, fijos en el objeto que acababa de descubrir.

—No es oro. Ni perfume. Es… es lo que creo que es? —preguntó, sin atreverse a decirlo del todo—. ¿Nosotras…? ¿Podemos entrar? ¿Somos… dignas del torneo?

Kávila se giró, con la lentitud solemne de quien se sabe observada por los dioses.
Extendió la mano.
Eurídyce colocó el contenido sobre su palma.

Una letra.

Una C.

Tallada en marfil. Fría. Silenciosa.
Pero viva.

Kávila cerró los ojos, y durante un instante, pareció estar de nuevo en el bosque, bajo las ramas del exilio, con la sangre aún caliente y el nombre del clan ardiendo entre los labios.

—Es para nosotras.

No era solo una señal.
Ni una invitación.

Era una fisura en el destino.
Una posibilidad —lejana, incierta— de volver a pisar el terreno que les fue negado.
De pronunciar su linaje sin miedo.
De reclamar el derecho que les arrebataron a golpes y maldiciones.
De dejar de ser las condenadas.
De ser, por fin, las que regresan.

Y entonces, la luna parpadeó.
Una sola vez.
Como si, tras todos estos años, también ella concediera su bendición.