235 – SALVAR EL MULTIVERSO II

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SLAVAR EL MULTIVERSO II – EL UMBRAL

El anciano Katurian observaba con ansiedad el omnivisor. Había lanzado la señal y ahora tocaba esperar pero, a pesar de su avanzada edad y su particular dominio del tiempo, esa siempre había sido la parte que peor llevaba. Abrió su zurrón y sacó una esfera que relucía con un aura irisada: un pequeño Núcleo-KAT compuesto de prolita pura esferificada y condensada. Siempre le producía fascinación contemplar la prolita. Ese estraño mineral, capaz de ser infundido por el poder arcano, había sido precisamente la clave de la revolución tecnológica en todos los multiversos. La manipulación de la prolita había permitido el almacenaje de un poder capaz de dar vida a los más variopintos artilugios; había dado lugar a la era de lo que el pueblo llano conocía comunmente como la tecnomagia. Sin embargo, para Katurian no había nada divino, extraño ni sobrenatural en la prolita: si bien la mayor parte de materias del universo se dejaban atravesar o afectar por el poder mágico, la prolita era capaz de retenerla y almacenarla para poder ser utilizada en el futuro. Esa capacidad le permitía ser utilizada como una batería de poder y había permitido, entre otras aplicaciones, la construcción de las máquinas del tiempo de bolsillo. Todos los Katurians de la INTERKAT llevaban una. Volvió a observar el fascinante y turbador brillo de la prolita. Si se pensaba bien, su principal virtud no era muy distinta a las propiedades de otros materiales que eran capaces de conducir, e incluso almacenar otras formas de energía. Sin embargo, su descubrimiento y aplicación había alterado casi todos los multiversos conocidos y marcaba en ellos un antes y un después. Suspiró. ¿Acaso el universo no era otra cosa que energía en movimiento? ¿Y acaso la prolita no era una mera forma de domesticar ese movimiento? El anciano miró la esfera entornando los ojos, pensativo. «¿Como algo tan bello y volátil — pensó para sí el anciano inventor—  puede ser a la vez tan poderoso y codiciado?».

Y tan ensimismado se hallaba en sus reflexiones que no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón cuando sus tres “yos” multiversales aparecieron tras él casi a la vez y por sorpresa.

—¡Me habéis dado un susto de muerte! —exclamó agarrándose el corazón—. Por un momento pensé que erais los Guardianes…

Ukarin, Kurian y Naruik le miraron visiblemente molestos con su yo del futuro.

—Déjate de monsergas, anciano y ve al grano —espetó Ukarin K-Bum con su cara llena de hollín mientras acariciaba la bomba que llevaba al cinto—. Tengo muchos enanos que matar.

—¡Yo estaba a unos segundos de hacer historia! —se lamentó Naruik con los ojos vidriosos mientras se atusaba su pelo rizado—. Más vale que sea importante.

—Un servidor estaba a punto de arreglar algo muy importante —expuso Kurian cruzándose de brazos en gesto expectante—. Mi civilización podría entrar en un caos sin precedente si no logro…

—¿Creéis que os hubiera reunido aquí si no fuera una cuestión trascendental? —les interrumpió el anciano Katurian con una mirada cargada de reproche—. Tengo ciento dos años y estoy felizmente retirado. Me estoy arriesgando mucho con esto. La prohibición sigue vigente, y si los Guardianes del Tiempo nos encuentran juntos de nuevo no serán tan amables como la última vez.

Los tres jóvenes inventores bajaron la cabeza contritos, aún recordaban todo lo que desató la “última vez” y cómo hubo que disolver la INTERKAT para siempre. Llevaban años sin verse, así que ninguno había dudado en acudir raudo a la llamada del anciano Katurian, fundador de la organización.

—Se trata de la Calamburia 02. Algo extraño ha sucedido, algo sin precedentes —expuso el viejo—. El Katurian de esa variante multiversal ha desaparecido.

—¿Desaparecido sin más? —preguntó Naruik.

—¡Paparruchas, no se puede haber volatilizado! —objetó Ukarin.

—Pues así ha sido y, eso no es lo más relevante: ¡ha desaparecido antes de inventar el Arcángel 8000!

—Pero eso es imposible, sin el Arcángel los demonios habrían conquistado toda Calamburia —sentenció Kurian.

—Precisamente —asintió el anciano Katurian Flemer levantando el dedo huesudo para dar énfasis a sus palabras—. Y ahora, con Katurian desaparecido, solo el cuestión de tiempo que los demonios asolen esa Calamburia. Y lo que es peor, me temo que cuando lo hayan hecho, den con el prototipo del Núcleo-KAT que hay en el Faro Partido. Si eso pasa, podrían incluso utilizarlo para acceder al Umbral y, desde aquí, expandirse por todas las versiones del multiverso.

Naruik, Ukarin y Kurian tragaron saliva.

—Vuestra misión va más allá de los simples trabajos que realizáis en cada uno de vuestros mundos. Os estoy hablando de algo más importante: ¡salvar el multiverso! —sentenció el anciano Katurian con cierto aire épico.

En es instante, una señal luminosa apareció en la pantalla del omnivisor. Era una letra C con tonos anaranjados que parpadeaba.

—Juraría que he visto antes esa señal… —susurró el centenario inventor mesándose la barba pensativo mientras recuerdos de su juventud acudían de nuevo a su anciana mente.

234 – SALVAR EL MULTIVERSO I/π

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE π DE CALAMBURIA

Ukarin K-Bum acudió a la Gran Gruta Ambarina respondiendo a la llamada de su líder. La última incursión había sido todo un éxito y todo se debía a la destreza de Ukarin en la fabricación y manejo de los explosivos. Los enanos no volverían a molestarles, al menos mientras se lamían la heridas.

Desde la revolución ya nadie conocía a Stinker Comecobalto con ese nombre, sino que todos se referían a él con su nuevo título oficial: camarada Stinker, Primer Ciudadano de la Subcalamburia. 

Hacía tiempo que Ukarin no visitaba la sala de la Asamblea. La Gran Gruta Ambarina era un prodigio de la ingeniería, lo más cercano a una maravilla del mundo desde que la propia Calamburia, tal y como antes se conocía, desapareciera bajo el calor abrasador de los rayos del sol. Ya nada ni nadie vivía en la superficie por lo que las galerías eran el único vestigio de civilización humana. Sin embargo, y aunque recordara su infancia en el Faro Partido, junto a su hermana Tesla, a Ukarin no le disgustaba su mundo actual. Bueno, salvo por la sopa de líquen y el asado de topo arcano. No soportaba ninguna de esas cosas y ambas solían estar frecuentemente en el menú. Echaba de menos a su hermana, pero estaba convencida de que, de haber sobrevivido a la primera Ola Solar, ella hubiera sobrellevado peor el encierro en el submundo. Aún recordaba su cadáver chamuscado, a pocos metros de la entrada de la mina. Unos pocos segundo más y Tesla Flemer aún seguiría con vida.

Cuando Ukarin entró en la Gran Gruta pudo comprobar la belleza de las columnas de ámbar que apuntalaban el techo. En las paredes, los líderes del nuevo mundo lucían las cabezas de sus enemigos, como antaño hicieron los reyes con las de ciervos y jabalíes. Solo que, en la Gran Gruta, las cabezas disecadas que había habían pertenecido en el pasado a poderosos guerreros enanos. Ukarín avanzó bajo la luz anaranjada de las antorchas y se encontró con él, el camarada Stinker en persona. Estaba sentado sobre un ajado trono de piedra, tallado en la misma roca que se fundía con la sala y lucía su casco de gala, recubierto de piedras preciosas. Sobre su regia figura, a varios metros de altura, se encontraba el más preciado de sus tesoros que exhibía para recordar los principios del nuevo orden: la cabeza de Otalan, el antiguo Señor de los Túneles que tan férreamente se negó a colaborar.

—Katurian Flemer, más conocida como Ukarin K-Bum. Héroe de la Subcalamburia, te doy la bienvenida a la Gran Gruta Ambarina.

—Gracias, Primer Ciudadano.

—Tú puedes llamarme camarada Stinker, Ukarin, estamos en confianza —dijo rebajando su tono solemne ahora que nadie les veía.

—Así lo haré, camarada —asintió—. Me congratula que podamos celebrar la retirada del Escuadrón de Hierro —sonrió la inventora con visible satisfacción—. Parece que ese tal Dagaz no nos causará problemas hasta dentro de bastante tiempo.

—Ese maldito enano, el Titán melle sus desdichadas hachas —masculló con profundo desprecio—, ahora se hace llamar Señor de los Túneles. Sabe que tenemos encerrado a su hermano Isaz y aún así, se niega a negociar. Por si fuera poco, Elga y su maldito gólem nos hostigan de nuevo en la frontera sur. Han vuelto a hundir las galerías —añadió con preocupación en la mirada—. La fundición de prolita ha tenido que detenerse, casi no tenemos existencias en los almacenes.

El tiempo había dado a Stinker una forma de hablar distinta a cuando era un vulgar minero. Ahora había algo de peso y cansancio en todo lo que decía, y también un profundo rencor en sus ojos. Había visto demasiado dolor y sentía cada día sobre sus hombros el peso de la necesaria continuidad de una civilización entera en un mundo donde los recursos eran escasos y más que arduas las condiciones de existencias. Lejos quedaban las eras de opulencia del pasado remoto, los tiempos de los reyes, el oropel y las cosechas abundantes. 

—Sin duda son funestas noticias… —convino Ukarin acariciando la bomba que llevaba al cinto— pero sabremos devolverle la visita a la Dama de Acero. Yo misma podría encargarme, con un destacamento de artificieros.

—Y así será —sentenció el Primer Ciudadano—. Eres nuestro mejor activo, Ukarin. La máxima experta en explosivos, la más fiera de las guerreras y la única garante de la civilización subterránea frente a la amenaza enana. Sin tí… me temo que estaríamos perdidos.

—Partiré en seguida —profirió la inventora con un destello en los ojos—, y Elga lamentará sus actos terroristas contra el progreso de la civilización.

Tras hacer una reverencia a Stinker, Ukarin K-Bom puso rumbo al polvorín, donde podría abastecerse de suficientes explosivos. Sin embargo, mientras caminaba pensó en lo hábil que había resultado la estrategia de la Dama de Acero. Hundiendo las galerías de extracción, había logrado paralizar la producción de nitrato de prolita, por lo que los explosivos pronto empezarían a escasear. Sonrió ante el nuevo reto, lo cierto es que esos enanos habían demostrado ser dignos rivales. En ese preciso instante una leve vibración de su zurrón la arrancó de sus reflexiones. Era la KAT-señal. No era posible, no se habían reunido desde la Prohibición. ¿Le habría pasado algo al anciano Katurian? Atiborró su zurrón de explosivos y programó su máquina del tiempo de bolsillo: había llegado el momento de volver a visitar el Umbral.

233 – SALVAR EL MULTIVERSO I/44

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 44 DE CALAMBURIA

Naruik tragó saliva. Aquella competición sería decisiva en su carrera. Mientras aferraba los mandos de su nave con fuerza, miró de reojo hacia el palco de honor. La reina Galerna lucía un vaporoso vestido blanco con toques dorados. Era tan hermosa y su gesto sereno transmitía tanta serenidad… Su visión sosegó un poco el agitado corazón de Naruik Flemer. La poderosa y sabia reina aisea sonreía con delicadeza a sus súbditos, aiseos y humanos. A su lado, el rey Juliok I ataviado con su manto de piel de oso, se carcajeaba con una emoción casi infantil. La Celebración del Día del Ascenso era su favorita. La efeméride conmemoraba la fecha en que el rey Bóreas decretó que los humanos tenían “alma”, pues ese día lo cambió todo. La civilización humana dio un paso de gigante cuando los poderosos aiseos se apiadaron de ellos y los acogieron en su seno. Años más tarde, tras la fusión de las dos líneas dinásticas, el reino de arriba y el de abajo eran uno solo. Caelumburia era un reino próspero y majestuoso. Las nubes se habían colmado de palacios y jardines flotantes para albergar a las más altas noblezas de ambos reinos, mientras las clases menos favorecidas poblaban los estratos más cercanos al suelo. En el último nivel, la despreciada tierra firme, los hortelanos cultivaban champiñones a la sombra perenne de las construcciones flotantes, pues prácticamente ningún rayo de sol directo rozaba ya la superficie.

Sin embargo, Katurian Flemer, más conocida como Naruik, la Jinete del Viento, no conocía esa árdua realidad. Su lugar estaba arriba, en los estratos altos donde el aire era más puro, la brisa soplaba refrescante y la luz del sol lo bañaba todo. Como estrella de las carreras de dirigible, el espectáculo más popular entre las clases superiores, vivía una vida de lujos y oropeles. Desayunaba todas las mañanas mouse de néctar celestial y huevos de águila blanca sin preocuparse de lo que sucedía más abajo. Tenía incluso su propio taller cerca del palacio Real de Caelum, residencia de los reyes. Lo único que echaba de menos era no poder compartir su dicha con su difunto hermano Teslo. El inventor perdió la vida en un lamentable incidente en el transcurso de una carrera. Cayó desde lo alto de un dirigible, y ni siquiera la reina pudo reaccionar a tiempo para salvarle. Pero tras la pérdida, lejos de darse por vencida, Naruik siguió con su profesión para mantener el legado de su hermano convirtiéndose en la mejor corredora de carreras de dirigible que jamás había existido. Sin embargo, esa competición se auguraba especialmente complicada, pues se enfrentaba a dos rivales muy poderosos, rápidos y tenaces.

A su izquierda estaba Caelen el alquimista calentando los motores de su nave. De él se decía que era un homúnculo con nervios de acero que, gracias a la alquimia, había logrado crear un sistema de propulsión basado en magia y prolita líquida. Su habilidad para tomar acciones arriesgadas sin inmutarse y la arrolladora fuerza de su nave, la Matraz-Veloz, le habían alzado como nueva revelación en las carreras de dirigibles.

A su derecha, se encontraba la princesa Brisa, hermana de la mismísima reina. Su nave sin motor, la Eólida, funcionaba con un simple pero elegante y eficaz sistema de velas que avanzaba propulsada por los propios poderes de la aisea. La princesa era una con su embarcación, lo cual, junto a sus reflejos superiores de ser del aire, la había convertido en la gran campeona imbatida de todas las competiciones. 

Sin embargo, Naruik Flemer —aunque echa un saco de nervios— confiaba en su propio dirigible, el Faro-Celeste. Lo construyó con su hermano cuando todavía eran jóvenes y soñaban con participar un día en las carreras frente a los reyes de Caelumburia. Con su habilidad mecánica, la inventora había aplicado múltiples mejoras a la estructura original que, esperaba, le granjeraran la victoria. Sin embargo, sabía que se enfrentaba a dos titanes de las carreras del aire y que aquella iba a ser la competición más dura y peligrosa en la que jamás había participado.

La Reina Galerna se levantó de su trono con solemnidad e hizo un gesto a su marido Juliok que asintió emocionado. El público contuvo la respiración. La aisea alzó su delicada y poderosa mano hacia la Veleta del Titán mientras los corredores agarraban con fuerza los timones de sus naves voladoras, y con un gesto claro y sucinto lanzó una ráfaga de aire que hizo girar la gran veleta con forma de letra C, cuyos cuernos miraban al cielo. La Veleta del Titán comenzó a girar como si de pronto hubiera enloquecido. Esa era la señal: el inicio de la carrera. 

Los tres corredores lanzaron sus naves a la carrera tratando de poner toda su alma en aquella lid. Se decía que el vencedor recibiría los más grandes honores y que sería inmortalizado por siempre. No solo en canciones, como era tradición; en esta ocasión, los reyes habían prometido construir una estatua del vencedor en oro macizo que sería colocada junto a las de los grandes reyes celestes del pasado.

Brisa salió más rápido que ninguno de sus competidores. Su nave, impulsada por su propio poder, no necesitaba calentar motores. Un instante más tarde, lo hizo Caelen. Su motor de prolita líquida era capaz de alcanzar un punto de aceleración nunca visto y el diseño aerodinámigco de su dirigible garantizaba una gran velocidad punta; tanto que, a pesar de no haber salido el primero, en seguida se colocó en primera posición. Naruik sin embargo, seguía en la línea de salida, sin lograr arrancar el motor.

—¡Por todos los engranajes de la primera máquina del tiempo! —exclamó con visible frustración mientras examinaba el motor—. ¡Oh, ya veo! —se dijo a sí misma mientras apretaba con fuerza una tuerca suelta con su llave inglesa. El motor comenzó a sonar, pero sus competidores le llevaban una notable ventaja. Por ello tuvo que recurrir a su arriesgado as bajo la manga: sacó del bolsillo su máquina del tiempo de bolsillo y extrajo el núcleo-KAT; luego abrió la tapa de la caldera y lo echó al fuego. El tiempo se aceleró de repente en el seno de las propias llamas y la combustión resultante proyectó el dirigible hacia adelante como si hubiera sido arrojado por un cañón pirata. Brisa y Caelen observaron con estupor como eran rebasados por la Jinete del Viento que mantenía el control del timón con notable dificultad mientras sus gafas de piloto impedían que el aire se introdujera en sus ojos y la cegara. Pero entonces, cuando ya pensaba que claramente iba a ganar la carrera, sonó la KAT-señal. Su irritante pitido no pudo pasar desapercibido, ni siquiera en el fragor de la carrera.

—¿En serio? —se lamentó Naruik contrariada.

Se vio obligada a sacar los paracaídas de emergencia que comenzaron a frenar el vehículo.

—Espero que sea una cuestión de vida o muerte o el viejo me las va a pagar… —murmuró entre dientes mientras, con unas pinzas, extraía el núcleo-KAT incandescente de la caldera del vehículo y lo volvía a colocar en su máquina del tiempo de bolsillo. Apretó el botón, y su cuerpo se volatilizó dejando a la Faro-Celeste sin piloto y abandonada sobre una nube.

232 – SALVAR EL MULTIVERSO I/09

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 09 DE CALAMBURIA

Las luces parpadeantes de la estación comercial anfibia de Penaurilia reflejaban su brillo sobre las aguas oscuras, creando un mosaico de destellos temblorosos. Katurian 09, conocido por sus allegados como Kurian, el domador de cables, observaba el ir y venir de los barcos que atracaban en el puerto, cargados de mercancías y chismes provenientes de todas las partes del vasto reino en el que se había convertido Calamburia.

Tras el ascenso al trono de Sancho I, el emprendedor, la civilización había alcanzado el siguiente estadio de evolución. El poderoso y intrépido hijo de Urraca había logrado domeñar a los salvajes y hacerse con toda la prolita; luego, tras controlar por fin todo el continente, decidió extender sus dominios más allá del mar. Primero puso sus audaces ojos sobre Kalzaria, que fue tomada de las manos de los levantiscos piratas a sangre y fuego; luego cayó Aurantaquía, que fue anexionada con la ayuda de la prolita y la impromagia. Lo siguiente fue llevar su sueño aún más allá y el visionario monarca comenzó expediciones náuticas que descubrieron tierras remotas llenas de recursos hasta ahora desconocidos. Pero era difícil para la corona controlar un reino tan extenso y las revueltas se sucedían sin que Sancho fuera capaz de aplacarlas todas.

En este punto entraron los hermanos Flemer. Contando con el apoyo incondicional del tesoro de la corona, los inventores desarrollaron una nueva magia tecnológica llamada electricidad, capaz de producir luz y de conducir energía a través de cables de prolita trenzada con cobre. Todo parecía marchar sobre ruedas cuando un accidente que se produjo en el taller una noche de lluvia acabó con la vida de Tesla Flemer. La brillante hermana de Kurian murió electrocutada demostrando que el progreso era en realidad una hoja de doble filo: capaz de lo mejor y de lo peor. Pero el inventor, lejos de abandonarse en brazos del dolor, pasó día y noche en su taller tratando de descubrir innovadoras aplicaciones para la nueva electricidad. Así fue como inventó el Katuriégrafo, un instrumento que revolucionó las comunicaciones del nuevo mundo expandido, conectándolo para siempre e introduciéndolo en una nueva era de desarrollo capaz de desafiar el espacio tiempo. En agradecimiento, la corona le nombró sabio de la corte y el propio rey Sancho lo convirtió en su consejero.

Kurian suspiró al recordar a Tesla. Se adentró con paso firme en los laberínticos canales de Penaurilia donde las casas-barco flotantes se entrelazaban con las sumergidas chozas de nácar y algas de los tritones que se adherían a los cascos de las naves bajo el agua. Se trataba de una ciudad anfibia que había surgido fruto del comercio y que poseía un doble plano, uno de calles y pasarelas sobre el mar y otro de caminos y construcciones bajo el agua. Kurian avanzó dejando atrás el mercado anfibio donde los marineros calamburianos intercambiaban sus mercancías a cambio de conchas y pescado con los comerciantes submarinos. El aire húmedo y salado impregnaba sus pulmones, y el sonido del agua chapoteando contra los cascos de los barcos resonaba en sus oídos. 

Finalmente, el inventor llegó a la Estación Central del Katuriégrafo, un edificio imponente de metal y cristal que se alzaba sobre el agua como un inmenso faro tecnológico. Los hilos del Katuriégrafo salían de la torre en todas direcciones. La estación de Penaurilia era un importante nodo en mitad de del mar por el que pasaban todas las comunicaciones: era la columna vertebral del sistema de comunicaciones. Si no lograba reparar el problema pronto, las colonias exteriores quedarían incomunicadas, y el rey Sancho bien sabía lo que eso significaba. Por eso le había mandado a él, su propio consejero y mejor científico a reparar el nodo personalmente. Entró en la estación y encontró a Hernand Delohan, el viejo capitán, que custodiaba el puesto con un destacamentos de Hombres del Rey.

—¡Oh, por fin! —exclamó el soldado visiblemente aliviado—. Temíamos que se hubieran olvidado de nosotros.

—Me manda su majestad en persona, me haré cargo de la reparación. ¿Qué ha sucedido? —preguntó Kurian mientras sacaba su caja de herramientas y empezaba a examinar las conexiones.

—Tememos que haya sido un sabotaje —expuso Hernán—. Quizás el Pez Volador haya vuelto a actuar, esos terroristas atacan de noche cuando nadie les ve. 

—¿Qué puede esperarse de esos medio-peces? —masculló el joven Guy Leblanc escupiendo en el suelo con desprecio mientras mostraba su brazo amputado—. Los tritones son tan incapaces como los salvajes de agradecer todo lo que les hemos dado. ¡Ellos me hicieron esto!

—No se preocupen —se apresuró a calmarles el inventor—, detectaré el problema antes de que… —y entonces sonó el molesto pitido de la KAT-Señal.

—¿Qué es ese ruido, nos atacan? —rugió Hernand Delohan

—¡Oh, no! ¡Ahora no, anciano del demonio! Tiene muchos donde pero ninguno es el de la oportunidad —se lamentó mirando la intermitente luz de la señal—. Tengo a media civilización incomunicada. 

—¿Cómo? ¿Se marcha? —preguntaron confusos los Hombres del Rey.

—Me temo que así es —dijo sacando su máquina del tiempo de bolsillo y apretando varios botones—. Espero que sea importante y que realmente no pueda esperar, Katurian. Sino me vas a oír, ¡como que me llamo Katurian!

Y desapareció ante la atónita mirada de los soldados.