Personajes que aparecen en este relato

LOS SEGUNDOS QUE NO RECUPERÓ EL TIEMPO
Frente Oriental — Río Antojo de Kronos
El río permanecía inmóvil, contenido bajo una tensión que recorría sus aguas de orilla a orilla.
El Antojo de Kronos, una de las corrientes más antiguas y reverenciadas del Reino Faérico, había detenido su curso. Pactos, mandatos y conjuros podían invocarlo, pedirle paso o tratar de inclinar su voluntad, pero la decisión final siempre pertenecía al río.
Había sido llamado tantas veces en los cantos como en las guerras. Su cauce había separado territorios, abierto caminos y cambiado fronteras enteras, aunque jamás permanecía demasiado tiempo en el mismo lugar. Cada día elegía un sentido diferente: unas veces corría hacia el este; otras, hacia el oeste. Algunos atribuían aquellos cambios al capricho y otros a los pulsos profundos del mundo. Todos coincidían en una certeza: el Antojo de Kronos elegía su propio camino.
Aquella mañana había elegido detenerse.A ambos lados de sus aguas esperaban dos mundos que ya habían dejado de ser el mismo.
A la vera oriental del cauce, justo donde el sol aún alcanzaba a reflejarse sin quemar, se mantenían las guardianas del agua. Eran pocas y bastaban. Las ondinas combatían como mareas: rodeaban, arrastraban, cedían terreno y regresaban con más fuerza. Su defensa nacía de las corrientes, y la preparación para la batalla comenzaba siempre con un ritual. Se tejían escamas nuevas sobre la piel, afilaban sus armas con sal gruesa y pronunciaban con orgullo los nombres de sus antecesoras.
Ese día lo hicieron todas, en voz alta, para que el Antojo de Kronos escuchara y supiera quiénes acudían a luchar junto a él.
En el centro del grupo, erguido entre los pliegues del cauce, se encontraba Heleas. Su presencia era contenida, elegante, y el agua se plegaba a su alrededor con una deferencia difícil de ignorar. El río se desviaba ligeramente a su paso, reconociendo en él una afinidad que nadie más compartía. Se decía que su nacimiento coincidió con un eclipse de corrientes, cuando las mareas respiraron al revés. Desde entonces había aprendido a escuchar aquello que nadie oía: el pulso invertido del agua.
A su izquierda se alzaba Loncilo, con el tridente aferrado entre ambas manos. Era un guerrero experimentado, de movimientos precisos y firmes, y bastaba un giro de su arma para que el agua comenzara a arremolinarse a su alrededor. Aquel día, sin embargo, mantenía el tridente inmóvil, hundido contra el lecho, mientras escuchaba los nombres que las ondinas pronunciaban a sus espaldas.
Uno de ellos hizo que apretara la mandíbula.
Escila.
Aldara también lo oyó.
Estaba al otro lado de Heleas, con los pies bien asentados y los brazos desnudos, sin más arma que su propio cuerpo. A diferencia de sus hermanos, jamás había conseguido despertar la magia propia de las ondinas. El agua nunca había respondido a sus llamadas. Había aprendido a responder ella en su lugar: años de disciplina habían convertido cada golpe, cada giro y cada desplazamiento en algo tan preciso que pocos se atrevían a confundir la ausencia de magia con debilidad.
Ninguno de los dos volvió la cabeza cuando otra voz repitió el nombre de su hermana.
Escila los había criado cuando la muerte prematura de sus padres los dejó solos. Había sido hermana, maestra y refugio hasta que un tentáculo del cadáver de la Bruja del Mar la arrastró a las profundidades de la Fosa Abisal. Airlia había oficiado sus funerales. No hubo cuerpo que entregar a las aguas, tan solo un nombre que ahora formaba parte del ritual de los muertos.
—Van a llegar —dijo Loncilo.
Aldara observó la ribera opuesta.
—Claro que van a llegar.
Tenía las piernas flexionadas y el peso repartido sobre los pies, preparada para impulsarse en cualquier dirección.
—Llevan lunas ardiendo de impaciencia. Si no lo hacen hoy, lo harán mañana. Pero van a cruzar.
Heleas giró apenas la cabeza.
—No permitiré que crucen —dijo. Su voz era serena, aunque cada palabra llevaba una dureza capaz de imponerse al rumor del río.
Aldara desvió los ojos hacia él.
—¿Vas a usarlo?
—Solo si es necesario.
Loncilo hizo girar lentamente el tridente. El agua respondió de inmediato. Primero fue una corriente leve alrededor de sus tobillos; después, un remolino pequeño y compacto que levantó arena del fondo.
—Lo será.
Heleas bajó la mirada hacia el agua.
Las corrientes superficiales apenas le interesaban. Mucho más abajo discurrían capas lentas y profundas, cargadas con los ecos de cuanto había ocurrido sobre aquel cauce. Heleas había aprendido a alcanzarlas y a inclinar durante unos instantes el flujo que arrastraban consigo. Su don le permitía retroceder el tiempo unos pocos segundos, desplazar un instante ya vivido y obligarlo a repetirse. Cada uso exigía una precisión extrema, porque el río soportaba mal aquellas torsiones y su cuerpo las soportaba aún peor.
El tiempo que conseguía recuperar era siempre escaso, insuficiente para reparar una vida entera.
—Si tengo que hacerlo, será para protegeros —murmuró Heleas con una sonrisa torcida—. Pero sabed esto: no volveré atrás si caéis. No quiero ver ese momento dos veces.
La expresión de Aldara bastó para que la sonrisa se borrara del rostro de Heleas. Había pretendido aliviar la tensión con una de sus escasas bromas, pero había elegido mal las palabras: hacía demasiado poco que Loncilo y ella habían tenido que despedirse de Escila sin siquiera poder recuperar su cuerpo.
Loncilo dejó de mover el tridente y el pequeño remolino se deshizo alrededor de sus piernas. Durante unos instantes, solo el rumor del Antojo de Kronos ocupó el silencio que había quedado entre los tres.
—Escila tampoco tuvo una segunda oportunidad —dijo Aldara.
Su voz no contenía reproche. Heleas habría preferido que lo tuviera.
—Lo sé —respondió, bajando ligeramente la cabeza.
Loncilo observó a su hermana durante unos segundos antes de hacer girar de nuevo el tridente. La corriente regresó poco a poco y comenzó a cerrarse en torno a él, cada vez con más fuerza. Siempre le había preocupado que Aldara tuviera que enfrentarse a enemigos capaces de dominar el agua sin poseer ella ese mismo don. La había visto esforzarse desde niña, caer una y otra vez mientras los demás aprendían a invocar corrientes con un gesto, y levantarse hasta convertir aquella carencia en una forma distinta de combatir. Donde otros recurrían a la magia, Aldara había aprendido a confiar en la fuerza de sus puños, en la resistencia de su cuerpo y en una disciplina que nadie le había regalado. Loncilo admiraba profundamente lo que había conseguido, pero aquello nunca había conseguido arrancarle del todo el miedo de hermano.
—Entonces procura que ninguno de nosotros la necesite.
Aldara sostuvo la mirada de su hermano y una sonrisa breve apareció en sus labios. Heleas entendió que aquella era toda la tregua que iban a conceder al recuerdo. Los tres volvieron a mirar hacia la ribera opuesta mientras el río, todavía callado, se movía alrededor de sus cuerpos.
Pronto sería él quien hablara.
Del otro lado del río, la bruma comenzó a levantarse. Era humo, un vapor espeso que olía a metal fundido y piedra incandescente. Las orillas se resquebrajaban a cada paso, y el calor que precedía a los recién llegados hizo vibrar la superficie del agua. Las ondinas tensaron sus posiciones porque el cauce había cambiado de ritmo; los efreets ya estaban allí.
Sîyah marchaba al frente. La tela escarlata que le cubría los hombros y caía hasta la cintura recogía los reflejos de las llamas y dejaba el pecho abierto al calor. El turbante negro enmarcaba su rostro y, en el centro, el gran rubí reunía aquel resplandor en una única brasa. Su mirada se mantenía fija, calculadora. Entre los dedos, una chispa temblaba sin consumirse. Cada paso era deliberado y los efreets a su espalda ajustaban el avance al ritmo que él marcaba.
—Ahí están. Van a cruzar —murmuró Aldara, clavando la vista al otro lado del río.
—Mantén el foco —respondió Loncilo—. El primero que cruce no llegará al otro lado.
Heleas alzó una mano; el gesto tenía más de advertencia que de señal.
Los efreets se detuvieron al borde de la orilla, agazapados entre vapores y lenguas de fuego. El calor se acumulaba y el agua siseaba allí donde las primeras brasas alcanzaban el cauce, pero el Antojo de Kronos mantenía cerrado el paso.
Y entonces, una figura surgió entre las ondinas.
Airlia, la Dama Turquesa, avanzó desde el flanco. Su cuerpo flotaba con naturalidad sobre las olas y, en su frente, una diadema de piedra turquesa devolvía destellos azules, profundos y casi líquidos. La gravedad del momento había endurecido su expresión, aunque los ojos conservaban una dulzura serena que inspiraba confianza incluso en mitad de la batalla. Cuando habló, mantuvo esa misma calma; llevaba años haciendo que su voz se abriera paso entre las mareas y aquel día bastó con escucharla para entender que esperaba ser obedecida.
—Heleas —dijo—. No podremos contenerlos si cruzan en bloque. Debemos dividir su avance, presionar desde los laterales, conjurar desde las orillas.
—No —respondió él sin mirarla—. Este río no se defiende en los márgenes. Se defiende desde dentro.
Airlia frunció el ceño.
—¿Me estás ordenando retirarme?
Heleas se volvió hacia ella.
—Te estoy diciendo que debes llegar a la Aguja. Si caemos aquí, alguien tiene que proteger a la Dama Blanca y advertirle de lo que está ocurriendo. El equilibrio se ha roto. Karianna debe saberlo.
Durante un breve silencio, el rumor tenso del agua quedó entre ambos.
Airlia miró a las ondinas que defendían el cauce. Aldara permanecía con las piernas flexionadas y los puños preparados. Junto a ella, Loncilo sostenía el tridente mientras una corriente comenzaba a girar lentamente alrededor de sus piernas.
—Podéis necesitarme aquí.
—Karianna puede necesitarte más.
Airlia sostuvo la mirada de Heleas durante unos instantes. Finalmente, asintió.
—No mueras.
Heleas esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Intentaré obedecer a mi Dama.
Antes de marcharse, Airlia dirigió la mirada hacia Loncilo y Aldara. Durante un instante, algo cambió en su expresión. Ella había enviado a Escila a aquella última misión. También había sido quien, días después, pronunció su nombre durante los funerales.
Loncilo inclinó ligeramente la cabeza; entre ellos no hicieron falta palabras.
Airlia giró hacia la corriente y, sin una sola salpicadura, se sumergió. El agua la recibió con la dulzura de una cuna y se la llevó río arriba, camino de la Aguja de Nácar.
Apenas había desaparecido cuando desde la ribera opuesta llegó un rugido distinto a cualquier grito o conjuro: era el sonido del fuego al encontrar una grieta.
Del centro del ejército efreet, entre vapores espesos y cenizas alzadas, emergió Sörkh. Las ondinas la reconocieron al instante.
Su figura avanzó entre el humo envuelta en rojos oscuros y negros encendidos. Un velo escarlata descendía desde su cabello y enmarcaba un rostro afilado, severo, casi inmóvil. Los destellos rojizos de su atuendo se extendían por el pecho y la cintura, prendidos sobre la tela como brasas. El calor deformaba el aire a cada paso, pero la amenaza se concentraba en sus ojos: dos rescoldos tensos donde la violencia permanecía a duras penas contenida. En torno a sus manos, el fuego se mantenía dócil, esperando una orden.
Era la Dama Carmesí, y la revancha guiaba su fuego.
Sus ojos se fijaron al instante en Airlia, que se alejaba río arriba.
—¡Tú! —escupió Sörkh, haciendo que el aire crepitara—. ¡No huyas!
La efreet se impulsó con violencia. Una llamarada surgió bajo sus pies y la orilla tembló al recibir su avance. Pretendía cruzar y alcanzar a la Dama Turquesa antes de que se perdiera río arriba, pero apenas dio tres pasos cuando el agua se alzó.
Loncilo clavó el tridente en el lecho y torció el asta con ambas manos. La corriente se abrió en dos brazos que empezaron a girar en sentidos opuestos frente a Sörkh; al encontrarse, levantaron una barrera turbulenta que le cerró el camino hacia Airlia. Loncilo mantuvo el arma hundida y desplazó el giro hacia un costado, creando una abertura que Aldara aprovechó de inmediato. La ondina atravesó la espuma impulsándose desde el fondo y cayó delante de Sörkh con los pies firmes sobre el lecho, los puños en alto y una pierna adelantada. Loncilo liberó entonces el tridente, salió del giro y se colocó junto a ella con el arma inclinada hacia la efreet.
Ambos ocuparon el espacio que Airlia había dejado. Sörkh se detuvo y tomó una respiración profunda, densa, mientras cada músculo de su cuerpo se tensaba.
—Apartaos —advirtió con voz grave, hirviente—. No sois mi objetivo. Seguiré a esa ondina hasta la Aguja de Nácar y yo misma abrasaré a la Dama Blanca con mis propias manos. Vengaré a mi madre reduciendo a esa unicornia a cenizas.
Loncilo apretó las manos alrededor del tridente y Aldara cerró los puños; ninguno se apartó.
Entonces, la batalla comenzó.
Sörkh alzó el brazo y el fuego respondió al instante. Una llamarada en forma de lanza brotó de su palma y atravesó el aire con un silbido abrasador.
Aldara esperó hasta el último momento, se agachó cuando la llamarada pasó sobre su cabeza y se impulsó hacia delante hasta entrar en la distancia que más le convenía. Sörkh apenas tuvo tiempo de volverse antes de que el puño de la ondina buscara su costado. Un escudo de fuego surgió entre ambas y el golpe estalló contra él en una nube de vapor que obligó a Aldara a retirar la mano con un siseo: el calor había alcanzado sus nudillos.
La sonrisa de Sörkh duró poco, porque Loncilo ya avanzaba.
Loncilo cambió el agarre del tridente y lo barrió a ras de la superficie. El movimiento hundió el agua bajo los pies de Sörkh y abrió un vórtice que la obligó a corregir el equilibrio. Aldara aprovechó esa pérdida de apoyo para atravesar la cortina de vapor; un primer golpe alcanzó a la efreet bajo las costillas y el segundo buscó su mandíbula. Sörkh consiguió bloquearle el brazo y trató de envolverla en llamas, pero Loncilo golpeó el agua con el asta y lanzó una corriente lateral que arrancó el fuego del brazo de su hermana antes de que prendiera en su piel.
Sörkh retrocedió un paso y observó primero a Loncilo y después a Aldara.
—¿Es esto todo lo que podéis hacer? —gruñó—. ¡No sois más que espuma!
Embistió con el cuerpo envuelto en calor. El aire se deformaba a su alrededor y el agua hervía allí donde apoyaba los pies. Se lanzó contra Loncilo con el puño cubierto de llamas y la tela roja agitada por la corriente ardiente que ella misma generaba.
Loncilo cruzó el tridente ante el pecho y recibió el impacto. La fuerza de Sörkh lo hizo deslizarse varios pasos sobre el lecho, pero clavó una de las puntas del arma y pivotó sobre ella antes de perder el equilibrio. El giro cambió la dirección del agua alrededor de los tobillos de la efreet y la empujó de costado, desviando el siguiente golpe. Aldara entró por el hueco y descargó una patada contra el pecho de Sörkh, que salió despedida hacia atrás, cayó sobre una rodilla y hundió una mano en el agua antes de reincorporarse entre vapor, con una risa seca asomando a sus labios.
—Bien.
Loncilo buscó a Aldara con la mirada. Tenía los nudillos enrojecidos y parte del antebrazo marcado por el calor, aunque ya había recuperado la posición de combate. Aquellas quemaduras le preocuparon más de lo que estaba dispuesto a mostrar, pero el estruendo que crecía a su alrededor apenas le concedió tiempo para comprobar su estado.
El río rugió cuando los efreets cargaron.
La ribera estalló en llamas, las orillas se partieron bajo el avance y desde la retaguardia se elevaron columnas de humo sobre el Antojo de Kronos. La línea defensiva ondina reaccionó al instante. Voces rituales recorrieron el agua y el conjuro de contención que habían preparado comenzó a desplegarse a lo largo del cauce.
Una muralla líquida emergió entre ambas riberas. Su superficie cambiaba con el movimiento del río, descendiendo y elevándose en oleadas que rompían la formación enemiga y obligaban a los efreets a cruzar en pequeños grupos.
Círculos de agua pura surgieron bajo los pies de quienes lograban penetrar en ella. Algunos quedaron atrapados y otros desaparecieron entre estallidos de vapor, aunque varios consiguieron atravesar la defensa. Uno tras otro, los seres de fuego arremetían con brutalidad y el Antojo de Kronos se llenó de luz, agua y ceniza.
Sîyah avanzaba entre sus tropas con calma absoluta, dejando huellas incandescentes sobre la tierra húmeda mientras cada gesto de sus manos encontraba un objetivo distinto.
Una ondina surgió del agua para cerrarle el paso. Blandía una lanza de sal endurecida y las escamas le cubrían los brazos. Cuando estuvo a punto de alcanzarlo, Sîyah extendió dos dedos y la temperatura cambió de golpe. El agua alrededor de la guerrera comenzó a hervir y su figura desapareció tras una nube de vapor antes de que el grito pudiera imponerse al estruendo de la batalla.
Otra ondina se lanzó desde el flanco, proyectada por una corriente en espiral. Sîyah alzó la mirada, giró la palma y una lengua de fuego atravesó el aire frente a él. La atacante cayó envuelta en vapor, que se dispersó sobre la superficie del río.
—Queréis detenernos y acabaréis quemándoos con nosotros —murmuró.
Más allá, Heleas respondía.
El agua se plegaba a su alrededor formando una defensa que cambiaba con cada movimiento de su cuerpo. Avanzaba entre los efreets alzando estocadas de agua densa, atrapando enemigos en burbujas sin aire y golpeándolos con la fuerza de corrientes comprimidas. Donde pasaba, el río obedecía sus gestos: los remolinos cambiaban de dirección, grandes masas de agua se cerraban alrededor de los atacantes y las piedras del fondo salían despedidas contra quienes lograban aproximarse demasiado.
Por cada efreet que caía, otro ocupaba su lugar. Cada nuevo conjuro exigía más de Heleas; el río conservaba su fuerza, pero sus brazos empezaban a pesar y la respiración llegaba cada vez más corta.
En el centro del cauce, Sörkh volvía a ganar terreno.
Loncilo respiraba con dificultad. El calor había ennegrecido parte del asta de su tridente y las corrientes que conseguía convocar habían perdido fuerza. Aldara permanecía junto a él, todavía preparada para combatir, aunque una llamarada le había rozado el muslo durante el último intercambio y la piel comenzaba a enrojecer bajo el agua.
Loncilo vio cómo la pierna de Aldara cedía durante un instante y dio un paso hacia ella.
—Estás herida.
—Puedo seguir.
Loncilo volvió a acercarse.
—Aldara…
Ella recuperó el apoyo y levantó los puños.
—Confía en mí.
Aquello bastó para detenerlo. Loncilo llevaba demasiados años viendo a su hermana levantarse frente al dolor, frente a la falta de magia y frente a todos los que alguna vez habían dudado de ella.
Sörkh aprovechó ese instante y lanzó una llamarada contra ambos. Loncilo reaccionó girando el tridente en vertical y abrió frente a ellos una corriente transversal que golpeó el fuego de costado. El choque desvió parte del ataque, pero el resto atravesó la defensa y estalló en vapor, lanzando a los dos hermanos en direcciones opuestas.
La Dama Carmesí avanzó entre la niebla ardiente buscando una abertura entre los defensores que le permitiera alcanzar el camino tomado por Airlia hacia la Aguja de Nácar. La muralla de agua continuaba cerrando el cauce y frustrando cada intento de atravesarlo.
Entonces el aire cambió.
Una risa ligera y aguda se extendió sobre el campo de batalla con el crepitar de unas brasas recién avivadas. Poco después apareció una luz que danzaba por encima de los combatientes, trazando curvas, elevándose y dejándose caer con una gracia caprichosa que contrastaba con la violencia del enfrentamiento.
Las ondinas tardaron unos instantes en reconocer a Lumen, el Fuego Fatuo y protector de los efreets.
Su figura estaba compuesta por una llama alta y estilizada cuyos contornos cambiaban con cada movimiento. Se desplazaba con una elegancia inquietante, entregado a una danza de giros imprevisibles que contrastaba con la violencia del campo de batalla. El paso de los siglos apenas había templado su carácter y seguía tomando decisiones impulsivas cuando algo despertaba su curiosidad o su orgullo.
Entre sus deberes estaba escoger a la nueva Dama Carmesí cuando el título quedaba vacante, y él había elegido a Sörkh. Durante la prueba vio en ella la fuerza y el dominio necesarios para suceder a När. Desde entonces, la muerte de su madre, la sed de venganza y la cercanía de Kárida habían ido deformando aquella promesa hasta sembrar en Lumen una duda que ya no conseguía apartar: quizá había confundido fuerza con equilibrio.
Esa sospecha convertía a Sörkh en un problema que Lumen consideraba suyo. Había acudido al Antojo de Kronos para mantenerla bajo su mirada; si se había equivocado al elegirla, también asumiría la corrección de ese error. Dejar que las ondinas decidieran el desenlace quedaba fuera de sus planes.
Lumen descendió sobre el Antojo de Kronos y quedó suspendido sobre el centro del cauce. Mientras giraba, extendió el fuego sobre la corriente; el agua empezó a replegarse, el vapor se apartó y una franja quedó abierta entre ambas riberas. El calor endureció los márgenes de la brecha hasta convertirla en un corredor por el que los efreets podían avanzar sin enfrentarse a la corriente.
Sörkh advirtió la apertura al instante. Loncilo trató de incorporarse apoyándose en el tridente mientras Aldara recuperaba el aliento unos metros más allá, pero ambos comprendieron demasiado tarde lo que estaba ocurriendo: la Dama Carmesí ya tenía despejado el camino hacia la otra orilla. El fuego trepó por sus brazos y se cerró alrededor de sus muñecas en dos espirales ardientes. Sörkh contempló el corredor abierto por Lumen y alzó la mirada.
—Gracias, madre, allá donde estés —susurró antes de entrar en el paso.
A cada zancada, el calor ganaba terreno y las aguas continuaban retirándose ante la presencia del Fuego Fatuo. Los efreets respondieron desde la ribera con un clamor que recorrió el campo de batalla. La apertura que hasta entonces habían buscado estaba frente a ellos, y Sörkh avanzaba por ella sin vacilar, cada vez más cerca de la otra orilla.
Lumen se elevó unos metros y continuó girando sobre el corredor. Sus movimientos conservaban aquella ligereza casi despreocupada, aunque su atención permanecía fija en la Dama Carmesí. Había decidido mantenerla con vida y, por el momento, eso bastaba para inclinar la batalla a su favor.
La visión del paso abierto detuvo durante unos segundos a combatientes de ambas orillas. Heleas lo advirtió mientras seguía enfrentándose a los efreets que habían atravesado la primera defensa. Sörkh se aproximaba al extremo del corredor y la Aguja de Nácar quedaba más allá, en la misma dirección que había tomado Airlia. Comprendió lo que ocurriría si la Dama Carmesí alcanzaba la otra ribera.
—¡Loncilo! ¡Aldara!
Loncilo intentó responder, pero una rodilla volvió a hundirse en el agua antes de conseguir ponerse en pie. Aldara se apoyó sobre una mano para levantarse y el dolor de la pierna herida la obligó a detenerse. Heleas los miró apenas un instante y supo que habían llegado tarde.
Sörkh alcanzó el final del corredor y apoyó un pie en la otra orilla.
Heleas cerró los ojos y buscó bajo el estruendo de la batalla aquel flujo que siempre permanecía oculto bajo las corrientes del río. Lo encontró más profundo que el agua, más difícil de alcanzar después de tantos conjuros, pero todavía estaba allí. Extendió ambas manos y obligó a su magia a aferrarse a los últimos segundos.
El mundo retrocedió.
Los sonidos se deformaron primero. Los gritos regresaron a las gargantas que acababan de pronunciarlos y las chispas suspendidas en el aire volvieron hacia las llamas de las que habían nacido. El vapor descendió hasta recuperar el agua que lo había producido; los cuerpos repitieron sus movimientos en sentido contrario y, durante unos segundos imposibles, el campo de batalla desanduvo sus propios pasos.
Sörkh perdió la otra orilla y retrocedió por el corredor hasta regresar al instante anterior a cruzarlo.
Heleas abrió los ojos con una sacudida. La respiración le ardía en el pecho y un temblor recorría sus manos, pero había conseguido lo que necesitaba: unos segundos.
Se impulsó sobre el cauce antes de que Sörkh pudiera comprender lo sucedido y levantó a su alrededor varias corrientes densas. El agua comenzó a cerrarse sobre el corredor abierto por Lumen, buscando sellar el paso antes de que la efreet pudiera intentarlo de nuevo.
Por primera vez desde su llegada, el Fuego Fatuo detuvo la danza. La alteración apenas había durado unos segundos, pero Lumen reconoció que el calor, el agua y los combatientes habían regresado a posiciones que él ya había visto. Sus ojos encontraron a Heleas en el mismo momento en que el ondino trataba de cerrar el corredor con varias corrientes densas.
Lumen descendió y cruzó el conjuro. El roce de su fuego bastó para quebrar la cohesión del anillo de agua y abrir uno de sus extremos, devolviendo a Sörkh espacio para avanzar. Heleas apretó los dientes; el primer retroceso todavía le temblaba en los brazos, pero volvió a buscar el flujo oculto bajo el río y consiguió arrancarle un único segundo.
Las llamas regresaron a las palmas que las habían lanzado, una ola recuperó la espuma que acababa de romper contra la orilla y Sörkh perdió el paso recién ganado. Heleas aprovechó aquel margen para lanzar una corriente contra ella, aunque Lumen ya había comprendido dónde nacía la alteración. Se interpuso entre ambos y sostuvo el presente con su propia magia hasta que el pliegue temporal se deshizo bajo las manos del ondino.
Heleas volvió a intentarlo. Hundió las manos en el agua, cerró los ojos y buscó la corriente profunda que escuchaba desde niño, pero el cauce se estremeció y el conjuro murió antes de completarse. El dolor le atravesó el pecho y lo obligó a apoyar una rodilla en el lecho. Cuando se limpió la sangre de los labios y levantó la vista, Sörkh seguía avanzando con Lumen entre ambos.
Reunió lo que le quedaba para un último intento. La voz apenas le alcanzó para completar las palabras del conjuro mientras pensaba en Airlia camino de la Aguja, en las ondinas que seguían resistiendo, en Loncilo intentando incorporarse y en Aldara peleando sobre una pierna herida. Heleas extendió las manos hacia el río y buscó una vez más el tiempo, pero la corriente permaneció ajena a su llamada. Esperó unos segundos antes de dejar caer los brazos.
Desde la otra ribera, Sîyah lo había observado todo. Avanzó entre el humo con la misma calma que había mantenido desde el comienzo de la batalla y alzó una mano. Una esfera de fuego denso se concentró en su palma, pequeña al principio y cada vez más brillante.
Loncilo vio el resplandor y gritó su nombre, pero Heleas apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. La esfera cruzó el río. Sus dedos intentaron reunir una última corriente y apenas consiguieron mover el agua frente a él antes de que el fuego lo alcanzara de lleno. Una luz blanca borró durante un instante el cauce, las orillas y la batalla.
La magia de Heleas reaccionó por última vez y el mundo retrocedió cinco segundos. Las llamas regresaron hacia Sîyah, el vapor volvió al agua y el grito de Loncilo retornó a su garganta. Heleas recuperó aquella última respiración con las manos caídas y la esfera acercándose de nuevo. Durante esos cinco segundos comprendió exactamente lo que iba a suceder.
Sîyah abrió la mano y el fuego repitió su trayectoria. Heleas desapareció dentro del resplandor mientras el agua se elevaba a su alrededor y caía sobre el cauce convertida en lluvia. Nadie supo que había muerto dos veces; solo él vivió aquellos segundos repetidos, los últimos que el tiempo le concedió.
La muerte de Heleas deshizo lo poco que quedaba de la formación ondina.
El Antojo de Kronos perdió la precisión con la que había respondido hasta entonces. Las corrientes chocaron unas contra otras, la muralla líquida se abrió en varios puntos y los efreets percibieron la brecha. Avanzaron entre columnas de vapor y llamaradas, empujando a las ondinas hacia las zonas más profundas del cauce.
Loncilo consiguió ponerse en pie apoyándose en el tridente y buscó a Aldara entre el humo. La encontró a pocos metros, arrodillada en el agua. La herida del muslo apenas le permitía sostener el peso, pero cuando vio acercarse a varios efreets volvió a levantar los puños.
—Aldara.
Ella giró la cabeza.
—Esta vez puedes ayudarme.
Loncilo llegó hasta su lado y le tendió el brazo. Aldara se sujetó a él durante el tiempo justo para recuperar el equilibrio y después se colocó a su espalda.
Los primeros efreets se abalanzaron sobre ellos.
Loncilo adelantó el tridente y recibió al primero con el asta, desviándolo hacia Aldara, que lo derribó de un golpe en el pecho. Cuando otros dos intentaron rodearlos, hundió una de las puntas del arma en el lecho y abrió un vórtice bajo sus pies; la corriente les quebró el equilibrio y los arrastró uno contra otro. Aldara aprovechó el caos para abatir al más cercano, mientras Loncilo mantuvo al tercero a distancia con dos estocadas rápidas y terminó barriendo sus piernas con el asta.
Entonces el fondo del río tembló.
Loncilo sintió la vibración a través del tridente. Aldara también la percibió bajo los pies. Durante unos segundos, ninguno comprendió qué estaba ocurriendo, hasta que el agua empezó a retirarse de las orillas.
El Antojo de Kronos estaba moviéndose.
La corriente, detenida durante toda la batalla por su propia voluntad, comenzó a reunirse en el centro del cauce. Primero avanzó despacio, arrastrando ceniza, armas y restos de la lucha. Después ganó fuerza. El agua descendió río abajo y giró hacia la ribera ocupada por los efreets, cada vez más rápida, cada vez más profunda.
El río había vuelto a elegir.
Y esta vez había elegido correr.
Un resplandor apareció bajo la superficie.
Era tenue al principio, una luz azulada que ascendía desde las profundidades. Creció hasta iluminar desde abajo las piernas de las ondinas y las siluetas de los efreets que todavía combatían dentro del cauce. Entonces la superficie se abrió.
Leira emergió del Antojo de Kronos.
Su enorme cuerpo de medusa se elevó sobre las aguas rodeado de una luminiscencia turquesa. Los largos tentáculos descendían desde ella y rozaban la corriente con movimientos lentos, aunque bastó su presencia para que varias ondinas agotadas levantaran la mirada.
Loncilo dejó escapar su nombre.
—Leira…
Uno de los tentáculos pasó junto a Aldara y se cerró con delicadeza alrededor de su pierna herida. Una claridad fría recorrió la quemadura y alivió el dolor suficiente para que pudiera volver a apoyar el pie. Otro tentáculo se extendió hacia un efreet que avanzaba sobre una ondina caída; el contacto lo hizo retroceder entre un estallido de vapor.
Leira permaneció suspendida sobre el cauce sin pronunciar palabra ni conjuro. Bajo ella, el Antojo de Kronos continuó aumentando su velocidad.
Lumen dejó de girar.
El Fuego Fatuo observó a la criatura que acababa de surgir de las aguas y la reconoció de inmediato. Durante un instante, los dos espíritus protectores quedaron frente a frente, separados por la corriente y por una extensión de vapor.
Lumen bajó la mirada hacia el río.
El corredor que había abierto comenzaba a deshacerse. El fuego retrocedía allí donde las aguas recuperaban terreno y los efreets que habían penetrado más profundamente en el cauce se veían obligados a luchar para conservar el equilibrio. Mantener un paso abierto había sido posible mientras el Antojo permanecía detenido; enfrentarse a toda su corriente era otra batalla.
Sîyah también lo comprendió.
El líder efreet avanzó unos pasos entre sus élites mientras observaba cómo el agua comenzaba a envolver las posiciones que acababan de conquistar.
—Podemos sostener la línea —dijo.
Lumen descendió hasta quedar a poca distancia de él. Sus llamas titilaron cuando una ráfaga de agua golpeó contra el corredor.
—Durante un tiempo.
Sîyah miró hacia la otra orilla.
Sörkh ya había cruzado. El camino hacia la Aguja de Nácar estaba abierto para ella.
Después volvió los ojos hacia Leira.
La medusa luminiscente seguía flotando sobre las ondinas mientras el Antojo de Kronos crecía bajo su cuerpo. Más guerreras comenzaban a emerger de las aguas profundas, atraídas por su luz.
Lumen inclinó ligeramente la cabeza.
—El río ha elegido.
Sîyah dirigió la mirada hacia el Antojo de Kronos justo cuando otra oleada atravesaba el cauce y arrastraba hacia atrás a varios efreets que aún trataban de mantener sus posiciones.
—Retira a los tuyos —dijo Lumen.
Sîyah permaneció inmóvil durante unos instantes, observando el avance del agua, hasta que finalmente levantó una mano. La orden recorrió las filas y los primeros efreets comenzaron a retroceder. Algunos obedecieron de inmediato; otros siguieron combatiendo hasta que los gritos de sus superiores los obligaron a abandonar el cauce. Las llamas fueron retirándose hacia la ribera mientras las ondinas aprovechaban cada metro recuperado para recoger a sus heridas.
El Antojo de Kronos continuó avanzando antes de que la retirada terminara. Una gran corriente atravesó el campo de batalla, golpeó la ribera efreet y trepó por la tierra apagando decenas de llamas y obligando a las primeras líneas a retroceder. Poco después llegó una segunda oleada, todavía más fuerte, y Sîyah mantuvo el brazo en alto hasta que todos comprendieron que la orden era definitiva.
Habían conseguido que Sörkh cruzara y habían arrebatado a las ondinas uno de sus defensores más poderosos. Sin embargo, permanecer allí significaba enfrentarse al Antojo de Kronos en movimiento y a Leira sobre sus aguas, y cada paso adicional exigiría más vidas de las que aquella victoria necesitaba.
Los últimos efreets abandonaron el cauce, aunque Lumen permaneció unos instantes más en el centro del río. El Fuego Fatuo volvió la mirada hacia Leira, que seguía suspendida sobre las aguas mientras sus tentáculos descendían hasta la corriente y su luz proyectaba reflejos turquesa entre el vapor.
Durante unos segundos, los dos espíritus protectores permanecieron frente a frente. Lumen contempló el agua que seguía ganando terreno, las ondinas que regresaban a la superficie y el corredor ardiente que comenzaba a deshacerse bajo su magia.
Comprendió que aquel frente había terminado.
Retiró entonces su poder y el corredor empezó a cerrarse. Las aguas cayeron sobre la brecha desde ambos lados y ahogaron las últimas llamas con un rugido que recorrió el Antojo de Kronos de una ribera a la otra. Solo después Lumen se elevó y siguió a los efreets, mientras Leira permanecía sobre el río hasta verlos desaparecer de la vista.
Entonces descendió.
Sus tentáculos buscaron a las últimas ondinas heridas mientras Loncilo sujetaba a Aldara por la cintura. La pierna de su hermana volvió a fallar y, esta vez, ella aceptó la ayuda sin protestar. Antes de sumergirse, dirigió la mirada hacia el lugar donde Heleas había desaparecido, donde el agua seguía pasando sin dejar rastro de él.
Loncilo siguió sus ojos y guardó silencio durante unos segundos.
—Tenemos que irnos.
Aldara asintió y ambos descendieron juntos.
Poco a poco, las ondinas supervivientes desaparecieron bajo la superficie. Leira fue la última en hundirse, y su resplandor permaneció visible durante unos instantes en las profundidades, cada vez más tenue, hasta que el cauce recuperó su oscuridad.
El campo de batalla quedó vacío. Las armas hundidas permanecieron entre las piedras del fondo, el vapor ascendió lentamente desde las zonas donde el agua todavía conservaba el calor de los efreets y la corriente comenzó a arrastrar la ceniza lejos de las orillas.
El Antojo de Kronos cerró la herida abierta entre sus aguas y continuó su camino. Había permanecido inmóvil porque así lo había elegido y había vuelto a correr cuando decidió hacerlo; pactos, conjuros y ejércitos podían intentar doblegar su curso, pero la última palabra seguía perteneciendo al río.
Aquella mañana, incluso el fuego tuvo que apartarse de su camino.
En la piedra donde Heleas había defendido el cauce solo quedaba agua. La corriente pasó sobre ella y siguió adelante, llevándose el vapor, la sangre y los últimos restos de la batalla, aunque hubo algo que ni siquiera el Antojo de Kronos pudo devolver.
Cinco segundos.
Los últimos que Heleas había arrebatado al tiempo.
Y desde ese día, el mundo tuvo cinco segundos menos.
