269 – LAS MONTAÑAS DE ACERO NUNCA OLVIDAN

Personajes que aparecen en este relato

LAS MONTAÑAS DE ACERO NUNCA OLVIDAN

Frente Occidental — Montes de Acero

La piedra de los Montes de Acero no temblaba. Permanecía inmóvil, gris y afilada, bajo un cielo que parecía guardar silencio. En sus vetas, la montaña conservaba cuanto había ocurrido sobre ella.

Entre nubes confundidas con la escarcha comenzó la primera de las batallas.

Aún no marchaban ejércitos completos, sino avanzadillas enviadas a abrir el camino de la guerra.

Al frente, marchaban faunos guerreros con armaduras de corteza curtida, cuernos tallados y lanzas de madera endurecida por savia mágica. Entre ellos, dos Susurradores sobrevolaban la formación a lomos de verdiplumas, aves de cuello verde, vientre rojo y largas plumas que se confundían con el bosque. Sus jinetes las guiaban mediante murmullos apenas audibles, suficientes para modificar el rumbo de cada batir de alas. En el centro, protegida por ambos flancos, caminaba Hilda, encorvada por los años, aunque firme todavía. Era la anciana faérica del linaje enano. A su lado avanzaba Tyria, la antigua Dama Esmeralda, que había decidido acompañarla personalmente hasta las puertas de la montaña.

Hilda jamás había ostentado la corona ni había sido Dama de Acero. Había sido Herrera Mayor de la Forja Arcana y Primer Martillo de los forjadores mucho antes de que Elga recibiera una corona. Bajo su autoridad, las antiguas disputas con los tuneladores habían comenzado a cicatrizar. Cada uno de sus pasos encontraba ahora una respuesta bajo la nieve. La montaña conocía sus manos.

—¿Estás segura de esto? —susurró Tyria. Sus ojos opacos permanecieron inmóviles, velados por la ceguera, mientras orientaba el rostro hacia las Puertas de Forja y atendía al eco que descendía desde la montaña.

Hilda apretó la piedra de basalto entre las manos. No miró a su compañera.

—No —respondió—. Pero si me quedo en silencio… mi hija pensará que apruebo lo que está haciendo.

La nieve crujió bajo sus pasos. Ante ellas, entre riscos escarpados, se alzaban las Puertas de Forja, uno de los accesos ancestrales a la ciudad subterránea. Sus hojas de acero permanecían abiertas de par en par: una provocación y una advertencia.

Hilda avanzó hasta el umbral sin vacilar.

No llevaba armas. Solo una piedra de basalto liso: una piedra de juramento, pulida por las manos de quienes habían pronunciado sus promesas ante ella. Los primeros forjadores habían recurrido a piedras semejantes para conservar su palabra mucho antes de que la Ley del Acero rigiera sobre todos los clanes. Aquella no obligaba a cumplir los juramentos. Se limitaba a recordarlos.

—Este lugar —dijo al llegar al umbral— lo levantamos cuando forjadores y tuneladores aún desconfiaban unos de otros. Aquí enseñé a Elga a leer las vetas y a distinguir una piedra dócil de otra que jamás debía ser forzada. Aquí comenzó la Edad de Plata, cuando entregué a mi hija al heredero de los túneles y ambos clanes aceptaron compartir una misma montaña. Y aquí podría terminar, si permitimos que el rencor decida por nosotros.

Junto a Tyria avanzaban otros aliados. Entre ellos, Melusina, antigua Dama Irisada y anciana faérica de las hadas, caminaba sobre la nieve con pasos breves y medidos. Su cuerpo, delgado como un junco, iba envuelto en gasas rosadas con reflejos irisados, desvaídos por los años. Sus alas permanecían plegadas a la espalda. La artritis había convertido cada vuelo en un dolor difícil de ocultar, pero Melusina se negaba a permitir que nadie la sostuviera. Las gasas aún conservaban parte del fulgor que un día la había convertido en símbolo de belleza y poder, aunque el rosa había perdido la viveza de entonces.

A su alrededor marchaban sus guerreros y servidores. Todos respondían al nombre de Ymodaban. Algunos empuñaban báculos tallados con espirales de aire; otros portaban espadas de plata liviana o escudos de viento endurecido.

El primero de los Ymodaban caminaba junto a Melusina. Tenía el rostro afilado, los ojos grises y una manera de inclinar la cabeza que los demás habían terminado imitando. El nombre le había pertenecido únicamente a él antes de extenderse a cuantos servidores llegaron después. Titania nunca había mostrado interés por memorizar otros, y Melusina había terminado aceptando aquella costumbre por comodidad. Sin embargo, cuando pronunciaba «Ymodaban» con la mirada puesta en su antiguo consejero, todavía quedaba claro a cuál de todos ellos llamaba.

Él había permanecido a su lado desde mucho antes del nacimiento de Titania y había ayudado a criarla. Se aproximó un poco más, procurando que los demás no escucharan.

—Mi señora —susurró—. Titania aún puede volver. Cuando comprenda qué pretende hacer Kárida con el Reino Faérico, recordará quién es.

Melusina continuó caminando. Sus alas se estremecieron bajo las gasas, aunque no llegó a desplegarlas. Miró hacia el horizonte, donde la escarcha se confundía con la niebla.

—Ojalá no hayamos volado demasiado alto… antes de caer.

Ymodaban bajó la mirada. No volvió a insistir.

Melusina se detuvo y se irguió cuanto le permitían los años. Cuando se volvió hacia los suyos, los demás Ymodaban guardaron silencio al mismo tiempo.

—No olvidemos que en el Reino Faérico no hay gloria en la victoria si es contra uno de los nuestros. Pero sí hay deshonra en callar.

Hilda asintió mientras deslizaba el pulgar sobre la piedra de juramento.

Del otro lado de las puertas aparecieron varias figuras acorazadas. Dagaz e Isaz, los dos hijos de Elga y nietos de Hilda, se situaron al frente. Dagaz, el mayor, llevaba las hachas cruzadas sobre la espalda y observaba las inscripciones del umbral con la atención propia del Herrero Mayor. Isaz sostenía el martillo entre ambas manos, preparado para responder con la fuerza antes que con las palabras.

Tras ellos avanzó Otalan, el viejo Señor de los Túneles, apoyado en su báculo coronado de cuarzo. Evitó mirar a su suegra hasta que la tuvo delante.

—Has venido, Hilda… —murmuró Otalan. En su voz no había odio, aunque sí un cansancio que la guerra todavía no justificaba—. De todas las traiciones posibles, esta es la que más me cuesta entender.

—No es una traición —respondió ella—. Es una advertencia. Habéis dejado de escuchar la piedra.

—¿Y vas a hablarnos tú, que ya no vives bajo ella?

—No necesito vivir en ella. La piedra vive en mí.

Isaz dio un paso al frente.

—¡Abuela! Da media vuelta antes de que veas tu nombre escrito en la roca de los caídos.

Dagaz volvió el rostro hacia su hermano.

—Isaz…

El menor mantuvo el martillo en alto y Dagaz no terminó la advertencia. Otalan hundió con más fuerza el báculo en la nieve, pero tampoco intervino.

Hilda no se inmutó. Se arrodilló con lentitud y depositó la piedra de juramento sobre el suelo helado. Mantuvo una mano apoyada en ella cuando alzó la mirada hacia sus nietos.

—Yo no vengo por vosotros. Vengo por la montaña. Si habéis dejado de escucharla, será ella quien recuerde ante vosotros la palabra sobre la que se levantaron estos túneles.

Las runas casi borradas de la piedra comenzaron a iluminarse bajo sus dedos. Un rumor profundo ascendió desde las entrañas de los Montes de Acero. Las paredes vibraron; las grandes hojas de las Puertas de Forja crujieron sobre sus goznes y, en el interior de las galerías, las antiguas inscripciones se encendieron una tras otra.

Isaz retrocedió un paso. Dagaz permaneció inmóvil, con los ojos clavados en las runas. Reconoció primero el trazo central y después los símbolos que se extendían hacia las puertas.

—Son anteriores a la Ley del Acero… —murmuró.

—¡Es un truco! —bramó Isaz.

—No —dijo Dagaz, antes de poder contenerse—. Son runas de juramento.

Isaz lo miró con incredulidad. Dagaz apartó los ojos de su hermano, consciente de que acababa de conceder autoridad a Hilda delante de todos los defensores.

—Es memoria —replicó Hilda—. La montaña no olvida a quien la trató con verdad.

El primer choque contra los escudos quebró la pausa y la batalla estalló.

Los faunos cargaron con lanzas de madera endurecida mediante savia mágica, y sus gritos de guerra retumbaron entre las paredes de roca. Los guerreros silvestres, cubiertos de líquenes, pintura de guerra y ramas trenzadas, se lanzaron al combate antes de que los enanos pudieran cerrar por completo la entrada.

Desde las alturas, los Susurradores sobre verdiplumas descendieron en picado, arrojando jabalinas contra los flancos de la formación. Sus voces apenas superaban el rumor del viento, pero las monturas obedecían cada indicación: plegaban un ala para girar entre los riscos, se dejaban caer junto a los muros y volvían a ganar altura antes de que las hachas pudieran alcanzarlas.

Los Ymodaban que acompañaban a Melusina desplegaron las alas. El primero permaneció junto a su señora, mientras los demás ascendían sobre la formación y dirigían ráfagas de viento contra los escudos enanos.

Los defensores apoyaron los escudos unos contra otros y resistieron la embestida. Las hachas surgieron entre los huecos de la formación, golpeando lanzas, corteza y carne, mientras sus botas se afianzaban sobre la piedra de las Puertas de Forja. Cada paso que cedían lo recuperaban con un nuevo empuje.

Isaz se lanzó contra los faunos que habían alcanzado el umbral. Su martillo hundió un escudo de corteza y abrió un hueco en la avanzadilla. Detrás de él, Dagaz no combatía con la misma violencia. Desenvainó las hachas, pero mantenía parte de su atención en las runas encendidas de las galerías. Los símbolos continuaban extendiéndose hacia el interior, ignorando las órdenes de quienes custodiaban la entrada.

Otalan no alzó su báculo. Se retiró hacia uno de los muros y dejó pasar a los combatientes. Durante un instante buscó la mirada de Hilda, pero ella ya había avanzado hacia el interior.

Hilda caminó entre el caos con las manos vacías. Una jabalina pasó junto a su hombro y un hacha descendió hacia ella desde uno de los laterales. Antes de que el filo la alcanzara, las runas del suelo emitieron un destello y una losa se alzó para detener el golpe. Hilda ni siquiera volvió la cabeza.

—¡Esto es una traición! —gritó Dagaz, interponiéndose en su camino con las hachas preparadas.

—La traición fue de vuestra madre —respondió Hilda, sin alzar la voz—. Yo entregué a Elga al heredero de los túneles para que forjadores y tuneladores dejaran de matarse entre ellos. Vuestra madre recibió una montaña unida y ahora pretende conducirla entera al servicio de la Dama Negra.

Dagaz tensó los brazos. Una de sus hachas descendió unos centímetros, aunque no llegó a apartarla.

—Ella es la Dama de Acero.

—Y por eso debía recordar mejor que nadie lo que sostiene ese título.

Dagaz apretó las empuñaduras. El estruendo de la batalla llenó el silencio que quedó entre ambos.

Isaz lanzó su martillo contra ella. Una losa se desprendió del suelo y se interpuso en su trayectoria. El martillo golpeó la roca con tal fuerza que la partió por la mitad, aunque ninguno de los fragmentos alcanzó a Hilda.

—¡La montaña no te pertenece! —bramó Isaz mientras recuperaba el arma.

Hilda lo miró. Isaz sostenía el martillo con ambas manos y respiraba con la boca abierta por el esfuerzo. Bajo la armadura y la barba endurecida por el hielo, ella todavía reconocía al niño que había aprendido a caminar aferrándose a los pilares de la Forja.

—Tampoco le pertenece a vuestra madre.

Isaz levantó de nuevo el martillo. Dagaz se interpuso antes de que pudiera arrojarlo.

—Espera.

—¡Apártate!

—Las runas la están protegiendo —dijo Dagaz—. Si sigues golpeándolas, solo conseguirás que la montaña responda.

Isaz observó las inscripciones que brillaban bajo las botas de Hilda.

—Entonces las romperemos.

—No puedes destruir una runa de juramento con un martillo.

Isaz clavó la mirada en su hermano.

—Tú entiendes de runas.

Dagaz observó los símbolos que protegían a Hilda.

—Puedo leer parte del trazado, pero estas son anteriores a la Ley del Acero. No sabría cómo deshacerlas.

Tyria conjuró raíces que brotaron de las grietas y arrastraron a varios enanos fuera del paso. Algunos vacilaron al comprender contra quién luchaban. Quienes intentaron alcanzar a Hilda encontraron el terreno quebrándose bajo sus pies o muros de roca cerrándoles el camino.

Hilda reanudó la marcha. Al pasar junto a sus nietos, Dagaz no levantó las hachas para detenerla. Isaz hizo ademán de seguirla, pero las raíces de Tyria se enroscaron alrededor de su martillo y lo obligaron a sujetarlo con ambas manos.

Melusina extendió las manos desde el umbral. Sus uñas brillaron como cristales de rocío mientras pronunciaba unas palabras en la lengua de las primeras hadas. El primer Ymodaban permaneció junto a ella y alzó su báculo; los demás respondieron desplegando las alas al unísono.

El viento irrumpió entre ambos bandos. Un torbellino de luz rosada e irisada atravesó las Puertas de Forja, detuvo varias jabalinas en el aire y obligó a los combatientes a protegerse los ojos. Hilda siguió avanzando en el centro del resplandor. Cuando la corriente perdió fuerza, algunos enanos habían bajado las armas.

—No se os pide traicionar a vuestra Dama —gritó Melusina—, sino recordar vuestra raíz. La piedra no miente. Vosotros… ¿podéis hacerlo?

Durante unos instantes, solo se escucharon el viento convocado por los Ymodaban y el crujido de las raíces de Tyria entre las piedras. Los enanos que habían bajado las armas miraron a Dagaz e Isaz, esperando una orden que ninguno de los hermanos llegó a pronunciar.

Dagaz observó las líneas luminosas que recorrían el suelo. Las runas de juramento habían alcanzado ya los conductos grabados en las paredes y continuaban descendiendo hacia las galerías profundas. Aquellos trazos no estaban atacando la Forja. Le estaban recordando algo.

El fulgor de la Gran Forja Arcana vaciló. Las llamas descendieron alrededor de los hornos y el poder que circulaba por los canales comenzó a retirarse hacia las profundidades. Primero se apagaron las runas defensivas de las puertas. Después perdieron su brillo los escudos y las armas de la guardia que aún permanecían conectados al flujo de la montaña.

Las inscripciones no se quebraron ni desaparecieron. Continuaron grabadas sobre el acero, intactas, aunque privadas de la energía que las alimentaba.

La luz de los hornos se retiró de las galerías exteriores. El calor abandonó las paredes y las Lágrimas de la Luna incrustadas entre las piedras quedaron como única iluminación. Su resplandor pálido reveló los rostros de los defensores, que interrumpieron el combate al comprobar que la montaña les había negado sus defensas.

Isaz miró el martillo que sujetaba entre las manos. Las runas próximas a la cabeza del arma habían dejado de arder.

—¿Qué has hecho? —preguntó a Hilda.

Ella no respondió. Dagaz se agachó y pasó los dedos sobre uno de los símbolos apagados del suelo.

—No están dañados —dijo.

Isaz tiró de su martillo hasta arrancarlo de las raíces de Tyria.

—Entonces podemos volver a encenderlos.

Dagaz mantuvo la mano apoyada sobre la piedra.

—No mientras la Forja cierre el flujo.

El poder que los enanos habían conducido durante generaciones entre el Reino Faérico y Calamburia seguía recorriendo las profundidades, pero ya no ascendía hacia las armas ni hacia las defensas de Elga. La Forja no había destruido sus obras. Se había negado a continuar alimentándolas.

Durante unos instantes, todo quedó en silencio.

Desde algún lugar bajo sus pies resonó un único martillazo. Profundo. Lejano. Demasiado limpio para ser un derrumbe. El sonido atravesó la piedra con algo extraño en su cadencia: parecía, por un instante, el latido de un corazón inmenso enterrado bajo la montaña.

Hilda alzó el rostro. Dagaz hizo lo mismo.

—¿Lo has oído?

Él tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Pero allí abajo ya no debía quedar nadie trabajando.

Dagaz retiró la mano del suelo y se incorporó despacio. Una de sus hachas descendió junto al costado; la otra permaneció aferrada a su mano, aunque ya no apuntaba hacia Hilda.

—Madre nos ordenó defender los Montes de Acero —dijo—. Nos advirtió que vendríais para arrebatárselos.

—Elga cree que proteger la montaña consiste en obligarla a obedecer —respondió Hilda—. Olvida que la corona le fue entregada para servir a los clanes y que ninguna Dama puede reclamar como suyo aquello que existía mucho antes que ella.

Isaz volvió la mirada hacia el interior. Las Lágrimas de la Luna dibujaban una hilera pálida a través de las galerías, pero el resplandor rojizo de la Forja había desaparecido y las runas de su martillo permanecían oscuras.

—Podemos volver a encenderla.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, descargó el martillo contra uno de los conductos grabados en el suelo. El acero arrancó una lluvia de chispas y abrió una grieta en la losa, pero el símbolo continuó intacto. Isaz volvió a levantar el arma y Dagaz atrapó el mango antes de que pudiera golpear por segunda vez.

—Basta.

—¡Suéltame!

Isaz tiró del martillo, pero su hermano no cedió. Dagaz mantuvo los ojos sobre la inscripción, siguiendo con la mirada cada línea del trazado hasta alcanzar el punto exacto por el que debería haber circulado la magia.

—La runa está intacta —dijo finalmente—. No hay nada que reparar.

Isaz dejó de forcejear durante un instante.

—Entonces haz que vuelva. Eres el Herrero Mayor.

Dagaz no respondió. Conocía aquellos conductos mejor que muchos de los enanos que los habían construido y sabía que ninguna herramienta, ningún enlace nuevo y ninguna corrección del trazado devolverían la energía mientras la propia Forja mantuviera cerrados sus canales.

A su alrededor, los enanos encargados de custodiar las runas defensivas empezaron a apartarse de la formación. Conocían aquellos conductos lo bastante bien para comprender que no estaban dañados: permanecían intactos y, aun así, la Forja había dejado de alimentarlos.

Otalan abandonó entonces el refugio del muro. Avanzó entre los defensores con el báculo apoyado contra el hombro y se detuvo junto a sus hijos, contemplando las runas apagadas que atravesaban el suelo.

—La Forja ha respondido.

Isaz se volvió hacia él con el martillo todavía sujeto entre las manos.

—¿También tú vas a traicionar a madre?

Otalan apoyó ambas manos sobre el báculo. Había recorrido aquellos túneles durante casi toda su vida y, bajo sus botas, el silencio de las galerías parecía más elocuente que cualquier juramento pronunciado ante una corona.

—He dedicado demasiados años a escuchar esta montaña para fingir ahora que no entiendo lo que acaba de decirnos.

—Madre es tu esposa.

—Y eso no convierte en suya la voluntad de los Montes de Acero.

Dagaz desvió la mirada hacia los defensores. Algunos continuaban sujetando las armas; otros las habían bajado y aguardaban una decisión que ninguno se atrevía a tomar por él. Era el heredero del Señor de los Túneles, pero también el Herrero Mayor ante una Forja que acababa de retirarle aquello que durante años había puesto en sus manos.

Dagaz aflojó lentamente los dedos alrededor de una de las hachas, pero no la abandonó. La sostuvo por debajo de la cabeza y ofreció el mango hacia Hilda, en el gesto con el que un herrero entregaba una herramienta cuando renunciaba a emplearla contra alguien.

—No combatiré por la Dama Negra.

Hilda contempló el arma, pero no extendió la mano.

—Entonces consérvala y decide para qué quieres utilizarla.

Dagaz bajó el brazo.

Isaz permaneció inmóvil junto a él. Las runas apagadas de su martillo eran las mismas que Dagaz le había enseñado a grabar años atrás, cuando todavía necesitaba corregirle la posición de las manos y Elga se quedaba junto a ellos hasta bien entrada la noche para obligarlo a repetir cada línea mal trazada.

—Ella nos enseñó a no abandonar una obra a medias —murmuró.

Dagaz lo miró.

—Esto es su guerra, Isaz. Y la Forja acaba de negarse a seguir librándola.

Durante unos segundos, el menor no respondió. Después volvió el rostro hacia Hilda.

—¿Y qué pasará cuando madre regrese?

—Tendréis que hablar con ella.

Isaz soltó una risa breve, agotada y sin humor.

—No escucha.

Hilda bajó la mirada hacia el martillo que aún mantenía entre las manos.

—Entonces quizá aprenda a escuchar cuando comprenda que sus hijos ya no son metal bajo su martillo y que hace tiempo aprendieron a forjar su propia voz.

Isaz permaneció aferrado al mango un poco más, sin apartar los ojos de su abuela. Finalmente dejó que la cabeza del martillo descansara sobre la piedra y retiró las manos, aunque no se alejó del arma.

Aquel gesto bastó. Los últimos defensores rompieron la formación y dejaron abierto el camino hacia la Forja.

Hilda cerró los ojos y apretó la piedra de juramento. Había evitado que sus nietos derramaran más sangre por Elga, aunque la victoria la obligaba a avanzar contra su propia hija. Cuando volvió a abrirlos, guardó la piedra entre los pliegues de su ropa.

—No me enorgullece luchar contra los míos —murmuró—. Pero me daría aún más vergüenza callar mientras mi estirpe arde al servicio del rencor.

Dagaz guardó ambas hachas. Isaz volvió a sujetar el martillo, aunque lo mantuvo apoyado sobre el hombro. Tras ellos, las runas de juramento continuaban encendidas y señalaban un camino entre las Lágrimas de la Luna hacia el núcleo replegado de la Forja.

Hilda cruzó las puertas. Dagaz fue el primero en seguirla. Isaz permaneció junto a Otalan hasta que su padre le apoyó una mano en el hombro. Entonces recogió el martillo y se internó también en las galerías.

Melusina se quedó en el umbral. El primer Ymodaban permanecía a su lado mientras los demás atendían a los heridos.

—Elga no se rendirá —dijo él.

—Lo sé.

—Titania tampoco.

Melusina observó a Hilda desaparecer en la montaña detrás de sus nietos. Sus dedos buscaron durante un instante la mano de su consejero.

—Por eso todavía no hemos terminado.

En el exterior, la nieve comenzó a cubrir las armas abandonadas. Bajo ella permanecieron las huellas de faunos, hadas y enanos, mezcladas ante unas puertas que durante generaciones habían separado a los clanes del resto del Reino Faérico.

En las profundidades de los Montes de Acero volvió a resonar aquel martillazo. Esta vez sonó todavía más parecido a un latido.

Nadie lo oyó.

En algún lugar bajo la Forja, algo comenzaba a buscar aquello que nunca había necesitado: un cuerpo capaz de contener su pulso y llevarlo más allá de la montaña.

Ninguno de los presentes podía intuirlo todavía. Mucho menos que aquello que buscaba ya había sido forjado.