Personajes que aparecen en este relato

LOS DOS CAMINOS
Las sombras brotaron del cuerpo de Kávila y se extendieron por la cámara. Avanzaron sobre las losas, treparon por las columnas y cubrieron el estrado bajo una bruma espesa que hizo vibrar los muros.
La oscuridad alcanzó a Minerva. Durante unos instantes, las cadenas y la silueta de la directora permanecieron visibles entre las sombras. Después, la bruma se cerró a su alrededor y la ocultó por completo.
—¡Tía Minerva! —gritó Carmélida al perderla de vista.
Amunet alzó el báculo y fijó la mirada en Carmélida.
—Pobre Carmélida… —murmuró, con lástima fingida—. Está deshecha por la caída de su hermana. Y ahora lo estará también por la muerte de su tía. Deberías haberlo pensado antes de traicionarme.
Un resplandor carmesí recorrió el báculo.
—Xantara. Señora de la sumisión. Marionetista de fuego y oscuridad… haz que pague su traición.
Un haz rojizo alcanzó a Carmélida en el pecho. La alquimista trató de protegerse, pero sus brazos se alzaron en contra de su voluntad. Después fueron sus piernas las que comenzaron a moverse. Permanecía consciente dentro de un cuerpo que ya no le obedecía.
—¡No… no puedo… detenerme! —gimió, luchando contra sus propios movimientos.
—¡Carmélida! —gritó Periandro desde el suelo, al comprender hacia quién la obligaban a volverse.
La mano de Carmélida extrajo una botella oscura de su cinturón. Intentó cerrar los dedos alrededor del frasco, pero Xantara le obligó a arrojarlo.
La mezcla estalló contra el pecho de Periandro y lo lanzó contra una columna. El mago cayó sobre las losas. La varita escapó de su mano y quedó fuera de su alcance.
Carmélida presenció el impacto sin poder apartar la mirada. Reconocía aquella fórmula porque ella misma la había creado. Conocía sus componentes, su potencia y el daño que podía haber causado a su hermano.
Periandro no se movió.
Carmélida tiró de sus propios brazos, pero la voluntad de Xantara volvió a imponerle el siguiente movimiento. Sus dedos buscaron otro frasco en el cinturón.
En su lugar encontraron una piedra envuelta en tela negra. Carmélida sintió que algo se quebraba en su interior. En la grieta apareció Caelen.
Juntos habían empezado a comprender las propiedades de la prolita y un vínculo más profundo. Caelen, perseguido por las dudas acerca de su origen, había buscado en la alquimia una prueba de su humanidad. Junto a ella dejó de necesitarla, al menos durante un tiempo. Hasta que Carmélida eligió otro camino.
Él no intentó detenerla. Envolvió la piedra en una tela negra y la depositó entre sus manos.
—Eres la mejor alquimista que ha pisado esta Torre. No permitas que nadie te convenza de lo contrario.
Sus dedos se separaron de los de ella.
—Por si algún día te olvidas de quién eres.
Carmélida cerró los dedos alrededor de la piedra. Frente a ella, Periandro continuaba inmóvil.
—No… —consiguió pronunciar mientras su otra mano trataba de alcanzar una nueva mezcla—. A él no.
Xantara le obligó a levantar el brazo. Carmélida apretó la prolita hasta que sus aristas se hundieron en la palma.
—An’tar leni… vesh Arkhana…
La prolita se resquebrajó dentro de su puño. Una onda grave atravesó el cuerpo de Carmélida y arrancó de sus articulaciones los filamentos rojizos que las mantenían sometidas.
El brazo se detuvo antes de completar el lanzamiento. El frasco cayó de sus dedos y rodó intacto por las losas.
La ruptura se propagó a través de la magia infernal. El velo de Luxanna se desprendió de Drawets y se deshizo en torno a su rostro. El pícaro recuperó de golpe la visión y el sonido de la batalla.
Carmélida cayó de rodillas. Abrió la mano y contempló los fragmentos de prolita incrustados en la sangre de la palma.
Después alzó la vista hacia Periandro y comenzó a arrastrarse hasta él.
Amunet retrocedió un paso. El báculo vibró entre sus dedos y la corriente de energía que atravesaba la cámara perdió intensidad durante un instante.
La emperatriz apretó los labios y apuntó directamente hacia el Zafiro Vincular.
—Xezbet… Abraxas… Áxbalor. Por el pacto sellado. Por la sangre entregada. ¡A mí!
La llamada recorrió la cámara y penetró en el Zafiro. Todos aguardaron la llegada de los tres demonios.
Ninguno respondió.
La piedra palpitó una vez. Su luz azul continuó encendida, aunque ningún portal se abrió y ninguna presencia atravesó el vínculo.
El silencio se prolongó.
Amunet aferró el báculo con ambas manos.
—¿Por qué no vienen?
—Porque puede que no puedan —respondió Kávila desde lo alto del estrado.
Amunet se volvió hacia ella.
—¿Qué insinúas?
Kávila regresó junto al Zafiro y apoyó la palma sobre su superficie. Cerró los ojos durante un instante, atenta a las presencias que deberían responder al vínculo.
—Lo vi con mis propios ojos. A Xezbet. En el molino. Se le apareció un joven. Alto, envuelto en un abrigo oscuro… y con una piedra roja tallada con runas. No sé de dónde salió. Pero lo atrapó. La piedra se lo tragó sin dejar rastro. Ni fuego. Ni lucha. Solo silencio.
Kávila dirigió la mirada hacia Érebos.
El consejero sostuvo sus ojos y asintió. Había presenciado la captura de Xezbet y había guardado silencio hasta entonces.
El báculo de Amunet descendió unos centímetros.
—¿Y los otros?
—De Abraxas y Áxbalor no sé nada —dijo Kávila, devolviendo la vista al frente—. Pero, si tampoco responden a vuestra llamada…
Sus dedos se tensaron sobre el Zafiro.
—…mucho me temo que hayan corrido la misma suerte.
El Zafiro continuó latiendo, aunque la llamada regresó vacía. Ninguno de los tres demonios se encontraba al otro lado para responderla.
Amunet bajó el báculo. Durante unos segundos, la seguridad desapareció de su rostro. Las sombras que cubrían el centro del estrado comenzaron a retirarse.
Minerva reapareció entre las últimas espirales de oscuridad. Los grilletes, agrietados por el conjuro de Periandro y quebrados bajo la presión de las sombras, yacían a sus pies. Apenas podía sostenerse. Se tambaleó y buscó apoyo en el pedestal del Zafiro.
Una mano la sujetó por la cintura antes de que cayera.
—Shhh… tranquila, directora —susurró una voz junto a su oído—. Si hablas, será tu último secreto.
Arnaldo había abandonado el combate con Drawets aprovechando la bruma de Kávila.
La inmovilizó contra su pecho y apoyó la daga zíngara bajo su garganta. Un fulgor oscuro recorrió la hoja al percibir el alma que podía arrebatar.
Cristóforo levantó el trabuco, pero Arnaldo estrechó el brazo alrededor de Minerva y ocultó parte del cuerpo tras ella.
Periandro buscó su varita sobre las losas. La encontró demasiado lejos para alcanzarla.
Drawets avanzó hacia el estrado con el puñal en alto. Arnaldo presionó la hoja contra la piel de Minerva y lo obligó a detenerse.
Una línea de sangre apareció en el cuello de la directora.
Carmélida se detuvo. La sangre descendía por el cuello de Minerva, cada vez más cerca del filo. La alquimista apartó la mano de los fragmentos de prolita y clavó los ojos en Amunet.
—¡Basta! —rugió.
El grito resonó por encima del combate. Amunet alzó una ceja, pero la sonrisa permaneció en sus labios.
—Fantástico, Arnaldo. Qué eficiente puede ser el linaje cuando olvida los escrúpulos.
La emperatriz dirigió el báculo hacia Minerva.
—Ahora, decidme dónde están las princesas… o haré que este fiel zíngaro extraiga el alma de vuestra querida tía. Lenta. Dolorosamente.
Carmélida se incorporó y avanzó un paso. Arnaldo hundió un poco más la hoja, obligándola a detenerse.
—Deteneos. Lo que queréis es la información. Puedo entregárosla, pero antes prometeréis que, si os revelo las dos identidades, no mataréis a las princesas ni a ninguno de los que estamos aquí.
Amunet la observó durante unos segundos. El báculo descendió ligeramente.
—¿Me estás pidiendo que confíe en ti?
—No —respondió Carmélida—. Soy yo quien está confiando en vos. Siempre habéis defendido que una emperatriz debe cumplir su palabra.
El Zafiro volvió a latir. Amunet miró a Minerva y después a Carmélida.
—Está bien. Si me entregas las dos identidades, palabra de Emperatriz Tenebrosa: nadie morirá.
Periandro trató de incorporarse junto a la columna.
—¡No lo hagas, hermana! ¡Es una trampa!
Carmélida cerró los ojos. La advertencia de Periandro permaneció suspendida entre ambos, pero ya había tomado una decisión. Cuando volvió a abrirlos, miró directamente a Amunet.
—Petequia, la criatura que mi hermano me entregó… ha crecido. Ahora se llama Efélide. Es la Tercera Hermana de la Santa Hermandad. Os ha jurado pleitesía junto a los demás hermanos. Sed justa con ella. Yo misma la adiestré y os servirá con lealtad. Ella es una de las princesas que buscáis.
Amunet permaneció inmóvil. El báculo descendió unos centímetros mientras asimilaba que una de las herederas llevaba tiempo arrodillándose ante ella.
—¿Y la otra? —preguntó entonces, girando el báculo hacia Cristóforo, cuya mano se tensó sobre la empuñadura—. Solo me has entregado una de las dos identidades. El pacto aún no está cerrado. Puedo matar a Minerva. O puedo matar al pirata. Tú decides.
Carmélida miró a Cristóforo. El capitán sostuvo el trabuco sin apartar los ojos de Amunet, aunque el movimiento de su mandíbula reveló que había comprendido la amenaza.
Drawets avanzó antes de que la alquimista tuviera que responder.
—Urraca me fue encomendada a mí. Cristóforo confió en mí para esta misión. La crié como a un hijo, bajo otro nombre y apariencia de varón para ocultarla. Os lo digo con certeza: llegáis tarde. El Orbe de la Confusión me la arrebató. Urraca, o Gorrión, como la llamábamos, está desaparecida. Ahora, ni siquiera yo sabría dónde encontrarla.
Érebos dejó de observar el combate. El nombre pareció despertar un recuerdo y una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Un momento… Gorrión. Claro. ¡Es Cuervo! La niña que encontré en la arboleda, junto al Haya de los Lazos. Sabía que era tu hija, Drawets. Lo que nunca imaginé fue que bajo aquel nombre escondierais a una princesa.
Drawets giró el puñal hacia él.
—Como hayas tocado un pelo de mi hija, te juro que…
Barastyr soltó una carcajada.
—Qué giro tan sorprendente, Majestad. Resulta que todo vuestro esfuerzo ha sido en vano.
Amunet se volvió hacia él.
—¿Qué quieres decir, consejero?
—Que las dos princesas por las que lleváis años desatando guerras ya están a vuestro servicio. Una pertenece a la Santa Hermandad y la otra ha combatido junto a nosotros. Ambas sirven ya a la Oscuridad que vos gobernáis.
Érebos contempló a Carmélida.
—¿No es esa la más oscura de las ironías? Solo lamento la pérdida de la Segunda Hermana. Carmélida tenía un talento inmenso para servir al Titán Oscuro…
Amunet miró primero a Minerva y después a Carmélida. La risa que escapó de sus labios terminó de borrar la inquietud que había mostrado unos instantes antes.
—Soy magnánima, ¿lo olvidáis? —dijo, girándose hacia Carmélida—. Por el servicio que me has prestado, te perdono. Vuelve a la Santa Hermandad, al lugar que nunca debiste abandonar. Cumpliré mi palabra: no se tocará un solo cabello de esas niñas.
Carmélida inclinó la cabeza. Cuando respondió, su voz había recuperado la disciplina de la Segunda Hermana.
—Sí, mi señora. Solo vivo para servir a la oscuridad. A vos y al todopoderoso Titán Oscuro.
Una lágrima descendió por su mejilla sin alterar la expresión.
Amunet bajó el báculo. El resplandor oscuro permaneció encendido en la punta mientras se volvía hacia las criaturas que combatían entre los escombros.
—Nos vamos. Hay una guerra que ganar. Esta batalla… ha terminado. Gracias por todo, Minerva. En tu intento por salvar a las princesas, las has arrojado directamente a mis brazos.
Antes de marcharse, volvió la mirada hacia Minerva. La directora continuaba retenida por Arnaldo, con la sangre deslizándose por el cuello.
—Te dejaré con vida porque deseo que contemples lo que viene. Tendrás tiempo para arrepentirte de lo que hiciste y de todo aquello que no lograste impedir. Tu fracaso será tu condena.
Amunet golpeó la piedra con la base del báculo.
Los demonios se detuvieron. Sus cuerpos comenzaron a deshacerse desde las extremidades hasta convertirse en columnas de humo que fueron absorbidas por los portales. Los espectros y las criaturas surgidas del Zafiro corrieron la misma suerte.
El zíngaro retiró la daga del cuello de Minerva y dejó a la directora caer sobre el estrado antes de reunirse con Kávila.
Amunet había prometido que nadie más moriría, y cumplió su palabra.
Los portales abiertos por la Torre se cerraron uno tras otro. Solo permaneció el que latía detrás del estrado. El combate cesó con tal brusquedad que durante unos segundos solo se escucharon las respiraciones de quienes permanecían en la cámara.
Las fuerzas infernales se habían esfumado. Los escombros y los heridos permanecían.
La desaparición de las criaturas se propagó por toda la Torre.
Judäthyn bajó la varita con cautela. En el herbolario, Zïru continuó apuntando hacia el lugar donde un demonio acababa de desvanecerse.
En los corredores inferiores, Tasac permaneció agachado entre los restos del combate mientras su cuerpo recuperaba lentamente la forma humana. Cuando sus dedos volvieron a ser humanos, el ferox apoyó una mano sobre las losas. La piedra continuaba vibrando bajo su palma.
Trai salió de entre los restos de un arco derrumbado. La estrella azul de su cabello estaba cubierta de ceniza. El conjuro que preparaba se extinguió entre sus manos cuando el demonio que tenía delante se convirtió en humo.
Por los pasillos, los magos de Natura, Redigit, Excelsit y Vivífica mantuvieron las varitas levantadas. Algunos dejaron que sus conjuros se apagaran. Otros continuaron vigilando las sombras, convencidos de que aquella retirada ocultaba una nueva amenaza.
Nika salió de la biblioteca destruida con los brazos arañados y el rostro cubierto de hollín. Miró los cuerpos, los estantes derrumbados y los libros que todavía ardían. No preguntó si habían vencido.
Alena encontró a Férula y Gónagan en el corredor cercano. Los tres se observaron sin pronunciar palabra, buscando en los otros alguna señal de que comprendían lo ocurrido.
En las salas de alquimia, Calum y Caelen permanecían apoyados el uno en el otro, cubiertos de brebajes derramados y sangre ajena. Cerca de ellos descansaba el cuerpo de Telina, envuelto en los restos de su capa negra. Caelen había dejado su varita junto a una de sus manos. Alrededor solo quedaban cristales rotos y fórmulas arruinadas.
Stucco dejó caer el escudo que había mantenido durante el ataque. Enona permaneció a su lado con la varita alzada hasta que el cansancio venció la fuerza de sus dedos.
En la galería rota del ala norte, Ramia, Aodhan y Grahim resistían junto a los faunos la última acometida de los espectros. Las criaturas comenzaron a deshacerse antes de alcanzarlos. Los faunos mantuvieron las armas en alto mientras la ceniza se depositaba sobre el suelo.
La batalla había terminado. Nadie celebró la victoria.
Amunet alzó el báculo una última vez. Su extremo apuntó hacia el Zafiro Vincular, cuya luz comenzaba a debilitarse.
—Reclamaré a las dos princesas. Puede que hayan crecido lejos de mi alcance, pero sus verdaderos nombres ya me pertenecen. Ninguna llegará a ocupar el trono mientras yo gobierne Calamburia.
Avanzó hacia el portal que continuaba abierto detrás del estrado. Érebos y Barastyr se situaron a ambos lados de su emperatriz.
—La sangre de ese linaje dejará de ser una amenaza. La convertiré en una herramienta de mi reinado.
Antes de atravesar el portal, Amunet se detuvo y contempló el Zafiro.
—Recuperaré a mis demonios. Uno a uno. Xezbet. Abraxas. Áxbalor. Cuando regresen a mí, mi poder será absoluto. Ya no habrá límites entre este mundo y el otro.
El báculo palpitó entre sus dedos.
—Porque yo soy la Emperatriz de los Dos Mundos.
Las sombras se reunieron alrededor de Amunet. La emperatriz atravesó el portal, seguida por Érebos, Barastyr, Arnaldo y Kávila.
Carmélida permaneció inmóvil en la cámara mientras las sombras engullían a los últimos seguidores de Amunet. El terciopelo dorado de su vestido se agitaba bajo la corriente del portal. Después se volvió hacia Periandro.
Periandro apoyó una mano en la columna e intentó incorporarse. Carmélida se arrodilló ante él antes de que lo consiguiera.
—Periandro… No intentes seguirme. He dado mi palabra ante el Titán Oscuro y debo cumplirla.
Periandro negó con la cabeza.
—Has cumplido tu parte. Te ha liberado de su servicio.
—Amunet me ha perdonado —respondió Carmélida—. Mi juramento al Titán permanece.
El mago trató de aferrarla por la muñeca, pero apenas tuvo fuerzas para rozar la manga de su vestido.
—Carmélida, no vuelvas con ellos.
Ella contempló aquella mano y la cubrió durante un instante con la suya.
—No sé vivir de otra manera.
Carmélida se incorporó y miró hacia el estrado.
Minerva permanecía de rodillas, con la piel cubierta de sangre y ceniza. No trató de ordenarle que se quedara.
—Tía Minerva…
Carmélida tuvo que detenerse antes de continuar.
—Cuidad de Aurora.
La lágrima que descendió por su mejilla alcanzó la comisura de sus labios. Carmélida no la retiró.
—Decidle que no la abandoné. Que todo lo que he hecho esta noche ha sido para mantenerla con vida.
Minerva abrió la boca, pero Carmélida bajó la mirada antes de que pudiera responder.
—Volveré cuando el Titán Oscuro lo disponga.
Retrocedió hacia el portal. Periandro logró ponerse en pie y dio un paso tras ella, pero una rodilla le falló y tuvo que apoyarse de nuevo en la columna.
Las sombras alcanzaron el vestido de Carmélida y ascendieron por su cuerpo.
Durante un instante, volvió el rostro hacia su hermano.
Después atravesó el portal y desapareció.
El Zafiro Vincular respondió desde el pedestal con una pulsación intensa. La gema se elevó entre las runas apagadas y salió despedida hacia la abertura, arrastrada por el mismo vínculo que había mantenido unidos ambos mundos.
En cuanto el Zafiro cruzó el umbral, el portal se contrajo sobre sí mismo y desapareció.
La cámara quedó en silencio.
Las piernas de Minerva cedieron. Las rodillas golpearon las losas y las manos se apoyaron frente a ella para impedir que el cuerpo terminara de desplomarse. Había permanecido erguida mientras Amunet amenazaba a sus sobrinos, mientras Arnaldo sostenía la daga contra su cuello y mientras Carmélida se despedía. Ahora ya no quedaba nadie ante quien fingir que podía resistir.
Respiró varias veces, pero el aire apenas alcanzó sus pulmones. Sus ojos permanecieron clavados en el lugar donde había desaparecido Carmélida.
—Oh, no… ¿qué he hecho? —susurró, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
El humo continuaba suspendido sobre los cuerpos y los escombros. La Torre Arkhana seguía en pie, pero Amunet se había marchado con aquello que había venido a buscar.
Había dedicado años a separar a las princesas, a borrar su sangre y a alejarlas de cualquier lugar en el que Amunet pudiera encontrarlas.
Minerva cerró los ojos.
Había construido dos caminos para alejarlas del trono.
Y ambos terminaban a los pies de la emperatriz.
