266 – LA TORTURA DE MINERVA VIII

Personajes que aparecen en este relato

LOS EJÉRCITOS DE LA OSCURIDAD

La esperanza no siempre llega iluminándolo todo. A veces desciende entre humo y escombros, envuelta en heridas, con la ropa rasgada y el alma cansada. Pero llega.

Y cuando lo hace, no pide permiso.

Periandro atravesó la humareda antes que los demás. Descendió los últimos peldaños con la varita extendida y el cuerpo todavía debilitado por el ritual de Baufren. El conjuro que había partido la barrera chisporroteaba en su punta, aunque su respiración entrecortada revelaba el esfuerzo que le había costado.

Al llegar a la cámara, se detuvo.

Sus ojos encontraron a Minerva de inmediato.

La directora permanecía de rodillas junto al estrado, con las muñecas atrapadas por las cadenas y el cuerpo vencido por la tortura. Aun así, levantó el rostro al reconocerlo.

—Tía Minerva… —pronunció Periandro.

Minerva trató de incorporarse. Las cadenas se tensaron y volvieron a obligarla a inclinarse.

—No deberías haber venido —respondió ella, con la voz dañada.

Periandro avanzó un paso.

—Vos tampoco deberíais estar encadenada.

Drawets apareció detrás de él.

Descendió los últimos peldaños con el puñal de la Calavera preparado y la ropa cubierta de sangre, polvo y cortes que comenzaban a cerrarse. La ligereza habitual de sus movimientos había desaparecido. Al ver a Minerva arrodillada, su expresión se endureció.

—Espero que no hayáis empezado la fiesta sin nosotros —dijo Drawets.

La frase conservaba su insolencia, pero sus ojos permanecían fijos en la daga que Arnaldo mantenía cerca de la directora.

Cristóforo entró a continuación.

El pirata llevaba el trabuco apoyado contra el hombro y la espada desnuda en la otra mano. No dedicó ninguna palabra a Amunet ni a sus consejeros. Primero examinó las cadenas de Minerva, después el Zafiro Vincular y, por último, las posiciones de quienes ocupaban la cámara.

—Periandro, no te alejes de nosotros —ordenó Cristóforo mientras cargaba el arma—. Drawets, vigila al zíngaro.

—Ya lo estaba haciendo —respondió el pícaro.

Arnaldo inclinó la daga hacia ellos.

—Acercaos y comprobaréis lo deprisa que puedo terminar esto —advirtió el joven zíngaro.

Cristóforo levantó el trabuco.

—Hazle daño y no tendrás tiempo de averiguarlo.

Amunet observó el intercambio desde el estrado. No parecía sorprendida por la llegada de los tres hombres. La sonrisa que apareció en sus labios pertenecía a quien contemplaba cómo las últimas piezas entraban por voluntad propia en la trampa.

Entonces Carmélida cruzó la barrera.

Avanzó entre el humo con una mano apoyada durante unos instantes sobre el muro. El ritual de Baufren todavía pesaba en su cuerpo, pero se obligó a enderezarse antes de que nadie pudiera ofrecerle ayuda. El terciopelo dorado del vestido estaba manchado de polvo y uno de sus costados aparecía desgarrado. Los frascos del cinturón chocaban suavemente con cada paso.

Minerva dejó de mirar a Periandro.

—Carmélida…

La alquimista contempló primero a su tía. Después dirigió los ojos hacia Periandro, Drawets y Cristóforo.

Durante años había procurado mantener cada parte de su vida separada de las demás. Ahora todas se encontraban reunidas en aquella cámara, rodeadas por las fuerzas a las que ella había jurado servir.

Carmélida avanzó hasta situarse junto a su hermano.

Amunet apoyó ambas manos sobre el báculo.

—Vaya —dijo la emperatriz—. La familia Sibyla al completo. O casi. Parece que la otra alquimista no ha conseguido escapar de los poderes de Áxbalor.

Minerva buscó de inmediato la mirada de Carmélida. Su sobrina negó apenas con la cabeza. Aurora no había despertado.

Periandro alzó la varita con una rabia que terminó de agotar el poco color que conservaba en el rostro.

—No te atrevas a mencionar a mi hermana.

Cristóforo afirmó el trabuco contra el hombro.

—Hemos venido a llevarnos a Minerva.

Periandro dio otro paso. La luz de su varita vaciló, pero no se extinguió.

—Suelta a la tía Minerva.

Amunet ladeó la cabeza.

—¿Pretendes exigírmelo? Kávila acaba de descubrir que tú y el capitán fuisteis los primeros custodios. Cada uno de vosotros conoce a la persona que recibió a una de las niñas.

Periandro miró a Cristóforo. La sangre que cubría el rostro de Minerva y la satisfacción contenida de Kávila bastaron para que ambos comprendieran lo ocurrido: habían obligado a la directora a revelar el comienzo de las dos cadenas.

Cristóforo no apartó el trabuco de Amunet.

—Puedes saber dónde empezó el camino. Eso no significa que sepas dónde termina.

Drawets hizo girar el puñal de la Calavera entre los dedos sin perder de vista la daga que Arnaldo mantenía junto al cuello de Minerva.

—Y él te ha pedido que la sueltes, no que presumas de lo poco que has averiguado.

Amunet dejó pasar la provocación del pícaro. Su mirada se desplazó hasta Carmélida y se detuvo en el terciopelo dorado de su vestido.

—Juraste fidelidad al Titán Oscuro, Segunda Hermana. No esperaba encontrarte al lado de quienes pretenden impedir su regreso.

Carmélida no respondió de inmediato.

Contempló a Minerva, encadenada y apenas capaz de mantenerse erguida. Después buscó a Periandro. Su hermano continuaba sosteniendo la varita frente a Amunet, aunque el temblor del brazo revelaba cuánto lo había debilitado el ritual.

—Mi fe en el Titán permanece intacta —dijo Carmélida al fin—, pero esa fe no cambia lo que somos. Minerva es mi tía y Periandro es mi hermano. Aurora sigue atrapada en el Salón de Evaluaciones por la magia que los zíngaros utilizaron contra nosotros.

La voz de Carmélida perdió parte de su firmeza al pronunciar el nombre de su hermana. Recuperó el control antes de continuar:

—No voy a contemplar cómo los destruyes y fingir que mis votos me obligan a permitirlo.

Periandro volvió el rostro hacia ella. Durante unos segundos, la varita dejó de temblarle.

Amunet recibió las palabras de Carmélida sin alterar el gesto.

Después apoyó con fuerza la base del báculo contra la piedra.

El golpe se extendió por la cámara, profundo y seco.

—Entonces no hay marcha atrás —sentenció Amunet—. Arnaldo. Kávila. El Zafiro os reclama.

Arnaldo retiró la daga del cuello de Minerva y la empujó contra las cadenas antes de avanzar hacia el pedestal. Kávila ocupó el lado opuesto del Zafiro Vincular. No necesitó recibir más instrucciones: ambos conocían el salmo y la sangre que exigía.

Minerva trató de incorporarse en cuanto la hoja se apartó de su garganta. Las cadenas se cerraron alrededor de sus muñecas y la obligaron a permanecer junto al estrado.

—No dejéis que terminen el ritual —advirtió con la voz quebrada.

Periandro dirigió la varita hacia el Zafiro.

—¡Fractura Signata!

Una línea blanca atravesó la cámara. Barastyr levantó una mano y la sombra que brotaba de su ojo se desplegó delante del pedestal. El conjuro chocó contra ella, abrió varias grietas luminosas y terminó disolviéndose antes de alcanzar la gema.

Periandro dio un paso para intentarlo de nuevo. La debilidad del ritual le hizo perder el equilibrio y Carmélida tuvo que sujetarlo por el antebrazo.

Arnaldo apoyó el filo de la daga zíngara contra su palma y se abrió un corte de un solo movimiento. Kávila extrajo de su hatillo un pequeño cuchillo ritual e hizo lo mismo. La sangre descendió entre sus dedos y quedó suspendida sobre las runas, atraída por el pulso del Zafiro.

Arnaldo y Kávila dejaron caer la sangre sobre la base del Zafiro. Sus voces se alzaron juntas:

—Ezrai miélka oravash… que la sangre desgarre la frontera. Shar zulek tharám… que la grieta reclame su vínculo. Namiré avoz dorth… que el abismo y la tierra respiren al unísono.

El salmo se extendió por la cámara con una cadencia grave. Cada nueva gota de sangre avivó las runas grabadas alrededor del Zafiro.

El Zafiro respondió.

Una luz azul prendió en el centro de la gema y se extendió hacia los bordes. Las runas comenzaron a girar sobre su superficie, acompañadas por una vibración profunda que recorrió el pedestal y descendió bajo las losas.

Periandro observó la sombra desplegada frente al Zafiro. Mantuvo la varita en alto, aunque contuvo el conjuro.

Un resplandor escarlata brotó de las grietas del suelo y envolvió a Amunet. Su cabello casi blanco se agitó bajo una corriente que nacía del propio Zafiro. El báculo se elevó entre sus manos y la emperatriz comenzó a separarse lentamente de la piedra.

La energía del Inframundo se adhirió a su cuerpo y palpitó al ritmo de la gema. Sus ojos adquirieron un fulgor rojo mientras el báculo se erguía hacia la bóveda, canalizando la oscuridad que atravesaba el Zafiro.

Amunet elevó el báculo hacia la bóveda.

—¡Ejércitos de la Oscuridad… a mí! —Su voz resonó por toda la cámara.

La llamada se propagó a través del Zafiro Vincular. Por toda la Torre Arkhana, los portales abiertos mediante su poder se ensancharon. Los sellos de contención comenzaron a quebrarse y las defensas que aún resistían perdieron estabilidad.

La conexión con el Inframundo había quedado completamente abierta.

Las criaturas comenzaron a cruzar.

Esta vez no llegaron sombras aisladas, sino legiones. Los portales vomitaron una marea de cuerpos que se extendió por los corredores, las galerías y las cámaras de la Torre. Por cada demonio que había logrado atravesar antes las defensas, ahora surgían decenas.

Las antorchas ardieron con llamas negras. Las sombras se desprendieron de los muros y reptaron por las columnas y los arcos mientras nuevas criaturas emergían de cada umbral abierto.

Algunos demonios carecían de rostro. Otros avanzaban sobre extremidades demasiado largas o arrastraban cuerpos cubiertos de símbolos incandescentes. Unos reptaban por la piedra; otros se desplazaban sin tocarla. Sus chasquidos y lamentos se mezclaron con el zumbido del Zafiro, que continuaba llamándolos.

Los primeros gritos recorrieron la Torre desde las almenas hasta las cámaras subterráneas. Eran órdenes, advertencias y llamadas de auxilio que anunciaban el avance de las legiones.

La irrupción de las legiones quebró las defensas que aún permanecían en pie. Magos veteranos cayeron con las varitas alzadas, alcanzados por garras de sombra y nieblas que se cerraban sobre sus cuerpos. Los alquimistas apenas tuvieron tiempo de recurrir a sus frascos antes de que las criaturas los rodearan. Duendes, faunos y guardabosques combatieron entre los escombros, superados por enemigos que continuaban atravesando los portales.

Aquello había dejado de ser un asalto. La Torre se enfrentaba a una aniquilación.

En el centro de la cámara, el Zafiro vibró de nuevo. Varias figuras emergieron de las sombras que cubrían el suelo, envueltas en oscuridad y brasas apagadas.

La temperatura descendió de golpe. Un temblor recorrió los cimientos de la Torre mientras las criaturas se desplegaban alrededor del estrado.

Una de ellas descendió por la columna más próxima a Cristóforo. El capitán la vio reunirse a sus pies y disparó antes de que terminara de adquirir forma.

La detonación llenó la cámara de pólvora. La criatura salió despedida contra el muro y se deshizo entre los cascotes.

—Ya han llegado —anunció Cristóforo mientras recargaba.

Drawets observó las formas que empezaban a surgir detrás del estrado.

—Gracias, capitán. Habíamos confundido las garras con parte de la decoración.

Amunet alzó el báculo. La oscuridad se concentró en su extremo mientras sus ojos buscaban entre los defensores hasta detenerse en Drawets.

—Empezaremos por ti, pícaro inoportuno —decidió la emperatriz—. Luxanna, Señora de la Privación, oscura luz de los sentidos… Arrebátale cuanto le permite reconocer el mundo.

Una descarga negra brotó del báculo y atravesó el pecho de Drawets.

El pícaro perdió la vista. Un instante después desaparecieron también los sonidos de la cámara y la sensación del suelo bajo sus botas. Su propia respiración llegaba desde algún lugar que no lograba reconocer.

Drawets apretó el puñal de la Calavera y lanzó un corte hacia el último punto donde había visto a Amunet. La hoja solo encontró aire.

Los demonios se acercaron al advertir su desorientación. Una criatura de piel correosa, cubierta de espinas y lenguas que se agitaban entre sus mandíbulas, se abalanzó sobre él.

Las garras le abrieron el costado. Drawets sintió el dolor y el calor de la sangre, pero no escuchó el grito que escapó de su garganta.

Giró a ciegas y blandió el puñal para mantener alejadas a las criaturas, incapaz de distinguir cuántas lo rodeaban o desde dónde atacarían.

Cristóforo no esperó a que Amunet eligiera otra víctima.

Atravesó el espacio que lo separaba de Érebos con la espada en alto y disparó el trabuco antes de detener la carrera.

—Os devolveré lo que no pude en el Palacio de Ámbar.

El estampido sacudió la cámara. Barastyr extendió una mano y levantó ante Érebos una lámina de oscuridad. Los proyectiles quedaron suspendidos durante un instante antes de caer sobre las losas, todavía humeantes.

El consejero unió las manos y recitó:

—Cor vinculi, tenebrae adesto.

La sombra proyectada bajo Cristóforo se cerró alrededor de su tobillo y tiró de él con violencia.

—Parece que no aprendiste nada en nuestro último encuentro… y vuelves a cometer los mismos errores —murmuró Érebos.

Cristóforo cayó sobre una rodilla, pero mantuvo la espada entre ambos. De una grieta cercana surgió una criatura sin ojos, provista de una mandíbula vertical y dedos largos que se cerraron alrededor de su rostro. El pirata volvió la cabeza y golpeó la muñeca del demonio con la empuñadura mientras trataba de liberar el tobillo.

—¡Atrás, hijo del Averno! —tronó la voz de Carmélida.

Carmélida lanzó una botella de vidrio oscuro contra Érebos. El recipiente estalló a sus pies y liberó una llamarada púrpura que se prendió en el aura del mago. Las siluetas que la componían comenzaron a chillar y lo obligaron a retroceder.

La alquimista ya estaba vertiendo un polvo dorado en otro frasco. Lo agitó una vez y arrojó el contenido hacia Cristóforo.

—¡Por el Titán! ¡Quémate, garra del Inframundo!

El líquido se inflamó alrededor del pirata sin alcanzarle la piel. La criatura apartó las manos de su rostro y la garra que retenía su tobillo comenzó a deshacerse bajo las llamas.

Cristóforo recuperó el equilibrio, afirmó la espada y volvió a colocarse frente a Érebos. La sangre le corría por los arañazos del brazo derecho.

Carmélida ya sostenía otro frasco entre los dedos.

—La próxima vez intenta no caer delante de sus mandíbulas —le indicó la alquimista.

El pirata comprobó la carga del trabuco sin apartar la mirada de Érebos.

—La próxima vez procura lanzarlo un poco antes.

En el centro de la cámara, Periandro alzó la varita con ambas manos. Una luz blanca se concentró en la punta.

—Arcum lucis, solve vincula Minerva!

El rayo alcanzó las cadenas que sujetaban a Minerva. Los eslabones vibraron y crepitaron bajo la descarga, pero permanecieron cerrados alrededor de sus brazos. La oscuridad que los cubría absorbió los últimos restos del conjuro.

Desde el estrado, Amunet sonrió con fingida compasión.

—¿Eso es todo lo que tienes, joven mago erudito?

La emperatriz volvió a levantar el báculo.

—Nexara. Reina del eco interno. Señora de la intromisión… doblega su mente.

Un resplandor carmesí alcanzó a Periandro. El mago se estremeció.

Las cadenas desaparecieron ante sus ojos. Minerva se alzó frente a él, erguida y sin rastro de las heridas. Su mirada conservaba la severidad que tantas veces lo había obligado a corregir un encantamiento o regresar a los libros, pero en ella faltaba cualquier señal de afecto.

—Jamás tuviste el coraje ni la inteligencia para llamarte erudito. No eres más que un aprendiz de mago mediocre… y la vergüenza de los Sibyla.

La varita de Periandro vaciló. A su alrededor, varios demonios aprovecharon el desconcierto para acercarse. Uno de ellos se abalanzó sobre su pierna mientras otro trataba de alcanzarlo por el costado.

Periandro los rechazó con dos conjuros consecutivos, pero las descargas apenas consiguieron apartarlos. Frente a él, la falsa Minerva continuaba observándolo.

—¡No la mires! ¡No es real! —gritó Carmélida, que apareció a su lado.

—Siempre has necesitado que otros reparen tus errores —continuó la falsa Minerva—. Primero yo. Después tus hermanas. Incluso aquella niña a la que entregaste para sostener un plan que nunca fuiste capaz de controlar.

Periandro volvió la mirada hacia ella.

—Lo hice para protegerla.

—Eso es lo que te dices cuando necesitas dormir.

Un demonio lo embistió por la espalda. Periandro levantó una barrera, pero el impacto le hizo caer sobre una rodilla. La luz del escudo se resquebrajó mientras otras figuras se acercaban entre el humo.

Carmélida sujetó a su hermano por detrás y acercó a su rostro un frasco de vidrio rojo, marcado con un símbolo arcano.

—Vitri locus, mentem libera, vera lux manifesta sit!

La imagen de Minerva se resquebrajó y estalló en fragmentos de sombra. La onda liberada arrojó a los dos hermanos contra una columna.

Periandro cayó de espaldas, con sangre en la boca. Carmélida logró mantenerse en pie apoyando una mano contra la piedra, sin apartar la mirada de Amunet.

Al otro lado de la cámara, Drawets continuaba defendiéndose a ciegas, cubierto de cortes. Cristóforo hundió la espada en el cuerpo de un demonio y tuvo que apoyarse sobre la empuñadura para no perder el equilibrio.

Sobre el estrado, Kávila volvió el rostro hacia su sobrino sin retirar las manos de la corriente de energía que envolvía el Zafiro.

—Ve, sobrino. Si te apetece divertirte un rato matando héroes, no seré yo quien te lo impida. Yo me quedo aquí, haciendo lo importante. Al fin y al cabo, alguien tiene que mantener el Zafiro conectado… y nadie resulta más adecuada que la tía del futuro patriarca.

Sus dedos se cerraron sobre la gema.

—Por mis venas también corre la sangre del Clan del Cuervo, aunque algunos prefieran olvidarlo.

Arnaldo respondió con una sonrisa y retiró la daga del cuello de Minerva.

Se internó entre los demonios y apareció junto a Drawets antes de que el pícaro pudiera percibir su llegada. La daga se hundió en su costado y emitió un resplandor azul al atravesar la carne.

—Demasiado fácil —murmuró Arnaldo.

Drawets permaneció en pie.

La sangre brotó entre los dedos con los que Drawets se cubría el costado. Sin embargo, los bordes de la herida comenzaron a cerrarse alrededor del corte, despacio y con una punzada que le atravesó las entrañas.

La daga de Arnaldo había tratado de arrancarle el alma, pero el pícaro carecía de una desde hacía tanto tiempo que apenas recordaba cuándo se la había entregado al Titán. 

—¿Tu daga absorbe almas, eh? Qué faena… —gruñó el pícaro al alzarse, mientras volvía a erguirse, con una mano sobre el costado—. Yo ya no tengo una. Solo me queda este cuerpo… tallado para el deseo a gusto del Titán. Y ni eso vas a poder quedarte. Una lástima, porque tú tampoco estás mal. Hoy no es tu día, zíngaro.

Arnaldo retrocedió un paso y observó cómo la piel terminaba de recomponerse bajo la ropa ensangrentada. La sonrisa desapareció de sus labios mientras calculaba lo que aquel descubrimiento cambiaba.

La daga zíngara trazó un arco hacia el cuello del inmortal. Drawets se apartó a pesar del dolor y levantó el puñal para interceptarla.

La calavera de la empuñadura quedó a un palmo del rostro de Arnaldo. Una chispa mágica saltó entre ambas hojas mientras forcejeaban.

—¿Quién te enseñó a pelear? ¿Tu madre? —se burló Drawets, y le asestó un cabezazo.

Arnaldo perdió el equilibrio. Drawets aprovechó la apertura y le abrió la mejilla con la punta del puñal. El zíngaro se limpió la sangre con un pliegue del turbante y contempló la mancha roja antes de volver a mirarlo.

—No solo mi madre —respondió—. Tengo un linaje entero corriendo por mis venas.

Arnaldo se internó en una sombra y reapareció a la espalda del pícaro con la daga levantada.

Drawets todavía no había recuperado los sentidos, pero la Calavera vibró entre sus dedos. Giró y detuvo la hoja antes de que alcanzara su cuello. El choque de las armas resonó en la cámara.

Arnaldo volvió a atacar. Drawets recibió la embestida y ambos desaparecieron entre las criaturas que combatían alrededor del Zafiro.

En lo alto del estrado, Kávila abrió los ojos. Había seguido cada movimiento del combate mientras mantenía una mano sobre el Zafiro Vincular.

La piedra continuaba latiendo bajo su palma, conectada al Inframundo y entregada ya a la llamada de Amunet. Kávila no necesitaba seguir alimentándola.

Una sonrisa apareció en sus labios. Por fin podía abandonar el estrado y participar en el combate.

La oscuridad que había recibido en el molino, cuando aceptó el pacto de la emperatriz para proteger a su hija, despertó dentro de ella. Su poder se extendió desde el pecho hasta los brazos y cubrió de negro las venas de sus manos.

Kávila retiró la mano del Zafiro y levantó la mirada.

—Ya era hora. Me toca jugar a mí.

Alzó una mano y trazó en el aire un movimiento circular que conocía desde la infancia. Sus dedos completaron el gesto zíngaro mientras la oscuridad comenzaba a reunirse alrededor del estrado.

—Ahora veréis lo que significa llevar en las venas la sangre del Clan del Cuervo.

—Dromáli i’zar thému norak… aul vashem varkant!