Personajes que aparecen en este Relato

SANGRE REAL I
Las ramas de los árboles eran mecidas suavemente por el viento mientras susurraban leyendas olvidadas. La Arboleda de Catch-Unsum era un lugar que había presenciado muchas historias: grandes guerras, épicas batallas, estrepitosas derrotas… El sol se filtraba a través de las hojas, creando patrones de luz y sombra que bailaban sobre el suelo cubierto de suave hierba. No había flores de colores vibrantes ni criaturas mágicas revoloteando como en los grandes bosques del mundo faérico; la arboleda se mantenía en su esencia más pura, un testimonio de la naturaleza ancestral de las primeras creaciones del Titán en su estado más prístino.
A lo largo de este paisaje tranquilo, se habían erigido estructuras temporales para el torneo: gradas de madera para los espectadores y un palco central para acoger a las autoridades —los tres infantes, Periandro y otros cortesanos de alto nivel— ofreciendo una vista clara del área central del claro donde se llevaría a cabo la última de las competencias: la gran final. Aunque estas construcciones eran simples, estaban dispuestas de tal manera que complementaban la belleza natural de la arboleda sin opacarla. Aparentemente era otro claro más del bosque pero, en realidad, era mucho más que eso
Édera, Dama Esmeralda y señora de los faunos del Reino Faérico, y Quercus, poderoso guerrero y general de la Guardia del Bosque, penetraron en el gran claro con paso vacilante, sus ojos llenos de curiosidad y estupor ante la sencillez y la paz que el lugar emanaba. Miraban a su alrededor, impresionados por cómo un lugar tan simple podía ser el elegido para la celebración de un evento de tal magnitud, recordándoles que la verdadera belleza a menudo reside en la más humilde de las simplicidades. Al fondo, sobre un tocón, había un curioso recipiente que emanaba un brillo sutil.
—¡Detente Quercus! Hemos llegado —sentenció la Dama Esmeralda mientras se agachaba a acariciar la hierba.
Tenía una conexión especial con las plantas y la magia, por lo que aquellas briznas le transmitieron que no se equivocaba. Las plantas solían escuchar su canto pero ella también era capaz de escuchar el suyo.
—Mi señora —dijo Quercus con respeto—, a mí todos los bosques de este mundo me parecen meros jardines para enanos comparados con la grandeza del Bosque Mágico o la frondosidad de la Jungla Esmeralda. Y este claro se me hace igual a los demás en los que hemos competido. Con el debido respeto, mi dama, ¿estáis segura de que este es el lugar?
—Estoy segura —sentenció ella mientras observaba el sitio con curiosidad—. Este claro rebosa poder mágico, esta extraña parte de la arboleda parece un sitio de gran importancia ritual. Además, concuerda con las descripciones que la pequeña Lien hizo de él. Un enorme claro, una antigua fuerza en las plantas, calamburianos mirando desde extrañas estructuras de madera, un tocón… y ese recipiente que ves allí no debe de ser otro que la mismísima Esencia de la Divinidad.
Su razonamiento fue interrumpido por la aparición de las tres ancianas faéricas que estaban llegando al claro en ese mismo instante pues, como participantes por derecho propio en el torneo, también habían sido convocadas para asistir a presenciar la gran final: Melusina el hada y Tyria, la fauna y madre de Édera. Solo faltaba Kyara, la antigua Dama Blanca, que había abandonado a sus compañeras al percibir la aparición de ciertas grietas en las inmediaciones de la arboleda que emanaban una energía sospechosamante extraña.
—Ya hemos llegado, Melusina —dijo Tyria, la antigua Dama Esmeralda que aunque medio ciega, avanzaba con paso vivaz casi arrastrando a su compañera—. Vamos corre, eres más lenta que una ondina fuera del agua. ¡Tenemos que coger el mejor sitio!
—Odio caminar, si no tuviera esta dichosa artritis en las alas… —se excusó la antigua Dama Irisada—. ¡Con lo que yo he sido!
—Mira Quercus —lanzó Édera al verlas no sin cierto desdén—, parece que esto se está llenando de viejas glorias.
Tyria reconoció la voz inconfundible de su única hija y adoptó un gesto altivo. No era capaz de perdonarle que, años atrás, hubiera aprovechado su ceguera para apartarla y hacerse con el poder entre los faunos.
—Hija… —saludó con tono gélido.
—Madre… —respondió la Dama Esmeralda con el mismo tono.
En el aire flotaba una tensión silenciosa, casi palpable, entre la hija y su anciana madre ciega. A pesar de la ausencia de palabras, las emociones crudas vibraban intensamente entre ellas, como una melodía no pronunciada que sólo las dos afectadas podían sentir.
—Venerables Ancianas Faéricas… —saludó Quercus haciendo una reverencia—. Entiendo que venís a contemplar la final y supongo que vuestra sabiduría os ha arrastrado hasta este lugar.
—Así es, general. Y parece que no hemos sido los únicos… —anunció Tyara que a pesar de su invidencia era sensible, por su ancestral conexión con el suelo, a la más leve de las pisadas. Alguien se acerca.
Se trataba de tres enanos rudos, barbudos y vestidos con pieles, también provenientes del Mundo Faérico. No eran otros que Otalan, Señor de los túneles y esposo de la Dama de Acero, y sus hijos Isaz y Dagaz, valientes guerreros y hábiles herreros de la Forja Arcana.
—¡Mira hermano, qué lugar más extraño! —dijo Isaz, el hermano pequeño con asombro—. Es como una enorme galería, pero las columnas son de madera y se ramifican en lo alto sosteniendo esa lejana bóveda celeste.
—No seas zoquete, ¡sigue siendo la arboleda! —le reprendió Dagaz atizándole en la dura cabezota—. Hemos competido en ella durante semanas.
—¡Que no me llames zoquete, maldito topo arcano cuatro-ojos! —dijo revolviéndose ante el pescozón de su hermano y tratando de atizarle en la cara con la mano abierta.
—¡No os peleéis! —les trató de tranquilizar su padre—. Vuestra madre me ha dejado a vuestro cuidado y no quiero ni pensar en cómo se va a poner si alguno vuelve desmembrado. Además… ¡Mirad, son las venerables Ancianas Faéricas! —ambos dejaron de pelear—. Portaos bien ante ellas y hacedles una reverencia como os he enseñado.
—Reverendas señoras… —dijo Dagaz con respeto.
—Reverendísimas Señoras… —le imitó Isaz tratando de mostrar aún más respeto que su hermano.
Las formalidades fueron interrumpidas por un sonido de cascos, un relincho y un destello cegador. Los elegantes unicornios entraron en el claro y se humanizaron ante los ojos de los presentes.
Quercus chasqueó la lengua contrariado. No soportaba la grandilocuencia de aquellos seres cuadrúpedos ni su forma constante de exudar desprecio por todo el resto de seres fáericos.
—Vaya, parece que alguien se ha dejado abierto el establo y las yeguas se han escapado… —murmuró con toda la ironía de la que fue capaz.
Un elegante Karkaddan le miró largamente con todo su desprecio mientras se echaba un mechón de pelo hacia atrás.
—Soy el doble de hombre que tú con solo la mitad de cuernos… —espetó el unicornio con malicia.
Ante la risa cómplice del matrimonio de unicornios, el fauno se puso a contar utilizando sus dedos ásperos de guerrero como si tratara de entender el sentido oculto tras aquella chanza. Nunca había sido bueno en matemáticas.
Kárida, al terminar de reírse, se percató de la presencia de la señora de los faunos con la que mantenía una tensa relación. Se adelantó con su sinuoso caminar y se encaró a la Dama Esmeralda.
—Todo esto es cosa tuya, ¿verdad Édera? No soportas ver cómo la verdadera elegancia y el savoir faire del linaje añil triunfa de nuevo, y nos has arrastrado a este antro con tu fiasco de ilusionismo naturópata. Este no es el claro donde Karkaddan y yo jugaremos la Gran Final —añadió haciéndose la incrédula—. Dime que no lo es, por favor. Es mediocre. ¡Confiesa! Lo has creado cantándole a tus plantitas, ¿no? ¡Hasta dónde llega la envidia! Siempre supe que estabas como una cabra.
—Dí que sí, querida —apuntaló Karkaddan mirando de reojo al fauno con aire divertido—. El doble de cuernos, el doble de envidia.
Quercus siguió contando con los dedos y sacando la lengua fruto del esfuerzo. Édera respondió a la unicornia con fingido desdén, aunque en realidad le dieran ganas de estampar su báculo en aquella cara de princesita relamida.
—No es cosa mía, querida —anunció la fauna con tono condescendiente, pues a fin de mantener su clase, había decidido tratar siempre así a su histriónica interlocutora—, me temo que este es el sitio. Aquí se celebran las finales del torneo. Pero si no te gusta, supongo que siempre puedes abandonar e irte trotando por donde has venido —le sugirió con desdén encogiéndose de hombros.
Kárida arrugó la nariz y miró en derredor, como un depredador en busca de una nueva presa.
—Y vosotras, venerables ancianas —dijo dirigiéndose a Tyria y Melusina—. ¿Qué habéis hecho con mi reverenda y retirada madre? ¿No estaba con vosotras? Os tengo dicho que no la dejéis sola —añadió en tono de regañina—, está medio sorda y no se vale por sí misma.
—Se ha quedado en la retaguardia investigando lo de las grietas. Ha ido a investigar cierto temblor de tierra —explicó la anciana fauna no sin cierta preocupación—. Parece que no muy lejos de aquí se está abriendo la tierra y emanando cierta energía algo extraña que no hemos logrado identificar. Nos hemos ofrecido a quedarnos con ella, pero ya sabes cómo és…
—Sí sí, ya. Que no va a venir a verme ganar el gran combate final, ¿no? —había un claro reproche en su tono de voz que no alcanzaba a ocultar—. Lo de siempre, otra crisis que atender en el mejor momento. ¡Siempre tan oportuna!
Se cruzó de brazos mientras lanzaba un resoplido que no pudo sino recordar al de un caballo.
—Si la finalista hubiera sido Karianna —lanzó su marido Karkaddan con malicia—, ya verías la prisa con la que vendría a coger sitio.
—Tú a callar, no hagas leña del árbol caído —le reprendió su esposa—. Y prométeme que vamos a ganar este maldito torneo y voy a poder recordarle a mi anciana madre que esta vez tampoco estuvo aquí.
—Pero Dama Añil, lo que nos preocupa de verdad es si estos temblores son solo una extraña coincidencia o… —expuso Melusina con el gesto sombrío—. La antesala de un nuevo desastre. ¿Y si un nuevo cataclismo azota ahora a los dos mundos? Hace años, algunos nos refugiamos aquí en Calamburia con el beneplácito de la corona, ¿y si ahora no hay lugar en el que refugiarse?
El viento se agitó repentinamente creando una corriente cálida y reconfortante, las hojas de los árboles se agitaron dando la bienvenida a dos seres semi-divinos que, provenientes del mismo cielo, se posaron con suavidad en la hierba del claro. Sus ropajes blancos y gaseosos, así como sus maravillosos tocados, no podían sino sobrecoger a cualquier mortal, fuera este calamburiano o faérico.
—Creedme si os digo que es la antesala de algo muy malo —sentenció el rey Eolo, que había escuchado toda la conversación en la distancia con su agudo oído de ser del aire— y que no es la primera vez que sucede. Mi sensibilidad de aiseo me hace estar seguro de eso.
—Mira padre, ¡qué seres más divertidos! —dijo con ilusión infantil Céfiro, su hijo y príncipe de su longeva raza—. En este torneo estoy conociendo un montón de bestias rarísimas ¿Puedo quedarme con una?
—No puedes, hijo, y deja hablar a los mayores —le regañó con comedimiento y se dirigió a los presentes—. Seres faéricos, estáis en el legendario Claro Central de la Arboleda de Catch-Unsum, el lugar sagrado donde se celebran las finales de los torneos de improvisación en honor del Todopoderoso Titán.
—¡La final del torneo! Me encanta poder asistir a una final ¡Como lo hicieron mamá… y el abuelo… y la tita! —dijo entusiasmado el niño mientras recordaba las historias que le contaba su tía Brisa para dormir.
—Aún no sé bien qué es eso de la Esencia de la Divinidad por la que estamos luchando —observó Dagaz encogiéndose de hombros.
—Suena a metal precioso, ¿se puede forjar? —añadió su hermano Isaz con avidez en la mirada.
Eolo sonrió con superioridad ante el profundo desconocimiento que mostraban aquellos seres inferiores. Pero tomó aire y trató de ser amable con ellos, al fin y al cabo, un ser del aire y, en especial un rey, debía ser magnánimo y bondadoso con todas las formas de vida, incluso con las claramente inferiores.
—La Esencia de la Divinidad es una recompensa capaz de hacer realidad los deseos de los héroes que la consigan —expuso didáctico el rey de los seres del aire—. He de decir que mi noble raza la ha obtenido en varias ocasiones, pero hace años que ningún aiseo había decidido participar en el torneo. Quien obtiene la esencia puede hacer realidad cualquier deseo.
—¿Has oído Quercus? —dijo Édera, la Dama Esmeralda, en voz baja a su fiel general— ¡Esa esencia debería haber sido nuestra, y así los faunos habríamos alcanzado, al fin, el lugar que por derecho nos corresponde!
—Nada de eso, querida —espetó Kárida que siempre estaba atenta a las conversaciones ajenas—. Ni siquiera habéis llegado a la final. Nosotros sin embargo sí, por eso aplastaremos a esos humanos de pacotilla, obtendremos la Esencia de la Divinidad y… ¡los unicornios gobernarán sobre todas las razas!
—¡Pero los unicornios ya gobernáis! —objetó el fauno algo confuso—. Sin ir más lejos, vuestra hermana pequeña es Dama Blanca. De hecho, ¡habéis gobernado siempre! —añadió como si se percatara del hecho por primera vez.
—Pero no la querría para que gobernaran los unicornios. ¡La querría para gobernar yo! —dijo la Dama Añil en un arrebato de sinceridad. La emoción de la final del torneo y lo cerca que estaba de su objetivo la hacía todavía más deslenguada—. Quiero decir, nosotros —corrigió rápidamente ante una mirada suspicaz de su marido.
—Vamos, vamos —les conminó Eolo tratando de recuperar la solemnidad que el acto que iba a comenzar requería—. Este no es el comportamiento adecuado para la Gran Final. Mirad, por allí llegan los calamburianos elegidos para el torneo.
—Y les acompañan la pareja de impromagos, ¡los otros finalistas! —dijo Céfiro con todo su entusiasmo juvenil—. Va ser un combate épico, padre. ¡Magia faérica contra magia arcana! Qué pena que madre y la tía no estén aquí para verlo… —se lamentó acto seguido el joven.
Karkaddan pateó levemente el suelo de hierba con gesto de superioridad al ver llegar a sus jóvenes rivales.
—Esos niños de pecho no nos van a durar ni un asalto —se pavoneó el unicornio.
—No te confíes, cariño —dijo Kárida levantando el dedo para poner énfasis a sus palabras—. Tengo que ganar este torneo, procura no fallarme.
El unicornio tragó saliva al sentir el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.De pronto, los tres hijos de la Reina Melindres, en nombre de la corona, se sentaron en el palco de honor custodiados por Periandro,el mago-erudito que acudía como emisario de la Torre Arcana. Junto a ellos, en representación de Isla Kalzaria, se encontraban el Capitán Cristóforo, la princesa Elora y sus dos padres.
Mientras el resto de participantes tomaban asiento para contemplar la ansiada final, Kárida y Karkaddan avanzaron hacia el centro de la arboleda, donde el pícaro Drawets ya estaba recibiendo a los impromagos. Un poco más allá, sobre el viejo tocón, la unicornio pudo ver la Esencia de la Divinidad. Su última esperanza de hacerse con el Poder Supremo en el Mundo Fáerico, el título de Dama Blanca para el que, desde niña, sabía que había sido destinada.

