155 – SUEÑOS Y PESADILLAS

Durante la celebración del torneo, el claro central de la Arboleda de Catch-Unsum era considerado un lugar sagrado. Nadie —excepto los elegidos por el Titán— podía traspasar su umbral. Sin embargo, y dadas las penurias que atravesaba Calamburia, aquella final del torneo había generado una considerable expectación. Por ello, calamburianos venidos de todas partes del reino habían improvisado sus propios palcos en las ramas de los viejos árboles que rodeaban el claro. Desde la distancia, habían asistido a una contienda histórica que poder contar un día a sus nietos. Ahora, tras la conclusión del V Torneo, y cada uno desde su respectiva altura, aplaudían a rabiar a los vencedores. Había mocosos de las villas colindantes, arrieros que se las habían apañado para que su ruta pasara cerca de la arboleda, campesinos, cazadores e incluso algún zíngaro que observaba desde las sombras, viendo sin ser visto; gozando en secreto del espectáculo.

Durante los vítores y aplausos, los héroes se mantenían erguidos en el centro del claro de la Arboleda de Catch-Unsum con la cabeza gacha, en señal de reconocimiento a la pareja ganadora. Pero sus rostros serios no podían ocultar una cierta decepción. Todos los elegidos —relojeros, alquimistas, custodios, faunos, tahúres, brujos y Sombra Real—, habían recorrido un largo camino para llegar hasta allí y, aun habiendo sido agraciados con la C del Titán, sabían desde el principio que solo una de las parejas conseguiría el tan ansiado premio. Y, aunque el público les considerara afortunados e incluso les admirara por su arrojo y saber hacer, en ocasiones es más duro acariciar el cielo con la punta de los dedos y luego perderlo, que vivir toda una vida sin levantar la vista del suelo.

En el centro del claro, recibiendo una calurosa ovación, se encontraban los hortelanos, Fecu y Granfel: posiblemente los dos únicos seres por lo que nadie hubiera apostado al inicio del torneo. Al recibir la C, no pocos habían achacado su selección a un error del Titán. Pero los hechos volvían a constatar la inapelable verdad, aquella que tantas veces había proclamado Inocencio I, el Supremo Benevolente, con su habitual y fervorosa contundencia: el Titán nunca se equivoca.

Los hortelanos se habían enfrentado a los mismísimos Brujos Tenebrosos, la crema y nata de Cuna de Oscuridad, y habían vencido. Nadie sabía a ciencia cierta cómo, pero había quedado claro que el tándem que formaban los descontrolados poderes de Granfel y el pensamiento estratégico-crítico de Fecu era imbatible. Ni siquiera los brebajes de Tesejo, las abominables mascotas de Ménkara o los más retorcidos ardides de la magia oscura de Caila habían logrado parar a los humildes pero perseverantes hortelanos.

Muchos hortelanos, incluso a riesgo de ser azotados, habían abandonado su trabajo en los campos para asistir a la gran final. Ahora, encaramados a las ramas de los árboles desde donde habían podido ver la final, eran los que vitoreaban a los vencedores con más ganas. Quizás entendieran que ese triunfo podía suponer, en realidad, el inicio de una nueva era para los suyos; o, probablemente, solo hacían ruido por ese absurdo sentimiento gregario que caracterizaba a los de su raza.

En cualquier caso, si bien todos los participantes parecían algo decepcionados, aquellos más visiblemente hundidos y cabizbajos eran el oscuro trío de brujos, aunque quizás no sufrieran por lo mismo ni de la misma manera. Ménkara sentía como propias las heridas que su tarántula había recibido en combate; a Tesejo, lo que más le dolía era el espantoso ridículo que había echo frente a Aurora, la hermosa aprendiz del alquimista; sin embargo a Caila, como buena líder, le preocupaban asuntos más importantes. En primer lugar, la lacerante frustración de haber fracasado en su empeño personal, el de limpiar el malogrado nombre de su estirpe. En segundo lugar, el miedo cerval de regresar con las manos vacías a Cuna de Oscuridad. ¿Qué castigo les esperaría tras tamaña derrota? Cada vez que lo pensaba se le helaba la sangre. Aurobinda y los Consejeros eran estrictos e implacables con el error ajeno. Pero lo que más le asustaba era enfrentarse a la despiadada mirada de la Reina Dorna, la Consorte de la Oscuridad. Temía más a su hiriente y descorazonado silencio que a todas las torturas posibles. Apretó el puño con fuerza, rabia y miedo. ¿Cómo habían podido ser derrotados después de haber llegado tan lejos? Definitivamente, aquel no había sido un buen día para los Brujos Tenebrosos.

Fecu y Granfel, sin embargo, estaban radiantes de júbilo. Se hallaban frente al gran tocón del Primer Árbol con el ansia del niño que aguarda una galleta en espera de que el Titán cumpliera su promesa. Y así fue. Sobre los anillos del cercenado árbol milenario se materializó la botella. Aquel envase contenía el más preciado líquido que cualquier mortal pudiera soñar con hacer pasar por su gaznate: la mismísima Esencia del Titán. De ella se decía que quien la bebiera podría hacer realidad su más profundo deseo. Otros héroes lo habían logrado en el pasado, pero nunca una pareja de una raza tan claramente inferior. ¿En qué extravagante petición derrocharían esos dos pobres hortelanos el precioso don del Todopoderosos Titán?

Granfel Puerroloco, hecho un manojo de nervios, tomó la colorida botella y la alzó con sus grandes brazos.

—Queremoz… Nozotroz queremoz… —titubeó nervioso el hombretón con su lengua de trapo—. Lo que en verdad dezeamos máz que ninguna otra cosa ez…

Con un gesto de cariño y la resignada paciencia de una institutriz de hijos de nobles con poca sesera, Fecu tomo la botella en sus manos y sonrió a su compañero. Granfel le cedió el recipiente de buen grado, casi con alivio: las palabras no eran lo suyo. Entonces Fecu Brenn tomo aire y habló, con voz profunda y firme, con la voz de un general que arenga a las masas antes de la batalla.

—¡Tras siglos de opresión y soportar estoicamente el yugo de los nobles y la Corona, los hortelanos y hortelanas de Calamburia pueden por fin respirar tranquilos!

Algún que otro orondo terrateniente, desde las ramas más bajas de los árboles, sintió que su estómago se encogía. Sus compatriotas hortelanos, en cambio, aullaban emocionados, ¿sería aquel el día en que cambiaría todo?

—¡Nuestras ansias de libertad van a ser por fin colmadas! Hoy, gracias a vuestra perseverancia y a vuestra inquebrantable fuerza de voluntad, surgirá de la tierra misma un nuevo amanecer en que cada patata será dueña del suelo que la vio crecer —miró en derredor regocijándose con cada una de las caras de dicha de su gente.

Tras una breve pausa dramática, Fecu comenzó a proferir con solemnidad:

—¡Lo que deseamos, oh poderoso Titán, es la libertad para todos y cada uno de los hortelanos, un pueblo injustamente oprimido durante generaciones! ¡Sea, pues, este que hoy concluye, el último día de esta era oscura!

Fecu alzó la botella de Esencia como si fuera a beberla, pero un repentino relámpago la detuvo. Su cuerpo y el de Granfel se habían quedado petrificados y por más que lo intentaban, no podían moverse.

—¡Imbéciles, esta era oscura no ha hecho más que empezar! —profirió una poderosa voz que, mágicamente, parecía provenir a la vez de todos los rincones de la arboleda.

Muchos de los presentes se sobresaltaron y giraron su cabeza a un lado y otro buscando de dónde provenía aquel timbre desconocido que rebosaba tanto odio y maldad.

Granfel, sin embargo, reconoció aquella voz. O, al menos, sintió que le recordaba mucho a una que conocía. Se trataba de la que tantas veces le había arrullado por las noches cuando él era solo un tierno tubérculo que dormitaba en las entrañas de la tierra. No había duda: era la misma, aunque estaba claro que algo la había cambiado en ella. Antes era tierna y bondadosa; ahora sonaba dura, lacerante, cargada de puro resentimiento. Era la voz de Eme, cuya magia, un día, le había dado la vida. Ahora, el alma pura y cándida del impromago había sido corrompida por el poder de la Oscuridad.

De repente, el claro del bosque se oscureció mientras el cielo se cubría de nubes de tormenta. Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los presentes. La súbita aparición de Eme en el claro del bosque y la malignidad de su expresión fue capaz de sobrecoger a los mismísimos zíngaros que habían contemplado los combates desde las sombras. Hasta los Brujos Oscuros se estremecieron y tan solo los dos miembros de la Sombra Real sonrieron con cierta satisfacción, como si aquello fuera un plan del que estuvieran al corriente desde el principio.

El poderoso hechicero con una sonrisa sádica en el rostro avanzó hacia el tocón del Primer Árbol mientras su capa negra ondeaba al viento de la tormenta que, de repente, había oscurecido un soleado y glorioso día.

Pero los elegidos por el Titán, haciendo honor al valor que se les suponía, no se amedrentaron ante la oscura presencia de Eme. Kesia y Kaju, dando un paso al frente, fueron los primeros en enfrentarse al intruso que había profanado el claro de la Arboleda de Catch-Unsum.

—¡No deberías estar aquí! ¡Los Custodios del Templo no permitiremos que traigas la oscuridad a este lugar sagrado! —profirió Keisa con la abnegada decisión de alguien dispuesto a entregar su vida.

—¡Soy un elegido de la luz, y estoy dispuesto a detenerte cueste lo que cueste! —rugió Kaju dejándose llevar por una furia inusitada.

—¿Paladín? No me hagas reír. Aún te falta mucho para aprender a dominar ese poder tuyo… —respondió Eme con cierta sorna—. ¡Apartaos de mi camino, insectos!

Con un simple gesto de su mano, les lanzó por los aires como si se tratara de dos simples muñecas de trapo. Los faunos, sin dudarlo un instante, cargaron instintivamente contra el mago oscuro mientras proferían su grito de guerra, pero este no se molestó en prestarles atención. Los pobres seres faéricos se estrellaron contra una suerte de muro invisible que le envolvía y quedaron en el suelo tocándose sus doloridas cabecitas astadas. ¿De dónde había obtenido el antiguo impromago tanto poder?

Los Alquimistas no habían estado ociosos. Mientras sus compañeros se sacrificaban en tratar infructuosamente de detener el avance de Eme, Aurora y Callum habían estado mezclando los componentes secretos de una fórmula arcana secreta en la que habían estado trabajando. La aprendiz sujetaba un recipiente de vidrio mientras su maestro añadía el último ingrediente: la pluma brillante de un ave fénix. Casi al acto, el matraz lanzó un destello cegador. Parecía contener energía de luz en estado puro. Sin embargo, antes de lanzarlo contra él, Aurora advirtió a su adversario:

—¡Fuiste un ejemplo para todo Skuchaín! ¡No nos obligues a hacer esto!

—Eme, fuiste mi estudiante más bondadoso. Vuelve en ti, vuelve a la Torre, con nosotros y te recibiremos con las manos abiertas —le invitó Callum el Alquimista tendiéndole su mano.

—¡Vuestra alquimia de pacotilla no me detendrá! —espetó Eme—. Skuchaín no es más una mentira vieja y decadente, un viejo torreón que se viene abajo. ¡Y vosotros os derrumbáis con ella!

Chasqueó los dedos y el blanco de sus ojos se tornó negro por un instante.

Al acto, el recipiente perdió toda luz, como si la magia que albergaba hubiera sido absorbida por la más profunda oscuridad abisal. El cristal del matraz se resquebrajó y se quebró en pedazos y, mientras, eso sucedía, Aurora y Callum sintieron como su fuerza también se desvanecía, y cayeron de rodillas al suelo.

Los tahúres aprovecharon la jugada para escabullirse y refugiarse tras uno de los árboles de las inmediaciones del claro, pensando que pasando desapercibidos, al menos, lograrían sobrevivir. Había sido soldados, pero nunca habían sido héroes. Además, un buen jugador siempre sabe retirarse a tiempo de una partida cuando sabe que no puede ganar. Allí, tras el tronco que había de servirles de escondrijo, encontraron un pequeño mocoso que se resguardaba de la batalla. Él los miró confundido, como si no entendiera por qué aquellos héroes no estaban luchando contra aquella nueva y oscura amenaza. Empezó a balbucear algo, pero Duncan levantó un dedo amenazante.

—Tú a callar, mocoso.

—Eso, nosotros no estamos aquí —añadió Axel tratando de ocultarse tras el mismo tronco que sus compañeros.

Los relojeros, por su parte, amantes como eran de la paz, no atacaron al mago. Aión lo miró largamente, escuchando el latir de su corazón pudo oír el galope de su alma desbocada por el abrumador poder de la oscuridad como un caballo negro y salvaje.

—Escucho a tu corazón —le dijo con cierta lástima— y siento que estás dolido y… confundido.

—Y yo oigo tus pensamientos. Gritos desgarradores y luego el silencio. Dos metales que chocan sin cesar —añadió Kairos conmovido hasta la ternura—. Tu mente está dividida y no cesa de luchar. ¿Quién es Theodus?

—¡Ese era el antiguo Eme! —espetó el mago algo molesto al sentirse violentado por aquella intromisión en los recovecos de su alma—. Pero no lograréis nada con vuestros inútiles escrutinios. Nada podéis hacer ya. Theodus no existe, el antiguo Eme no existe. ¡Ahora solo existo yo, y soy pura Oscuridad! ¡Desapareced!

Con un gesto simple gesto, los lanzó por los aires y fueron a aterrizar cerca de los custodios que aún no se habían recobrado del poderoso ataque del hechicero.

—Bienvenido, discípulo de Aurobinda— le saludó Hisoka Ronin, de la Sombra Real, con una sinuosa reverencia y una sonrisa de satisfacción—. Ya era hora de que la Oscuridad llegase de verdad a Calamburia. Han sido décadas de espera, pero parece ha valido la pena.

Rodrigo V, a su vez, también saludó al recién llegado inclinando levemente su noble y coronada cabeza.

—Todo ha salido como estaba planeado, y eso nos complace —susurró el taimado monarca—. El antiguo y futuro rey de Calamburia nunca olvidará tus servicios. Dime Eme, ¿te gustaría ser mi Condestable? ¿Quizás el Gran Hechicero de mi corte?

—La Oscuridad tampoco olvidará que supisteis elegir el bando adecuado, pero todo a su debido tiempo —respondió Eme con suficiencia.

Fecu Breen, con su cuerpo aún petrificado y sosteniendo en sus manos la preciada Esencia del Titán logró al fin proferir un grito.

—¡No permitiré que nos devuelvas a la esclavitud! —profirió con dificultad mientras trataba de mover infructuosamente sus brazos. La magia de Eme era poderosa e implacable.

Granfel Puerroloco, también paralizado y con lágrimas de impotencia en los ojos, hizo un esfuerzo por dirigirse a su creador:

—¡Eme, tú me hicizte a tu imagen y zemejanza! ¡Zé que hay bondad en tí, tú me enzeñazte la magia y que tenía que servir para hacer cozaz buenaz… ¿Lo haz olvidado?

—Mis errores del pasado vuelven para atormentarme —respondió con desdén el mago—. ¡Tú y yo nos parecemos en nada, vulgar patata! Yo he nacido para tener poder; tú y los tuyos, para servir. Así ha sido y así será.

Entonces los Brujos Oscuros, que se habían ido acercando paulatinamente a su superior con aire contrito, osaron por fin intervenir.

—Bueno… Esto… Gracias por venir, Eme, pero la verdad es que lo teníamos todo controlado —trató de aclarar Tesejo con una amplia sonrisa de falsa suficiencia.

—¡Silencio! —la voz del mago restalló como un látigo—. Teníais una misión y habéis fracasado. Era muy sencillo, solo teníais que vencer a esos dos seres inferiores —dijo señalando con la punta de su barita a los aún paralizados hortelanos.

—Sabía que tendría que haberme quedado cuidando a mis monstruitos… —murmuró para sí Ménkara con voz lastimera.

—Vuestra derrota es la razón por la que yo he tenido que rebajarme a acudir a este lugar —añadió Eme mirando a su alrededor con desprecio—. ¡Sois la vergüenza de Cuna de Oscuridad!

—Pedimos perdón —se apresuró a respoder Kaila hincando la rodilla y agachando la cabeza. Sus compañeros la imitaron temerosos—. Somos débiles. Pero, con la ayuda de la Oscuridad y vuestra guía, nos haremos fuertes. La próxima vez, no fallaremos.

—Más os vale. Si volvéis a decepcionarme os espera el mismo destino que Sirene —anunció con una sonrisa sádica que estremeció a los tres jóvenes brujos.

Luego caminó en silencio hasta situarse en el centro del claro, y dijo, como pensando en voz alta:

—Tanto mis aliados como mis enemigos están soñando plácidamente en manos del Titán. Sin embargo, yo he logrado despertar y venir hasta aquí. ¡Y todo gracias a una de las estúpidas invenciones de los inventores! Quién iba a decir que algún día sirvieran para algo más que para sembrar el caos —sonrió satisfecho pero su gesto se trocó casi al instante por uno de hastío—. El caso es que ya me he cansado del placentero y aburrido Sueño del Titán. Ahora, voy a traerlos a todos de vuelta, pero no volverán a las monótonas vidas que dejaron. Esta vez, volverán al peor de los sueños posibles: se sumergirán ineludiblemente en la Pesadilla del Titán.

—¡No lo hagaz, Eme! —gimió Granfel—. Yo zigo creyendo en ti, aunque todoz loz demás te vean como el peor de loz villanoz.

—¡Cierra la boca, patético tubérculo! —ordenó el mago oscuro acercándose peligrosamente a los hortelanos—. Te creé en mi inocencia porque estaba solo. Y, en aquel momento, iluso de mí, creía que la soledad era una debilidad. Pero ahora que Sirene ya no está, he entendido por fin la más profunda e inmutable de las verdades: la soledad te hace más fuerte.

Con un gesto firme de su mano, arrancó la Esencia de la Divinidad de manos de Fecu que, seguía paralizada víctima del hechizo. Una vez tuvo el preciado tesoro en sus manos, profirió:

—Lo que deseo es que toda Calamburia despierte de su dulce sueño, pero solo para sumergirse de por vida en un Reino de Pesadillas. Un lugar donde todos sus temores se hagan realidad, una noche eterna donde la oscuridad y el terror campen a sus anchas y atormenten a las tiernas y débiles mentes de todos los que pueblan esta tierra.

Una vez formulado su oscuro deseo, Eme bebió la Esencia del Titán hasta apurar la última gota.

Se hizo el silencio. Todos miraban expectantes el cielo en busca de una señal y esta no tardó en llegar. Varios relámpagos rasgaron el cielo cubierto de nubes negras y los truenos posteriores actuaron como las trompetas de un heraldo de pesadillas. El Titán le había escuchado, y se disponía a cumplir su deseo.


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