131 – UNA PUERTA NECESITA UN PORTERO

Calamburia es una tierra que desde la caída del Titán bulle de magia y de una lucha constante entre distintas energías. Pero no hay lugar en todo Calamburia en la que palpita tanta magia como en el Bosque de la Desconexión. Durante siglos, el Bosque de la Desconexión durmió un sueño apacible y tranquilo, con los Elfos poco a poco convirtiéndose en árboles poderosos y altivos, meciéndose suavemente al ritmo del aire.

Más con el paso de las eras, un grupo de parias expulsados de sus propios pueblos por no respetar las normas, asentaron un precario asentamiento al refugio de los árboles milenarios. Los exiliados no encajaban con las costumbres de su gente  y se decía que trataban de contactar con la magia más oscura, aunque no eran lo suficientemente poderosos para ello.

Pero un buen día, su caudillo, el líder autoproclamado de ese grupo de patéticos exiliados, escuchó los sueños de los árboles y lo entendió todo. Aunque débiles y poco experimentados en la magia, el penoso grupo empezó a extraer magia de los árboles. Primero, simples sorbos, pequeños pellizcos de poder. Y pronto, cuando empezaron a embriagarse savia arcana, sorbieron los árboles de su alrededor convirtiéndolos en troncos retorcidos cuyas ramas se extendían huesudas hacia el firmamento en búsqueda de ayuda. Pero la ayuda nunca llegó y los antepasados de los Zíngaros crecieron y se multiplicaron mientras que el Bosque de la Desconexión se convertía en un lúgubre lugar en el que sólo por error se adentraban peregrinos y mercaderes.

En el corazón del bosque, en un claro llamado Concilio de las Máscaras, era donde se aposentaban las chozas del pueblo Zíngaro. Las pequeñas casitas se pegaban a los árboles como tumores, y llevaban tanto tiempo mamando de la magia de los árboles que el musgo y la vegetación las había recubierto, dando la impresión de que choza y árbol eran un mismo ser. Dichos árboles, los más antiguos y los que más habían sufrido el azote Zíngaro, se hallaban chupados y sorbidos hasta la médula, dejando entrever caras de infinita agonía entre las cortezas de los árboles. Algunos pensaban que eran las caras de los Elfos que trataban de pedir ayuda, otros, rostros tallados por sus antepasados. Sin importar cual fuese la razón, el claro tenía sobradamente ganado su nombre.

Lo que parecía ser la totalidad del pueblo Zíngaro se hallaba reunido bajo las esqueléticas ramas de un roble gigantesco. Entre sus raíces asomaba una enorme tumba de piedra, que palpitaba intermitentemente con energía de enfermizo color verde. Era imposible que la piedra hiciese tal cosa, pero parecía estar consumiendo la energía del árbol. Frente a ella, una enorme hoguera relucía, iluminando las caras de los presentes.

– ¡Hermanos de las Sombras! ¡Pueblo mío! ¡La Oscuridad nos acoge!

Los Zíngaros no eran dados a muestras de entusiasmo o corear frases de discursos. Se mantuvieron en silencio, mirando con ojos ojerosos.

– Han pasado cientos y cientos de lunas desde que nuestro Patriarca Arnaldo duerme el Sueño de la Oscuridad, tras su terrible combate con Theodus.

Kálaba, la matriarca de los Zíngaros, pronunciaba su discurso añadiendo énfasis a sus palabras moviéndose con gracia y girando sobre sí misma. Los Zíngaros sisearon o mascullaron maldiciones al oír la mención de su enemigo.

– Confiemos en que un día despierte de su letargo. La energía de los Antiguos sigue alimentándolo, pero su poder era inconmensurable y no sabemos cuánto tendrá que beber para volver a nosotros. Pero mientras, debemos planear nuestra venganza.

Todos asintieron. La venganza era el motivo más respetado para un Zíngaro. Todo era siempre una lista de agravios que resolver.

– Los Consejeros de la Reina Sancha nos han asegurado que los Impromagos han caído en su red de mentiras y que realizarán el hechizo en Cuna de Oscuridad. ¡La llegada de la Noche Eterna está cerca!

Un Zíngaro se levantó del amplio círculo y se enfrentó a Kálaba. La luz de la hoguera deformaba sus rasgos, provocando que las sombras bailasen por su rostro.

– ¿Y a qué precio, Kálaba? ¿Por qué tenemos que volver a ser lacayos y los peones de los planes de otros? – dijo Adonis, con voz alta y clara.

Kálaba atravesó furiosamente con la mirada a su antiguo amante y compañero.

– Sabes perfectamente que sólo es un trámite – expuso con soberbia -. Seremos recompensados como fieles sirvientes de la Oscuridad.

– ¿Sí? ¿Como fuimos recompensados por ayudar a las Brujas? Míralas ahora, una convertida en piedra en una de las dimensiones de los Duendes perdida entre dimensiones y la otra dueña de Skuchaín, al mando de nuestros peores enemigos.

Los Zíngaros mantuvieron el silencio. El liderazgo de un Zíngaro siempre estaba en entredicho y se necesitaba muy poco para derrocar a un líder. Siempre y cuando se fuese más fuerte que dicho líder, claro.

– Las Brujas fueron derrotas por una serie de casualidades y nosotros caímos con ellas. ¡Éramos iguales! ¡Aliados! Y lo seguimos siendo. Somos todos sirvientes de la Oscuridad.

– ¿Y por qué lo somos? ¿Acaso no somos todos libres? Un pueblo sin ataduras, que coge lo que quiere y cuando quiere, que no responde ante nadie y que usa el poder para su propio beneficio. ¿Por qué somos sirvientes de algo que ni siquiera contacta con nosotros, sino que prefiere otros campeones que lideren sus objetivos?

El silencio se volvió denso como la melaza mientras todos los Zíngaros discurrían en sus cabezas la certera verdad que ocultaban las palabras de Adonis.

– ¿Estás renegando de la Oscuridad? ¿Estás rechazando la Noche Eterna? – escupió Kálaba, con los ojos entrecerrados.

– He servido a muchos amos. He guardado puertas a cambio de mi propia vida. Me liberaste de mis cadenas solo para cubrirme de unas nuevas, más sibilinas. Propongo que nos liberemos de ellas. Y tú no deberías ser nuestra lider.

Los suaves ruidos de ropajes apartados y de dagas toqueteadas llenaban el claro. Se acercaba el momento de la sangre, y las alianzas y pactos iban a romperse con un simple parpadeo.

– ¿Yo? ¿La mujer de Arnaldo? ¿La Zíngara más poderosa que jamás haya existido?

– Olvidas que puedo leer los pensamientos, y aunque tú los ocultas con gran habilidad, no puedes evitar que se te escapen zarcillos de consciencia. He visto tu miedo, Kálaba. No confías en los Consejeros y no sabes para qué sirve el hechizo de los Impromagos ni cuál es el plan de Érebos y Barastyr. No te han contado nada. Somos simples siervos.

– ¡Silencio! ¡Traidor! ¡Que tú me hagas esto, de entre todas las personas, jamás te lo perdonaré! – chilló Kálaba, furiosa y desquiciada.

– No puedes hacerme nada. Sé que sigues amándome, Kálaba. Lo veo en tus pensamientos – dijo entristecido Adonis, sabiendo que su reconciliación era imposible ya.

De pronto, algo emergió de su titilante sombra. A la luz de la temblorosa hoguera, una forma se hinchó, arqueandose como el genio de una lámpara. Con la lentitud y la suavidad de un amante, rodeó a Adonis con los brazos y con un rápido gesto, lo degolló con un destello de luz plateada.

– Ella no puede matarte. Pero yo sí – susurró la tenebrosa figura -. Apuesto a que eso no lo pudiste leer en ningún pensamiento.

Adonis cayó entre estertores al suelo, sujetándose incrédulo la garganta, mirando fijamente el rostro de su asesino.

– Madre. No es momento para dejarse vencer por las emociones. Es el momento de la Noche Eterna.

– Vandala. Qué has hecho… – susurró incrédula Kálaba.

– Lo que no te atrevías a hacer. Pero para eso están los hijos: para enfrentarse a los enemigos de su familia. Y todos los Zíngaros son mi familia.

Las dagas volvieron a ser envainadas y el público se volvió a acomodar alrededor de la hoguera. No habría un nuevo Patriarca…por ahora. Kálaba miró a su alrededor y recuperó la furia de su rostro. No se secó las lágrimas y dejó que cayesen densas y negras por su rostro, convirtiéndolo a la luz de las velas en una máscara demoníaca de indómita fuerza. Su hijo se colocó a su lado, grácil como un gato, lamiendo el puñal para enfundarlo en las profundidades de sus ropajes.

– Nada se interpondrá entre nosotros y la Noche Eterna. No seremos los lacayos ni los siervos de ningún poder. ¡Seremos nuestros propios amos y tomaremos lo que queramos de esta antigua piedra y la sorberemos hasta que no quede nada!

Bajo tierra, a cientos de kilómetros, y a la vez, a mundos de distancia, el Inframundo  bullía de almas en pena que bajaban para enfrentarse a su recorrido final. Todas lo atraviesan lastimeras, añorando sus últimos hálitos de vida. Pero una de ellas abrió los ojos y fue consciente de lo que le rodeaba.

– ¿Qué es este lugar? – preguntó Adonis confuso.

– Es la puerta del Inframundo. Y toda puerta necesita un Portero, viejo amigo.

El espíritu de Adonis miró a su interlocutor. Una sonrisa cubrió su rostro.

– Quasi. Así que volvemos a los viejos tiempos.

– A lo que mejor se nos da: vigilar puertas.

– Un trabajo sencillo para gente sencilla. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero esto era lo que echaba realmente de menos: una misión y tu compañía. Pero…he hecho cosas terribles, Quasi. No sé si lo merezco.

– Yo te abandoné primero. Fue culpa mía. Yo también he cometido errores. Pero prometo no abandonarte nunca más.

– Vigilemos esta dichosa puerta – dijo Adonis, sonriendo -. Juntos.

Quasi miró sonriente a su amigo y le tendió la mano para incorporarse.

– Juntos. Para siempre.


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