132 – LA DAMA BLANCA

A Brianna le gustaban los ciervos. Le parecían animales majestuosos, gráciles, que se deslizaban por el bosque con la misma facilidad que un pez se desplaza en el agua. De todas las criaturas de las que Brianna realizaba bocetos en su pequeño bloc de dibujo, los ciervos ocupaban un lugar central. Iluminados por la luz de la luna en un claro, refrescándose a las orillas del río…los ciervos representaban para Brianna la libertad.

Y aunque la joven había sido forzada a madurar muy deprisa, aún seguía molesta por el hecho de tener que correr a toda velocidad por el bosque mientras esquivaba árboles que caían a su alrededor.

– ¿Por qué tenía que ser un maldito ciervo? – jadeo la joven, mientras saltaba con agilidad un tocón mientras su capucha se agitaba al viento.

A sus espaldas, la única respuesta que obtuvo fue un terrible bramido y unos pisotones en el suelo que parecían la obra de un titán. No era tan grande, por supuesto, pero era bastante intimidante sentir que un ciervo macho, de tres metros de altura y peludo como un oso te quería convertir en abono bajo sus pezuñas.

Brianna apretó aún más el paso si cabe y se deslizó entre las raíces de un árbol caído. El monstruoso ciervo la alcanzó segundos después y en sus ansias por ensartar la chica en su increíble cornamenta, se enredó con las raíces, pataleando con furia.

La jóven se permitió unos segundos de descanso para acomodarse la ropa y comprobar su itinerario. Desde su posición, los árboles clareaban y se podía ver la punta de la torre de Skuchaín, brillando como un faro, rezumando magia que se expandía hacia los bosques de los alrededores.

“Bien, el portal no debe de andar lejos. ¿Dónde dijo que me esperaría padre?”. La joven no tuvo mucho más tiempo para pensar, ya que el peludo ciervo apuntaló su cuerpo y levantó la cabeza con un potente golpe de cuello, mandando el árbol volando por el cielo. “Espero que ese no fuese un Elfo” pensó distraídamente mientras el ciervo agitaba la cabeza y fijaba su asesina mirada en la guardabosques.

El animal rascó la tierra con una pata y cargó de nuevo con los cuernos hacia adelante, mientras la chica tomaba la delantera, pies en polvorosa. Saltó zanjas, tocones, giró tras los troncos de árboles centenarios y trató de poner todo tipo de obstáculos entre su perseguidor y ella. Pero era como una máquina imparable, apartándolo todo a su paso, ganando terreno a cada segundo que pasaba.

– ¡Allí! – jadeó, empezando a notar el cansancio en sus piernas.

Frente a ella, los árboles se despejaban en forma de claro, abriendo paso a una extensión de hierba y maleza en la que flotaba un portal que escupía rayos de energía a su alrededor. Se trataba de una rotura en el tejido de la realidad, una abertura a otros mundos y otras realidades, algo que sólo podía ocurrir ante la constante exposición de la magia de Skuchaín.

Mientras Brianna se detenía en el claro, apoyándose en las rodillas, el ciervo bramó de júbilo y cargó para embestirla con todas sus fuerzas. Fue interrumpido en seco por una decena de zarcillos de energía que surgían de los árboles y se enroscaban a su alrededor como sogas. La criatura mugía y se retorcía, pero parecía un agarre inquebrantable. Los causantes de dicha magia emergieron de la maleza, forcejeando con sus bastones mágicos para retener a la criatura. Decenas de guardabosques la rodearon y trataron de , poco a poco, acercarlo al portal.

Un guardabosques se separó del resto y se acercó a la chica. Portaba una enorme sonrisa en el rostro.

– ¡Já! ¡Nadie corre como tú, hija mía! – dijo, dándole una palmada en la espalda.

– Por que estáis demasiado gordos y fofos – le respondió, sonriendo y tratando de recuperar el aliento a la vez.

– Me has recordado a tu madre, corriendo por el bosque, con la fuerza de una amazona y la agilidad de un duende. Se habría sentido orgullosa – dijo de repente su padre, visiblemente emocionado.

Brianna no supo qué contestar. Su padre ya no hablaba mucho de su mujer, de manera que las pocas veces que lo hacía se convertía en algo extraño e incómodo. Estaba a punto de darle una respuesta, cuando el ciervo sorprendió a todo el grupo con una muestra de descomunal fuerza, tirando al suelo a la mitad de sus captores de un fuerte tirón. Al verse liberado de la mitad de sus ataduras, giró sobre sí mismo un par de veces, lanzando al resto a las copas de los árboles y se encaró hacia padre e hija. Con un brillo en la mirada, cargó hacia ellos, lleno de furia asesina.

Hay instantes que forjan el destino de una persona. Hay segundos que definen de qué clase de acero estamos hechos. Y creedme si os digo que Brianna era acero de la más dura aleación. Empujó a su padre y recibió ella sola la embestida del ciervo, el cual la atrapó por la parte roma de sus cuernos robándole el aliento, en una carga directa hacia el portal.

“Y así acaba. Un momento heróico. Una nota a pie de página y finalmente, muerta, o peor, desaparecida, como madre”. La chica fijó su mirada hacia el brillante portal, hacia la ventana a otro mundo lleno de rutilantes colores. Sus pupilas se agrandaron al ver una silueta que esperaba al otro lado del portal. En ese mismo momento, Aodhan, su padre, se incorporó y lanzó una soga mágica que enroscó las patas traseras del animal. Con la inercia que llevaba, su cabeza se precipitó hacia el suelo, dando una voltereta sobre sí mismo, lanzando a la chica por los aires, lejos del portal. La criatura siguió rodando y hecho un amasijo de patas y cuernos, cruzó el portal entre lastimeros bramidos.

Brianna se incorporó y se quedó mirando el portal, a escasos metros de este. Era difícil ver lo que había al otro lado, pues una poderosa luz emanaba de él, pero a contraluz, entrecerrando los ojos, pudo ver una figura femenina, completamente blanca, acercándose al mostruoso ciervo, que ya estaba incorporándose. Lejos de atacarle, el ciervo expuso su cabeza, esperando el toque de la misteriosa visión. La dama de blanco posó su mano sobre la testuz del animal acariciándolo suavemente, como si fuese un manso potrillo.

Brianna alzó la mano hacia el portal y susurró:

– Madre.

Látigos y sogas mágicas surgieron de todas partes agarrando los extremos del portal. Entre gritos y ruidos de ánimo, los guardabosques fueron cerrando poco a poco los extremos de aquella rasgadura de la realidad, haciendo desaparecer la visión de la dama de blanco.

Aodhan se acercó a pasos apresurados.

– ¡No vuelvas a hacer nunca algo así! ¡Pensé que te perdía! No puedo perderte a tí también – dijo entre sollozos, abrazándola con fuerza.

Brianna seguía mirando donde había estado el portal.

– Padre. La he visto. He visto a Madre – le dijo suavemente, en estado de shock.

Su padre se paralizó al instante, con la cabeza todavía enterrada en su cuello. Su abrazo ya no parecía cariñoso sino una presa de hierro.

– Deja de decir tonterías. No bromees con eso – le respondió con voz apagada por sus cabellos.

Brieanna se despertó de su letargo. Intentó desembarazarse de su padre, gritando.

– ¡Te digo que la he visto! ¡Calmando al ciervo! ¡Está viva, papá!

Su padre dejó que ella se liberase, mirándola con ojos llenos de violencia.

– ¡Calla! ¡No entiendes nada! ¡Tu madre desapareció a través de un portal! ¡Está muerta! ¡Nadie puede sobrevivir tanto tiempo a los peligros de los mundos faéricos! Está poblado de monstruos, seres de pesadilla, criaturas que acechan y quieren consumir esta realidad. ¡No permitiré que sigas desvariando como una niña!

– No soy una niña, Padre. Y sé lo que vi. Era ella. Solo ella podría haber sobrevivido durante tanto tiempo. Ella era especial.

La furia pareció evaporarse del guardabosques, haciéndole encorvar los hombros como un anciano.

– Sí que lo era. Era la más especial de entre todas las mujeres – susurró con voz ronca.

La joven se ablandó al ver derrumbarse a su padre. Se acercó, conciliadora.

– Padre, si organizásemos una expedición…

– ¡No! – gritó de nuevo. Acto seguido se relajó y habló más calmado -. No podemos arriesgarnos a mandar nadie. Los portales no son seguros. Es esta una época oscura, hija, y todos tenemos que cargar nuestro fardo de penas.

– Pero, ¡por favor, papá!

– Basta. Mi corazón ya ha sufrido bastante por hoy. No quiero volver a hablar de esto nunca más. Volvamos a casa.

El veterano guardabosques inició su camino hacia su cabaña, como el resto de sus compañeros que se internaban en la espesura. Brianna se dejó caer en el suelo por pura frustración, sacando su bloc de dibujo para esbozar furiosamente. A carboncillo, dejó plasmada la imagen que vio, la de la Dama de Blanco domando a un ciervo gigantesco, que tras el prisma del portal, no parecía tan aterrador.

“Espérame, mamá. Te encontraré”

En ese momento, los cielos se oscurecieron como si la luz estuviese extinguiéndose. Un temblor hizo retumbar el claro, como si algo terrible estuviera emergiendo lejos de la tierra. Unos gritos alertaron a la joven y la hicieron mirar alrededor: los guardabosques buscaban a compañeros desaparecidos. A su lado, las pisadas que su padre había dejado en la hierba, se interrumpían, como si se hubiese desvanecido en el aire.

El bloc de dibujo cayó al suelo. Brianna echó a correr en búsqueda de su padre, en vano. Y pronto sabría por qué.


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