(continuación de La Canción Prohibida. Parte 1)

 

Zora von vondra calamburia… Sin perder un minuto, Zora organizó a su séquito de cincuenta porteadores, a quienes vistió con las mejores galas. Eligió también las monturas más elegantes, las viandas más exquisitas y los mejores abalorios, y una vez hecho todo esto, puso rumbo a la torre de Skuchain.

El viaje era largo, pues suponía cruzar de oeste a este todo Calamburia. No obstante, la parte más peligrosa se hallaba en la última etapa: había que cruzar el desierto de Al-Yavist; una tierra inclemente en la que, durante el día, el calor se volvía insoportable. No obstante, las temperaturas no suponían el verdadero peligro, sino los nómadas del desierto. Cualquier calamburiano había oído hablar de ellos.

Antaño, los nómadas se extendían por toda Calamburia. Su imperio copaba las tierras verdes del centro, las marismas del sur e incluso las montañas del norte. Sin embargo, fueron vencidos por el avance de la civilización, y acabaron retirándose a su verdadero hogar, el desierto de Al – Yavist. Desde allí, los nómadas lanzaban incursiones de cuando en cuando para abastecerse con las caravanas comerciales. Por su culpa se había erigido la famosa Puerta del Éste. El objetivo de este monumental pórtico mágico no era otro que marcar la linde de sus dominios con los del resto del mundo.

Camellos desierto marquesas

Los nómadas eran peligrosos, a Zora se lo habían advertido en muchas ocasiones. Por aquella razón, viajaba entre su séquito un contingente de cuarenta soldados de Siahuevo. Hombres de confianza, veteranos en el combate.

El viaje duró dos semanas, hasta que al fin, Zora cruzó la Puerta del Este y se adentró en el desierto. El clima demostró entonces toda su agresividad. Los porteadores necesitaban grandes cantidades de agua, y los soldados, ataviados con pesadas armaduras, tenían que hacer frente al cansancio y las rozaduras. La caravana disminuyó la marcha, mientras salvaba, una tras otra, enormes dunas de arena.

Al amanecer del tercer día, la torre de Skuchain quedó recortada en el horizonte, Tenía al menos setenta metros de altura, y era estilizada como una aguja.

-¿Cuánto queda? –preguntó Zora a su guía.

-Quedará un día, tal vez dos –señalo éste, extendiendo un dedo hacia la torre.

Fue lo último que hizo.

La punta de una lanza le atravesó el pecho. El guía se derrumbó de su caballo, muerto.zora marquesa calamburia

Pero su cuerpo no había tocado aún el suelo, cuando una horda de nómadas se lanzó al ataque desde todos los flancos. Los soldados se colocaron el guardia, con las espadas prestas para defender a su señora.

-¡No se preocupes! –gritó a la marquesa el capitán de la guardia- ¡La protegeremos con nuestra vida!

En efecto, eso es lo que hicieron todos y cada uno de ellos. El combate apenas duró veinte minutos; al finalizar ese tiempo, los cuerpos de los soldados yacían sobre la arena. Los porteadores se agruparon en torno a su señora, quien, resguardada en su palanquín, decidió echar las cortinas y disfrutar de unos instantes de recogimiento. Había llegado la hora de encomendarse al Titán, antes que de los nómadas acabaran con su vida.

Aún no había dado comienzo a su súplica, cuando le sorprendió no escuchar ningún ruido en el exterior. ¿Acaso los nómadas no atacaban a los porteadores? ¿Qué sucedía? Sintió la tentación de descorrer las cortinas, pero entonces le llegó el sonido de unos pasos. Se aproximaban.

-Todopoderoso Titán –suplicó, rauda-. Te encomiendo mi alma, antes de que me den muerte. Yo…

Arishai calamburia No tuvo tiempo de más. Alguien abrió la puerta de su palanquín. En un principio, Zora sólo fue capaz de ver una enorme silueta, pues había quedado deslumbrada por la luz del exterior; pero poco a poco fue reconociendo los rasgos del hombre que tenía delante: era alto y corpulento, con el rostro enmarcado en una barba bien recortada. Su pelo ensortijado quedaba al descubierto, pues se había quitado el turbante. Tampoco llevaba alfanje, ni arma con la que amenazar. En su lugar tenía la diestra tendida hacia ella; le estaba ofreciendo bajar de su palanquín.

-Bienvenida a mi tierra, señora –saludó con una voz grave.

-¿Quién sois? –Zora se pegó al extremo opuesto de su palanquín.

-Mi nombre es Arishai.

La marquesa sintió que el corazón se le detenía. Sabía qué clase de hombre tenía delante. Era un general muy alabado entre los suyos. De él se decía que no guardaba piedad con los extranjeros, y que su carisma era tal, que pretendía unir todas las tribus del desierto en una sola. Quienes le conocían bien le habían puesto un sobrenombre…

-Sois el Escorpión de Basalto –dijo, aterrada.

-Así me dicen –Arishai sonrió de medio lado-. ¿Tenéis miedo?

-Sois un asesino.

-Decís bien. He dado muerte a muchas personas, hombres y mujeres del otro lado del desierto, donde habitáis los que robasteis nuestras tierras.

-Hace mucho que no son vuestras.Arishai impro calamburia

Arishai levantó una ceja.

-¿Os pertenecen a vos?

Zora presintió que había cometido un error.

-Yo… -acertó a decir, pero Arishai la detuvo.

-Decidme vuestro nombre, ahora. Os aconsejo que no me mintáis.

Ella dudó. Los ojos oscuros del Escorpión de Basalto se habían clavado en su rostro. Estudiaban cada una de sus facciones, en busca de la verdad.

-Me llamo Zora von Vondra.

arishai escorpion calamburia-¡Ah!, la marquesa Zora. ¡Qué sorpresa! Gobernáis el marquesado de Siahuevo, si no me equivoco.

-Así es.

-En ese caso, tomad mi mano y descended del palanquín. No os daré muerte… aún.

Ella obedeció. Fuera, los nómadas se contaban por cientos. Habían reunido a los porteadores en fila, y les escoltaban, atados de las manos, dispuestos para reanudar la marcha. Arishai llevó a Zora con el resto de prisioneros y ató en último lugar.

-Espero que hayáis bebido suficiente agua, marquesa. El viaje será largo, y el sol calienta.

-Viaje… ¿adónde?

-A mi hogar, por supuesto.

 Continuará…

…. La Canción Prohibida. Parte 3 (última)

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