Los seres demoníacos siempre se han alimentado del sufrimiento ajeno, lo cual resulta conveniente para un mundo que recibe constantemente a las almas de los condenados. Sin embargo, el paladar de los Altos Demonios es especialmente refinado y no se conforma con torturar a almas cualesquiera. Por ello idearon una estrategia para garantizarse comida de calidad durante toda la eternidad. ¿El secreto? Un corazón roto. Generación tras generación han utilizado a seres humanos a los que, a cambio de concederles la inmortalidad y un poder sin límites, engañaban convirtiéndoles en sus atormentadas fuentes de alimento. Así nació el plan para coronar a los sucesivos Emperadores y Emperatrices del Inframundo. Évolet, la madre de Amunet, fue la anterior emperatriz. Su corazón fue quebrado cuando sacrificaron a su hermano pequeño ante sus tiernos ojos. Pero, tras años de sabroso dolor, su alma comenzó a sanar con el nacimiento de su hija, la dulce y pequeña Amunet. Entonces Évolet dejó de ser útil a lo demonios que, fingiéndose sus siervos, eran en realidad sus amos.
La entonces pequeña y tierna Amunet fue la siguiente elegida. Fue engañada por Xezbet y obligada a contemplar el asesinato de su amada madre. Así la convirtieron en la despiadada Emperatriz de los Dos Mundos: heredera del trono infernal y del de la propia Calamburia cuya legitimidad real provenía de la sangre de su padre Rodrigo IV.
Sin embargo el juego de mentiras era más complejo de lo que parecía. El resto de los Altos Demonios, fueron en realidad manipulados por el Señor del Engaño, acusados cómo únicos artífices del crimen y encerrados en el Báculo de la Emperatriz. Xezbet se casó con Amunet y gobernó a su lado como consorte mientras se alimentaba en secreto de su atormentado corazón. Juntos conquistaron Calamburia y se coronaron como gobernantes del universo conocido. Sin embargo, tras una larga y cruenta guerra, los ejércitos infernales se vieron obligados a abandonar el reino conquistado y refugiarse nuevamente en el Inframundo. Allí, expulsada por la fuerza del trono de su padre, Amunet se maceró durante años en su propio rencor. Era la situación ideal para los Altos Demonios que, secretamente, consideraban la frustración de su señora como un plato especialmente delicioso. Además, con la conveniente ausencia del iracundo Abraxas y el lascivo Axbalor —que seguían en poder de los Coleccionistas—, los hermanos sabían que tocaban a más delicioso sufrimiento por cabeza. Pero todo cambió cuando la Emperatriz quedó encinta.
Tras el embarazo de Amunet, algo volvió a cambiar en el inframundo rompiendo el equilibrio demoníaco. Xezbet y sus dos hermanas súcubas —Xantara y Luxana— empezaron a sentir que la calidad de su alimento empeoraba y comenzaron a preocuparse por el futuro. ¿Podría estarse repitiendo la historia como cuando nació la tierna Amunet? ¿Causaría, la llegada del nuevo retoño, el fin del sufrimiento del alma de la Emperatriz Tenebrosa convirtiéndola en inservible para los Altos Demonios? De ese modo, trazaron un plan: convertir al pequeño Xephiret en su nuevo proyecto. Para ello solo tenían que romper su tierno corazón. Sin embargo, los Altos Demonios pronto hallaron ciertas dificultades en su plan. Xephiret, lejos de quebrarse, parecía, no sólo ser inmune al horror sino incluso encontrar en su contemplacion cierto tipo de placer morboso. De hecho, mientras dormía, el heredero abandonaba sonámbulo su cuna y atormentaba a los seres del inframundo que empezaron a temer al joven heredero, un travieso y retorcido niño que, quizás por su sangre demoníaca o quizás como tara de nacimiento, parecía deleitarse de forma inhumana con del sufrimiento de sus congéneres.
En más de una ocasión, aprovechó la noche para robar el mismísimo báculo de la Emperatriz con el que llegó a despertar a golpes al anciano Asmodeo, el demonio de cuernos caídos encargado de la Sala de los Lamentos. Luego por la mañana, la propia Amunet se enternecía contemplando a su angelito chupándose el dedo gordo y agarrándose con fuerza al báculo.
Tras semanas de suplicios incontables, los habitantes del inframundo decidieron solicitar a la Emperatriz su compasión. Amunet meditó durante un tiempo y, finalmente, decidió —contraviniendo las recomendaciones de sus súcubas— liberar a Nexara: señora de la intromisión. Nexara era la única de los altos demonios que aún no había abandonado el báculo desde la muerte de Évolet. La Emperatriz no la había liberado aún debido a los apocalípticos consejos de sus hermanos. En realidad, Nexara era temida por los Altos Demonios por ser, según decían “una maldita entrometida que se introducía en tu cerebro sin pedir permiso”. Con Nexara suelta, ningún demonio tendría intimidad —y Xezbet tendría más problemas para ocultar sus secretos—, pero a Amunet no le importó correr el riesgo e invitó al resto de Altos demonios a que no temieran la liberación de Nexara si no tenía nada que ocultar.
Por su parte, la Señora de la Intromisión, siempre diligente y eficaz, a ser liberada demostró ser la demonia adecuada para hacerse cargo del pequeño heredero. Gracias a sus poderes para inocular pensamientos, logró tejer una red de sueños terroríficos en la tierna mente de Xephiret que, por fin, le hicieron dormir placenteramente. Amunet, enternecida por la imagen del niño durmiendo en el regazo de su tía, y sabiendo que el báculo, que se había convertido en su juguete favorito ya no era más que un contenedor vacío, dejó que el pequeño durmiera todas las noches agarrado a él. Gracias al poder de Nexara y a la tranquilidad que le proporcionaba agarrar con fuerza el báculo de su madre, el niño consiguió sosegarse. Todos los habitantes del inframundo agradecieron la solución y el reino de Amunet pareció volver a convertirse en un lugar en paz. Poco a poco, Nexara empezó a crear un vínculo especial con el pequeño diablillo al que empezaba a querer como si fuera su propio hijo. Todo marchó como una seda hasta que llegaron los atacantes desconocidos.
Una noche, mientras la Señora de la Intromisión tejía su malla de pesadillas capaz de sosegar la psicopática y retorcida mente de Xephiret, un portal se abrió y tres figuras enmascaradas aparecieron junto a la cuna del heredero de los dos mundos. Iban embozados en capuchas negras y llevaban máscaras que les cubrían el rostro y les hacía parecer aterradores buitres carroñeros. Llevaban al cinto extraños aparatos que destelleaban en la oscuridad. Nexara dudó en resistirse pues sabía que cortar su vínculo mental de forma abrupta, podía causar un daño mental irreparable en el bebé y conducirlo a la locura. Dos de los atacantes la tomaron cada una de un brazo mientras el personaje más corpulento, que parecía el líder, trató de tomar al bebé dormido en brazos. Cuando la súcuba tomó la decisión de actuar a pesar del riesgo sobre su sobrino y tratar de dominar la mente de alguno de aquellos atacantes para que se volviera contra sus compañeros, algo inesperado sucedió. El propio báculo, que seguía en la pequeña y regordeta mano de Xephiret cobró vida tomando por primera vez una forma antropomórfica: un enorme y corpulento demonio de grandes cuernos que arrancó al príncipe de las manos de los atacantes. Encarando al líder de los atacantes, cruzó sus manos marcando una X mientras sonreía con una malévola sonrisa. No lo mató, sino que lo marcó con una antigua maldición. «Da igual quien seas, no volverás a acercarte a este niño. Te marcharás de aquí con un recuerdo indeleble del inframundo, que te perseguirá hasta tu inevitable muerte». Acto seguido, formando un círculo con las manos, hizo que el portal absorbiera a los intrusos y se cerrara.
El demonio fue recibido por todos sus congéneres como un héroe. Su nombre era Xalax, Demonio de la Contención y, según contó, era uno de los conocidos como Precursores del Abismo. Los precursores del abismo eran fuerzas demoníacas ancestrales aún más antiguas que los Altos Demonios. Sin embargo, los Precursores del Abismo se caracterizaban por servir a la perpetuación de las tinieblas y por no tener forma de encarnación antropomorfa. La forma en la que cristalizaron tras su surgimiento era la de lugares u objetos. Sin embargo, Xalax, tras años de estar en contacto con humanos, había empezado a desarrollar una forma de conciencia y vínculos que acabó por hacer que, ante el detonante de poder perder a su nuevo Señor, se encarnara con una poderosa forma que le permitiera repeler al agresor.
Xalax, una vez encarnado puede alterar su forma: convertirse de nuevo en báculo o volver a su forma demoníaca. Aunque no lo reconozca, suele mantenerse casi todo el tiempo en su forma antropomorfa de la que se siente especialmente orgulloso, pues considera que luce especialmente aterrador e imponente. Tras ponerse al servicio de Amunet, se convirtió en mentor y protector de Xephiret, rol que empezó a compartir con Nexara, cuya mutua compañía resultaba agradable dado que la súcuba confiaba en él por la sensación de familiaridad que les unía. Quizás los años que Nexara pasó sola viviendo en el interior de la forma de báculo del Demonio de la Contención, hubieran logrado que su relación fuera la de una vieja y mutua confianza.
Debido a su capacidad de introducirse en las mentes ajenas, Nexara ha desarrollado muy a su pesar una inusual capacidad empática poco común en un demonio. Por ello, intenta tratar sus funciones de tortura y alimentación del sufrimiento ajeno como un mero trámite (algo que no siempre consigue con éxito). Además, su contacto con su adorable sobrino está despertando en ella un lado maternal que le repugna y a la vez le gusta. Viviendo su cotidiana contradicción experimenta ciertos cambios de humor que le dan un carácter volátil: a veces dulce, a veces iracunda.
Xephiret es un tierno niño con tendencias psicopáticas y necesidad de constante atención, aunque ha desarrollado la implacable capacidad de pedir perdón en tono adorable, lo cual le ha permitido hasta el momento salir de cualquier atolladero. Disfruta del dolor ajeno como quien goza de un dulce después de la comida. Su madre asegura que es un niño atrapado en el cuerpo de un demonio, pero su padre Xezbet, al que disfruta especialmente atormentando, está convencido de que es justo al revés.
Xalax era un demonio muy antiguo, uno de los llamados Precursores del Abismo, la primera generación de fuerzas demoníacas que pobló el Inframundo. Por su insondable edad, a pesar de su forma joven y saludable, aprovecha la menor ocasión para contar historias de su pasado durante su existencia como báculo. Sin embargo, es consciente de que su despertar no ha sido casual pues la vieja Profecía de los Precursores, una vieja canción que surgió de boca de su comadre Penumbra y que quedó grabada en la bóveda de la Sala de los Lamentos. El texto, ya prácticamente ilegible por el paso de los siglos y el hollín de los fuegos infernales decía:
Y en el día sin nombre, cuando una luna de sangre brille en el cielo,
brotará de vientre profanado un descendiente de sombra y linaje impuro:
sangre real y demoníaca.
Nacerá con la marca del mal inscrita en su alma.
Los Custodios de la Luz Arcana buscarán el Latido de la Concordia,
y abrirán el portal hacia el límite donde el resplandor juró no cruzar.
Mas al desatar el poder de la Piedra Ancestral de los Cantos Antiguos,
romperán el equilibrio que sostiene los mundos,
y, con ello, darán inicio a la Hecatombe.
Entonces, los Precursores del Abismo comenzarán a despertar,
y su encarnación maldita alzará el rostro…
como heraldo de la Ruina.
En la confluencia de signos: luna, cetro y pesadilla,
los mundos se desgarrarán en su raíz,
y las esferas se eclipsarán unas a otras.
La Muerte tomará forma y nombre,
cuando se encarnen los Precursores.
Y el todo se volverá la nada.
Pero el destino no está aún sellado.
Solo atando los sueños de la semilla del mal
podrá evitarse el inminente final.
Solo la unión de los poderes
del Nexo y la Contención,
podrán evitar que todo perezca.
De entre los calamburianos, solo los Coleccionistas Arcanos conocían la existencia de la profecía que descubrieron transcrita en un viejo grimorio de magia demoníaca. Ese fue el motivo por el que, conscientes de la inminente llegada del fin del mundo, empezaron a capturar a los demonios de Amunet. Sin embargo, tras encerrar a su madre en su propio abanico, Nocna Mora se ha convertido en el único mortal que sabe la verdad. Ahora tratará de evitar él solo el Armagedón. Sin embargo, su plan de plantear un trueque a Xezbet e intercambiar a Axbalor y Abraxas por Nexara y el báculo no surtió efecto.
Confiando en Nexara por la larga convivencia que les unía, Xalax le reveló la profecía olvidada y le contó el papel que ambos tenían en tratar de evitar el fin del mundo. Nexara, incapaz de cerrar los ojos ante la nueva amenaza juró ayudar a Xalax en su propósito. El niño, desde su cuna, pareció mirarles con una sonrisa tan traviesa como macabra.
EL LEGADO MALDITO
Presentación
Ellos son dos/tres demonios que provienen del mismísimo inframundo. Aunque peligrosos, sádicos y retorcidos, tienen la importante misión de evitar el Armagedón, para lo que no dudarán en usar las malas artes. ¡Temblad porque aquí llega el Legado Maldito!
El trío
Xephiret
Este dulce niño es el hijo de la Emperatriz Tenebrosa con uno de sus Altos Demonios. Destinado a dominar un día el universo, posee un carácter especialmente perverso y macabro, pero un aspecto realmente enternecedor*. ¡Rendid pleitesía ante Xephiret, el Heredero de los Dos Mundos!
Nexara
Esta súcuba tiene un carácter voluble debido a la tensión entre su naturaleza demoníaca y su excesiva empatía. Posee la habilidad de meterse en las cabezas de la gente e inocular pensamientos a su antojo. ¡No intentéis resistiros a los poderes de Nexara, Señora de la Intromisión!
Xalax
Él es un demonio antiguo y poderoso que, tras siglos de ser un báculo, acaba de tomar su actual forma física. Sin embargo, todavía recuerda los tiempos en que fue el soporte de los más grandes Emperadores y Emperatrices. ¡Temblad ante la imponente presencia de Xalax, el Demonio de la Contención!



