262 – LA TORTURA DE MINERVA IV

Personajes que aparecen en este relato

EL INFLUJO DE ÁXBALOR

La escalera hacia las almenas ascendía en torno al corazón de la Torre. A cada vuelta, los sonidos del combate llegaban con mayor claridad: carreras sobre los pisos superiores, órdenes interrumpidas y golpes capaces de estremecer los peldaños bajo sus botas.

Drawets alzó la vista hacia el siguiente tramo.

—¿Siempre ha sido tan alta esta maldita Torre?

—Hoy tenemos más prisa por llegar arriba —respondió Cristóforo.

El corsario mantenía el trabuco apoyado contra el hombro. Drawets avanzaba unos pasos por delante. La calavera labrada en el pomo de su daga vibraba contra su palma desde que habían iniciado el ascenso, pero él no aflojó los dedos. Mantuvo la atención puesta en cada arco que atravesaban hasta alcanzar una puerta rodeada de hiedra y pétalos de cristal.

La reconocieron al instante.

Más allá se encontraba la Sala Faérica, un espacio consagrado al encuentro entre la magia de la Torre y las criaturas del Reino Faérico. Las paredes de piedra se fundían allí con gruesas raíces entrelazadas; del techo abovedado pendían hojas que nunca tocaban el suelo, y el musgo luminoso extendía sobre los muros un resplandor semejante al de una noche estrellada.

Aquella vez, la sala apenas conservaba nada de su serenidad.

Varias raíces habían sido arrancadas de la piedra y se retorcían sobre el suelo. Los cristales del techo se precipitaban con cada impacto y estallaban entre los combatientes. En el centro del recinto, profesores y estudiantes resistían el avance de unas criaturas demoníacas que habían logrado atravesar las protecciones.

Drawets se detuvo bajo la arcada.

—La Dama de Acero y el Archimago sellaron este lugar juntos.

Cristóforo examinó las cicatrices negras que recorrían el marco de la entrada.

—Entonces alguien les ha abierto el camino.

Un grito surgió del interior.

Drawets cruzó el umbral sin esperar respuesta. Cristóforo entró tras él y levantó el trabuco.

Ante ellos, la sala circular ascendía entre galerías y balcones cubiertos de raíces. Los invasores dominaban ya las alturas.

Un demonio de dos cabezas se abalanzó sobre un grupo de estudiantes. Trai, una excelsit de cabello rubio que llevaba prendida una estrella de mar azul, se adelantó antes de que pudiera alcanzarlos. El adorno brilló cuando alzó la varita, y varias líneas de luz prismática surgieron de su punta.

—¡Tasac!

El ferox que combatía a su lado ya corría hacia ella. Sus brazos se alargaron durante la carrera, las uñas crecieron hasta convertirse en garras y varias placas óseas brotaron de su espalda. Sus ojos adquirieron un fulgor salvaje mientras su cuerpo abandonaba la forma humana. Trai dirigió el haz de luz hacia él. La energía se adhirió a su piel transformada y envolvió sus zarpas en un resplandor azul.

Tasac saltó.

El impacto hizo temblar la sala, pero el demonio resistió. Una de sus cabezas lanzó una dentellada contra el ferox mientras la otra abría la boca para expulsar una llamarada.

Alena, una Redigit de media melena negra y gafas oscuras, giró con elegancia, alzando su varita carmesí desde la retaguardia. Las runas que trazó quedaron suspendidas alrededor de la criatura y frenaron sus movimientos. Durante unos segundos, el demonio pareció luchar contra el propio aire.

Tasac hundió las garras entre sus dos pechos.

La criatura se desplomó sobre las raíces.

Trai apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento.

—¡A tu izquierda!

Tasac se volvió y recibió sobre el hombro el golpe de otro demonio.

Cristóforo disparó antes de que la criatura pudiera atacar de nuevo. El proyectil le atravesó el costado y la hizo girar. Drawets cruzó la distancia que los separaba, hundió la daga bajo su mandíbula y la retiró con un movimiento seco.

El cuerpo cayó a sus pies.

—Llegáis tarde —dijo Alena mientras se acercaba a ellos—. Han tomado los accesos superiores.

Vestía los colores rojos de los Redigit. Tenía un corte sobre una ceja y respiraba con dificultad, pero no bajó la varita.

—¿Cuántos? —preguntó Cristóforo.

—Demasiados.

Trai llegó junto a Tasac y examinó el golpe de su hombro.

—Y siguen entrando —añadió, sin dejar de vigilar las galerías.

Un estruendo los obligó a mirar hacia el balcón elevado. Férula mantenía ambos brazos extendidos sobre el campo de batalla. Frente a ella, una barrera formada por pétalos translúcidos contenía a varias criaturas que arañaban su superficie desde el otro lado.

Gónagan golpeó el suelo con su bastón de obsidiana.

—¡Columnae vivae!

Las raíces que sostenían el balcón se desprendieron de la piedra y atravesaron la barrera. Se enroscaron alrededor de los demonios, les cerraron las mandíbulas y los arrastraron hacia las paredes. Férula aprovechó aquel instante para reforzar el conjuro, pero los pétalos comenzaron a resquebrajarse casi de inmediato.

—¡No aguantará! —advirtió.

Cristóforo volvió a cargar el trabuco.

—No tiene que hacerlo. Solo necesitamos que los mantengas quietos.

Férula lo reconoció al oír su voz. Su concentración vaciló y uno de los demonios consiguió introducir una garra entre los pétalos.

—¿Sabéis algo de Anaïd y Amestrys?

Cristóforo disparó contra la extremidad. El demonio la retiró con un alarido.

—Están en el Faro. Los dos están a salvo junto a Kórux.

Gónagan dejó escapar el aire que llevaba conteniendo. Buscó a Férula con la mirada, pero ella ya había vuelto a concentrarse en la barrera. Solo el temblor de sus manos reveló que había escuchado la respuesta.

—Entonces procuremos que tengan una Torre a la que regresar —dijo.

Hundió de nuevo el bastón entre las losas.

Las raíces respondieron a su llamada, pero se detuvieron antes de alcanzar a las criaturas.

Un golpe de pandereta descendió desde la galería vegetal. Fue un sonido tenue, casi delicado, pero bastó para que los pétalos de la barrera perdieran parte de su brillo.

Un repiqueteo de sonajas respondió desde el extremo opuesto de la galería.

Los demonios dejaron de forcejear. Los estudiantes buscaron el origen de aquel ritmo y las raíces se contrajeron contra la piedra. Incluso la luz del musgo pareció debilitarse con cada nuevo golpe de los platillos.

Dos mujeres descendían por la galería.

Kálima avanzaba primero, con su pandereta en forma de luna alzada y los ojos fijos en quienes defendían la sala. Sámara caminaba unos pasos detrás y marcaba un ritmo más lento con su alargada vara de sonajas de madera negra. Los salmos que entonaba pertenecían a la lengua antigua de su clan, pero su magia atravesó el recinto antes de que nadie necesitara comprender las palabras.

Drawets apretó la daga. La calavera volvió a estremecerse bajo sus dedos.

—No la escuchéis.

Trai se llevó una mano a la sien. A su lado, uno de los estudiantes arqueó la espalda. Una chispa negra brotó de su pecho y ascendió por su garganta hasta alcanzar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba nada humano en su mirada.

El estudiante se abalanzó sobre Trai.

El profesor Fagus, un fauno de largos cuernos que impartía Adivinación, intentó detenerlo. El muchacho se revolvió con una fuerza desmedida y lo arrojó contra las raíces.

A su alrededor, otros alumnos comenzaron a arquear la espalda. En una de las galerías, Kurlion, el profesor unicornio de Magia Faérica, se tambaleó. Su cuerno emitió un último destello antes de ennegrecerse desde la punta. El relincho que escapó de su garganta hizo estremecer la sala.

—¡Están usando magia de vínculo! —advirtió Alena—. ¡Retuercen sus emociones para volverlos contra nosotros!

Sámara alzó la vara de sonajas y giró sobre sí misma. El canto creció con cada sacudida del instrumento.

Trai apuntó la varita hacia la galería.

—¡Fac eam tacere!

Un haz prismático salió disparado al mismo tiempo que Tasac clavaba las garras en una raíz y lanzaba una llamarada hacia Sámara.

Kálima pronunció una palabra en la lengua de su clan. La luz y el fuego se deshicieron antes de alcanzar a su hija, cuya voz continuó extendiendo el salmo por la sala.

Cristóforo apoyó la culata del trabuco contra el hombro.

—¿Qué hacemos?

Drawets observó los instrumentos de ambas zíngaras.

—Golpear antes de que pregunten.

Cristóforo disparó.

El proyectil alcanzó la vara de sonajas de Sámara y se la arrancó de las manos. El instrumento chocó contra una raíz y cayó a la planta inferior con un último tintineo.

El canto se interrumpió.

Los estudiantes sometidos se estremecieron. Algunos cayeron de rodillas; otros permanecieron inmóviles, con las vetas negras detenidas sobre el rostro.

Sámara retrocedió. La seguridad con la que había entonado los salmos desapareció al mirar sus manos vacías. Durante unos segundos, pareció no comprender qué hacía allí.

Después se volvió para regresar por donde había venido.

Kálima golpeó la pandereta.

El cuerpo de Sámara se tensó. Sus pies se detuvieron y, contra su voluntad, deshicieron los últimos pasos hasta devolverla al lugar que ocupaba junto a su madre.

Entonces, la bruma se abrió a su espalda.

Áxbalor surgió de ella con una sonrisa.

—Otra vez rebelándote, pequeña zíngara.

Sámara bajó la mirada. Áxbalor se deslizó a su alrededor, complacido por el efecto que su presencia ejercía sobre ella.

—¿Todavía no lo entiendes? Tu poder es colosal, y esa marca solo es una parte.

Se detuvo a su espalda y acercó el rostro al suyo.

—Papi Áxbalor va a darte otro empujoncito —murmuró con una dulzura desagradable—. Si tú no eres capaz de ver lo que puedes llegar a ser, haré que lo vean los demás.

Chasqueó los dedos.

El hechizo atravesó la sala.

Profesores, impromagos, alquimistas y duendes interrumpieron sus movimientos. Algunas varitas descendieron. Varios combatientes se volvieron hacia Sámara mientras una fascinación febril desplazaba el miedo de sus rostros.

Las primeras voces surgieron bajo la galería.

—¡Sámara, tu voz hace temblar la Torre!

—¡Tu belleza eclipsa a los astros!

—¡Esa marca es la señal de un poder ancestral!

Sámara trató de apartarse, pero los elogios continuaron. Cada nueva voz reclamaba su atención con mayor vehemencia que la anterior. Había pasado demasiado tiempo soportando miradas que se detenían en la marca antes de alcanzar sus ojos. Ahora la contemplaban con un deseo absoluto.

Su respiración se serenó.

Áxbalor sonrió al advertirlo.

—Eso es. Deja que te vean.

Sámara alzó el rostro. Durante unos instantes escuchó sin moverse, atrapada entre el rechazo que aún la empujaba a huir y el placer de ocupar por fin todas las miradas.

Después buscó a Kálima.

—Madre… —pronunció con un hilo de voz.

La zíngara permanecía detrás de ella, con la pandereta aferrada entre ambas manos.

Sámara sostuvo su mirada.

—Madre, sácame de aquí.

Kálima no respondió. Sus dedos se cerraron con mayor fuerza alrededor de la pandereta mientras, bajo la galería, Tasac se abalanzaba sobre otra criatura con las zarpas envueltas en fuego azul. Trai avanzó tras él, abriendo entre los demonios un surco de luz prismática, y Cristóforo y Drawets contuvieron a cuantos lograban atravesar aquella línea.

Áxbalor contemplaba el combate sin intervenir. Le bastaba con mover los dedos para acrecentar la fascinación que dominaba la sala: una varita descendía, un conjuro quedaba incompleto y otra voz se sumaba a las que reclamaban la atención de Sámara.

La muchacha se cubrió la marca arcana con una mano.

—Ahora te miran y todavía quieres esconderte —se burló el demonio.

Al volverse hacia ella, Áxbalor reparó en una figura inmóvil entre la bruma. Aquel hombre era el único que no contemplaba a Sámara. Alto y delgado, vestía un largo abrigo negro y un sombrero de copa desgastado. Bajo el ala, un ojo violeta permanecía fijo en el demonio, inmune al deseo con el que había sometido al resto de la sala.

La sonrisa de Áxbalor vaciló.

—Tú… ¿quién eres? —preguntó mientras retrocedía.

El desconocido extrajo del abrigo una piedra negra, recorrida por vetas rojizas que palpitaban bajo su superficie. Varios símbolos antiguos cubrían sus bordes.

—Tu jueguecito —dijo el forastero con voz grave, sin necesidad de elevarla— termina aquí.

Áxbalor alzó una mano y la bruma comenzó a agitarse a su alrededor, dispuesta a ocultarlo. La piedra latió antes de que pudiera desaparecer y el aire se curvó en torno a su cuerpo.

La fuerza del remolino lo arrancó del suelo. Áxbalor trató de aferrarse a la galería mientras sus facciones perdían nitidez y la oscuridad comenzaba a devorar sus contornos.

—Espera… Podemos llegar a un acuerdo —suplicó. Su voz había perdido toda seducción—. Puedo ofrecerte cualquier cosa que desees.

El ojo violeta resplandeció bajo el sombrero.

—Ya tengo lo que quiero.

El remolino se contrajo. Áxbalor se deformó dentro de la espiral hasta quedar reducido a una silueta temblorosa, que la piedra absorbió por completo. El desconocido cerró los dedos alrededor de ella y volvió a guardarla en el interior de su abrigo.

Con la desaparición del demonio, la fascinación se quebró. Las voces que ensalzaban a Sámara callaron y los combatientes recuperaron el control de sus cuerpos, desconcertados ante los segundos que acababan de perder. Ella bajó la mano de su rostro y observó cómo aquellas mismas personas apartaban ahora la mirada.

Durante un instante, la Sala Faérica pareció recuperar el aliento.

Kálima contempló a su hija. Sámara seguía junto a ella, desarmada, con la marca descubierta y la súplica que su madre no había atendido todavía suspendida entre ambas.

La matriarca avanzó hasta el centro de la galería y alzó la pandereta. Los platillos chocaron. Algo al otro lado de la muerte respondió.