228 – DONDE SE JUNTAN TRES CAMINOS

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DONDE SE JUNTAN TRES CAMINOS

La horda de demonios empezó a cerrar el cerco sobre los tres cazadores. Desde el cielo, un diablo alado les observaba. Tras esbozar una sonrisa malévola, se lanzó sobre ellos en picado con los ojos inyectados en sangre. Ramia, la guardabosques renegada, alzó la varita con un gesto sucinto pero energético y lanzó un rayo certero que atravesó el ala derecha de aquel ser. La expresión del demonio cambió de repente cuando se desplomó aplastando a varios diablillos cuyos cuerpos ya no volvieron a moverse.

—Ha estado bien, Ramia —la felicitó su compañero Aldric, el sanador desterrado, mientras imponía sus manos ardientes sobre un demonio que trataba de agarrarle con su zarpa mortal. La piel del ser del averno empezó a despedir un vapor similar al del ganado cuando se le grava con hierro candente. Los gritos de dolor de aquel pobre diablo estremecieron al resto, que detuvieron su avance un instante, con un atisbo de duda en su iracunda expresión.

—Pero no os durmáis —añadió Ona Bakari, la traficante de almas, mientras alzaba su orbe—. Ellos son millares y nosotros solo tres.

Su único ojo resplandeció con un fulgor morado mientras estiraba el brazo en dirección a las huestes de Amunet. Sus dedos se agitaron de forma espasmódica mientras el receptáculo brillaba al absorber las renegridas almas de todos aquellos demonios a los que sus compañeros habían conseguido dañar. Los cazadores de demonios formaban un buen equipo, pero aquellos seres del inframundo de expresión feroz se abalanzaban sobre ellos cerrando cada vez más el cerco. El extravagante trío de guerreros renegados iba retrocediendo en posición defensiva, tratando de mantener a los enemigos a raya. Pero, tras unos instantes, estaban los tres espalda contra espalda rodeados del grueso de los ejércitos infernales de la Emperatriz de los Dos Mundos. 

—La cosa se complica —apreció Ramia con expresión de preocupación.

De repente se oyó un estruendo. Entre los múltiples diablos, comenzó a abrirse paso un especimen especialmente grande y fornido con tres cabezas que lanzaban al aire un coro de sonoras carcajadas. Sus enormes brazos empuñaban un pesado tridente de un grosor similar al del mástil de un barco. Se acercó hasta ponerse frente a ellos y les miró con una sádica sonrisa que dejaba ver sus afilados y gigantescos colmillos.

—Así que vosotros sois los tres que han dado tanta guerra últimamente. Aquellos que se hacen llamar “los cazademonios” —sonrieron sus tres caras con gesto de irónica superioridad—. Mi nombre es Trymon, Guardián de la Sala del Lamento. Por si queréis saber el nombre de aquel que os va a hacer picadillo.

Los tres compañeros tragaron saliva. A punto de perder la vida —esa vida que hasta hace bien poco a ninguno le hubiera importado perder— cada uno tuvo ocasión de recordar cómo habían acabado por meterse en la boca del lobo.


Varios años antes, en la Torre de Magia de Skuchaín.

—¡Ramia Laforet! —dijo la directora Aurobinda con cierta irritación—. ¿Se puede saber qué te pasa? No te he hecho venir a mi despacho para que te quedes alelada pensando en las musarañas, jovencita.

—Disculpe señora directora —se excusó Ramia volviendo de su ensimismamiento. No era capaz de procesar lo que acababa de escuchar—. Estaba diciendo que… ¿debo ingresar en el cuerpo de Guardabosques?

—Es un buen sitio para una maga de la casta natura como tú. Eres buena con la varita y no estamos para desperdiciar talento en los tiempos que corren —enunció como si lo que dijera fuera de todo menos un halago—. A Aodhan le vendrá bien algo de refuerzo, se pasa el día lloriqueando por el asunto de las incursiones de bestias mágicas a través de los portales —dijo como si sintiera cierto hastío ante las repetidas peticiones de ayuda del jefe de Guardabosques. 

A Ramia le temblaba el labio inferior. Quería graduarse; soñaba con graduarse. No quería ser una guardabosques; los guardabosques eran un cuerpo formado por impromagos natura que no se habían llegado a graduar. Era injusto que ella acabara en un destino como ese; era prácticamente un castigo. Pero, sorprendentemente, con toda la locuacidad y espíritu justiciero que la caracterizaba, no fue capaz de articular una sola palabra. Como alumna, había tenido una trayectoria excepcional, destacando entre todos al obtener las mejores calificaciones en los exámenes de Impromagia, demostrando una creatividad y talento desbordantes. Sin embargo, en ese instante crucial, todo su ímpetu parecía haberse desmoronado. Aurobinda se interrumpió contemplando los espasmos del labio de la alumna casi con lástima.

—Para ser una insoportable marisabidilla, no pareces muy locuaz hoy, ¿verdad, Laforet? —dijo la bruja con ironía—. Acabar en los Guardabosques es mejor que una expulsión directa, ¿no crees? Me parece que estoy siendo muy benevolente contigo.

—Pero… si yo no he hecho nada —su hilillo de voz oscilaba entre la indignación y la más pura incredulidad.

—Uy, querida, ¿estás segura? Yo creo que has hecho algo muy, muy malo —matizó la bruja en tono condescendiente.

—¿Se refiere a denunciar a Drëgo?

—No, claro que no. No solo no me molesta que los alumnos se denuncien entre sí. De hecho es algo que trato siempre de fomentar, especialmente entre mis Ténebris. Ayuda a mantener el orden, querida —explicó Aurobinda como enunciando una verdad trivial—. El problema no ha sido ese, sino que hayas presentado una queja formal sobre el sistema de evaluación.

—Pero es que… Drëgo ha copiado… —titubeó la joven— y nadie ha hecho… nada. Es tan… injusto.

—Eso no es lo relevante, mi pequeña Ramia. Y, hazme caso —añadió como si le diera un consejo de amiga—, no castigues más al mundo tratando de imponerle tu simplista y radical idea de justicia. Drëgo será castigado, ya se me ocurrirá a qué lejano lugar mandarle —murmuró la bruja como pensando en alto mientras se rascaba la barbilla— alguno donde sus torticeras habilidades puedan ser de utilidad para alguien. Lo relevante sin embargo, es que al darte cuenta de su infracción te haya faltado tiempo para ir corriendo a contárselo al claustro al completo e interponer una queja formal. ¡La primera queja en años! ¿Dónde crees que deja eso al profesorado? ¿Y a mí que soy la directora y estaba además encargada de vigilar vuestro examen? Lo que has hecho, amiga mía —añadió poniendo su mano sobre el hombro de Ramia— es mucho más grave que lo que ha hecho ese pobre diablo de Drëgo: has puesto en cuestión tooodo el sistema —expuso en tono sosegado mientras señalaba con sus manos delicada el espacio en derredor.

—¿Yo? —Ramia no daba crédito a lo que oía.

—Sí, tú. De forma inconsciente y algo temeraria… —expuso la bruja como si tratara de hacer un esfuerzo por lograr que aquella obtusa niñita comprendiera la profunda abyección de sus decisiones—. No viniste a mí para tratar de mediar de forma discreta; elegiste los fuegos de artificio. Con tu pequeño acto de insurrección has hecho temblar los cimientos de esta institución. 

Aurobinda calló y caminó con aparente desenfado por su despacho hasta llegar a la pared donde estaba el retrato de la familia real. Lo miró largamente, en silencio.

—Por curiosidad, —lanzó sin mirarla— ¿sabes cómo se financia Skuchaín?

—No lo sé… —admitió Ramia con cierta vergüenza.

—A través de las generosas donaciones de la corona y de alguna de las más grandes casas nobles como los Colby o los Von Vondra. Nuestra fama de escrupulosos y justos impromagos nos granjea los tan preciados recursos que necesitamos para que este abigarrado engranaje que construyó mi hermano hace años siga funcionando —explicó didáctica mientras señalaba por la ventana hacia los carros de víveres que llegaban desde Ámbar e Intántalor para surtir las cocinas de la escuela—. La confianza que los prohombres de Calamburia tienen en la pureza de los métodos que se aplica dentro de estos muros es lo que nos garantiza, no solo nuestro sustento, sino ciertos puestos importantes en la corte y la administración —siguió caminando dedicando una mirada a otra pared, llena de cuadros de personas que Ramia no conocía pero que rápidamente identificó como exalumnos ilustres de la torre—. Algunos eruditos y alquimistas sirven a la corona como consejeros y muchos magos acaban siendo parte del ejército real o protegiendo a los miembros más importantes de la estirpe de los Rodrigo. Y tú, con tu egoísta afán de mostrarte más lista que el resto… has puesto en jaque todo esto.

—Lo siento… —musitó contrita la impromaga.

—De hecho, Ramia. ¿Para qué crees que sirven los exámenes? ¿Crees que son la mejor forma de demostrar vuestra valía con la varita? —preguntó retóricamente la directora—. Te garantizo que nadie en el claustro necesita que os examinemos para saber eso. Tú eres buena con la varita, ¡de las mejores! Pero ese examen, en realidad, es un mecanismo para obtener otra información muy distinta sobre vosotros. Distinta, pero no menos relevante.

—¿Cuál? —susurró ella temiendo la respuesta.

—Saber qué clase de personas sois —lanzó la bruja como quien lanza un dardo sin mirar sabiendo que dará en el blanco—. Theodus siempre decía que es ante los retos cuando uno puede ver con claridad el alma de la gente. ¿Qué clase de personas sois, alumnos míos? ¿Sois gente sosegada y tranquila, mesurada y equilibrada que sabe obedecer y entiende el orden superior de las cosas? ¿O sois acaso torbellinos de ego con ganas de significarse cueste lo que cueste? Piénsalo Ramia, tú misma has labrado tu futuro.


Ramia Laforet, con recobrado coraje, apuntó su varita hacia el suelo, frente al inmenso diablo de tres cabezas. Al instante, decenas de enredaderas surgieron de la tierra por arte de magia, enzarzándose en las inmensas piernas del enemigo. La impromaga agradeció entonces su paso por la orden de Guardabosques. Aunque finalmente fuera expulsada, aprendió mucho del viejo Aodhan, y aquel hechizo de inmovilización era del que más orgullosa estaba. El demonio, al verse anclado al suelo, alzó su gigantesco tridente con ambas manos, dispuesto a descargar un golpe fatal contra el trío de Cazademonios.

—¡Vamos Aldric, es tu turno! —gritó Ramia en ese preciso momento.

Aldric Klausen miró hacia arriba contemplando cómo el enorme tridente era alzado con ánimo de descargar contra ellos toda la ira del inframundo, y recordó que no era la primera vez que se encontraba en el infierno.


Varios años antes, a las puertas del monasterio Cóncavo.

El aire olía a resina ardiente y madera húmeda. Las llamas bailaban en los ojos del Primer Hermano, que se alzaba sobre el estrado, envuelto en una túnica marrón ribeteada en oro. A su lado, la segunda hermana sostenía el pesado tomo de las Escrituras, abierto en una página que hablaba de purificación y castigo divino. Su voz, grave y firme, resonaba en la plaza abarrotada.

—¡Aldric Klausen! —declaró, señalando al joven encadenado frente a la pila de leña—. El Todopoderoso Titán Oscuro ha marcado tu alma con el estigma de la herejía. Tus manos, que deberían sanar, traen la destrucción. Eres una amenaza para la obra divina.

Aldric, de rodillas, con las muñecas amarradas a su espalda, mantenía la cabeza erguida. El sudor le caía sobre el rostro, impidiéndole abrir bien los ojos, sin embargo el sanador mantenía su expresión desafiante. A pesar de los golpes y la humillación, no mostraba miedo, tan solo la vaciedad de su alma. Aldric Klausen había muerto por dentro años antes cuando, siendo solo un adolescente, su madre, la sanadora Niobe, descubrió que en vez de un don, su hijo portaba una maldición. Sus ojos de sanadora se mostraron aterrados cuando vio el efecto de las manos de su hijo. Desde entonces, la orden de sanadores le había mantenido apartado de toda labor. Al alcanzar la adultez, sin embargo, Aldric volvió a intentar imponer sus manos. Empezó sanando animales heridos a escondidas y funcionó un par de veces, pero la pesadilla regresó, como siempre regresaba tarde o temprano. Fué el día que llegó el capitán de la guardia. Aquel hombre no parecía nadie especial, pero su herida era claramente mortal, había acudido en busca de la Orden de Sanadores acompañado por dos de sus mejores hombres. El resto de miembros se encontraban fuera, curando a los menesterosos, así que Aldric se vió obligado a tomar una decisión: trataría de salvar la vida de aquel hombre, aunque supusiera romper el veto que le había impuesto. Su madre Niobe llegó a la casa con el corazón acelerado por los gritos de dolor que escuchaba a lo lejos, al abrir la puerta pudo ver a Aldric, prendido por los soldados y, en el suelo, el cadáver humeante del capitán.

La multitud murmuraba, dividida entre la fascinación morbosa y el horror silencioso. Algunos conocían al capitán de la guardia que había perecido bajo las manos de Aldric, y susurros de su crueldad corrían como una corriente subterránea. Otros, más fervorosos, vitoreaban al Primer Hermano, ansiosos por ver arder al supuesto hereje.

Niobe Klausen, de pie entre la muchedumbre, luchaba por mantener la compostura. Su rostro estaba pálido como la ceniza, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. Había suplicado, había prometido, había humillado su orgullo frente a los miembros de la Santa Hermandad. Todo para salvar a su hijo. Y aún así, el Primer Hermano no cedía.

—El fuego purgará tu impureza y devolverá tu alma a allá de donde nunca debió salir —continuó el Primer Hermano mientras levantaba un brasero encendido—. Que estas llamas sean testigo de su juicio.

Los acólitos avanzaron para desatar a Aldric y empujarlo hacia la pira. Niobe no pudo contenerse más. Rompió el círculo de aldeanos, esquivando las manos que intentaban detenerla, y cayó de rodillas frente al Primer Hermano.

—¡Os lo ruego! ¡Misericordia! —gritó, su voz desgarrada por la desesperación—. Mi hijo no es un ningún hereje. ¡Os lo juro! Tan solo es un pobre disminuido, una abominación, que no solo no domina los dones que el Titán le ha concedido sino que es negligente en su aplicación. He intentado enseñarle pero finalmente la orden le ha prohibido ejercer sus poderes. Sin embargo, él ha roto la prohibición y, fruto de su error, un hombre justo ha muerto. 

“Justo”. Hubo un murmullo tras esa palabra. Parecía que, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, y tras la intercesión de la doliente madre, un creciente número de los presentes se sentían inclinados hacia el perdón de aquel joven de mirada perdida. 

El Primer Hermano la miró largamente, con una mezcla de lástima y desdén. Hizo un gesto a los guardias para que la apartaran, pero Niobe se aferró a su túnica, su voz rompiendo el solemne silencio de la plaza.

—Si debe morir, que sea en el exilio, no en las llamas —imploró la madre con la voz temblorosa—. No es un hereje que deba ser purificado, no merece tal atención. Solo es un pobre tullido, un fallo de la naturaleza… un error del Titán.

El Primer Hermano vaciló e hizo una pausa que pareció alargarse eternamente. Sus ojos recorrieron la multitud, midiendo su reacción. Un nuevo murmullo recorrió la plaza como el viento en un campo de trigo. Finalmente, habló, con la voz fría como una hoja de acero.

—El Titán Oscuro no se equivoca y, ante todo, en su magnánima crueldad, no comete errores. Sin duda este ser retorcido que has traído al mundo debe de tener una misión. ¿Y quiénes somos nosotros para cuestionar la voluntad del Todopoderoso Titán? —añadió con fervor—. Que sea desterrado, y que sus días se consuman en la soledad, lejos de la gente devota, para que no vuelva a ser una amenaza para nadie. Y, si la ocasión llega, que el Titán Oscuro ejecute el destino que para él tenga preparado.

La multitud soltó un suspiro colectivo. Niobe, derrumbada en el suelo, sollozaba en silencio. Aldric, encadenado, no apartó los ojos del Primer Hermano, grabando su rostro en la memoria. No dijo nada cuando lo arrastraron lejos de la pira, pero en su corazón quedó por siempre grabada la voz de su madre llamándole “abominación”. Esas palabras de Niobe, y no las llamas, fueron su primer infierno.


Aldric alzó las manos y las impuso sobre la enorme pierna del gigantesco demonio que estaban inmovilizadas por el hechizo de Ramia. Al hacerlo, la carne de aquel ser empezó a consumirse expulsando un humo que olía a carne quemada y azufre. El diablo gritó abriendo en ese acto sus tres enormes mandíbulas y disponiéndose , en un último acto de desesperación a acabar con los tres cazademonios abalanzándose sobre ellos con todo el poder de su pesado cuerpo.

—Te tocas, Ona —dijo Aldric con su habitual serenidad.

—¡Voy! —dijo la traficante de almas acariciando su orbe con la punta del dedo índice. Debía ser rápida si no quería ser aplastada por el enemigo, pero mientras preparaba su sortilegio, no pudo evitar recordar cómo había llegado hasta allí.


Unos meses antes, en las Marismas de la Confusión.

—Ona, cariño —dijo Van Bakari mientras se enrollaba la bufanda al cuello—. Papá tiene que salir un momento. Será breve: un par de semanas.

—¿Te vas dos semanas, papá? —dijo la hija incrédula—. ¿Qué demonios tienes que hacer que te lleve tanto tiempo? 

—Cosas de traficantes. No preguntes tanto —dijo Van Bakari echando balones fuera—. En mi ausencia, puedes aprovechar para pasar el plumero a los orbes y hacer inventario de almas. Pero eso sí, no seas cotilla hija. No entres en mi escritorio ni remuevas mis cosas. Y sobre todo —añadió remarcando esas últimas palabras—. Ni se te ocurra remover mi secreter. Hay cosas importantes y delicadas.

—Descuida, papá —respondió Ona Bakari con gesto complaciente.

Van Bakari partió rumbo a su misterioso cometido y Ona volvió a quedarse sola en aquella mugrienta y húmeda guarida. Hizo lo que su padre le había dicho: limpió, hizo inventario y hasta preparó unas conservas de mora silvestre para el invierno. Pero, como era de esperar, le sobró tiempo. Fue entonces cuando, por puro hastío, se acercó al secreter de su padre. Encontró muchísimas cartas en él, algunas dirigidas al traficante de almas, pero se sorprendió al encontrar, de repente, una dirigida a ella. El destinatario era visible: Ona Bakari. ¿Por qué diablos su padre le habría ocultado esa misiva? Pensó en esperar a su regreso para pedirle explicaciones, pero no pudo contenerse y la abrió. Leyó su contenido y entendió el motivo por el que Van Bakari no se la había entregado. Era una carta dirigida a ella, en la que alguien reclamaba su presencia, basándose en la decisiva importancia de sus habilidades, para formar parte de un cuerpo de élite cuya importante misión era acabar con la amenaza del inframundo. Había en la carta un mapa y una ubicación a la que debía acudir si quería formar parte del movimiento de resistencia contra Amunet. Según advertía la carta, iba a ser una misión difícil, casi suicida, pero iba a cambiar definitivamente el mundo a mejor. La carta estaba firmada por un personaje desconocido y misterioso: Amatis de Mora.

Una llama de pasión se encendió en el joven pecho de Ona Bakari. Por primera vez en su aún corta existencia de aprendiz de traficante de almas, se sentía realmente viva. Alguien había considerado que su talento podía servir para algo más que para limpiar y clasificar cosas. Alguien importante, un prohombre anónimo, le brindaba la oportunidad de empezar una nueva vida: una que estuviera lejos del aburrimiento de las tareas del hogar y del constante vacío de un padre ausente. Una vida llena de aventuras, luchas contra demonios y compañeros a su lado; una en la que tuviera, por primera vez, una familia. Tomó su orbe-receptáculo, hizo un hatillo con sus pertenencias más importantes, y se escapó de casa antes de que su padre regresara.


Ona Bakari alzó el orbe sujetándolo con las dos manos hacia Trymon, el gigantesco demonio de tres cabezas y su magia de traficante de almas hizo el resto. El enorme diablo fue absorbido por el orbe mientras sus tres bocas lanzaban aullidos de horror. El resto de demonios, al ver desvanecerse a su colosal compañero emprendieron una caótica retirada. Los tres cazadores resoplaron fatigados pero orgullosos de sí mismos.

—Felicidades, compañeros —sentenció Ona con una sonrisa de plenitud—. Es un placer trabajar con vosotros.

—Lo mismo digo —se sumó Ramia con brillo en los ojos.

—Supongo que no ha estado mal —añadió Aldric. Con un atisbo de sonrisa en su rostro casi siempre inexpresivo—. Formamos un gran equipo.

Entonces Ona dió un respingo al percibir que su orbe brillaba y se agitaba de una forma inusitada. ¿Qué diablos pasaba? ¿Acaso los demonios capturados trataban de liberarse? Pero para sorpresa de los renegados, pudieron ver cómo lo único que sucedió fue que la luz del orbe tomó una forma de C con un intenso color morado. Los cazademonios participarían en el VII Torneo del Titán.

227 – LA NUEVA TRIARQUÍA

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LA NUEVA TRIARQUÍA

El sol empezaba a esconderse tras las Cuevas del Rechazo al tiempo que se encendían las antorchas. Aquel era un día especial en la tribu de las amazonas, pues iban a recibir a las nuevas guerreras. Aquella noche la chamana les haría jurar lealtad a la tribu y les daría sus armas de batalla a dos jóvenes que habían alcanzado por fin la edad adulta: Kiajají y Andamana.

Kiajají era la inconfundible hija de Majají, una de las jefas del clan. De ella había heredado no sólo su belleza, si no también su destreza en combate y la gran lealtad hacia la tribu. Andamana era una huérfana que Majají había encontrado en las marismas cuando era un bebé. No dudó en adoptar a la pequeña y cuidarla como a su propia hija, aunque su origen era todo un misterio. Los árboles susurraban variopintas historias que dejaban más preguntas que respuestas. ¿Podría ser un bebé no deseado de la ilustre familia Colby? ¿De alguna hermana descarriada del Monasterio Cóncavo? ¿Podría tratarse de un vástago olvidado del infame Van Bakari? Nadie sabía de dónde había salido la pequeña, pero había una cosa clara: había en ella algo especial, pues el Orbe de la Confusión siempre se iluminaba en su presencia.

Las dos muchachas crecieron como hermanas, demostrando su gran valía al resto de mujeres del clan. Eran tan letales como bondadosas; siempre cuidaban la una de la otra. Kiajají, de naturaleza enamoradiza, se encaprichaba de sus amantes y le costaba deshacerse de ellos; pero su hermana siempre le hacía entrar en razón. Por su parte, ella intentaba controlar los ataques de cólera de Andamana, su hermana pequeña, que había tenido que demostrar ser merecedora de su condición de amazona.

Las jóvenes estaban tan nerviosas como emocionadas. ¡Por fin iban a ser guerreras! La ceremonía estaba llegando a su fin; sólo tenían que jurar sobre el Orbe de la Confusión, la sagrada reliquia de la tribu que Akanni —la primera matriarca— encontró en las marismas cuando abandonó su territorio con sus compañeras. Ahí fue donde formaron su nuevo hogar. Tras el solemne juramento, Majají les dio sus armas: una lanza para Kiajají y un látigo para Andamana. Ya eran guerreras.

Todo el clan estalló en vítores de alegría y encendieron una gran hoguera alrededor de la cual corrían el Cocuy —un fuerte alcohol que ellas mismas destilaban— y la música. Las horas pasaron mientras las mujeres bailaban alegremente y disfrutaban de sus esclavos hasta que, de repente, se oyó un gran estruendo seguido de una gutural carcajada. Se pusieron en guardia. Tenían que comprobar que todas estuviesen a salvo, por lo que registraron cada una de las cabañas hasta llegar a la de las jefas: el orbe sagrado había desaparecido, en su lugar sólo había un trozo de un vendaje. Las amazonas se miraron descorazonadas. ¡Habían perdido su posesión más preciada! ¡Lo único que les quedaba de su fundadora!

Ainía, la compañera de Majají y la más impulsiva de las matriarcas, no dudó ni un segundo y salió corriendo en busca del ladrón. Cinco kilómetros al oeste pudo vislumbrar la luz de una pequeña hoguera con la que se calentaban cuatro foráneos: dos impromagos y otras dos personas. ¡Debían de ser ellos! ¡Seguro que los impromagos intentaban utilizar su orbe! Se deslizó entre los árboles y lanzó un primer dardo con su cerbatana. Uno de los impromagos la oyó y puso sobreaviso al resto que, rápidamente se levantaron en posición defensiva. La amazona y los visitantes se enzarzaron en un baile frenético: ella lanzaba sus dardos y ellos los esquivaban con sus hechizos. De repente, vio su oportunidad: una de las jóvenes se adelantó saliendo de la protección del resto. Lanzó un último dardo antes de que una luz le cegase y se desorientase. Cuando pudo recuperar la consciencia, los extranjeros ya se habían ido. Volvió derrotada al campamento en busca de consuelo de sus compañeras. 

Pasaron los meses y la normalidad parecía estar volviendo a la tribu. Nada sospechaban de que estaban siendo observadas por los expertos ojos de un cazador que buscaba venganza. Al enterarse de la muerte de su amada a manos de una amazona, Ranulf, avezado cazador, decidió ir a las marismas para vengarla. Aprovechó la caída del sol para deslizarse al interior de la cabaña de las matriarcas y asestó una mortal estocada en el pecho de una de ellas al tiempo que se despertaba la otra. Al ver a su hermana Níaia muerta, Ainía entró en cólera y se lanzó encima del atacante arañándole y mordiéndole la cara. Le mordió con tanta fuerza que le arrancó la oreja. Él respondió tirándose de espaldas encima de una mesa haciendo que ambos rodaran por el suelo entre patadas y puñetazos. Ella intentaba buscar ayuda, pero él le clavó un cuchillo en el tobillo. Entonces, la amazona le empujó la cabeza y la mano contra las ascuas, pero Ranulf aprovechó para agarrarlas y tirárselas a los ojos. Con los ojos quemados, Ainía intentó salir de la cabaña, pero su verdugo fue más rápido y le clavó un puñal en el cuello dejando que se desangrase lentamente.

En ese momento entró Majají seguida por sus hijas. Las tres estaban destrozadas. Kiajají y Andamana inmovilizaron al cazador haciendo acopio de las pocas fuerzas que tenían, pues lloraban desconsoladas: ellas habían perdido a sus tías, pero su madre había perdido a su compañera de armas y su hermana. Los días siguientes fueron los más tristes que se recuerdan en el clan: no sólo les habían robado su orbe, si no que también les habían arrebatado a dos de las tres matriarcas; la Triarquía había sido descabezada. Como era costumbre, las amazonas organizaron grandes funerales para sus jefas. Ataviadas con siemprevivas y amapolas, las guerreras decoraron la aldea con antorchas e hicieron dos grandes túmulos señalados por las armas de las difuntas jefas.

—Hemos perdido a dos de nuestras hermanas —empezó a decir Majají desconsolada—, dos valientes guerreras, tan fuertes como generosas. Aunque no de sangre, eran mis hermanas y siempre las querré. Ahora pueden descansar en paz con nuestras antepasadas. ¡Que Akanni os acoja en su seno!

—¡Que Akanni os acoja en su seno! —coreó el resto de la tribu dando por terminado el funeral.

Como dictaba la tradición amazónica, al finalizar el funeral se quitaron las flores y dieron comienzo a la ceremonia de coronación de las dos nuevas matriarcas que compondrían la triarquía. La chamana salió de su cabaña con un cuenco de pintura roja que representaba la sangre de las fallecidas y empezó a pintar a Kiajají, Andamana y Majají.

—Kiajají, hija del Clan de la Serpiente —dijo pintándole los brazos—, yo te nombro Cuerpo de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Ainía entre en ti y te guíe.

—¡Que Akanni y Ainía me guíen! —respondió la muchacha.

—Andamana, hija adoptiva del Clan de la Serpiente —repitió la chamana pintándole las piernas—, yo te nombro Cola de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Níaia entre en ti y te guíe.

—¡Que Akanni y Níaia me guíen! —respondió a su vez la menor.

—Majají, hija del Clan de la Serpiente —repitió por última vez mientras le pintaba la cara—, guía y apoya a tus hijas como lo hiciste con tus hermanas.

—¡Que Akanni me guíe! —respondió la madre.

—Ellas son la cabeza, el cuerpo y la cola de la serpiente —prosiguió la chamana—, nuestras matriarcas. ¡Que Akanni las guíe!

—¡Que Akanni las guíe! —corearon todas las amazonas.

—Traed al cazador —ordenó la chamana.

Como era costumbre, una nueva jefa de la triarquía debía dar muerte al asesino de su predecesora, por lo que las hermanas debían matar al cazador. Tres jóvenes sacaron al prisionero maniatado, lo colocaron delante de las jefas y le desataron las manos y los pies. Andamana cogió su látigo y Kiajají su lanza. Mientras Andamana le daba latigazos en la espalda, su hermana mayor le clavaba la lanza en el pie. No podía escapar, ni siquiera podía moverse. Más latigazos. Otro grito de dolor. De los pies pasaron a las piernas, los brazos y finalmente el torso. La mayor le clavó su lanza en el pecho y Ranulf aulló de nuevo. Un nuevo latigazo alcanzó su cuello, enroscándose como si de una soga se tratase. El cazador ya no gritaba, no aullaba, no se quejaba. Estaba muerto. Una vez comprobaron que había dejado de respirar, lanzaron un grito de guerra y echaron su cuerpo al río para que sirviese de alimento a las alimañas.

Pasaron varios años y el clan iba recuperando su vida normal, aunque seguían sintiendo un gran vacío en su corazón por la muerte de sus hermanas y la desaparición de su más preciada reliquia. Una buena mañana, Majají mandó un recado urgente a sus hijas. En cuanto llegaron a la puerta, vieron dos grandes serpientes naranjas entrelazadas formando una C. Sus problemas estaban resueltos: asistirían al Torneo de Calamburia, ganarían la Esencia de la Divinidad y pedirían recuperar su orbe. Asimismo, hablaron sobre el futuro de la tribu: las marismas se les estaban quedando pequeñas y sólo les traían malos recuerdos y apenas quedaban animales a los que cazar… Era el momento: tenían que abandonar las marismas, ese había sido siempre el sueño de Ainía. 

226 – LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

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LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

—… No olvidéis, pobres pecadores: el Titán Oscuro siempre vigila. ¡Feliz Día del Descenso!

Carmélida Sibyla miraba maravillada al nuevo representante de la Iglesia. Como de costumbre, había ido con su familia a las celebraciones en conmemoración de la victoria de los calamburianos sobre los hijos del dragón. Año tras año había escuchado a Inocencio hablar de la importancia de la fe y la Iglesia, pero este año fue diferente. Para dar a conocer la nueva hermandad, el sumo pontífice había delegado el sermón en Clemente, el jefe de la orden. Éste habló de la rectitud del alma, la herejía y la pureza y ella era impía, pues descendía de un linaje históricamente vinculado a la magia. Obnubilada por el discurso, Carmélida decidió ingresar en la orden para aprender del Primer Hermano.

Clemente, con su cabello largo y rubio cayendo sobre su túnica de lino, tenía un aire imponente y sereno. Su presencia irradiaba un aura de severidad que pocos osaban cuestionar y sus palabras parecían resonar con una pureza inquebrantable. Como segundo hijo de la influyente familia Colby, había renunciado a la vida noble para abrazar el servicio religioso. Fue discípulo de Inocencio y destacó rápidamente por su fervor y rectitud. Sus votos de pobreza y devoción le otorgaron el respeto del Sumo Pontífice y pronto se le confiaron responsabilidades mayores.

Carmélida no tuvo que esperar mucho para poder hablar con Clemente; aquella tarde ambos acudieron al ágape en honor al Sumo Pontífice que se celebraba en la mansión Sibyla.

 —Venerable hermano —le saludó mientras le besaba la mano—, no he podido dejar de pensar en vuestro sermón. Ha sido muy inspirador. Disculpad mi osadía, pero me preocupa mi alma y me gustaría ingresar en la Santa Hermandad como vuestra discípula.

—Nunca es osado, hija mía, velar por el alma de los pobres pecadores que vagan por nuestro mundo. Cuéntame más de ti. Eres una Sibyla, por lo que supongo que tendrás sangre arcana.

—Sí —respondió apesadumbrada—, soy estudiante de Skuchaín. Estudio alquimia, aunque mis especialidades son la elaboración de pociones y la disección de animales. Sé que no soy merecedora, pero quiero enderezar mi alma y la de los que me rodean. 

Clemente aceptó sin dudar. A pesar de ser estudiante de la infame escuela y sobrina de la directora, Carmélida poseía ciertas habilidades que podrían resultar de utilidad. Como Primer Hermano de la Santa Hermandad debía contar con alguien que le asistiera en las torturas de los herejes y las habilidades de la joven podrían serle de gran ayuda. Esa misma noche lo anunció en la mansión familiar: Carmélida sería la Segunda Hermana de la orden.

Pasaron los meses y la joven se convirtió en una experta en toda clase de torturas. Tal era su fama que los herejes confesaban hasta sus más sórdidos secretos con sólo oír su nombre. Dominaba las pociones más peligrosas y la maquinaria más sanguinaria; aunque su instrumento favorito era un pequeño aplastapulgares que recibió el día que tomó los hábitos. Por fin había descubierto su vocación y era feliz.

Una fría mañana de invierno apareció un hombre encapuchado en la puerta del monasterio acogiéndose a sagrado. No hizo falta que mostrase su faz para reconocerlo: era su hermano Periandro. 

—Por favor hermana, necesito tu ayuda —dijo mientras mostraba un pequeño bebé que llevaba oculto bajo su capa—. Es mi hija. Necesito que la acojas.

—¿¡Cómo?! —exclamó la hermana—. ¿Qué te hace pensar que me voy a encargar de tu retoño? ¿Acaso no tiene madre?

—Su madre murió en el parto y yo no puedo ocuparme de ella en la torre —explicó—. Ni siquiera posee la marca arcana, por lo que Skuchaín no es su sitio. No puedo llevarla conmigo y tampoco con nuestra hermana Aurora; no ahora que ha vuelto a la torre.

—¡Pero es hija del pecado! ¡Está tan perdida como tú!

—Por favor —suplicó Periandro—, yo sólo quiero que viva. Además, mi alma está perdida, pero la suya todavía no. Te doy la oportunidad de salvar su alma y guiarla en el santo camino del Titán Oscuro. Quizás puedas inculcar en ella la fe que no pudiste hacer florecer en mí.

Carmélida aceptó. A pesar de no gustarle la vida de su hermano, le sedujo la idea de poder criar a la niña a su imagen y semejanza. Crecería bajo los preceptos del Titán Oscuro y sería un ejemplo de rectitud. Lo que la hermana ignoraba era que no se trataba de su sobrina, si no de una de las gemelas de Rodrigo VII y Elora, los reyes en el exilio. Siguiendo el plan de su tía Minerva, Periandro había decidido refugiar a la pequeña en el mismísimo corazón del mal: la Santa Hermandad que, tras la coronación de Amunet como Emperatriz de los Dos Mundos, se había convertido en su más fiel brazo ejecutor. ¿Quién buscaría ahí?

Efélide, como llamaron a la niña, fue creciendo bajo el ala de Carmélida, quién le contó que era una huérfana a la que abandonaron en la puerta del monasterio. Acudía todas las mañanas con la Segunda Hermana a recoger bayas y otros enseres para la elaboración de venenos y filtros coagulantes. Por las tardes, le ayudaba en el diseño de nuevas formas de evangelización y por la noche escuchaba los sermones de Clemente. No obstante, a pesar de su tesón, la pequeña no tenía habilidad alguna para la tortura: no aguantaba los gritos, la sangre le mareaba, era torpe y tampoco entendía los más simples mandamientos de la iglesia. 

Carmélida era una tutora aplicada, pero su pupila resultaba desesperante. Siempre le hacía preguntas absurdas, como por qué el Titán era oscuro; por qué, si era todopoderoso, no volvía a Calamburia; y la peor “¿Por qué, si es perfecto, se cayó? ¿Acaso se tropezó?” Tras la lección fue a hablar con el Primer Hermano en busca de una solución. Clemente escuchó paciente y, entre los dos, elaboraron un plan de acción que pondrían en marcha aquella noche.

—Efélide —dijo el religioso—, la Segunda Hermana y yo hemos estado deliberando sobre tu futuro y creemos que es hora de que tomes los hábitos.

—¿De verdad? —preguntó la niña emocionada.

—Como sabes, se acerca el Día del Descenso —explicó Clemente—. Nos ayudarás en las celebraciones y, tras ellas, el Sumo Pontífice te entregará tus hábitos.

—Muchísimas gracias, ¡juro sobre el Todopoderoso Titán Oscuro que no os defraudaré!

La comitiva tardó dos días en llegar a Instántalor, donde se encontraba la antigua Catedral, solo superada en majestuosidad por la nueva Basílica del Titán Oscuro que se había construido recientemente en Ámbar. Por petición expresa de Amunet, la celebración se había trasladado a Instántalor, la ciudad más poblada del reino, ya la Emperatriz quería que el mayor número de sus súbditos gozara unos fastos religiosos tan moralmente edificantes. El templo ya estaba casi listo para las celebraciones, a falta de algunos enseres menores. Efélide paseaba por la plaza con su tutora para comprar cirios negros para la misa, pero las calles estaban abarrotadas. Gente de todo el reino había acudido a presenciar la ceremonia. De repente, algo chocó con Carmélida; un extraño niño con cola de cerdo. Miró su bolsa y comprobó que le faltaba la saca del dinero. Sin dudarlo, la Segunda Hermana echó a correr tras el truhán dejando a su pupila sola.

—Buenos días pequeña  —oyó Efélide tras de sí. Al girarse vio a una mujer entrada en años ataviada con una sucia falda y una ajada camisa— ¿Estás sola?

—Eso parece —contestó— busco a mi tutora. 

—¿Y tus padres?

—No tengo —respondió la niña.

—Pobrecilla —dijo la mujer—. Acompáñame, mi marido y yo te daremos de comer y te ayudaremos a buscarla.

Carmélida perseguía al ladrón sin percatarse de que había perdido a su pupila. Al verse sola, acudió a la catedral y preguntó por ella, pero nadie sabía dónde estaba. El propio Inocencio le encargó encontrar a la joven y le proporcionó algunos hombres de su guardia personal, pues el Supremo Benevolente consideraba que cualquier posible agresión contra un miembro de la Iglesia era una agresión contra el mismísimo Titán Oscuro al que representaban. A pesar de haber jurado no volver a usar sus artes arcanas, la Segunda Hermana se dirigió a las cocinas y elaboró una potente poción que le permitiría averiguar su paradero. Los rastros le llevaron a un viejo molino destartalado. 

Sin dudarlo, cogió su bolsa y se encaminó al viejo molino, donde se agazapó bajo la ventana y pudo escuchar hablar a los molineros. Aquellos idiotas retenían a la novicia contra su voluntad y pretendían que la niña trabajase en el molino mientras ellos disfrutaban de la vida. ¡Cómo osaban!

—Rezad cuanto sepáis, porque vuestro final será lento y doloroso —irrumpió Carmélida ante la asustada mirada de los molineros.

—¡Segunda Hermana! Os perdí y esta buena mujer me iba a ayudar a buscaros.

—Mi señora, no sabíamos que era su discípula —se disculpó Don Juancho, el molinero—. De haberlo sabido…

—¡Calla! —Gritó la hermana.

—Os imploro misericordia —dijo la mujer—, somos unos pobres molineros y hemos perdido a nuestra hija. No nos valemos solos.

—Conozco muy bien la historia de los infames molineros de Azarcón. Vuestra mera respiración contamina el aire; pero no os preocupéis, pronto dejará de ser un problema.

Esta vez nada pudieron hacer los molineros para zafarse de los soldados. Los llevaron directamente a las mazmorras del Monasterio Cóncavo a la espera de su “juicio”.

Tras el incidente, las celebraciones recobraron su oscuro color y Efélide tomó los hábitos bajo la bendición de Inocencio. Al acabar las fiestas, los tres miembros de la Santa Hermandad volvieron al monasterio, donde retomarían sus labores. A su regreso, Carmélida fue directamente a visitar a los presos. Como esperaba, estaban sucios, hambrientos, sedientos y con heridas de mordeduras de las ratas. Volvió satisfecha a sus aposentos; al día siguiente los interrogaría junto con Efélide. 

Las dos hermanas se presentaron en los calabozos al amanecer, donde los carceleros habían preparado todos los instrumentos necesarios.

—Se os acusa de haber conspirado contra la Iglesia y, por ende, contra la mismísima Emperatriz de los Dos Mundos —dijo Carmélida mientras la novicia tomaba apuntes.

—No hemos hecho tal cosa, ¡debéis creernos! —imploró Bénedi, la molinera.

—¡Silencio! Sólo hablaréis cuando os pregunte. ¿Acaso negáis haber tratado de seducir, secuestrar y asesinar a la Tercera Hermana?

—¡No le hemos hecho daño a nadie! —insistió.

Ante la negativa de la mujer, Carmélida se dirigió a su mesa, cogió una pequeña guillotina y le cortó un dedo del pie. Bénedi aulló de dolor al tiempo que Efélide palidecía. La hermana reanudó el interrogatorio, pero no daban su brazo a torcer. Otro dedo. Otro. Otro más. De repente, Efélide se desplomó. Hastiada por la debilidad de su pupila, la Segunda Hermana mandó llevar a la joven a sus aposentos y decidió proseguir el interrogatorio por su cuenta.

—No me dejáis alternativa —dijo la sanguinaria monja—. Seguro que el machacapulgares os hace entrar en razón.

Abrió su bolsa para buscarlo, pero no lo halló. El ladronzuelo de cola de cerdo debió habérselo llevado.

Efélide despertó unas horas más tarde en su catre. Seguía mareada, pero ya podía andar. Fue a la palangana a echarse un poco de agua en la cara y, de pronto, vio algo que brillaba en su escritorio, debajo de unos papeles. Se trataba de un anillo anudado a una nota que ponía “guárdalo en secreto”. Al cogerlo empezó a oír su propia voz, pero ella no estaba hablando. Gritó asustada. 

—¿Quién anda ahí? —preguntó la misteriosa voz— ¡Da la cara, cobarde!

—¿Dónde estás? —replicó Efélide intentando localizar el origen del sonido—. ¡No te veo!

Un murmullo se deslizó por el aire como un susurro que apenas lograba tomar forma.

—No puede ser… Viene del anillo…

Efélide miró la enigmática joya. En efecto, la voz provenía de ahí. De repente, ésta empezó a brillar con una deslumbrante intensidad y le sobrevino un dolor desgarrador en el hombro. Se rasgó el vestido entre gritos. ¡El hombro le ardía! Los desesperados alaridos alertaron a Clemente y Carmélida que acudieron corriendo. Al entrar en la habitación no percibieron el anillo o el eco en la voz de la niña; sólo vieron una gran C en su hombro desnudo . No había duda: la Santa Hermandad participaría en el Torneo de Calamburia.

225 – ALUCINO, LANGOSTINO

Personajes que aparecen en este Relato

ALUCINO, LANGOSTINO

La marea estaba apacible en Aurantaquía, el reino sumergido. Los tritones vivían tranquilos alejados de la vorágine de oscuridad que reinaba en Calamburia. Como de costumbre, la reina Egea observaba maravillada los coloridos jardines de coral del palacio por los que su hijo y su inseparable amigo nadaban. Ahí estaban, perturbando la paz de los pobres peces que los rodeaban. Bajó la escalinata hacia el jardín y los llamó.

—Por el Titán, ¿queréis dejar a los pobres peces tranquilos? —les recriminó.

—Perdonad madre, ya paramos —respondió Caspio acercándose hacia ella con su compañero.

Caspio era el primogénito de Egea e Itaqua, los amados reyes de Aurantaquía. Se trataba de un travieso niño que se pasaba las horas buscando nuevas aventuras que vivir. Había luchado contra fieros meros, escurridizos lenguados y terroríficos rapes. La reina sonreía divertida: padre e hijo eran como dos gotas de agua. Todas las noches los dos se reunían en el salón Mussidae alrededor del Gran Coral Cerebro y se contaban sus andanzas. El pequeño se sentaba en el regazo de su padre y lo miraba con unos enormes y preciosos ojos curiosos. “Alucino” repetía siempre el niño, a lo que su padre le hacía rabiar respondiéndole “langostino”. Sin duda, era uno de los momentos preferidos de Egea. Ese y ver a su travieso hijo y a su amigo Traqua volver al palacio manchados de cola a cabeza.

Traqua era el hijo menor de la familia Attina, la más prestigiosa de la más alta casta del reino y, como tal, tenía una estrecha relación con la familia real. Aunque las familias habían tenido sus diferencias en el pasado, éstas cayeron en el olvido cuando Itaqua se ciñó la corona, o eso creía el rey. En la actualidad los niños eran inseparables: Traqua cubría las trastadas de Caspio y lo consolaba cuando sus padres lo reñían y Caspio defendía a su amigo cuando sus hermanos mayores y sus primos lo acosaban por confraternizar con el príncipe, al que su familia odiaba en secreto. Eran como hermanos; dos alocados niñitos que soñaban con protagonizar peligrosas aventuras.

—Sentaos —dijo la reina—, os contaré una historia.

—¡Qué bien! —gritaron los niños mientras se sentaban; les encantaba cuando la reina les contaba viejas leyendas.

—Hace mucho tiempo —comenzó—, mucho antes del despertar del Leviatán, el rey Arqua gobernaba Aurantaquía. El pueblo lo amaba por su carácter noble e indulgente, aunque no titubeaba a la hora de impartir justicia. El Titán lo bendijo con dos preciosos gemelos: Itaqua —tu padre— y Anfítrite. No obstante, mientras Itaqua había heredado el dulce y justo carácter de su padre, su hermana rebosaba maldad y envidia. Se entretenía torturando a los vasallos y masacrando a los seres que nadaban por entre los corales. Decía que oía voces dentro de su cabeza. Desesperado, el rey recurrió a los mejores sanadores del reino para tratar de curar la atormentada mente de su hija que, conforme crecía, se volvía más y más oscura. Un día, la pérfida princesa descubrió que la grieta del este lindaba con el pueblo de las ondinas del mundo faérico. Guiada por las voces de su cabeza salió a la superficie para visitar a una poderosa bruja de pelo verde esmeralda. Ella le prometió la corona de ambos pueblos a cambio de una reliquia: la caracola que habría recogido las últimas lágrimas del Leviatán cuando cayó al mar. Un objeto con tanto poder que sólo podía ser anulado por la Guardiana de los Elementos. Sin dudarlo, se dirigió a la Gran Fosa Abisal, frontera con el reino ondino, donde abrió una enorme brecha que hizo temblar las profundidades del Kal-a-Mar. Alertado por los ecos de guerra que llegaban al palacio, Arqua partió con sus mejores guerreros y, tras una cruenta batalla, le arrebató el tridente a su hija y la condenó a vagar por los mares del norte. Desde entonces se la conoce como la bruja del mar.

—¡Hala! —exclamó Traqua fascinado.

—¡Alucino langostino! —apostilló Caspio tan fascinado como cuando escuchaba los relatos de su padre. Sin duda le preguntaría por ello esa misma noche—. ¿Y nunca volvió?

—Nunca se ha vuelto a saber de ella —declaró la reina.

Lo que la reina ignoraba era que la bruja del mar nunca encontró la reliquia que necesitaba, porque el patriarca de la familia Attina la había encontrado años atrás. La caracola tenía el poder de cambiar la densidad de los líquidos, habilidad que el padre de Traqua utilizó para asesinar fríamente al rey Arqua y después incriminar a la secta del Pez Volador. Este secreto familiar era conocido por Traqua y le atormentaba día tras día, ya que quería a su amigo como si de un hermano se tratara.

Pasaron los años y los jóvenes seguían tan unidos como cuando eran niños. Traqua ayudaba al príncipe en su tediosa formación real. Caspio era un adolescente soñador que ansiaba viajar y vivir aventuras como cuando su padre participó en el III Torneo de Calamburia. Odiaba tener que aprenderse los nombres de todas las especies de seres acuáticos o sus costumbres. Traqua le ayudaba a estudiar y le hacía ver que si demostraba a sus padres que se aplicaba, éstos le dejarían viajar en misiones diplomáticas. Por su parte, Caspio consolaba a su amigo cuando lloraba por los constantes desencuentros con sus padres, que no entendían que quisiese ser el guarda personal del «maldito heredero». Los Attina querían que dirigiese su propio escuadrón, como Aquílea, pero él sólo quería cuidar a su amigo. Tal era el odio que la familia sentía hacia los gobernantes, que fueron ellos los que orquestaron el asesinato del rey Arqua, padre de Itaqua; secreto que atormentaba profundamente al joven Traqua Attina.

Tras varios años de entrenamiento, Traqua cumplió su deseo y lo nombraron guardia personal del príncipe. Los reyes montaron una gran celebración en su honor y, tras pasar toda la noche bailando, el homenajeado volvió a casa donde su padre lo estaba esperando. Lo llevó a su despacho y de un gran arcón sacó una preciosa caracola con retoques dorados que se iluminaba al soplarla. Era la Caracola Áquata, la que había recogido las últimas lágrimas del Leviatán y la que su padre había usado para asesinar al rey Arqua. Al recibir el regalo, el joven no pudo evitar soltar lágrimas de alegría por su éxito y el reconocimiento de su padre y de remordimientos por llevar consigo el arma que acabó con la vida del abuelo de su amigo.

A la mañana siguiente, la corte recibió una inesperada visita. Heleas, fiero guerrero ondino, apareció seguido por una gran multitud de asustados animales para solicitar una audiencia urgente con el rey:

—Tenemos un problema —explicó a los reyes, Caspio y Traqua—, una horda de monstruos abisales están saliendo de la fosa sembrando el descontrol por doquier. ¡Necesitamos ayuda!

¿La Grieta del Este que comunica los dos mundos está en peligro? —preguntó Itaqua preocupado.

—Sí, no sabemos cuánto más la vamos a poder proteger —apostilló el extranjero—. Además, más de una ondina ha visto tentáculos escondiéndose entre las rocas; tememos que la bruja del mar haya regresado con más poder  que nunca.

—No puede ser —inquirió el rey—. ¡Tengo que ir a investigarlo de inmediato! ¡Caspio, tendrás que retrasar tu viaje! ¡Traqua, convoca a los mejores hombres! Tú te quedarás aquí cuidando de la familia real. En mi ausencia, Egea se queda al mando de Aurantaquía.

Los guerreros se prepararon rápidamente y marcharon en dirección a la Grieta del Este mientras Egea, Caspio y Traqua se quedaban en el palacio velando por la seguridad del pueblo. 

Cuando Itaqua y sus hombres llegaron a la grieta, el ambiente ya era tenso. Se percibía un aura ominosa y las aguas de alrededor se habían oscurecido. No mucho después, una figura se hizo visible entre las sombras: Azurina, la ondina aliada de Anfitrite, apareció ante ellos entrelazando sus manos en hilos de luz, distorsionando la realidad.

Itaqua dio un paso adelante sosteniendo su tridente con firmeza.

—Azurina, ¿qué es lo que tramas? —increpó, su voz resonando en la caverna acuática.

—Simplemente he venido a ayudar a mi aliada a reclamar lo que le pertenece —respondió ella con una sonrisa calculadora.

De entre las sombras surgió Anfitrite, la Bruja del Mar, con ojos centelleantes de una maldad oscura. Sin mediar palabra, Aquílea, la leal guerrera de Itaqua, se lanzó al ataque, pero Azurina, rápida como el rayo, manipuló las aguas y la envolvió a en un remolino de espejismos. Las sombras de Azurina confundieron a la guerrera, dejándola sin oportunidad de defensa. La tritona cayó envuelta en ilusiones y quedó tendida e indefensa.

—Te has dejado consumir por la oscuridad, Anfítrite —declaró con voz firme y ojos ardientes en la penumbra del océano—. No eres digna del trono que nuestro padre honró con su vida.

El rey no esperó y, blandiendo el tridente, invocó un torrente de energía que se enfrentó a las oleadas de magia oscura que Anfítrite dirigía hacia él. Ambos combatientes se encontraron envueltos en un duelo de poder y voluntad, un choque de luces que se reflejaban en las aguas profundas y vibraban en el eco del abismo.

En el fragor de la lucha, Itaqua no advirtió el peligro detrás de él. Azurina, con astucia, había creado una ilusión, ocultando la Gran Fosa Abisal justo en el lugar donde el rey de los tritones daba un paso hacia atrás. Con un último y desesperado intento por proteger a Aquílea de un golpe mortal, Itaqua perdió el equilibrio y cayó en la fosa. El agua fría y oscura lo envolvió, mientras el tridente se sumergía junto a él. Sin embargo, la corona se desprendió de su cabeza ascendiendo lentamente hacia la figura de Anfítrite, quien la tomó entre sus manos, proclamando así su victoria.

—Este es mi reino ahora, Itaqua —susurró observando cómo desaparecía en las profundidades oscuras.

Con él fuera del camino, Anfítrite se volvió hacia la inconsciente Aquílea. Sin piedad, la Bruja del Mar usó su magia para sellarla en una prisión de coral y rocas, encerrándola en una cueva marina tan profunda que nadie podría escuchar su voz. La leal guerrera de Itaqua quedó desterrada y Anfítrite, con la corona entre sus manos, proclamó su victoria sobre las aguas de Aurantaquía.

Pasaron días, semanas, incluso meses y no tenían noticias del monarca o de su guardia. La congoja se había instalado en el corazón de los tritones y nada parecía poder consolarlos. Desesperada, Egea le pidió a su hijo que se ciñese la corona, pero Caspio sentía que su padre aún seguía vivo y debía encontrarlo. Por más que la reina lo intentaba, el príncipe se negaba a darse por vencido. Finalmente, Egea aceptó y mandó preparar la expedición de rescate. Al día siguiente, Caspio y Traqua emprendieron su primera expedición escoltados por un pequeño ejército.

Recorrieron los vastos campos de coral y las preciosas parcelas de perejil marino; atravesaron el frondoso bosque de algas, el banco de medusas y el arrecife de las mantarrayas; lucharon contra las despiadadas anguilas y, por fin, llegaron a la grieta que unía los dos pueblos submarinos. Ahí les esperaban Airlia, la dama turquesa. Tras recibir a los visitantes con un pequeño ágape los condujo hacia la Gran Fosa Abisal. 

—¡Aquí es! —anunció Airlia sombría—. Aquí yacen los restos de Anfítrite. No podíamos permitir que la maldad de sus tentáculos siguiese contaminando nuestro mundo. Hemos perdido mucho por su culpa. Incluso muerta, sus brazos aún nos han dañado. Fue muy duro llevar su cuerpo hasta las profundidades de la fosa. Perdimos a Escila, una gran guerrera… una gran amiga.

—Lo lamento mucho —intervino Caspio.

—Os lo agradecemos —respondió Airlia—. Sin embargo, al borde  de la fosa encontramos algo que creemos que os pertenece.

A una señal de la dama, dos ondinas trajeron un gran cofre alargado y lo posaron frente a Caspio. Airlia lo abrió con cuidado mostrando el majestuoso tridente y la imponente corona  del Rey de los tritones: su padre. 

—Son su tridente y su corona —sollozó el príncipe—. ¿Dónde están mi padre y su escolta?

—Lo lamento, pero sólo encontramos sus pertenencias —explicó Airlia—. No había rastro alguno de vida, ni de vuestro padre ni de Aquílea.

Caspio se quedó paralizado; no sabía qué hacer. Traqua intentó convencerle para volver a casa, pero el príncipe se negaba: necesitaba desesperadamente encontrar a su padre. Vagaron durante meses en su busca pero no hallaron rastro alguno de ellos. Tras meses de desesperada rastreo, Traqua logró convencer al heredero para volver al palacio. 

Los guerreros volvieron a casa abatidos. Todos, salvo el joven Caspio, habían perdido la esperanza de encontrar al rey con vida. Egea los recibió con cariño y concertó una reunión con su hijo para deliberar sobre el futuro del reino.

—Tienes que coronarte —empezó a decir la reina—, no podemos esperar más.

—No, madre —respondió el joven con lágrimas en los ojos—. Sé que padre sigue vivo.

—¡Aunque estuviese vivo, no podemos correr más riesgos!

—¿A qué os referís?

—Es hora de que te cuente la verdad sobre la muerte del rey Arqua —declaró la reina—. Cuando tu padre volvió del continente trajo consigo un gran número de historias maravillosas sobre la vida en la tierra: grandes tesoros, brillantes metales y deliciosos manjares. Los tritones de las castas inferiores se sublevaron y, ante la negativa del rey de abandonar los mares, lo asesinaron mientras dormía. Varios miembros de la secta del Pez Volador se infiltraron en el palacio y lo descuartizaron con dagas oxidadas. ¡La peor humillación posible para un miembro de la realeza! Aurantaquía te necesita.

—No, madre. No puedo —sentenció el joven—. Cuidaré del reino en nombre de padre, pero no me ceñiré su corona.

Sin embargo, no tuvo que esperar mucho tiempo para encontrar la solución a sus problemas, pues a los dos días llegó un pequeño cofre de madera con una «C» dorada grabada. ¿Sería posible? ¿Podría encontrar a su padre? Con esperanzas renovadas llamó a su madre y su guardián:

—Madre, hermano —empezó a decir—. ¡Estamos salvados! Han llegado dos invitaciones para participar en el VII Torneo en honor al Titán.