Se respiraba un ambiente sombrío en el Palacio de Ámbar. Los ejércitos de Amunet habían logrado hacer retroceder a las tropas reales hasta obligarlas a refugiarse tras los muros de la imponente fortaleza. Las huestes infernales habían empezado a levantar sus campamentos para prepararse para un largo asedio. Los defensores del castillo, que habían hecho acopio de víveres y agua, se disponían a resistir hasta el final, pero el futuro se auguraba poco halagüeño para aquellos que se mantenían fieles a la corona. No solo Áxbalor, el Alto Demonio, que había sido liberado del báculo, luchaba al lado de la Emperatriz, el clan de los zíngaro había acudido por las noche cubiertos por el manto de la penumbra. Querían unirse a las huestes de Amunet clamando venganza para su antigua matriarca. Incluso Van Bakari, el traficante de almas, se había sumado a las fuerzas infernales con su ejército de redivivos.
Kórux, el Archimago, lanzó un rayo fulminante que redujo a cenizas al esqueleto no-muerto que le impedía el paso. Dió un salto y esquivó la embestida de un diablillo de un solo cuerno que se lanzó sobre él con la desacertada intención de derribarlo. Acto seguido, le lanzó una ráfaga de fuego frío que prendió al tocar su piel. Mientras el ser del Inframundo gritaba desesperado y se revolcaba por el suelo tratando de apagarlo, Kórux alcanzó la barrera protectora y entró a la zona segura. Ya estaba dentro. Varios guardias lo saludaron con sumo respeto y él se dirigió hacia el palacio.
Notó que la moral de la tropa era notablemente baja; parecía que la esperanza de los defensores iba menguando poco a poco. Sin embargo, vio a los hombres de fe y a gran parte del pueblo llano bastante enfervorecidos gritando consignas religiosas. Sintió cierto orgullo al sentir que el Todopoderoso Titán Oscuro había decidido bendecir al pueblo con su fe. La necesitarían para vencer a Amunet.
Al alcanzar el segundo piso, pudo ver a Grahim, el impromago, coordinar al resto de impromagos desde un elevado balcón para que mantuvieran la defensa mágica.
—¡Vamos, no os durmáis en los laureles! Somos la esperanza de toda esta gente. ¡Quiero que esta barrera resista cueste lo que cueste!
—Grahim, ¡que bien que hayas llegado a tiempo!
—Hace poco, Archimago. He tenido que usar el hechizo de los pies ligeros que nos enseñó Judäthyn y he acabado con las plantas llenas de ampollas —dijo tratando de ocultar el dolor—. Pero, gracias a la benevolencia del Titán Oscuro, he llegado desde la torre arcana en un periquete: justo a tiempo para tratar de coordinar esto —añadió señalando con la varita en derredor con un breve gesto de muñeca.
—Sí, es una lástima que no podamos teleportarnos… —se lamentó Kórux—. Yo mismo he tenido que encargarme de algunos enemigos para poder entrar en Ámbar. El asedio ha rodeado completamente la ciudad, menos mal que logré que Minerva regresara a Skuchaín con la escolta real. Este sitio ya no es seguro. Tengo que reconocer que habéis hecho un buen trabajo con la barrera protectora, los muros no hubieran resistido mucho tiempo a ese ejército de demonios —le felicitó Kórux mientras miraba satisfecho la gran cúpula protectora que envolvía todo Ámbar con un brillo anaranjado.
—Gracias, Archimago —respondió Grahim tratando de no mostrarse demasiado orgulloso de sí mismo—. Y usted, ¿qué tal en su misión diplomática? ¿Tenemos a los piratas?
—Los tendremos —respondió con tono agridulce—, pero me temo que tardarán en llegar. Kalzaria no está cerca precisamente y las tropas de Amunet se extienden por todo el reino como una mancha de aceite.
—Espero que se den prisa, cada vez son más enemigos —dijo el impromago con cierta preocupación en la voz.
En ese instante, un proyectil de las catapultas enemigas impactó en la cúpula haciéndola vibrar. Grahim se llevó las manos a la cabeza como si temiera que el hechizo no resistiera.
—Me gustaría poder tranquilizarte Grahim, pero lo cierto es que yo mismo, con todo mi poder, empiezo a pensar que puede que perdamos esta batalla —dijo Kórux sin perder la compostura—. Pero recuerda el plan de Minerva: la corona debe sobrevivir.
Entonces una extraña aparición de brillo cegador interrumpió su conversación. Los magos contemplaron atónitos a un hermoso ser que flotaba muchos pies por encima de las huestes infernales, como mecido por el aire mismo, acercarse al castillo. Aquella entidad atravesó la barrera de protección como si la magia, en vez de repelerla, la abrazara con cariño maternal. La figura se posó con suavidad ante Kórux y Grahim: era Naisha, la mismísima Sacerdotisa de los Elementos, considerada por muchos el ser más poderoso de Calamburia. La solemne guardiana había abandonado finalmente sus dominios para acudir a la batalla. ¿Lograría su repentina aparición devolver el equilibrio a la balanza?
—Os agradecemos que hayáis abandonado vuestro templo, Sacerdotisa —dijo el Archimago con una reverencia.
—No suelo hacer este tipo de cosas —expuso ella con gesto algo sombrío como rasgada por un profundo dolor reciente que aún no había cicatrizado—, pero he perdido a alguien muy querido por culpa de esa emperatriz y sus aliados —dijo lanzando una furibunda mirada al campamento zíngaro que había aparecido en lontananza—. La Oscuridad se está extendiendo. He sentido su influencia e incluso he tenido que enfrentame contra una de sus materializaciones: el Titán Oscuro está más cerca de lo que pensamos.
—Lo lamentamos profundamente, Sacerdotisa —dijo Grahim con gesto doliente—. Cada vez que contemplo las tropelías que cometen los zíngaros con su magia, no puedo evitar avergonzarme de una parte de mí… pero el Titán Oscuro nos protegerá.
Ella se acercó a él en silencio y le dedicó una mirada tierna , pero cargada de preocupación. Sabía que la fe hacia el Titán de la Oscuridad ya se había impuesto en los confines de Calamburia, corrompiendo a las almas más débiles. Sin embargo, no era la batalla que debía librar ahora. Por mucho que esa fe se extendiera, su misión era otra más urgente y no podía permitirse perder el foco.
—No te preocupes, Grahim. Esta no es una cuestión de sangre. Cada ser elige su bando en esta batalla —murmuró poniendo su delicada mano sobre el hombro del aspirante a profesor—. Mi misión no es vengar a mi querida Kesia, aunque es algo que haré con sumo gusto. Vengo a tratar de restaurar el equilibrio. Los elementos están alterados. Alguien ha intentado mancillar su pureza y no tengo ninguna duda de que esa emperatriz tiene la culpa. Además… —añadió con una mueca que escondía cierta nostalgia— parece que Van Bakari, mi viejo enemigo, se ha unido a ellos.
—Así es —confirmó Kórux con gesto de preocupación—. Ese traficante de almas ha estado detrás de esto desde el principio. Él movió los hilos con sus artes oscuras para que Amunet pudiera ser engendrada.
—Muy propio de él: sembrar el caos y tratar de ganar ventaja en la confusión —sentenció Naisha con palabras en las que resonaban rencores pasados—. A saber cuántos años lleva trabajando esa retorcida hormiguita para conseguir esto —añadió extendiendo los brazos al inmenso campamento de las huestes infernales y sus aliados.
—Por eso es de vital importancia que, suceda lo que suceda, se mantenga la línea dinástica —dijo Kórux a Naisha—. Debemos proteger a los herederos a toda costa. Si el joven Rodrigo cae, nada se interpondrá ya en el camino de Amunet.
—No os preocupéis, protegeré al heredero en caso de que esos demonios consigan penetrar en el castillo. El poder de los elementos no permitirá que la Oscuridad rompa la paz de este reino —sentenció la sacerdotisa con decisión.
—Minerva ha insistido en que, para que su plan de reunificación pueda desarrollarse a la perfección, el heredero tiene que sobrevivir pero… ¿qué hay del resto de la familia real? —preguntó Grahim algo incómodo.
—No quiero engañaros. Si la cosa se complica, como creo que va a pasar… —enunció Kórux con resignación— puede que no seamos capaces de salvarlos a todos. Recordad que, en todo caso, la prioridad es siempre proteger al heredero y a la infanta.
De repente, Doddy y Zoraida salieron al balcón azorados corriendo como alma que lleva el diablo.
—¡La baddeda mágica ha caído! ¡Sus oddaz ya están penetdrando en el pedímetdo de Ámbad! —gritó el príncipe aterrorizado con su rostro juvenil perlado de sudor.
—¡Archimago, Sacerdotisa! —chilló a su vez la infanta Zoraida que corría tras él—. Los demonios han superado la cúpula protectora y ahora están atacando la muralla principal. Se acercan, pero no os preocupéis porque, si estamos juntos, nada malo puede pasarnos…
En ese instante, la infanta profirió un sonoro alarido mientras se llevaba la mano a la cabeza como si le doliera sobremanera. Cayó al suelo sobre sus rodillas como si se hubiera debilitado repentinamente. El Archimago, preocupado, le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Qué os ocurre, Zoraida? —preguntó Kórux.
—Nada, solo un dolor de cabeza —explicó ella tratando de quitarle hierro al asunto—. Nada importante. Debe de ser por el ruido de la guerra; esta noche no he pegado ojo.
—Debéis descansar, infanta —dijo con tono paternal—. Nos esperan a todos jornadas muy duras.
Zoraida se alzó fingiendo estar completamente repuesta.
—Vamos Grahim —ordenó entonces el Archimago—, el ejército necesita de nuestra magia más que nunca. Naisha, os ruego que protejáis a los infantes.
—Seré su guía y su escudo —sentenció la sacerdotisa con una leve inclinación de cabeza. Mientras los observaba partir, pensó en silencio que si había alguna esperanza de devolver a Calamburia la fe en el Titán de la Luz, estaría albergada en esos infantes, descendientes de los elegidos, con su marca grabada en el cuerpo. El poder de la luz aún podía renacer en ellos y sabía que debía protegerlos a toda costa.
Anaid, Tasac y el resto de los impromagos recién graduados se habían quedado protegiendo la torre arcana liderados por Trai y Periandro. La labor más arriesgada, la de proteger el castillo con su magia, había recaído sobre ellos: Kórux, Grahim y algunos de los impromagos más veteranos. Tener a Naisha en la retaguardia protegiendo a la familia real les daba mucho mayor margen de maniobra. Si eran lo suficientemente rápidos y la grieta en el muro no había sido demasiado grande, quizás podrían volver a sellarla a tiempo para evitar que los demonios entraran en el palacio.
Los infantes, haciendo oídos sordos a las advertencias, hicieron ademán de seguir a los adultos al campo de batalla, pero su madre, la reina, apareció de repente agarrando a cada uno un brazo con fuerza.
—Vosotros dos os quedaréis aquí protegidos por Naisha —dijo Melindres—. Sois la única esperanza del Trono de Ámbar. Amunet quiere reclamar la corona para sí y ser proclamada Emperatriz de los Dos Mundos. Si se libra de vosotros dos le habremos allanado el camino, pues será la única heredera posible a la corona.
Doddy y Zoraida tragaron saliva, los ojos oscuros y severos de su madre no parecían admitir réplica alguna. Por si fuera poco, y sin dejar de pensar en el hueco que había dejado la muerte del pequeño Sancho en su corazón, no se conformó con las medidas que había tomado. Se volvió y llamó a sus guardianas personales.
—¡Shuaila! ¡Shuleyma!
Las damas escorpión entraron en la estancia con diligencia pero de forma sigilosa. Al fin y al cabo, eran entrenadas asesinas y hábiles guerreras.
—Hermanas, os libero de vuestro juramento. Ya no tenéis que protegerme —sentenció la reina.
—Pero Majestad, nuestro padre, el Escorpión de Basalto, ordenó… —comenzó a replicar Suhaila.
—Nuestro padre gobierna sobre los nómadas de las arenas, pero no olvides quién es tu reina —la interrumpió secamente Melindres—. Quiero que protejáis a mis hijos con vuestra vida si fuera necesario.
Hubo un silencio tenso, pero en la mente de las dos nómadas resonó el recuerdo de la muerte de infante que no pudieron evitar. Ambas miraron al suelo durante un instante y finalmente cedieron ante la inquebrantable determinación de la reina.
—Así lo haremos, hermana. Rodrigo y Zoraida vivirán o moriremos todos —acató Shuleyma llevando su daga al pecho a modo de juramento.
—Os lo juramos por el Escorpión Sagrado —añadió Shuaila imitándola.
Mientras las hermanas conversaban, la Sacerdotisa de los Elementos se acercó a la pequeña infanta y le habló en voz baja, con disimulo pero con el gesto grave.
—Sé lo que te ocurre princesa y creo que ha sido un grave error dejar entrar a la emperatriz de los infiernos en tu cabeza.
Zoraida la miró con una mezcla de sorpresa y vergüenza.
—Sé que es persuasiva y tiene un extraño poder —continuó exponiendo Naisha—. Lo he sentido en mi propia carne no hace mucho, pero debes resistirte. Tienes que saber que un pacto con los demonios nunca trae nada bueno y menos ahora que están potenciados por el Titán Oscuro.
—Ya he perdido a un hermano —susurró la pequeña a modo de respuesta—. Si algo he aprendido de Periandro y Cristóforo es que una princesa siempre tiene que estar dispuesta a hacer lo que sea para proteger a los suyos.
Inocencio, el Supremo Benevolente, se levantó, como de costumbre, antes que el sol, aunque con un inusual buen humor. Ese Día del Descenso era una fecha doblemente señalada. Se sentía como un niño al que, tras meses de espera, le iban a entregar su ansiado regalo de cumpleaños.
Se estiró desperezándose, se lavó la cara y se vistió con sus mejores galas. Luego se asomó por la ventana de su celda, ubicada en el último piso de la Basílica del Titán. Miró hacia abajo y pudo contemplar a los ajetreados soldados del ejército defensor que corrían de un lado a otro tratando de prepararse para la embestida definitiva de los ejércitos infernales. Alzó la mirada al cielo. La cúpula de magia que los protegía emanaba un brillo sutil de color ambarino, aunque parecía que poco a poco iba cediendo a los embates de los proyectiles. No tardaría en caer. Alzó su mirada al cielo aún oscuro, más allá de la barrera. La constelación de Kharaûm ya no brillaba. El día anterior, Inocencio había contemplado sus últimos destellos allí donde ahora sólo había oscuridad; dulce y sagrada oscuridad.
«Bien —se congratuló—. Todo está sucediendo tal y como ellos dijeron». La sonrisa del Supremo Benevolente se hizo aún más amplia. Los guardianes del tiempo habían cumplido con su parte; ahora él cumpliría con la suya: la verdad debía ser revelada. Fue a su pequeño escritorio y abrió un cajón cerrado con llave. De él extrajo un viejo libro polvoriento que parecía llevar mucho tiempo allí. Sopló con fuerza para limpiarlo y lo tomó en sus manos huesudas con veneración. «Ha llegado el momento de celebrar una misa muy especial —se dijo a sí mismo con un resplandor maligno en la mirada—. Mis fieles necesitan un poco de esperanza en estos tiempos convulsos y solo él se la puede conferir».
El atrio de la Basílica del Titán, con sus altas bóvedas de piedra oscura, resonaba con los cánticos de los fieles que habían encontrado en el culto la única esperanza ante los tiempos oscuros que se avecinaban. A lo lejos, la cúpula protectora creada por los impromagos temblaba a intervalos irregulares. Sin embargo, dentro de la basílica los feligreses se reunían y se agolpaban entre los muros de su fe, buscando la salvación y el consuelo que el Supremo Benevolente Inocencio I les prometía como representante en la tierra de la fe en el Titán de la Luz.
La atmósfera de la basílica era de fervor contenido. Los murmullos de plegarias y las miradas de esperanza se dirigían hacia el altar donde Inocencio, con su figura enjuta e imponente, se preparaba para dar el sermón. Para todos ellos, el Día del Descenso no solo representaba un acto de devoción, sino una ocasión para reafirmar su fe en el Titán de la Luz, que los protegía en los tiempos de oscuridad. Inocencio I, siempre faro de esperanza, había sido un pilar para todos y muchos creían que, gracias a su guía, la luz prevalecería sobre cualquier amenaza.
Ese día, el ambiente estaba cargado de expectación. Los fieles, buscando alivio en la palabra de su líder, esperaban que el Supremo Benevolente les ofreciera la salvación que tanto ansiaban. Sin embargo, no sabían que lo que estaba a punto de suceder cambiaría el curso de la historia de Calamburia para siempre.
Ataviado con su tocado oscuro y su túnica negra ribeteada de dorado, Inocencio I se alzaba por encima de los fieles en el altar. En sus manos sujetaba un libro antiguo que parecía absorber la luz espectral de las velas como si quisiera engullir cada rayo que lo tocaba. Sus ojos, fríos y sin emoción, reflejaban solo una tranquila certeza.
—El Descenso del Titán… —comenzó con una voz profunda que resonaba en las altas bóvedas de la basílica—. Durante siglos nos arrodillamos ante la figura de ese coloso al que llamamos Salvador, el protector que, según nos dijeron, trajo la paz con su sacrificio. Nos enseñaron que su descenso fue nuestra salvación. Pero hoy, hermanos y hermanas, os traigo la verdad.
Mientras pronunciaba estas palabras, algo oscuro y primigenio comenzó a emanar del códice. Un leve susurro de sombras brotó de sus páginas como si el aire mismo se desgarrara ante el poder liberado. Las sombras parecían danzar en los rincones de la basílica, pero no se quedaron allí. Como una ola invisible, la Oscuridad fluyó más allá de los muros extendiéndose por toda Calamburia.
A medida que hablaba la Oscuridad crecía en intensidad y continuaba su avance, fluyendo más allá de los muros de la basílica. Lo que al principio era solo una leve niebla de humo negro, ahora se convertía en una fuerza palpable, oscura y sibilante que extendía sus tentáculos con voracidad hacia los cuatro puntos cardinales. La Oscuridad en expansión siguió su curso dejando los confines de Ámbar y avanzando rápidamente hacia las Marismas de la Confusión, sobrevolando los campos arrasados por la guerra. Allí, las aguas, que siempre habían sido turbias pero tranquilas, empezaron a agitarse. Los seres de las marismas, criaturas acostumbradas a la quietud del pantano, percibieron el cambio con cierta turbación. El agua se oscureció aún más y los vapores que la ciénaga lanzaba al aire se volvieron un poco menos respirables.
—¡Nos han mentido! —exclamó Inocencio con una voz cada vez más profunda, mientras la Oscuridad se extendía más allá de las marismas—. Ese Titán al que veneramos no es más que un espejismo, un falso ídolo. Se trata de una mentira perpetuada para mantenernos dóciles, débiles. El verdadero Titán, el único, no es un ser de luz o de compasión. Este libro que traigo conmigo así lo revela, un libro que nos ha sido ocultado durante décadas por esos traidores que se hacen llamar reyes. Aquí está la única verdad.
Con esas palabras, la Oscuridad siguió su avance deslizándose por las calles de Instántalor. Como una niebla oscura y densa, invadía cada rincón de la ciudad colándose en los callejones y deslizándose por las ventanas de las casas. Los ciudadanos empezaron a sentir una sensación de pesadumbre que se cernía sobre ellos, como si el mismo aire que respiraban fuera pesado y corrupto. Las antorchas que iluminaban la ciudad comenzaron a apagarse una a una, mientras la Oscuridad avanzaba inexorable devorando toda luz.
—No es el Titán que creíamos conocer el que dictaba nuestro destino. ¡Es el Titán Oscuro, implacable y cruel, el que ha dictado el curso de nuestras vidas desde el principio! —declaró Inocencio alzando el Códice Oscuro hacia el cielo. A medida que hablaba, el poder tenebroso emanaba del libro envolviendo aún más profundamente cada rincón del reino.
La Oscuridad no se detuvo. Continuó su avance hacia las Montañas Cobrizas, hogar de los salvajes, hijos del Titán de la Luz y guardianes del equilibrio natural. Conectados profundamente con la tierra y el viento, sintieron cómo las sombras se alargaban y el aire se volvía pesado, señal de la ponzoña que había comenzado a invadir su sagrado territorio.
—¡Mirad más allá de estos muros! —clamó Inocencio, su voz resonando como un trueno en el interior de la basílica—. Los ejércitos que hoy nos asedian no son enemigos, ¡son la manifestación del verdadero Titán! El Titán Oscuro nos extiende su bendición a través de Amunet, la Emperatriz de los Dos Mundos. Nos llama a formar parte de su legión. Porque no hay gloria en la piedad, ni salvación en la luz. ¡Solo en la crueldad del Titán Oscuro encontramos la justicia verdadera!
Con cada palabra que pronunciaba, la Oscuridad se volvía más densa y poderosa. Ascendió hacia los cielos envolviendo el reino de Caelum, donde los seres del aire empezaron a luchar contra vientos que ya no eran sus aliados, sino borrascas hostiles. Las corrientes que siempre los habían sostenido, ahora se volvían indómitas y las nubes, que antes eran blancas y esponjosas, se tornaban grises y sombrías, como si el mismo cielo comenzara a cerrarse sobre ellos como una cárcel plomiza.
Por último, la Oscuridad alcanzó el Kal-a-Mar. Se extendió hasta las costas de Isla Kalzaria, donde el ron se volvió menos dulce y hasta alcanzó los reinos submarinos de Aurantaquia. Los tritones, guardianes de las aguas cristalinas, vieron con horror cómo las corrientes, antes puras y serenas, se volvían oscuras y turbias. El mar, que siempre les ofreció refugio, se agitaba como si algo maligno hubiera despertado en sus profundidades corrompiendo el equilibrio que durante generaciones habían protegido. Aunque los tritones no lo supieran aún, parte de la Oscuridad que inundó su reino alcanzó lo más hondo de la Gran Fosa Abisal, donde despertó y alimentó a una antigua raza oscura creada eones atrás que se había mantenido siglos en letargo.
—El Titán es cruel, es castigador y se expresa por caminos inescrutables. Pero, sobre todo, es poderoso. Hoy nos manda una muestra de su poder en forma de amenaza demoníaca. ¿Y qué debe de hacer un buen fiel ante una muestra de poder del Titán? Abrazar su destino y rendirse a su voluntad. La emperatriz no es el fin, fieles míos; es el principio: un nuevo principio. Hoy —continuó Inocencio, su voz ahora como una tempestad— nos despojamos de las cadenas de la falsa fe. Nos unimos a las huestes de Amunet no como prisioneros, sino como sus hermanos de guerra. Porque hemos entendido la voluntad del Titán Oscuro, su justicia y nosotros… ¡nosotros somos su instrumento!
Y así, con cada palabra de Inocencio, la Oscuridad se expandía por toda Calamburia arrasando cada rincón del reino. Los fieles, reunidos en la basílica, escuchaban con devoción, inconscientes del poder que ya había cambiado el mundo que conocían. Sólo Inocencio sabía la verdad: el Titán Oscuro había comenzado a reclamar su reino y ya no había vuelta atrás.
Una explosión de gritos sacudió la Basílica del Titán. Los acólitos, que hasta entonces habían estado arrodillados en veneración, se levantaron con furia. Alzaron los puños hacia el cielo ennegrecido al son de sus atronadoras voces.
—¡Eterna es la crueldad del Titán Oscuro! —clamaban al tiempo que sus ojos ardían de puro fervor—. ¡Eterna es su justicia!
Era una escena tierna, pero triste. A los pies del trono de Nácar, Karianna, la Dama Blanca, acariciaba el pelo oscuro y ensortijado de su hijo mientras le contaba las turbadoras noticias que acababa de recibir desde la Torre de Skuchaín. Yardan la miraba atónito y temeroso.
—Pero madre, ¿estás segura de que debemos contar esto al resto de razas faéricas? Si es cierto lo que te ha dicho el archimago, todo el orden establecido se vendrá abajo —dijo el pequeño unicornio con los ojos vidriosos. Era un chico sensible, de corazón puro.
«Ha crecido tanto y tan rápido… pero en el fondo sigue siendo un niño —reflexionó la poderosa unicornia para sí tomando conciencia del paso del tiempo—. Sigue tratando de evitar los problemas. Cree que los monstruos desaparecerán si miramos hacia otro lado». No podía culparle. Bajo la constante vigilancia de Breena y tras los muros de la Aguja de Nácar, había sido criado entre algodones. No había sido expuesto aún a la maldad del mundo. «Y, si yo puedo evitarlo, nunca lo será», se dijo Karianna a sí misma abrazándolo con todo su amor maternal.
Al abrazarlo, la Dama Blanca volvió a notar los bultos que le estaban saliendo a su hijo en la espalda. Estaba algo preocupada por ello, pero decidió trasladar sus inquietudes a otro momento. Ahora tenía entre manos algo más importante: el futuro de todo el Mundo Faérico.
—Hijo mío —respondió la madre decidida—, como Dama Blanca, mi compromiso con la verdad está por encima de la conveniencia. Los druidas se han corrompido y han traicionado a su noble causa. Las razas deberán aceptarlo, no pueden mirar hacia otro lado —añadió con la mirada sombría. Era consciente del peligro de romper los sueños sobre los que se edificaba el orden establecido. ¿Habría alguna forma de evitar lo inevitable?
De repente las sensibles orejitas de Yardan se agitaron. Había oído algo.
Breena, el Espíritu del Bosque, atravesó la pared repentinamente con su forma de ciervo espectral. Acto seguido, adquirió su apariencia humanoide y anunció:
—Ya llegan, Dama Blanca. Los enviados de las distintas razas han entrado en la Aguja de Nácar —su cara de circunstancias evidenciaba que había sido informada de la importancia del suceso que se iba a desatar.
—Esto no va a salir bien, madre. Tengo un presentimiento… —musitó el niño azorado aún acurrucado en el regazo de Karianna. Su respiración acelerada parecía la de un potrillo asustado. Su madre lo acarició con ternura, lo levantó de su regazo y puso en pié. Lo cogió por los hombros y lo miró a los ojos. Negros, como los de su padre.
—Mírame, Yardan. Todo va a ir bien —mintió la unicornia. Luego se levantó, tomó su báculo y adquirió un gesto más regio, pues era el momento de ejercer toda la autoridad que le había sido conferida. Lo haría por la justicia, por el bien de su pueblo… y por el futuro de su hijo, para que pudiera crecer en un mundo libre de corrupción y oscuridad.
Dos de los enviados alcanzaron el último peldaño de la escalera. Los primeros en llegar fueron un enano de las Montañas de Acero y una anciana fauna que se apoyaba con la mano en su hombro.
—Gracias, noble enano por ayudar a esta pobre anciana a llegar hasta aquí —agradeció Tyria—, mis ojos ya no ven como antes.
Acto seguido, se dirigió a Karianna, que ya había ocupado su puesto en el trono y pronunció con solemnidad:
—Dama Blanca, acudo a vuestra llamada en nombre de los faunos. Mi hija ha tenido a bien enviarme en su lugar.
—Yo, Isaz Martillo-Pilón, enano de la Forja Arcana, acudo a la llamada en nombre de mi madre, la Dama de Acero, que no ha podido personarse —pronunció el robusto herrero hincando la rodilla en el suelo y apoyándose en el mango su enorme maza.
Entonces se escuchó un leve aleteo que poco a poco se hizo más intenso. Por el ventanal principal entró volando un hado de colores otoñales y se posó junto a los recién llegados. Hizo una sucinta y desganada reverencia. Se notaba que no simpatizaba con los presentes y que no era plato de su gusto estar allí.
—Las hadas acuden a la llamada de la Dama Blanca —dijo con retintín—. Mi madre os ruega que perdonéis su ausencia, pero os recuerda que tiene a toda una raza a la que gobernar y no puede estar al albur de vuestros repentinos caprichos. Con todos los respetos, por supuesto —añadió como si esa fórmula cordial compensara su evidente falta de tacto.
Del techo del salón del trono empezó a caer una gota, luego otra… y otra.
—¿Goteras en esta época del año? Si todavía no ha llegado la temporada de lluvias —reflexionó en voz alta Tyria que, aun sin vista, demostró ser capaz de percibir todo lo que ocurría a su alrededor.
El goteo intermitente se fue convirtiendo en un chorreo que, al cabo de unos instantes, formó un charco. De él, surgió Airlia, la mismísima Dama Turquesa, con una sonrisa afable que dirigió a su estimada Karianna, demostrando la fidelidad que siempre le habían profesado.
—Las ondinas están presentes. Servimos, como todos, a la guardiana de la Aguja de Nácar —dijo con impostada formalidad. Luego relajó el tono—. Disculpad el retraso, Dama Blanca, andamos en mitad de cierta crisis en Tealia, pero he dejado a Heleas al mando y he acudido en cuanto he podido. Ya sabéis que la Bruja del Mar nos atacó hace poco.
—…y fue derrotada. Os felicito. Las ondinas sois sin duda poderosas y valiosas aliadas —dijo Karianna a modo de cumplido que su interlocutora encajó con amabilidad.
—Así es, mi señora. Pues bien, el inmenso cadáver de la bruja, que tiene la forma de un enorme monstruo, lleva tiempo emponzoñando el agua a su alrededor y matando a los peces que habitan la zona de la Gran Fosa Abisal.
—Lamento oír eso —respondió Karianna con empatía.
—Pero no os preocupéis. He mandado a Escila, mi mejor guerrera, a solucionarlo con un destacamento. Ella se deshará del problema, estoy segura.
De repente, la charla fue interrumpida cuando una de las velas que colgaba de la lámpara del techo empezó a intensificar su llama. Acto seguido, esta se convirtió en un remolino flamígero que contenía una silueta humana. Todos se sobresaltaron, pero respiraron tranquilos al ver aparecer a Sîyah, Tormenta de Llamas, el brazo derecho de Sörkh.
—También los efreets atienden a la llamada. El fuego acude raudo cuando se le llama. Mi señora os manda… saludos —añadió con un tono que denotaba de todo menos cordialidad.
«Estupendo —se lamentó irónicamente la Dama Blanca para sí—, la tensión se palpa en el ambiente. Esto va a ser aún más difícil de lo que creía».
—Sed bienvenidos todos a la que es también vuestra casa —dijo con una leve reverencia que dedicó a todos los enviados—. Siento la premura con la que os he convocado y entiendo que no todas las damas puedan estar presentes. Sin embargo, todas las razas han tenido a bien mandar a sus respetables embajadores. He reunido aquí, en la Aguja de Nácar, a todas las razas faéricas para daros una nefasta noticia: los druidas nos han traicionado.
Se produjo un murmullo general que mezclaba tonos de indignación con la más pura sorpresa y algún murmullo de terror.
—¡Silencio! Seres faéricos —gritó Breena haciéndose oír por encima de todos con la autoridad que le confería su cargo de Espíritu Protector—. Escuchad a la Dama Blanca.
Todos obedecieron al espíritu ciervo, aunque sus expresiones ante la revelación eran, cuanto menos, dispares.
—Grahim, uno de los mejores magos de la torre arcana, pudo comprobar cómo Drëgo, en connivencia con las fuerzas del mal, se dedicaba a robar la magia de los canales faéricos El mismísimo archimago me lo ha comunicado —expuso Karianna levantándose del trono para conferir gravedad a sus palabras—. Los druidas deben de ser desterrados con efecto inmediato. El archimago ya ha relevado a Drëgo de su puesto y ha dictado una orden de búsqueda y captura.
—¡Qué sinsentido! ¡¿Nos queréis hacer creer que nuestros bienamados benefactores son en realidad nuestros enemigos?! —espetó Carlin lanzando una mirada iracunda a la Dama Blanca—. ¡Yo digo que la arrogancia de los unicornios les ha hecho perder el juicio!
El hado, aunque había luchado con reticencias al lado del druida en el último cataclismo, parecía haber abandonado de repente todos sus recelos hacia el Drëgo. En sus iracundos ojos se podía ver un sutil rastro de oscuridad. Yardan se percató de ello y su joven corazón se encogió. Le recordó al mismo rastro de maldad que pudo percibir durante el cataclismo en los ojos de su padre. ¿Sería la magia del druida capaz de controlar las voluntades de los seres faéricos?
—El Reino Faérico siempre ha sido gobernado por la sabia mano de una Dama Blanca —intervino Airlia, la ondina, tratando de templar los ánimos—, incluso antes de la llegada de esos forasteros. Nos debemos a ella.
En ese mismo instante, interrumpiendo la acalorada discusión, el aire comenzó a vibrar. Un murmullo extraño recorrió el lugar como un susurro. De repente, un brillo verdoso rasgó el espacio mismo, como una herida en el tejido de la realidad. Un portal circular se abrió mostrando a Drëgo, el druida. El cabello oscuro caía en cascadas hacia un lado como el cielo de una noche sin estrellas, mientras que sus ojos brillaban con una contenida indigación. Sin embargo, lo que más destacaba era su sonrisa que no era tal: los dientes, de un blanco inmaculado, asomaban brevemente cada vez que apretaba la mandíbula, en lo que parecía un esfuerzo por contener la ira que hervía en su interior.
Su paso firme resonó en el suelo de la sala mientras sus labios formaban una línea dura. Su mirada, oscura y penetrante, barrió la sala como un relámpago antes de asentarse en los rostros de los presentes. Entonces, con voz firme pero cargada de indignación, habló:
—¿He oído que se está juzgando a Drëgo sin llamarle a declarar? ¡Esto es un ultraje!
Sus palabras resonaron como el golpe de un martillo en un yunque. El portal se cerró tras él, pero su presencia quedó suspendida en el aire como una tempestad a punto de desatarse. Aunque su aparición pareciera tan casual como oportuna, el motivo de su presencia en la reunión es que había sido informado, lo cual le había permitido adelantarse a la jugada de la Dama Blanca. Kárida, la Dama Añil, le había manifestado sus sospechas acerca de las últimas actuaciones de su hermana y le había hecho partícipe de la celebración de esa reunión secreta cuyo objetivo era acusar al druida y poner a todas las razas en su contra. Por suerte, su rapidez invocando portales había logrado desbaratar la estrategia de la detestable unicornia.
—¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa, Drëgo? —preguntó Breena frunciendo el ceño. El joven druida nunca le había caído bien y su intuición de espíritu nunca solía equivocarse.
—Yo digo que el impromagito vio lo que quiso ver y que el Archimago se ha cansado de que el Reino Faérico siga viviendo con independencia —expuso como si todo fuera una evidencia trivial—. ¡Quiere subyugados a su control! ¿No lo véis? —añadió con gesto teatral—. Drëgo ha defendido los intereses de este mundo frente a la Torre de Skuchaín, pero la torre solo se interesa por la torre. Ahora quieren acabar conmigo y poner a otro pelele a vigilaros. Ya lo decía Kórux: “No os preocupéis, no se darán cuenta. ¡Son tan estúpidos!” —dijo imitando a la perfección la voz y el tono del Archimago.
—¿Estúpidos nosotros? —saltó Isaz, el enano, profundamente ofendido. No soportaba que nadie, salvo su madre, le insultara—. ¿Cómo se atreve ese Archimago? Después de tantos años forjando y reparando sus varitas…
—“Se encienden rápido como una mecha…” —continuó el druida mientras seguía imitando la voz de Kórux desplegando todas sus dotes de manipulación mientras miraba al efreet. Sîyah torció el gesto indignado— “…pero son tan débiles como las hojas de un árbol en otoño” —añadió mirando a Carlin, que frunció el ceño—. “Podría ponerles una escoba a dirigirles y seguirían obedeciéndome como corderitos”.
Breena dio un paso al frente dispuesta a callar al impertinente druida, pero la Dama Blanca la contuvo con un gesto sucinto.
—Pero Drëgo se enfrentó a él —continuó Drëgo sacando pecho— y por eso inventó todas esas patrañas. Quieren acabar con Drëgo, porque Drëgo es lo único que se opone entre la codicia de Skuchaín y la libertad del Mundo Faérico. Drëgo dice: ¡Caiga la torre! ¡Muera el Archimago!
Se produjo otro murmullo general. Los seres faéricos discutían entre sí elevando el tono, pero todos callaron de nuevo cuando habló Breena.
—¡Un momento, gusano retorcido y traidor! —estalló señalando al druida con su dedo índice mientras con la otra mano acariciaba a un asustadizo Yardan que se había refugiado agarrándose a su pierna—. ¿Crees que vas a envenenarnos con tu lengua viperina? ¡Este es un lugar sagrado y tú lo estás mancillando con tus mentiras! Tendría que acabar contigo ahora mismo antes de que…
—El amor que profesáis por ese pequeño bastardo, esa pequeña aberración mezcla de razas —dijo Drëgo acercándose al joven unicornio y encarándole con un gesto acusador.
El niño le mantuvo la mirada con una mezcla de odio y temor. Su sensibilidad especial le permitía asomarse al alma que había tras los ojos de Drëgo: era una insondable oscuridad. Por su parte, el druida se demoró un instante en aquella mirada. Percibió cómo la piel del joven unicornio irradiaba un sutil resplandor que se hacía más intenso ante su presencia. Además, notó cómo su propia magia oscura, la que había estado robando y acumulando, se debilitaba ante el joven unicornio. ¿Qué diablos era aquel pequeño engendro? ¿Sería aquella la energía que mencionó Aurobinda en la leyenda que le contó? ¿Era posible que hubiera nacido un nuevo pegaso? Trató de que sus reflexiones no se reflejaran en su rostro y siguió hablando:
—Las insidias de esta unicornia traicionera han cegado incluso al Espíritu del Bosque —prosiguió señalando a Breena—. Ni siquiera en él podemos confiar.
En un momento, el efreet, el enano y el hado se situaron junto al druida en actitud defensiva.
—No permitiremos que le hagáis daño —dijo Sîyah con una expresión que no parecía ser precisamente un farol— como se lo hicisteis a mi antigua señora.
—¿Cómo? —titubeó la Dama Blanca deasarmada. Su estómago se encogió al recordar el desgarrador grito agónico de la Anciana Carmesí. Fue un accidente, pero… ¿cómo podían haberlo descubierto?
—Los druidas son la ley. Yo no soy muy listo, pero sé respetar la autoridad. ¡Por el fuego de la Forja Arcana que sé respetarla! —sentenció Isaz, el enano.
—El ansia de poder de la Dama Blanca no tiene fin. Primero sedujo a Hábasar, mi propio hermano; el mismo que desapareció tras luchar en el II Cataclismo con coraje y valor. Confesad, ¿os habéis deshecho de él cuando ya no os era útil? —dijo Carlin con el gesto torcido por el rencor—. Yo digo que esta embaucadora quiere que nos enfrentemos entre nosotros. ¡Pero las hadas no se dejarán embaucar! ¡No dejaremos que vuestra locura nos arrastre al abismo!
—No, no me esperaba esto de vosotros… —se lamentó Karianna contemplando a los tres enviados rebeldes que ahora tenía enfrente. Contemplaba con lástima cómo la situación se le iba poco a poco de las manos.
—No os preocupéis, Dama Blanca —dijo Tyria— los faunos siguen fieles a la antigua tradición: los traidores serán aplastados.
—Gracias anciana, la fidelidad de los faunos es legendaria —agradeció Karianna.
—Además —anunció Tyria sacando un orbe de su capa—, he consultado a mi compañeras. El Círculo de Ancianas Faéricas se mantendrá fiel a la Aguja de Nácar.
—Tampoco las ondinas tolerarán este ultraje, Dama Blanca —sentenció Airlia con decisión—. ¡La marea se lleve a los traidores y los corruptos!
La sala del trono de la Aguja de Nácar se colmó con un tenso silencio que fue finalmente roto por el druida, que agitó su varita para convocar un nuevo portal mientras clamaba amenazante:
—Drëgo convocará a las razas faéricas fieles a la Ley Druídica. Dama Blanca —añadió lanzando a Karianna una mirada llena de odio—, no creáis que esto acaba aquí. ¡Los leales, conmigo! Iremos a ver a la Dama Añil, seguro que la hermana mayor tendrá la sabiduría que le falta a la pequeña.
Drëgo se introdujo en el portal seguido por el enano, el efreet y el hado.
—¿Dejaremos que se escapen? —preguntó Breena a la Dama Blanca apretando el puño.
—Tienen inmunidad diplomática y no derramaré sangre en la Aguja de Nácar —dijo envuelta en su tradicional halo de dignidad justo antes de endurecer su rostro—. Sin embargo, cuando nos encontremos en el campo de batalla, no tendré piedad con ellos.
—Madre, son más que nosotros. Y si la tía Kárida y parte de los unicornios se suman a ellos estaremos perdidos.
—No estamos solos, Yardan. El Archimago nos apoyará; la torre no tolerará este ultraje.
—Volveré a Tealia y me aseguraré de que todas las ondinas sean testigos de la traición que los druidas han perpetrado —sentenció Airlia, la Dama Turquesa—. Volveré con el ejército marino más grande que jamás se haya visto.
—Esta vieja fauna también hará lo propio con los suyos —apostilló Tyria poseída por su antiguo fulgor guerrero—. Mi hija, la Dama Esmeralda, acudirá a la llamada de la Dama Blanca con sus ejércitos.
—Si es así, aún tenemos una posibilidad. No estamos solos, madre.
—Eso espero hijo, eso espero —dijo Karianna con tristeza mientras acariciaba el pelo ensortijado de su hijo—. Solo me inquieta que tu tía se deje arrastrar por la lengua viperina de ese druida. Se acerca una guerra faérica y en sus manos está decantar la balanza.
Breena suspiró. Conocía a Kárida desde que era solo una potrilla. Sabía que tenía buen corazón y era valiente, pero también conocía su desbocada ambición. Karianna se sumó al suspiro de su compañera y protectora: quería a su hermana, pero había notado cómo su carácter se había ido ensombreciendo en los últimos tiempos. Tras serle arrebatada la Esencia de la Divinidad, se había mostrado esquiva con todos. Incluso había rechazado los intentos de visita de su tía Kora. Karianna suspiró apenada: le habría gustado poder hablar con su hermana en privado, instarla a permanecer a su lado, pero no podía confiar en ella. El resto de damas se extrañaron de la ausencia de la Dama Añil, pero no había podido permitirse convocarla al cónclave; no si Drëgo había emponzoñado su mente.
—Kárida, espero por todos los espíritus faéricos que no olvides tu deber —murmuró atribulada la Dama Blanca—, como yo tampoco he olvidado el mío.
Naisha dio un paso atrás aterrorizada. Antes de que pudiera reaccionar, Amunet levantó su báculo y le lanzó un rayo que cruzó el velo entre ambos planos. El hechizo impactó directamente en la sacerdotisa arrojándola hacia atrás con tal fuerza que cayó al suelo gritando de dolor. El impacto fue brutal y el dolor era insoportable, como si su cuerpo se estuviera desgarrando desde dentro. La energía demoníaca se extendía por sus venas drenando lo poco que le quedaba de energía vital.
—¡Naisha! —gritó Nimai corriendo hacia ella y sujetándola en sus fuerte brazos.
La sacerdotisa apenas podía respirar. La oscura fuerza de la Emperatriz Tenebrosa la estaba consumiendo de forma alarmante. Reflexionó sobre su error de cálculo. Si no hubiera empelado todo su poder en su estrategia de espionaje, hubiera podido contener el ataque con facilidad. Pero, a pesar de su estado, no había tiempo para arrepentimientos. Con la poca energía que le quedaba, logró murmurar unas palabras entre jadeos:
—Kesia… —susurró con dificultad, con una voz rota por el sufrimiento—. Ve… ve a Ámbar… Diles que han liberado a Áxbalor… El plan de Amunet…
Nimai la sujetó con determinación, incapaz de hacer más que sostener a su compañera en ese momento. Ambos sabían que la amenaza era inminente. Fue entonces cuando, en el horizonte, apareció lo que hasta entonces solo habían visto en pesadillas: la Oscuridad avanzaba como una masa densa y palpable que parecía transformar el aire en un mar de sombras. Con una voracidad insondable, colisionó contra los muros sagrados del templo y, de inmediato, los elementos reaccionaron. El viento se tornó un huracán ancestral, el fuego se elevó como una señal de alarma, el agua brotó desde las fuentes como si fuera un torrente incontrolable y la tierra comenzó a temblar, cada vibración resonando como un latido de advertencia.
De pronto, la atmósfera se volvió densa y fría, un aviso inconfundible de que el Titán de la Oscuridad había llegado al Templo de los Elementos. Como una sombra viva, se deslizó por los suelos sagrados buscando corromper lo que durante siglos había sido un bastión de pureza y equilibrio. Los custodios se alzaron contra la amenaza invocando las fuerzas elementales para repelerla, pero uno a uno cayeron engullidos por la Oscuridad que parecía estar avanzando con un propósito claro: encontrar el hogar de los Señores del Vacío, aquellos que encarnaban la esencia misma de los elementos.
Naisha sintió cómo la energía de los elementos revitalizaba su cuerpo, llenándola con el poder de aquellos antiguos señores que habían moldeado el mundo mucho antes de que el Titán Oscuro lo tocara. Sin embargo, sabía que el enemigo se hacía más fuerte con cada segundo que pasaba y que la Oscuridad había infectado ya gran parte de Calamburia. La balanza del reino pendía de un hilo y el destino de todo lo que amaban dependía de lo que sucediera en esos próximos instantes.
—Kesia, escucha a Naisha —ordenó Nimai con una voz cargada de urgencia—. Debes ir al Palacio de Ámbar. Lleva este mensaje.
Con un movimiento decidido, Nimai alzó la mano y su voz baja se transformó en un canto ancestral que parecía resonar en los cimientos mismos del templo. El aire vibró cargado de poder arcano, mientras el suelo temblaba bajo sus pies. Lentamente, un caballo comenzó a surgir de la tierra, un ser majestuoso entretejido de viento y roca viva. Sus crines brillaban con destellos eléctricos que se expandían como relámpagos y su cuerpo, formado por los elementos mismos, irradiaba una fuerza antigua y arrolladora.
—Tómalo, Kesia —dijo él con determinación en la mirada—. Te llevará al Palacio de Ámbar más rápido que cualquier otro medio. Yo debo de quedarme con Naisha, tenemos que detener a la oscuridad. La custodia del templo montó sin dudarlo. El caballo elemental relinchó y partió en un destello de luz galopando a toda velocidad hacia el horizonte y dejando atrás el templo. Apenas desapareció en el horizonte, la oscuridad se materializó dentro de los muros sagrados con una furia desbordante. Nimai se colocó al lado de Naisha y elevó sus espadas mientras invocaba el poder de los elementos. A su alrededor, el viento se tornó feroz, el fuego estalló en una danza salvaje, el agua se alzó como olas rugientes y la tierra tembló con la fuerza de sus convulsiones.
La Oscuridad adoptó la forma de un titán tenebroso que se erguía gigantesco y letal. Su presencia ahogaba el brillo de los elementos, sofocándolos como un apagón total de esperanza. No obstante, Nimai, con una resolución de acero, avanzó un paso hacia la entidad. La tierra a sus pies se partió y de sus espadas surgieron llamaradas y ráfagas de viento.
—¡No te llevarás este templo sin luchar! —gritó desafiando a la Oscuridad.
El Titán Oscuro lanzó un ataque, una ola de sombras que avanzaba como un maremoto de desesperación. Nimai, guiado por el poder ancestral de los elementos, se alzó contra él. Ríos de agua lo envolvieron formando escudos que reflejaban la malevolencia de su oponente, mientras el viento y el fuego se entrelazaban en un ciclón devastador.
Cada ataque de la Oscuridad era una amenaza mortal, pero el guardián resistía, entregando cada fibra de su ser para proteger lo sagrado. La tierra temblaba, el viento ululaba y el fuego rugía como una bestia liberada: cada elemento luchaba por defender el templo de los antiguos Señores del Vacío.
Mientras tanto, Naisha, a pesar de la energía restauradora de los elementos, sentía que sus fuerzas flaqueaban. Con cada nuevo esfuerzo, la oscuridad avanzaba drenando el poder de su cuerpo poco a poco. Cada susurro del viento y cada latido de la tierra que la sanaba, la mantenían de pie, pero también le recordaban que esta batalla exigiría más de lo que su cuerpo podía soportar. La Oscuridad la consumía lentamente y, con cada segundo, la llama de su vida parpadeaba más débil, al borde de extinguirse.
Más alla del horizonte, Kesia avanzaba veloz llevando consigo la última esperanza de Calamburia, mientras el templo se convertía en un campo de batalla donde la Luz y la Oscuridad luchaban por el alma misma del mundo. .
El viento cortaba el rostro de Kesia mientras el caballo galopaba a una velocidad vertiginosa. Las laderas rocosas se desdibujaban a su alrededor fundiéndose en una amalgama de colores y sombras. No sentía miedo; solo la abrumadora urgencia de cumplir su misión. Cada fibra de su ser sabía que el destino de Calamburia dependía de llegar a tiempo al Palacio de Ámbar. Había logrado abrirse paso entre las hordas demoníacas. Su cuerpo y su mente se alinearon en un propósito singular: advertir a la reina de la liberación de Áxbalor.
Ya divisaba el antiguo pasaje oculto que la llevaría directamente al corazón del palacio cuando, de repente, el caballo elemental se detuvo en seco relinchando con un eco de advertencia. Kesia apenas tuvo tiempo de percibir el cambio en el aire, cuando el suelo cedió bajo sus pies. El propio camino se hundió como si hubiera perdido su consistencia, convirtiéndose en una melaza oscura que retenía las patas del caballo. De pronto, un profundo crujido resonó atrapando definitivamente a la elemental criatura que Nimai había creado. Kesia rodó por el suelo golpeándose contra las piedras, pero se levantó de inmediato sabiendo que lo que acababa de ocurrir no era obra del azar. Aquella emboscada no era natural, estaba tejida con magia oscura: la magia de los zíngaros.
La tensión en el aire se condensó mientras Kesia tensaba su cuerpo preparándose para lo que sabía que venía. Su corazón palpitaba con la furia contenida de una custodia elemental que había visto demasiado y perdido aún más.
—¡Kálaba! —gritó atravesando el silencio opresivo que la rodeaba.
De entre las sombras emergió la imponente figura de la matriarca zíngara. Su rostro, marcado por las cicatrices de incontables batallas y siglos de conocimiento oscuro, se torció en una sonrisa cruel mientras sus ojos brillaban con la fría satisfacción de la caza. A su lado, su hijo Vandala, el asesino de Kaju Dabán, se mantenía en una quietud ominosa cargada de arrogancia y desprecio.
Kesia apretó los puños, pero una duda le cruzó la mente. Necesitaba saber.
—¿Cómo sabías que vendría? —preguntó con su mirada fija en Kálaba.
La zíngara sonrió con malicia y dijo con una serpenteante y venenosa voz:
—¿De verdad creías que podrías engañar a la emperatriz? ¿Crees que no utilizó el vínculo tejido por la sacerdotisa para escuchar todos vuestros ridículos planes? Las ventanas tienen dos lados, querida custodia. Si uno se asoma, el otro también puede hacerlo.
El frío de la revelación recorrió la piel de Kesia. La magia oscura de Amunet había permanecido en Naisha el tiempo suficiente para permitir a la Emperatriz conocer el siguiente movimiento de sus enemigos. Lo que creían oculto había sido revelado y ahora ella había caído en una emboscada. Kesia sintió la furia mezclarse con una extraña calma mientras apretaba los puños.
—No me detendrás, Kálaba. —replicó con firmeza con una voz en la que resonaba el poder de los elementos—. He visto lo que está por venir y si no me dejas pasar será el fin de todo lo que conoces, incluso de tu propia gente.
La matriarca observó el cambio en la expresión de su enemiga y sonrió con crueldad.
—Lo que está por venir no me preocupa, custodia —sus ojos destellaban con una malicia que abrazaba el caos—. Ya he visto la oscuridad: la he mirado a los ojos y la he abrazado. Solo quiero ver el mundo arder y a los poderosos caer atrapados en su propio sufrimiento.
Kálaba esbozó una sonrisa aún más sombría y, con un tono de desprecio, añadió:
—Y si crees que los refuerzos llegarán, lo veo difícil. Los zíngaros han tejido trampas en cada sombra, en cada grieta de este reino. Los corsarios de Kalzaria marchan hacia su perdición, ignorantes de que su destino está sellado. Aunque escuchen el llamado del Palacio de Ámbar, jamás llegarán. El palacio caerá y con él tus esperanzas. Tu sacrificio… será en vano, custodia.
Kesia emitió un ahogado grito de dolor, pero Kálaba avanzó implacable, con la crueldad de una cazadora que saborea su victoria.
—Mi propia hermana, Kálima, lidera la trampa que atrapará a los corsarios. Pero yo… —Kálaba se inclinó hacia Kesia, su voz goteando veneno— he preferido dejarles a ellos las migajas. Yo vine aquí a por el plato fuerte… tú.
—Kesia —gritó dejando ver una malicia inhumana centelleando en sus ojos—, ¿acaso crees que podrías vencerme? ¿Olvidas que fui yo quien mató a Kaju Dabán, tu pequeño protegido? No eres rival para mí.
Escuchar el nombre de su querido hijo adoptivo fue como un golpe en su corazón y despertó la furia que había intentado mantener a raya. El dolor por aquella pérdida aún latía en su alma, pero no permitiría que Vandala la usara contra ella. No esta vez.
—Hoy pagarás por lo que hiciste —declaró Kesia con una frialdad que helaba el aire a su alrededor.
Kálaba observaba con una calma perturbadora mientras su hijo avanzaba con seguros pasos que resonaban en la roca. Con un rugido de odio, ambos zíngaros atacaron a la vez. La matriarca conjuró sombras que se lanzaron como dagas envenenadas hacia su enemiga. Vandala invocaba llamaradas de energía corrupta que chisporroteaban en el aire. Kesia se movió con la gracia y la velocidad de una guerrera entrenada que esquivaba los ataques con agilidad sobrehumana, pero sabía que no podía mantenerse a la defensiva por mucho tiempo. Necesitaba terminar con esto antes de que sus fuerzas se agotaran. Decidida, levantó sus manos al cielo y, con una voz cargada de poder, clamó a los elementos:
—¡Vientos que nacéis del vacío! Venid a mí con toda vuestra furia y poder, ¡despertad de vuestro letargo y escuchad mi súplica!
De pronto, una ráfaga de viento cortante se elevó a su alrededor envolviéndola en un torbellino de hojas y polvo. El aire respondió a su llamada, lanzándose hacia Vandala con la furia de una tormenta, pero el asesino zíngaro lo desvió con un gesto casual. Sus carcajadas resonaron con desdén, pero Kesia no se detuvo. Alzó de nuevo su voz para llamar a la esencia de las aguas:
—¡Aguas indomables que rugís en lo profundo! Ascended con vuestro poder y que vuestras mareas lo inunden todo.
El agua brotó desde la tierra como si el mismo océano respondiera a su llamada. Un torrente se alzó formando un muro líquido que rodeó a Vandala aprisionándolo en una celda transparente. El agua danzaba a su alrededor girando con furia. El zíngaro trató de liberarse, pero la densidad del agua lo ralentizaba impidiéndole moverse con la misma destreza. Los vientos seguían azotándolo mientras las corrientes de agua lo arrastraban hacia el suelo.
—¡Esto no es suficiente para detenerme! —gritó el zíngaro, aunque la desesperación empezaba a filtrarse en su voz.
Sintiendo que el momento había llegado, Kesia levantó sus manos llamando a la tierra, la última de las fuerzas que necesitaba.
—¡Tierra eterna que lo sostiene todo! Abríos y devorad a este traidor, llevadlo al abismo del cual no pueda escapar.
El suelo tembló violentamente bajo los pies del zíngaro, como si las entrañas de la tierra despertaran con furia. Las rocas comenzaron a partirse y el terreno se resquebrajó. Con un rugido profundo, la tierra se abrió en un abismo oscuro y profundo. El agua que lo rodeaba se precipitó hacia el interior de la grieta, arrastrando consigo a Vandala. El asesino gritó de pánico mientras la tierra lo absorbía lentamente. Sus manos intentaron aferrarse a los bordes, pero el poder de la tierra era implacable. El zíngaro cayó en la grieta, que se cerraba a su paso hasta tragárselo por completo con un estruendo final. El viento se calmó, el agua desapareció y la tierra quedó en silencio.
Kesia cayó de rodillas jadeando. El dolor y el agotamiento la envolvían como un manto asfixiante, pero había ganado. La venganza por la muerte de Kaju Dabán al fin se había consumado. Sin embargo, antes de que pudiera levantarse, una risa enloquecida resonó en el aire.
—¡Maldita seas! —rugió Kálaba con ojos desbordantes de ira—. Sentirás la furia de mi sangre.
Con un grito desgarrador que resonó en los valles cercanos, Kálaba alzó una pandereta ancestral en forma de luna, una reliquia que había pertenecido a su madre, la anterior matriarca zíngara. El borde del instrumento brillaba con un poder oscuro, transmitido de generación en generación. En ese momento, el aire se llenó de una vibración ominosa. Las monedas que colgaban de su marco resonaron con el eco de la muerte, susurrando maldiciones antiguas mientras la energía oscura de la matriarca fluía, cargada de odio y furia.
—¡Onsuri Surranta! —vociferó Kálaba, su voz desgarrando el aire como el trueno de una tormenta infernal.
El conjuro reverberó en el ambiente como un rugido divino y las sombras se alzaron desde el suelo retorciéndose como serpientes. Un torbellino de fuego oscuro y energía maldita envolvió a Kesia. El dolor fue insoportable. La custodia sintió cómo sus ojos se nublaban, la prisión de sombras y llamas comenzaba a devorarla y la vida abandonaba su cuerpo. Todo había terminado; no había escapatoria. Pero Kesia no se rindió. En sus últimos momentos, levantó las manos al cielo y, con un grito cargado de dolor y determinación, convocó al poder que aún le quedaba:
—¡Fuego inmortal que todo lo consume! Despierta en mí y otórgame tu llama eterna.
Una chispa de fuego brotó de su interior creciendo hasta convertirse en una llama resplandeciente que envolvió su cuerpo. El calor abrasador la consumió, pero en lugar de sucumbir al dolor, Kesia se fundió con el fuego convirtiéndose en pura energía elemental. Las llamas crecieron con una intensidad cegadora, transformando su sacrificio en un acto de poder. La energía elemental emanaba de la custodia extendiéndose más allá de su propio cuerpo y envolviendo a Kálaba en una burbuja de energía brillante. La fuerza combinada de los elementos se fusionó alrededor de la matriarca zíngara formando una prisión irrompible de luz y fuego. Atónita, la matriarca vio cómo su hechizo se desvanecía ante el poder desatado por su enemiga. La pandereta en forma de luna temblaba en sus manos, incapaz de contener la magnitud del poder que había despertado.
Los gritos de furia de Kálaba fueron acallados por la energía elemental que la aprisionaba. La burbuja luminosa la envolvió por completo sellando un destino que no podría evitar. El fuego, junto con el viento, el agua y la tierra, giraba a su alrededor arrastrándose hacia las profundidades del mundo elemental, donde quedaría atrapada para siempre. Había sido derrotada.
Al final, solo quedó su pandereta, símbolo del poder zíngaro. Ésta aún vibraba levemente, como si las últimas notas de su magia resonaran un instante más antes de desvanecerse en el silencio. La reliquia en forma de luna, emblema de autoridad y legado, yacía inerte esperando a que una nueva mano la reclamase: el clan necesitaría una nueva matriarca.
Tan agotada como victoriosa, Kesia cayó de rodillas mientras su cuerpo comenzaba a desvanecerse. El silencio del paisaje oscuro la rodeaba. Sólo su entrecortada respiración rompía la calma infernal. Cuando parecía que todo había terminado, una pequeña figura emergió de las sombras.
Se trataba de una niña con una capa amarilla que ondeaba en la brisa tenue. Su cabello estaba enmarañado y, entre los mechones sueltos, unas flores mal colocadas adornaban su cabeza. Zoraida, la hija de Melindres, que había observado todo lo ocurrido apareció de la nada con una mezcla de curiosidad y miedo. Sus ojos, grandes y atentos, se clavaron en Kesia. El corazón de la custodia dio un vuelco. ¿Qué hacía una niña en ese lugar? La urgencia la invadió sabiendo que no había tiempo que perder. Con las pocas fuerzas que le quedaban, alzó la vista hacia la pequeña y, jadeando, susurró:
—Protege a tu familia… Ya vienen. Han liberado a Áxbalor… y Kalzaria… no responderá a la llamada. No vendrá… Nadie vendrá.
Zoraida estaba desconcertada; no comprendía del todo las palabras de Kesia, pero la gravedad en su voz hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Sin poder decir más, la malherida mujer se desvaneció ante los ojos de la niña dejando tras de sí un leve resplandor que se disipó en el aire.
Sin pensarlo dos veces, la niña se giró y corrió de vuelta hacia el Palacio de Ámbar esquivando los escombros y atravesando los corredores oscuros hasta llegar a la gran sala del trono. El ambiente era tenso; las tropas se movían frenéticamente preparando defensas y fortaleciendo las puertas. Aunque fatigada, Melindres observaba la actividad con una calma forzada.
Cuando Zoraida irrumpió en la sala, Melindres levantó la vista. El alivio de ver a su hija a salvo fue inmediato, pero se desvaneció tan rápido como había llegado al ver la aterrada expresión de su rostro.
—Madre… —comenzó a decir con voz temblorosa—. Han liberado a un demonio más, es Áxbalor…
Las palabras cayeron como una sentencia. Melindres se quedó inmóvil por un instante. Ni siquiera riñó a su hija por haberse escapado en medio del caos. Sentía que cada fibra de su ser titubeaba ante la mención de aquel demonio, pero no había tiempo para sucumbir al miedo.
—Y… los piratas de Kalzaria… no vendrán. Los zíngaros les han tendido una emboscada. No llegarán a la llamada.
Melindres sintió el golpe como una daga en el corazón. El aire se volvió pesado, cada palabra de Zoraida confirmaba lo que temía. Por primera vez, la sombra de la derrota la envolvió por completo. Sin los refuerzos, todo estaba perdido.
—Ve con tu hermano —dijo con voz firme apretando los puños—. Yo iré a preparar las tropas.
Zoraida asintió sin decir más y, sintiendo el peso de sus propias palabras, corrió hacia donde sabía que Doddy la estaría esperando.
El palacio rebosaba de actividad frenética. Soldados alineados tras las murallas, arqueros tomando posición en las almenas, jinetes en el patio de armas y mensajeros corriendo con órdenes. El bullicio era constante, un reflejo del caos que se avecinaba. Sin embargo, la sala del trono era un mundo aparte. Un silencio mortal la envolvía, pesado, sofocante. Tras la revelación de Zoraida, el aire en aquella cámara se había vuelto casi irrespirable, como si la sombra de la derrota se hubiera instalado entre las paredes, amenazando con ahogarlo todo.
Doddy apareció junto a su hermana, empuñando la espada que una vez perteneció a su difunto padre, el Rey Sancho, un arma heredada del mismísimo Rodrigo I. A pesar de su juventud, la resolución en su rostro era firme, casi imponente, como si llevar el peso de esa reliquia le otorgara una madurez y determinación que superaban con creces su edad.
—No les dejademos que ganen, Zodaida. Hoy es el día en que les demostdademos que Calambudia no cae sin pelead.
La infanta no necesitó responder, pero al hacerlo, un dolor agudo atravesó su cabeza. Su mano voló instintivamente hacia su sien, como si algo oscuro hubiera rozado su mente. Doddy la miró con preocupación.
—¿Qué te pasa, Zodaida?
Ella apartó la mano lentamente, una extraña calma se instaló en su rostro. Miró a su hermano, pero sus ojos parecían perderse en algo más distante, como si una idea, un plan, se estuviera formando en su mente.
—Nada… Estoy preparada —dijo con una voz que sonaba extrañamente calculada—. Haré todo para que esta guerra termine, sin perderos ni a ti ni a mamá.
Aunque parecía calmada, una frialdad recorrió sus palabras, como si ya hubiera decidido algo. Algo que solo ella conocía.
La reina madre, Zora von Vondra, se acercó a su nieta con el corazón encogido por el miedo llevando entre sus manos un manto carmesí, símbolo del linaje real. Con ternura, trató de arropar a la pequeña deseando protegerla de las sombras inminentes. Sin embargo, la niña se irguió con una firmeza inesperada rechazando el refugio que su abuela le ofrecía. Zora, sorprendida y asustada, comprendió que esa joven ya no necesitaba su protección y el miedo que la atenazaba se transformó en un oscuro presagio de lo que estaba por llegar.
Para Melindres, la noticia sobre Kalzaria no era solo un golpe, era la confirmación de una verdad ineludible: la balanza se inclinaba hacia Amunet. Los refuerzos no llegarían. La fortaleza, ya debilitada, se enfrentaba sola a una tormenta que no podían contener. El aire, pesado de desesperanza, oprimía sus pulmones.
Desde lo alto de la muralla, las tropas de Calamburia se preparaban para el asalto inminente. El cielo se oscureció con el humo de los cañones, mientras las primeras oleadas de demonios comenzaban su avance. Las explosiones resonaban en la distancia, y la batalla por el Palacio de Ámbar se desataba con furia.
Lejos del salón del trono, el Templo de los Elementos había resistido durante largas horas el asedio de la Oscuridad. El viento, el fuego, la tierra y el agua se habían unido en una batalla sin tregua y por el momento habían logrado detener el avance imparable del Titán Oscuro. La estructura del templo, que yacía envuelta en un silencio profundo, parecía respirar aliviada, pero todo indicaba que este sería solo un breve respiro.
Naisha, debilitada y apenas capaz de sentir su propia energía, observaba el escenario. Su mente registraba con angustia la caída de cada custodio a su alrededor, sus cuerpos consumidos por la oscuridad que dejaba tras de sí una estela de devastación. Nimai, al borde del agotamiento, se mantenía de pie luchando contra la fagita derivada de tan colosal esfuerzo.
La Oscuridad se detuvo de golpe, pero Naisha sabía que no era una retirada: era el preludio de un golpe definitivo. La sombra oscura se concentraba cargando su fuerza para lanzar un asalto final que lo consumiría todo. Alrededor de ella, el Templo de los Elementos permanecía en un silencio inquietante, como si el lugar contuviera el aliento esperando el impacto.
De repente, un dolor indescriptible sacudió a Naisha.
—Kesia… —murmuró en un susurro roto mientras una lágrima solitaria descendía por su mejilla. La pérdida ardía en su pecho como una chispa que se expandía en un torbellino de rabia y dolor. El espíritu de su mentora, fracturado y reforzado por igual, se unió a los elementos y el poder del viento, el fuego, el agua y la tierra convergieron en ella con una fuerza imparable.
—¡Señores del Vacío, yo os imploro! Dadme fuerzas para desterrar esta Oscuridad —bramó resonando con una intensidad desconocida. Naisha sentía el rugido de un dragón de luz en su interior, un clamor sagrado que la impulsaba a invocar la esencia de los elementos. La ira en su corazón se entrelazaba con la voluntad pura de sus señores.
El viento se arremolinó en torno a ella gritando con ansias de venganza; el fuego ascendió con la furia de mil soles consumiendo cualquier rastro de sombras; el agua se alzó en un torrente de pureza y fuerza indomable arrastrando el mal en su oleaje y la tierra tembló pulsando desde sus entrañas, como si cada roca ycada grano se unieran a la batalla.
La Oscuridad, que se había concentrado para asestar su golpe final, fue despedazada desintegrándose ante el poder implacable de la furia elemental. Al final, lo que quedaba del templo se llenó de un silencio solemne cargado con el precio de esa pequeña victoria.
Naisha cayó de rodillas agotada, pero con el corazón ardiendo. Sabía que Kesia, aunque ya no estuviera, se había fundido con el equilibrio mismo del mundo. Mientras su cuerpo mortal se recuperaba entendió que la lucha continuaba
Nimai, exhausto pero con la firmeza de un verdadero guardián, se levantó con dificultad, sus manos temblando levemente pero negándose a ceder. Su rostro estaba marcado por la batalla y, aunque sus ojos reflejaban el agotamiento, aún brillaban con una determinación implacable. Había resistido junto a su compañera hasta el último aliento, cada fibra de su ser entregada a proteger el templo y el sagrado equilibrio de los elementos.
La sacerdotisa respiró hondo rodeada por las esencias primigenias que se alzaban en el aire como un último susurro de poder. En ese instante, comprendió la magnitud de su misión: hoy, en el Día de la Caída del Titán, bajo un cielo donde la constelación de Kharadûm se había apagado, la Oscuridad había regresado reclamando con voracidad lo que una vez le perteneció. Mientras Calamburia conmemoraba el sacrificio del Titán de la Luz, el enemigo avanzaba implacable y sin piedad.
El templo había resistido esta vez, pero Naisha sabía que la verdadera batalla se libraba en otro lugar. El Titán Oscuro se había instalado en la mente y la fe de los habitantes de Calamburia y su influencia corroía las creencias y distorsionaba la verdad. Ella, la última guardiana del Titán de la Luz, era la única que conocía su verdadero poder. Sin embargo, no era el momento de luchar por la fe: era el momento de actuar y llevar sus fuerzas allí donde el reino más la necesitaba.Observó el destado templo y a su guardián alzándose herido pero inquebrantable. pero las palabras de Minerva volvieron a resonar en su mente, como un eco destinado a guiarla hacía el Palacio de Ámbar en este momento decisivo: “Si Calamburia cae, los elementos también lo harán.”
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