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LA VERDAD SOBRE LOS DRUIDAS
Era una escena tierna, pero triste. A los pies del trono de Nácar, Karianna, la Dama Blanca, acariciaba el pelo oscuro y ensortijado de su hijo mientras le contaba las turbadoras noticias que acababa de recibir desde la Torre de Skuchaín. Yardan la miraba atónito y temeroso.
—Pero madre, ¿estás segura de que debemos contar esto al resto de razas faéricas? Si es cierto lo que te ha dicho el archimago, todo el orden establecido se vendrá abajo —dijo el pequeño unicornio con los ojos vidriosos. Era un chico sensible, de corazón puro.
«Ha crecido tanto y tan rápido… pero en el fondo sigue siendo un niño —reflexionó la poderosa unicornia para sí tomando conciencia del paso del tiempo—. Sigue tratando de evitar los problemas. Cree que los monstruos desaparecerán si miramos hacia otro lado». No podía culparle. Bajo la constante vigilancia de Breena y tras los muros de la Aguja de Nácar, había sido criado entre algodones. No había sido expuesto aún a la maldad del mundo. «Y, si yo puedo evitarlo, nunca lo será», se dijo Karianna a sí misma abrazándolo con todo su amor maternal.
Al abrazarlo, la Dama Blanca volvió a notar los bultos que le estaban saliendo a su hijo en la espalda. Estaba algo preocupada por ello, pero decidió trasladar sus inquietudes a otro momento. Ahora tenía entre manos algo más importante: el futuro de todo el Mundo Faérico.
—Hijo mío —respondió la madre decidida—, como Dama Blanca, mi compromiso con la verdad está por encima de la conveniencia. Los druidas se han corrompido y han traicionado a su noble causa. Las razas deberán aceptarlo, no pueden mirar hacia otro lado —añadió con la mirada sombría. Era consciente del peligro de romper los sueños sobre los que se edificaba el orden establecido. ¿Habría alguna forma de evitar lo inevitable?
De repente las sensibles orejitas de Yardan se agitaron. Había oído algo.
Breena, el Espíritu del Bosque, atravesó la pared repentinamente con su forma de ciervo espectral. Acto seguido, adquirió su apariencia humanoide y anunció:
—Ya llegan, Dama Blanca. Los enviados de las distintas razas han entrado en la Aguja de Nácar —su cara de circunstancias evidenciaba que había sido informada de la importancia del suceso que se iba a desatar.
—Esto no va a salir bien, madre. Tengo un presentimiento… —musitó el niño azorado aún acurrucado en el regazo de Karianna. Su respiración acelerada parecía la de un potrillo asustado. Su madre lo acarició con ternura, lo levantó de su regazo y puso en pié. Lo cogió por los hombros y lo miró a los ojos. Negros, como los de su padre.
—Mírame, Yardan. Todo va a ir bien —mintió la unicornia. Luego se levantó, tomó su báculo y adquirió un gesto más regio, pues era el momento de ejercer toda la autoridad que le había sido conferida. Lo haría por la justicia, por el bien de su pueblo… y por el futuro de su hijo, para que pudiera crecer en un mundo libre de corrupción y oscuridad.
Dos de los enviados alcanzaron el último peldaño de la escalera. Los primeros en llegar fueron un enano de las Montañas de Acero y una anciana fauna que se apoyaba con la mano en su hombro.
—Gracias, noble enano por ayudar a esta pobre anciana a llegar hasta aquí —agradeció Tyria—, mis ojos ya no ven como antes.
Acto seguido, se dirigió a Karianna, que ya había ocupado su puesto en el trono y pronunció con solemnidad:
—Dama Blanca, acudo a vuestra llamada en nombre de los faunos. Mi hija ha tenido a bien enviarme en su lugar.
—Yo, Isaz Martillo-Pilón, enano de la Forja Arcana, acudo a la llamada en nombre de mi madre, la Dama de Acero, que no ha podido personarse —pronunció el robusto herrero hincando la rodilla en el suelo y apoyándose en el mango su enorme maza.
Entonces se escuchó un leve aleteo que poco a poco se hizo más intenso. Por el ventanal principal entró volando un hado de colores otoñales y se posó junto a los recién llegados. Hizo una sucinta y desganada reverencia. Se notaba que no simpatizaba con los presentes y que no era plato de su gusto estar allí.
—Las hadas acuden a la llamada de la Dama Blanca —dijo con retintín—. Mi madre os ruega que perdonéis su ausencia, pero os recuerda que tiene a toda una raza a la que gobernar y no puede estar al albur de vuestros repentinos caprichos. Con todos los respetos, por supuesto —añadió como si esa fórmula cordial compensara su evidente falta de tacto.
Del techo del salón del trono empezó a caer una gota, luego otra… y otra.
—¿Goteras en esta época del año? Si todavía no ha llegado la temporada de lluvias —reflexionó en voz alta Tyria que, aun sin vista, demostró ser capaz de percibir todo lo que ocurría a su alrededor.
El goteo intermitente se fue convirtiendo en un chorreo que, al cabo de unos instantes, formó un charco. De él, surgió Airlia, la mismísima Dama Turquesa, con una sonrisa afable que dirigió a su estimada Karianna, demostrando la fidelidad que siempre le habían profesado.
—Las ondinas están presentes. Servimos, como todos, a la guardiana de la Aguja de Nácar —dijo con impostada formalidad. Luego relajó el tono—. Disculpad el retraso, Dama Blanca, andamos en mitad de cierta crisis en Tealia, pero he dejado a Heleas al mando y he acudido en cuanto he podido. Ya sabéis que la Bruja del Mar nos atacó hace poco.
—…y fue derrotada. Os felicito. Las ondinas sois sin duda poderosas y valiosas aliadas —dijo Karianna a modo de cumplido que su interlocutora encajó con amabilidad.
—Así es, mi señora. Pues bien, el inmenso cadáver de la bruja, que tiene la forma de un enorme monstruo, lleva tiempo emponzoñando el agua a su alrededor y matando a los peces que habitan la zona de la Gran Fosa Abisal.
—Lamento oír eso —respondió Karianna con empatía.
—Pero no os preocupéis. He mandado a Escila, mi mejor guerrera, a solucionarlo con un destacamento. Ella se deshará del problema, estoy segura.
De repente, la charla fue interrumpida cuando una de las velas que colgaba de la lámpara del techo empezó a intensificar su llama. Acto seguido, esta se convirtió en un remolino flamígero que contenía una silueta humana. Todos se sobresaltaron, pero respiraron tranquilos al ver aparecer a Sîyah, Tormenta de Llamas, el brazo derecho de Sörkh.
—También los efreets atienden a la llamada. El fuego acude raudo cuando se le llama. Mi señora os manda… saludos —añadió con un tono que denotaba de todo menos cordialidad.
«Estupendo —se lamentó irónicamente la Dama Blanca para sí—, la tensión se palpa en el ambiente. Esto va a ser aún más difícil de lo que creía».
—Sed bienvenidos todos a la que es también vuestra casa —dijo con una leve reverencia que dedicó a todos los enviados—. Siento la premura con la que os he convocado y entiendo que no todas las damas puedan estar presentes. Sin embargo, todas las razas han tenido a bien mandar a sus respetables embajadores. He reunido aquí, en la Aguja de Nácar, a todas las razas faéricas para daros una nefasta noticia: los druidas nos han traicionado.
Se produjo un murmullo general que mezclaba tonos de indignación con la más pura sorpresa y algún murmullo de terror.
—¡Silencio! Seres faéricos —gritó Breena haciéndose oír por encima de todos con la autoridad que le confería su cargo de Espíritu Protector—. Escuchad a la Dama Blanca.
Todos obedecieron al espíritu ciervo, aunque sus expresiones ante la revelación eran, cuanto menos, dispares.
—Grahim, uno de los mejores magos de la torre arcana, pudo comprobar cómo Drëgo, en connivencia con las fuerzas del mal, se dedicaba a robar la magia de los canales faéricos El mismísimo archimago me lo ha comunicado —expuso Karianna levantándose del trono para conferir gravedad a sus palabras—. Los druidas deben de ser desterrados con efecto inmediato. El archimago ya ha relevado a Drëgo de su puesto y ha dictado una orden de búsqueda y captura.
—¡Qué sinsentido! ¡¿Nos queréis hacer creer que nuestros bienamados benefactores son en realidad nuestros enemigos?! —espetó Carlin lanzando una mirada iracunda a la Dama Blanca—. ¡Yo digo que la arrogancia de los unicornios les ha hecho perder el juicio!
El hado, aunque había luchado con reticencias al lado del druida en el último cataclismo, parecía haber abandonado de repente todos sus recelos hacia el Drëgo. En sus iracundos ojos se podía ver un sutil rastro de oscuridad. Yardan se percató de ello y su joven corazón se encogió. Le recordó al mismo rastro de maldad que pudo percibir durante el cataclismo en los ojos de su padre. ¿Sería la magia del druida capaz de controlar las voluntades de los seres faéricos?
—El Reino Faérico siempre ha sido gobernado por la sabia mano de una Dama Blanca —intervino Airlia, la ondina, tratando de templar los ánimos—, incluso antes de la llegada de esos forasteros. Nos debemos a ella.
En ese mismo instante, interrumpiendo la acalorada discusión, el aire comenzó a vibrar. Un murmullo extraño recorrió el lugar como un susurro. De repente, un brillo verdoso rasgó el espacio mismo, como una herida en el tejido de la realidad. Un portal circular se abrió mostrando a Drëgo, el druida. El cabello oscuro caía en cascadas hacia un lado como el cielo de una noche sin estrellas, mientras que sus ojos brillaban con una contenida indigación. Sin embargo, lo que más destacaba era su sonrisa que no era tal: los dientes, de un blanco inmaculado, asomaban brevemente cada vez que apretaba la mandíbula, en lo que parecía un esfuerzo por contener la ira que hervía en su interior.
Su paso firme resonó en el suelo de la sala mientras sus labios formaban una línea dura. Su mirada, oscura y penetrante, barrió la sala como un relámpago antes de asentarse en los rostros de los presentes. Entonces, con voz firme pero cargada de indignación, habló:
—¿He oído que se está juzgando a Drëgo sin llamarle a declarar? ¡Esto es un ultraje!
Sus palabras resonaron como el golpe de un martillo en un yunque. El portal se cerró tras él, pero su presencia quedó suspendida en el aire como una tempestad a punto de desatarse. Aunque su aparición pareciera tan casual como oportuna, el motivo de su presencia en la reunión es que había sido informado, lo cual le había permitido adelantarse a la jugada de la Dama Blanca. Kárida, la Dama Añil, le había manifestado sus sospechas acerca de las últimas actuaciones de su hermana y le había hecho partícipe de la celebración de esa reunión secreta cuyo objetivo era acusar al druida y poner a todas las razas en su contra. Por suerte, su rapidez invocando portales había logrado desbaratar la estrategia de la detestable unicornia.
—¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa, Drëgo? —preguntó Breena frunciendo el ceño. El joven druida nunca le había caído bien y su intuición de espíritu nunca solía equivocarse.
—Yo digo que el impromagito vio lo que quiso ver y que el Archimago se ha cansado de que el Reino Faérico siga viviendo con independencia —expuso como si todo fuera una evidencia trivial—. ¡Quiere subyugados a su control! ¿No lo véis? —añadió con gesto teatral—. Drëgo ha defendido los intereses de este mundo frente a la Torre de Skuchaín, pero la torre solo se interesa por la torre. Ahora quieren acabar conmigo y poner a otro pelele a vigilaros. Ya lo decía Kórux: “No os preocupéis, no se darán cuenta. ¡Son tan estúpidos!” —dijo imitando a la perfección la voz y el tono del Archimago.
—¿Estúpidos nosotros? —saltó Isaz, el enano, profundamente ofendido. No soportaba que nadie, salvo su madre, le insultara—. ¿Cómo se atreve ese Archimago? Después de tantos años forjando y reparando sus varitas…
—“Se encienden rápido como una mecha…” —continuó el druida mientras seguía imitando la voz de Kórux desplegando todas sus dotes de manipulación mientras miraba al efreet. Sîyah torció el gesto indignado— “…pero son tan débiles como las hojas de un árbol en otoño” —añadió mirando a Carlin, que frunció el ceño—. “Podría ponerles una escoba a dirigirles y seguirían obedeciéndome como corderitos”.
Breena dio un paso al frente dispuesta a callar al impertinente druida, pero la Dama Blanca la contuvo con un gesto sucinto.
—Pero Drëgo se enfrentó a él —continuó Drëgo sacando pecho— y por eso inventó todas esas patrañas. Quieren acabar con Drëgo, porque Drëgo es lo único que se opone entre la codicia de Skuchaín y la libertad del Mundo Faérico. Drëgo dice: ¡Caiga la torre! ¡Muera el Archimago!
Se produjo otro murmullo general. Los seres faéricos discutían entre sí elevando el tono, pero todos callaron de nuevo cuando habló Breena.
—¡Un momento, gusano retorcido y traidor! —estalló señalando al druida con su dedo índice mientras con la otra mano acariciaba a un asustadizo Yardan que se había refugiado agarrándose a su pierna—. ¿Crees que vas a envenenarnos con tu lengua viperina? ¡Este es un lugar sagrado y tú lo estás mancillando con tus mentiras! Tendría que acabar contigo ahora mismo antes de que…
—El amor que profesáis por ese pequeño bastardo, esa pequeña aberración mezcla de razas —dijo Drëgo acercándose al joven unicornio y encarándole con un gesto acusador.
El niño le mantuvo la mirada con una mezcla de odio y temor. Su sensibilidad especial le permitía asomarse al alma que había tras los ojos de Drëgo: era una insondable oscuridad. Por su parte, el druida se demoró un instante en aquella mirada. Percibió cómo la piel del joven unicornio irradiaba un sutil resplandor que se hacía más intenso ante su presencia. Además, notó cómo su propia magia oscura, la que había estado robando y acumulando, se debilitaba ante el joven unicornio. ¿Qué diablos era aquel pequeño engendro? ¿Sería aquella la energía que mencionó Aurobinda en la leyenda que le contó? ¿Era posible que hubiera nacido un nuevo pegaso? Trató de que sus reflexiones no se reflejaran en su rostro y siguió hablando:
—Las insidias de esta unicornia traicionera han cegado incluso al Espíritu del Bosque —prosiguió señalando a Breena—. Ni siquiera en él podemos confiar.
En un momento, el efreet, el enano y el hado se situaron junto al druida en actitud defensiva.
—No permitiremos que le hagáis daño —dijo Sîyah con una expresión que no parecía ser precisamente un farol— como se lo hicisteis a mi antigua señora.
—¿Cómo? —titubeó la Dama Blanca deasarmada. Su estómago se encogió al recordar el desgarrador grito agónico de la Anciana Carmesí. Fue un accidente, pero… ¿cómo podían haberlo descubierto?
—Los druidas son la ley. Yo no soy muy listo, pero sé respetar la autoridad. ¡Por el fuego de la Forja Arcana que sé respetarla! —sentenció Isaz, el enano.
—El ansia de poder de la Dama Blanca no tiene fin. Primero sedujo a Hábasar, mi propio hermano; el mismo que desapareció tras luchar en el II Cataclismo con coraje y valor. Confesad, ¿os habéis deshecho de él cuando ya no os era útil? —dijo Carlin con el gesto torcido por el rencor—. Yo digo que esta embaucadora quiere que nos enfrentemos entre nosotros. ¡Pero las hadas no se dejarán embaucar! ¡No dejaremos que vuestra locura nos arrastre al abismo!
—No, no me esperaba esto de vosotros… —se lamentó Karianna contemplando a los tres enviados rebeldes que ahora tenía enfrente. Contemplaba con lástima cómo la situación se le iba poco a poco de las manos.
—No os preocupéis, Dama Blanca —dijo Tyria— los faunos siguen fieles a la antigua tradición: los traidores serán aplastados.
—Gracias anciana, la fidelidad de los faunos es legendaria —agradeció Karianna.
—Además —anunció Tyria sacando un orbe de su capa—, he consultado a mi compañeras. El Círculo de Ancianas Faéricas se mantendrá fiel a la Aguja de Nácar.
—Tampoco las ondinas tolerarán este ultraje, Dama Blanca —sentenció Airlia con decisión—. ¡La marea se lleve a los traidores y los corruptos!
La sala del trono de la Aguja de Nácar se colmó con un tenso silencio que fue finalmente roto por el druida, que agitó su varita para convocar un nuevo portal mientras clamaba amenazante:
—Drëgo convocará a las razas faéricas fieles a la Ley Druídica. Dama Blanca —añadió lanzando a Karianna una mirada llena de odio—, no creáis que esto acaba aquí. ¡Los leales, conmigo! Iremos a ver a la Dama Añil, seguro que la hermana mayor tendrá la sabiduría que le falta a la pequeña.
Drëgo se introdujo en el portal seguido por el enano, el efreet y el hado.
—¿Dejaremos que se escapen? —preguntó Breena a la Dama Blanca apretando el puño.
—Tienen inmunidad diplomática y no derramaré sangre en la Aguja de Nácar —dijo envuelta en su tradicional halo de dignidad justo antes de endurecer su rostro—. Sin embargo, cuando nos encontremos en el campo de batalla, no tendré piedad con ellos.
—Madre, son más que nosotros. Y si la tía Kárida y parte de los unicornios se suman a ellos estaremos perdidos.
—No estamos solos, Yardan. El Archimago nos apoyará; la torre no tolerará este ultraje.
—Volveré a Tealia y me aseguraré de que todas las ondinas sean testigos de la traición que los druidas han perpetrado —sentenció Airlia, la Dama Turquesa—. Volveré con el ejército marino más grande que jamás se haya visto.
—Esta vieja fauna también hará lo propio con los suyos —apostilló Tyria poseída por su antiguo fulgor guerrero—. Mi hija, la Dama Esmeralda, acudirá a la llamada de la Dama Blanca con sus ejércitos.
—Si es así, aún tenemos una posibilidad. No estamos solos, madre.
—Eso espero hijo, eso espero —dijo Karianna con tristeza mientras acariciaba el pelo ensortijado de su hijo—. Solo me inquieta que tu tía se deje arrastrar por la lengua viperina de ese druida. Se acerca una guerra faérica y en sus manos está decantar la balanza.
Breena suspiró. Conocía a Kárida desde que era solo una potrilla. Sabía que tenía buen corazón y era valiente, pero también conocía su desbocada ambición. Karianna se sumó al suspiro de su compañera y protectora: quería a su hermana, pero había notado cómo su carácter se había ido ensombreciendo en los últimos tiempos. Tras serle arrebatada la Esencia de la Divinidad, se había mostrado esquiva con todos. Incluso había rechazado los intentos de visita de su tía Kora. Karianna suspiró apenada: le habría gustado poder hablar con su hermana en privado, instarla a permanecer a su lado, pero no podía confiar en ella. El resto de damas se extrañaron de la ausencia de la Dama Añil, pero no había podido permitirse convocarla al cónclave; no si Drëgo había emponzoñado su mente.
—Kárida, espero por todos los espíritus faéricos que no olvides tu deber —murmuró atribulada la Dama Blanca—, como yo tampoco he olvidado el mío.

