101. EL EQUILIBRIO ELEMENTAL

Se dice que el Titán cayó de los cielos, en una implacable pelea contra sus hermanos y se estrelló en la Tierra de Calamburia, cambiando su geografía para siempre. Hundió montañas, desató la furia de los volcanes y agitó el mar sumiendo el mundo en el caos.

En el epicentro de su caída, fue construido el Templo de los Elementos, un lugar en el que confluyen las energías más primigenias en un terrible vórtice, controlado únicamente por la estructura del Templo y del linaje infinito e inacabable de Protectores Elementales.

En el centro de tan majestuoso templo, iluminado por fuerzas en estado puro que recorren sus paredes como impulsos nerviosos, se haya el Gran Salón de los Elementos. Su tamaño es reducido pero los rituales que ahí realiza la Sacerdotisa de los Elementos son de tamaño prácticamente inabarcabable, ya que no se dan en nuestro plano de existencia sino en otro mucho más etéreo.

Las cuatro Esencias volvían a estar en sus pedestales, controladas y reducidas por diferentes campeones de Calamburia, pero que amenazaban con estallar de nuevo en cualquier momento. Solo el férreo control de Naisha y Nimai, los actuales custodios del Templo, impedían que estas fuerzas volviesen a asolar Calamburia. La tarea de restituirlos a su estado natural no iba a ser suya, sino la de los Elegidos del Titán, la pareja que había sido tocada por la consciencia dormida del Dios de Calamburia. Desgraciadamente, la pareja que se acercaba no era el resultado de un sueño, sino de una pesadilla.

– ¡Vaya vaya! Últimamente estamos pasando mucho tiempo en este Templo. Si lo sé, me dejo una muda limpia por si acaso – dijo una voz burlona, precediendo a dos siluetas que entraron en la sala por uno de los pasillos de acceso.

Nimai se levantó abandonando su postura de meditación, empuñando sus espadas en un parpadeo.

– ¡Este no es lugar para vosotros, ladrones! ¿Es que no habéis causado suficiente mal aquí? – les espetó con rabia.

– Bueno, confiábamos en que ibais a arreglar nuestra pequeña metida de pata. ¡Y tenía razón! En un tiempo record, los nobles héroes de Calamburia han recopilado todas las Esencias y las han reunido en un mismo punto. ¡Solo falta un lazo para envolver este regalo! – dijo con sorna Van Bakari, mientras realizaba una florida reverencia con su sombrero.

– No volveremos a fallar a nuestro deber. Los auténticos elegidos estarán a punto de llegar y se encargarán de devolver la estabilidad y acabar con vuestras artimañas – dijo Naisha con solemnidad mientras adoptaba una relajada pose de combate.

– Querida, preferiría bailar contigo, pero si es pelea lo que quieres, ¡pelea tendrás! – dijo Lord William encajándose de nuevo el brazo con un sonoro chasquido.

Ambas parejas arremetieron los unos contra los otros en un parpadeo. El cuerpo descompuesto de William paró las espadas de Nimai, que impactaron con un ruido húmedo pero sin provocar ningún tipo de daño aparente. Ambos empezaron a forcejear en un macabro abrazo mientras Van Bakari recitaba guturales cánticos, toqueteando sus fetiches siguiendo un extraño patrón. Almas perdidas emergieron del suelo como un pestilente miasma del pantano y se abalanzaron sobre Naisha, que convocó una fusión de distintos elementos para servirle de escudo.

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En una situación normal, los Protectores Elementales habrían exterminado a sus enemigos con un leve gesto de la mano, pero gran parte de su poder estaba centrado en contener a duras penas a los elementos. La batalla iba girando lenta e inexorablemente a favor de los Redivivos, que aprovechaban sin ningún tipo de escrúpulo cualquier ventaja que pudiesen conseguir. Solo un giro de los acontecimientos podría cambiar esta situación, aunque no es el que los Protectores esperaban.

– Horas y horas de caminata con tacones, ¿ y esto es lo que nos encontramos, hermana?

– Ay, con lo poco que me gusta la violencia…salvo cuando es para temas de alcoba, por supuesto.

Nimai se giró hacia las recién llegadas, rechazando otro golpe del Redivivos.

– ¿Vosotras? ¿Vosotras sois las elegidas por el Titán? – gritó con incredulidad.

– Créeme, querido, estamos tan sorprendidas como tú – dijo Beatricce mirando con aprensión las legiones de almas que se abalanzaban sobre Naisha.

– Bueno, supongo que los Dioses también tienen….necesidades – dijo Anabella guiñando un ojo hacia el techo.

– Naisha, estamos perdidos. ¡Pensé que el Titán enviaría a alguien con poder suficiente para controlar los Elementos! Calamburia está condenada – sentención con frustración el guardaespaldas de la Sacerdotisa.

– Ten fe, amigo mío. Siento poder en ellas. ¡Usadlo por el bien de esta tierra! – dijo entre dientes Naisha mientras se defendía del embate de sus enemigos.

– Ah, hermana, me encanta cuando suplican. Lo hace todo mucho más excitante – dijo Anabella mientras sacaba su portaespejos de su escote.

– Bueno, es hora de revelar temporalmente nuestro secretito. Ya basta de usarlo únicamente para permanecer eternamente jóvenes – dijo Beatricce imitando los movimientos de su hermana.

Abriendo delicadamente los espejos los rozaron contra su cuerpo con sensualidad y dieron un sonoro beso contra su superficie para encararlo hacia sus enemigos. Los artefactos de poder relucieron con fuerza y liberaron al torrente de almas atrapadas en ellas. Cientos de ellas, miles, todas cargando al unísono contra los Redivivos. Con la forma de caballeros, mujeres de la nobleza , pobres y plebeyos: todos los clientes que habían pasado por las hábiles manos de las dos hermanas, atacaron a la oscura pareja.

– ¡Imposible! Son… ¡almas! ¡No podéis derrotarme con mi propio poder! – exclamó boquiabierto Van Bakari.

– No, querido. Tú robas y traficas almas. Nosotras ofrecemos nuestros placenteros servicios a cambió de una porción de su esencia. Descubrirás que es mucho más poderoso y sencillo conseguir lo que quieres si la gente está relajada y feliz. Sobre todo cuando están muy relajados y susurran tu nombre.

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Los Redivivos trataron de oponerse a aquel torrente de fuerza descontrolada, pero era imposible. Su especialidad era ser arteros, atacar en la sombra o cuando el enemigo estaba débil. No tenían ninguna posibilidad en un intercambio igualado.

– Querido William, me temo que tendremos que retirarnos. Aprecio mucho mi pellejo y mi ingenio como para convertirme en un cadáver. Sin ofender.

– Pocas cosas me ofenden ya, salvo la falta de fiesta. Y esto ya se ha convertido en un velatorio. ¡Volvamos a casa! – dijo Lord William, recogiendo su brazo del suelo.

– ¡Protectores! ¡No podréis vigilar siempre este Templo! Estaremos acechando, y en el momento en que os despistéis, veréis como vuestra sombra cobra vida y os apuñala por la espalda. ¡Nos volveremos a ver! – gritó Van Bakari lanzando una calavera contra el suelo. Pisándola con el tacón de su bota, desaparecieron en una nube de humo pestilente, sin dejar rastro alguno.

– Vaya. Siempre se acaba todo con decepcionante rapidez, hermana – comentó con hastío Anabella.

– ¡Elegidas! ¡No bajéis la guardia! ¡Las Esencias están despertando! – gritó Nimai, corriendo hacia los altares.

De cada uno de los pilares en los que descansaban las esencias, fueron emergiendo figuras colosales con apariencia humana. Sus siluetas similares a fantasmas relucían de energía y recordaban las figuras de las últimas personas que habían entrado en contacto con ellos. Los Avatares de los  Elementos empezaron a luchar contras las interminables almas de las Cortesanas. Su estilo de combate recordaba vagamente a sus copias originales, con una silueta similar a un Salvaje gritando palabras de poder, un Trovador danzando con agilidad lanzando a filas de almas por los aires con su laúd, una Bruja tejiendo extraños hechizos en el aire y un Tritón convocando olas de aguas fantasmales contra el ejército de almas. Los Protectores Elementales murmuraban poderosos hechizos mientras recorrían la sala tocando las paredes y activando milenarios mecanismos que existían desde la creación del Templo. La sala entera empezó a bullir de energía elemental desatada, amenazando con cortar la respiración de los presentes.

Naisha se derrumbó de agotamiento y Nimai activó las últimas runas del Templo, provocando un temblor que parecía el rugido de una criatura legendaria.

– ¡Ahora, Cortesanas! ¡Lanzad todo vuestro poder!

Ambas hermanas se cogieron de la mano y enfocaron sus espejos contra los cuatro Avatares. Las paredes del Templo refulgieron con un brillo cegador y los elementos chillaron con ira. Las almas se multiplicaron como las gotas de una lluvia torrencial, como el magma brotando de un volcán, como una avalancha de tierra, como un tornado enfurecido. Superaron las defensas de los avatares y los ahogaron en un montón fantasmagórico, bloqueando poco a poco su poder.

A las afueras del templo, más allá de las nubes, ahí donde el firmamento pierde su nombre, un rayo de luz cruzó el tiempo y el espacio. Partió la realidad en dos y con un crujido monumental, cayó en picado contra el Templo de los Elementos. La energía celestial, primitiva e inigualable recorrió las paredes que absorbieron su poder como un extraño pararrayos concentrando toda su energía en el Gran Salón de los Elementos. Los Avatares fueron absorbidos por las Esencias mientras la construcción entera crujía y gemía como un Dios dormido.

Con un terrible ruido similar al de una explosión siendo succionada, el ritual terminó. Las nubes volvieron a cerrarse, los cielos se unieron de nuevo y los astros celestiales continuaron su inmutable movimiento.

La calma y la quietud volvieron a la sala. Las Cortesanas se incorporaron despeinadas y con el maquillaje corrido de la cara.

– ¡Vaya! Y yo que les digo siempre que avisen cuando pasan estas cosas, hermana – dijo jadeando de emoción Anabella.

– No importa, querida. Yo volvería a repetirlo sin duda – dijo Beatricce con los ojos aún brillantes y la respiración agitada.

Calamburia había vuelto a ser salvada in extremis. Pero sus habitantes ya estaban acostumbrados a vivir al borde de la perdición, por lo que la siguiente traición estaba a punto de ocurrir. Esta vez, nadie se esperaba las funestas consecuencias que tendrían para nuestro Reino.

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100. UNA DELGADA LÍNEA

Calamburia es un reino mutable en el que nada permanece estable durante mucho tiempo. Las monarquías van y vienen, las criaturas mágicas despiertan y se consumen con la misma rapidez y la delgada línea entre el bien y el mal es difusa. Lo único que separa a un paladín defensor de la luz de caer en un pozo de oscuridad es una serie de palancas, que pulsadas en el orden adecuado, pueden alterar todo su sistema de valores.

Eso, y un poco de magia oscura, claro.

Justamente, sobre las consecuencias del bien y el mal reflexionaba Aurobinda, mientras andaba plácidamente tras la estela de mineros e Impromagos que recorrían los túneles que horadaban las profundidades de Calamburia. El parloteo de Stinker Comecobalto llenaba los huecos que dejaban sus pensamientos.

– Disculpad que no estén debidamente apuntalados. Estos túneles no suelen recibir muchas visitas, es más, con este calor, ya no baja nadie – se excusó el Capataz de los mineros.

– ¡La Esencia del Fuego está cerca! Los cálculos de Minerva eran ciertos. Por eso es la mejor profe – dijo Sirene mientras su coleta saltaba ligeramente al ritmo de sus pasos -. ¿Empieza a hacer mucho calor, verdad Pelusín?

La mascota de la joven miró alrededor con nerviosismo. A su lado Eme andaba con pasos torpes, mirando hacia atrás con aprensión.

– Sirene, sigo sin fiarme de las Brujas. Estoy seguro que traman algo – dijo nerviosamente. Las dos hermanas le devolvieron la mirada con inocentes sonrisas, mientras dejaban que los mineros se abriesen paso

– Oh, yo creo que se han reformado – replicó con aire extrañamente distraído mientras acariciaba sin darse cuenta el colgante de su cuello. Tenía engarzada una joya negra que parecía absorber los reflejos de las antorchas a su alrededor -. Las vigilaremos de cerca igualmente.

– Nos están mirando, hermana. No se fían – dijo Defendra resoplando.

– La confianza no se construye en un día, querida. Dales tiempo. Les demostraremos que pueden confiar en nosotras. Hemos cambiado, ya lo sabes – dijo con voz tranquila la Señora de los Cuervos.

El grupo continuó avanzando por los cada vez más tórridos túneles. El calor emanaba de las paredes como si estuviesen respirando. Vetas de magma empezaron a acompañarles en aquel descenso a las profundidades de la tierra.

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Según las leyendas, la Tierra de Calamburia eran los restos del Titán que cayó de los cielos. Y en ese momento, con la tierra palpitando y el magma recorriendo los túneles como si fuesen venas, las leyendas parecían convertirse en realidad.

Finalmente, el túnel se ensanchó hasta convertirse en una especie de gruta cubierta de estalactitas. En el centro de la cueva se hallaba un lago de fuego del que explotaban perezosas pompas de magma volcánico. En un costado de la cueva, un túnel parecía haber sido creado a arañazos y dentelladas por una criatura monstruosa.

– La otra razón por la que nadie viene aquí es porque descubrimos que se trataba del cubil del Dragón, ese bicho que os dio tantos problemas en la superficie. Nosotros somos sensibles a la magia, ya sabéis que muchos de nosotros estudiamos para ser Impromagos, y algunos de mis chicos son muy supersticiosos: es la primera vez que bajamos aquí en mucho tiempo – dijo Stinker.

– Aquí hay una magia poderosa latente. Puedo sentirla – dijo Defendra, olisqueando el aire.

– ¡Algo se acerca! ¡Preparaos! – dijo Sirene sacando su varita.

El lago de lava empezó a burbujear con violencia, vomitando columnas de fuego gigantescas hacia el techo de la ennegrecida gruta. Las columnas giraron entre sí, trenzándose en una macabra danza hasta que tomaron la forma de una colosal serpiente de magma, que brillaba y palpitaba con la fuerza del corazón de un volcán.

Una cuadrilla de mineros se apresuró a los bordes del lago con los dispositivos que solían emplear en caso de incendio en los túneles. Los artefactos, creados por los inventores, lanzaban una especie de niebla que  evitaba que el fuego creciese. La serpiente se agitó enfurecida, pero no se extinguió. Aquellos juguetes no eran suficientes para desafiar a la mismísima representación del fuego en la tierra.

– Oooh, por fin alguien que puede jugar conmigo y no morir a las primeras de cambio – dijo Defendra entre saltitos de emoción-. Ahora sufrirá la caricia de la ortiga.

Salmodiando una serie de oscuras palabras, la bruja se agachó y tocó la tierra con sus manos desnudas. La tierra tembló violentamente y del techo de la cueva surgieron gigantescas zarzas de aspecto venenoso que se agitaron como tentáculos. La serpiente se giró y empezó a morder y desgarrar con explosiones de fuego las innumerables zarzas.

– ¡Iré a ayudar a los mineros! ¡Hay que protegerlos! – dijo Eme mientras se alejaba corriendo.

Sirene se quedó a solas con Aurobinda mientras calculaba a toda velocidad sus opciones.

– Es una criatura mágica alimentada por la propia Esencia de Fuego. Es inmune a todos los demás elementos por lo que habrá que combatirla con algo similar. Pero en un espacio reducido puede ser peligroso y no puedo prever las consecuencias.

– Yo conozco un poderoso hechizo para doblegar el fuego. Pero me temo que estoy muy debilitada para ello. Hicisteis un muy buen trabajo derrotándome, especialmente tú, desmantelando mi Maldición – dijo con una sonrisa la bruja mientras se acercaba poco a poco.

– Oh, gracias – dijo distraída Sirene, mientras se tocaba el colgante sin darse cuenta -. La verdad es que fue bastante complicado. Pero me está costando pensar, no sé por qué. Podría aplicar algunos de los hechizos de combustión ígnea pero no sé si serán suficiente…

– Deja que te ayude, niña. Yo tengo los conocimientos y tú el poder. Alguien tan capaz como tú…tan lista… tan prometedora… estoy segura que conseguirás resolver esto antes de que haya alguna baja.

Sirene miró preocupada a su alrededor. Los mineros se protegían de las ráfagas de fuego con enormes escudos de hierro forjados con poderosos martillos. Eme desviaba los ataques mientras la serpiente acababa con las ultimas zarzas, que ya se replegaban por el techo.

– Lo siento hermana. Aún me sorprendo por lo débiles que estamos – dijo con un mohín de desagrado Defendra.

– ¿Qué tienes que perder, pequeña? Sólo queremos ayudar. Utilízame – dijo Aurobinda, cada vez más cerca de Sirene.

– Los Impromagos no utilizamos a la gente… existimos para protegerlos – dijo Sirene, ligeramente desorientada.

– Si, niña, yo también pensaba eso. Yo también juré proteger a todo Calamburia. Pero, a veces, la gente no sabe lo que quiere. Tú sabes lo que les conviene, ¿verdad? ¿Acaso no te gusta ayudar a la gente? ¿No sois los Impromagos los repetidos salvadores de Calamburia? ¿Les negarías tu ayuda? – dijo Aurobinda, dando vueltas alrededor de Sirene. La Impromaga se sujetaba el colgante con fuerza contra el cuello, presa del nerviosismo.

– ¡No! ¡Claro que no! Yo…quiero ayudar a la gente que me importa.

– Y quién no, pequeña. Y quién no… – dijo con una maternal sonrisa la bruja mientras se acercaba a la oreja de la joven y le susurraba el hechizo para doblegar el fuego. Sirene aguantó la respiración mientras el colgante refulgía con malignidad, aunque pasó desapercibido para todos.

– Entiendo. No es complicado – dijo Sirene, repentinamente tranquila. Girándose, se dirigió a gritos a su compañero.

– ¡Eme! ¡Tienes que mandarme un hechizo potenciador con todas tus fuerzas! Voy a lanzar todo lo que tenemos contra esa criatura.

– Pero Sirene… ¿eso no será peligroso?  Quiero decir, es un espacio muy cerrado y aún no controlo del todo el tema de los hechizos potenciadores, podría darte demasiado poder y….

¡HAZLO DE UNA VEZ, MALDITO INUTIL! – gritó de repente Sirene con una voz ronca y dura. Su mirada era puro acero, y debajo de este, latía una extraña oscuridad.

Eme enmudeció de golpe y miró asustado a Sirene. Jamás le había hablado así, por muchas veces que se equivocase. Llevaban años haciendo magia juntos y a pesar de ser menos capaz, nunca se había sentido inferior. Pero las palabras de Sirene, y peor aún, su mirada, le habían partido su corazón de patata.

– Tu eres más lista que yo, Sirene – musitó triste, por lo bajo -. Pero pensaba que éramos un equipo.

Alzando el brazo, ondeó la varita y gritó el nombre del hechizo potenciador, que imbuyó a Sirene de un poder sobrecogedor. La magia del receptáculo de Theodus recorrió su cuerpo como chispas, evitando palpablemente entrar en contacto con el colgante. El lazo de Sirene se deshizo y el pelo fluyó suelto a su alrededor como si fuesen serpientes. La mirada de la Impromaga era implacable y letal. Sin darse si quiera cuenta, Pelusín saltó aterrorizado de su mano y se escondió tras una piedra.

Encarando la serpiente, que cascabeleaba con el retumbar de la tierra y los borboteos del magma, apuntó con su varita a la criatura y pronunció las palabras de poder:

– ¡Laqueus ex ignis!

Un descomunal chorro de fuego surgió de la varita de Sirene, creando una malla de poder casi descontrolado que se lanzó sobre la serpiente. Ésta amagó y trató de huir con una finta, pero la red de fuego era gigantesca y apresó a la criatura con la potencia de mil volcanes. La red empezó a apretar y asfixiar la criatura, emitiendo terribles aullidos agónicos. Su cabeza chocó contra las paredes de la gruta aunque sus esfuerzos eran inútiles. Con un último grito, la serpiente explotó liberando una lluvia de cascotes y polvo, lanzando a todos los presentes por los aires.

El polvo empezó a disiparse por la abertura creada por el Dragón tantos meses atrás, mostrando un lago cubierto de costras de magma enfriándose a toda velocidad. En su centro, una esfera roja descansaba en aquel moribundo lecho.

Sirene miró a su alrededor confusa. No entendía muy bien qué había pasado, su memoria de los últimos minutos le fallaba. Se tranquilizó cuando volvió a tocar su colgante. Todo había ido bien. Lo que importaba es que la Esencia de Fuego había sido controlada. Y mientras los mineros se arrastraban por el suelo y se comprobaban las heridas, pensó que no había sido para tanto. Si se hubiese fijado con más atención, habría visto a Eme acurrucado en el suelo, mirándola con ojos desencajados, mientras Pelusín se escondía en su capa, temblando y observando de lejos en lo que se estaba convirtiendo su amiga.

Aurobinda se acercó a Defendra, alejándose del resto del grupo.

– ¿Ves hermana? No tenías por qué dudar. Todo va según el plan. Como esperábamos, el colgante que le dimos a Ébedi Turuncu hechizada ha funcionado. Sirene nunca iba a sospechar de un regalo dado por su querida madre y puedo notar como la magia oscura empieza a sembrar sus raíces en su interior.

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– Nunca son tan listos como parecen – dijo Defendra canturreando entre dientes -. Si tú te encargas de esto, yo me ocuparé de los Duendes. Es hora de que juegue más en serio con ellos.

– Ve, hermana. Calamburia ha olvidado ya la fuerza de la Magia Negra, pero nosotras nos encargaremos de recordárselo.

Efectivamente, nada es estable en Calamburia. Y la delgada línea entre el Bien y el Mal iba a ser pronto, por desgracia, puesta en entredicho.

 

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99. LOS SECRETOS DEL FIRMAMENTO

– ¡Hermano, el prototipo está funcionando de manera óptima! ¡Otro triunfo de la ciencia! – gritó emocionado Teslo mientras ajustaba frenéticamente unas tuercas que empezaban a soltarse.

– ¡Efectivamente! Mis cálculos han sido precisos y minuciosos, como siempre – contestó muy satisfecho Katurian, mientras trazaba líneas en un mapa sin sentido aparente.

– ¿Tus cálculos? ¿De quién fue la idea y la aplicación de la magia del Arpa del Titán? – contestó
indignado Teslo, levantando la cabeza y clavando una mirada furiosa en su hermano.

– ¿Y quién igualó las medidas para que esa mezcla pudiese darse? ¡Sin mí, el Girocoptero sería una idea de locos y soñadores!

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La discusión prosiguió por rutinas ya conocidas de acusación y contra-argumentación y fue silenciada por el viento huracanado que soplaba. El Girocóptero, un destartalado cachivache que recordaba vagamente un barco con hélices, luchaba por mantenerse estable a pesar del furioso viento que soplaba implacable. Los cielos de Calamburia se habían tornado oscuros y tormentosos debido a la pérdida de la Esencia del Aire.

Del camarote del Girocóptero surgió un extraño trio que no encajaba en aquella caótica escena. Se trataba de tres Aiseos que vestían sus ropajes más prístinos, reluciendo con su blancura y pureza, pero no tres Aiseos cualquiera.

– Nunca entenderé porque los terráneos insistís en cambiar vuestra condición de hormigas – dijo distraída Galerna, mirando el tormentoso paisaje. El viento apenas mecía sus cabellos, mientras zarandeaba violentamente la embarcación en la que se hallaban.

– Los terráneos tienen muchos sueños locos hermanita – dijo Brisa, tocando levemente su brazo – A veces son tan vulgares…

– Un poco de respeto, hijas mías. Vulgares o no, ellos fueron los que detectaron donde se halla oculta la Esencia del Aire – dijo solemnemente Bóreas, posiblemente más poderoso entre los Aiseos -. Por culpa del caos de los elementos, ya no podemos escuchar el susurro del aire en nuestros oídos. Ellos han llegado hasta donde nosotros no podíamos llegar.

– ¡Ha! ¡Así es! – dijo muy ufano Katurian – En realidad fue bastante sencillo, todos nuestros instrumentos de medición nos informaron que se estaban dando unos cambios de presión totalmente anormales. Lo que tenemos delante es el mayor cumulonimbo que se ha visto jamás en Calamburia. La lógica y la razón dictan que la Esencia del Aire debe de estar ahí.

– ¡Sin ningún asomo de duda! – ratificó Teslo -. Y ya que estábamos, hemos traído una caja tallada con runas de los salvajes y con sustanciales mejores derivadas de minuciosos cálculos. Aunque claro, primero habrá que encontrar la Esencia dentro de todo…eso.

El grupo se giró y miró hacia el horizonte, donde una masa colosal de nubes se amontonaba en el cielo, como si de un continente aéreo se tratase. Su deforme aspecto estaba coronado por rayos y truenos que tronaban de manera intermitente.

– Nosotros les llamamos Reyes del Cielo. Pero los nombres no importan – dijo con gravedad Boreas, Señor de los Vientos del Norte -. Debemos devolver el equilibrio a los elementos cueste lo que cueste. Nadie amenazará nuestro hogar. Vamos hijas mías: cumplamos nuestro deber como elegidos del Titán.

Como uno solo, las tres figuras empezaron a levitar con delicadeza, como si fuesen ligeros como la hoja de un árbol. Sus cuerpos empezaron a ascender, lejos de la embarcación ante los ojos curiosos de los inventores, que ya trataban de medir y estudiar tan portentoso don.

Los hijos de la tormenta encararon la más grande de su vida, decididos a que todo Calamburia recordase quien gobernaba en los cielos. Boreas alzó un brazo relampagueante de poder y comenzó a absorber jirones de nubes como si las estuviese aspirando. El Rey del Cielo se estremeció y empezó a girar sobre sí mismo a una velocidad creciente. Los rayos de su corona se acentuaron y se volvieron cada vez más violentos hasta que finalmente, con un estremecedor crujido, se lanzaron a toda velocidad a por el trio de delicados Aiseos.

Bóreas abrió su palma relampagueante y contraatacó con la energía acumulada, lanzando otro monumental rayo que chocó contra su adversario con un rugido atronador. La onda expansiva y la electricidad estática se propagó por el aire y estropeó algunos de los motores de la embarcación de los Inventores, que se pusieron a repararlos como dos atareadas hormigas. Pero eso ya no era preocupación de los Seres del Aire, que ya volaban muy por encima de ellos, rumbo a su destino.

El cumulonimbo palpitó de lo que podría ser rabia y lanzó tentáculos de nubes de aspecto peligroso en su dirección. Brisa los esquivaba con la gracilidad de una golondrina, mientras que Galerna amagaba giros y caídas en picado como si fuese un ave de presa. Bóreas permanecía en su sitio, cual águila imperial, encajando todos los golpes y devolviéndolos con toda la fuerza y la ira de una raza eterna.

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Sus dos hijas empezaron a atacar a su vez, girando alrededor de la gigantesca nube, arrancando retazos y jirones a golpe de viento. Parecían avispas atacando a un confuso león.

Pero la fuerza de los elementos es incontrolable, y el viento caprichoso y artero. Los cambios de presión surgidos por el choque de ambas fuerzas dificultaban mucho el vuelo y estaba empezando a alterar todo el clima de los alrededores. La lluvia y el granizo empezaron a caer como afiladas agujas que todo lo atravesaban. A pesar de haber nacido entre tormentas, la naturaleza artificial de su enemigo estaba poniendo a prueba todos sus límites.

Bóreas lo supo. Y supo también que no podía poner más en peligro a sus hijas, no después de haber recuperado a Brisa de las garras de Kashiri y a Galerna de la influencia de aquellas malvadas Brujas. Cerró los ojos y extendió su conciencia más allá de los confines de su cuerpo. Dejó que su espíritu volase con el viento y buscase un foco de poder. Al estar tan cerca de la fuente, podía sentir palpitar la Esencia del Aire, pero era demasiado peligrosa. Su mirada etérea se fijó en las estrellas del firmamento y los astros. Ahí fue cuando lo vio con su ojo astral: un cometa reluciente y milenario pasaba cerca de su firmamento. Tendría que bastar.

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Teslo y Katurian eran hombres de ciencia. Si no lo habían visto todo en este mundo, habían sido capaces de teorizarlo. Por ello, su sorpresa fue mayúscula cuando vieron como la superficie del cielo se veía rasgada por la caída de un elemento luminoso y brillante. Lo que parecía imposible, resultó ser durante esos segundos, cierto: un cometa había desviado su trayectoria infinita para atravesar la atmósfera y precipitarse contra la tierra. Por su trayectoria, parecía que iba directa hacia el Cumulonímbulo, y por extensión, hacia ellos. Empujándose el uno al otro, se abalanzaron sobre el timón y empezaron a girarlo frenéticamente para poder salir de la onda expansiva. El cometa prosiguió su avance con infinita lentitud, a pesar de que caía a cientos de kilómetros por hora.

El choque fue espectacular, tiñendo todo el cielo de Calamburia de una luz cegadora. Toda criatura viviente alzó la cabeza para mirar el aquel forzoso amanecer. Durante unos segundos, el mundo entero quedó iluminado por una extraña luz fantasmagórica, que fragmentaba los colores como si de un arcoíris se tratase. Y como si el tiempo hubiese sido devuelto a su lugar, la luz se extinguió para siempre, volviendo a sumir Calamburia en una tormentosa penumbra que poco a poco empezó a disiparse.

Los inventores se incorporaron trabajosamente, dando gracias a la gravedad y a los hechizos de los Impromagos por seguir vivos. Pero sus sorpresas no habían acabado, pues faltaba la más grande de todas: por encima de ellos, coronados por un rayo de sol que los iluminaba a contra luz, se acercaban los tres Aiseos.

Brisa sollozaba suavemente mientras seguía la estela de su padre. Bóreas, Señor de los Vientos del Norte, Dueño de los Cefiros y Jinete de Cometas, sostenía el cuerpo inerte de su hija Galerna con una mirada de infinito pesar. La mano de la joven relucía con una extraña luz: aferraba con fuerza la Esencia del Aire. Sabían que, de nuevo, aquellas criaturas inmortales conocidas como los Seres del Aire, habían pagado un alto precio. Lo que desconocían era el alcance de la deuda que acababan de contraer.

Más allá de la realidad, más allá del cosmos, donde sueños y esperanzas se encuentran, donde la magia vuela desatada y sin control, se encontraba un templo de proporciones ciclópeas y perfectas. Por entre sus delicados pasillos y corredores, vagaba una joven y desamparada Galerna, que miraba confusa a su alrededor. Los etéreos y blancos pasillos se veían salpicados de gráciles estatuas que representaban a diferentes Aiseos en posturas de adoración.

Finalmente, los pasos de Galerna la llevaron a una antesala presidida por un trono digno de un rey celestial. Pero en el trono no había ningún hombre: se trataba de una hermosa mujer, grácil y delicada, cubierta por finos ropajes de seda que ondeaban como si fuese el mismísimo aire. El rostro fino y armonioso de la mujer se iluminó con una cálida sonrisa tan perfecta que provocaba lágrimas en los ojos. Galerna no pudo hacer otra cosa más que caer de rodillas mientras lloraba silenciosamente, totalmente hipnotizada por la visión de aquel elevado ser.

– Bienvenida, joven Galerna. He estado vigilándote muy de cerca. Tienes valentía y una ira burbujeante en tu interior que te hará llegar muy lejos – dijo aquella criatura con una delicada voz que sonaba el rasgueo de un arpa.

– ¿Quién…qué eres? – dijo balbuceando Galerna, todavía incapaz de entender lo que veía.

– Hija mía, mi nombre es Rea. Y soy tu verdadera Diosa. Soy la Titán del Aire, encerrada aquí por los mezquinos deseos de mi hermano. Habéis estado adorando al Dios equivocado, habéis sido engañados y alejados de mi regazo. Los Aiseos sois mi progenie, mi legado y nuestro futuro. Y tú, pequeña, vas a ayudarme a cambiar mi sino.

Galerna siguió mirándola sin entender lo que decía. ¿El Titán, un dios falso? ¿Por qué entre los Aiseos no se hablaba de Rea? ¿Y por qué ella?

– No entiendo nada, mi señora. No sé si podré hacerlo – dijo estremeciéndose Galerna.

– Oh, descuida, pequeña – dijo Rea con una voz grave y seductora, como si fuese un gato a punto de saltar sobre su presa -. No necesito tu permiso ni tu voluntad para hacerlo. Los Aiseos sois todos propiedad mía.

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Con un leve gesto de mano, un manto de nubes se amontonó alrededor de la joven. Empezó a gritar, pero era inútil: no se podía parar a la Titán del Aire. Los gritos de Galerna cruzaron los prístinos pasillos y rebotaron por entre las estatuas en posturas de adoración, que ahora parecían de torturada súplica. El grito se coló por entre las rendijas del templo y salió al exterior. Voló a través del tiempo y del espacio, cruzó el firmamento y abandonó la tierra de sueños y esperanza. Voló con la fuerza de un grito agónico, portado por las tormentas y ventiscas hasta rodear el destartalado Girocóptero. Mientras los Inventores sujetaban la Esencia del Aire con extrañas pinzas, protegidos con binoculares que les daban un aspecto de mosca, Brisa abrió de golpe los ojos y dijo:

– Está viva.

98. ¿A QUÉ HUELE UN HÉROE?

– ¡Huelo a aventura, mi noble escudero! ¡Huelo a épicas batallas y a incontables tesoros! ¡Huelo a fama y gloria!

– Yo solo huelo pescado y salmuera, mi señor…

La curiosa pareja caminaba con tiento por extraños túneles cubiertos de un reluciente y fantasmagórico coral. Las paredes rezumaban humedad y multitudes de pequeños crustáceos la recorrían alimentándose de las algas que crecían sin control. El viento soplaba suavemente por todas partes, trayendo el ruido de las olas y el mar, de tal forma que, más que andando, parecían nadar en agua.

– ¡Eso es porque no aprecias la heroicidad de nuestra gesta! – replicó Sir Finnegan con un sabio asentimiento de cabeza -. ¡Aún ves las cosas desde el prisma de un sirviente! Más no temas, pronto verás el mundo como yo lo veo. ¡Cantarán loas y alabanzas sobre esta aventura!

– Disculpe a este escudero tan aprensivo, mi señor – se disculpó Edmundo con el ceño fruncido por el esfuerzo que le suponía pensar -. Debe ser que sigo un poco receloso por el hecho de que, en uno de nuestros numerosos paseos por la playa, nos hayamos encontrado una gigantesca construcción de coral que hace semanas no estaba ahí y usted se haya precipitado dentro sin avisar a nadie.

– ¿Y que nos roben la gloria? ¡Jamás! Venimos a impartir justicia y deshacer entuertos.

– ¿También devolvemos la vista a la gente? Mi señor, a veces ando un poco despistado en el alcance de nuestros poderes – dijo con cara de admiración el antiguo sirviente.

– ¡No seas ridículo! No tenemos tales poderes, nuestros dones son mucho más mundanos: el valor, la amistad, la caballerosidad, el buen porte…

Su discurso se perdió por los entresijos de los retorcidos pasillos, que parecían haber sido tallados por la misma agua. Las paredes emanaban una extraña luz azulada que confería un toque fantasmagórico a la escena.

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Tras largas horas de caminata y de varias discusiones infructuosas en cruces de túneles, llegaron a un punto en el que el túnel se ensanchaba y alcanzaba las proporciones de un palacio. Se trataba de una sala con un lago alimentado directamente por agua de mar. Debía conectar directamente con el océano ya que el lugar se hallaba poblado de tritones, que parecían mantener una encarnizada lucha con algún tipo de criaturas escamosas. La espuma saltaba de un lado al otro y de vez en cuando emergían cuerpos para volver a hundirse en un implacable combate cuerpo a cuerpo.

En la pequeña playa rocosa con restos de coral y algas, se erguía una comitiva de tritones que hablaban entre ellos con gesto grave, tratando de dirigir el combate sin éxito, ya que era imposible comunicarse con sus atareados camaradas en el agua. El príncipe heredero Itaqua taladraba con su mirada las aguas, intranquilo, mientras sus consejeros parloteaban. Sus lúgubres pensamientos fueron interrumpidos por nuestro noble héroe:

– ¡Ah! ¡Un miembro de la realeza! ¡Majestad, para mí es un honor disfrutar del placer de su compañía! – dijo ser Finnegan apareciendo de pronto en su campo de visión, como si acabasen de encontrarse en un pasillo de algún palacio.

– ¿Cómo? ¿Qué hacen unos vulgares terráneos por aquí? – replicó indignado el Príncipe, mirando con incredulidad a su alrededor.

– ¡Disculpe que lo hayamos sorprendido! A veces olvido que disponemos de un sigilo que haría palidecer a los felinos.

– Sí, mi señor. ¡Felinos! – asintió con fervor Edmundo.

Los consejeros pararon de discutir durante un segundo para mirar a la inusual pareja, y tras catalogarlos de irrelevantes, siguieron discutiendo a voz de grito. Itaqua bufó con desprecio y dio la espalda a los recién llegados.

– Bah, no tengo tiempo para hablar con bufones. Mis soldados están librando un despiadado combate contra las Semillas del Leviatán, que han sido atraídas por la Esencia del Agua. Pensábamos haberlas exterminado a todas, pero se ven que las pocas supervivientes han venido aquí. Creo que desean usar el poder de los elementos para traer de vuelta a su amo.

– ¡Bestias! ¡Monstruos! El trabajo perfecto para héroes como nosotros, ¿Verdad Edmundo?

– Bueno, tienen pinta de tener unos dientes muy grandes mi señor. Quizás podríamos mirar todo esto desde una distancia prudencial. ¡Pero miraremos como héroes! – dijo el escudero, sonriendo bobaliconamente por tan gran ocurrencia.

– ¡Paparruchas! ¿Sabes cuáles fueron las últimas palabras de Sir Anduin, en su famosa carga que le causó la muerte, durante la Rebelión de las Patatas?

– Usted lo sabe todo, mi señor. ¿Cuáles fueron?

– “¿Quién ha sido el bastardo que ha azuzado mi caballo?” – citó con pomposidad Sir Finnegan.

– No suena muy heroico mi señor. ¿Y qué tiene que ver con esto?

Sir Finnegan se quedó congelado unos instantes, ya que ni él mismo lo sabía. Le gustaba citar grandes hombres porque eso le hacía sentirse importante, pero nunca se planteaba que querían decir. Pero no había obstáculo lo suficientemente grande para la agudeza y rápida lengua de nuestro increíble héroe.

– ¡Todo, Edmundo! La vida es una faena, y cabalgamos un caballo constantemente azuzado por la gloria y el deber. ¡Y hacia allí nos dirigimos! – exclamó con la mirada perdida, confiando en que su escudero no pidiese más explicaciones.

– Ah, tiene lógica mi señor. ¡Me encanta dirigirme a sitios! – suspiró aliviado Edmundo.

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Antes que la pareja continuase con su épico dialogo, las aguas se agitaron y una sombra enorme empezó a emerger del agua. Se trataba de una criatura de pesadilla, todo aletas y dientes. Sujetándose a duras penas en la frente del monstruo una delgada y fibrosa figura acuchillaba con violencia sus ojos, provocándole chirridos de dolor. No era otra que Aquilea, la guerrera más valiente y fuerte de todo Aurantaquía. Los Tritones que peleaban en el agua redoblaron sus esfuerzos al ver a su líder luchar contra aquella abominación.

– ¡Una damisela en peligro! ¡Los dioses y el destino han hablado! ¡Resista, milady, acudo en su ayuda! – dijo Finnegan mientras lanzaba su sombrero al suelo de coral y se zambullía en el agua con un patoso salto.

Mientras, el lago bullía de actividad. El monstruo redobló sus esfuerzos, lanzando su corpachón contra las paredes de la extraña construcción, provocando una lluvia de coral y algas resecas. Pero la tritona era como un mastín agarrando a una presa: parecía incansable y sus cuchilladas caían con la regularidad de la misma lluvia. La frente de la criatura estaba cubierta de lacerantes heridas. De pronto, con un grito de furia, un tercer ojo se abrió por encima de los otros dos. Brillaba con una potente luz azulada. En el centro de la monstruosa pupila, se hallaba la Esencia del Agua, un orbe de incalculable poder que poco a poco se estaba fusionando con la criatura. El pesadillesco enemigo abrió sus fauces que relucían con una extraña luz y vomitó un chorro de energía azul fría como el hielo. El rayo atravesó tritones, coral, y la propia pared de la caverna. Si un observador estuviese situado fuera de la extraña construcción, vería como rayos azules la atravesaban y se disipaban en el infinito del cielo.

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Los tritones perdieron interés en sus combates particulares e intentaron ponerse a salvo del temible rayo, que giraba descontrolado y convertía en hielo todo lo que tocaba para acto seguido destruirlo en mil pedazos. Aquilea empezó a trepar trabajosamente hacia la esencia del agua, clavando sus espadas en la carne y usándolas como punto de apoyo. Desgraciadamente su pie derecho se hallaba congelado, probablemente impactado por alguna onda secundaria de aquel peligroso rayo. La criatura reaccionó al verse en peligro y se zambulló en el agua para tratar de ponerse a salvo.

El lago brilló con un azul intenso, mientras la criatura buceaba más y más profundo. Pero los tritones son los hijos de la espuma y la sal, y las profundidades su hogar. Un desgarrador rugido hizo temblar la cueva entera, y después, el silencio llenó cada recoveco.

Los tritones que habían sobrevivido empezaron a salir poco a poco del agua, ayudando a los heridos, viendo como las Semillas supervivientes se daban a la fuga. El conclave empezó a distribuir a los supervivientes y a tratar sus heridas mientras Itaqua miraba fijamente las aguas. Pero su ceño fruncido se relajó cuando una luz empezó a brillar seguida de Aquilea rompiendo la superficie del lago escupiendo sangre. Con movimientos lentos, se acercó a la orilla, y con pasos torpes debido a su pie congelado, se dirigió hacia su príncipe. Sujetaba con su mano su espada, que tenía ensartado el ojo de la bestia que contenía la Esencia del Agua. Postrándose de rodillas, dijo:

– Una ofrenda para mi príncipe. Espero que esto ayude a traer el equilibrio a nuestra tierra – dijo entre jadeos.

– No es la tierra lo que me importa, sino el mar – bufó Itaqua, mirando con aire calculador la piedra.

Mientras tanto, Edmundo salió del lago cargando con su señor inconsciente a sus espaldas. Sin que nadie les prestase la menor atención, lo tumbó en la arena y con una mueca empezó a hacerle un boca a boca. Sir Finnegan se incorporó entre toses, escupiendo agua salada y la poca decencia que le quedaba.

– ¡Está vivo señor! – dijo con alegría Edmundo abrazándole con fuerza.

– ¡Perdí la consciencia! ¡Qué vergüenza! Y no recuerdo nada – dijo entre espasmos, mirando confuso a su alrededor-. Pero dime, mi fiel amigo… ¿Fui épico? ¿Fui legendario? ¿Esto que noto en mis labios es el beso de esa amazona, como recompensa a mi hombría?

Edmundo miró a su señor, empapado y oliendo muy fuerte a pescado, al borde de la muerte por casi no saber nadar. Pensó en decirle la verdad, pero también pensó que hay que ser muy valiente o muy tonto para hacer lo que había hecho. Y a su lacayo le gustaba mucho el papel de tonto y no pensaba compartirlo:

– Ha sido increíble mi señor, casi imposible de describir. No lo admitirán nunca porque los tritones son muy orgullosos, pero Aquilea le está muy agradecida.

La mirada de Finnegan brilló de emoción. Edmundo se sintió de repente muy avergonzado, pero ya había llegado demasiado lejos y no podía detenerse ahí.

– ¡Y debo decirle que huele muchísimo a fama y gloria mi señor! – dijo con una sonrisa bobalicona.

 


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