96. EL PALPITAR DE LA TIERRA

La vegetación palpitaba con latidos lentos y regulares. Las plantas relucían con la humedad de la mañana, sus colores chillones compitiendo entre sí por deslumbrar a los incautos visitantes. Era una auténtica jungla, hormigueante de vida, como si de un caldero primigenio se tratase. Pero por debajo de la exuberante vida, algo no terminaba de encajar.

– ¡Esto antes era desierto! Os lo juro, pasé por aquí con mis nómadas hace escasas lunas. Y mirad ahora… ¡tanto vomitivo verde me va a hacer perder la cabeza! – Escupió Arishai, el Escorpión de Basalto -. ¿Habéis estado de nuevo jugando con magia prohibida?

La comitiva se abría paso a trompicones. Una larga hilera de salvajes miraba con suspicacia las descomunales hojas de su alrededor, aferrando con fuerza sus lanzas y preparándose a enfrentarse a cualquier emboscada. Adelantándose a la hilera, un grupo de nómadas se abría paso trabajosamente con sus cimitarras, cortando la densa jungla y dejando un rastro de muñones vegetales derramando sus fluidos contra el suelo.

– No somos nosotros los que hemos roto el equilibrio de los elementos. Pero de nuevo, por el bien de nuestra tierra y siguiendo los designios del Titán, tendremos que restaurar la paz entre la esencia de la creación – dijo Dorna solemnemente mientras apartaba una rama con su cayado. A su lado, Corugan gruñó con aprobación, mientras aferraba su racimo de fetiches, paladeando la magia desatada que saturaba la atmósfera de aquel lugar.

Arishai la miró con un brillo calculador en los ojos. Aliado a la marquesa Zora Von Vondra, la mayoría de sus planes habían girado en torno a hacerse con la corona. Que la misma realeza viniese a él era cuanto menos…inesperado. Pero los nómadas acostumbran a modificar sus planes según los designios del clima y del viento.

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– ¿No es un poco arriesgado abandonar el Castillo de Ámbar en estos periodos de crisis? – preguntó, intrigado por la estrategia de su rival.

– Las conspiraciones seguirán ocurriendo esté yo allí o no. Y hay algo más acuciante que vuestros juegos de niños. La tierra misma nos ha guiado hasta aquí, suplicando que yo la ayude. Y como hija de los primeros hombres, acudo a ella.

Antes de que Arishai pudiese responder, Corugan levantó la cabeza repentinamente y miró hacia el frente. Lanzando un terrible grito de aviso, cogió a Dorna y ambos cayeron cuan largos eran al suelo.

En el mismo momento, un gigantesco miembro alargado y rápido sacudió el aire donde segundos antes se hallaban sus cabezas. Uno de los nómadas fue empalado por el aguijón en el que terminaba aquel extraño miembro.

Todos alzaron las cabezas y vieron con horror como un escorpión de monstruoso tamaño descendía de un de los troncos titánicos que se erguían a su alrededor. Con un chasqueo de sus mandíbulas, se abalanzó sobre las filas de los salvajes, cortando y empalando con sus quitinosos miembros.

– ¡En formación!¡Levantad un muro de lanzas! – gritó Dorna mientras se incorporaba, ayudada por Corugan.

Los salvajes rugieron y trataron de alejar a la bestia, pero sus armas rebotaban contra el negro caparazón de la criatura. Con un antinatural movimiento, atrapó a uno con sus pinzas y lo partió en dos ante los atemorizados ojos de todos.

– ¡Vamos, hijos del desierto! ¡Cubrid los huecos de la formación! – gritó Arishai mientras desenvainaba su espada.

Los nómadas se apresuraron a cubrir los huecos mientras el escorpión levantaba la tierra del suelo con sus patas, en un siniestro baile macabro.

Las cabezas se giraron nuevamente al escuchar un rugido que surgía de la maleza. ¿Qué nueva criatura trataría de aplastarlos de nuevo?

Pero no fue ninguna criatura la que salió de la maleza, sino Ranulf Hangerton, el Matabestias, que rugía como una carga de osos. Empuñando sus dos hachas, corrió hacia la criatura y clavó sus armas en las junturas de la quitinosa armadura. La criatura trató de contraatacar con un chillido, pero su aguijón fue desviado por unas flechas que salían aparentemente de la nada. Ensañándose como un maníaco, Ranulf partía las articulaciones y encajaba sus hachas con la precisión de un carnicero. El escorpión empezó a retroceder lastimeramente, lo cual fue como una señal para todo el grupo, que cargó hacia adelante y empaló a la criatura con sus lanzas.

– ¿Ya está? ¿Es que no va a haber ninguna bestia que suponga un desafío para mí? – aulló al cielo el legendario cazador.

– Gracias por la ayuda, Matabestias. Tu nombre es ampliamente conocido por nuestro hogar de las montañas – dijo Dorna, acercándose al cazador.

– Solo era un bicho. Los hay peores por esta jungla – dijo Camila Tanis, su discípula, mientras emergía de la vegetación -. Como por ejemplo, la escoria que aquí se haya.

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Dorna contuvo a Corugan con un gesto, antes de que este se lanzase sobre ella. La estudió con el ceño fruncido.

– Tú debes de ser la famosa niña que sobrevivió a aquel saqueo. Me han hablado de tu odio por nosotros. Que sepas que es sólo la ley de las montañas, sangre por sangre. No me importa que quieras vengarte, eso te hará fuerte. Y la fuerza, es la única ley que importa – susurró Dorna, mirándola fijamente a los ojos.

– Cuando la tenga, acabaré con todos vosotros – le respondió con una mirada de maníaca.

– ¡Cuidado! ¡Vienen más! – gritó alguien.

Todos miraron hacia arriba, viendo como bajaban de los árboles decenas de escorpiones. Su mirada insectoide y casi alienígena podía paralizar el corazón de cualquier valiente. Corugán masculló algo por lo bajo.

– Corugan tiene razón. La Esencia de la Tierra debe de estar en este árbol y es la causante de esa antinatural jungla. ¡Escuchadme! Luchad contra estas criaturas y mientras, Corugan trepará a por ella y la contendrá.

A su alrededor todo el mundo preparó las armas, tensando los músculos y preparándose para un mortal combate.

– ¿Con que poder, eh? ¿Eso es lo que necesito? ¡La Esencia de la Tierra será mía! – gritó exultante Tanis mientras se colgaba el arco del hombro y empezaba a trepar con la agilidad de un primate.

Antes de que nadie pudiese frenarla, incluso Ranulf, los escorpiones atacaron la comitiva con una furia desenfrenada. Ajena a los gritos de abajo, Tanis siguió trepando concentrada hacia la copa del gigantesco árbol. Esquivando pinzas y aguijones y dando patadas a sus propietarios, tirándolos a la espesura del bosque, terminó por llegar a la copa del árbol.

Las sospechas de Corugan se confirmaron al momento: como en un altar vegetal, la Esencia misma de la Tierra descansaba en forma de un orbe luminoso, rodeado de ramas y enredaderas. Tanis miró la piedra y sin ningún tipo de miramientos, extendió la mano para cogerla.

Desde la espesura, entre el encarnizado combate, se pudo escuchar un agudo grito que emergió de las copas de los árboles. Los salvajes se veían sobrepasados por los temibles insectos y los nómadas empezaban a batirse en retirada, guiados por un Arishai que calculaba los posibles desenlaces de aquella aventura.

Como una centella, una luz marrón con toques de ámbar saltó de la copa de los árboles y cayó contra el suelo con la fuerza de una avalancha de tierra. La onda expansiva lanzó a todo el mundo al suelo. Los escorpiones se volvieron como uno solo y atacaron a la figura de luz, pero las raíces emergían del suelo y los estrangulaban y arrancaban sus miembros quitinosos en una orgía de violencia que nada tenía de natural.

– El poder de la tierra… ¡es mío! – gritó Tanis con un toque de locura. Se giró hacia el grupo, contrayendo las manos y amenazando con exterminar a todo el grupo con la fuerza elemental de la tierra.

Ranulf apareció de su lado y dio un fuerte golpe a la mano de la chica que sujetaba la Esencia de la Tierra. El orbe salió rodando y Tanis perdió el fulgor que la poseía.

– ¡No! ¡El poder! ¡Mi venganza! – espetó furiosa contra su amigo y mentor, lanzándose para estrangularlo.

Ambos empezaron a rodar por el suelo mientras Ranulf intentaba tranquilizarla, pero era imposible: Tanis, la legendaria rastreadora, parecía haber perdido el juicio.

Mientras, Corugan sacó una caja engarzada con piedras de ámbar mientras salmodiaba en un idioma antiguo. Se fue acercando con delicadeza a la piedra, y sin tocarla, la introdujo dentro de la caja, que se cerró con un golpe seco. Al segundo, la vegetación palpitó y empezó a perder poco a poco su color.

– Corugan trató de avisarla. Ningún mortal puede soportar el contacto con la Esencia de los Elementos. Deben ser contenidas de nuevo, ya que en ellas está el poder de la creación. Probablemente el despiadado Van Bakari usó a su compañero muerto para que no sufrir las consecuencias del contacto con un poder primigenio.

Ranulf, sujetando a Tanis con una compleja llave de lucha, miró desesperanzado a su compañera, que gruñía y babeaba mirando a su alrededor con una mirada animal.

– ¿Acaso no hay ninguna cura? ¿No hay nada que podamos hacer? ¡Es la única compañera que tengo en el mundo! – suplicó el gigantesco hombretón de manera lastimera.

– Por ahora no, hasta que vuelvan a estabilizarse los elementos. Y aún así…quién sabe. Quizás el destino de una cazadora es ser convertida en un animal. Fue débil y se dejó llevar por sus emociones. Y la ley del más fuerte no perdona.

Con esas ominosas palabras, Dorna se dio la vuelta y guió a su comitiva lejos de aquella moribunda jungla. La mirada de desesperación de Ranulf se quedó clavada en su corazón para siempre, pero ya no podía dar marcha atrás. El embarazo progresaba y pronto no podría participar directamente en los eventos que amenazaban Calamburia. Iba a traer a la vida a un líder, a un salvaje con sangre mágica que rivalizaría con todo lo conocido hasta entonces. Y no pensaba entregarle un mundo caótico y al borde de la destrucción.

Costase lo que costase.

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IX COMBATE – LAS GUERRAS DE CALAMBURIA: LA CRUZADA DE LOS ELEMENTOS

impro calamburia escalera de jacob zíngaros duendes El próximo Viernes 1 de Septiembre a las 00:15 en La Escalera de Jacob ocurrirá el IX Combate de las Guerras de Improvisación del Reino de Calamburia – La Cruzada de los Elementos  ¿Podrán reunir a los cuatro elementos y devolverlos al Templo de los Elementos?  ¿Será capaz la Protectora Elemental de detener a Van Bakari?

95. ¡BRINDAD, CANALLAS, BRINDAD!

– ¡Brindemos, camaradas! ¡Quiero ver vuestras barbas cubiertas de espuma! – gritó EfraÍn a los enfervorecidos parroquianos de la concurrida taberna.

El local se hallaba completamente abarrotado de aguerridos filibusteros que cantaban, gritaban e insultaban a sus vecinos mientras hacían chocar sus enormes jarras. Su contenido era incierto, pero se dice que aquel brebaje estaba compuesto por baba de tritón, jugos de Semillas del Leviatán, lágrimas de duendes, restos de pociones de Skuchain y ron. Las medidas exactas hacen ya parte de la leyenda.

– ¡Hermanos de sangre y sal! ¡Es hora de que vuelvan a temernos, y no sólo a través de los océanos, sino por tierra firme!

Todos corearon con fuerza emitiendo rugidos ininteligibles, probablemente sin saber qué estaban apoyando exactamente, pero demonios, lo iban a hacer con mucho entusiasmo.

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– ¡El trono está débil! ¡La antigua monarquía de Calamburia ya no puede contenernos ni hacer valer su fuerza! ¡Pero nosotros somos más fuertes que nunca!

Aporrearon las mesas con sus gigantescas manos callosas. Muchos de ellos ni siquiera sabían cuál era el nombre y la dinastía de quienes ahora reinaban, pero poco importaba. La bebida seguía fluyendo y todo el asunto olía a botín, saqueo y pillaje.

– Y podemos optar a él por derecho. ¡Mairim, mi sobrina, tiene sangre real! Ha demostrado ampliamente su apoyo a la causa pirata y tiene madera de líder. ¡Literalmente, ha nacido para ello!

Todos corearon con fuerza el nombre de Mairim. La susodicha se levantó a trompicones de una mesa, para saludar con entusiasmo con la mano. Las voces aumentaron de volumen hasta hacer temblar las vigas del techo, y presa de emoción, empezó a dar saltitos y vueltas sobre sí misma. Sin querer, atizó un manotazo a un pirata y lo mandó volando por toda la estancia hasta incrustarlo contra la barra de la taberna.

El silencio invadió la sala, enmudeciendo a decenas de curtidos bucaneros.

– Uy. ¡Lo siento! Mi mami dice que a veces no controlo mi fuerza – dijo ella sonriendo y ajustándose el sombrero.

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Al unísono, todos los piratas irrumpieron en gritos y rugidos, alabando la fuerza de la muchacha. Efraín Jacobs soltó el aire que había estado conteniendo, preparándose para el desastre. Los ánimos de aquella turba eran tan veleidosos que podían cambiar en cualquier momento. Se estaba agarrando a un clavo ardiendo y estaba claro que confiar en el liderazgo de Mairim era como darle un cañón a un niño, pero no le quedaba otra opción.

– ¡Buscaremos la esencia del Agua! ¡Fingiremos plegarnos a sus deseos! Pero mientras, tenemos que preparar nuestro golpe de estado. Debéis tomar posiciones en los puntos estratégicos. ¡Debéis prepararos para luchar!

Aquella era una palabra que las embrutecidas mentes de los piratas podían entender a la perfección. La promesa de sangre y botín era su única motivación.

– ¿Y qué hay del antiguo Rey Rodrigo? ¿No vais a contar con su apoyo? – dijo una voz altiva y totalmente fuera de lugar.

La multitud se giró inquisitiva ante los recién llegados. Se trataba de dos soldados vestidos con el tabardo que lucía el emblema del Rey Rodrigo V, el Perturbado.

– ¡Tenéis agallas para venir a la peor taberna de la Isla Kalzaria, hogar de piratas sin corazón ni honor! Muchachos, no sabéis lo que habéis hecho. ¡Aquí la monarquía no es bienvenida! – espetó Efraín con una sonrisa cruel.

– ¡No me asustan tus amenazas, Jacobs! Tengo tanto derecho a estar aquí como tú. ¡Derecho de sangre! – dijo Balian, mientras devolvía la mirada a todo el que osase mirarle. Y lo cierto es que era la taberna entera.

– No es la primera vez que venimos a este antro de perdición – dijo Pierre mirando por encima del hombro con una leve mueca -. Y tampoco somos muy amigos de la actual monarquía.

– ¡Es verdad, es el hijo del viejo Cara Partida! – gritó alguien, señalando a Balian.

La turba entera empezó a murmurar. Los piratas tenían una vida llena de emociones y no era raro que fuesen sembrando bastardos a su paso. Uno más, uno menos ¿Qué importaba?

– ¿Y bien? No abuséis de mi paciencia, porque, sangre pirata o no, ¡os ensartaré con mi sable si me hacéis perder el tiempo!

– El Rey Rodrigo V, el verdadero Rey y no ese impostor Comosu, vaga por los mares en busca de redención por lo que le hizo a su amada Petequia.

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Algunos piratas asintieron con gesto grave. Muchos conocían a Petequia por sus excesos en la isla Kalzaria y era más cruel y sanguinaria que cualquiera de los hombretones ahí reunidos. A pesar de ser un miembro de la realeza, se había ganado el respeto de esos despiadados asesinos y al fin y al cabo, Mairim era su hija.

– ¡El pueblo le conoce! ¡Lo ama! Aún siguen recordándolo como la más bella persona que ha reinado por todo Calamburia – exclamó Pierre con aire soñador.

– Dudo mucho que sea así. El pueblo llano es como una hoja mecida por la tormenta, vienen y van sin ningún tipo de control – escupió Efraín -. ¡Nosotros cabalgamos las tormentas!

– Es quizás demasiado tarde para su reinado y su hijo, el Rey Comosu, ha perdido el juicio y nada se puede hacer por él. Pero nuestro noble y gallardo corazón late al unísono con el de nuestra Majestad, y estoy seguro que apoyaría a la hija de su amada.

– ¡Oh, sí! ¡Quiero conocer mi nuevo tito! – dijo entusiasmada Mairim mientras daba palmas.

Si algo se le da bien a un pirata es timar, engañar y regatear. Diferentes planos y estrategias surcaron la cabeza del Ladrón de Barlovento a toda velocidad mientras calculaba las pérdidas y las ganancias.

Finalmente, con un brillo de codicia en los ojos que todos supieron identificar y que sólo podía significar un jugoso botín para todos, respondió sonriendo:

– ¡Los enemigos de la actual monarquía son nuestros amigos! Adelante, muchachos, adelante, siempre hay sitio para más brazos fornidos en nuestra tripulación.

Los mismos asesinos sedientos de sangre que estaban dispuestos a destripar a los recién llegados los recibieron con aplausos y golpes de jarra en las mesas. Las mujeres les lanzaron besos desde los balcones y llenaron sus manos de aquel brebaje que hacía llorar los ojos. Ya eran hermanos piratas para siempre, aunque ese era un concepto temporal que podía cambiar tan rápido como la marea.

Efraín Jacobs contempló complacido la multitud de borrachos pendencieros. Eran la peor escoria que había surcado jamás los mares, y sabía que al menor contratiempo, lo traicionarían y lo pasarían por la quilla. Pero ahora, ese amasijo de bajezas humanas comía de su mano y de la promesa de los suculentos botines del palacio, y por ahora, era suficiente.

¿Acaso la vida de un pirata no era siempre vivir al límite, como si estuviese caminando por el palo mayor? ¡Eso es lo que le hacía sentirse vivo! Aunque a veces, solo a veces, soñaba con ser un Hortelano, pasando los días arando la tierra y limpiando tubérculos.

Una mesa pasó volando delante de sus narices y se estrelló contra una ventana, generando una salva de aplausos y enfurecidos insultos.

Diantres, cómo necesitaba una jarra de esa espumosa sustancia.

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