135 – LA PIEDRA NEGRA

– Sáltate la parte tediosa y ve al grano. Tengo cosas muy importantes que hacer – dijo con voz aburrida Aurobinda.

– ¡Por supuesto, jefa de estudios! – contestó rauda Sirene.

La sala se hallaba abarrotada de libros, velas y jaulas con formas extrañas. Varias de ellas estaban ocupadas por duendes entristecidos, con los gorros ladeados y las orejas caídas. Las jaulas vacías parecían indicar que habían contenido otros ocupantes y ya no, aunque su destino resulte incierto y un tanto inquietante.

– Siguiendo sus órdenes, hemos estado investigando y analizando los duendes. Sabemos cómo invocarlos pero realmente nunca hemos investigado el efecto opuesto. Mi teoría es que hay una manera de revertir el proceso y aspirar la esencia de los duendes antes de que sean devueltos al mundo faérico al que pertenecen.

– ¿Estás sugiriendo de que podríamos absorber su poder? – preguntó Aurobinda, repentinamente interesada.

– ¡Sí! – respondió Sirene. Aunque se hubiese vuelto profundamente malvada, seguía ansiando que la reconocieran como la estudiante aplicada que era.

– Conseguir el poder de Baufren y eliminarlo a la vez… – masculló por lo bajo Aurobinda, saboreando las palabras -. Muy bien. Seguid investigando. Debo reunirme con los Consejeros para rematar detalles. Los pequeños Impromagos ya han descifrado el hechizo, con un poco de nuestra ayuda, y pronto se escabullirán con sus aliados a realizar el ritual. Debemos estar preparados.

Sin despedirse, Aurobinda salió apresuradamente de la sala mientras su mente maquinaba distintas torturas que practicar al Duende Mayor antes de absorber toda su fuerza.

Al poco rato, apareció Eme, resollando, como si hubiese corrido una larga carrera.

– ¿Llego tarde a la reunión de Aurobinda? – dijo mirando a su alrededor con su habitual cara de tonto.

– Sí. Me ha dado tiempo a preparar todo el ritual mientras tú no estabas, torpe – le contestó Sirene muy ufana desde el fondo de la habitación.

Eme miró a su alrededor, sorprendido por el despliegue de jaulas de su alrededor. Centró su atención en un pentagrama dibujado en el suelo, similar al que ciertos Impromagos dibujaron en el sótano de Skuchaín para transformar a Pelusón, pero mucho más tenebroso e intrincado. En el centro del pentágono se hallaba atado un duende con una mordaza, debatiéndose inútilmente.

– ¿Y todo esto? ¿Qué vas a hacer? – dijo Eme, boquiabierto.

– Mientras tu comías y hacías trastadas por ahí y Telina cubría tus espaldas, yo he estado investigando – le dijo con voz de sabionda Sirene, emergiendo de detrás de una jaula.

– ¿Vas a invocar algo?

– No. Voy a absorber su poder. Para que Aurobinda me recompense. Y así…así quizás dejo de tener esos sueños raros – comentó con aire ausente, mientras se acariciaba el collar del cuello sin darse cuenta. La piedra negra parecía reflejar la luz malévolamente.

Sirene se giró hacia el pentagrama y empezó a agitar la varita en intrincadas formas mientras los duendes de la sala se aplastaban en el extremo más alejado de su jaula, mirando con ojos como platos el experimento de la joven.

– ¡Eme! ¡Debes impedirlo! – dijo una vocecilla cercana, proveniente de una jaula. Se trataba de Eneris, que le miraba suplicante.

– No, no puedo. Sirene es siempre la lista y la que manda, y es mejor que yo obedezca – respondió Eme, agitando la cabeza -. Es como si no pudiese desobedecer sus órdenes. Además, ahora soy malo.

– Tú no eres malo, Eme, y mamá tampoco. Tu puedes liberarte, pero a ella… a ella le pasa algo raro. ¡Creo que es ese collar!

Sirene seguía salmodiando, agitando la varita. El duende del centro del pentagrama levitó en el aire mientras su cuerpo se desintegraba y empezaba a ser absorbido por Sirene.

– ¡Ah! ¡Este poder! – gritó Sirene -. Pero no es suficiente. Necesito más.

– Oye Sirene, ya has demostrado que funciona. Vamos a contarle a Aurobinda que ha funcionado y….

– ¡No! – le respondió ella con los ojos cerrados, mientras los últimos zarcillos de energía entraban en su interior -. No necesito a Aurobinda. No necesito a nadie. Si devoro a todos los duendes de aquí, quizás logre ser más fuerte que ella. ¡Y salvaré al mundo con mi fuerza!

El colgante de Sirene brilló con una luz oscura y palpitante, ansiando más y más poder. La Impromaga abrió los ojos y señalando a los duendes, empezó a absorberlos mientras las energías del pentagrama se desataban.

– ¡Oh no! ¡Tienes que detenerla Eme! ¡Se los va a comer a todos! ¡Y a mi también! – gimió Eneris, sujetándose el sombrero.

– Pero yo…soy tonto y débil. Sirene sabe lo que hace. Tengo que dejarla hacer sus cosas – se resistió, dudoso, el Impromago.

– Mamá no va a poder controlar todo ese poder. ¡Puede que muera, Eme! ¡Tienes que ayudarla!

Eme pestañeó ante la idea de perder a su amiga. Sentía la mente un poco más clara que en los últimos meses, quizás porque Sirene estaba ocupada absorbiendo la energía de los duendes y no embotando sus pensamientos.

– No sé qué hacer. Ella es la lista, ella es la que piensa en estas situaciones.

– Tuviste a Theodus dentro de tí. Y eres valiente, ¡yo lo he visto! Puedes hacerlo Eme, puedes ayudarla y protegerla de sí misma.

Sirene empezó a crepitar de poder, levitando suavemente mientras aspiraba duendes con mayor avidez. Chorros de energía oscura manaron del colgante, como si no pudiese contener toda la oscuridad de su interior.

– Tendré que usar su propia magia. Tendré que usar la Oscuridad – dijo Eme.

Con un grito, el Impromago lanzó un rayo de energía de su varita para captar los charcos de energía oscura que se acumulaban por el suelo, devorando jaulas y duendes por doquier. Empezó a sorber aquella magia, se introducía por su cuerpo y sus venas se marcaban negras mientras seguía bebiendo y bebiendo de ese manantial infinito. Sirene se dió cuenta y se giró para encararse a su amigo, el cual tenía las pupilas negras pero un semblante decidido.

Ambos empezaron a lanzarse hechizos, pero a pesar de que Sirene había absorbido la energía de muchos Duendes, Eme tenía en su interior los resquicios de la fuerza de un archimago y con la ayuda de la energía oscura, los lanzó contra su amiga.

El impacto fue colosal, y propulsó a Sirene al centro del pentágono. Eme hizo acopio de toda la energía Oscura que poseía y cerró las manos trabajosamente, como si realmente hubiese algo físico entre ellas mientras que una cúpula tenebrosa emergía a los lados de Sirene. Las paredes se fueron estrechando mientras Eme apretaba las manos, empequeñeciendo más y más la cúpula.

– ¡No puedes encerrarme para siempre como hizo Theodus, Eme! ¡No funcionó con Aurobinda y Defendra y no funcionará conmigo! ¡No puedes hacerlo! ¡No puedes….! – los gritos de Sirene se vieron cortados en seco cuando Eme logró juntar por fin sus manos y con un sonido de succión, la cúpula se comprimió hasta tomar la forma de una piedra negra.

El silencio invadió la sala. Los duendes supervivientes cuyas jaulas se habían roto empezaron a ayudar a los demás. Eneris se acercó a saltos a Eme, agitando sus pequeños puños en júbilo.

– ¡Eres el mejor, Eme! ¡Usaste la propia oscuridad para atraparla! ¡Ahora hay que encontrar una manera para anular el poder del collar y liberar a mami – celebró la pequeña duende. Pero su cara cambió al mirar a Eme -. Oye, ¿Estás bien?

La oscuridad iba disipándose de las venas del Impromago, pero parecía estar calando en su interior. Usar semejante magia tenía un precio: podía corromper a su usuario. Sirene lo había sentido en sus propias carnes, como un día les ocurrió a Aurobinda y Defendra. Y ahora, le tocaba a él.

– No vamos a liberarla – dijo Eme con una sonrisa, mirando al infinito -. Ahora estoy yo solo como ayudante de Aurobinda. Soy mucho más fuerte que Sirene. Y pronto, seré mucho más fuerte que nadie. Tan fuerte que la propia Oscuridad me suplicará piedad.

Eneris se empezó a apartar discretamente de su amigo.

– Me das un poco de miedo con esa mirada de loco. ¿Qué pasa, tienes hambre?

– ¿Hambre? Sí – respondió riendo como un loco -. De poder. ¡Y poder tendré! ¡Todos lo veréis! ¡Seré el más poderoso archimago de la tierra y todos me temeréis! Debo ir a contarle a Aurobinda el fracaso de Sirene.

Eme salió con paso brioso de la sala, con la mirada de locura todavía perdida pero con una sonrisa lobuna en la cara. Eneris lo vió partir con tristeza, pensando que todo esto había ocurrido por su culpa. Cogió con delicadeza la piedra negra del suelo y acunándola entre sus brazos dijo con tristeza.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer, mami?

134 – EL PRECIO DE LA PAZ

Muchos piensan que la penumbra en la que está sumida Calamburia es uno de los mayores males de cuantos ha afrontado esta noble tierra. Y probablemente sea cierto. Pero si preguntáis a los emprendedores, comerciantes e incluso a los lores y a las damas, el mayor azote maligno fue el que sufrieron durante la cacareada Paz de la Reina Sancha.

Tomemos por ejemplo una empresa honrada, con trabajadores dedicados en cuerpo y alma a la satisfacción de sus clientes. La primera que se os viene a la cabeza, estoy seguro, es la de los Enterradores. ¿Acaso no es una profesión con una profunda vocación por el prójimo? ¿Un respeto absoluto a las familias dolientes? ¿Y qué importa si a veces ahorran un poco en las lápidas de piedra maciza? ¿O en las placas conmemorativas de cobre en vez de acero? ¿Alguien puede culparlos?

El Túmulo Desordenado es el único camposanto oficial de todo Calamburia, aunque muchos poblados han construido el suyo por no poder pagar los gastos de traslado. El cementerio es una visión impresionante: centenas de hectáreas cubiertas de lápidas de todo tipo, llenas de historias y sobre todo, de cadáveres. Debido a la antigüedad del cementerio, los estilos de las tumbas y las dimensiones de los nichos han ido variando de una manera un tanto pintoresca con el paso de los años, dando la impresión de un cierto caos y descontrol en la organización de los muertos.

Donde vosotros, simples neófitos en la materia en descomposición véis caos, Jack Roslin ve perfección. El descendiente de la familia de enterradores más famosa del reino podría caminar por el cementerio con los ojos cerrados y bailando una jiga. Jack pasó toda su infancia ayudando a su padre con el cementerio y espera algún día hacerlo con su hijo, aunque Penélope siempre contesta a sus insinuaciones con un bufido.

Si Jack es la pala que entierra a los muertos, Penélope Roslin es el mármol que los mantiene completamente atrapados en el suelo. Hija de una rica familia de comerciantes, Penélope es el resultado de generaciones y generaciones centradas en sólo una cosa: sacar el máximo beneficio de cualquier negocio. Y el negocio de la muerte era un negocio como otro cualquiera.

Quien trata con la muerte no le teme a esta, y la visión de cadáveres y otros horrores no causa ni un solo parpadeo en esta fría pareja. Pero creedme si os digo que sudaban profusamente, en la puerta de su cementerio, frotando sus manos con miedo al ver llegar por el camino a los Recaudadores de la Reina Sancha.

La Paz de la Reina Sancha era un negocio muy lucrativo. El orden y la estabilidad permitían mantener un estricto control de las idas y venidas de los Calamburos, la moneda oficial del Reino. Sancha III ya no necesitaba soldados, pero sí un ejército: destacamentos de escribas, escuadrones de contables y soldados de a pie: Los Recaudadores.

Siempre iban en pareja, ya que cuatro ojos ven mejor que dos. Se detuvieron ante los nerviosos sepultureros.

– ¡Buenos días, señores Roslin! Que alegre mañana. Mi nombre es Don Vítulo y esta es mi compañera la encantadora Doña Constanza – se presentó el extraño.

Doña Constanza no tenía nada de encantadora. Su rictus indicaba una perpetua cara de asco, como si estuviese oliendo a hortelano constantemente. Don Vítulo también daba escalofríos: su sonrisa brillaba de una manera lobuna y desprovista de toda calidez.

– Lleváis numerosos atrasos en los diezmos de la Reina. Venimos a atajar esas faltas – explicó ella, directa al grano.

– ¡Han sido tiempos muy difíciles! Hasta hace muy poco, los muertos no se morían como es debido y tenía que dedicarme a darles con la pala para que volviesen a sus tumbas – explicó nerviosamente Jack, recibiendo un duro codazo en las costillas por parte de su mujer.

– Lo que mi marido quiere decir es que los negocios no han ido bien últimamente y confiábamos en la magnanimidad de la Reina para poder discutirlo con calma – rectificó Penélope con una sonrisa que parecía la de una rosa negra a punto de marchitarse.

– Y la tendréis – dijo grandilocuente Don Vítulo -. Cuando paguéis, claro. ¿Podemos pasar?

El cementerio había recibido cientos de miles de comitivas entristecidas y moqueantes a lo largo de los años. Seres queridos con el corazón en un puño, familiares llorando a lágrima viva. Pero ninguna tenía tanta congoja como los enterradores, guiando a sus verdugos hacia la pequeña casita que se situaba en el centro del cementerio.

– ¡Como véis, solo damos el mejor servicio! Mármol extraído directamente por los Mineros – dijo Jack no sin cierto orgullo, palmeando una tumba cercana, sin darse cuenta de la mirada asesina que le dirigía su mujer.

– Ah. Excelente. Espero que haya quedado registrado en el libro de cuentas, con el porcentaje adecuado de los beneficios destinados a la corona – dijo sibilinamente Don Vítulo.

Jack palideció de golpe, y era mucho decir en alguien cuya cara ya era de la tonalidad del mármol. No volvió a hablar hasta entrar en la casa.

Los Recaudadores eran auténticos expertos en su trabajo y habían hecho de la rutina una auténtica obra de arte. Don Vítulo exigió los libros de cuentas para zambullirse en ellos mientras Doña Constanza paseaba con pasos lentos y medidos por el despacho de los enterradores, donde estos solían recibir sus clientes.

– Como ven, llevamos un registro estricto y los beneficios han sido escasos. Yo misma lo he ido anotando todo de mi puño y letra – explicó Penélope, controlando sus nervios -. No tenemos ningún tipo de liquidez ahora mismo, pero estoy segura que cuando lleguen tiempos mejores, podremos pagar lo que le debemos a nuestra bien amada reina.

Don Vítulo hizo caso omiso a sus palabras y siguió analizando las columnas de números con el dedo, mientras sus labios se movían en silencio.

Jack en cambio no estaba dominando bien sus nervios y trataba de distraer con una verborrea constante a la mujer que escudriñaba con atención el despacho como si pudiese ver a través de las paredes.

– Sabe, esta casa ha pertenecido durante generaciones a mi familia. ¡Siglos de antigüedad! Increíble, ¿Eh? Dicen que en el sótano hay tumbas de reyes… ¡Pero es mentira! Ya excavé ahí alguna vez y no hay nada. Y no porque me lo llevase yo. Quiero decir, que yo no encontré nada. De nada – Jack estaba sudando a mares, considerando la opción de saltar por la ventana, hasta que vió algo extraño -. Oiga. Está… ¿Olisqueando la pared?

En efecto, Doña Constanza lo estaba haciendo, como si fuese un perro de presa. Se giró hacia su compañero y dijo:

– Vítulo. Aquí.

Su compañero levantó la vista de los libros y disculpándose de Penélope con una falsa sonrisa se acercó a la pared. Palpando con cuidado esta, dejó su mano apoyada en la madera y apretando el puño de la otra, lo descargó contra la pared con un rápido y fluido movimiento. Su mano atravesó el débil contrachapado que tapaba la entrada de un pequeño escondrijo secreto, dando acceso a una caja fuerte.

– Por el Titán, ¿Qué hacen? – dijo Penélope, ahora sí, visiblemente presa de los nervios.

– Oh, disculpen las molestias. Tuve un encuentro una vez con los Hijos del Dragón y me enseñaron una cosa o dos sobre el combate. Un pueblo muy sabio y aplicado. Una lástima que se hayan extinguido, ¿no es así? – comentó Don Vítulo con ligereza mientras abría y cerraba la mano para relajarla.

– Parece ser que los libros de cuentas no mencionan esta caja fuerte. Pero nada escapa a mi olfato. Puedo detectar el oro a kilometros de distancia – señaló con una sonrisa Doña Constanza. Fue su primer y única sonrisa del día, y era como ver la sonrisa de una calavera.

– ¡Ah! La caja fuerte. Se…. se nos había olvidado mencionarla, ¿verdad querida?

Si las miradas matasen, Jack habría combustionado en llamas. Pero el secreto del éxito de ese curioso matrimonio es que Jack era incapaz de entender las sutilezas del lenguaje.

– Sí, cariño. Menudo olvido tan tonto – dijo ella escupiendo cada una de las palabras.

– Bien, imagino que tendrán la combinación para abrirla. Si por algún casual la habéis perdido y es imposible abrirla, vendré con unos hortelanos para arrancarla de la pared y me la llevaré. Conozco un relojero que le encanta los mecanismos, la abrirá en un parpadeo – Don Vítulo seguía sonriendo con una boca en la que parecía haber demasiados dientes.

Los Enterradores claudicaron y dieron la combinación. Tuvieron que presenciar con bochornosa humillación como los Recaudadores llenaban sus bolsas, se las echaban al hombro y se despedían de ellos con falsas reverencias.

Así es, queridos Calamburianos. La Oscuridad produce pavor, pero será derrotada. Los Elementos pueden volver a su cauce. Los monstruos pueden ser vencidos. Pero no hay nada, absolutamente nada que pueda detener el inevitable cobro de Impuestos. Especialmente si Don Vítulo y Doña Constanza llaman a su puerta.

 

133 – UN NAVÍO SIN CAPITÁN

Los piratas están acostumbrados a la jerarquía. Pese a lo que pueda parecer, los lobos de mar se convierten en eficientes máquinas engrasadas cuando estallan las tormentas y cada tripulación funciona como una mente colmena para poder sobrevivir a un naufragio seguro. El mar es un capitán implacable que exige y demanda sin ningún tipo de contemplaciones, convirtiendo a la escoria de la humanidad en eficientes soldados una vez que pisan la cubierta de un barco.

Por desgracia, esto solo se aplica cuando están en alta mar. En cuanto ponen un pie en tierra, cualquier pirata vuelve a su ser, es decir: a una criatura anárquica, cruel, vil e interesada que conoce la jerarquía y las inclemencias del tiempo y que piensa ahogarlas en el fondo de una botella o en los pechos de alguna cortesana.

Pero ahora, la Isla Kalzaria, vertedero del mundo civilizado y entrañable hogar pirata, tenía una líder sin par que además poseía una corona y un trono de huesos. Mairim Lancaster gobierna la isla de la única manera que sabe: no lo hace. Todo el mundo sabe que el acuerdo pactado con la Reina Sancha era más bien un indulto y que en realidad el título de Reino Pirata no les daba ningún tipo de ventaja económica (el comercio de Kalzaria se basaba en el robo y el saqueo) ni tampoco política (muchos piratas usaban el adjetivo de “político” para insultar a sus semejantes), sino más bien un breve respiro antes de que la Reina Urraca volviese a construir su gran Armada y los pasasen a todos por la quilla. Hasta que eso ocurriese, los piratas y corsarios de la isla tenían mucho dinero robado que gastar y Mairim podía seguir gritando en su trono todo lo que quisiese.

Y gritar, lo que es gritar, gritaba mucho. Sus gritos rebotaban por los techos mal construidos de la capital pirata, a la que nadie se había molestado en poner nombre. Algunos la llamaban cariñosamente “Patíbulo”, con el mismo afecto que se tiene a un gato gordo y malcarado con un ojo tuerto. La urbe era tan acogedora como su apodo, con una mezcolanza de edificios variopintos, desde grandes mansiones que vieron tiempos mejores hace cientos de año y casuchas y chabolas sujetas gracias a capas de mugre y alcohol derramado. El fuerte de Efrain Jacobs dominaba la ciudad en una colina, pero no era la envidia de nadie ya que todos opinaban que en caso de ataque, el fuerte recibiría todos los cañonazos mientras el resto de la ciudad desertaría a toda prisa.

Una de esas antiguas mansiones había sido ocupada por Mairim para oficiar de palacio, sala de audiencias y lugar de reunión para sus lugartenientes. La idea era buena pero tenía varios problemas: la primera, que no tenía lugartenientes porque todos estaban emborrachándose o dormidos o en alguna cuneta, y la segunda, que el edificio antes de ser ocupado era una enorme taberna y de hecho, seguía siéndolo. A los dueños no les había importado que su nueva reina ocupase el sistema de cuevas situado bajo la antigua mansión. Ahí abajo, sus gritos resonaban menos.

– TIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIITOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO – berreaba la jóven, usando sus manos como bocina..

– Hermana si vuelves a gritar así te juro que volverás a despertar el Leviatán – dijo Morgana, frunciendo el ceño con fastidio y lanzando un cuchillo hacia arriba para cogerlo de nuevo en su caída con la mano.

– Pero… pero es que mi Tito no está y lo necesito – dijo Mairim, girándose hacia su hermanastra haciendo pucheros.

– El mar está agitado. El sol no luce como debería y la luz tenue del día no nos prepara para lo que viene por la noche. Hasta los más borrachos de este agujero de mala muerte buscan refugio al caer el alba.

– ¿Y si mi tito no ha encontrado refugio? ¡No puedo hacer nada sin él! – explotó en dramáticos sollozos Mairim.

Morgana lanzó el cuchillo, plantándolo en una pared de la cueva.

– ¡Basta ya Mairim! Lograste lo que para los piratas es una victoria, tienes ya tu dichoso trono de huesos: ya va siendo hora que te comportes como una líder de verdad – exclamó con los brazos en jarras la mercenaria.

Mairim miró de reojo a su hermanastra y sonrió con cómica maldad.

– Eso solo me lo dices porque estás muy enfadada por que te hayan abandonado todos tus mercenarios y Ranulf – dijo con sorprendente malicia la chica.

– ¡No me han abandonado! ¡Me han…traicionado! ¡Bastardos supersticiosos! Y Ranulf el peor de ellos, el Titán sabe dónde andarán – exclamó Morgana, haciendo aspavientos y arrancando con fuerza el cuchillo de la pared.

Justo detrás de la pared, el joven Cameron esperaba nervioso y dio un respingo que casi hace que se le salte el corazón por la boca. El viaje a Kalzaria había sido más largo de lo que pensaba y tenía poco tiempo, pero no lograba juntar las fuerzas para cruzar la puerta. Encontrarte por primera vez con la persona con la que amas es la mayor de las aventuras. Juntando todas sus fuerzas,se asomó por el pasadizo a la sala de audiencias.

– Perdón… ¿vengo en mal momento? – dijo una voz masculina.

Las dos hermanastras miraron fijamente al recién llegado. Había algo extraño en el rostro del joven, o quizás en su manera de moverse.. Y ese bigote no parecía del todo en su sitio.

– Sí – aclaró fríamente Morgana taladrándole con la mirada.

– ¡No, pasa pasa! Lo que más me gusta es recibir “súbitos” – dijo Mairim alegremente, pronunciando mal la palabra y sentándose de un salto en el montón de huesos con respaldo.

Cameron miraba embobado a quién le había acompañado en sueños todo ese tiempo. Era tan guapa como en sus ensoñaciones, tan guapa como cuando la vio la primera vez, tan guapa como describía él  mismo en cartas firmadas con otro nombre.

– A sus pies, su majestad, Mairim, Reina de todos los mares – su torpe reverencia casi lo lanza al suelo. El sudor frío recorría su espalda.

– ¡Oh sí, soy la mejor Reina! – dijo aplaudiendo encantada Mairim -. Dime valiente marinero, ¿qué es lo que quieres?

El piropo impactó en el muchacho como si de una bola de cañón se tratase. Se quedó boqueando “valiente” en silencio mirando con ojos como platos a Mairim.

– Hermana. Creo que este chico se ha caído de un mástil o algo. Y tiene algo extraño que no acabo de entender.

– ¡Ah! ¡Perdonad! – Cameron carraspeó fuerte y agitó la cabeza. “Concéntrate, no lo arruines todo ahora!” -. Vengo a pedir ayuda ya que he perdido a mi Capitán en una terrible y oscura tormenta. Venía para ver si mi reina sabía algo de él o quisiese ayudarme a buscarlo.

– Hay muchos capitanes. ¿Cuál es ese que debería poner en su búsqueda a la gran Mairim Lancaster? – preguntó Morgana con desdén.

– Mi señora Mairim lo conoce, le escribe muchas cartas, muy bien escritas y con gran estilo, debo decir. Tengo por aquí un retrato suyo, que colgaba en su camarote…

El grumete descartó numerosos pergaminos, probablemente mapas, hasta sacar de su morral uno especialmente arrugado. Lo desarrolló para mostrar el perfil un tanto borroso de un hombre ataviado con todas las galas de un capitán de navío, con una pose orgullosa y señalando vigorosamente hacia el frente.

– Vaya, tiene pinta de ser otro idiota emperifollado – descartó Morgana con un ademán.

Pero no fue el mismo efecto que provocó en Mairim. La joven tenía los ojos vidriosos con la boca abriéndose cada vez más.

– ¡Es el famoso Capitán Walter Kennedy! ¡El descubridor de mundos! – dijo emocionada dando saltitos.

– ¡El mismo! – dijo satisfecho Cameron.

– ¡El valiente  capitán de la Reina Sancha, que va a descubrir civilizaciones enteras!

A Cameron no le gustó el cariz que estaba tomando el asunto.

– Si, bueno, aún no ha descubierto nada, estamos en ello pero…

– ¡Y es tan guapo!

– Yo diría que más bien normalito. Habladurías sobre todo.

– ¡E intrépido!

– Antes era un vendedor de alfombras. Tampoco es que sea lo más intrépido del mundo – refunfuñó Cameron, sabiendo que la jugada le estaba saliendo bastante mal.

– ¡Y un artista con la poesía porque me escribe cosas super bonitas! – remató Mairim, suspirando de teatral amor.

Cameron se rindió. Se visualizó a sí mismo escribiendo dichas cartas a la luz de una vela, mientras su querido Capitán se quedaba dormido babeando el escritorio de su camarote. Muchas veces firmaba las cartas sin leerlas siquiera.

– Sí que escribe bonito, sí – dijo con voz triste dejando caer los hombros.

– Un momento, ¿La Reina Sancha? ¿Por qué no dejas que arregle el Palacio de Ámbar sus propios asuntos? Creo que deberíamos dejarlo correr, no merece la pena – interrumpió Morgana, sabiendo que era una batalla perdida de antemano.

– ¡Claro que merece la pena! ¡El amor todo lo merece! – respondió levantándose de un salto.

– ¿Amor? – gritaron al unísono Morgana y Cameron, incrédulos.

– Pero si sólo has hablado con él a través de cartas.

– En persona pierde, se lo aseguro…

– Hermanita, está decidido. Vamos a ir en búsqueda del Capitán, lo rescataremos de donde sea que esté y me casaré con él. Bueno primero nos daremos besitos, luego ya veremos.

Mientras Morgana ponía los ojos en blanco y escupía al suelo, la cara de Cameron palideció.

– ¿Be…besitos?

Mairim saltó del trono y empezó a hacer piruetas bajo la anonadada mirada del grumete.

– Anímate, chaval, parece ser el día de suerte de tú capitán. Cuando a Mairim se le mete algo entre ceja y ceja, no hay manera de sacarla de ese camino.

Las peores pesadillas de Cameron se hicieron realidad. Supo que cuando aceptó escribir esas cartas, se estaba metiendo en un buen lío. Sabía que aceptar la petición de su nuevo Capitán solo le iba a traer problemas, pero era una manera de escribir todo lo que sentía por Mairim y hacérselo saber directamente. Ahora el plan había fracasado miserablemente: Mairim estaba enamorada hasta las trancas del Capitán y ni miraba a Cameron. Tenía que jugar muy bien sus cartas para lograr conquistar a la Reina Corsaria.

Y si eso fuera poco, tendría que lidiar con su otro “trabajo”.

Ah!

Y con el hecho de en realidad, ser una mujer.

132 – LA DAMA BLANCA

A Brianna le gustaban los ciervos. Le parecían animales majestuosos, gráciles, que se deslizaban por el bosque con la misma facilidad que un pez se desplaza en el agua. De todas las criaturas de las que Brianna realizaba bocetos en su pequeño bloc de dibujo, los ciervos ocupaban un lugar central. Iluminados por la luz de la luna en un claro, refrescándose a las orillas del río…los ciervos representaban para Brianna la libertad.

Y aunque la joven había sido forzada a madurar muy deprisa, aún seguía molesta por el hecho de tener que correr a toda velocidad por el bosque mientras esquivaba árboles que caían a su alrededor.

– ¿Por qué tenía que ser un maldito ciervo? – jadeo la joven, mientras saltaba con agilidad un tocón mientras su capucha se agitaba al viento.

A sus espaldas, la única respuesta que obtuvo fue un terrible bramido y unos pisotones en el suelo que parecían la obra de un titán. No era tan grande, por supuesto, pero era bastante intimidante sentir que un ciervo macho, de tres metros de altura y peludo como un oso te quería convertir en abono bajo sus pezuñas.

Brianna apretó aún más el paso si cabe y se deslizó entre las raíces de un árbol caído. El monstruoso ciervo la alcanzó segundos después y en sus ansias por ensartar la chica en su increíble cornamenta, se enredó con las raíces, pataleando con furia.

La jóven se permitió unos segundos de descanso para acomodarse la ropa y comprobar su itinerario. Desde su posición, los árboles clareaban y se podía ver la punta de la torre de Skuchaín, brillando como un faro, rezumando magia que se expandía hacia los bosques de los alrededores.

“Bien, el portal no debe de andar lejos. ¿Dónde dijo que me esperaría padre?”. La joven no tuvo mucho más tiempo para pensar, ya que el peludo ciervo apuntaló su cuerpo y levantó la cabeza con un potente golpe de cuello, mandando el árbol volando por el cielo. “Espero que ese no fuese un Elfo” pensó distraídamente mientras el ciervo agitaba la cabeza y fijaba su asesina mirada en la guardabosques.

El animal rascó la tierra con una pata y cargó de nuevo con los cuernos hacia adelante, mientras la chica tomaba la delantera, pies en polvorosa. Saltó zanjas, tocones, giró tras los troncos de árboles centenarios y trató de poner todo tipo de obstáculos entre su perseguidor y ella. Pero era como una máquina imparable, apartándolo todo a su paso, ganando terreno a cada segundo que pasaba.

– ¡Allí! – jadeó, empezando a notar el cansancio en sus piernas.

Frente a ella, los árboles se despejaban en forma de claro, abriendo paso a una extensión de hierba y maleza en la que flotaba un portal que escupía rayos de energía a su alrededor. Se trataba de una rotura en el tejido de la realidad, una abertura a otros mundos y otras realidades, algo que sólo podía ocurrir ante la constante exposición de la magia de Skuchaín.

Mientras Brianna se detenía en el claro, apoyándose en las rodillas, el ciervo bramó de júbilo y cargó para embestirla con todas sus fuerzas. Fue interrumpido en seco por una decena de zarcillos de energía que surgían de los árboles y se enroscaban a su alrededor como sogas. La criatura mugía y se retorcía, pero parecía un agarre inquebrantable. Los causantes de dicha magia emergieron de la maleza, forcejeando con sus bastones mágicos para retener a la criatura. Decenas de guardabosques la rodearon y trataron de , poco a poco, acercarlo al portal.

Un guardabosques se separó del resto y se acercó a la chica. Portaba una enorme sonrisa en el rostro.

– ¡Já! ¡Nadie corre como tú, hija mía! – dijo, dándole una palmada en la espalda.

– Por que estáis demasiado gordos y fofos – le respondió, sonriendo y tratando de recuperar el aliento a la vez.

– Me has recordado a tu madre, corriendo por el bosque, con la fuerza de una amazona y la agilidad de un duende. Se habría sentido orgullosa – dijo de repente su padre, visiblemente emocionado.

Brianna no supo qué contestar. Su padre ya no hablaba mucho de su mujer, de manera que las pocas veces que lo hacía se convertía en algo extraño e incómodo. Estaba a punto de darle una respuesta, cuando el ciervo sorprendió a todo el grupo con una muestra de descomunal fuerza, tirando al suelo a la mitad de sus captores de un fuerte tirón. Al verse liberado de la mitad de sus ataduras, giró sobre sí mismo un par de veces, lanzando al resto a las copas de los árboles y se encaró hacia padre e hija. Con un brillo en la mirada, cargó hacia ellos, lleno de furia asesina.

Hay instantes que forjan el destino de una persona. Hay segundos que definen de qué clase de acero estamos hechos. Y creedme si os digo que Brianna era acero de la más dura aleación. Empujó a su padre y recibió ella sola la embestida del ciervo, el cual la atrapó por la parte roma de sus cuernos robándole el aliento, en una carga directa hacia el portal.

“Y así acaba. Un momento heróico. Una nota a pie de página y finalmente, muerta, o peor, desaparecida, como madre”. La chica fijó su mirada hacia el brillante portal, hacia la ventana a otro mundo lleno de rutilantes colores. Sus pupilas se agrandaron al ver una silueta que esperaba al otro lado del portal. En ese mismo momento, Aodhan, su padre, se incorporó y lanzó una soga mágica que enroscó las patas traseras del animal. Con la inercia que llevaba, su cabeza se precipitó hacia el suelo, dando una voltereta sobre sí mismo, lanzando a la chica por los aires, lejos del portal. La criatura siguió rodando y hecho un amasijo de patas y cuernos, cruzó el portal entre lastimeros bramidos.

Brianna se incorporó y se quedó mirando el portal, a escasos metros de este. Era difícil ver lo que había al otro lado, pues una poderosa luz emanaba de él, pero a contraluz, entrecerrando los ojos, pudo ver una figura femenina, completamente blanca, acercándose al mostruoso ciervo, que ya estaba incorporándose. Lejos de atacarle, el ciervo expuso su cabeza, esperando el toque de la misteriosa visión. La dama de blanco posó su mano sobre la testuz del animal acariciándolo suavemente, como si fuese un manso potrillo.

Brianna alzó la mano hacia el portal y susurró:

– Madre.

Látigos y sogas mágicas surgieron de todas partes agarrando los extremos del portal. Entre gritos y ruidos de ánimo, los guardabosques fueron cerrando poco a poco los extremos de aquella rasgadura de la realidad, haciendo desaparecer la visión de la dama de blanco.

Aodhan se acercó a pasos apresurados.

– ¡No vuelvas a hacer nunca algo así! ¡Pensé que te perdía! No puedo perderte a tí también – dijo entre sollozos, abrazándola con fuerza.

Brianna seguía mirando donde había estado el portal.

– Padre. La he visto. He visto a Madre – le dijo suavemente, en estado de shock.

Su padre se paralizó al instante, con la cabeza todavía enterrada en su cuello. Su abrazo ya no parecía cariñoso sino una presa de hierro.

– Deja de decir tonterías. No bromees con eso – le respondió con voz apagada por sus cabellos.

Brieanna se despertó de su letargo. Intentó desembarazarse de su padre, gritando.

– ¡Te digo que la he visto! ¡Calmando al ciervo! ¡Está viva, papá!

Su padre dejó que ella se liberase, mirándola con ojos llenos de violencia.

– ¡Calla! ¡No entiendes nada! ¡Tu madre desapareció a través de un portal! ¡Está muerta! ¡Nadie puede sobrevivir tanto tiempo a los peligros de los mundos faéricos! Está poblado de monstruos, seres de pesadilla, criaturas que acechan y quieren consumir esta realidad. ¡No permitiré que sigas desvariando como una niña!

– No soy una niña, Padre. Y sé lo que vi. Era ella. Solo ella podría haber sobrevivido durante tanto tiempo. Ella era especial.

La furia pareció evaporarse del guardabosques, haciéndole encorvar los hombros como un anciano.

– Sí que lo era. Era la más especial de entre todas las mujeres – susurró con voz ronca.

La joven se ablandó al ver derrumbarse a su padre. Se acercó, conciliadora.

– Padre, si organizásemos una expedición…

– ¡No! – gritó de nuevo. Acto seguido se relajó y habló más calmado -. No podemos arriesgarnos a mandar nadie. Los portales no son seguros. Es esta una época oscura, hija, y todos tenemos que cargar nuestro fardo de penas.

– Pero, ¡por favor, papá!

– Basta. Mi corazón ya ha sufrido bastante por hoy. No quiero volver a hablar de esto nunca más. Volvamos a casa.

El veterano guardabosques inició su camino hacia su cabaña, como el resto de sus compañeros que se internaban en la espesura. Brianna se dejó caer en el suelo por pura frustración, sacando su bloc de dibujo para esbozar furiosamente. A carboncillo, dejó plasmada la imagen que vio, la de la Dama de Blanco domando a un ciervo gigantesco, que tras el prisma del portal, no parecía tan aterrador.

“Espérame, mamá. Te encontraré”

En ese momento, los cielos se oscurecieron como si la luz estuviese extinguiéndose. Un temblor hizo retumbar el claro, como si algo terrible estuviera emergiendo lejos de la tierra. Unos gritos alertaron a la joven y la hicieron mirar alrededor: los guardabosques buscaban a compañeros desaparecidos. A su lado, las pisadas que su padre había dejado en la hierba, se interrumpían, como si se hubiese desvanecido en el aire.

El bloc de dibujo cayó al suelo. Brianna echó a correr en búsqueda de su padre, en vano. Y pronto sabría por qué.