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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 44 DE CALAMBURIA
Naruik tragó saliva. Aquella competición sería decisiva en su carrera. Mientras aferraba los mandos de su nave con fuerza, miró de reojo hacia el palco de honor. La reina Galerna lucía un vaporoso vestido blanco con toques dorados. Era tan hermosa y su gesto sereno transmitía tanta serenidad… Su visión sosegó un poco el agitado corazón de Naruik Flemer. La poderosa y sabia reina aisea sonreía con delicadeza a sus súbditos, aiseos y humanos. A su lado, el rey Juliok I ataviado con su manto de piel de oso, se carcajeaba con una emoción casi infantil. La Celebración del Día del Ascenso era su favorita. La efeméride conmemoraba la fecha en que el rey Bóreas decretó que los humanos tenían “alma”, pues ese día lo cambió todo. La civilización humana dio un paso de gigante cuando los poderosos aiseos se apiadaron de ellos y los acogieron en su seno. Años más tarde, tras la fusión de las dos líneas dinásticas, el reino de arriba y el de abajo eran uno solo. Caelumburia era un reino próspero y majestuoso. Las nubes se habían colmado de palacios y jardines flotantes para albergar a las más altas noblezas de ambos reinos, mientras las clases menos favorecidas poblaban los estratos más cercanos al suelo. En el último nivel, la despreciada tierra firme, los hortelanos cultivaban champiñones a la sombra perenne de las construcciones flotantes, pues prácticamente ningún rayo de sol directo rozaba ya la superficie.
Sin embargo, Katurian Flemer, más conocida como Naruik, la Jinete del Viento, no conocía esa árdua realidad. Su lugar estaba arriba, en los estratos altos donde el aire era más puro, la brisa soplaba refrescante y la luz del sol lo bañaba todo. Como estrella de las carreras de dirigible, el espectáculo más popular entre las clases superiores, vivía una vida de lujos y oropeles. Desayunaba todas las mañanas mouse de néctar celestial y huevos de águila blanca sin preocuparse de lo que sucedía más abajo. Tenía incluso su propio taller cerca del palacio Real de Caelum, residencia de los reyes. Lo único que echaba de menos era no poder compartir su dicha con su difunto hermano Teslo. El inventor perdió la vida en un lamentable incidente en el transcurso de una carrera. Cayó desde lo alto de un dirigible, y ni siquiera la reina pudo reaccionar a tiempo para salvarle. Pero tras la pérdida, lejos de darse por vencida, Naruik siguió con su profesión para mantener el legado de su hermano convirtiéndose en la mejor corredora de carreras de dirigible que jamás había existido. Sin embargo, esa competición se auguraba especialmente complicada, pues se enfrentaba a dos rivales muy poderosos, rápidos y tenaces.
A su izquierda estaba Caelen el alquimista calentando los motores de su nave. De él se decía que era un homúnculo con nervios de acero que, gracias a la alquimia, había logrado crear un sistema de propulsión basado en magia y prolita líquida. Su habilidad para tomar acciones arriesgadas sin inmutarse y la arrolladora fuerza de su nave, la Matraz-Veloz, le habían alzado como nueva revelación en las carreras de dirigibles.
A su derecha, se encontraba la princesa Brisa, hermana de la mismísima reina. Su nave sin motor, la Eólida, funcionaba con un simple pero elegante y eficaz sistema de velas que avanzaba propulsada por los propios poderes de la aisea. La princesa era una con su embarcación, lo cual, junto a sus reflejos superiores de ser del aire, la había convertido en la gran campeona imbatida de todas las competiciones.
Sin embargo, Naruik Flemer —aunque echa un saco de nervios— confiaba en su propio dirigible, el Faro-Celeste. Lo construyó con su hermano cuando todavía eran jóvenes y soñaban con participar un día en las carreras frente a los reyes de Caelumburia. Con su habilidad mecánica, la inventora había aplicado múltiples mejoras a la estructura original que, esperaba, le granjeraran la victoria. Sin embargo, sabía que se enfrentaba a dos titanes de las carreras del aire y que aquella iba a ser la competición más dura y peligrosa en la que jamás había participado.
La Reina Galerna se levantó de su trono con solemnidad e hizo un gesto a su marido Juliok que asintió emocionado. El público contuvo la respiración. La aisea alzó su delicada y poderosa mano hacia la Veleta del Titán mientras los corredores agarraban con fuerza los timones de sus naves voladoras, y con un gesto claro y sucinto lanzó una ráfaga de aire que hizo girar la gran veleta con forma de letra C, cuyos cuernos miraban al cielo. La Veleta del Titán comenzó a girar como si de pronto hubiera enloquecido. Esa era la señal: el inicio de la carrera.
Los tres corredores lanzaron sus naves a la carrera tratando de poner toda su alma en aquella lid. Se decía que el vencedor recibiría los más grandes honores y que sería inmortalizado por siempre. No solo en canciones, como era tradición; en esta ocasión, los reyes habían prometido construir una estatua del vencedor en oro macizo que sería colocada junto a las de los grandes reyes celestes del pasado.
Brisa salió más rápido que ninguno de sus competidores. Su nave, impulsada por su propio poder, no necesitaba calentar motores. Un instante más tarde, lo hizo Caelen. Su motor de prolita líquida era capaz de alcanzar un punto de aceleración nunca visto y el diseño aerodinámigco de su dirigible garantizaba una gran velocidad punta; tanto que, a pesar de no haber salido el primero, en seguida se colocó en primera posición. Naruik sin embargo, seguía en la línea de salida, sin lograr arrancar el motor.
—¡Por todos los engranajes de la primera máquina del tiempo! —exclamó con visible frustración mientras examinaba el motor—. ¡Oh, ya veo! —se dijo a sí misma mientras apretaba con fuerza una tuerca suelta con su llave inglesa. El motor comenzó a sonar, pero sus competidores le llevaban una notable ventaja. Por ello tuvo que recurrir a su arriesgado as bajo la manga: sacó del bolsillo su máquina del tiempo de bolsillo y extrajo el núcleo-KAT; luego abrió la tapa de la caldera y lo echó al fuego. El tiempo se aceleró de repente en el seno de las propias llamas y la combustión resultante proyectó el dirigible hacia adelante como si hubiera sido arrojado por un cañón pirata. Brisa y Caelen observaron con estupor como eran rebasados por la Jinete del Viento que mantenía el control del timón con notable dificultad mientras sus gafas de piloto impedían que el aire se introdujera en sus ojos y la cegara. Pero entonces, cuando ya pensaba que claramente iba a ganar la carrera, sonó la KAT-señal. Su irritante pitido no pudo pasar desapercibido, ni siquiera en el fragor de la carrera.
—¿En serio? —se lamentó Naruik contrariada.
Se vio obligada a sacar los paracaídas de emergencia que comenzaron a frenar el vehículo.
—Espero que sea una cuestión de vida o muerte o el viejo me las va a pagar… —murmuró entre dientes mientras, con unas pinzas, extraía el núcleo-KAT incandescente de la caldera del vehículo y lo volvía a colocar en su máquina del tiempo de bolsillo. Apretó el botón, y su cuerpo se volatilizó dejando a la Faro-Celeste sin piloto y abandonada sobre una nube.

