Personajes que aparecen en este Relato

SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 09 DE CALAMBURIA
Las luces parpadeantes de la estación comercial anfibia de Penaurilia reflejaban su brillo sobre las aguas oscuras, creando un mosaico de destellos temblorosos. Katurian 09, conocido por sus allegados como Kurian, el domador de cables, observaba el ir y venir de los barcos que atracaban en el puerto, cargados de mercancías y chismes provenientes de todas las partes del vasto reino en el que se había convertido Calamburia.
Tras el ascenso al trono de Sancho I, el emprendedor, la civilización había alcanzado el siguiente estadio de evolución. El poderoso y intrépido hijo de Urraca había logrado domeñar a los salvajes y hacerse con toda la prolita; luego, tras controlar por fin todo el continente, decidió extender sus dominios más allá del mar. Primero puso sus audaces ojos sobre Kalzaria, que fue tomada de las manos de los levantiscos piratas a sangre y fuego; luego cayó Aurantaquía, que fue anexionada con la ayuda de la prolita y la impromagia. Lo siguiente fue llevar su sueño aún más allá y el visionario monarca comenzó expediciones náuticas que descubrieron tierras remotas llenas de recursos hasta ahora desconocidos. Pero era difícil para la corona controlar un reino tan extenso y las revueltas se sucedían sin que Sancho fuera capaz de aplacarlas todas.
En este punto entraron los hermanos Flemer. Contando con el apoyo incondicional del tesoro de la corona, los inventores desarrollaron una nueva magia tecnológica llamada electricidad, capaz de producir luz y de conducir energía a través de cables de prolita trenzada con cobre. Todo parecía marchar sobre ruedas cuando un accidente que se produjo en el taller una noche de lluvia acabó con la vida de Tesla Flemer. La brillante hermana de Kurian murió electrocutada demostrando que el progreso era en realidad una hoja de doble filo: capaz de lo mejor y de lo peor. Pero el inventor, lejos de abandonarse en brazos del dolor, pasó día y noche en su taller tratando de descubrir innovadoras aplicaciones para la nueva electricidad. Así fue como inventó el Katuriégrafo, un instrumento que revolucionó las comunicaciones del nuevo mundo expandido, conectándolo para siempre e introduciéndolo en una nueva era de desarrollo capaz de desafiar el espacio tiempo. En agradecimiento, la corona le nombró sabio de la corte y el propio rey Sancho lo convirtió en su consejero.
Kurian suspiró al recordar a Tesla. Se adentró con paso firme en los laberínticos canales de Penaurilia donde las casas-barco flotantes se entrelazaban con las sumergidas chozas de nácar y algas de los tritones que se adherían a los cascos de las naves bajo el agua. Se trataba de una ciudad anfibia que había surgido fruto del comercio y que poseía un doble plano, uno de calles y pasarelas sobre el mar y otro de caminos y construcciones bajo el agua. Kurian avanzó dejando atrás el mercado anfibio donde los marineros calamburianos intercambiaban sus mercancías a cambio de conchas y pescado con los comerciantes submarinos. El aire húmedo y salado impregnaba sus pulmones, y el sonido del agua chapoteando contra los cascos de los barcos resonaba en sus oídos.
Finalmente, el inventor llegó a la Estación Central del Katuriégrafo, un edificio imponente de metal y cristal que se alzaba sobre el agua como un inmenso faro tecnológico. Los hilos del Katuriégrafo salían de la torre en todas direcciones. La estación de Penaurilia era un importante nodo en mitad de del mar por el que pasaban todas las comunicaciones: era la columna vertebral del sistema de comunicaciones. Si no lograba reparar el problema pronto, las colonias exteriores quedarían incomunicadas, y el rey Sancho bien sabía lo que eso significaba. Por eso le había mandado a él, su propio consejero y mejor científico a reparar el nodo personalmente. Entró en la estación y encontró a Hernand Delohan, el viejo capitán, que custodiaba el puesto con un destacamentos de Hombres del Rey.
—¡Oh, por fin! —exclamó el soldado visiblemente aliviado—. Temíamos que se hubieran olvidado de nosotros.
—Me manda su majestad en persona, me haré cargo de la reparación. ¿Qué ha sucedido? —preguntó Kurian mientras sacaba su caja de herramientas y empezaba a examinar las conexiones.
—Tememos que haya sido un sabotaje —expuso Hernán—. Quizás el Pez Volador haya vuelto a actuar, esos terroristas atacan de noche cuando nadie les ve.
—¿Qué puede esperarse de esos medio-peces? —masculló el joven Guy Leblanc escupiendo en el suelo con desprecio mientras mostraba su brazo amputado—. Los tritones son tan incapaces como los salvajes de agradecer todo lo que les hemos dado. ¡Ellos me hicieron esto!
—No se preocupen —se apresuró a calmarles el inventor—, detectaré el problema antes de que… —y entonces sonó el molesto pitido de la KAT-Señal.
—¿Qué es ese ruido, nos atacan? —rugió Hernand Delohan
—¡Oh, no! ¡Ahora no, anciano del demonio! Tiene muchos donde pero ninguno es el de la oportunidad —se lamentó mirando la intermitente luz de la señal—. Tengo a media civilización incomunicada.
—¿Cómo? ¿Se marcha? —preguntaron confusos los Hombres del Rey.
—Me temo que así es —dijo sacando su máquina del tiempo de bolsillo y apretando varios botones—. Espero que sea importante y que realmente no pueda esperar, Katurian. Sino me vas a oír, ¡como que me llamo Katurian!
Y desapareció ante la atónita mirada de los soldados.

