XIII y XIV COMBATE – MAELSTRÖM

50. EL SEGUNDO TEMBLOR

Se notaba que Calamburia caminaba directa a su fin, porque la tierra, ya castigada por el primer temblor, y puesta patas arriba en un caos incontenible, volvió a temblar de nuevo. Las cosas se mezclaron aún más de lo que ya lo estaban, de tal modo que los edificios de ciudad se juntaron con las granjas, los animales domésticos se encontraron frente a frente con los salvajes, y las plantas silvestres se entrelazaron con los rosales. El Kal- A – Mar desocupó el sitio que le pertenecía e inundó la tierra y, del mismo modo, algunas cumbres montañosas asomaron sus cabezas nevadas por encima de las aguas.Captura de pantalla 2015-11-04 a las 17.48.30

Las personas también volvieron a mezclarse, justo cuando ya se habían acostumbrado a vivir las unas con las otras después del primer revoltijo. Drawets, que estaba muy cómodo aprendiendo los secretos de Uruyumi, fue teleportado lejos antes de averiguar el enigma más importante de todos: cómo escapar de la maldición del Titán. Por otro lado, Kashiri, que había comenzado a sentir cierto amor por el inventor Teslo, vio cómo este desaparecía de su tierno y mortal abrazo.

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Sin embargo, lo que nadie sabía era que aquel segundo temblor fue controlado en cierta medida. El Maelström había vuelto a hacer de las suyas, ¡claro que sí!, pero esta vez, el destino de algunas personas logró planearse gracias a cierta poderosa magia ancestral, la de Corugan, para ser precisos.

El gran líder de los nómadas, un hechicero sin parangón, no había perdido parte de sus dotes mágicas. Según decían, en un pasado alternativo había sido uno de los más poderosos dueños de la magia; en el presente sus fuerzas no eran tales, pero existía en su interior cierta naturaleza arcana que le permitía manipular las los elementos de la naturaleza. De este modo, Corugan sabía que hacía falta unificar la magia de Calamburia para detener al Maelström o, al menos, para encontrar la forma de poner fin a tanto batiburrillo. De este modo, y previendo el momento en el que el vórtice fuera a actuar, Corugan descargó toda su magia contra los cielos, allá lejos, en su reino montañoso.Captura de pantalla 2015-11-04 a las 17.47.16

Cuando todo cambió, Eme apareció a su lado.

El impromago, que aún intentaba transformar a Artemis en su compañera Sirene, quedó sorprendido al ver al bárbaro ante sus ojos. Intentó articular un hechizo defensivo, pero Corugan se lo impidió con un movimiento de su bastón de mando. Luego, el salvaje explicó en detalle su plan. Contó al impromago que era necesaria su esencia, aquella en la que latía el espíritu de Teodus, y que si se aliaban con Kashiri y Kálaba, quizás pudieran encontrar el medio de detener el mal.

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El único problema fue que Eme no entendió ni una sola palabra.

Corugan hablaba en un idioma ancestral. ¡Lo había olvidado! Dorna era la única que podía entenderle… ¿y dónde se había metido la reina de los salvajes? No había forma de saberlo. El chamán no tuvo en cuenta aquel pequeño detalle, y ahora, el impromago le miraba como si temiera ser devorado en cualquier momento.

Había que buscar a Dorna allí donde hubiera querido mandarla el vórtice, y traerla para que interpretara los puntos a seguir de su intrincado plan. Sin embargo, era necesario darse prisa, pues el Maesltrön no tardaría en volver a mezclarlo todo.

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XI y XII COMBATE – MAELSTRÖM

49. UN FUTURO QUE GUARDAR

Adonis sintió que había en su sueño algo raro, como si, aunque quisiera, no le fuera posible despegar los párpados.

Por otro lado, era normal sentirse extraño; de hecho, ¿cómo era posible que aún viviera? Los últimos combates le habían alejado –y mucho- de la Puerta del Este, lo cual, según las reglas establecidas durante su construcción, significaban un rápido envejecimiento de su cuerpo, quizás incluso la muerte.

Sí, debería estar muerto. ¿Era eso la muerte?

adonis muerto            Pues no; al menos no lo parecía. Se hallaba en un estado entre la vigilia y el sueño, como si una droga se hubiera apoderado de todos sus sentidos. Intentó moverse, pero no le fue posible. Estaba claro que su cuerpo no le obedecía. Al fin, se decidió a articular un pensamiento.

–¿Dónde estoy? –dijo para sí, motivado por alguna suerte de impulso.

–No estás muerto- respondió una voz femenina-. Sólo te hallas en éxtasis, invadido por mi hechizo. Se te pasará pronto, descuida.

¿Habían mencionado la palabra “hechizo”? Adonis sintió que el temor se adueñaba de sus entrañas. Temió ser un prisionero y, poco a poco, fue recordando el combate que le hizo perder el sentido. ¿Y Quasi? ¿Acaso no había fallecido tras ser atacado por las Guardianas del Inframundo?

–¿Quién eres? ¿Kashiri?

            No hubo respuesta. El portero se temió lo peor.

–¡Si eres la Emperatriz Tenebrosa, te ordeno que me liberes de inmediato! Si no lo haces, yo…

            –¿Qué harás? –respondió la voz entre risas- Estás tan débil que no puedes moverte. Los poderes que te concedía la Puerta del Este se han disipado. Nada te queda de aquellas protecciones. Tu cuerpo se ha marchitado, hasta dejar poco más que un débil hálito de existencia. Pero no te asustes, mi querido portero. No soy Kashiri.

            -¿Entonces, quién?

            Antes de responder, la voz dejó salir una risa suave, adormecedora. Adonis tuvo que esforzarse por mantener la consciencia, pues su sonido parecía querer introducirse en sus pensamientos y manipularlos.

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-No has sentido los temblores, por lo que veo –declaró la mujer.

            -¿De qué temblores hablas?

            -Los del Maelström; el vórtice de caos que ha confundido el mundo. Tu cuerpo apareció junto a mí. Quizás debería haber terminado contigo, portero, pero tienes algo… algo especial. Algo familiar, quizás.

            Adonis sintió que un fuego germinaba en su interior, y que, con gran violencia, ascendía hasta el centro de su pecho. No supo decir, en aquel momento, si lo que le sucedía era producto de la ira, del temor, o quizás a causa de la sensación que le provocaba haber escuchado una antigua verdad. Sea como fuere, no pudo menos que emitir un grito mudo desde lo más profundo de sus pensamientos.

–¡Calla! ¿Quién eres? ¿Qué has podido hallar tan familiar tú, que no eres sino una voz trémula? ¡Habla e identifícate!

            -Soy Kálaba, ¿es que no me has conocido?

            -¡La zíngara!

            -La misma.

            Adonis reunió todas sus fuerzas para despertar de aquel extraño sueño. Intentó moverse, agitar los brazos, mover las piernas. Intentó gritar, o revolverse tan solo, pero no consiguió nada. De nuevo, la voz de Kálaba invadió su mente.

-No conseguirás nada, portero. Pero descuida, tu odio hacia mí terminará volviéndose amistad. Pronto aceptarás el nuevo rumbo de tu vida, y quizás comprendas que el verdadero sino para el que llegaste a Calamburia no era ser fiel a la destronada Urraca, sino a mí. Descansa, Adonis. Vuelve a los sueños y recupera tus heridas. Mis hechizos te volverán joven de nuevo. A partir de ahora, es el futuro lo que tienes que guardar.

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