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JAQUE DE DAMAS II
Cuando los unicornios desaparecieron en el horizonte, Sörkh y Sîyah se giraron y se adentraron en el corazón del Oasis del Sensum Privatum. Allí, donde la Llama Eterna de los efreets crepitaba con un fuego que nunca se extinguía, encontraron consuelo y energía. La llama era la guía para todos los que se perdían en el desierto y ahora también lo sería para el espíritu de När.
La travesía hasta el centro del oasis fue más larga que de costumbre. Sörkh no podía dejar de pensar en lo que acababan de descubrir: su madre había sido asesinada y su padre capturado. Sólo le quedaba Sîyah. Si bien era cierto que todavía se tenían el uno al otro, la pérdida era demasiado grande y el dolor demasiado profundo.
Al llegar a la Llama Eterna, Sörkh se detuvo y miró la lumbre con una mezcla de devoción y tristeza. Su guardián la observaba en silencio, también atrapado en su propio dolor. Tenían un ritual que realizar, uno que permitiría a När descansar en paz. Frente al altar iniciaron los preparativos para el ritual mortuorio. Sîyah, solemne, habló en voz baja:
—Mi madre me enseñó que hay poder incluso en la muerte y que las llamas pueden purificar y liberar lo que queda atrapado en este mundo.
Sörkh asintió y juntos comenzaron a edificar un pequeño túmulo de piedra caliza, tal como dictaba su tradición. El cuerpo de När se materializó una vez edificado el túmulo, emergiendo de las llamas como si hubiera estado esperando ese momento. La figura de la anciana efreet, formada a partir del fuego y del poder contenido en el anillo, fue colocada con reverencia sobre el túmulo con las manos cruzadas sobre su vientre en forma de cuenco.
Sörkh levantó sus manos al cielo y entonó las palabras sagradas:
—Ardame ignis, ardame nur, yaa ruuh alnaar, i’tinaa bilhaqi…
(«Arda el fuego, arda la luz, oh espíritu del fuego, tráenos la verdad…»)
Las llamas de alrededor comenzaron a retorcerse y cambiar de color. De entre el fuego, varias piedras aparecieron: los diamantes de fuego para los ojos de la fallecida, espinela para su boca y iolitas y lapislázulis para sus manos. Las gemas surgían de la hoguera como si hubieran sido forjadas en el mismo corazón del desierto. A continuación, sellaron los ojos de su madre con los diamantes de fuego, símbolo de la fuerza y la energía eterna de los efreets. Sobre su boca colocaron la espinela liberando la esencia de su atrapada alma y, finalmente, depositaron el anillo en el que había sido confinada, una iolita y un lapislázuli entre sus manos, para que pudiera contarles todo lo que le había sucedido y encontrar su camino más allá de este mundo.
Mientras Sörkh y Sîyah pronunciaban los versos, las llamas crecían y danzaban alrededor del inerte cuerpo, acariciando primero su cabeza y descendiendo suavemente hasta las manos, donde se detuvieron. Era el momento más sagrado: la ofrenda al espíritu protector de los efreets.
—Ya ruhul naar, ta’ali ilayna… quddama safinaat alnaar…
(«Oh espíritu del fuego, ven a nosotros… ante la barca del fuego…»)
De repente, una grácil llama emergió de la lumbre flotando en el aire como una serpiente de luz. Con delicadeza, se adentró en las manos de När y envolvió su cuerpo en una esfera de calor que iluminaba todo el oasis. Los efreets observaron en silencio, sabiendo que la ofrenda había sido aceptada: el fuego fatuo había acudido a su llamada.
En ese instante, Sörkh, Sîyah, När y el espíritu del fuego quedaron conectados en una comunión de energía y memoria, aislados del resto del mundo.
Sörkh abrió los ojos. No sabía dónde estaba: no podía ver ni sentir nada, solo escuchaba. En la penumbra, reconoció una voz: era Marilia, la Anciana Turquesa, cuyo canto de sirena intentaba calmar las impetuosas llamas que ardían a su alrededor. Mientras la canción continuaba, la genio del fuego comenzó a ver una luz que provenía del exterior. Una alta pared de agua cristalina la rodeaba como si estuviera atrapada dentro de una burbuja inquebrantable. Miró su reflejo en aquella superficie líquida, pero lo que vio no era su rostro. Se tocó la cara sintiendo las arrugas que ahora cubrían su piel, observando su canosa cabellera y sus vacíos ojos. Entonces lo entendió: estaba en el cuerpo de su madre. De pronto, un destello en su mirada le hizo saber que no estaba sola. Junto a ella podía sentir la presencia de Sîyah y del espíritu del desierto. El hechizo había funcionado.
Un desgarrador grito rompió la ensoñación de Sörkh, quien vio una poderosa llama brotando desde sus pies hasta su cabeza, elevando su cuerpo por encima del suelo. När estaba atrapada en una prisión acuática y, a su alrededor, Marilia seguía entonando su canto para mantenerla confinada, tranquilizándola y evitando que escapara. La anciana extendía las manos hacia el muro de agua, pues solo quería encontrar a Jan Akavir, su desaparecido esposo. De pronto, Sörkh vio una silueta que le resultaba terriblemente familiar.
La figura se acercaba lentamente. La respiración de Sörkh se agitó al reconocerla: era su padre. Estaba atrapado dentro de una pequeña botella en una habitación llena de objetos extraños y seres mágicos confinados, como si todo formara parte de una colección privada. Se trataba de la casa de un coleccionista de poderosas criaturas. El rostro de su padre, demacrado y marcado por el envejecimiento y la amargura, reflejaba su desesperación. Sus ojos, que alguna vez brillaron como ardientes rubíes, ahora estaban apagados, consumidos por el dolor y la resignación.
La Dama Carmesí sintió un profundo desgarro en su interior. ¿Ese era el dolor que había sentido su madre durante todo ese tiempo? Era un vacío abrumador que la destrozaba desde dentro. De repente lo entendió: När había pasado años buscando a su djinn, prisionera en un anillo lejos de su familia y hogar, obligada a cumplir la voluntad de seres que ni siquiera comprendían su verdadero poder. Sörkh se rebeló iracunda e intentó romper la mágica jaula acuática en la que se hallaba. Gritaba, lloraba y pataleaba; pero nadie la escuchaba. Ahora, fundida con su madre en un mismo cuerpo, por fin pudo sentir el intenso dolor con el que la anciana había vivido. En un esfuerzo sobrehumano logró concentrar toda su energía, absorber el calor del sol y lanzarlo contra la barrera acuática de Marilia, librándose de su prisión.
El estallido de fuego rompió la calma de la Jungla Esmeralda haciendo que la Anciana Turquesa cayese al suelo exhausta por el esfuerzo. Mientras la ondina se recuperaba, När corrió hacia el borde de un barranco y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, abrió un pequeño portal hacia Calamburia.
De pronto, se materializó entre los sinuosos árboles que alzaban sus ramas al cielo en busca de ayuda. Cuando sintió que sus poderes volvían a fluir, lanzó un último hechizo reuniendo cada fragmento de su energía para transportarse directamente al anticuario donde su esposo estaba prisionero. El espacio a su alrededor cambió al instante: Se encontraba en una extraña sala rodeada de objetos antiguos y místicos, muchos de ellos artefactos poderosos y criaturas confinadas. Cuando por fin vio a Jan Ákavir, una tenebrosa y extraña voz resonó en la sala. De repente, todo se oscureció y una ráfaga de viento la lanzó por los aires apagando las pocas llamas que aún envolvían su cuerpo. Frente a ella, una elegante mujer y un niño de mirada siniestra la observaban con una amplia sonrisa en los labios.
—No intentes huir, querida —dijo la mujer con una frialdad escalofriante—. Ahora perteneces a Myrtille LeBeau.
När intentó conjurar un hechizo para escapar, pero su contrincante fue más rápida. Sin piedad, la volvió a confinar en la oscuridad donde no había ni fuego ni esperanza. Esta vez su prisión no era de agua, sino un majestuoso anillo de rubí del cual ya no podría escapar.
La anciana le mostró a su hija una serie de recuerdos fragmentados, imágenes y pensamientos que reflejaban su vida tanto dentro como fuera de su prisión. Sörkh sintió la abrumadora soledad que había acompañado a su madre durante años, una sensación que la carcomía desde dentro mientras su esencia languidecía. Sin embargo, entre esos recuerdos, sobresalía uno en particular: el momento en el que el anillo cambió de manos sellando así distinto. När observaba desde dentro cómo su captora, la elegante y enigmática Myrtille LeBeau, realizaba el intercambio con un hombre de aspecto rudo: un pirata. La coleccionista mantenía su habitual porte distinguido y su astuta sonrisa, como si supiese que iba a salir ganando con el trato.
—Este anillo os dará lo que necesitáis —dijo la mujer con voz suave y aterciopelada mientras extendía su mano al pirata.
El hombre, quien no era otro que Railey, se inclinó hacia adelante con la mirada fija en la joya que brillaba entre los dedos de la mujer. Una sonrisa torva cruzó su rostro mientras lo aceptaba.
—Con este anillo —murmuró el bucanero—, Mairim será mi esposa y no habrá quien se interponga.
Myrtille sonrió levemente, pero no dijo más. Solo lo observaba disfrutando de cada segundo mientras el destino seguía su curso.
—Tened cuidado, querido —añadió en un tono casi juguetón—. Esa joya es muy… especial. En ocasiones se pone demasiado ardiente para manejarlo.
Railey soltó una carcajada interpretando sus palabras con una mirada lasciva.
—Eso es lo que espero que ocurra cuando se lo entregue —replicó insinuando con malicia la pasión que aguardaba tras su promesa y saboreando la idea de una ardiente y desbordante noche.
Volvió a centrarse en su llama interna y a adentrarse en los recuerdos que su madre le estaba mostrando. Los fragmentos de la memoria se agolpaban en su mente cuando, de pronto, una voz conocida resonó con fuerza:
—¡¿Cómo habéis osado, insignificantes humanos, secuestrar a mi hijo?!
Sörkh reconoció de inmediato esa voz: era Karianna, la Dama Blanca. Con el corazón acelerado, comenzó a lanzar destellos rojos desde su prisión, esperando que Karianna la viera, entendiera su súplica y la liberara. Sin embargo, la unicornio estaba demasiado enfocada en la batalla, cegada por la furia. Oyó un fuerte golpe de cascos contra el suelo y supo que estaba lista para desatar su furia, sin intención de mostrar piedad. Con un esfuerzo sobrehumano, När concentró toda la energía que le quedaba y liberó su forma astral en un inmenso halo de fuego. Las llamas brotaron con una intensidad que iluminó todo a su alrededor, envolviendo a los corsarios y protegiéndolos de los embistes de la furiosa yegua. Sabía que no podría mantener esa forma por mucho tiempo.
—¡Por favor, reconocedme! —suplicó dirigiendo sus desesperados pensamientos hacia la Aguja de Nácar y esperando que Karianna y Breena se dieran cuenta de su presencia—. ¡Soy När, no me ataquéis!
Karianna estaba obcecada en su furia y no la reconoció. Sus ojos solo veían enemigos y su determinación la cegaba. No obstante, Breena, el Espíritu del Bosque, detuvo su mirada en el fuego provocando en Sörkh una chispa de esperanza. Breena susurró en voz baja y clara:
—När… Soy yo, Breena. ¿Cómo…? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
—¡Sacadme de aquí! —gritó sintiendo cómo se debilitaba.
Era demasiado tarde: Karianna adaptó su forma humana, canalizó todo su poder en su báculo y, con un gesto feroz, golpeó la barrera de fuego que När había levantado.
Un grito de dolor, el más desgarrador que Sörkh había escuchado en su vida, atravesó el aire. El rayo del báculo de la Dama Blanca golpeó a När rompiendo su alma en mil pedazos. Su esencia se esparció por el aire disolviéndose en la atmósfera y desintegrando el cuerpo astral de su madre. Solo quedó el anillo: el último vestigio de su ser.
El conjuro terminó. Las llamas abrazaron el cuerpo de När purificándolo y liberando su alma. A medida que el ritual mortuorio llegaba a su fin, Sörkh empezó a sentir una paz desconocida que llenaba el vacío en su corazón. Su madre había encontrado al fin el descanso y la Llama Eterna custodiaría su espíritu por la eternidad. El silencio envolvió la vuelta de Sörkh y Sîyah a la realidad. Se quedaron quietos varios minutos asimilando lo que habían visto, oído y sentido. Su madre se había ido para siempre llevándose consigo la pena de no haber vuelto a reunirse con su familia.
—Karianna… —murmuró Sörkh apretando los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas—. ¡Desobedeció incluso a Breena, el Espíritu del Bosque! ¿Cómo pudo hacerlo?
Sîyah se acercó observando en silencio. Aunque mantenía la compostura de un guerrero, la misma furia brillaba en sus ojos.
—No solo ha traicionado a su pueblo —dijo con gravedad—. Ha roto el equilibrio. El consejo debe saberlo, pero no podemos ir sin estar preparados.
Un guardia se acercó apresuradamente interrumpiendo la conversación con una noticia urgente.
—Dama Carmesí —anunció con voz entrecortada—, ha llegado un mensaje. La Dama Blanca, ha convocado a todas las damas del Reino Faérico para una reunión urgente.
Sörkh frunció el ceño sintiendo cómo la ira hervía dentro de ella.
—¿Convocatoria? ¿Y espera que me presente como si nada?
—Me temo que la emergencia es por vos, Dama Carmesí —continuó Sîyah con voz solemne—. Pero no deberíais asistir, pues esa traidora tiene oscuros planes y no sabemos qué intenciones esconde. Podría ser una trampa.
Sörkh se quedó en silencio evaluando el peligro de acudir a una reunión bajo el control de su recién descubierta enemiga.
—Si es una reunión de damas no puedo ignorarla sin levantar sospechas —se lamentó con un evidente atisbo de duda en su voz—. Sin embargo, tienes razón. Esa traidora es más peligrosa de lo que imaginamos.
Sîyah dio un paso al frente, decidido.
—Permitidme ir en vuestro lugar. Vigilaré lo que ocurra y estaré alerta. Si algo sale mal, os lo haré saber de inmediato. No debemos exponeros a ella; no hasta conocer sus planes.
Sörkh lo miró en silencio durante unos segundos sopesando la propuesta. Finalmente, asintió.
—Ve entonces, pero mantente alerta en todo momento. No confíes en nadie que esté bajo la influencia de Karianna y, si detectas la más mínima señal de traición… actúa antes de que sea demasiado tarde.
El guerrero inclinó la cabeza con determinación.
—Lo haré. Si llega el momento en que nuestros ejércitos sean necesarios, estaremos listos.
La dama lo vio alejarse. El viento del desierto susurraba a su alrededor, como si le advirtiera de la tempestad que estaba a punto de desatarse.
—La traición de Karianna no quedará sin castigo —murmuró—. El equilibrio será restaurado, cueste lo que cueste.
Luego, en tono frío y decidido, ordenó al mensajero:
—Que preparen los ejércitos. No los utilizaremos aún, pero quiero que estén listos. El viento del desierto me dice que una guerra está por comenzar y estaremos listos.
El mensajero asintió reconociendo la sabiduría en las palabras de Sörkh, en cuyo rostro cruzaba una sombra de preocupación mientras veía, a lo lejos, a su amigo acudiendo a la llamada de la pérfida Dama Blanca.

