Personajes que aparecen en este relato

EL PRECIO DEL SILENCIO
En el ala este de la Torre, Telina caminaba sola por el Pasillo de los Archimagos. Su capa negra, bordada con hilos de sombra, se deslizaba sobre las cenizas. Cada paso producía un eco sordo en aquella galería donde durante siglos se habían discutido asuntos capaces de decidir el destino de Calamburia. Ahora, las columnas estaban agrietadas y varios sitiales del Consejo yacían bajo los restos de la bóveda.
Telina conocía bien aquel lugar. Durante años había ocupado el asiento reservado a la casta Ténebris, junto a los representantes de las otras siete castas. Había sido una de las impromagas más poderosas de su generación y había defendido ante el Consejo que las sombras podían dominarse sin convertirlas en dueñas de la voluntad.
Sin embargo, hacía tiempo que había dejado de acudir a las reuniones.
La ruptura comenzó cuando se descubrió la traición de Aurobinda. La antigua maestra abandonó Skuchaín acompañada por numerosos estudiantes Ténebris y fundó Cuna de Oscuridad, una nueva escuela en la que las artes oscuras podrían estudiarse abiertamente. Su huida dividió a la casta y enfrentó dos formas irreconciliables de comprender una misma magia.
Los Ténebris que permanecieron en la Torre también pagaron las consecuencias. Sus capas negras despertaban recelo en los pasillos, sus conjuros eran vigilados con mayor severidad y su voz había perdido fuerza dentro del Consejo. Cada ataque procedente de Cuna de Oscuridad renovaba las sospechas contra quienes habían decidido quedarse.
Telina jamás siguió a Aurobinda. Permaneció en Skuchaín y continuó enseñando a sus alumnos que conocer las sombras no exigía someterse a ellas. Sin embargo, su lealtad no devolvió a la casta el lugar que había ocupado. Con el paso de los años, dejó de ser escuchada y terminó por abandonar su asiento en el Consejo.
Aun así, nunca abandonó la Torre.
Skuchaín continuaba siendo su escuela. Entre aquellos muros permanecían los estudiantes que habían elegido aprender sin entregarse a la Oscuridad y los profesores que todavía luchaban por protegerlos. Telina había jurado defenderlos, aunque quienes gobernaban la Torre hubieran dejado de confiar en ella.
Por eso aguardaba allí, en mitad del Pasillo de los Archimagos, con la varita suspendida frente a ella y las sombras reunidas alrededor de sus pies.
Una corriente helada recorrió la galería.
Tres figuras aparecieron en el extremo opuesto. Ménkara avanzaba en cabeza, acompañada por Tesejo y Caila. El polvo y la sangre seca manchaban sus túnicas. Telina todavía reconocía en sus rostros a los jóvenes que habían estudiado en Skuchaín antes de seguir a Aurobinda.
Ahora figuraban entre los primeros maestros de Cuna de Oscuridad. Ménkara impartía Monstruología y dedicaba sus enseñanzas a las criaturas que los demás magos perseguían. Tesejo enseñaba Contralquimia, una disciplina construida a partir de venenos, filtros de sugestión y compuestos dañinos. Caila, profesora de Magia de Batalla, representaba con mayor firmeza que ninguno de ellos los principios sobre los que Aurobinda había levantado la nueva escuela.
Caila y Tesejo acababan de abandonar el Salón de Evaluaciones, donde los hermanos Sibyla habían quedado sometidos al hechizo. Ménkara se había reunido con ellos en el acceso al ala este y los había conducido hasta aquella galería.
Ya no recorrían aquellos pasillos como antiguos estudiantes. Eran los representantes de otra institución, maestros de una forma distinta de comprender las sombras.
—Pensé que no vendríais —musitó Telina, sin alzar la voz.
—Pensaste mal —respondió Ménkara. Sus ojos, semejantes a dos grietas oscuras, endurecían todavía más su expresión—. No hemos venido por ti, profesora. Hemos venido por la Torre.
—Entonces tendréis que pasar por mí.
La varita de Telina se elevó hasta quedar suspendida frente a su rostro. Las sombras reunidas a sus pies se arremolinaron y ascendieron por las columnas, obedientes a cada movimiento de su mano.
Tesejo dejó escapar una risa breve. Tenía la voz rota de tanto conjurar venenos.
—¿Todavía estás dispuesta a morir por estas paredes? El Consejo ni siquiera te permite ocupar tu antiguo asiento.
Telina clavó la mirada en él.
—Mi juramento nunca dependió de un asiento. La Torre me dio la espalda, pero continúa siendo mi hogar. Vosotros, en cambio, huisteis en cuanto Aurobinda os prometió que nunca volveríais a responder por vuestra magia.
Las sombras siguieron trepando por las columnas agrietadas.
—La magia contiene dos fuerzas opuestas: la luz y la oscuridad. Quien pretenda comprender una debe conocer también la otra.
Caila, la más dura de los tres, avanzó con paso firme. Las vendas negras que cubrían sus manos murmuraban conjuros por sí solas, cargadas de una energía alimentada por años de resentimiento. Su rostro, pese a la juventud, mostraba una determinación implacable. Llevaba el cabello castaño oscuro rapado por un lado; el resto le caía sobre la cara y enmarcaba unos ojos firmes, de mirada directa, más propios de una general que de la estudiante que un día recorrió aquella escuela.
En el extremo del ojo derecho ardía su marca Arkhana. Tenía una forma abrupta, semejante a un pico invertido que apuntaba hacia el centro del cráneo. Su aparición había sido excepcional entre los Ténebris: brotó entera durante un único estallido cuando Caila apenas tenía doce años.
A cada paso, la oscuridad avanzaba junto a ella con la precisión silenciosa de una hoja afilada.
—Aurobinda nos prometió que podríamos estudiar nuestra magia sin avergonzarnos de ella —replicó Caila.
Telina sostuvo su mirada.
—Yo os enseñé a dominar las sombras. Aurobinda os enseñó a servirlas.
La expresión de Caila se endureció.
—En Cuna estudiamos las sombras con libertad. Enseñamos la magia que vosotros nos obligabais a ocultar.
Una esfera cristalina comenzó a girar entre sus dedos y proyectó destellos espectrales sobre su rostro. Caila acercó la varita a su superficie y susurró:
—Visum Excidium.
El orbe se iluminó con un resplandor fúnebre. En su interior aparecieron imágenes fragmentadas: casas en ruinas, libros calcinados y cuerpos entre los escombros. Después surgieron los rostros de la familia de Caila, envueltos en escenas de persecución y muerte. El momento en que habían ocurrido y la identidad de quienes dictaron las condenas permanecían ocultos. Las visiones solo mostraban la herida que había sobrevivido en ella.
—Mi familia pagó con su vida por practicar la magia en la que creía —dijo Caila—. La perseguisteis, la condenasteis y acabasteis con ella. Después esperasteis que permaneciera aquí, fingiendo que la Torre también era mi hogar.
Telina bajó ligeramente la varita. La dureza de su expresión vaciló.
—Lo que sucedió con los tuyos fue injusto. Seguir a Aurobinda no va a devolvértelos.
—Tú sabías lo que estaba ocurriendo.
—Ya no puedo cambiarlo.
—Y, mientras ocurría, ocupabas un asiento en el Consejo —replicó Caila—. Tenías voz y elegiste conservar tu lugar.
Telina recibió aquellas palabras sin apartar la mirada.
—Fuiste la más brillante de los Ténebris. Podrías haber ayudado a cambiar la Torre desde dentro. Tenías el poder y la capacidad para hacerlo. Todavía puedes dar marcha atrás.
Caila apretó la mandíbula. La rabia contenida le quebró la voz.
—Ya es tarde. Mientras tú pedías paciencia, los míos continuaban muriendo.
Tesejo carraspeó con desdén, alzando apenas una ceja.
—Qué dulces resultan los discursos cuando la sangre todavía no ha empezado a correr.
Ménkara lo fulminó con la mirada. Durante el avance por la Torre, Tesejo no había dejado de presumir de su supuesta hazaña en el molino ni del ascenso que esperaba recibir de Aurobinda. Ménkara llevaba demasiado tiempo soportando su arrogancia.
—Cállate, Tesejo. Estás delante de una profesora. Se merece respeto.
Después dirigió la mirada hacia Telina. Cuando volvió a hablar, su voz adquirió una profundidad dolorosa.
—Tú tampoco me escuchaste nunca. Jamás valoraste a mis bestias. Decías que me distraían, que debía concentrarme en las maldiciones y aprender a conjurar con elegancia. Pero yo crecí entre criaturas, entre rugidos, alas y zarpas. Crecí junto a seres que también sienten.
La bruma comenzó a reunirse alrededor de sus manos.
—Vosotros lo llamabais tráfico de bestias. Yo prefiero creer que las salvábamos, que dábamos cobijo a las criaturas que la Torre condenaba al exterminio. Ya casi no quedan bestias como esta. Las aniquiláis y lo llamáis orden.
Elevó ambas manos. La bruma que rodeaba sus dedos se condensó.
—Y ahora… una de ellas acabará contigo.
Desde el círculo de zafiro que aún latía en el centro del pasillo comenzó a emerger una criatura. Primero fueron las patas: ocho, curvadas, cubiertas de un vello oscuro que vibraba con la energía mágica. Luego el cuerpo, enorme, bulboso y lleno de pústulas, moteado con runas talladas en la carne. Por último, la cabeza: ocho ojos negros que reflejaban, en cada superficie brillante, el rostro de Telina.
La criatura chilló con un timbre agudo y cristalino que rasgó el aire como una cuchilla.
La batalla entre los Ténebris había comenzado.
La criatura lanzó otro chillido al emerger por completo del círculo de zafiro y varios cristales flotantes que iluminaban el pasillo estallaron. Sus ocho patas gigantescas golpearon el suelo de piedra e hicieron temblar las columnas del Pasillo de los Archimagos. Con un movimiento brusco, derribó una estantería y proyectó sus restos contra el muro. La estructura se agrietó y varios fragmentos de runas antiguas cayeron sobre las losas.
—¡Umbra Tegimen! —gritó Telina.
Una cúpula de sombra sólida se desplegó frente a ella y detuvo el golpe de una de las patas, aunque el impacto hizo que la propia barrera se resquebrajara y saltara por los aires.
Caila se adelantó. Sus ojos se encendieron y la varita tembló en su mano, cargada de poder oscuro.
—¡Umbrae Fracturam!
Una ráfaga de magia negra atravesó el pasillo y partió la base de una columna, que se desplomó con estrépito. Telina apenas logró desviar los restos con un rápido movimiento de muñeca.
Ménkara extendió los brazos.
—¡Bestia Meae Vocis!
Una luz emanó de la varita de la profesora de monstruología. La criatura se sacudió con un espasmo. Sus pústulas empezaron a hincharse y terminaron por estallar, liberando al aire una nube de gas fétido que se metió en los pulmones de Telina, haciendo que le ardieran por dentro. La Ténebris tosió y se cubrió la boca con la capa mientras conjuraba una nueva defensa.
—¡Contine Fluctus!
Una onda de presión dispersó de un golpe la nube de gas venenoso. Tesejo tuvo que apartarse para evitar respirar la pútrida esencia.
Aquello ya no se parecía a ninguna de las clases que habían compartido. Los antiguos alumnos de Telina habían regresado para librar una guerra contra ella.
—¡Vosotros fuisteis mis alumnos! —gritó—. ¡Yo os enseñé a dominar las sombras, no a arrodillaros ante ellas!
Pero ninguno se detuvo.
Ménkara lanzó una cadena de fuego azul que Telina consiguió desviar por muy poco. Caila apareció entonces por su flanco y dirigió hacia su cuello un corte de luz negra. Telina lo esquivó con un giro de muñeca y conjuró varias espadas de sombra, que comenzaron a girar a su alrededor para protegerla.
Caila encontró una abertura entre ellas y lanzó un rayo directo contra su torso. El impacto derribó a Telina. La profesora cayó de rodillas, pero mantuvo la varita alzada y la dirigió hacia la araña.
—¡No vais a derrotarme con la magia que yo misma os enseñé!
Tesejo, que hasta entonces había contemplado el enfrentamiento desde atrás, murmuró con deleite:
—Liquamen Insania…
Un frasco de líquido opalescente salió disparado desde su manga y estalló contra la espalda de Telina. La sustancia se extendió por su capa y comenzó a endurecerse alrededor de su cuerpo, formando una costra de sal.
—¡Basta! —rugió la profesora.
Una explosión de magia oscura recorrió el corredor. Ménkara, Tesejo y Caila retrocedieron ante la onda, mientras la araña se replegaba con un chillido.
—¡Vuelve a tu agujero, engendro!
Telina alzó la varita y pronunció el conjuro:
—¡Reditus Inferni!
Un haz de oscuridad golpeó el abdomen de la criatura y la arrastró hacia el círculo. La araña clavó las patas en las losas e intentó resistirse. Las runas del suelo chisporrotearon bajo su cuerpo, pero el hechizo continuó empujándola hasta que el portal de zafiro volvió a absorberla.
El esfuerzo de Telina por devolver a la criatura alteró el flujo mágico de la red de contención. Caelen, que trabajaba junto a Calum para mantenerla operativa, percibió la perturbación y la siguió hasta el Pasillo de los Archimagos.
Alcanzó la galería superior cuando las últimas patas de la araña se hundían en el círculo de zafiro. Corrió hacia las escaleras rotas. Los bordes cobrizos de su capa de alquimista se agitaban sobre el terciopelo dorado de la túnica, mientras los tubos, frascos y pequeñas piedras sujetos a la correa de cuero que le cruzaba el torso entrechocaban con cada zancada.
Era el único hijo del maestro Calum, aunque muchos murmuraban que jamás había sido engendrado, sino creado.
Sus ojos, oscuros como tinta aún sin mezclar, recorrieron el enfrentamiento.
—¡Apartaos! —gritó mientras descendía.
Extrajo tres frascos de vidrio oscuro, recorridos por destellos opalinos, y los lanzó con precisión hacia el centro del círculo.
Las mezclas alquímicas impactaron contra los límites del portal.
La detonación provocó un colapso. El aire fue absorbido hacia el círculo con tal violencia que las túnicas se agitaron y los fragmentos de piedra rodaron por el suelo. El portal vibró, se resquebrajó en líneas doradas y comenzó a contraerse hasta cerrarse como un párpado de obsidiana.
El vínculo de aquel portal con el Zafiro Vincular de Arnaldo se rompió.
Los últimos restos de la araña desaparecieron con él y, durante unos segundos, el pasillo quedó en silencio.
Pero duró apenas un instante.
Tesejo, aún con restos de poción brillante en las manos, bufó con teatralidad.
—Claro… el bello y perfecto Caelen.
Caelen ignoró la provocación. Los fragmentos de zafiro apenas habían terminado de apagarse cuando vio a Caila avanzar hacia Telina. Extrajo otro frasco de la correa que le cruzaba el torso y se dirigió hacia ellas.
—Aléjate de la profesora.
—Tan limpio, tan dorado. Tan… homogéneo —continuó Tesejo—. ¿Seguro que no eres de cristal por dentro? Demasiado simétrico para ser del todo humano.
Arrojó una ampolla contra las losas. El líquido se expandió entre ambos y se alzó convertido en una barrera de cristal turbio, recorrida por burbujas que estallaban al contacto con el aire.
Caelen se detuvo ante ella. Observó durante un instante el movimiento de la mezcla y vertió unas gotas de otro preparado sobre uno de sus bordes. El cristal perdió consistencia, se combó hacia dentro y terminó derritiéndose en largos filamentos transparentes.
Caelen atravesó la abertura sin dedicarle una mirada.
—Quizá por eso Carmélida te dejó —añadió Tesejo—. Tal vez echaba de menos un poco más de… humanidad.
Ménkara se interpuso en el camino de Caelen.
—Esto no te corresponde.
—Va a matarla.
Ménkara miró por encima del hombro. Telina permanecía de rodillas después de haber agotado sus fuerzas para expulsar a la criatura. La costra de sal se resquebrajaba sobre su capa negra y aún conservaba la varita entre los dedos. Frente a ella, Caila se acercaba con la esfera mágica girando en una mano.
El respeto que Ménkara todavía sentía por su antigua profesora se reveló durante un instante en sus ojos. Después, la bruma comenzó a reunirse alrededor de sus muñecas.
—Telina hizo sus elecciones hace mucho tiempo.
—Lo que ocurriera entonces no te concede el derecho a decidir que muera ahora.
Caelen trató de rodearla.
Ménkara extendió los brazos y la bruma descendió hasta las losas. Varias criaturas surgieron de ella: cuerpos bajos, mandíbulas abiertas y patas desproporcionadas que arañaron la piedra al abalanzarse sobre Caelen. Dos se aferraron a sus piernas y otra cerró los dientes alrededor del brazo con el que sostenía el frasco.
—Apártalas, Ménkara.
Ella sostuvo su mirada.
—Caila lleva años esperando este momento —enunció como si tratara de justificar sus actos ante sí misma.
—Entonces deberías impedir que desperdicie los que le quedan alimentando esa venganza —dijo el Hijo del Matraz con gesto grave.
Ménkara vaciló. Las criaturas aflojaron las mandíbulas durante un instante, pero ella no llegó a retirarlas.
Caelen lanzó el frasco contra el suelo. Una llamarada cobriza brotó a sus pies y obligó a las bestias a retroceder entre gemidos. La bruma volvió a espesarse de inmediato y otras dos criaturas ocuparon su lugar.
Mientras Ménkara lo mantenía apartado, Caila llegó hasta Telina.
La esfera mágica aún giraba en su mano, proyectando las imágenes de su familia entre los reflejos rotos del combate: su madre siendo arrastrada, su padre con la frente alzada antes de la sentencia, sus tíos marcados como traidores.
Se detuvo ante la profesora.
—¿Sabes qué es perder a una madre por ser quien era? —preguntó en voz baja—. ¿Ver cómo ejecutan a tu padre por sostener una varita negra? ¿Oír los gritos de tus tíos mientras los marcan para siempre?
Telina levantó el rostro. Apenas podía sostenerse, pero hizo el esfuerzo de mirar a Caila a los ojos.
—Caila…
—Tú lo sabías. Sabías lo que estaba ocurriendo y callaste.
Telina apretó los dedos alrededor de la varita. La sal endurecida sobre su cuerpo le impedía incorporarse.
Caila dio otro paso.
—También eran tus amigos. Tus compañeros Ténebris. Compartiste aulas con ellos. Los viste crecer, enamorarse, formar sus familias… y después dejaste que se los llevaran.
Telina abrió los labios, pero Caila continuó:
—Pediste paciencia mientras los nuestros desaparecían. Podrías haber alzado la voz. Podrías haber obligado a alguien a mirarlos antes de destruirlos. Elegiste conservar tu lugar porque siempre has sido una cobarde.
La esfera mostró el rostro de su madre. Tenía los ojos enrojecidos, pero sonreía para que la niña que estaba frente a ella no sintiera miedo.
Telina siguió la imagen con la mirada.
—Lo siento —consiguió pronunciar.
Caila había esperado aquellas palabras durante años. Las había imaginado ante el Consejo, frente a los Ténebris que permanecieron en la Torre, delante de quienes habían justificado las persecuciones. Ahora apenas habían recorrido la distancia entre una mujer vencida y la alumna a la que había abandonado.
—Eso no les sirvió cuando estaban vivos.
Alzó la varita.
Caelen rompió una de las criaturas con el borde metálico de un frasco y trató de abrirse paso entre las demás.
—¡Caila, detente!
Ménkara cerró los puños. Una lágrima descendió por su rostro mientras las bestias se aferraban con mayor fuerza a las piernas de Caelen y lo obligaban a caer sobre una rodilla.
—¡Ménkara! —gritó él—. ¡Todavía puedes impedirlo!
Ella miró a Caila.
Durante un instante, pareció a punto de retirar la bruma. Después bajó la mirada y dejó que la lágrima alcanzara su mandíbula. Las criaturas mantuvieron inmovilizado a Caelen.
Caila acercó la punta de la varita al pecho de Telina.
—Ahora vas a entender lo que sentimos. Ténebris Devotum.
Un rayo de sombra pura alcanzó a Telina y recorrió su cuerpo. Los jirones de oscuridad se extendieron por su silueta, deshicieron los bordados de la capa y ascendieron hasta su rostro.
Telina tembló. Sus ojos se abrieron por última vez al reconocer el conjuro que ella misma había enseñado a Caila.
Después cayó sobre las losas.
La varita se desprendió de sus dedos y rodó entre los fragmentos de piedra hasta detenerse junto a los pies de su antigua alumna.
Ménkara abrió las manos. Las criaturas que retenían a Caelen se deshicieron en bruma.
Él se levantó de inmediato y corrió hacia Telina. Se arrodilló a su lado, apartó con cuidado la capa deshilachada y apoyó los dedos sobre su cuello.
No encontró pulso.
Caelen alzó la mirada hacia Ménkara.
—Has dejado que la matara.
Ella recibió la acusación en silencio. Frente al cuerpo de Telina, no encontró nada con lo que defenderse.
Caila permanecía inmóvil.
La esfera continuaba girando en su mano. Entre los reflejos temblorosos apareció su madre, mucho más joven de lo que Caila conseguía recordarla. Se inclinó para besarla en la frente antes de que unas manos la sujetaran por los brazos y la arrancaran de la imagen.
Caila se tocó el lugar del beso.
—Caila… —murmuró Ménkara.
Ella no apartó la mirada del cuerpo.
—Debería haber dicho algo.
Ménkara se acercó despacio.
—Ha pedido perdón.
—Ahora.
La voz de Caila se quebró en aquella única palabra.
—Lo ha dicho ahora, cuando ya no podía devolverles nada.
En el interior de la esfera, su madre volvió a inclinarse. Caila cerró los dedos alrededor del cristal.
—Regresa —susurró su voz.
La imagen volvió a desvanecerse entre sus dedos.
Ménkara levantó una mano. Vaciló antes de apoyarla sobre su hombro, consciente de que también ella había intervenido para conducirlas hasta aquel momento.
Caila no la rechazó.
—Pensé que dejaría de doler.
Ménkara bajó la cabeza. No encontró ninguna respuesta que no sonara vacía ante el cuerpo de Telina.
Tesejo había dejado de sonreír. Permanecía unos pasos atrás, con otra ampolla preparada entre los dedos, pero ninguna burla acudió a sus labios.
Caelen cerró los ojos de la profesora y recogió su varita. Después la tomó en brazos y derramó sobre ambos el contenido de un vial dorado. La mezcla se extendió por sus siluetas y las volvió translúcidas hasta borrarlas por completo del pasillo.
La esfera iluminó de nuevo el rostro de la madre de Caila.
Esta vez, Caila no intentó retenerla. Esperó el beso y mantuvo la mano sobre su frente cuando la imagen se desvaneció.
Había matado a la mujer a la que culpaba de su silencio. Sin embargo, seguía teniendo las mismas preguntas y ya no quedaba nadie que pudiera responderlas.
