Personajes que aparecen en este relato

UNA CELESTINA PARA LA OSCURIDAD
Nadie volvía al viejo molino de las afueras de Instántalor.
Desde que la Santa Hermandad declaró heréticos a Benedi Turuncu y don Juancho y quemó sus cuerpos en la rueda, aquel edificio de piedra quedó a merced del tiempo, cubierto de musgo, eco y polvo de huesos. Los pocos que se atrevían a cruzar aquellos campos evitaban siquiera mirarlo. Decían que al atardecer, cuando el sol sangraba sobre la veleta oxidada, podía escucharse el llanto de los niños que allí fueron explotados.
Tras la muerte de sus dueños, el molino se había vaciado de niños. Sin embargo, su ejemplo no desapareció con ellos. En otros rincones de Calamburia, algunos molineros continuaban ofreciendo techo a los huérfanos —o secuestrando a quienes nadie reclamaría— para obligarlos a trabajar de sol a sol.
Pero Eurídyce dormía en su interior sin miedo alguno.
Su cuerpo, envuelto en una manta vieja que olía a humedad y harina rancia, reposaba sobre un camastro improvisado con sacos de grano apelmazado por la humedad. Tenía el sueño tranquilo. Respiraba con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre, protegiendo algo más que su propio descanso. Su melena, un revoltijo de rizos negros y espesos, caía desordenada sobre la almohada improvisada. El caos del mundo dormía con ella.
Había aparecido allí después del estallido del Orbe de la Confusión. Nadie la había visto llegar, pero el molino no la asustaba. Al contrario: le resultaba familiar. Ella también venía de un lugar donde nadie preguntaba por los niños.
Había crecido en los rincones húmedos de un lupanar, entre madres con nombre de perfume barato y clientes con monedas herrumbrosas. Allí había aprendido a mirar sin ser vista, a hablar sin revelar, a usar la belleza como un arma y la piel como un escudo. Nunca conoció a su padre. Nunca le hizo falta.
Pero esa noche, el sueño de Eurídyce no fue plácido.
Las sombras llegaron sin viento. Entraron por los resquicios de las maderas como humo sin fragancia, como niebla sin agua. Y en cuanto se posaron sobre sus párpados cerrados, el recuerdo se quebró.
Vio a su madre, joven aún, caminando con los pies desnudos sobre barro y piedras. Lloraba. Sangraba. Huía. Y detrás, las voces. Voces de hombres. Voces de hermanas. Entre ellas se alzó la de Kálaba, pronunciando la maldición que condenaría a Kávila a envejecer al ritmo de las mujeres mortales.
—Has traicionado al clan —decía Kálaba, con la voz rota por el odio—. Y el destino te va a devolver el golpe.
El bosque se cerraba. El dolor crecía. Kávila corría, embarazada, escapando de Arnaldo, el patriarca que gobernaba entonces el clan del Cuervo y que la había obligado a beber el veneno que ella misma había preparado. Y fue en esa huida, sola y marcada, cuando su cuerpo dijo basta. Se llevó las manos al vientre, notó la sangre entre las piernas y cayó de rodillas, gritando hacia un cielo que no escuchó. El hijo que llevaba en su interior se desvanecía, arrancado por la crueldad de Arnaldo, borrado antes de ser.
Y aunque Eurídyce nunca lo supo, algo de esa vida perdida siempre la había acompañado. En la fiebre, en los silencios, en las pesadillas. Como si en algún rincón del alma le faltara una mitad no nombrada. Un hermano. Una hermana. Alguien que pudo haber nacido antes que ella. Alguien que ahora volvía, solo en sueños.
La visión cambió.
Ahora era niña de nuevo, agazapada entre las cortinas polvorientas del lupanar. Observaba, en silencio, cómo entraban los hombres: altos, bajos, viejos, nerviosos, crueles o ebrios. Uno tras otro. Y cada uno de ellos —durante un instante fugaz, infantil, desesperado— podía ser su padre. Imaginaba que uno se agachaba, que la miraba con ternura, que la tomaba en brazos y le decía que por fin había venido a buscarla. Que lo sentía. Que la había echado de menos.
Nunca ocurrió.
Los abrazos que anhelaba no estaban hechos para ella. Eran de otros. Pagados. Fingidos. Por eso aprendió a no esperar, a no preguntar. A vivir con ese hueco tibio en el pecho como quien aprende a andar descalza sobre brasas.
Y entonces, en mitad de la visión, apareció un rostro que Eurídyce no reconocía. Era oscuro como el abismo, y sus ojos eran dos brasas húmedas.
—Eres fuerte —susurró Érebos—. Pero todo poder sin causa se pudre. Ha llegado el momento de recordar lo que eres. Y lo que podrías ser.
Las sombras se retorcieron sobre sí mismas. Eurídyce despertó con un sobresalto. La veleta del molino chirriaba lentamente. El aire estaba quieto. El silencio, espeso.
Entonces lo sintió. El primer demonio ya estaba dentro.
Al principio fue solo un crujido.
Uno breve e insignificante, como una tabla vieja cediendo bajo el peso del polvo. Eurídyce permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, fingiendo que aún dormía.
Entonces la presencia se hizo más densa.
Era algo ajeno al frío y al calor: una presión, un peso en el aire. El molino parecía respirar con una boca que no tenía. Algo —o alguien— había sellado las puertas desde fuera.
Abrió los ojos. El interior era oscuro, salvo por una rendija de luz que se colaba entre las maderas. El polvo flotaba inmóvil, como suspendido en un tiempo que ya no avanzaba. Fue en ese silencio donde los oyó: unos pasos lentos, acompañados de un roce húmedo; no eran botas, sino pezuñas.
Se incorporó sin hacer ruido ni apresurarse. Deslizó la mano hasta su muslo izquierdo. Allí, bajo la tela del liguero, esperaba una daga. Y en el otro muslo, otra más. Siempre llevaba una en cada pierna, por si el enemigo era doble… o venía disfrazado de salvador.
Entonces la puerta se abrió sin violencia ni ruido. Simplemente… se deshizo.
Una sombra entró reptando. No tenía forma. No tenía rostro. Pero traía consigo la memoria de algo que no era humano.
Eurídyce no retrocedió.
—¿Venís a por mi alma? Os advierto que no la uso —espetó con voz seca.
La sombra se estremeció. Luego se alzó. Y cuando lo hizo, adquirió figura: astas retorcidas, ojos vacíos, un cuerpo que parecía hecho de humo y hueso. Tenía una boca, pero de ella no salía palabra alguna. Solo desprendía un olor a azufre, a tierra removida… y a infancia rota.
Eurídyce lanzó el primer golpe. No esperó a que atacara. Fue a la garganta —si es que tenía una—. La daga atravesó la sombra y, durante un segundo, pareció funcionar. Pero el demonio no gritó. No se encogió. Solo se curvó hacia ella… como si sonriera.
—Mierda —murmuró.
Saltó hacia atrás, rodó sobre el suelo, cogió otro saco y lo lanzó a la figura. El demonio lo ignoró. Otro apareció por la rendija. Y otro más, por el techo resquebrajado.
Los demonios pretendían rendirla mediante el agotamiento, la lentitud y el recuerdo de todas las veces que nadie había acudido a salvarla.
Entonces se escuchó un susurro bajo y áspero, apenas audible. Una lengua muerta, pero viva en cada consonante. Un canto zíngaro que hacía vibrar la madera. El ritmo arcano penetró en las rendijas del molino y estremeció hasta sus cimientos.
Un humo denso de color verde esmeralda se deslizó a través de la puerta deshecha. Giraba y danzaba bajo el mandato de una voluntad invisible. En su centro avanzaba una figura erguida, con el rostro enmarcado por dos hermosos mechones rubios y los ojos encendidos por algo más profundo que la edad. Su capa ondeaba en silencio y sus pies ni siquiera rozaban el suelo. Venía envuelta en un hechizo.
Eurídyce parpadeó.
—Kávila —susurró.
No “madre”. No “mamá”. Solo su nombre completo. Porque los nombres, como los cuchillos, también cortan.
Kávila avanzó entre el humo, alzó los brazos y, al abrazar a su hija, murmuró unas palabras en zíngaro. Solo ellas las entendieron, pero el efecto fue inmediato.
Una explosión de luz hirió la estancia y todas las sombras se deshicieron.
Uno a uno, los demonios se evaporaron como aliento sobre cristal. El molino volvió a temblar y el polvo, liberado del hechizo, volvió a caer. En el centro de la estancia solo quedaron ellas dos.
—Pensé que no volvería a verte —dijo Eurídyce, sin aflojar la daga.
—Una madre siempre encuentra a su hija —respondió Kávila, sin soltar el abrazo.
Y entonces, sin anuncio, sin pasos, sin ruido… apareció Érebos.
Cruzó el umbral como un eco que nunca se había marchado. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, los ojos clavados en la escena con una sonrisa casi respetuosa.
—Qué momento tan… conmovedor —murmuró Érebos—. Pero me temo que la oscuridad no perdona la ternura.
A su espalda, como si emergieran de la grieta misma que lo había traído, aparecieron dos figuras.
La primera era Tesejo. Caminaba con aplomo, la varita al cinto y una sonrisa apenas insinuada en el rostro. Su porte era arrogante y su elegancia, casi insultante. Llevaba una túnica negra, ceñida al cuerpo como un juramento. Había en él algo peligroso, pero seductor, como si la sombra se hubiese vestido de Impromago para acudir a una fiesta prohibida.
La segunda figura era peor.
Xezbet.
El alto demonio, Señor del Engaño y consorte de la Emperatriz de los Dos Mundos, avanzaba sin tocar el suelo, cubierto con una capa de oscuridad hilada en los telares del Inframundo. Su rostro era pálido, bellamente atroz, y sus ojos, como pozos sin fondo, parecían contener las palabras que aún no habían sido pronunciadas.
—Mi señora Kávila —dijo con una reverencia cargada de veneno—. Por fin.
Kávila no respondió. Se mantuvo firme, interponiéndose entre Eurídyce y los recién llegados.
—¿Qué queréis? Ya cumplí mi parte del trato. Le di a vuestra Emperatriz la información sobre las niñas. Amunet, en agradecimiento, me indicó dónde encontrar a mi hija: en este molino. Ahí terminaba nuestro trato. Dejadnos volver a nuestro lupanar.
Érebos alzó una ceja, divertido.
—No vinimos a atacaros ni a reteneros. Vinimos a ofrecer una oportunidad. La Emperatriz os ha observado, Kávila. Vuestra sangre, vuestro linaje, vuestra voluntad. No os teme. Os desea.
Xezbet avanzó un paso, sin apartar los ojos de ella.
—Queremos asociarnos contigo. Sirve a Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos. Entrégale tu sangre y tu alma, y la oscuridad correrá por tus venas. Serás su aliada, su voz en la grieta. Podrás vagar entre los reinos… e incluso volver al Bosque Perdido de la Desconexión.
Kávila tragó saliva. Eurídyce habló:
—Ese bosque nos expulsó. Y no tenemos ningún interés en pactar con nadie.
Kávila la miró.
—Pero si hacemos este pacto… podríamos ser libres. Dejaríamos de ser proscritas.
—Madre, no lo hagas —dijo Eurídyce, firme.
—La oscuridad puede darte todo eso —susurró Xezbet, ya junto a ellas—, y a cambio solo exige una ofrenda. Un precio justo.
Eurídyce apretó los dientes.
—¿Qué precio?
Fue Tesejo quien lo dijo desde las sombras.
—Tú.
Una decena de demonios se materializó al instante. Eurídyce se revolvió, hundió una daga en el brazo que intentaba cerrarse alrededor de su garganta y lanzó una patada contra la mandíbula de otra criatura. Sin embargo, cada enemigo que conseguía apartar era sustituido por dos más. Brazos de humo y garras infernales terminaron por alzarla del suelo e inmovilizarla. Xezbet levantó una mano y susurró una palabra inaudible. El silencio cayó como una losa.
Del interior de su capa, extrajo un pequeño cuenco de obsidiana.
Con un gesto ágil, pasó su uña afilada por el brazo de Eurídyce. Una sola gota de sangre cayó en el cuenco y comenzó a latir con pulso propio.
El poder de Xezbet se activó.
Aquello trascendía la magia convencional. Era una habilidad más profunda: el dominio de la voluntad. Cuando Xezbet hablaba, no convencía: redefinía la verdad. Sus palabras tejían redes invisibles que se adherían al juicio de los demás. Nadie notaba el momento exacto en que empezaba a obedecerle. Pero cuando lo hacían, ya no recordaban haber pensado otra cosa.
Se inclinó hacia Kávila y susurró al oído de la zíngara. Las palabras de Xezbet se deslizaron por su mente hasta ocupar el lugar de sus propios pensamientos.
Y Kávila empezó a creer.
—Si traicionas a la Emperatriz de los Dos Mundos, tu hija morirá en el acto —dijo Érebos, sin emoción.
—Pero si sellas el pacto —añadió Xezbet, acariciando el borde del cuenco—, ella vivirá. Tú ascenderás. Seréis intocables. Ningún demonio volverá a atacaros y contaréis con la protección de Amunet.
Hizo una pausa. Sus ojos brillaron con una oscura ternura fingida.
—Y, sobre todo, te liberaremos de la maldición de Kálaba. El envejecimiento dejará de consumirte. Volverás a envejecer con la lentitud y la dignidad del linaje zíngaro. Esa condena que te hace marchitarte antes de tiempo será extirpada. Tu cuerpo, tu poder, tu nombre: todo te será devuelto.
Kávila respiraba con dificultad. Sus ojos ya no eran suyos.
—¡No escuches! ¡No los mires! ¡Recuerda quién eres! —gritó Eurídyce—. ¡Estás siendo controlada!
Pero la mano de Kávila ya estaba extendida.
Una de las uñas de Xezbet le abrió la palma derecha. La sangre brotó lentamente y cayó en el cuenco.
Nadie supo si Kávila había extendido la mano bajo el influjo de Xezbet… o si había decidido proteger a su hija a cualquier precio.
La sangre, al tocar la obsidiana, comenzó a burbujear y a latir. Después se evaporó en un suspiro carmesí que ascendió hacia el techo y alimentó el pacto recién invocado.
Entonces el aire cambió.
El humo verde de Kávila se alzó en una columna y se mezcló con la sombra densa de la oscuridad. Cuando el vórtice se cerró, el pacto quedó sellado.
La oscuridad entró en Kávila.
Y ella la recibió.
Sus ojos brillaron. Su espalda se enderezó y la oscuridad inundó sus venas. Bajo su piel, aquel poder echó raíces con la ferocidad del Bosque Perdido de la Desconexión.
Una sacudida partió el suelo. Un chirrido atravesó las vigas y arrancó astillas de los soportes. El aire se espesó hasta volver difícil cada respiración.
—No… —murmuró Xezbet, retrocediendo con los ojos desorbitados—. Esto no es parte del ritual…
El aire se rasgó.
Un remolino oscuro emergió del suelo. Carecía de viento y origen. La realidad se curvó y comenzó a temblar, a punto de quebrarse. En el centro de aquella deformación apareció una piedra negra y sólida. Unas vetas rojas palpitaban bajo su superficie y varios símbolos grabados cubrían sus bordes. Era idéntica a la que había devorado a Abraxas.
Xezbet dio un paso atrás.
No bastó.
La piedra latió y el remolino arrancó a Xezbet del suelo. Su cuerpo perdió los contornos y se disolvió dentro de la espiral hasta desaparecer en la superficie negra. Sin grito. Sin rastro. Solo quedó el cuenco, rodando hasta quedar boca arriba. Vacío.
La piedra cayó al suelo con un golpe sordo.
A los pies de Eurídyce.
Ella seguía atrapada entre los brazos de los demonios, pero la desaparición de Xezbet había debilitado su agarre. Con un último tirón de rabia, consiguió liberarse y se lanzó hacia la piedra.
No dudó. Se agachó para recogerla, pero en cuanto sus dedos tocaron su superficie, un calor abrasador le recorrió la palma. Gritó y la soltó de inmediato mientras el ardor le trepaba por las venas.
—¡Coño! ¡La puta piedra, cómo quema!
Una figura se agachó junto a ella con absoluta calma. Era un hombre alto y delgado, con los ojos de distinto color. Vestía un abrigo largo de paño desgastado y un sombrero de copa que parecía haber atravesado demasiados inviernos. Recogió la piedra con delicadeza y la sostuvo entre sus largos dedos.
—Unas manos tan lindas no están hechas para sostener algo tan ardiente —dijo con una voz serena, casi burlona, mirando a Eurídyce sin prisa.
Ella entrecerró los ojos, con la palma enrojecida por la quemadura.
—Tendrás que conocerme mejor —espetó—. Quédate cinco minutos a solas conmigo y luego hablamos de brasas, cariño. Yo he quemado a hombres solo con una caricia.
Una chispa cruzó los ojos del desconocido.
Fue entonces cuando Érebos reaccionó.
—¡No! —rugió, y su voz hizo vibrar las vigas del molino.
Alzó la mano y lanzó un zarzillo de oscuridad. La estela negra serpenteó entre las vigas y alcanzó al hombre en el brazo cuando estaba a punto de levantarse.
El desconocido giró ligeramente el rostro hacia Érebos. Su expresión permaneció ajena al miedo y la rabia. Una sonrisa mínima tensó la comisura de sus labios. Inclinó el sombrero con un leve ademán… y desapareció ante los ojos de todos.
Érebos bajó lentamente el brazo. Su expresión era una mezcla de furia contenida y humillación.
—¿De verdad? —dijo, girándose hacia Tesejo—. ¿Y tú no pensaste en usar la varita?
Tesejo encogió los hombros con fingida inocencia.
—No me pareció cortés interrumpir.
Fue entonces cuando Kávila recobró el dominio de sus pensamientos. Parpadeó varias veces y la voluntad de Xezbet comenzó a retirarse de su mente. El temblor de sus manos cesó, aunque el poder del pacto continuaba ardiendo bajo su piel. Miró su palma ensangrentada. Miró a Eurídyce. Y comprendió lo que había hecho.
Pero ya era tarde.
El pacto se había sellado.
Érebos alzó la vista, respirando hondo. Luego, sin una palabra más, se giró y comenzó a caminar hacia la salida con la misma calma con la que había llegado.
—La Emperatriz… —murmuró en voz baja—. Se va a poner furiosa cuando se entere de que alguien ha capturado a su… «cariñín».
Se volvió hacia Kávila y Eurídyce. La humillación había desaparecido de su rostro, sustituida por una frialdad implacable.
—Daños colaterales —añadió, seco—. Todo pacto tiene un precio, y hoy hemos ganado algo muy valioso: una nueva celestina para la oscuridad.
Adoptó entonces el tono reservado para las órdenes de guerra.
—Tesejo —dijo sin volverse—. Intenta ser de utilidad y llévate a Eurídyce a la Cuna de la Oscuridad. Luego ve con Caila. Juntos prepararéis la entrada a la Torre Arcana de Skuchaín con los zíngaros. Barastyr ya habrá hecho su parte.
La voz de Eurídyce, cargada de furia, impotencia y sorna, brotó sin permiso:
—¡Madre, no me jodas! ¡No puedes dejar que me lleven! Y menos él, que cuando hubo que moverse prefirió no despeinarse ese pelo relamido.
Kávila se giró hacia ella. En sus ojos aún ardía el fuego verde del pacto, pero su voz temblaba lo justo para dejar entrever la grieta.
—Haz lo que te dicen —dijo, intentando parecer firme—. Estaremos bien. El pacto me ha dado más poder del que jamás había sentido. Y ahora estarás protegida. Ningún demonio te tocará.
—Acaba rápido y ven a buscarme —susurró Eurídyce, aferrándose a su mirada, la última cuerda que todavía las mantenía unidas.
Kávila asintió, apenas.
—Eso haré, hija —respondió. Sin embargo, la culpa quebró la firmeza de aquellas palabras hasta reducirlas a una confesión muda: lo intentaré.
Tesejo se acercó arrastrando tras de sí el vuelo oscuro de su túnica. Tomó a Eurídyce por el brazo con una delicadeza casi teatral, y su sonrisa era una mezcla de cortesía y veneno.
—No te preocupes, preciosa —le dijo, en tono confidencial—. Sé cuidar muy bien de lo que me encargan.
Eurídyce lo miró con frialdad, y su voz adquirió el filo de sus dagas.
—Ponme un dedo encima y te haré tragar tu varita.
Tesejo rió, encantado por el desafío.
Desde el umbral, Érebos se detuvo una última vez. Su silueta, recortada contra la bruma del molino, parecía aún más alta, más vieja, más inevitable.
—Y tú, Kávila… —dijo con voz grave—, ven conmigo. Tenemos que torturar a una profesora que tuve en Skuchaín.
