Personajes que aparecen en este Relato

ENTRE CALLEJONES Y AZOTEAS
La misión estaba clara. O eso es lo que pensaba Drawets mientras vestía y aleccionaba a sus dos vástagos. A pesar de que el callejón de Ida y Vuelta les proporcionaba la única intimidad que encontrarían en todo Instántalor, Drawets sabía que sus pequeños comenzaban a ser conocidos por sus travesuras en los bajos fondos de la ciudad. De hecho, había llegado a sus oídos que Gorrión se había ganado el respeto entre los aguerridos niños de Instántalor. No eran pocas las veces que había regresado magullado tras una afrenta con la banda de los Peces de Plata, formada por los niños abandonados del puerto, o los Perfumados, compuesta por los hijos de las meretrices de la capital. Sin embargo, Gorrión jamás perdió ninguna de sus batallas y siempre volvía con mechones de pelo y dientes picados por la hambruna de sus adversarios. Tenía la costumbre de sumarlos a su particular botín, vanagloriándose entre la banda de los Manos Largas, de la que no tardó en convertirse en líder.
Tinín, por su parte, había heredado la picaresca de pocas luces de su madre Laurencia. El hecho de que sus padres fueran, a su vez, hermanos, también le había dejado otra herencia que explotaba con gracia a cambio de unos cuantos calamburos en los tugurios donde se conseguía colar gracias a sus escurridizas habilidades.
No obstante, en aquella misión no tenían cabida las ostentaciones a las que los niños acostumbraban. Drawets había esperado a los diez años de Gorrión para concederle el honor de enfrentar una misión contra la mismísima Santa Hermandad. Ese oscuro trío perseguía las costumbres y vicios a los que no estaba dispuesto a renunciar y amenazaba con ensuciar la reputación que tanto le había costado recuperar para con el Titán. Había llegado el momento de quitarles poder, pero no era tan temerario como para inmolarse enfrentándose él mismo a la maquiavélica tríada. El Día del Descenso era, sin duda, la única ocasión para asaltar a Carmélida, la segunda hermana, mientras se dirigía junto a la pequeña Efélide a ultimar los preparativos de la ceremonia que presidiría Inocencio I. Drawets sabía que Clemente, el primer hermano, no solía ensuciarse las manos en tan míseros menesteres ni entremezclarse con la impía muchedumbre que abarrotaba la plaza. Tinín y Gorrión pasarían inadvertidos si cumplían con el plan que llevaba tejiendo desde hacía tanto tiempo.
—Gorrión, escúchame —balbuceaba su padre—. Hoy, más que nunca, serás el hijo que siempre he querido que seas. Recógete bien el pelo y vigila los andares. Haz que tu padre se enorgullezca de ti. He esperado diez años a este momento y no se me ocurren mejores manos en las que depositar mi destino que las tuyas.
—¡Jo papá, que soy una niña! —replicó quejumbrosa Gorrión a la que por alguna extraña razón su padre se empeñaba en vestir siempre con ropas masculinas.
—Tú serás lo que yo te diga, que para algo soy tu padre y sé más de la vida que tú —replicó Drawets chupándose el dedo y limpiándole la mejilla en la que la pequeña tenía una mancha de hollín.
—¡Oye, papá! —se apresuró a interrumpir Tinín—. ¡Me prometizte que tendría un papel zúper importante en ezta mizión! ¿Acazo no zoy tu hijo favorito?
—Por supuesto, Tinín. Tienes la labor más importante de todas. Proteger a tu hermano… en la distancia. Supervisar la tarea secundaria sin hacer absolutamente nada es lo realmente valiente, ¿sabes? Recuerda, sin hacer absolutamente nada… —lo consolaba, mientras Tinín celebraba semejante honor haciéndole una pedorreta a Gorrión.
—¡Entoncez zacaré mi tirachinaz y dizpararé contra eza vieja revenida! ¿Puedo? ¿Puedo?
—No, Tinín. ¡No! Mira, harás uso de tu única habilidad: enseñar la cola.
—Pero papá… Ya me ha vizto la cola todo Inztántalor. Ya no le zorprenderá a nadie… —sollozó el pequeño pícaro.
—¡Menos rechistar y más enseñar la cola, hijo! Tras esta misión, ya te enseñaré más trucos, pero en esta ocasión es de vital importancia que no te entrometas en el cometido de tu hermano.
—¡Hermana! —se quejó Gorrión cruzando los brazos y apretando los labios.
—¡Ay, Laurencia! Menudo sambenito me has dejado. ¡Lo bien que estaría yo entre jarras de cerveza y vino y tú aquí aguantando a estos dos!
Drawets miró hacia el cielo y se percató de que el sol ya comenzaba a caer sobre la Comarca de Azarcón.
—Niños, se hace tarde. Apresuraos o perderemos la oportunidad de prosperar y salir de esta miseria. Hacedme caso y prometo recompensaros algún día —consolaba el pícaro a los pequeños mientras les limpiaba las lágrimas y la suciedad del rostro y aprovechaba para dibujarle un bigote a Gorrión con sus dedos impregnados de tizón —. Hija… —comenzó a decir Drawets, pero se corrigió inmediatamnete—. Quería decir “hijo”. Recuerda, Carmélida siempre lleva el aplastapulgares en su saca de dinero. Arrebátaselo y tráeselo a tu padre. Nos servirá de trofeo para demostrarle al pueblo que la Santa Hermandad no es invencible. ¡Hijos, seréis el emblema de la revolución! ¡El Señor de las Azoteas y… bueno, el Niño con cola de cerdo!
A pesar de que Drawets sabía que toda esta misión partía de la necesidad de salvar su propio pescuezo, no pudo evitar emocionarse a medida que despedía a aquellos dos ladronzuelos que comenzaba a ver con los ojos húmedos del padre orgulloso que nunca había creído ser. Por primera vez, vislumbró en ellos un atisbo de esperanza no solo para su egoísta redención, sino también para la revolución que el pueblo tanto necesitaba.
Y en ese momento, Drawets recordó cómo años atrás había recibido con sorna la noticia de que su hermana Laurencia estaba embarazada. También recordó cómo recibió con una curiosa mezcla de estupor y orgullo la segunda noticia: el niño era suyo. La tercera noticia llegó muchos meses más tarde, cuando cogió entre sus brazos a un hermoso bebé con cola de cerdo. ¿Habrían sido castigados por el pecado cometido al fornicar entre hermanos ante los ojos del Titán Oscuro? ¿Habría sido fruto del nefasto augurio de la Sacerdotisa Elemental por haber profanado su sagrado Templo? ¿No habría prestado acaso suficiente atención a los antojos de su hermana durante el embarazo? Al principio se horrorizó, pero no tardó en ver las enormes posibilidades comerciales de aquel fenómeno.
El origen de Gorrión fue, si cabe, aún más inesperado. A menudo le venía a la cabeza cómo aquel corsario trató de cortarle la mano como deuda de juego pero finalmente le perdonó a cambio de aceptar un paquete sin hacer preguntas. Aceptó, pues no le quedaba otra opción. Si se trataba de mercancía robada, se desharía de ella con facilidad: era tan bueno burlando a la autoridad como Laurencia haciendo desaparecer las botellas ajenas. Cuando el fardo empezó a llorar, el pícaro se percató del engaño del que había sido víctima. Lo primero que pensó fue en abandonar al bebé en el portal de cualquier casa rica, y lo intentó dos veces. Pero ese llanto y aquellos ojitos tristes y desamparados ablandaron el corazón de Drawets. “Mañana me deshago del bebé…”, se mentía a sí mismo y a Laurencia cada vez que lo intentaba. Finalmente acabó por querer a ese retoño que resultó ser una dulce niña. Sin embargo, a fin de protegerla de los males que acechaban a las mujeres de clase baja, decidió educarla como un niño. Drawets suspiró como un padre orgulloso. Para no haber deseado nunca tener una familia de verdad, estaba bastante satisfecho de la que había logrado construir. Salvo por Laurencia… hacía semanas que no sabía nada de Laurencia.
Ya envalentonados, los niños pícaros se apresuraron hacia la plaza en busca de la Segunda y Tercera Hermana. Aquel día, estaba más abarrotada que nunca. La visita de Inocencio suponía un evento sin parangón e Instántalor abría sus puertas a todas las personalidades del reino. El pueblo lo sabía y nuestros dos protagonistas no tardaron en percatarse, cuando vieron a los pequeños ladronzuelos de la banda de los Perfumados haciendo alarde de sus viejos trucos de distracción mientras otro de ellos vaciaba las hinchadas bolsas de los forasteros. Gorrión no tardó en ser diana de los guijarros que le lanzaban sus rivales. Se remangó y se dirigió hacia ellos decidido a darles su merecido, pero Tinín fue más rápido en retenerla y recordarle la verdadera misión que tenían entre manos. Se subió sobre los hombros de su hermana, como solía hacer para disimular su corta estatura y, rápidamente, vislumbró la cofia de Carmélida en la lejanía, junto a la gran estatua con forma de C que presidía el centro de la plaza. Agarró a Gorrión del brazo y la arrastró entre la multitud hasta llegar a la altura donde se encontraban las hermanas. La adrenalina hizo que Tinín no fuera consciente de lo magullada que llegaba su hermana y se vio frente a su objetivo acompañado de alguien que no era más que un muñeco de trapo. ¿Y ahora, qué? Era su momento. Si Gorrión no estaba en disposición, él mismo se encargaría de llevar a cabo el cometido que su padre les había encomendado. Dejándose llevar por ese repentino impulso, soltó el brazo de su hermana y, con gran destreza, le arrebató la saca a Carmélida y salió huyendo. Antes de que el niño se escabullera y se difuminara entre la multitud, la segunda hermana vio una pequeña cola de cerdo asomando de la rabadilla de aquel pequeño bribón. No estaba dispuesta a reconocer ante el primer hermano que un niño le había arrebatado su bien más preciado, el aplastapulgares que tanto temor había infundido entre los infieles a los que no dudaba en mutilar, así que dejó atrás a su aprendiz y se lanzó en busca de aquel niño deforme.
Gorrión pudo incorporarse a duras penas. Otra vez se había roto los pantalones y tendría que recurrir a las meretrices para que se los arreglaran. Por suerte, se las tenía bien ganadas, a cambio de ser el mensajero personal entre el burdel y los discretos y asiduos burgueses.
Su hermano se había aprovechado de su breve momento de debilidad y le había robado la oportunidad de ganarse el favor de su padre. ¡Y en el día de su décimo cumpleaños! Al levantarse del suelo, se encontró con la mirada de una asustada Efélide, la Segunda Hermana, que, aunque desconcertada, no dudó en acercarse a socorrerla. Cuando estaba a dos pasos de Gorrión, otra mujer llamó su atención y se la llevó. Las dos niñas cruzaron una última mirada y fue en ese momento cuando a Gorrión le invadió un dolor inexplicable en la mano que acabó por recorrer fulminantemente todo su cuerpo hasta caer inconsciente.
—¡Gorrión! ¡Gorrión! —Tinín gritaba desesperado mientras su hermana conseguía entreabrir los ojos. Había conseguido a duras penas trepar hasta una azotea con su hermana amarrada al cinturón que había heredado de su padre. Allí, estarían a resguardo de la batida que, de seguro, la Santa Hermandad habría ordenado ya.
—Tinín… ¿Qué…? ¿Qué ha pasado?
—¡Ezo digo yo! ¡Te haz perdido la proeza! ¡Mira lo que tengo! —presumía Tinín, tintineando la saca llena de calamburos.
—¡Idiota! ¡Eso me pertenece! —le recriminó Gorrión visiblemente recuperada—. ¡Me lo has quitado delante de mis ojos!
—¡De ezo nada! Te haz azuztado en el último momento y te haz hecho la dormida…
—¿Cómo te atreves? ¡Me has arrastrado por toda la plaza como a un conejo! —se quejó mientras palpaba sus moratones—. Además, no sé qué ha pasado. En cuanto me he levantado, he visto a esa niña y me ha entrado un dolor horrible en la mano y no recuerdo nada más…
—Déjame ver. Ya zabez que zoy tu hermano mayor y eztoy aquí para protegerte. Ze lo he prometido a papá… —asumió Tinín, autoconvenciéndose de su rol protector en esta dupla.
Cogió suavemente la mano de su hermano y la extendió hacia la torre de la Catedral del titán, donde el sol ya lanzaba sus últimos rayos. Su mano ardía como el fuego y, de repente, una intensa y cálida luz roja brotó del rubí del anillo de Gorrión. La niña volvió a caer, retorciéndose de dolor, envuelta en un grito desgarrador.
—¡Gorrión! ¿Qué eztá pazando? ¿Qué te paza? —balbuceaba entre lágrimas Tinín, que ya no podía seguir ocultando el miedo que sentía.
—¡Mi hombro, me quema! —logró acusar Gorrión, mientras arrancaba las costuras de su camisola para dejarlo al descubierto.
La cara de Tinín al verlo consiguió asustarla aún más. No sabía qué quería decir la expresión que había invadido el rostro de su hermano, pero pudo ver en sus ojos vidriosos una forma que no acertaba a concretar, pero con un fuerte fulgor rojizo.
—¿Qué? ¿Qué es? ¿Qué tengo en la piel?
—Gorrión… —Tinín no encontraba las palabras—. Ezpero que cuando te lo cuente no te tenga que volver a rezcatar como buen hermano mayor que zoy, porque…
—¡Qué pesado! ¡Dime ya qué tengo! —le apremió Gorrión, propinándole una colleja certera.
—¡Au! —se quejó el pequeño—. Guárdate ezaz fuerzaz porque laz vaz a necezitar. ¡Haz zido convocada al Torneo de Calamburia!
Tinín estaba tan emocionado que no cayó en la cuenta de que esa invitación había recaído en su hermana y no en él. Mientras ella le miraba incrédula ante tal sorpresa, Tinín fue siendo más consciente de que su nombre nunca llegaría a pisar la árboleda de Catch-Unsum.
Mientras se recuperaba de semejante vaivén de emociones en tan poco tiempo, Gorrión comprobó cómo la cara de su hermano se estremecía de pena y no lo dudó:
—Espero que ese tirachinas esté bien cargado porque, hermanito, ¡tú te vienes conmigo! ¡Vamos a ganar ese torneo y a demostrarle a papá lo fuertes y mayores que somos! ¡Aquí empieza nuestra revolución!

