194 – LA PRINCESA, EL PIRATA Y EL MAGO

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LA PRINCESA, EL PIRATA Y EL MAGO

En el mágico reino de Calamburia, donde los tritones dominaban las aguas de Aurantaquia, los seres del aire surcaban los cielos de Caelum y los salvajes habitaban las Montañas Cobrizas, una amenaza oscura se cernía sobre el horizonte. La infanta Zoraida, la más joven de los trillizos reales y dotada de una valentía incomparable, estaba preparada para enfrentarla.

Todos los héroes del reino estaban atrapados en un sueño mágico, sumidos en un hechizo que nadie había logrado romper. Sin que nadie se diera cuenta de la gran amenaza que se cernía sobre Calamburia, la responsabilidad de defender a su familia recaía ahora en la pequeña. Sin más opciones, la infanta sabía que debía hacer lo que fuera necesario para proteger su hogar.

Con su larga melena castaña ondeando al viento y una espada forjada con el acero de las estrellas en la mano, Zoraida avanzaba con determinación. A su lado, el imponente Periandro Sybila, maestro de las artes arcanas, conjuraba hechizos que iluminaban el campo de batalla con destellos de pura magia. Junto a ellos, Cristóforo, el apuesto y aguerrido filibustero, manejaba su sable con destreza, enfrentándose a cada enemigo con una sonrisa desafiante.

La travesía había comenzado en el puerto de Calamburia, donde abordaron el barco pirata «El Salvaje». El navío, capitaneado por Cristóforo, cortó las olas con majestuosidad, llevando a los valientes aventureros hacia el misterioso Mundo de los Duendes. En mitad del Kal-a-mar, Periandro se colocó en la proa del barco y alzó su varita recitando con voz firme:

—¡Muro invisible, muro requetemuro, desaparece ahora, yo te conjuro!

De repente, un portal mágico se abrió en el aire frente a ellos, girando con una luz resplandeciente. El barco cruzó el portal y, al llegar, desembarcaron en una costa extraña y colorida, donde la vegetación parecía tener vida propia y los caminos cambiaban de forma y dirección.

—¡A tierra, mis valientes! —exclamó el pirata saltando del barco y ayudando a Zoraida y Periandro a descender.

Una vez en tierra firme, encontraron una manada de unicornios esperando, sus crines brillando con un resplandor mágico.

—Montemos en ellos, debemos llegar al corazón del Mundo de los Duendes antes de que caiga la noche —dijo Periandro señalando a las fantásticas criaturas.

Zoraida, con la agilidad de una cazadora, subió a lomos de un hermoso unicornio blanco, mientras sus compañeros hacían lo mismo con otros dos ejemplares. Galoparon durante horas, atravesando prados llenos de flores luminosas y bosques donde los árboles adoptaban formas disparatadas.

Finalmente, llegaron al campo de batalla, donde esperaban los invasores oscuros con forma de monstruos, liderados por la malvada bruja Defendra, conocida como La Caricia de la Ortiga. Defendra, quien parecía una muchacha pero tenía cientos de años, se alimentaba de los sueños de los niños de Calamburia y realizaba brebajes y filtros con las partes del cuerpo de sus víctimas.

—¡Cristóforo, cubre mi flanco! —gritó Zoraida mientras se lanzaba contra un grupo de guerreros enemigos.

—¡A sus órdenes, princesa! —respondió el filibustero blandiendo su sable con renovada furia.

Periandro, concentrado en su magia, recitaba antiguas palabras de poder. Una barrera de energía apareció justo a tiempo para desviar una lluvia de flechas que amenazaba con acabar con ellos.

—¡No podemos mantener esta posición mucho más tiempo! —advirtió el mago, su rostro bañado en sudor.

—Resistid, maestro de la magia, la victoria está a nuestro alcance —dijo la infanta con determinación.

Pero en ese momento, la temible bruja apareció en el campo de batalla, envuelta en un aura de maldad palpable. Alzó su mano y desató un hechizo oscuro que golpeó a Periandro y Cristóforo, derribándolos al suelo.

—¡No! ¡Es Defendra! —exclamó Zoraida sintiendo el frío de la desesperación. Corrió hacia sus compañeros caídos, pero una barrera de oscuridad la separó de ellos.

—¡No puede ser ella! —exclamó Periandro desde el suelo, su voz temblorosa—. Los duendes la convirtieron en piedra hace años.

—¡Sí que lo es! ¡Es Defendra! —insistió Zoraida con los ojos llenos de determinación— ¡Lo sé, Periandro! ¡Tenemos que detenerla o me robará todos mis sueños bonitos!

—Insisto, mi princesa, que no es ella. El joven duende Seneris se sacrificó y acabó convertido en piedra. Me lo comunicó el propio Baufren, el duende mayor —respondió con voz de enciclopedia.

—¡Silencio! ¿Acaso eres un cobarde o contradices a la princesa? —gritó Cristóforo levantándose con dificultad y blandiendo su sable.

Periandro, herido pero no derrotado, susurró resignado a Zoraida desde el suelo: 

—Princesa, debéis usar el amuleto de luz. Es nuestra única esperanza.

Zoraida sacó un pequeño colgante brillante que había llevado siempre. Era un regalo de su abuela, la Reina Madre Zora von Vondra, un amuleto con un poder antiguo.

—¡Que la luz de Calamburia te consuma, Defendra! —gritó Zoraida alzando el amuleto.

De pronto, un rayo de luz pura emanó del colgante, atravesando la oscuridad y alcanzando a la bruja. La hechicera gritó de dolor y su magia se disolvió, liberando a Periandro y Cristóforo.

—¡Lo habéis logrado, princesa! —dijo Cristóforo incorporándose con esfuerzo.

—No sin vuestra ayuda, mis valientes protectores —respondió Zoraida ayudando a Periandro a levantarse.

—Ahora, acabemos con esto juntos —declaró el mago, sus ojos resplandeciendo con una nueva determinación.

Unidos, los tres lanzaron un ataque final contra Defendra, combinando la magia de Periandro, la fuerza de Cristóforo y el poder del amuleto de Zoraida. La bruja oscura fue derrotada, y la luz de Calamburia brilló más intensamente que nunca.

El campo de batalla resonó con los vítores de los vencedores, mientras los invasores huían despavoridos. Calamburia estaba a salvo, al menos por ahora.

Pero entonces, una voz clara y autoritaria rompió la ilusión:

—¡Zoraida! ¡Periandro! ¡Cristóforo! ¿Qué estáis haciendo?

La épica escena se desvaneció. La infanta, con su vestido de seda, sostenía una espada de madera. Periandro, el erudito impromago, tenía una varita improvisada, y Cristóforo, el aguerrido pirata, un palo que simulaba un sable. La reina Melindres, con las manos en la cintura, observaba con una mezcla de exasperación y cariño.

El entorno no era un campo de batalla, sino el cuarto de juegos de Zoraida. Grandes ropajes colgaban del techo y de las paredes, formando cuevas y tiendas de campaña improvisadas. Un antiguo tapiz había sido transformado en una cortina que ocultaba el rincón secreto donde Zoraida y sus compañeros se refugiaban entre batallas. En el centro de la habitación, sobre una mesa baja, se erguía una muñeca vestida como una bruja, con un sombrero puntiagudo hecho de papel negro y una escoba improvisada con ramitas e hilo. La muñeca, bautizada como Defendra, tenía un rostro pintado con una expresión malvada, y un pequeño frasco que simulaba un imagitarro colgaba de su cintura.

—Madre, solo estábamos jugando —respondió la pequeña con una sonrisa inocente, sus ojos brillando con la misma chispa de aventura que en su imaginaria batalla.

—Sabéis que hay tareas más importantes que cumplir —dijo la reina, aunque su expresión se suavizó—. Vamos, es hora de acudir a la Sala del Trono, tengo una noticia muy  importante que comunicaros.

Los tres se levantaron dejando atrás sus armas de juguete, y siguieron a la reina Melindres hacia la realidad de sus deberes reales. Abandonaron el cuarto de juegos y caminaron por los pasillos del castillo hasta llegar a la sala del trono. Sin embargo, Zoraida, con su carácter travieso y aventurero, se escabulló rápidamente, desapareciendo en uno de los corredores laterales.

La reina y los dos hombres llegaron a la sala  y junto al trono se encontraban los dos pequeños infantes con la reina madre, Zora von Vondra.

—Como ya os dije cuando llegasteis —explicó la reina—, os han enviado al Palacio de Ámbar para una misión de suma importancia para el reino: formar y cuidar de mi hija Zoraida.

—Disculpe, mi reina, ¿solo hemos venido en calidad de tutores de la infanta? ¿Hasta cuándo estaremos obligados a esta tarea? —preguntó Periandro anonadado.

Periandro provenía de una ilustre familia de impromagos y eruditos. Desde pequeño, pudo recibir la mejor educación de la mano de los más estrictos tutores de Instántalor. No podía permitirse menos, era una persona ambiciosa que aspiraba a superar a su tía Minerva —Directora de la Torre de Skuchaín— y a sus hermanas Aurora —célebre alquimista— y Carmélida —también conocedora de la Alquimia  y virtuosa de las pociones que decidió tomar los hábitos y dedicar su vida al todopoderoso Titán. Motivado por su sentimiento de superación, decidió estudiar impromagia y erudición y logró ser el único estudiante en graduarse en las dos disciplinas. Había superado una de las metas más importantes de su vida, pero ahora había encontrado una mayor: sería el próximo archimago de la torre arcana. Trabajaba incansablemente día y noche para seguir superándose, con el objetivo de impresionar a Kórux, el actual archimago, y sucederle en el cargo. Cuando hacia unas semanas, recibió una llamada del propio Kórux su corazón latió de emoción y nerviosismo, esperando conocer los detalles de su nueva misión. Nunca había imaginado que sería enviado al Palacio de Ámbar y menos con la misión que se le había encomendado: cuidar a una niña junto a un pirata. 

—No estoy acostumbrada a que cuestionen mis decisiones —añadió la reina con una mirada firme—, pero sí. Necesito que cuidéis de ella y le enseñéis todo lo necesario para ser una digna princesa. Debe aprender a comportarse en la corte, entender la cultura general y manejar la diplomacia. Una princesa debe ser culta y educada, pero, sobre todo, astuta.

Ninguno de los dos entendía el encargo que les habían hecho y se sentían decepcionados al descubrir que su misión iba a ser cuidar de una muchacha. Pero, sobre todo, era el pirata el que no comprendía nada, por ello, se dirigió a la reina con voz dudosa y le preguntó:

—¿Qué le puede enseñar un corsario a la Infanta?  

Cristóforo era un apuesto e ingenioso filibustero, el hombre de confianza del famoso corsario Efraín Jacobs, tío de la reina de Isla Kalzaria. Disfrutaba de su despreocupada vida en el mar y los saqueos, aunque aún más lo hacía del ron. Lo que no esperaba es que un día volviendo de la faena su vida cambiaría para siempre. Tras atracar en la Nación Pirata, una misión estaba a punto de serle encomendada. Cuando todos los marineros se dirigieron como de costumbre a la taberna favorita de la reina Mairim para festejar su regreso y relatarle las extraordinarias aventuras que habían vivido, la mismísima monarca agarró a su capitán Efrain por el brazo y lo llevó directamente a su despacho. El tío de la reina pirata salió quince minutos después con una mueca de hartazgo en la cara y se dirigió hacia Cristóforo. Pidieron una jarra de ron y se pusieron a hablar en confianza. Su capitán le contó que la reina Melindres había escrito a Mairim para solicitar a alguien de apoyo para una misión primordial para la corona. Cristóforo, como buen segundo de abordo, obedeció y fue al Palacio de Ámbar a cumplir una misión para la reina de Calamburia. Aprovecharía también para ser los ojos del gran Capitán Jacobs en la corte. Lo que no esperaba era que tendría que convertirse en una niñera real.

—No me malinterpretéis —continuó la reina Melindres—, pero nadie mejor que un corsario para enseñarle a ser astuta y a detectar las intenciones ocultas de los demás. Con su imponente presencia y su vestido real de brocado dorado, observaba a los dos hombres con una mezcla de autoridad y esperanza. Su cabello castaño, adornado por la corona de ámbar que antaño portó la mismísima Urraca I, y sus ojos avellana destellaban con la determinación de una madre preocupada por el bienestar de su hija.

—Por supuesto, su majestad —dijo el erudito, que seguía sin creerse lo que estaba sucediendo.

—Pero no os preocupéis, mi hija es una joven muy dócil, un angelito. No tendréis problemas —añadió la reina con una sonrisa, aunque una chispa de duda brillaba en sus ojos.

Cristóforo, el corsario, asintió con una leve inclinación de cabeza, aceptando el encargo con la misma determinación que mostraba en la batalla. Sus ropas estaban adornadas con medallas y trofeos de sus numerosas aventuras en el mar, cada uno de ellos un testimonio de su astucia y valentía.

En ese momento apareció la dulce Zoraida en la sala del trono. Su mirada cándida conquistó de inmediato a sus nuevos tutores. La muchacha tenía la habilidad de enamorar a todo el que la conocía. Venía acompañada de Shuaila y Shuleyma.

—Su majestad —dijo Shuaila—, la infanta estaba rebuscando entre sus cosas. Había cogido su daga, la que le regaló nuestro padre sin permiso y puede ser peligroso. Sus cuidadores, el Corsario del Agua y el Erudito de los Libros, parecen que no son capaces de cuidar de unos niños pequeños.

—Disculpad a vuestra medio-sobrina, claramente corre la sangre nómada por las venas y tiene fascinación por las armas —dijo la reina Melindres con una leve sonrisa—. Qué bien que vengáis todos juntos —empezó a decir la reina satisfecha tras mirarlos a todos largamente—. Vuestras tías Shuaila y Shuleyma, hijas de vuestro abuelo, mi padre, el Escorpión de Basalto, han aprovechado su viaje hacia la Arboleda de Catch-Unsum para jurar lealtad a la corona en el palacio y acompañaros y protegeros en vuestro inminente viaje.

Los cinco jóvenes se miraron con asombro. ¿Se iban de viaje? ¿Con las hijas del escorpión?  ¿A dónde? A una indicación de la reina, bajó un criado con una pequeña bandeja de plata que contenía cinco cartas: una para cada uno de los trillizos, otra para Cristóforo y una última para Periandro. Los jóvenes estaban emocionados, todos sabían lo que aquello significaba: participarían en el VI Torneo de Calamburia. Pero Zoraida, más emocionada aún, brillaba con orgullo, pues esa misma mañana había derrotado a la temible bruja Defendra.