153 – UN SUEÑO ENLAZADO

Existen diferentes tipos de sueño. Hay sueños ligeros y sueños profundos; sueños recurrentes y premonitorios; sueños reparadores, sueños de grandeza y hasta sueños inconclusos… Pero el Sueño del Titán, al que la antigua magia de los elfos arrastró a todos los Calamburianos, fue un sueño entrelazado. Al igual que los hilos se entretejen en un lienzo, los sueños de los Calamburianos no tardaron en convertirse en una única urdimbre. Por ello —y muy a pesar de las buenas intenciones de Dandelion y Níniel—  las antiguas luchas entre luz y oscuridad  siguieron desarrollándose en el mundo onírico. 

En el sueño de Artemis Daeron…

Aquella mañana de sol, Artemis el trovador, estuvo ciertamente pletórico. Después de cantar su bellísima canción sobre la caída de la Oscuridad, la audiencia estalló en una sonora ovación. Llovían calamburos y flores recién cortadas. Vítores y aplausos desembocaron en una masa de campesinos portándolo en volandas como a un glorioso general del arte. Había alcanzado la mayor fama en vida que un trovador podía obtener, se había ganado un sitio en el Parnaso, un hueco en la cama de las mujeres más hermosas y ya nunca volvería a pasar hambre ni a…

De repente, mientras era portado en volandas, sintió como una de las manos que le sostenía se aferraba fuertemente a su muñeca. Intentó zafarse de forma instintiva pero no sirvió de nada. Reconocía aquella mano fría y su tacto áspero, como el de la mano de un hortelano, pero mucho más fuerte e implacable: era la mano del Eme, el impromago que se había dejado corromper por la oscuridad. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Cómo había entrado aquel perverso ser en su sueño de gloria?

—¡Suéltame, no puedes estar aquí, es mi sueño! —se revolvió Artemis mientras caía al suelo viendo cómo sus porteadores se desvanecían como un reflejo en el lago cuando un niño arroja una piedra.

—¿Creíais que ese hechizo de los elfos nos iba a detener? —dijo el mago con una media sonrisa—. Solo habéis ralentizado lo inevitable. Os mataremos uno a uno. Os encontraremos tranquilos y relajados, habitando vuestros hermosos sueños y os asesinaremos mientras dormís. 

Artemis, confiado, espetó:

—¡Este es mi sueño, maldito mago de pacotilla! ¡No puedes hacerme daño!

—Si supieras cuán equivocado estás… —susurró el mago mientras su sonrisa se tornaba una mueca macabra—. No olvides que el espíritu y la sabiduría de Theodus vive en mí. Conozco este antiguo hechizo de los elfos. A diferencia de los sueños de los mortales, que al morir despiertan en sus camas empapados en sudor, este hechizo separa la esencia del ser de su propio cuerpo. Si te mato aquí, tu alma nunca volverá a reunirse con tu pobre y triste carcasa mortal. Vagará perdida mientras tu cuerpo sigue dormido hasta perecer de inanición. Creéme, es peor que la muerte.

—¡Eme, eres un monstruo! —gritó el trovador desesperado mientras el resto de porteadores se desvanecían como si hubieran sido borrados por el agua que cae sobre un cuadro recién pintado.

—¿Monstruo? Es un halago viniendo de un ser tan claramente inferior —sonrió con un oscuro resplandor en la mirada—. Pero tú, mi querido trovador, morirás el último. Quiero que seas testigo de mi victoria definitiva y que cantes sobre ella. Harás una oda que vivirá eternamente. Como recompensa por tus servicios, vivirás un poco más que el resto.

Artemis trató de liberarse de la garra de Eme que le atenazaba, pero por más que luchaba no podía zafarse.

—No te resistas, vendrás conmigo y verás morir uno a uno a tus amiguitos.

—¿A dónde me llevas? —preguntó el trovador tembloroso mientras él y Eme se elevaban envueltos en un aura oscura.

—Nuestro siguiente destino es el Faro Partido, allí compondrán una loa a mi persona.

—¿Y qué deberé contar en ella?

—Cómo maté a los hermanos Flemer, por supuesto —dijo el mago relamiéndose como si ya paladeara su victoria—. Vamos, el tiempo apremia, no quiero que ninguno de mis compañeros llegue antes que yo.

En el sueño de las Guardianas…

Era un día corriente en el Inframundo Onírico, pero la Emperatriz estaba especialmente satisfecha. A través del cristal de su báculo, había visto un sueño ajeno. El sueño de un presuntuoso trovador acosado por un mago oscuro. Ahora sabía la verdad. Lo había oído por la boca del propio Eme. El Sueño del Titán era una ratonera en la que iba a atrapar a todas las presas que llevaban años resistiédose a su poder.

—¡Ventisca! —espetó Kashiri—, ha llegado la hora, este Sueño del Titán es una ocasión de oro para saldar viejas deudas con nuestros enemigos. Les mataremos para que nunca más despierten, ¿qué te parece?

—Precisamente ha llegado un cuervo de Aurobinda —informó la aisea desenrollando un pequeño mensaje—. Ella y los Consejeros sugieren coordinar nuestros planes para acabar con todos los héroes ahora que se encuentran aislados y distraídos. Nos convocan a un conciliábulo en Cuna de Oscuridad. De inmediato, dicen. Antes de que los elegidos del Titán, aún despiertos, consigan la esencia de la divinidad y nos lo impidan.

Kashiri rió mientras se revolvía divertida en su trono.

—¿Qué le contestamos a esa vieja bruja? —la apremió Ventisca levantando una ceja. Las risotadas de la Emperatriz del Inframundo le resultaban molestas. ¿Tenía que ser siempre tan ruidosa?

—Dile que sí, que ya vamos —respondió Kashiri sonriendo como un gato que acaba de atrapar a un ratón mientras acariciaba la punta de su báculo—. Pero quizás nos demoremos un poco por el camino.

—¿No vamos a ir directamente? —Ventisca no soportaba la forma que la Emperatriz tenía de dosificar la información.

—Digamos, mi pequeña y aburrida amiga —entonó paladeando sus palabras—, que haremos un alto en nuestro viaje para visitar a unos viejos amigos con los que me gustaría saldar una antigua deuda personalmente. Y no quiero que nadie se me adelante.

—Los hermanos Flemer…

—No discutiré con esa bruja por ver quién acaba con los inventores. ¡Son míos, es mi privilegio! ¡Y les odio!

Tras su breve estallido de ira se recompuso y volvió a sonreír con suficiencia.

—Los aplastaré de camino y serán meros daños colaterales. Me dan igual los planes de nuestros aliados. Pero, por supuesto, si no quieres venir conmigo, tampoco te necesito.

—Iré, —sentenció Ventisca que no se atrevía a dejar sola a la temperamental Emperatriz—, pero será mejor que te des prisa. Quiero acabar con esto cuanto antes. Tus vendetas personales me resultan aburridas.

Ambas alzaron el vuelo y se pusieron rumbo a su destino sin saber que era la última vez que la Emperatriz veía los muros de su palacio.

En el sueño de los inventores…

—Imagina las inconmensurables posibilidades tecnológicas que tiene este sueño, hermano —dijo Teslo dejándose llevar por el entusiasmo—. Podríamos, no solo reparar la máquina, sino llevar la tecnología de viajes en el tiempo un paso más allá. Según mis cálculos, nuestra máquina podría incluso rasgar el propio tejido del espacio tiempo viajando entre espacios multiversales.

—¿Pero la física permite esa clase de cosas? —se preguntó Katurian rascándose la barbilla.

—Claro, es un sueño  —apuntó Teslo estirando un cable como si fuera de goma—. ¡Podemos retorcer la física a nuestro antojo!

—¡Bien visto, hermano! —añadió Katurian soldando un circuito con el calor de sus propias manos—. Seguro que las fuerzas de la oscuridad no se lo esperan. Este es el mundo de nuestra imaginación y nuestra imaginación… ¡no conoce límites! —sonrió Katurian Flemer poniéndose las gafas protectoras, ya que, incluso en los sueños, un hombre de ciencia debe ser precavido.

—Aún podríamos ir más allá —anunció Teslo con los ojos muy abiertos como contemplando una realidad futura que se le resistía—. Podríamos viajar hasta el espacio intermedio que separa los multiversos.

—¡Yo aún diría más! —añadió su hermano conectando con su inspiración—, podríamos ir más allá de todo espacio y todo tiempo, donde solo se extiende el Vacío. De hecho, podríamos…

—¡Idea! —gritó Teslo entusiasmado—. ¿Estás pensando lo mismo que yo hermano?

Se miraron emocionados, casi con lágrimas en los ojos.

—¡Claro que sí! Podemos arrastrar al enemigo a un limbo atemporal… —comenzó a formular Katurian.

—…un vacío en mitad de la nada. El páramo que se extiende después del tiempo. —prosiguió Teslo.

—Podemos atraparles en el vacío… —susurró Katurian.

—¡Para siempre! —gritaron los dos Flemer al unísono.

Saltaron de alegría y celebraron la infalible e imaginativa belleza de su plan.

—¡Eres un genio! —celebró Teslo.

—No sería nada sin mi hermano favorito —matizó Katurian poniéndole la mano sobre el hombro—. Todo esto tiene sentido porque tú estás conmigo. 

Se miraron largamente, con una amplia sonrisa, pensando en un solo instante en todas las aventuras que habían vivido juntos, hasta que una alarma interrumpió tan fraternal momento.

—¡Oh, no es el detector de energía oscura! —lanzó Teslo llevándose las manos a la cabeza.

—¡Hay que darse prisa! —concluyó Katurian mientras apretaba los tornillos de la máquina haciendo girar el dedo de un modo que desafiaba oníricamente a la física más elemental—. El enemigo se acerca y hay que estar preparados.


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