232 – SALVAR EL MULTIVERSO I/09

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 09 DE CALAMBURIA

Las luces parpadeantes de la estación comercial anfibia de Penaurilia reflejaban su brillo sobre las aguas oscuras, creando un mosaico de destellos temblorosos. Katurian 09, conocido por sus allegados como Kurian, el domador de cables, observaba el ir y venir de los barcos que atracaban en el puerto, cargados de mercancías y chismes provenientes de todas las partes del vasto reino en el que se había convertido Calamburia.

Tras el ascenso al trono de Sancho I, el emprendedor, la civilización había alcanzado el siguiente estadio de evolución. El poderoso y intrépido hijo de Urraca había logrado domeñar a los salvajes y hacerse con toda la prolita; luego, tras controlar por fin todo el continente, decidió extender sus dominios más allá del mar. Primero puso sus audaces ojos sobre Kalzaria, que fue tomada de las manos de los levantiscos piratas a sangre y fuego; luego cayó Aurantaquía, que fue anexionada con la ayuda de la prolita y la impromagia. Lo siguiente fue llevar su sueño aún más allá y el visionario monarca comenzó expediciones náuticas que descubrieron tierras remotas llenas de recursos hasta ahora desconocidos. Pero era difícil para la corona controlar un reino tan extenso y las revueltas se sucedían sin que Sancho fuera capaz de aplacarlas todas.

En este punto entraron los hermanos Flemer. Contando con el apoyo incondicional del tesoro de la corona, los inventores desarrollaron una nueva magia tecnológica llamada electricidad, capaz de producir luz y de conducir energía a través de cables de prolita trenzada con cobre. Todo parecía marchar sobre ruedas cuando un accidente que se produjo en el taller una noche de lluvia acabó con la vida de Tesla Flemer. La brillante hermana de Kurian murió electrocutada demostrando que el progreso era en realidad una hoja de doble filo: capaz de lo mejor y de lo peor. Pero el inventor, lejos de abandonarse en brazos del dolor, pasó día y noche en su taller tratando de descubrir innovadoras aplicaciones para la nueva electricidad. Así fue como inventó el Katuriégrafo, un instrumento que revolucionó las comunicaciones del nuevo mundo expandido, conectándolo para siempre e introduciéndolo en una nueva era de desarrollo capaz de desafiar el espacio tiempo. En agradecimiento, la corona le nombró sabio de la corte y el propio rey Sancho lo convirtió en su consejero.

Kurian suspiró al recordar a Tesla. Se adentró con paso firme en los laberínticos canales de Penaurilia donde las casas-barco flotantes se entrelazaban con las sumergidas chozas de nácar y algas de los tritones que se adherían a los cascos de las naves bajo el agua. Se trataba de una ciudad anfibia que había surgido fruto del comercio y que poseía un doble plano, uno de calles y pasarelas sobre el mar y otro de caminos y construcciones bajo el agua. Kurian avanzó dejando atrás el mercado anfibio donde los marineros calamburianos intercambiaban sus mercancías a cambio de conchas y pescado con los comerciantes submarinos. El aire húmedo y salado impregnaba sus pulmones, y el sonido del agua chapoteando contra los cascos de los barcos resonaba en sus oídos. 

Finalmente, el inventor llegó a la Estación Central del Katuriégrafo, un edificio imponente de metal y cristal que se alzaba sobre el agua como un inmenso faro tecnológico. Los hilos del Katuriégrafo salían de la torre en todas direcciones. La estación de Penaurilia era un importante nodo en mitad de del mar por el que pasaban todas las comunicaciones: era la columna vertebral del sistema de comunicaciones. Si no lograba reparar el problema pronto, las colonias exteriores quedarían incomunicadas, y el rey Sancho bien sabía lo que eso significaba. Por eso le había mandado a él, su propio consejero y mejor científico a reparar el nodo personalmente. Entró en la estación y encontró a Hernand Delohan, el viejo capitán, que custodiaba el puesto con un destacamentos de Hombres del Rey.

—¡Oh, por fin! —exclamó el soldado visiblemente aliviado—. Temíamos que se hubieran olvidado de nosotros.

—Me manda su majestad en persona, me haré cargo de la reparación. ¿Qué ha sucedido? —preguntó Kurian mientras sacaba su caja de herramientas y empezaba a examinar las conexiones.

—Tememos que haya sido un sabotaje —expuso Hernán—. Quizás el Pez Volador haya vuelto a actuar, esos terroristas atacan de noche cuando nadie les ve. 

—¿Qué puede esperarse de esos medio-peces? —masculló el joven Guy Leblanc escupiendo en el suelo con desprecio mientras mostraba su brazo amputado—. Los tritones son tan incapaces como los salvajes de agradecer todo lo que les hemos dado. ¡Ellos me hicieron esto!

—No se preocupen —se apresuró a calmarles el inventor—, detectaré el problema antes de que… —y entonces sonó el molesto pitido de la KAT-Señal.

—¿Qué es ese ruido, nos atacan? —rugió Hernand Delohan

—¡Oh, no! ¡Ahora no, anciano del demonio! Tiene muchos donde pero ninguno es el de la oportunidad —se lamentó mirando la intermitente luz de la señal—. Tengo a media civilización incomunicada. 

—¿Cómo? ¿Se marcha? —preguntaron confusos los Hombres del Rey.

—Me temo que así es —dijo sacando su máquina del tiempo de bolsillo y apretando varios botones—. Espero que sea importante y que realmente no pueda esperar, Katurian. Sino me vas a oír, ¡como que me llamo Katurian!

Y desapareció ante la atónita mirada de los soldados.

231 – ENTRE CALLEJONES Y AZOTEAS

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ENTRE CALLEJONES Y AZOTEAS

La misión estaba clara. O eso es lo que pensaba Drawets mientras vestía y aleccionaba a sus dos vástagos. A pesar de que el callejón de Ida y Vuelta les proporcionaba la única intimidad que encontrarían en todo Instántalor, Drawets sabía que sus pequeños comenzaban a ser conocidos por sus travesuras en los bajos fondos de la ciudad. De hecho, había llegado a sus oídos que Gorrión se había ganado el respeto entre los aguerridos niños de Instántalor. No eran pocas las veces que había regresado magullado tras una afrenta con la banda de los Peces de Plata, formada por los niños abandonados del puerto, o los Perfumados, compuesta por los hijos de las meretrices de la capital. Sin embargo, Gorrión jamás perdió ninguna de sus batallas y siempre volvía con mechones de pelo y dientes picados por la hambruna de sus adversarios. Tenía la costumbre de sumarlos a su particular botín, vanagloriándose entre la banda de los Manos Largas, de la que no tardó en convertirse en líder.

Tinín, por su parte, había heredado la picaresca de pocas luces de su madre Laurencia. El hecho de que sus padres fueran, a su vez, hermanos, también le había dejado otra herencia que explotaba con gracia a cambio de unos cuantos calamburos en los tugurios donde se conseguía colar gracias a sus escurridizas habilidades.

No obstante, en aquella misión no tenían cabida las ostentaciones a las que los niños acostumbraban. Drawets había esperado a los diez años de Gorrión para concederle el honor de enfrentar una misión contra la mismísima Santa Hermandad. Ese oscuro trío perseguía las costumbres y vicios a los que no estaba dispuesto a renunciar y amenazaba con ensuciar la reputación que tanto le había costado recuperar para con el Titán. Había llegado el momento de quitarles poder, pero no era tan temerario como para inmolarse enfrentándose él mismo a la maquiavélica tríada. El Día del Descenso era, sin duda, la única ocasión para asaltar a Carmélida, la segunda hermana, mientras se dirigía junto a la pequeña Efélide a ultimar los preparativos de la ceremonia que presidiría Inocencio I. Drawets sabía que Clemente, el primer hermano, no solía ensuciarse las manos en tan míseros menesteres ni entremezclarse con la impía muchedumbre que abarrotaba la plaza. Tinín y Gorrión pasarían inadvertidos si cumplían con el plan que llevaba tejiendo desde hacía tanto tiempo.

—Gorrión, escúchame —balbuceaba su padre—. Hoy, más que nunca, serás el hijo que siempre he querido que seas. Recógete bien el pelo y vigila los andares. Haz que tu padre se enorgullezca de ti. He esperado diez años a este momento y no se me ocurren mejores manos en las que depositar mi destino que las tuyas.

—¡Jo papá, que soy una niña! —replicó quejumbrosa Gorrión a la que por alguna extraña razón su padre se empeñaba en vestir siempre con ropas masculinas.

—Tú serás lo que yo te diga, que para algo soy tu padre y sé más de la vida que tú —replicó Drawets chupándose el dedo y limpiándole la mejilla en la que la pequeña tenía una mancha de hollín.

—¡Oye, papá! —se apresuró a interrumpir Tinín—. ¡Me prometizte que tendría un papel zúper importante en ezta mizión! ¿Acazo no zoy tu hijo favorito?

—Por supuesto, Tinín. Tienes la labor más importante de todas. Proteger a tu hermano… en la distancia. Supervisar la tarea secundaria sin hacer absolutamente nada es lo realmente valiente, ¿sabes? Recuerda, sin hacer absolutamente nada… —lo consolaba, mientras Tinín celebraba semejante honor haciéndole una pedorreta a Gorrión.

—¡Entoncez zacaré mi tirachinaz y dizpararé contra eza vieja revenida! ¿Puedo? ¿Puedo?

—No, Tinín. ¡No! Mira, harás uso de tu única habilidad: enseñar la cola.

—Pero papá… Ya me ha vizto la cola todo Inztántalor. Ya no le zorprenderá a nadie… —sollozó el pequeño pícaro.

—¡Menos rechistar y más enseñar la cola, hijo! Tras esta misión, ya te enseñaré más trucos, pero en esta ocasión es de vital importancia que no te entrometas en el cometido de tu hermano.

—¡Hermana! —se quejó Gorrión cruzando los brazos y apretando los labios.

—¡Ay, Laurencia! Menudo sambenito me has dejado. ¡Lo bien que estaría yo entre jarras de cerveza y vino y tú aquí aguantando a estos dos!

Drawets miró hacia el cielo y se percató de que el sol ya comenzaba a caer sobre la Comarca de Azarcón.

—Niños, se hace tarde. Apresuraos o perderemos la oportunidad de prosperar y salir de esta miseria. Hacedme caso y prometo recompensaros algún día —consolaba el pícaro a los pequeños mientras les limpiaba las lágrimas y la suciedad del rostro y aprovechaba para dibujarle un bigote a Gorrión con sus dedos impregnados de tizón —. Hija… —comenzó a decir Drawets, pero se corrigió inmediatamnete—. Quería decir “hijo”. Recuerda, Carmélida siempre lleva el aplastapulgares en su saca de dinero. Arrebátaselo y tráeselo a tu padre. Nos servirá de trofeo para demostrarle al pueblo que la Santa Hermandad no es invencible. ¡Hijos, seréis el emblema de la revolución! ¡El Señor de las Azoteas y… bueno, el Niño con cola de cerdo!

A pesar de que Drawets sabía que toda esta misión partía de la necesidad de salvar su propio pescuezo, no pudo evitar emocionarse a medida que despedía a aquellos dos ladronzuelos que comenzaba a ver con los ojos húmedos del padre orgulloso que nunca había creído ser. Por primera vez, vislumbró en ellos un atisbo de esperanza no solo para su egoísta redención, sino también para la revolución que el pueblo tanto necesitaba.

Y en ese momento, Drawets recordó cómo años atrás había recibido con sorna la noticia de que su hermana Laurencia estaba embarazada. También recordó cómo recibió con una curiosa mezcla de estupor y orgullo la segunda noticia: el niño era suyo. La tercera noticia llegó muchos meses más tarde, cuando cogió entre sus brazos a un hermoso bebé con cola de cerdo. ¿Habrían sido castigados por el pecado cometido al fornicar entre hermanos ante los ojos del Titán Oscuro? ¿Habría sido fruto del nefasto augurio de la Sacerdotisa Elemental por haber profanado su sagrado Templo? ¿No habría prestado acaso suficiente atención a los antojos de su hermana durante el embarazo? Al principio se horrorizó, pero no tardó en ver las enormes posibilidades comerciales de aquel fenómeno.

El origen de Gorrión fue, si cabe, aún más inesperado. A menudo le venía a la cabeza cómo aquel corsario trató de cortarle la mano como deuda de juego pero finalmente le perdonó a cambio de aceptar un paquete sin hacer preguntas. Aceptó, pues no le quedaba otra opción. Si se trataba de mercancía robada, se desharía de ella con facilidad: era tan bueno burlando a la autoridad como Laurencia haciendo desaparecer las botellas ajenas. Cuando el fardo empezó a llorar, el pícaro se percató del engaño del que había sido víctima. Lo primero que pensó fue en abandonar al bebé en el portal de cualquier casa rica, y lo intentó dos veces. Pero ese llanto y aquellos ojitos tristes y desamparados ablandaron el corazón de Drawets. “Mañana me deshago del bebé…”, se mentía a sí mismo y a Laurencia cada vez que lo intentaba. Finalmente acabó por querer a ese retoño que resultó ser una dulce niña. Sin embargo, a fin de protegerla de los males que acechaban a las mujeres de clase baja, decidió educarla como un niño. Drawets suspiró como un padre orgulloso. Para no haber deseado nunca tener una familia de verdad, estaba bastante satisfecho de la que había logrado construir. Salvo por Laurencia… hacía semanas que no sabía nada de Laurencia.

Ya envalentonados, los niños pícaros se apresuraron hacia la plaza en busca de la Segunda y Tercera Hermana. Aquel día, estaba más abarrotada que nunca. La visita de Inocencio suponía un evento sin parangón e Instántalor abría sus puertas a todas las personalidades del reino. El pueblo lo sabía y nuestros dos protagonistas no tardaron en percatarse, cuando vieron a los pequeños ladronzuelos de la banda de los Perfumados haciendo alarde de sus viejos trucos de distracción mientras otro de ellos vaciaba las hinchadas bolsas de los forasteros. Gorrión no tardó en ser diana de los guijarros que le lanzaban sus rivales. Se remangó y se dirigió hacia ellos decidido a darles su merecido, pero Tinín fue más rápido en retenerla y recordarle la verdadera misión que tenían entre manos. Se subió sobre los hombros de su hermana, como solía hacer para disimular su corta estatura y, rápidamente, vislumbró la cofia de Carmélida en la lejanía, junto a la gran estatua con forma de C que presidía el centro de la plaza. Agarró a Gorrión del brazo y la arrastró entre la multitud hasta llegar a la altura donde se encontraban las hermanas. La adrenalina hizo que Tinín no fuera consciente de lo magullada que llegaba su hermana y se vio frente a su objetivo acompañado de alguien que no era más que un muñeco de trapo. ¿Y ahora, qué? Era su momento. Si Gorrión no estaba en disposición, él mismo se encargaría de llevar a cabo el cometido que su padre les había encomendado. Dejándose llevar por ese repentino impulso, soltó el brazo de su hermana y, con gran destreza, le arrebató la saca a Carmélida y salió huyendo. Antes de que el niño se escabullera y se difuminara entre la multitud, la segunda hermana vio una pequeña cola de cerdo asomando de la rabadilla de aquel pequeño bribón. No estaba dispuesta a reconocer ante el primer hermano que un niño le había arrebatado su bien más preciado, el aplastapulgares que tanto temor había infundido entre los infieles a los que no dudaba en mutilar, así que dejó atrás a su aprendiz y se lanzó en busca de aquel niño deforme.

Gorrión pudo incorporarse a duras penas. Otra vez se había roto los pantalones y tendría que recurrir a las meretrices para que se los arreglaran. Por suerte, se las tenía bien ganadas, a cambio de ser el mensajero personal entre el burdel y los discretos y asiduos burgueses.

Su hermano se había aprovechado de su breve momento de debilidad y le había robado la oportunidad de ganarse el favor de su padre. ¡Y en el día de su décimo cumpleaños! Al levantarse del suelo, se encontró con la mirada de una asustada Efélide, la Segunda Hermana, que, aunque desconcertada, no dudó en acercarse a socorrerla. Cuando estaba a dos pasos de Gorrión, otra mujer llamó su atención y se la llevó. Las dos niñas cruzaron una última mirada y fue en ese momento cuando a Gorrión le invadió un dolor inexplicable en la mano que acabó por recorrer fulminantemente todo su cuerpo hasta caer inconsciente.

—¡Gorrión! ¡Gorrión! —Tinín gritaba desesperado mientras su hermana conseguía entreabrir los ojos. Había conseguido a duras penas trepar hasta una azotea con su hermana amarrada al cinturón que había heredado de su padre. Allí, estarían a resguardo de la batida que, de seguro, la Santa Hermandad habría ordenado ya.

—Tinín… ¿Qué…? ¿Qué ha pasado?

—¡Ezo digo yo! ¡Te haz perdido la proeza! ¡Mira lo que tengo! —presumía Tinín, tintineando la saca llena de calamburos.

—¡Idiota! ¡Eso me pertenece! —le recriminó Gorrión visiblemente recuperada—. ¡Me lo has quitado delante de mis ojos!

—¡De ezo nada! Te haz azuztado en el último momento y te haz hecho la dormida…

—¿Cómo te atreves? ¡Me has arrastrado por toda la plaza como a un conejo! —se quejó mientras palpaba sus moratones—. Además, no sé qué ha pasado. En cuanto me he levantado, he visto a esa niña y me ha entrado un dolor horrible en la mano y no recuerdo nada más…

—Déjame ver. Ya zabez que zoy tu hermano mayor y eztoy aquí para protegerte. Ze lo he prometido a papá… —asumió Tinín, autoconvenciéndose de su rol protector en esta dupla.

Cogió suavemente la mano de su hermano y la extendió hacia la torre de la Catedral del titán, donde el sol ya lanzaba sus últimos rayos. Su mano ardía como el fuego y, de repente, una intensa y cálida luz roja brotó del rubí del anillo de Gorrión. La niña volvió a caer, retorciéndose de dolor, envuelta en un grito desgarrador.

—¡Gorrión! ¿Qué eztá pazando? ¿Qué te paza? —balbuceaba entre lágrimas Tinín, que ya no podía seguir ocultando el miedo que sentía.

—¡Mi hombro, me quema! —logró acusar Gorrión, mientras arrancaba las costuras de su camisola para dejarlo al descubierto.

La cara de Tinín al verlo consiguió asustarla aún más. No sabía qué quería decir la expresión que había invadido el rostro de su hermano, pero pudo ver en sus ojos vidriosos una forma que no acertaba a concretar, pero con un fuerte fulgor rojizo.

—¿Qué? ¿Qué es? ¿Qué tengo en la piel?

—Gorrión… —Tinín no encontraba las palabras—. Ezpero que cuando te lo cuente no te tenga que volver a rezcatar como buen hermano mayor que zoy, porque…

—¡Qué pesado! ¡Dime ya qué tengo! —le apremió Gorrión, propinándole una colleja certera.

—¡Au! —se quejó el pequeño—. Guárdate ezaz fuerzaz porque laz vaz a necezitar. ¡Haz zido convocada al Torneo de Calamburia!

Tinín estaba tan emocionado que no cayó en la cuenta de que esa invitación había recaído en su hermana y no en él. Mientras ella le miraba incrédula ante tal sorpresa, Tinín fue siendo más consciente de que su nombre nunca llegaría a pisar la árboleda de Catch-Unsum.

Mientras se recuperaba de semejante vaivén de emociones en tan poco tiempo, Gorrión comprobó cómo la cara de su hermano se estremecía de pena y no lo dudó:

—Espero que ese tirachinas esté bien cargado porque, hermanito, ¡tú te vienes conmigo! ¡Vamos a ganar ese torneo y a demostrarle a papá lo fuertes y mayores que somos! ¡Aquí empieza nuestra revolución!

230 – SUSURROS EN LA PENUMBRA

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SUSURROS EN LA PENUMBRA

El Bosque Perdido de la Desconexión no era un lugar para los desprevenidos ni para los débiles de espíritu. Su misma esencia parecía desgarrar el velo de la realidad, distorsionando el tiempo y el espacio, obligando a los viajeros a caminar en círculos hasta que la fatiga y la desesperación se convirtieran en su única compañía. Antaño morada de los Elfos Primigenios, el bosque guardaba aún el eco de sus susurros en las hojas y la sombra de su antigua magia se aferraba a cada raíz retorcida y a cada brisa espectral que serpenteaba entre los troncos.

A la luz mortecina de la luna, apenas un reflejo sobre la niebla espesa, Sámara, la Encantadora de Cuerpos, se hallaba en el corazón del bosque. Era una joven zíngara, de cabellera castaña y larga, suelta y enmarañada por la brisa, con mechones iluminados por la pálida luz lunar. Sus ojos oscuros, repletos de misterio, escondían la astucia de los Zíngaros y su piel, bañada por la claridad de la noche, resplandecía con un aura casi irreal. Movía su cuerpo con la gracia de una danzarina, cada gesto era un hechizo silencioso, cada respiración, una invitación al olvido.

En sus manos, su pandereta en forma de alargada vara de madera negra vibraba con un pulso que no era suyo, sino de la misma tierra, como si su esencia estuviera entrelazada con la de aquel lugar prohibido. La madera, pulida por los años, era más que un simple instrumento: era un fragmento de un árbol que había nacido en una era olvidada, el último refugio de un elfo condenado, su espíritu aprisionado en la savia seca que aún susurraba bajo la yema de los dedos de Sámara.

Frente a ella, un hombre yacía tendido sobre la hierba húmeda. El poder de la pandereta había surtido efecto, dejándolo petrificado, atrapado en su propio cuerpo como un insecto en ámbar. No era un simple viajero ni un desdichado extraviado en la espesura. Era un impromago. Lo supo al instante, pues su varita rodó a su lado con la inercia de la caída, pero lo confirmó cuando la tenue luz de la luna reveló una marca en su frente.

Una señal idéntica a la que ardía en la piel de Sámara.

Ella no lo sabía, pero era una marca arcana, el sello de los nacidos con el don de la magia.

Las leyes de Calamburia eran claras: todo aquel que naciera con la marca debía ser llevado de inmediato a la Torre Arkhana, donde los eruditos del arcano forjaban a los futuros guardianes de la magia. Sin embargo, con Amunet en el trono, el equilibrio de poder había cambiado. Antes, los impromagos habían dominado la selección de los nacidos con la marca, asegurándose de que ningún talento quedara fuera de la Torre. Pero ahora su autoridad se había debilitado. El Sitio del Bosque de la Desconexión había desangrado sus fuerzas y la guerra mágica en la que estaban sumidos había reducido drásticamente su capacidad de reclutar nuevos adeptos. Mientras los impromagos combatían en los frentes de la resistencia, los Zíngaros habían aprovechado la oportunidad para mantener a sus marcados dentro de su propio linaje, enseñándoles su propia forma de magia, lejos de la Torre.

Así, los nacidos con la marca crecían en los secretos de su pueblo, en el arte del engaño, la danza hipnótica y la voluntad forjada en los susurros de la noche, perfeccionando su poder al servicio de la Oscuridad. A diferencia de los impromagos, no empuñaban varita, lo que hacía más difícil canalizar su magia, pero a cambio desarrollaban un dominio que no seguía las leyes de la Torre Arkhana.

Su poder no provenía de conjuros meticulosos ni de la teoría académica, sino de la Oscuridad misma, de la naturaleza y de la savia élfica que latía en el bosque. Su magia era orgánica, instintiva, tejiendo sombras, manipulando voluntades y moldeando la realidad con la esencia primigenia del mundo.

No había conjuros escritos. Solo la voluntad. Solo la magia primigenia y su nexo con la Oscuridad.

Un crujido rasgó el silencio.

Sámara bajó la mirada al impromago caído. Su pecho se agitaba con dificultad, pero aún no estaba completamente inconsciente. No podía permitirse fallar. No podía defraudar a su madre.

Con un movimiento fluido, se irguió sobre él, oscilando levemente su cuerpo en un vaivén hipnótico. Alzó la pandereta-vara y la hizo girar en el aire. Las hojas secas que alfombraban el suelo se elevaron, girando a su alrededor como una danza encantada. Su voz, apenas un susurro, se filtró entre los árboles.

—Descansa… ríndete a la noche…

El impromago parpadeó. Su mirada, antes aguda y alerta, se tornó confusa, perdida en el brillo hipnótico de los ojos de Sámara. Sus labios se entreabrieron, como si intentara articular una respuesta, pero no hubo sonido. La fatiga pesó sobre sus párpados, su voluntad se quebró.

No podía resistirse.

Sámara siguió danzando con lentitud, su vestido oscuro ondeando a su alrededor como una sombra líquida. La marca en su frente comenzó a arder con un fulgor tenue. La magia del impromago se filtró en su piel como un aliento cálido, recorriendo sus venas con una fuerza sutil, etérea. Por un instante, su cuerpo vibró con la energía ajena, absorbiéndola como la tierra seca bebe la primera lluvia.

El impromago jadeó, su aliento entrecortado en un último suspiro. Su cuerpo, casi vencido, se desplomó como una marioneta sin hilos.

El silencio se espesó a su alrededor, hasta que un sonido sutil lo quebró. Un paso, leve, medido. Un roce en la maleza. Un movimiento en la penumbra.

Sámara no necesitó girarse para saber quién era. Su piel se erizó con un escalofrío involuntario.

Una voz familiar se deslizó entre los árboles, afilada como la hoja de un puñal.

—Te demoras demasiado, hermanita.

Y entonces, la daga se hundió.

La hoja descendió con la precisión de un cazador experimentado, hundiéndose con un sonido sordo en la carne aún tibia del impromago. No hubo gritos. No hubo resistencia. Solo un estremecimiento seco, un cuerpo que se arqueó un instante antes de exhalar su último aliento.

Sámara vio la sangre manchar la tierra oscura, un rojo que se fundió con la negrura del suelo y desapareció, como si el bosque mismo lo reclamara.

Pero no fue la muerte lo que la perturbó. Fue la frialdad en los ojos de su hermano, la exactitud con la que inclinó la hoja dentro del cuerpo, el giro sutil de su muñeca que aseguraba que el alma del impromago no tendría manera de volver.

Arnaldo limpió la daga en la túnica de su víctima, con la calma de quien simplemente concluye una tarea más.

—Déjalo ir, Sámara. —murmuró con voz baja, carente de emoción, sin mirarla siquiera—. No merece más de lo que ya le hemos tomado.

El cuerpo del impromago quedó inerte. La luna, indiferente, siguió derramando su luz sobre el bosque.

Arnaldo, el Filo de la Medianoche, emergió de entre las sombras con la precisión de un depredador acechante. Era moreno, de cabello corto y espeso, con un cuerpo fornido y músculos curtidos por el combate. Pero su mayor arma no era su fuerza, sino su rapidez letal. Sus movimientos eran fluidos, calculados, como si cada paso estuviera dictado por un instinto depurado en la caza.

Su rostro, enmarcado por una barba bien recortada, lucía duro y anguloso, con ojos oscuros y afilados, repletos de un fulgor inquietante, como brasas consumiendo las sombras. Astucia y peligro latían en su mirada, una combinación que lo hacía tan temido como respetado entre los suyos.

Vestía ropas zíngaras de sedas y telas ligeras, con tonos profundos de azul y verde, colores que parecían fundirse con la penumbra del bosque. Un turbante de seda turquesa ceñía su cabeza, atravesado por una banda de ámbar intenso, un vestigio de sus lazos con el linaje de su madre. Brazaletes de cuero y hebillas de metal adornaban sus muñecas, testigos de las incontables dagas que ocultaba entre sus ropajes. En su cintura, colgaba una daga ancestral de filo curvo, cuyo reflejo danzaba con un leve resplandor fantasmal cuando la luz de la luna la tocaba.

Se agachó con fluidez, recogiendo el pergamino que el impromago había dejado caer en su agonía. Sus dedos, firmes y seguros, recorrieron el sello con reverencia, antes de desenrollarlo lo justo para entrever su contenido.

Un destello de satisfacción cruzó su rostro.

Madre estaría complacida.

Por fin, había hecho algo bien.

Pero Sámara no lo escuchaba. Algo más había reclamado su atención, algo que vibraba con una presencia distinta, como un eco olvidado que emergía de las sombras del tiempo.

Se arrodilló junto al impromago y deslizó las manos por la túnica empapada de rocío, explorando los pliegues con una inquietud creciente. Sus dedos, diestros en el arte del hurto y la percepción, encontraron la resistencia de un objeto ajeno al cuerpo del mago, algo sólido, encerrado en el cuero curtido de un libro.

Lo extrajo con cuidado, sintiendo el peso del conocimiento impreso en sus páginas. El tacto del lomo era áspero, marcado por cicatrices de tiempo y uso. Pero lo que más la perturbó fue el leve calor que parecía emanar de su interior, una tibieza extraña, como si aquel grimorio aún respirara.

Un grimorio.

El corazón le dio un vuelco.

Con dedos temblorosos, lo giró. Las runas talladas en la portada parecían vibrar bajo la yema de sus dedos, como si reconocieran su contacto.

«Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis».

Sámara entrecerró los ojos, recorriendo cada trazo, cada símbolo, cada pulsación mágica que latía en aquella encuadernación desgastada. Pero su mirada se detuvo en la base del cuero, donde un nombre, trazado con pulso firme y elegante, destacaba con la nitidez de una cicatriz imborrable.

Ailfrid —susurró.

El nombre escapó de sus labios antes de que su mente pudiera siquiera procesarlo. Como si no fuera ella quien lo pronunciaba, sino algo más antiguo, algo enterrado en la raíz misma de su ser.

El aire se tornó denso. Su pulso se desbocó.

Aquel nombre no significaba nada para ella. Y,, sin embargo, lo sintió en lo más profundo de sus entrañas. Un estremecimiento recorrió su piel.

La bruma se agitó levemente, como si se apartara para dar paso a algo más grande que la misma noche, como si la espesura del bosque, con su maraña de raíces y susurros atrapados en la corteza de los árboles, reconociera la llegada de una presencia que no podía ser ignorada. Y entonces, emergiendo del velo etéreo que cubría la maleza como un sudario, apareció ella.

Kálima, la Implacable, la Matriarca de los Zíngaros, avanzó con la solemnidad de un juicio ya dictado, con la certeza de una sentencia que no admite apelaciones, con la autoridad de quienes llevan el peso de generaciones sobre sus hombros y, sin embargo, no vacilan en cumplir su deber. Su silueta, oscura y majestuosa, se delineó contra la penumbra del bosque y con cada paso que daba, la tierra misma parecía inclinarse en su dirección, no por temor, sino por la inevitable gravedad de su presencia.

Vestía con la sobriedad de una reina sin trono, envuelta en sedas oscuras que se ceñían a su cuerpo con la naturalidad de quien no necesita adornos superfluos, pues su sola existencia bastaba para infundir respeto. Un pañuelo azul verdoso, atado con la firmeza de una promesa que no podía ser rota, recogía su cabello liso y castaño y en sus muñecas y cuello, brazales y collares de plata trenzada no eran meros adornos, sino testigos silenciosos de su linaje, de la historia que la había forjado, de la memoria de aquellas que la precedieron y cuya sangre aún latía en la suya.

Pero lo más imponente en ella no era su porte ni su mirada insondable, sino el objeto que sostenía en su mano, cuya presencia no solo la distinguía como la líder de su pueblo, sino como la heredera de un legado que se extendía más allá de la vida y la muerte.

Su pandereta en forma de luna resplandecía con un brillo opaco, un fulgor que no buscaba deslumbrar, sino recordar su verdadero poder, el que yacía en lo profundo de su madera antigua, en la esencia de cada matriarca que la había sostenido antes que ella. No era como la de Sámara, no podía serlo, pues esta era única, forjada no solo con habilidad, sino con sacrificio.

Sin pronunciar palabra, Kálima extendió la mano y tomó el pergamino que Arnaldo sostenía.

Pero antes de mirarlo, alzó la vista y sus ojos oscuros, insondables, se clavaron en los de su hija. Su semblante permaneció imperturbable, pero un matiz imperceptible cruzó su expresión por un instante. Algo no estaba bien.

La marca arcana de Sámara emanaba demasiada energía de luz.

El brillo en su piel no era natural, era un reflejo sutil, apenas perceptible, pero Kálima lo vio.

Y no le gustó.

Apretó los labios, como si sellara una pregunta que quedaría pendiente para otro momento y entonces desvió la mirada hacia el pergamino que tenía entre los dedos.

—La misión sigue su curso. —sentenció con voz firme, dejando que el eco de sus palabras se expandiera entre los árboles, un recordatorio de que no había desviaciones posibles en el camino trazado.

El bosque entero pareció contener el aliento, como si incluso las sombras aguardaran su veredicto.

—Amunet busca a las hijas de Elora y Rodrigo VII. La sangre de los Rodrigo no debe volver a reclamar su lugar. Toda misiva que pretenda salvarlas debe ser interceptada. No debemos fallar. —declaró, con la certeza de quien no permite que la duda eche raíces.

El silencio que siguió a su afirmación fue más denso que la bruma que los rodeaba. Sámara sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho, cada golpe un tambor de advertencia.

—Un pirata de Kalzaria lo ha confirmado. Las niñas nacieron vivas. Este mensaje es la prueba final que necesitábamos. —añadió Kálima, con la gravedad de quien anuncia la última pieza de un destino que ya ha sido escrito.

Exhaló lentamente, con la solemnidad de quien carga con el destino de muchos.

—La Emperatriz Tenebrosa estará complacida con esta información. —afirmó, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre todos los presentes.

Entonces, su mirada se posó en Arnaldo y con la misma frialdad con la que impartía órdenes, con la misma calma con la que decidía el curso de la historia, pronunció su veredicto.

—Y diré que el mérito es tuyo, Arnaldo. —dijo con firmeza, sus ojos evaluándolo con la precisión de quien mide el filo de una espada antes de enviarla al combate.

Arnaldo parpadeó, como si por un instante no estuviera seguro de haber escuchado bien. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra escapó. Durante años, había esperado aquel reconocimiento y ahora que lo tenía frente a él, no supo cómo recibirlo.

El orgullo hinchó su pecho, la sensación de triunfo le recorrió la piel como un escalofrío eléctrico, pero algo en el tono de su madre, en su fría neutralidad, le hizo dudar.

¿Era un elogio real?

¿O simplemente una constatación de que había cumplido su papel?

Su madre no sonrió, ni siquiera asintió. Era un sello, una sentencia, una orden cumplida.

Arnaldo no pudo evitar preguntarse si alguna vez lo miraría con algo más que aprobación contenida.

No importaba. No debía importar.

Él había hecho lo que debía hacer.

Había demostrado su valía.

Y si tenía que seguir probándose, lo haría. Una y otra vez.

Pero Sámara, incapaz de soportarlo, incapaz de permitir que la verdad fuera manipulada de aquella manera, sintió que el peso de la mentira la ahogaba y sin pensar, sin medir las consecuencias, pronunció las palabras que lo cambiarían todo.

—Eso es mentira. —exclamó con un nudo en la garganta, sintiendo cómo el aire se tensaba a su alrededor, como si el propio bosque se preparara para la tormenta.

El aire pareció congelarse y la temperatura descendió de golpe.

Kálima giró lentamente la cabeza, su mirada era hielo y acero.

—No contradigas. —murmuró con un tono peligroso, cada palabra afilada como una daga—. Tu hermano será el próximo patriarca. Debemos allanarle el camino ante la Emperatriz y las fuerzas infernales. No olvides quiénes son nuestros aliados.

El peso de la verdad cayó sobre Sámara como una losa.

Intentó sostener el grimorio contra su pecho, pero Kálima lo vio.

—¿Qué es eso, Sámara? —preguntó con voz contenida, pero la amenaza en su tono no dejaba margen a la mentira.

—Nada, madre. —susurró, pero su voz no tenía la firmeza que hubiera querido.

Arnaldo no dejó que su hermana pudiera esconderlo.

Con un movimiento rápido, un gesto aprendido en incontables hurtos y emboscadas, le arrebató el libro de las manos sin esfuerzo, como si hubiera previsto el intento de ocultarlo. Sámara sintió un vacío helado en los dedos cuando la encuadernación envejecida se despegó de su piel.

Sus ojos recorrieron el título y entonces, lo vio.

—Ailfrid. —murmuró, con la voz entrecortada, como si el mero sonido de aquel nombre cargara con un peso imposible de sostener.

El aire pareció tensarse a su alrededor.

Kálima sintió un dolor punzante en el pecho.

No fue un simple malestar, sino un latigazo profundo, como si algo dentro de ella se hubiese torcido, como si un hilo invisible, tejido en su vientre hace años, tirara con una fuerza implacable, reclamando su derecho a existir.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Por un instante, su visión se oscureció, como si la bruma se cerrara a su alrededor, como si la realidad temblara al borde del colapso. Un eco de energía ancestral vibró en su interior, recorriendo su columna como un latido olvidado, una voz enterrada en la carne misma de su ser.

Pero Kálima no era una mujer que mostrara debilidad.

Inspiró hondo, cerró los puños y clavó las uñas en su palma, anclándose al presente, sofocando aquella punzada de magia que se agitaba en su interior, silenciando el susurro de algo que no debía ser despertado.

Entonces, lo vio.

La marca arcana de Sámara comenzó a irradiar luz.

No un fulgor tenue ni una simple reacción a la absorción de magia reciente. Brilló con más potencia que nunca.

Era antinatural.

Era incontrolable.

Y entonces, ocurrió.

Su pandereta de luna comenzó a levitar.

El aire se enrareció.

La madera resplandeció con un fulgor espectral.

La bruma se arremolinó en espirales inquietas.

Las sombras se inclinaron, como si reconocieran una fuerza superior.

Y en el aire, trazada con fuego blanco y sombras danzantes, una «C» brilló con fuerza, iluminando la penumbra con su resplandor innegable.

Kálima contuvo el aliento.

Arnaldo, por primera vez en años, se quedó sin palabras.

El Clan del Cuervo acababa de ser elegido para el Torneo.

Habían servido a la Emperatriz.

Habían danzado con la Oscuridad.

Pero el Titán tenía otros planes para ellos.

Y ahora… el destino estaba en sus manos.

229 – UN PACTO DE ACERO

Personajes que aparecen en este Relato

UN PACTO DE ACERO

Elga sentía el peso del mundo vibrando bajo sus pies. La Forja Arcana bullía a su alrededor con el latido ancestral de los canales mágicos, y ella, sola en la penumbra, ajustaba con firmeza el último sellado de las tuberías encantadas. Llevaba semanas reforzando los conductos subterráneos que conectaban el mundo faérico con Calamburia, asegurándose de que la magia fluyera limpia, sin ser manipulada, sin ser saqueada.

La guerra de los humanos contra los demonios del Inframundo había dejado heridas profundas en los antiguos conductos mágicos que conectaban el mundo faérico con Calamburia: grietas por donde se colaban energías inestables o distorsiones causadas por la brutalidad de la magia bélica. Algunas zonas se habían vuelto impredecibles, y otras, simplemente, habían dejado de responder. Si no se contenía aquella hemorragia del flujo mágico, Calamburia no solo se quedaría sin defensas…se quedaría sin esencia: sin magia.

Aún recordaba, con rabia, cuando años atrás no acudió a la llamada de Karianna a todos los clanes. Alguien tenía que quedarse, proteger la raíz mágica del reino, custodiar el flujo de los canales de la Forja Arcana en mitad de una batalla sangrienta. Mientras otros sellaban pactos y lanzaban proclamas, ella se quedó en las profundidades, enfrentándose al olvido.

—Si hubiera estado allí… —murmuró con amargura, limpiándose el sudor con el antebrazo ennegrecido por el hollín—. Si no me hubieran obcecado con ayudar al Archimago, jamás habría ascendido esa unicornia engreída de Kárida.

Su voz, ronca, se perdió entre las resonancias de la forja.

– Todo se habría hablado. Yo la habría hecho entrar en razón. Ella siempre me ha escuchado al igual que lo hacía su madre. Ser Dama Blanca no le daba derecho a desafiar la ley druídica, ni a levantar la mano contra su hermana. Esa ley es el pilar sobre el que se construyó el equilibrio. Nadie, ni siquiera Karianna, estaba por encima de eso.

Pero no fue así. En su ausencia, los pactos se rompieron, las palabras se torcieron y ahora estaban en mitad de una guerra en la que ella no quería tomar parte. Ni con la Dama Negra, ni con alianzas vacías. Su deber era otro: el equilibrio, la contención. Su bastión era el acero: de aspecto frío pero bien templado.

Apretó los dientes. Otalan, su esposo, y sus hijos… ¿cómo pudieron permitir que todo sucediera? Si al menos hubieran tenido la dignidad de levantar la voz. Pero no. Se acomodaron. Se rindieron. Le ocultaron incluso lo de la letra del Torneo y la excluyeron. ¡Su propio esposo y sus dos hijos! ¡Como si ella no la mereciera! . Y para colmo, ni siquiera ganaron. ¡Hicieron el ridículo mancillando el honor de todo el pueblo enano!

El eco del metal vibró a su alrededor como si compartiera su furia. Al fondo, descansaba su creación más preciada, inmóvil, pero vivo. El gólem. Su gólem. Serörkh.

Su silueta de acero resplandecía en la penumbra con un leve pulso carmesí. Un corazón de magia latía en su pecho.

Y fue en ese instante cuando, desde la profundidad del rubí, emergió un pensamiento. No de Elga… sino de la gema misma.

Porque las piedras también recuerdan.

Y cuando el corazón de una piedra late, lo hace con siglos de memoria. Con historias que se hunden en la tierra, que viajan por los canales de magia y que respiran el fuego de antiguas forjas.

Bajo las montañas de acero, bajo la presión del peso y el tiempo, nacen algunas de las gemas más preciadas del mundo faérico. Cuentan las ancianas enanas del clan de los forjadores que su origen es la mezcla de la proximidad de los fuegos de la Forja Arcana y la circulación de la magia faérica por los canales del subsuelo. Muchas de estas piedras preciosas fueron extraídas en los primeros tiempos de la civilización subterránea y corrieron las más variadas de las suertes. Se dice que algunas de ellas terminaron esparcidas por el desierto carmesí, enterradas por milenios en las arenas rojizas, templándose al calor incandescente de esa tierra de fuego y tomando un color rojo intenso.

Por su parte, los ancianos efreets cuentan también una historia sobre piedras mágicas extrañas y poderosas. Se dice que solo una vez cada mil años nace en el Desierto Carmesí un Rubí de Sangre: una gema arcana infundida por el poder antiguo de las arenas. Son muchas las circunstancias que deben converger para que así sea: el sol debe brillar con fuerza, el viento debe soplar sobre las dunas rojizas y debe darse una tormenta escarlata. Es extraño que las tres cosas pasen a la vez y, cuando así sucede, puede darse el milagro. Los rubíes de sangre son valiosísimas reliquias por su rareza y su belleza, pero casi todos han corrido suertes desdichadas. Sin embargo, esta es, precisamente, la historia de uno de esos rubíes; uno que corrió una suerte especial: el primero que logró cobrar vida.

Uno que fue moldeado por las arenas del desierto y templado por el aliento de un volcán antiguo. Uno que no solo atrapó la luz, sino también la memoria. Que no solo conservó poder, sino también conciencia. Porque hay gemas que se esconden, otras que brillan… y otras que tienen alma.

Y nuestro rubí, el Rubí de Sangre que se encontraba delante de los ojos de la Dama de Acero, recordaba…

Porque incluso una piedra, si ha vivido lo suficiente, guarda su primer recuerdo.
Un destello.
Un contacto.
Un instante que lo cambió todo.

La primera vez que sintió el frío fue cuando una mano humana lo desenterró de entre las arenas y lo tomó con inconmensurable avidez. Se trataba de un ser poderoso al que todos llamaban Othÿn que lo llevó consigo a un lugar extraño y húmedo que emanaba magia ancestral. Experimentó durante largo tiempo con el rubí tratando de extraer su poder, pero la esencia de la piedra preciosa se resistió a salir. Las frías manos de aquel mago no parecían merecedoras de confianza, por lo que el rubí de sangre pasó largo tiempo retraído sobre sí mismo como una ostra en su caparazón cuando se siente insegura.

Nunca había sentido algo parecido al miedo… hasta entonces.

Pasaron los años en una especie de duermevela hasta que algo sucedió: el rubí sintió por vez primera la calidez de un corazón puro. Fue cuando aquella niña de fuego lo tomó entre sus manos. Abandonó su reclusión para probar un nuevo tipo de calidez que le recordaba al de las arenas rojizas que lo vieron crecer: la del corazón de una efreet.

Y por primera vez, quiso pertenecer a alguien.

—¿Es para mí, madre?

—Para ti, que estoy segura de que un día heredarás mi pesada carga —asintió När, la Dama Carmesí con orgullo en los ojos—. Fue un regalo que los druidas hicieron a los efreets en pago por su fidelidad en tiempos oscuros. Ahora que has cumplido la edad suficiente quiero que lo tengas tú. Se dice de estas piedras que conservan el poder de la montaña y la esencia del desierto.

La pequeña Sörkh era todo lo que se puede esperar de un espíritu del fuego: era temperamental, pero también cálida con aquellos a los que amaba. Guardó el rubí de sangre como un preciado tesoro, en el interior de una vasija, pero todas las noches lo sacaba para contemplarlo y decirle cosas bonitas.

—Eres la piedra más brillante y preciosa de todo el Reino Faérico —decía con orgullo infantil—. Nunca nos separaremos y siempre serás parte de mí.

Y el rubí, en su silencio, aprendía el significado del afecto.

Sin embargo, un día como cualquier otro, nuestro rubí de sangre volvió a la vasija y, con ello volvió la oscuridad y el frío. ¿Se habría olvidado de él su pequeña genio del fuego? Su alma de piedra se puso triste por haber vuelto a la soledad de donde provenía hasta que una noche algo lo despertó de su letargo.

Salió despedido de su vasija y fue a caer sobre una mano conocida, la de Sörkh, que había crecido para convertirse en una hermosa e imponente efreet que ahora ostentaba el título de Dama Carmesí. Frente a ella había otra mujer singular con un carácter igual de fuerte e inquebrantable que el de aquella que lo recogió de la arena roja por primera vez. Más adelante conocería su nombre, aunque para él siempre sería su “ama”, aquella persona a la que le uniría el segundo de los grandes vínculos de su vida.

Sörkh extendió su mano entregando el rubí de sangre a aquella mujer que miró la piedra con fascinación. Lucía una capa de pieles y una brillante corona y sus pinturas de guerra la identificaban como un miembro del pueblo enano. Se llamaba Elga y era la Dama de Acero.

Al tocarla, el rubí comprendió que su destino acababa de reescribirse.

—Quería obsequiarte con una antigua reliquia efreet para que pudieras completar tu creación —explicó la Dama Carmesí mostrando la hermosa piedra preciosa—, pero me temo que no sé despertar su poder y mi madre, como bien sabes, tampoco nos puede ayudar.

—¡El Rubí de Sangre! —exclamó Elga emocionada— ¡Hacía siglos que no lo veía! Creía que se había consumido durante la Gran Catástrofe. 

—Fue un obsequio de los druidas como agradecimiento por la energía ardiente que les proporcionamos como tributo después de la Gran Catástrofe —expuso Sörkh—. Sin embargo, tanto mi comunidad como yo desearíamos que te quedaras con ella y fuera parte de tu anhelado proyecto.

—Te doy las gracias de todo corazón, querida. Quizás no lo sepas, pero este rubí surgió del mismísimo fuego de la Forja Arcana y es ahí donde aguarda su verdadero despertar —respondió la Dama de Acero con una luz en la mirada de quien reencuentra un tesoro largamente extraviado—. Aunque hay algo en él que es diferente… su rojo es más intenso… —añadió examinándolo con curiosidad—. Pero no puedo aceptarlo, es demasiado valioso, además es una reliquia importante para los tuyos —objetó la enana algo abrumada.

—Que esta sea la prueba de que la llama que nos une nunca será apagada —recitó la efreet con el fuego de pasión crepitando en sus ojos.

La Dama de Acero miró aquella piedra como si sus ojos de experimentada forjadora pudieran ver su alma más profunda traspasando su hermosa carcasa. Aquella no era una piedra singular y algo había cambiado en ella desde que la vio siendo solo una niña. Ahora parecía más madura, más consciente. Rezumaba por sus paredes cristalinas no solo el poder de la montaña, sino la esencia del mismo desierto. Pareció dudar, lo cual mostró un resquicio para su amante.

Y el rubí, latiendo bajo la mirada de Elga, aceptó lo inevitable: había encontrado a quien servir.

—Vamos, Elga, ya sabes que no es buena idea contrariar la voluntad de un efreet —la riñó Shörk con dulzura y, antes de que pudiera replicar, selló sus labios con un beso ardiente.

—Sea. Pero que quede aquí sellado un pacto eterno entre la montaña y el desierto —dijo con los ojos vidriosos mientras desnudaba a su amante y acariciaba su cálida piel—. Esta piedra es rara y valiosa, pero siento que puedo hacer de ella algo que nunca nadie ha soñado hacer. 

 —No se me ocurre nadie mejor que tú para darle un buen uso —lanzó la Dama Carmesí con una sonrisa—. Libera todo el poder de tu imaginación, haz de él algo grande. ¿Me lo prometes?

—Soy buena forjadora. En realidad la mejor de la Forja Arcana, tal y como mi madre me hizo —añadió sacudiéndose la falsa modestia, no la necesitaba cuando yacía con su amante. 

—Pues solo tú podrás utilizarla, quizás sea la pieza que falta para completar tu proyecto. Porque… ¿sabes, querida Elga lo que dice mi pueblo de los rubíes de sangre? —murmuró Sörkh mientras pasaba su dedo índice por el turgente pecho derecho de Elga en dirección al izquierdo.

—¿Qué? —preguntó la Dama de Acero con curiosidad.

—Que tienen alma.


El aire llevaba trazas de azufre y vapor de agua. El golpeteo constante del martillo contra el hierro candente retumbaba por las galerías subterráneas. Elga llevaba tres días y tres noches trabajando sin descanso al fuego de la legendaria Forja Arcana. La peculiar fragua había sido creada siglos antes por los primeros miembros del clan de forjadores de la que su madre fue la última líder. Ahora ella, convertida en Dama de Acero, gobernaba sobre la totalidad de su pueblo. Tras su matrimonio con su primo Otalan, tuneladores y forjadores habían enterrado sus antiguas rencillas. El pueblo enano vivía bajo su mando una nueva edad dorada. Gracias a los canales mágicos que fluían por los túneles que su pueblo mantenía, la magia faérica fluía de un mundo a otro manteniendo el equilibrio. Además, el fuego de su forja se beneficiaba del paso constante de tan inmenso poder. Nunca antes los enanos habían sido capaces de forjar armas tan poderosas como las que Elga construía con sus propias manos. Había sido idea de Theodus, el apuesto archimago. «Es una pena que ya no esté —se dijo la Dama de Acero para sí—. Su presencia era agradable y olía bien». Luego le invadió una amplia sonrisa poco común en su adusto rostro: «También era bueno en la cama —sopesó divertida—. Más vigoroso que Otalan… pero menos que Sörkh».

—Esposa mía —la interrumpió su marido en el peor de los momentos. El Señor de los Túneles parecía preocupado por la obsesiva laboriosidad de su mujer.

—¿Qué diablos haces aquí? ¿No deberías estar durmiendo? Es lo único que sabes hacer —le reprendió ella con desdén. Últimamente no se alegraba de ver a su primo y esposo; ya no era aquel guerrero laborioso y ambicioso que un día conoció y con quien compartió sueños y un proyecto de vida. Se había convertido en alguien fofo y débil, acomodaticio.

—Te estaba esperando —expuso él con un hilillo de voz—, no has acudido a nuestro lecho desde hace varias noches.

—Tengo… cosas que hacer —respondió ella sin dejar de martillear el metal.

—Los niños… —comenzó a decir Otalan.

—¿Qué pasa con esos mocosos irresponsables? —le interrumpió—. ¿Han vuelto Isaz y Dagaz a hacer de las suyas?

—Preguntan por ti… eso es todo —dijo tratando de dar lástima a su esposa—. Echan de menos a su madre.

—Echan de menos a alguien que los cuide, los atienda y les ría las gracias —matizó Elga quitando hierro al asunto—. Pero no te preocupes: si todo va bien, en breve habrá alguien que se encargue de ellos mientras yo me ocupo del destino de nuestro pueblo y tú te pasas el día acostado o destilando tu propia cerveza. Ahora vete, tengo trabajo.

—Sí, Elga.

—¿Cómo? —le reprendió ella entornado los ojos con severidad.

—Sí, mi Dama de Acero —enunció contrito Otalan mientras se retiraba resignándose a pasar solo otra noche.

Elga siguió trabajando, martillenado las placas una a una, templándolas y ensamblándolas hasta que hubo terminado su obra magna. Se trataba de una gigantesca figura humana articulada y toda hecha de puro acero. En su mano llevaba un pesadísimo lucero del alba, una enorme maza con púas capaz de aplastar cualquier armadura por gruesa que fuera. En el lado derecho de su inmenso pecho había una pequeña cavidad con una sola runa grabada y, en él, fue donde Elga, con un cuidado que rozaba la ternura, colocó el rubí de sangre.

Al sentir el contacto con la estructura de acero, el rubí supo que aquel cuerpo era su destino. Como si cada golpe de martillo hubiera resonado en su interior desde mucho antes.

Entonces se produjo el milagro y el descomunal gólem cobró vida.

—Ama —pronunció aquel ser con dificultad.

—Te llamaré Serörkh —sentenció ella recordando las cálidas manos de su amante—. Eres la perfecta combinación de todo aquello que más amo: el acero y las llamas. 

—Sí, Ama. Serörkh se llamará Serörkh —pronunció el gólem demostrando su corta inteligencia pero, a la vez, su evidente fidelidad.

En lo más profundo del rubí, algo se encendió. El nombre selló un nuevo vínculo. Ya no solo era una gema: era un corazón latente en un cuerpo de acero.

—Y ahora, Serörkh, tengo una importante misión para ti —dijo Elga dejando su martillo sobre la mesa y secándose el sudor que le resbalaba por el cuello.

—¿Peligrosa misión para Serörkh? —preguntó aquel ser con ardor en la mirada, como si su mayor deseo fuera entrar en batalla por su ama.

—Algo así —respondió ella—. Arriba debe estar amaneciendo y pronto prenderán las lágrimas de luna de las galerías. Mis hijos se levantarán pronto y vendrán a importunarme. Encárgate de ellos.

—¿Serörkh aplasta?

—Solo como última opción —sonrió la Dama de Acero con malicia—. De momento estaría bien que jugaras un rato con ellos. Yo por el momento me voy a la cama —añadió estirándose y bostezando—. Me muero de sueño.

Y así fue cómo la gema más especial del mundo faérico, el legendario Rubí de Sangre, cobró vida en un cuerpo indestructible. Vino al mundo como casi todos, siendo fruto del amor y del esfuerzo. Su alma, aún simple, sintió entonces un profundo vínculo con las manos que le habían creado. Se juró para sí ser siempre fiel a aquellas manos: un pacto inquebrantable como el más puro de los aceros.

…y ahora, años después, en las entrañas de la Forja Arcana, el rubí volvió a latir más fuerte que nunca.

Sintió a su ama. Sintió su cólera, su orgullo, su pasión templada como metal. La reconoció, como solo se reconoce a quien ha sellado un pacto con fuego y alma.

Elga abrió los ojos al notar el temblor. El pulso carmesí del gólem se intensificó. La Forja rugió suavemente. Y entonces, del pecho de Serörkh, emergió un nuevo signo: una letra incandescente, grabada en fuego puro, que se dibujó en el centro de la gema.

Una C.

La letra del Torneo.

Elga se quedó inmóvil, observando cómo la gema que una vez besaron dos corazones ardientes cobraba un nuevo sentido. Sonrió con amargura, pero también con orgullo.

Ahora era su turno. Había sido elegida. Lo haría mejor que sus hijos, mejor que su esposo. Esta vez no habría traiciones, ni pactos rotos. No habría más guerra ni más sangre: si vencía, devolvería el río a su cauce.

Y sabía que no estaría sola.

Porque llevaría con ella el arma definitiva.

El ser en quien más confiaba.—Vamos, Serörkh —susurró, acariciando el pecho del gólem—. Nos espera el Torneo.