246 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

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EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

Nadie recorre solo los caminos del bosque si no tiene algo que perder o algo que recordar. Ramia Laforet avanzaba en silencio. El musgo cedía bajo sus botas y el claro se quedaba quieto, atento a su paso. Allí no era una extraña. El bosque la conocía, aunque ya no la recibiera con susurros.

La marca arcana nacía en su ojo izquierdo y subía por la sien con forma de hiedra luminosa. No la había aprendido en ningún libro. Le había brotado. Cada hebra vibraba con su magia y esa vibración se extendía por la corteza cercana, por la tierra húmeda, por las hojas que aún se aferraban a las ramas. Desde entonces, cada hechizo que tejía estaba anclado a esa floritura sagrada.

Ramia no necesitaba alzar la voz ni recitar palabras solemnes. El bosque la entendía porque su magia hablaba su idioma: el de la hoja seca que cruje, el de la raíz que abraza la piedra, el de la flor que se askbre al caer la tarde. Su rama ritual, cubierta de campanillas moradas, parecía más un tallo cuidado durante años que un arma forjada. Aun así, en sus manos tenía peso de mando. Era su vara floral: un canal vivo entre savia y conjuro.

La capa gris le caía sobre la espalda con suavidad.

Ramia ya no tenía la ligereza de la adolescencia, pero la edad tampoco le pesaba. Había dejado atrás suficientes inviernos para conocer el frío de cerca, y aun así su voz conservaba una firmeza serena, de esas que no se quiebran cuando el mundo aprieta. Podía haber sido maestra, guerrera, druida o impromaga de batalla. Pero eligió otra senda: la de quienes no piden permiso para seguir vivos.

—¿Aldric? ¿Ona…? —dijo, casi sin aire.

El claro no respondió.

Un crujido sonó a su izquierda.

Ramia giró y alzó su vara. No lanzó el conjuro, pero lo sostuvo listo, con la punta señalando la oscuridad entre los troncos. La tensión le trepó por los brazos y se le clavó en el pecho. El bosque respondió a ese aviso: las ramas se inclinaron, el aire se espesó y el claro se estrechó, como si el bosque cerrara un círculo alrededor de ella.

Entre los troncos apareció una figura.

El atuendo le resultó familiar.

Una túnica anaranjada le ondeaba sobre los hombros a un hombre de complexión firme. Debajo asomaba el uniforme negro, ceñido, de la escuela de magia de Skuchaín, con el emblema del dragón bordado en ámbar a la altura del corazón. Llevaba brazaletes verdes en las muñecas, cuero gastado y deshilachado por el uso. Y en los pies no llevaba nada. Iba descalzo, no por descuido, sino por elección, como la mayoría de los impromagos de la casta Natura. 

—¿Ramia Laforet? —preguntó Grahim. La voz le salió medida y contenida, con un temblor leve que delataba algo pendiente desde hacía años.

Ramia no bajó el arma mágica al instante, pero la rigidez del gesto cedió cuando lo reconoció.

—Grahim. Del Cataclismo. Claro que me acuerdo. Me alegra ver que sigues vivo… aunque no esperaba encontrarte en este claro.

—Ni yo a ti —respondió él, y dejó aparecer una sonrisa breve, casi incrédula, que se le apagó enseguida—. He vuelto a estos bosques porque aquí, junto a los canales de la Torre, se están abriendo portales. Algunos dejan rastro de magia oscura. Estoy siguiendo esa pista, porque busco a una niña que se llevaron… pero me falta oficio para leer bien estas grietas. En Skuchaín sabemos levantar barreras y fórmulas, pero de portales en terreno vivo sabemos poco. Necesito a un guardabosques.

Ramia sostuvo la vara con más calma. La marca de su sien palpitó con un brillo tenue.

—Un portal siempre deja un rastro —dijo—. Aunque lo cierren bien. La tierra se queda tibia, y el musgo tarda en asentarse. Las raíces se apartan un poco, y cuando vuelven, lo hacen con prisa. Si ha habido magia oscura, el olor se pega: humedad agria, savia revuelta. Y si te acercas sin miedo… lo oyes. No con los oídos. Con el cuerpo.

Grahim abrió los ojos, atento, con esa devoción del alumno que por fin entiende una pieza que le faltaba.

—Eso es justo lo que me pasaba —murmuró—. Notaba algo, pero no sabía ponerle nombre. En la Torre solo hablamos de estructuras, de límites, de fórmulas… y aquí todo se mueve distinto.

Ramia inclinó la cabeza hacia el suelo del claro.

—Busca los bordes —añadió—. Las zonas donde la hierba crece torcida o donde el aire se queda quieto. Si quieres confirmar, deja caer una chispa de Natura cerca. Una sola. Si la magia se la traga, ahí hubo abertura y todavía se puede seguir el rastro. Si la chispa rebota y vuelve hacia ti con fuerza, es que el lugar está sellado, abrieron un portal pero lo cerraron cuidadosamente. Y si se queda flotando, sin inclinarse a ningún lado, es que no hay nada que la guíe: no se ha abierto ningún portal ahí, o no lo han hecho recientemente.

Grahim asintió con una intensidad casi infantil, y la tensión de su cara se aflojó un instante.

—Ramia, esto… esto me sirve —dijo, y la gratitud se le notó en el pecho—. De verdad.

Se quedó un segundo callado, y la mirada se le fue lejos, hacia un recuerdo que volvía con fuerza.

—En el Cataclismo —añadió—, cuando el cielo se rompía sobre nosotros… tú no mirabas arriba. Tú mirabas el suelo. Y cuando todos retrocedíamos, tú encontrabas dónde plantar el hechizo para que aguantara. Yo lo vi. Y lo recuerdo.

Se detuvo un instante, como si buscara las palabras que no sonaran a adorno.

—Luchamos codo con codo y aun así me quedé callado. Allí no fui capaz de decirte lo que pensaba. Sé que no era el momento, pero necesito que lo sepas ahora. Yo te admiraba desde antes. Cuando era pequeño y conseguí escapar de aquel molino terrible, llegué a Skuchaín y tu nombre ya corría por los pasillos. La gente lo pronunciaba con ese respeto que se guarda para lo que no se discute. Te vi en el invernadero, ¿te acuerdas? Hiciste florecer la cúpula con un giro de muñeca. Aquello no fue solo poder. Era belleza. Todos los de la casta Natura queríamos ser como tú, por tu manera brillante de entender la magia natural.

Ramia entrecerró los ojos. En su gesto no había recelo; había un respeto atento, casi cuidadoso.

—Nunca es el momento para decir esas cosas —respondió—. Pero gracias. Aunque… ya no soy exactamente la misma impromaga que era entonces.

Grahim dejó escapar el aire, despacio, y miró un punto del claro que no parecía tener nada.

—A veces me pregunto si, después de todo lo que hemos vivido, alguien ha salido intacto —murmuró Grahim.

—Pocos —dijo Ramia—. Y ahora… busco a mis compañeros: Aldric y Ona.

El nombre de Ona le cayó a Grahim con un peso inmediato. Bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla ya se le habían endurecido los hombros. La voz le salió más baja, con un cuidado tenso.

—Ona… la hija de Van Bakari —dijo, y la frase le raspó la garganta—. Todo esto huele a él. Y ella huele igual.

Ramia sostuvo su mirada.

—Yo también estoy analizando portales —añadió—, pero no de los que deja un hechizo normal. Esto es otra cosa. Con la magia del Orbe, el rastro es casi imperceptible. No calienta la tierra, no aparta raíces, no deja olor. Pero queda una marca, sutil, antigua… como el mismo orbe.

Se llevó los dedos, apenas, hacia la sien, donde la luz arcana seguía viva.

—Es ancestral. Muy poderosa. Y cuando aparece, el bosque la nota… pero no sabe señalarla. Por eso estoy aquí. Si Aldric y Ona han cruzado algo así, no los voy a encontrar siguiendo pisadas. Los voy a encontrar siguiendo esa marca.

Grahim tragó saliva.

—La magia del Orbe nos ha separado a todos. Yo tampoco sé dónde está Trai —dijo—. El Archimago insiste en que ahora mismo es indetectable. Y si de verdad buscas a Ona… Ramia, piénsalo. Es la hija de Van Bakari. Todo esto huele a él. Siempre está haciendo de las suyas. Por tu bien, no te acerques. Esa chica es retorcida y venenosa. De tal palo, tal astilla.

A Ramia le ardió el pecho al escucharlo. Se le tensó la mandíbula. La marca de la sien brilló un poco más y la vara respondió con un pulso visible, contenido, firme.

—No vuelvas a hablar así de ella —murmuró. La frase no buscaba pelea. Marcaba un límite.

Grahim dio un paso atrás, y el borde de su túnica anaranjada rozó el musgo. El movimiento le salió torpe, casi un tropiezo.

—¿Ona…?

Ramia bajó el báculo muy despacio. La luz de su marca arcana palpitó con un ritmo distinto, menos defensivo y más desnudo. Cuando habló, lo hizo sin protegerse detrás de nada.

—Yo estaba con ella. En el momento del Orbe. Y no… no fue solo cosa de Amatís de Mora.

En la mirada de Grahim volvió a encenderse la cautela.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que fui parte de su plan —respondió Ramia—. Fui una de las que lo activaron. Y yo lo potencié con magia arcana. Antigua. Prohibida.

El claro se sumió en un silencio seco, tan profundo que hasta las hojas dejaron de moverse.

—Ramia… —dijo Grahim, más bajo—. Si hiciste eso… si de verdad amplificaste el Orbe con magia arcana… tendríais que haber muerto.

—Lo sé —contestó ella—. Y habríamos muerto, si Aldric no hubiera estado con nosotras.

Grahim frunció el ceño.

—Aldric…

—Canalizó sus dones de sanación —continuó Ramia—. Mientras el Orbe se desbordaba, él nos mantuvo atados a esta tierra. Cada golpe de magia que nos atravesaba encontraba su respuesta en él. Nos sostuvo el tiempo justo.

—Eso es imposible —dijo Grahim, aunque la palabra le salió con menos fuerza de la que pretendía—. Ningún sanador podría contener una energía así.

—Aldric pudo. Durante el tiempo justo.

Ramia alzó la vista. No buscaba compasión, y en su voz tampoco había orgullo.

—Creímos que el Orbe traería equilibrio. Creímos que separaría a los demonios de su emperatriz. Pero lo que ha hecho… ha sido separarnos a nosotros.

—¿Y Ona? —preguntó Grahim.

Ramia bajó la mirada. La luz de la marca en su sien se atenuó un poco, como si también escuchara ese nombre.

—No lo sé. Todo se volvió inestable. El Orbe soltó su poder y el mundo se desordenó. Lo siguiente que recuerdo es este bosque, a las afueras de la Torre de Skuchaín. Apenas podía sostenerme; me quedé sin energía y no sé cómo llegué hasta aquí.

Tragó saliva y dejó que el silencio ocupara el claro un instante.

—Tiene algo… extraño volver aquí. Este lugar me trae recuerdos, y algunos todavía duelen.

Se calló. No necesitó llorar para que doliera.

—Solo espero que, al menos, esa Emperatriz se haya quedado sin el poder de sus demonios. Que el hechizo hiciera algo más que destrozarnos. Que aún podamos recuperar Calamburia.

Grahim no respondió con palabras. Se le notó en la forma en que apretó la mandíbula y en cómo fijó la vista en la espesura, como si escuchara algo que todavía no se había decidido a mostrar la cara.

La niebla se agitó.

Entre los helechos, una vibración levantó el aire. La tierra respondió primero: las raíces se separaron con un crujido húmedo y el suelo dejó escapar un aliento de magia vegetal. Empezó a dibujarse un círculo de energía, irregular, vivo en sus pulsos, con destellos verdes que subían y bajaban como una respiración descompasada.

Ramia alzó su vara recubierta de flores. Grahim empuñó su varita con firmeza.

—¿Lo estás sintiendo? —murmuró él—. Lo están abriendo desde el otro lado.

—Sí —respondió Ramia, con los ojos entornados—. Y no suena hostil… pero esto no se parece a un portal de protocolo.

El vórtice crujió una última vez y se abrió con un destello verdoso y un soplo de tierra húmeda.

De pronto, salió disparado un fauno de aspecto salvaje. Llevaba los cuernos bien altos, con la luz atrapada en el relieve. Tenía una cresta rosa, desordenada, y un arnés de cuero lleno de frascos que tintineaban al chocar entre sí. El zurrón le colgaba cargado, a punto de reventar. En el brazo derecho, tatuado con tinta vegetal, destacaba la silueta de un verdiplumas alado en pleno vuelo.

—¡Ah! ¡Ahí está! ¡La varita! ¡La varita brillante! —gritó, y señaló la mano de Grahim.

Grahim se quedó tieso, con la varita en alto y los ojos abiertos de par en par.

—¿Perdón? —murmuró, desconcertado.

El fauno se lanzó de rodillas con una teatralidad impecable, como si el claro se hubiera convertido en escenario.

—¡Oh, todopoderoso archimago! —exclamó—. ¡Por fin os encuentro! Gracias a la Dama Esmeralda y su red de portales menores, he podido localizaros. ¡La Torre de Magia debe apoyar a la Dama Blanca!

Grahim miró a Ramia de reojo, con una mezcla de vergüenza y alarma.

—A ver… esto es un poco incómodo —dijo—. ¿Archimago? No. Eso es un malentendido. Yo no soy Kórux.

Ramia frunció el ceño, entre la alerta y el asombro, pero en sus ojos asomó una chispa de reconocimiento.

—Tú eres Quercus. El legendario jinete de verdiplumas que luchó en el Cataclismo. Nosotros estábamos en la Torre Arkhana de Skuchaín, conteniendo el flujo de magia desde los canales.

Quercus se cuadró al instante. El gesto quiso ser solemne, pero se le fue un poco el peso hacia un lado y terminó pareciendo más un amago de tropezón que una postura militar.

—¡A vuestro servicio! Y gracias. A los dos. De verdad… gracias —dijo, y la reverencia le salió torpe, aunque le brotaba del pecho—. La Dama Esmeralda y la mismísima Dama Blanca estarán eternamente agradecidas con los guerreros de la Torre de Magia.

Grahim bajó por fin la varita, aunque se la quedó cerca, por costumbre y por prudencia.

—¿Qué ha ocurrido, Quercus? ¿Por qué vienes tú… y por qué en un portal secundario?

El fauno se incorporó y se sacudió ramas y briznas del pelaje. Esta vez ya no hubo exageración en sus ademanes. La voz le cambió, por primera vez, era la de alguien que había visto demasiado.

—Kárida ha sucumbido a la oscuridad. Ya no es la Dama Añil. Drëgo le entregó el báculo de Öthyn. Con eso la convenció… o la transformó. O ambas cosas. El caso es que ahora se hace llamar la Dama Negra.

Ramia bajó la vara lentamente. No movió un músculo, pero el miedo le cruzó la mirada y le dejó el pulso más tenso.

—Eso no puede ser…

—Pero lo es —dijo Quercus—. Yo estaba allí. Vi cómo Karianna intentó detenerla. Vi cómo las Damas del Fuego, el Acero y el Aire la traicionaron. Y vi a Kárida alzar el báculo de Öthyn como si le perteneciera. Drëgo no dudó: juró lealtad a la unicornia oscura en cuanto sintió el poder de esa nueva… creación.

Grahim negó con la cabeza, incrédulo, y apretó la varita entre los dedos.

—El báculo del Druida Supremo… ¿cómo lo consiguió?

—Drëgo lo guardaba —dijo Quercus—. Desde hace tiempo. Esperaba su momento. Y lo ha encontrado.

Bajó la voz, y el claro pareció acercarse para escucharle.

—Ahora la Morada de los Druidas está bajo el mando de Kárida. Están reorganizando sus fuerzas. Nadie lo dice en voz alta, pero todos sabemos cuál será el siguiente paso: tomar la Aguja de Nácar.

Ramia inspiró despacio, con una calma que le costó.

—¿Y la Dama Blanca?

Quercus negó con firmeza.

—Resiste. Y no está sola. La apoyamos los faunos, las ondinas, las ancianas y su madre, la antigua Dama Blanca. Breena, el espíritu del bosque, también ha despertado para protegerla. Pero no basta. Si Kárida toma la Aguja de Nácar, no habrá equilibrio posible.


Grahim bajó la mirada. Había oído rumores, pero aquello era otra cosa.

—Entonces Skuchaín no puede quedarse al margen —murmuró.

—Exacto, archimago —afirmó Quercus, y la palabra le salió redonda, convencida.

—No, si yo no soy… —empezó Grahim.

—Y vuestra sabiduría será clave —siguió Quercus, sin dejarle sitio—. La Dama Esmeralda me ha enviado por eso. Vuestra magia aún puede inclinar la balanza. Y el tiempo se agota.

Por primera vez, Ramia esbozó una sonrisa. No porque la situación diera tregua, sino porque había algo extrañamente cómico en ver a Grahim atrapado en un título que no sabía sacudirse. La solemnidad del fauno, la incomodidad del Natura, y aquel anuncio terrible cosidos en mitad del bosque era, sencillamente, absurdo.

Grahim soltó el aire y murmuró, casi para sí:

—Esto no va a arreglarse pronto…

Luego se giró un poco hacia Ramia, con la voz más baja.

—Lo de los druidas se veía venir. No hace mucho encontramos a Drëgo confraternizando con el enemigo. Kórux avisó a la Dama Blanca, pero no imaginé que Drëgo arrastraría con él a la mitad de las Damas.

Volvió a mirar a Quercus, ya con el tono de quien se obliga a estar a la altura.

—Es una noticia terrible. Pero no te preocupes, valiente fauno: Skuchaín responderá. Tenemos que reagruparnos cuanto antes, reforzar los canales mágicos activos y alertar al resto de castas. Esto va a exigir algo más que ganas. Vamos a necesitar estrategia, coordinación… y fe en lo que aún no se ha torcido.

Los ojos de Quercus se iluminaron.

—¡Oh! ¡Muchísimas gracias, señor archimago!

Grahim apretó los labios, sostuvo el gesto con una resignación casi digna y dejó escapar un murmullo entre dientes:

—Encuentro esta confusión… turbadoramente gratificante…

245 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

Personajes que aparecen en este Relato

UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

—Por aquí, Majestad —urgió Periandro Sibyla, conduciendo a Doddy por el pasillo del bastión—. Refugiaos, sus muros son inexpugna…

Pero la frase no llegó a completarse.

Una bruma negra descendió del cielo como si el crepúsculo se hubiese acelerado de golpe. El aire se tornó espeso. El suelo vibró.

Amunet apareció en el centro del patio, rodeada por una nube de oscuridad palpitante. El báculo impactó contra la piedra y la resonancia sacudió las ventanas del bastión. En su interior, las súcubas Nexara, Luxanna y Xantara se agitaban con furia contenida, como si supieran que pronto serían llamadas. El metal del báculo vibraba con impaciencia, no por voluntad propia, sino por la de quienes vivían atrapadas en su núcleo.

A su lado, emergiendo del mismo torbellino de sombras, Arnaldo caminaba con aplomo. El turbante azul celeste enmarcaba su rostro sombrío. Brazaletes de cuentas tintineaban mientras acariciaba la empuñadura curva de su daga zíngara, ornamentada con filigranas oscuras. El chaleco púrpura brillaba con reflejos espectrales. Su mirada no dejaba lugar a dudas: venía dispuesto a conseguir algo.

—Uy, perdón —dijo Amunet con una sonrisa tan afilada como el acero—. Debería haber mandado una nota. ¡Qué torpe soy! Pero ya que estoy aquí, mago erudito… ¿no quieres que nos divirtamos un poquito?

Periandro alzó la varita y, al hacerlo, el aire pareció inmovilizarse a su alrededor. No fue magia visible, ni conjuro inmediato, sino la pausa previa a lo inevitable, ese segundo suspendido en que el mundo aguanta el aliento. A su lado, Doddy dio un paso adelante. Lo hizo con decisión, casi con orgullo, y empuñó la espada de los Rodrigo como quien recoge un legado, no un arma. No brillaba, no ardía, no murmuraba conjuros antiguos. Pero pesaba. Pesaba con siglos de historia, con juramentos olvidados, con el linaje de un reino entero que aún latía en la empuñadura. A veces, pensó el joven, eso era suficiente.

—¡No os dejaremos pasar! —proclamó Periandro, su voz atravesando la bruma con firmeza, como una sentencia escrita en piedra. Al pronunciarlo, sus ojos se clavaron en la figura que emergía lentamente del humo: Amunet.

Ella no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza con suavidad y una sonrisa le curvó los labios con la despreocupación de quien se sabe inevitable. Había en su gesto una arrogancia tan pulida que no necesitaba palabras, pero aun así las ofreció.

—¿No? Entonces necesitaremos… una pequeña ayuda —susurró Amunet mientras alzaba el báculo con parsimonia, como quien activa un mecanismo que conoce demasiado bien—. Nexara.

Y fue entonces cuando lo invisible se volvió tangible.

No hubo estallido. No hubo fuego ni sombras. Fue peor: una oleada de pensamiento, intangible pero brutal, barrió el patio como una tormenta sin rostro. Periandro sintió cómo su mente se fragmentaba de inmediato, como un espejo resquebrajado por dentro. Voces que no eran suyas comenzaron a taladrarle el pensamiento, susurrando con la crueldad de lo familiar. “No eres suficiente”. “Ella ya lo sabe”. “Tus errores han costado vidas”. Palabras que no reconocía, pero que resonaban como si fueran suyas.

Se tambaleó, dio un paso atrás. La varita le tembló en la mano, no por miedo, sino porque el equilibrio interior se deshacía como agua entre los dedos. Era una batalla que no podía ganar con hechizos, porque el enemigo estaba en su propia cabeza. Doddy lo notó al instante.

—¿Pedianddo?

Periandro no respondió. No podía. Solo se gritó a sí mismo con todas sus fuerzas.

—¡Silencio!

Pero el grito fue inútil. Una lágrima se deslizó por su mejilla, involuntaria, y no de dolor físico, porque Nexara no hería la carne. Su veneno era más sutil, más profundo. Envenenaba la mente.

Y justo entonces, como si aquel instante de vulnerabilidad hubiese sido la señal convenida, Arnaldo se abalanzó sobre el heredero. El zíngaro se movía con la precisión de un bailarín de guerra y cada golpe de su daga curva era una afirmación, un mensaje letal. Doddy apenas tuvo tiempo de alzar su espada, pero lo hizo. Y resistió.

—¡Soy el hedededo! —bramó mientras desviaba un tajo que habría abierto su costado de parte a parte.

Arnaldo sonrió, frío, como si todo formara parte de una danza conocida.

—Pero no por mucho tiempo —murmuró, y retrocedió un paso justo cuando Amunet, avanzando un poco más, volvió a hablar con la misma calma letal.

—Luxanna.

La palabra fue como una campana que nadie escuchó, y sin embargo, lo cambió todo.

Una nube oscura se cerró en torno a Doddy. No era negrura ordinaria, sino un velo húmedo y opresivo que robaba los sentidos uno a uno. Primero el sonido. Luego la visión. Después, el equilibrio. El mundo entero colapsó a su alrededor, y en el abismo donde fue arrojado no había arriba ni abajo, ni luz ni sombra. Solo la sensación perpetua de caída, una caída infinita, silenciosa, imposible de detener.

La espada se le resbaló de entre los dedos. Cegado, desorientado, privado de todo sentido, Doddy cayó de rodillas sobre la piedra agrietada del bastión. A su alrededor, el mundo ya no tenía forma ni sonido. Era oscuridad líquida, temblorosa, un abismo sin fondo que lo tragaba todo, incluso el miedo. Solo el tacto áspero del suelo bajo sus manos y el vértigo que le estallaba en las sienes lo mantenían anclado a una realidad que ya no sentía como suya.

Desde unos pasos más atrás, Periandro percibió el derrumbe y reaccionó con un grito.

—¡Majestad!

Con un esfuerzo colosal, se sacudió de encima las voces intrusas que seguían taladrándole el pensamiento. “No eres suficiente”, “ella ya lo sabe”, “es tu culpa”… Nexara aún se aferraba a los bordes de su mente, pero él la apartó con una voluntad que ya no nacía de la magia, sino del amor a lo que debía proteger. Alzó la varita. Durante un segundo eterno, el aire se congeló. Todo se detuvo.

—Flammae Veritatis.

El hechizo brotó de su garganta como un canto sagrado. La llamarada de luz blanca cruzó el patio como un juicio inapelable, y se lanzó directa al pecho de Amunet. Pero la emperatriz, inmóvil, giró su báculo con elegancia y desvió el impacto como quien aparta una hoja caída de su hombro.

—Estás mermado, erudito —dijo con una dulzura envenenada, casi maternal—. El orbe ha hecho mella en ti.

—No tanto… como para rendirme —replicó Periandro con voz ronca, aún en pie, aunque el suelo comenzaba a fallarle.

A su lado, Arnaldo susurró un conjuro en zíngaro. No fue un grito, ni un canto ritual: fue una orden discreta, peligrosa. Y de inmediato, de entre las grietas del patio, brotaron raíces negras que se enroscaron con violencia en los tobillos de Periandro, lo atraparon como cadenas vivas. El mago forcejeó. Intentó romperlas. Pero su poder flaqueaba. El suelo, que momentos antes respondía a su voz, ahora parecía escucharlo a medias.

Amunet, sin prisa, giró su báculo una vez más.

—Xantara.

La ráfaga no se vio, pero el resultado fue inmediato. Doddy, aún de rodillas, se irguió de pronto como si una cuerda invisible tirara de su espalda. Sus músculos estaban tensos, sus ojos vacíos. El cuerpo se movía, sí… pero ya no le pertenecía. Como una marioneta sin voluntad, alzó el brazo con lentitud, y la espada —esa reliquia que no contenía magia, pero sí memoria— giró en su mano hasta apuntar a Periandro.

—¡No…! —gimió el joven, con la voz atrapada en su garganta, consciente del horror, incapaz de detenerlo.

—Te tengo… —susurró Xantara desde lo más hondo de su mente. Nadie más oyó su voz, pero él la sintió reptar como una serpiente bajo la piel.

El acero descendió. Doddy, movido como un mísero títere por efecto del poder de la súcuba, estaba atacando a su amigo Periandro.

El mago erudito intentó retroceder, pero no fue lo bastante rápido. La hoja le rozó la sien con un corte limpio, y un hilo de sangre cálida descendió por su mejilla. El segundo golpe venía en camino, más rápido, más certero.

Y entonces, con la serenidad del sabio que sabe perder sin odio, murmuró:

—Perdóneme… su majestad.

No gritó. No tembló. Solo agitó la varita y conjuró una onda de choque que, sin violencia, alejó a Doddy de su alcance. No lo hirió. Solo lo salvó.


Entre los rosales hechos jirones, Hilario de Duff Colby abrió un ojo. Vio fuego. Vio columnas de luz surgiendo del suelo. Vio a su Rey, espada en alto, a punto de hundirla en el pecho de su maestro.

—¿Pero esto qué es…? Yo es que no puedo con tanto drama —susurró, con la voz quebrada por la indignación.

Y se desmayó de nuevo, con la dignidad de quien ha sido educado para las intrigas cortesanas, pero no para presenciar batallas infernales.


Periandro se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido por el esfuerzo y la sien marcada por la hoja de la espada real. La sangre, ya tibia, le surcaba el rostro, mientras su varita seguía firme en su mano, como si no hubiera fuerza en el mundo capaz de arrebatársela. Cansado, sí, pero no vencido, elevó la voz y pronunció las palabras con la solemnidad de un sabio que conoce que cada sílaba puede pesar más que una espada.

—Sapientia… Perennis… Excelsa Ratio.

El bastión entero pareció contener el aliento. Bajo sus pies, el suelo tembló con un pulso antiguo y profundo, y desde las raíces de la piedra comenzaron a surgir columnas de luz dorada, alzándose hacia el cielo como ramas de un árbol invisible. Aquella magia no era violenta ni arrogante. Era majestuosa. No buscaba herir, sino proteger. El saber se hizo forma. La memoria se convirtió en defensa. Y, por un instante, el Bastión de los Colby resplandeció como una catedral del pensamiento.

Amunet entrecerró los ojos, cegada por la claridad. Dentro del báculo, Nexara aulló, frustrada; Luxanna rugió, exigiendo liberación; y Xantara, debilitada, se quebró como si hubiera sido ahogada por el poder del mismo báculo que la contenía, como si el resplandor del hechizo la hubiera obligado a replegarse dentro de su prisión de magia y metal. Arnaldo, por su parte, retrocedió un paso. No se pronunció, pero tensó la mandíbula, midiendo en silencio la energía que acababa de desplegarse, como un jugador que descubre que el tablero ha cambiado.

—¡Y ahora márchate, Emperatriz del demonio! —exclamó Periandro con un grito que llevaba consigo todo el peso de su linaje, de los tomos estudiados, de las noches sin sueño—. ¡Sin tus huestes no podrás tomar estas tierras!

Amunet respiró hondo, y aunque su rostro reflejaba el poder del hechizo, en sus labios seguía dibujada esa sonrisa ladeada que nunca se permitía perder.

—No vengo a tomar nada —dijo con calma—. Solo os he visitado para obtener cierta información.

Sus ojos buscaron a Doddy, que trataba de ponerse en pie mientras se sujetaba el costado. Le temblaban las manos y aún tenía el cuerpo marcado por el dominio de Xantara, pero su mirada ya era de nuevo la suya. En ese instante, Amunet supo que era su oportunidad para conseguir la información que tanto ansiaba

—Por última vez… ¿dónde están las niñas?

Periandro, sin moverse un ápice, respondió con la voz clara y sin adornos.

—Puedes torturarnos, incluso matarnos, pero siempre te quedará la certeza, en lo más hondo de tu alma, de que hay herederas al trono con mayor legitimidad que la tuya. Y de que tu reinado es un coloso con los pies de barro.

Doddy levantó la cabeza, con esfuerzo, y habló con un hilo de voz que no temblaba.

—Bien dicho, Pedianddo. Ni siquieda los poderes de tus demonios sedían capaces de sonsacad la veddad a quien no la sabe —sentenció con suficiencia—. ¡El plan de Minerdva es infalible!El 

Periandro cerró los ojos, exhalando con resignación.

—Oh no… lo ha dicho…

La carcajada de Amunet se alzó como un trueno que rebotó en cada columna del bastión. Sonaba antigua, cruel y auténtica. La risa de quien no necesitaba fingir sorpresa porque, una vez más, el mundo le entregaba lo que necesitaba sin pedirlo.

—Nunca pensé que sería tan fácil —murmuró, girándose hacia Arnaldo con una mirada encendida de ambición—. Así que lo único que tengo que hacer es dar con la directora de la Torre de Magia.

Su sonrisa, ahora sin disimulo, se convirtió en una orden silenciosa. Arnaldo asintió.

—Vámonos. Entraré en Skuchaín cuando menos se lo esperen y conseguiré lo que he venido a buscar.

El aire se quebró con un estallido de niebla negra. Un remolino oscuro los envolvió y, en un instante, ambos desaparecieron.


Doddy cayó sentado sobre las losas, agotado. Su cuerpo, todavía estremecido por el esfuerzo y la posesión, apenas respondía. Respiraba con dificultad, y había en sus ojos un atisbo de vergüenza que no sabía cómo verbalizar.

—Lo siento, Pedianddo… ¿He hecho algo mal?

Periandro, con la varita aún en la mano, se acercó a él y le posó una mano sobre el hombro. Su gesto fue lento, medido, no como quien reprende, sino como quien consuela.

—Ahora irán a por mi tía Minerva.

Se incorporó con dificultad, tambaleándose al principio, pero decidido.

—¡Rápido! Tengo que llegar antes que ellos a la Torre Arkhana. La directora de la escuela y vuestras hijas están en peligro.

Periandro rebuscó en su túnica con manos temblorosas hasta encontrarlo: un pequeño cubo de cristal, apenas del tamaño de una nuez, delicado como el alma de un recuerdo. Lo sostuvo con firmeza, lo acercó a sus labios y habló con voz contenida:

—Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.

El cubo emitió un leve zumbido. Una luz azulada brotó de su interior y, al soltarlo, se elevó en el aire. Vibró un instante y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un hilo de luz que se deshilachó con el viento.

Solo entonces, sin esperar respuesta, Periandro cerró los ojos un instante, concentrando la poca energía mágica que le quedaba. La varita tembló en su mano, aún manchada de sangre, y trazó en el aire un signo que conocía bien, aprendido años atrás en las clases de Gónagan, maestro severo y experto en invocaciones. En aquel tiempo, le pareció un hechizo ornamental, una reliquia académica más que un recurso real. Ahora entendió para qué lo habían obligado a repetirlo: para que el cuerpo no dudara cuando todo duda; para que el gesto exacto apareciera incluso con la sangre aún fresca y la varita temblando.

—Equus Temporae.

El suelo vibró bajo sus pies y, en medio de un remolino de viento y luz, surgió un caballo etéreo. Tenía la piel color ceniza y los ojos brillaban como carbones vivos. No relinchó. Solo aguardó. Periandro montó con agilidad, ocultando el dolor de su costado bajo una capa de compostura.

—Cuídese, su majestad —dijo, girando brevemente la cabeza hacia Doddy—. Lo que se cierne sobre nosotros reclamará hasta el último aliento de quienes aún luchamos por esta tierra.

Espoleó al animal, que respondió con un galope silencioso y certero. El conjurado corcel atravesó el patio como una sombra veloz, dejando tras de sí un rastro de chispas plateadas y polvo flotante. Las piedras del Bastión parecieron estremecerse a su paso.

Y entonces, al tomar el desvío hacia el este, cuando aún no había recorrido ni una legua, algo rompió el ritmo de la huida. A lo lejos, en el sendero que descendía desde la torre del vigía, un clamor rasgó el aire como un presagio.

Un jinete real, herido y cubierto de sangre, se acercaba tambaleándose, con el estandarte de la casa Von Vondra desgarrado sobre el brazo. Su caballo resoplaba extenuado. Periandro detuvo el galope. El viento les cruzó en silencio… y entonces comprendió: llegaban tarde.

Apretó los dientes y siguió adelante. El mensaje no era para él. El mensaje era para Tilaria.


En el patio del bastión, Lady Tilaria abrió los ojos con un sobresalto. El conjuro de Arnaldo comenzaba a disiparse y el frío del atardecer le devolvió la conciencia. Incorporándose con dificultad, apoyó una mano en el suelo para no perder el equilibrio y se levantó con la elegancia de quien, incluso al caer, sabe mantenerse digna y erguida ante el mundo. Alzó el rostro con gesto firme.

Fue entonces cuando el jinete, casi sin aliento, llegó hasta ella. Cayó de rodillas al suelo, el rostro pálido y la voz quebrada por el dolor.

—¡Mi señora…! —jadeó—. Los demonios… han cruzado el río. El avance… el avance es incontrolable. Arrasan aldeas, consumen los caminos. Vienen directos hacia aquí. ¡No queda tiempo!

Tilaria no necesitó más.
—¡Hilario! —vociferó con autoridad renovada—. Da la orden. Que la guardia se retire. Abandonamos de nuevo el Bastión.

—¿Nos retirarnos? —musitó Hilario con incredulidad, limpiándose la sangre del labio—. Pero si apenas acabábamos de llegar…

—Debemos partir —corrigió ella, la voz quebrada pero resuelta—. Esto se va a convertir en una ratonera. Nos reagruparemos en Instántalor con Elora y el ejército de la flota pirata.

Hilario asintió sin añadir palabra. Mientras los soldados recogían con premura sus pertrechos, Lady Tilaria volvió la vista una última vez hacia las almenas del Bastión Colby. La piedra que había jurado proteger. El lugar que había llamado suyo. Y que ahora… volvía a dejar atrás. Otra vez.

Su Bastión. Su orgullo. Su pérdida.

✦✦✦

Y entonces, el tiempo habló.

No con estruendo, ni con palabras que pudieran escribirse en piedra, sino con la cadencia de lo inevitable. Tres voces, antiguas como el mundo, tejieron su veredicto entre los silencios que deja una batalla incompleta.

La primera fue Urd, la que recuerda:
«Hubo un día, no tan lejano, en el que una sacerdotisa elemental salvó a un joven infante del filo de la muerte. Aquel acto, que pareció una retirada, fue en verdad una siembra: del valor, del linaje… y del error que hoy lo ha traicionado».

Luego habló Verdandi, con la verdad suspendida en la garganta del presente:
«En Azarcón, la confusión todavía respira. La piedra vuelve al silencio, pero el eco no se apaga. Un bastión se vacía mientras cree que se salva. El nombre de Minerva sigue ardiendo en el aire. Y, en este mismo ahora, Amunet afila la sonrisa y palpa la cercanía de su presa»

Y por último, Skald, con el aliento contenido de lo que aún no ha sucedido:
«El nombre de Minerva se convertirá en ruta. Volarán hacia Skuchaín con el humo en los dedos y el hambre en la boca. La Torre Arkhana se cerrará tarde o se abrirá a la fuerza. Periandro cabalgará hacia la verdad y pagará el precio de llegar antes. Y cuando el saber sea puesto a prueba, la sangre valiente elegirá si resiste… o arde».

Después, el silencio.

244 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Personajes que aparecen en este Relato

UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Cuando la realidad se fracturó, tres voces antiguas atravesaron el tejido del tiempo.

Urd habló primero, y su sentencia se sintió como un relámpago en la médula del mundo:
«Cuando la confusión se hizo carne, los hilos del destino se desenredaron como madejas en manos de un niño».

Le siguió Verdandi, firme en el vértice del ahora, con una verdad que no admitía réplica:
«Y mientras el Orbe resuena entre planos entrelazados, algunos lazos se tensan, vibran… pero no se rompen».

Y entonces Skald, la que ve lo inevitable, selló el presagio:
«Pronto, una línea azul, tallada en zafiro, marcará el camino hacia el abismo… o hacia la salvación».

El eco de sus voces no dejó lugar a duda: el destino ya se había puesto en marcha.


—¡Hilario! Acaba de llegar tu hermano —exclamó Lady Tilaria, entrando con el gesto agotado, como si la indignación fuera parte de su atuendo—. Ha reaparecido en mi vestíbulo tras una de sus absurdas teletransportaciones desde el desierto… ¡y no ha parado de recitar tragedias en verso desde entonces! Que si la arena le arañó el alma, que si la luna susurró su nombre… Estoy tentada de encerrarlo en la bodega con una lira y un espejo.

—Ya sabéis cómo es Gadeslao —respondió Hilario de Duff Colby, sin molestarse en levantar la vista de su cuaderno—. Se emociona con una brizna de viento y dramatiza como si Calamburia entera dependiera de su próxima metáfora. Pero os seré sincero, mi señora… estoy agotado. Agotado de oír al joven Rodrigo repetir ese discurso con la misma entrega con la que uno repite un mal conjuro esperando que funcione por aburrimiento.

El Bastión de los Colby, enclavado en las tierras altas de la comarca de Azarcón, había resistido guerras, inviernos y generaciones de nobles en decadencia. Su piedra antigua hablaba con ecos de historia. Sus tapices, descoloridos por el sol y el orgullo, colgaban en salones que ahora se usaban más para refugiar conversaciones que para celebrar banquetes.

Allí, en uno de esos salones, oculto entre cortinas de terciopelo rancio y vajillas heredadas de otro tiempo, un joven ensayaba cargado de empeño cómo hablar como un rey.

—Quedido pueblo de Calambudia… La Deina Eloda y yo, como vuestros sobedanos en el exilio…

Doddy ensayaba con ardor, proyectando su discurso por los pasillos como si pudiera vencer la guerra a fuerza de voluntad y dicción.

Desde el salón contiguo, donde aún compartía té y resignación con Lady Tilaria, Hilario se llevó una mano al rostro.

—“Elora”. Por favor. Es Elora. Si vuelve a llamarla “Eloda”, me voy al puerto, me alisto con los piratas y me lanzo al Kal-a-Mar.

Lady Tilaria resopló, pero no sin cierto afecto.

—Tiene tenacidad, Hilario. Y eso ya es más de lo que pudo decirse nunca de su difunto padre. Sancho era… bueno, era un buen hombre. No un lumbreras, desde luego, pero su sangre era noble. La inteligencia la aportábamos otras. Su madre, por ejemplo… mi sobrina Melindres… mi querida Melindres, era de una lucidez implacable. Qué fuerza, qué genio, qué capacidad para sostener el mundo cuando se caía a pedazos.

Hilario alzó una ceja con su característica elegancia envenenada.

—Lo reconozco, mi señora. De entre todos los colapsos del linaje, Melindres fue siempre una columna. Una verdadera Von Vondra y ahora que no está… el edificio se tambalea.

La puerta del salón se abrió con cuidado y Periandro Sibyla asomó el rostro, pulcro como siempre, con un tomo bajo el brazo y una seriedad que no invitaba a dilaciones.

—Vizcondesa —dijo con una leve inclinación hacia Lady Tilaria—. Señora. Os ruego disculpéis la intromisión.

Al instante, Doddy apareció tras él, sujetando aún la espada de madera como si fuera una rama de laurel.

—¡Pedianddo! —saludó, entusiasmado—. He pedfeccionado la pdimeda frase. ¿Quedéis oídla de nuevo? Venid dápido a la sala contigua, estoy ensayando.

Hilario dejó escapar un suspiro largo, dramático, estudiadamente resignado.

—Mi señora —dijo cerrando con delicadeza su cuaderno—. Si la escena va a repetirse, os propongo un paseo por los jardines. Quizá entre las adelfas encuentre más esperanza que entre los discursos de nuestro pequeño monarca.

Tilaria reprimió una sonrisa y asintió con gravedad.

—Un paseo nos hará bien. Y el aire fresco nos aclarará las ideas —dijo mientras se abanicaba de camino al exterior.

Tilaria saludó a los guardias que protegían la fortaleza, que le devolvieron el saludo con gesto marcial. Se había encargado personalmente de que sus mejores hombres —seleccionados de entre las huestes de la casa Von Vondra— les protegieran a ella y al rey. Tras la toma del Bastión de los Colby, era cuestión de tiempo que toda la comarca de Azarcón volviera a estar controlada por la Corona. Tras años de exilio, parecía que al fin la usurpadora Amunet comenzaba a tener los días contados, pero Lady Tilaria no era de las que esperan sentadas.

Salió al exterior acompañada de su secretario personal. El ambiente de los jardines, lejos de llenarles de calma, les produjo cierto desasosiego. Las flores estaban algo marchitas y, cuando soplaba viento del norte, les llegaba el rumor de la batalla y una leve lluvia de ceniza caía como si fuera nieve.

Tilaria habló sin ambages.

—Esta guerra va para largo. Necesito pensar en el siguiente paso estratégico. Hilario, informe de situación —ordenó, provocando que el Colby se tensara como si se hubiera activado un resorte en su cuerpo.

—Sí, mi señora. La corona ha cosechado notables éxitos —informó el secretario mientras sacaba su cuaderno de notas y lo leía—. El desembarco que vos y vuestra hermana Zora planteasteis ha sido un éxito. Las tropas reales avanzan hacia el norte. Instántalor ha sido liberada y hemos recuperado esta fortaleza, el Bastión Colby.

—Sí, mi querido Bastión Colby es sin duda la joya de mi corona —sonrió satisfecha Tilaria mirando a su alrededor.

“Mi Bastión…”, pensó Hilario de Duff Colby para sí tratando de poner buena cara. 

—Bueno, qué desafortunado eso que he dicho, ¿no? Quería decir “de la corona de mi sobrino-nieto”. Si es que todo esto lo hago por él —apuntó con forzada afectación.

—Y porque tantos años viviendo entre piratas amenazan con hacer que perdamos las buenas costumbres, ¿verdad, mi señora? —añadió el secretario a modo de chanza para ocultar su creciente mal humor. Había que reconocer que tenía estilo, pero no podía evitar odiar a aquella vieja harpía.

—Sí, Hilario, también por eso. No aguantaba en esa isla ni un minuto más. Además, yo soy una mujer de acción, no nací para vivir en el exilio —dijo, y su imaginación la llevó a verse cabalgando sobre un rocín blanco, mientras cercenaba con su espada las cabezas de los demonios de Amunet.

—Por otra parte —prosiguió en tono informativo Hilario de Duff—, el ejército real se está enfrentando a las huestes de Amunet en las Marismas de la Confusión. Pero… —anunció adquiriendo la postura de comunicar un chisme— algo extraño ha pasado recientemente.

—¿Qué es eso que ha pasado? —preguntó ella, aguijoneada súbitamente por un repentino interés.

—Han desaparecido bastantes demonios.

—Oh, eso es bueno. 

—Pero también varios de nuestros hombres. También aquí en el Bastión parece que varios soldados se han volatilizado —concluyó el Colby.

—¿Habrán desertado? No es posible. Pero si eran mis mejores hombres… —se cuestionó Lady Tilaria visiblemente contrariada.

—He oído hablar a Periandro con su Majestad. No es que ande yo escuchando detrás de las puertas, ya sabéis… 

—¡Desembucha, truhán! —le apremió ella golpeándole con el abanico.

—Ha hablado de la activación de un poder arcano que ha sembrado la confusión en toda Calamburia. Según se rumorea, nada es lo que parece… —dijo como quien cuenta un secreto vergonzante de una vecina.

—Eso explicaría la desaparición y posterior reaparición de mi esposo. Poco ha durado…

—El caso es que nuestra guarnición está algo mermada y, hasta que lleguen los refuerzos, las defensas de este Bastión son vulnerables. 

—¿Dices que algún enemigo podría intentar atravesar los muros?

—Sí, lo digo —respondió Hilario con convicción.

Mientras Hilario y Tilaria maquinaban cuál había de ser la reacción a los últimos acontecimientos, Doddy, en la sala contigua, contemplaba el retrato de su padre. Frente a la imagen imponente del antiguo monarca, alzó su espada de madera —como si al imitar el gesto de sus antepasados pudiera convocar algo más que valor— y volvió a intentarlo.

—Quedido pueblo de Calambudia… —recitó con voz engolada—. La Deina Eloda y yo…

Carraspeó. Frunció el ceño. Corrigió:

—La Reina Elora. Eso es. Elora… Lo sé, lo he memodizado. Pedo en cuanto dejo de declamad… vuelvo a sed yo —dijo el monarca con tristeza.

Sus palabras se deshacían con el viento que entraba por los postigos carcomidos. La hacienda, antaño esplendorosa, era ahora un mero enclave estratégico de una guerra que ya duraba demasiado.

Pero Doddy seguía en pie. Con el corazón firme. Con la torpeza propia del que ha heredado un peso demasiado grande… y, sin embargo, lo sostiene.

Desde que la sacerdotisa elemental lo desmaterializó de Ámbar, salvándolo de aquella batalla contra Amunet —más de una década antes de la activación del Orbe de la Confusión—, muchos lo habían dado por desaparecido. Pero ahora aquí estaba. Vivo. Y aún aferrado a su propósito. Gracias a los barcos piratas de Elora, había podido llevar a su ejército a tierra firme. Tras recuperar Instántalor, cuyos habitantes se alzaron con gallardía contra los demonios invasores al verle llegar, avanzaba con sus huestes rumbo al palacio de Ámbar, pero el trayecto era largo y albergaba peligros e inclemencias: marismas, demonios, zíngaros…

—Soy el hedededo —murmuró, apoyando la frente en el pomo de la espada—. Y algún día, todos lo sabdán.

Entonces, un leve toque en la puerta interrumpió al monarca.

—¿Majestad? —dijo Periandro, con esa calma envolvente que solo da el conocimiento… o el peso de una familia con demasiadas verdades que ocultar.

Al ver la escena, añadió:

—Oh… ¿Estabais ensayando?

—Sí —respondió Doddy, bajando la mirada—. Pedo no puedo salidme del texto. En cuanto dejo de concentdame… todo mi esfuedzo se desmodona.

Periandro le sonrió con afecto, sin rastro de burla.

—Majestad, el pueblo os querrá por vuestra verdad, no por vuestras erres.

Se acercó un paso.

—Pero ahora, he de comunicaros algo. Tras la desaparición de parte de la guardia, me temo que algunos escuadrones enemigos hayan penetrado en la zona asegurada.

Doddy parpadeó.

—¿Es pod el odbe?

—Eso parece, Majestad. El Orbe de la Confusión está afectando por igual a los dos bandos —repuso Periandro—. Y ninguna posición será segura mientras no nos reorganicemos. Hemos perdido a la mitad de nuestras tropas y nos han separado de Elora y del resto de los piratas. Nuestra posición es débil y me temo que alguno de los esbirros de la oscuridad aproveche la confusión para atentar contra vuestra vida.

Hizo una pausa. La mirada se le endureció.

—Además… han desaparecido más de la mitad de los alquimistas que se encontraban en el bastión. Entre ellos… mi hermana, Aurora. 

Doddy asintió con gravedad.

—Debemos abandonad el Bastión antes de que nos encuentden. ¿No es así?

—Sí, majestad. Vuestra seguridad es la máxima prioridad. Si algo os ocurriera… 

—Si algo me ocudre, siempre quedadán mis hedededas legítimas —sentenció el rey.

—Minerva mantiene a vuestras hijas en secreto —convino Periandro—. Nadie sabe dónde se encuentran. Ni siquiera vos. Y eso es lo que las mantiene con vida.

Doddy esbozó una sonrisa agradecida.

—No lo entiendo del todo, Pedianddo. Pedo Minedva… ella sí lo sabe. Es la edudita más lista de Calambudia. Mucho más que tú.

—Eso no me cuesta admitirlo. Mi tía siempre ha tenido una cabeza prodigiosa; por eso mismo, conviene escucharla. Vamos, Majestad. El tiempo se acaba. Y hay quien ya ha empezado a moverse.

Mientras Doddy y Periandro se preparaban para partir, los jardines del Bastión de los Colby, encaramados a una terraza natural sobre las colinas de Azarcón, se cubrían de una bruma suave. El perfume de los jazmines se mezclaba con la humedad del atardecer. Allí, donde el musgo crecía entre esculturas erosionadas y fuentes apagadas por siglos de olvido, Hilario paseaba con la dignidad de quien se sabe parte de un linaje que resiste más por terquedad que por poder.

—Estoy convencido —comentaba Hilario— de que el orbe ha afectado a todos menos a mí. Claro, teniendo un gemelo como Froilán… uno se acostumbra al desorden. Siempre en tratos con marqueses lunáticos o desapareciendo durante semanas sin previo aviso. Para mí, su ausencia es rutina.

—Lo dices como si no le tuvieras aprecio a tu hermano gemelo —replicó Tilaria, sin apartar la vista del sendero de grava blanca.

—No, no. Lo adoro —dijo Hilario con una sonrisa irónica—. Es el pequeño. Y como buen pequeño… hace lo que le da la gana.

—Ah, él es el pequeño, hubiera apostado por que eras tú —dijo Tilaria como quien lanza un halago.

—Aunque naciéramos el mismo día, yo nací seis minutos antes —precisó el secretario—. Él es el menor y parece que eso le da licencia para ser un imprudente encantador.

Tilaria soltó un leve resoplido, mitad cansancio, mitad diversión.

Fue entonces cuando, al girar la esquina del seto de magnolias, una figura solitaria apareció avanzando por el sendero contrario. Iba encapuchada, con los bordes de la capa decorados en hilo carmesí, y cada paso parecía medido al compás de un secreto.

Arnaldo.

—¿No es ese…? —murmuró Tilaria, entrecerrando los ojos.

—El heredero del clan del Cuervo, hijo de Kálima, la matriarca —respondió Hilario en voz baja—. Y una espina zíngara clavada en la espalda de este reino.

Arnaldo se detuvo al verlos. Luego se inclinó con una cortesía que no era vacía, pero tampoco plena.

—Vizcondesa. Dignísimo Colby —saludó—. Pasear por estos jardines al caer la tarde es una visión que ni el Orbe ha logrado confundir.

—Qué galantería tan… inesperada —respondió Tilaria—. ¿Os trae aquí la casualidad o debo llamar a la guardia?

—Ya sabéis que en nuestro pueblo no creemos en la casualidad —dijo Arnaldo—. Solo en señales, destinos… y deudas.

Hilario, cruzando los brazos con lentitud, arqueó una ceja.

—¿Y qué deuda os ha traído hasta Azarcón esta vez? ¿Una familiar? ¿O una más… pragmática?

Arnaldo sonrió con la comisura del labio apenas levantada.

—La más antigua de todas —susurró.

—Sea como fuere, a mi sobrino-nieto le encantará el regalito que le voy a brindar: un patriarca zíngaro sazonado con grilletes reales —sonrió Lady Tilaria con gesto de estratega—. ¡A mí la guard…!

Pero antes de poder concluir su órden, Arnaldo extendió los dedos. Un susurro en zíngaro —áspero, rítmico— se deslizó entre las palabras. Una ráfaga de magia oscura brotó de sus labios, envolviendo a los dos nobles en un velo de humo estrellado.

Lady Tilaria intentó levantar el abanico, Hilario apenas alcanzó a alzar la voz. Pero el conjuro fue certero.

En un segundo, sus párpados pesaban como plomo.
En dos, sus rodillas cedieron.
En tres, estaban dormidos sobre la hierba. Silenciosos. Fuera del mundo.

Arnaldo se volvió hacia el centro del jardín interior del Bastión, donde una antigua glorieta, legado de los primeros Colby, esperaba entre columnas rotas y hiedra silvestre. Allí, se decía, los fundadores del linaje recibían inspiración antes de cada duelo, y hoy el eco de la traición y la sangre resonaba con más fuerza que cualquier recuerdo noble.

Colocó con cuidado una piedra azulada sobre una losa agrietada. El Zafiro Vincular brilló al contacto con la piedra, pulsando como si respirara.

—Este es el sitio que indicó el mensaje —dijo, con voz contenida—. El jardín de la mansión Colby. Colocaré aquí la piedra y pronunciaré las palabras que me enseñó madre. Espero que la Emperatriz de los Dos Mundos esté satisfecha con mi trabajo.

Elevó las manos. Sus dedos dibujaron en el aire antiguos gestos de rituales zíngaros. Un murmullo gutural surgió de su garganta. El viento giró sobre sí mismo. Las sombras se alargaron. La temperatura cayó en picado.

Un trueno sin nubes desgarró el cielo. Humo negro emergió desde la piedra. Estrépito. Niebla. Y en medio del torbellino…

Amunet.

La Emperatriz de los Dos Mundos emergió del vórtice como un espectro coronado. Sus ojos, dos lunas de obsidiana. Su capa, hecha de ceniza y ecos. Su báculo, un fragmento del Inframundo forjado en antiguo y oscuro metal.

—Bueno, bueno… —dijo con una sonrisa que cortaba—. Pero si es mi zíngaro favorito.

Arnaldo cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Su Malignidad, soy vuestro más humilde siervo.

—Veo que has cumplido tu misión a la perfección. Has recuperado el Zafiro Vincular.

—Madre me contó que es una reliquia de mi pueblo, que una antigua Emperatriz Tenebrosa le regaló a nuestro patriarca Arnaldo. Pero… ¿cuál es su verdadero poder?

Amunet se acercó. No lo miraba, lo medía.

—Puede crear un vínculo entre un mortal y el Inframundo. Tu sangre es antigua y poderosa, por eso la piedra te ha obedecido. Y gracias a eso, has conseguido invocarme. De esta forma podremos comunicarnos y, llegado el caso, podré acudir allá donde se me necesite. O tú y los tuyos seréis llamados a mi presencia, estés donde estés.

—Es un gran honor del que sin duda no soy digno. Como futuro patriarca del pueblo zíngaro, lo llevaré siempre conmigo. Le doy las gracias por su regalo en nombre de mi linaje.

—No lo hago por vosotros —dijo ella, sin sonreír—. Ahora que Van Bakari nos ha traicionado y he sido separada de mis demonios, debo cubrirme las espaldas.

Arnaldo alzó la cabeza, los ojos encendidos.

—Me encargaré de degollar a quien ose cuestionaros. A quien pretenda arrebataros el trono. A pesar de que esas niñas tengan sangre real, el trono os pertenece, Emperatriz de los Dos Mundos.

—Pero, mi querido Arnaldo —susurró ella, girando despacio el báculo entre los dedos—, no se puede matar a quien no se sabe dónde está. Creo que los decadentes reyes exiliados me ocultan el paradero de sus hijas. Por eso estamos aquí. Tenemos que sonsacarles información crucial. Para ello aún tengo a mis súcubas —añadió dando un golpecito al báculo—. Y tú… tú me vas a ayudar.

243 – EL HAYA DE LOS LAZOS

Personajes que aparecen en este Relato

EL HAYA DE LOS LAZOS

La humedad de la arboleda la envolvía como una promesa. Gorrión conocía bien aquel lugar. Había acampado allí con su familia más de una vez, en los veranos o en las estaciones confusas, cuando los pícaros regresaban a Catch-Unsum para ocultarse de los impuestos, del pasado o del peso de la justicia sobre sus propios nombres.

Su padre, el pícaro Drawets, le había enseñado los caminos ocultos entre los arbustos, el modo en que el musgo crece siempre en el lado más fresco de los troncos y cómo orientarse si las estrellas aparecían entre las copas.

—Si te pierdes —le decía mientras la cargaba sobre los hombros, hablando hacia el cielo, hacia ella—, sigue el olor a savia. El musgo te guiará. Y si ves fuego sin humo… es que alguien te está esperando.

Ella no respondía. Estaba muy atenta, aunque sus manos se entretenían jugando con los rizos de su padre, enredando los dedos en su cabello revuelto como si fueran lianas o crines de un animal fantástico. A veces se los trenzaba sin que él se diera cuenta; otras, simplemente los acariciaba, concentrada en su voz, como quien escucha una historia que quiere recordar para siempre.

—¿Y si no hay fuego? —preguntaba Gorrión siempre, con la seriedad de quien desea todas las respuestas del mundo.

—Entonces ve al claro de la Daga Rota —decía él, bajando la voz como si compartiera un secreto ancestral—. ¿Ves? Está escondido tras tres robles y un zarzal torcido, el que huele a canela mojada. Nadie va allí si no es de los nuestros. Ni siquiera los espíritus.

Avanzaban juntos hacia allí en sus paseos, y él le mostraba las raíces entrelazadas de los árboles más viejos, hasta llegar a una en particular: dos hayas que habían nacido separadas pero, con los años, sus troncos se habían fundido en uno solo. La llamaban el Haya de los Lazos.

—En medio del claro crece este haya —le decía su padre—. Allí podrás esconderte. Su tronco tiene un hueco donde cabes tú entera y el musgo es tan blando que parece respirarte mientras duermes.

—¿Por qué se llama así? —preguntaba ella, tocando la corteza unida de los árboles.

Drawets sonreía y contestaba:

—Porque son dos árboles que decidieron no separarse nunca más. Nacieron lejos, pero el bosque los trajo de vuelta. Se abrazaron. Y ahora ya no pueden vivir el uno sin el otro. ¿Ves? Algunas cosas están hechas para reencontrarse. Incluso si el bosque las separa.

—¿Y tú me buscarás si me pierdo? —preguntaba Gorrión en voz baja.

—Siempre —respondía él sin dudar, apretándola contra su nuca—. Siempre sabré cómo volver a ti.

Y luego la abrazaba fuerte, como si temiera que algún día olvidara el camino.

Ahora estaba sola. 

Desde que los cazademonios despertaron el Orbe de la Confusión, el mundo se le había partido en dos y su hermano y su padre habían quedado al otro lado, lejos, fuera de alcance.

Estaba viendo la entrada del claro de la Daga Rota. Allí, en el centro, el Haya de los Lazos seguía en pie. Majestuosa. Su tronco fusionado abría un hueco natural a ras de suelo, cubierto de hojas secas. Un escondrijo seguro. Un corazón hueco donde, alguna vez, una niña se acurrucó a cantar con los ojos cerrados, creyendo que todo estaría bien.

La noche descendía despacio. El bosque se había vuelto más denso, más vertical. El cielo se asomaba entre ramas y las estrellas dibujaban sendas que solo los pícaros sabían leer.

Gorrión estaba acurrucada en el corazón del haya cuando un sonido seco, casi un crujido contenido, le hizo girar la cabeza de golpe.

Fue entonces cuando, a lo lejos, lo vio.

—Papá… —susurró.

Una figura avanzaba entre los árboles. Era alta, de hombros estrechos, con una túnica oscura que le caía hasta el suelo. Caminaba sin prisa y, aun así, la hojarasca crujía solo lo justo, como si el bosque le concediera ese ruido. La luz de las estrellas no alcanzaba su rostro.

Gorrión se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.

—¿Papá? —preguntó, con un hilo de voz.

La figura se detuvo.

Por un instante, el bosque contuvo el aliento. Y la niña, sin pensarlo, echó a correr hacia él.

—¡Papá! Sabía que me encontrarías. Sabía que… —la voz se le quebró—. Estoy siguiendo el musgo, como dijiste. No me he ido lejos, lo juro. Solo un poco.

Cuando estuvo a un paso, alzó la mirada.

Los ojos que la observaban no eran los de su padre. Eran más hondos. Más viejos. Y estaban demasiado quietos.

—Gorrión —dijo el hombre, y pronunció el nombre como si lo hubiera guardado para este momento.

La niña frenó en seco y retrocedió un paso.

—Tú… no eres él.

El desconocido sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una señal.

—No —admitió—. Y aun así has venido.

Gorrión tragó saliva. Le temblaron los dedos sobre la tela de la capa.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque Drawets lo pronunció aquí por primera vez —respondió Érebos—. Y la arboleda recuerda.

Gorrión apretó los dientes.

—No lo nombres.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz sonó limpia, casi cordial—. ¿Porque es tu padre… o porque te duele que alguien lo desenmascare? Drawets convierte el peligro en un cuento y el cuento en un truco. Hace reír cuando el suelo arde, desaparece cuando conviene y vuelve con una frase bonita para que todo parezca parte del plan. Incluso cuando juega a ser enviado del Titán, se le hincha el pecho con el título… y se le olvida mirar si los suyos siguen detrás.

Gorrión dio otro paso atrás. El hueco del haya le rozó la espalda, y la madera dejó de sentirse cálida.

—Me va a encontrar.

Érebos dejó la frase suspendida un instante, como si escuchara algo que no estaba allí.

—Ojalá —dijo al fin—. Porque entonces podría mirarte y explicarte por qué sus promesas no valen de nada. Pero me parece a mí que llega tarde… porque yo te he encontrado antes.

El silencio se apretó. El claro se volvió más estrecho.

—¿Quién eres? —preguntó Gorrión, con la voz rota.

Érebos miró un segundo hacia los árboles, con una contrariedad breve, como si aquel lugar no estuviera en su ruta. Después volvió a ella y la miró de otra manera: ya no evaluaba el camino; evaluaba la oportunidad.

—Me llamo Érebos —dijo—. Y no tendría que estar aquí. El Orbe ha mezclado los anclajes y me ha arrojado donde no tocaba.

Hizo una pausa.

—Pero ya que estoy… —añadió, y su tono bajó un grado— voy a aprovecharlo.

Gorrión sintió el peligro antes de entenderlo.

—No…

—Dime tu nombre… —ordenó él.

Los zarcillos oscuros que le nacían desde el contorno del ojo empezaron a moverse, lentos, como si buscaran una grieta en ella.

—Pero ahora, el de verdad.

—Ya te lo he dicho. Soy Gorrión.

Érebos sonrió despacio, como si eso confirmara algo.

—Ese es el nombre que te dieron para que fueras una pícara de callejones —dijo Érebos—. Para que pasaras desapercibida, para que corrieras cuando tocaba y para que sobrevivieras con poco ruido. Tú tienes otro. Lo has tenido siempre. Y si no quieres decirlo, no pasa nada: me encargaré yo de ponértelo. Aurobinda va a estar encantada.

El nombre de Aurobinda apagó algo en el aire. Gorrión había oído ese nombre en cuentos para asustar a los niños, y siempre había pensado que servía para que se callaran. Ahora lo escuchaba en la boca de Érebos y el miedo le subió por la espalda, frío y rápido, porque sonó a verdad. El claro se oscureció un grado, las estrellas quedaron más lejos, y el consejero alzó la mano.

—Tenebris… —susurró.

La tierra respondió. Entre raíces y hojas, una sombra más densa que la noche se deslizó hacia su palma, y una hebra negra se enroscó en su muñeca, viva, obediente.

—…nomen ligare.

Gorrión sintió que algo le tiraba de la lengua desde dentro, como si una palabra empezara a formarse sin pedirle permiso.

Érebos se inclinó hacia ella.

—Dilo —susurró—. Di: “Soy Cuervo”.

La niña negó con la cabeza, pero el temblor ya le había tomado la garganta.

—Soy… —logró decir, con la voz rota—. Cu…

Entonces, una chispa de luz cortó el aire.

—¡Praesidium lux! —gritó Kórux, y una barrera de energía dorada brotó entre ellos.

Érebos retrocedió justo a tiempo y el resplandor del conjuro le quemó la mano. Gorrión cayó de espaldas, sin aliento.

—¡Ahora, Grahim! —ordenó el Archimago, alzando la varita.

—¡Exspiravit tenebris! —recitó Grahim, conjurando un rayo plateado que rozó la túnica de Érebos, haciéndola arder por un instante.

Desde un lateral, Ukarin activó un artefacto con tres dientes metálicos.

—¡A ver cómo resistes esto, sombra con patas! —y lo lanzó.

El artefacto rodó hasta Érebos, soltando un clic seco. Una esfera de energía se expandió con un estruendo sordo, como si la arboleda entera se quejara de aquel estallido.

—¡Archimago, ya! —gritó Ukarin—. ¡Ahora puedes acabar con él!

Kórux avanzó. Tenía la varita empuñada con fuerza. Las runas brillaban en su madera antigua. Apuntó directo al pecho de Érebos.

—¡Reductum vitalis! —exclamó.

Pero no llegó a lanzar el hechizo.

Desde el borde del claro, una silueta emergió entre los helechos.

—¡Eh, maguito! —dijo una voz ronca y burlona.

BOOM.

El disparo retumbó. Un proyectil de pólvora impactó en el hombro del Archimago. Kórux cayó al suelo con un gemido ahogado.

—¡Kórux! —chilló Grahim.

Morgana, con el trabuco aún humeante, se acomodó el cinturón y le guiñó un ojo a Érebos.

—Espero que esto suba el precio. Dicen que herir a un Archimago cuesta el doble.

Érebos no perdió más tiempo. Se giró hacia la niña.

—¿Cuál es tu nombre? —susurró.

Ella lo miró. Desnuda de certezas. Hueca.

—No lo sé… —musitó.

De su espalda brotaron las primeras plumas. Negras, lustrosas. Pequeñas al principio, apenas asomando por la piel, como si los huesos bajo la carne buscaran una nueva forma. Sus pupilas se dilataron hasta ocupar casi todo el ojo. Su cuerpo tembló. Se dobló ligeramente, como si sus costillas intentaran replegarse hacia el centro.

Era el principio del proceso. El sendero hacia Yatagarami. Aquello que Aurobinda había ideado para transformar niños en heraldos oscuros, a través de un conjuro que desgajaba poco a poco la humanidad y la reemplazaba por obediencia animal. En los viejos relatos se decía que, con cada día al servicio de la oscuridad, las palabras se volvían graznidos, las uñas en garras, y los recuerdos en ecos que no sabían pronunciar nombres.

Érebos sonrió.

—¿Quién eres?

Y ella respondió:

—Soy Cuervo, mi señor consejero. Y solo sirvo al Titán Oscuro.

Pero justo en ese momento, algo inesperado ocurrió.

Una luz brotó desde su hombro izquierdo. No fue un hechizo aprendido ni una defensa mágica conocida. Fue… una respuesta. Instintiva. Antigua. Algo que no procedía de la voluntad, sino de un lugar más profundo: como si una llama remota, escondida desde el nacimiento, hubiese sentido el peligro y decidido arder.

Durante un segundo, la piel brilló con un resplandor suave, de tono ámbar, casi dorado. No quemaba, no cegaba, pero lo atravesaba todo. Su fulgor parecía pulsar al ritmo de un corazón lejano, de una fuerza que no pertenecía ni al bosque ni al mundo visible.

Érebos se detuvo, frunciendo el ceño.

Ukarin, desde la distancia, murmuró:

—¿Eso… ha salido de ella?

Nadie supo qué era.

La luz no deshizo el ritual.

Solo dejó claro que alguien —o algo— aún se resistía.

A Érebos no pareció molestarle. Observó los restos de ese brillo fugaz y sonrió con aún más interés.

—Vaya… parece que alguien no ha terminado de vaciarse —murmuró.

Grahim intentó correr hacia ella, pero una red de espinas mágicas emergió de los árboles, impidiéndole el paso.

Kórux sangraba. Ukarin se arrodilló junto a él. Su guantelete emitió un pitido suave, su mecanismo de emergencia activado.

—No podemos quedarnos —dijo ella—. Grahim, agarra mi hombro.

—¿Qué? ¡Tenemos que rescatar a esa niña!

—Confía en mí. ¡Ahora!

La inventora golpeó el suelo con el puño, activando un mecanismo inserto en su brazal. El mineral brilló con un fulgor azulado y crujiente: prolita pura, tallada con precisión para romper el espacio-tiempo.

Un estallido de luz cegó el claro. Y cuando la niebla se disipó… ellos ya no estaban.

Érebos se giró hacia Morgana, mientras Cuervo le tomaba la mano con docilidad.

—Gracias por el favor, mercenaria.

—Lo apuntaré en tu cuenta  —respondió ella—. Aunque me parece que esta chiquilla va a valer más que todos los tesoros de Kalzaria.

Érebos asintió, y su sonrisa se torció apenas.

—Aunque llegas tarde.

—Tú también me prometiste que estarías aquí antes de que se ocultara el sol —replicó Morgana—. Dijiste que me esperarías en el claro.

—Intenté llegar —gruñó él—. Pero el orbe ha confundido los anclajes. Mirad.

Se agachó y apoyó una mano sobre la tierra. El suelo, envenenado por la magia residual del orbe, exhalaba sombra.

—Tenebris surrectum…

Una espiral negra brotó del suelo. Vibró, se tensó… y colapsó en silencio.

—Todo está roto —dijo—. El teletransporte no funciona. No puedo llegar a Barastyr y mi poder es menor cuando no estamos juntos.

Morgana lo observó en silencio y alzó una ceja.

—¿Y ahora?

Érebos miró hacia el oeste, donde las ramas del bosque se volvían más espesas, y un soplo de aire frío salía de un claro oculto.

—El Palacio de Ámbar.

—Un camino peligroso —advirtió Morgana— pero necesario.

—Barastyr me espera. El orbe nos ha separado, y no nos gusta estar el uno sin el otro demasiado tiempo.

Érebos bajó la mirada hacia Cuervo, que seguía aferrada a su mano, con las plumas negras creciendo en la piel.

 —Y este será el regalo para mi señora Aurobinda —dijo—, para que recuerde que sigo a su servicio. Un consejero nunca pone todos los huevos en la misma cesta.

Y juntos se alejaron del claro de la Daga Rota, dejando atrás la majestuosa haya sobre la que el tiempo parecía haberse dormido.

Cuervo mantenía la expresión ausente, los ojos ennegrecidos y fijos en algún punto que no existía. Pero sus labios, apenas perceptiblemente, murmuraron un nombre.

—…Tinín…

El viento se lo llevó antes de que nadie pudiera oírlo.