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LA DISTANCIA ENTRE PROA y POPA
Hace muchos años, todo lo que el sol bañaba con su luz pertenecía al vasto reino de Calamburia. Sin embargo, por primera vez, una porción de ese territorio se separó: la indómita Isla Kalzaria. En los turbulentos mares del sur, Mairim Lancaster, joven e impetuosa, regresaba victoriosa a su isla. Había logrado lo que muchos consideraban imposible: liberar Kalzaria del yugo opresor de la reina Sancha III y establecer un reino independiente bajo el gobierno de los piratas. La travesía había sido ardua, pero Mairim, con su carácter caprichoso y casi infantil, demostró una astucia y valentía fuera de lo común.
La batalla decisiva había sido feroz. Los piratas de la pequeña reina, dirigidos por su leal capitán Efraín Jacobs, junto con los mercenarios comandados por su hermana Morgana, ejecutaron una serie de ataques rápidos y mortales, desmoralizando a las tropas de Sancha. Finalmente, acorralada y sin opciones, la reina ofreció su trono a Mairim en un acto desesperado. Ésta aceptó con entusiasmo, sin perder la oportunidad de satisfacer sus deseos de poder y aventura.
—¡Viva Mairim! ¡Viva la Reina Pirata! —coreaban los habitantes de Isla Kalzaria. Tras una larga travesía para conquistar el Trono de Ámbar, los tripulantes de La Niña volvieron triunfantes a su querida isla y, desde ahora, la nueva Nación Pirata.
La noticia de la coronación llegó a los lugares más recónditos de la isla, pues el capitán Jacobs mandó un comando de cronistas de avanzadilla. La nueva reina fue recibida con júbilo: fuegos artificiales iluminaban el cielo, el ron inundaba las sucias calles de la ciudad, las mujeres de vida alegre pintaban las paredes con sus coloridos vestidos y una orquesta de borrachos amenizaba la noche con canciones marineras. Tras relatar los pormenores de la tediosa travesía, los asistentes a la celebración descorcharon las mejores botellas de ron en honor a su nueva reina-niña.
Entre los celebrantes destacaban dos piratas cuyos nombres ya eran conocidos en todas las tabernas y puertos: John Nathaniel y Railey. Su historia era una de camaradería y audacia, forjada en los mares y en los campos de batalla. Ambos compartían un espíritu indomable que los separaba del resto de los bucaneros, haciendo de ellos figuras legendarias en el relato de la independencia de Kalzaria.
Años atrás, aburridos de su anodina vida en el lupanar, los dos amigos, aunque eran practicamente unos crios, decidieron probar fortuna en la famosa embarcación del Capitán Jacobs, que al alba levaría anclas en dirección al Palacio de Ámbar. Nathaniel, hijo de un famoso pirata, adiestró a su amigo en las artes de la navegación y la disciplina naval, y ambos se convirtieron rápidamente en los mejores grumetes de la embarcación hasta llegar a servir a Cristóforo, el hombre de confianza del capitán. Al desembarcar en Calamburia, los dos encabezaron el sanguinario ataque. Piratas y soldados se enzarzaron en un cruento baile al son de los cañonazos, las estocadas de los aceros y los lamentos de los moribundos que caían al suelo ensangrentados. Los hombres morían por doquier, los piratas avanzaban rápidamente por los pasillos cubiertos por los inertes cuerpos de la guardia real, tornando el ámbar en rojo. Los dos amigos luchaban arduamente cuando, en el fragor de la batalla, tuvieron una visión divina: una joven morena de cabello castaño, mirada resplandeciente y sonrisa deslumbrante batallaba con arrojo, esquivando las estocadas de sus contrincantes y ensartando su precioso florete en cuantos se le acercaban. El distintivo parche en su ojo les reveló su identidad: era Mairim Lancaster, hija de la reina Petequia y la que sería su reina. Ambos se enamoraron de ella al instante.
Pero hoy no era un día para añoranzas; era un día en el que se celebraba la independencia, y el pasado quedaba como una sombra distante frente al resplandor del presente. Los piratas brindaban y cantaban por un nuevo futuro, las llamas de las antorchas se reflejaban en el mar, y el nombre de Mairim Lancaster resonaba en cada rincón de Kalzaria. En ese momento, Efraín Jacobs los mandó llamar a su despacho y los dos grumetes dejaron de inmediato sus jarras de ron y acudieron prestos. Allí se encontraban el capitán y Morgana, la medio-hermana de la joven reina.
—Cristóforo me ha informado sobre vuestra valía en combate y me ha dicho que le habéis salvado la vida —comenzó a decir el capitán Jacobs—. Quería agradecéroslo. Cristóforo es un marino muy valioso y un gran amigo.
—Muchas gracias a usted, capitán —respondió Nathaniel con una inclinación respetuosa.
—Pero no os han llamado solo para eso —continuó Cristóforo—. Morgana tiene algo que ofreceros.
—Queremos que cuidéis de la reina —intervino la hermana de Mairim, que era mayor que ella—, que la protejáis. No me fío de Sancha. Además, no hemos llegado a derrotar a esa vieja arpía. Tras firmar la paz y concederle a mi hermana la independencia de Kalzaria, debe estar lamiéndose las heridas mientras piensa en cómo devolvernos el golpe. La corona odia a los piratas, nos han odiado desde que nuestro padre empezó a saquear sus costas en los tiempos del reinado de Urraca.
—¡Es que Urraca es un nombre ridículo! —interrumpió Cristóforo entre risas.
—¿A quién se le ocurre llamar a una hija como a un pequeño pájaro azulado? —continuó Morgana divertida—. Es como si yo llamara a alguien Mero o Merluza. En este caso, ambos son pequeños y azulados, pues la próxima vez la llamaré Anchoa —sentenció la joven.
—¡Me encantaría ver la cara de esa usurpadora, vieja y seca, al escuchar eso! —comentó Jacobs con una sonrisa.
—Como iba contando —retomó Morgana—, la reina anciana ha cedido la soberanía de isla a los piratas, pero Urraca no puede tener hijos y ha matado a su único nieto, lo que convierte a Mairim en la heredera al trono. ¿Y acaso creéis que dejará que una de nosotros se siente en el Trono de Ámbar? Ya se ha librado de Dorna, Comosu y Juliok, y no dudará en mandar a sus sicarios a por mi hermana.
—Necesita protección —intervino nuevamente el capitán Jacobs—, y me consta que los dos sentís algo más que devoción por ella.
—Sí, capitán —afirmó Nathaniel visiblemente conmovido, mientras su compañero asentía con la cabeza.
Los dos amigos aceptaron agradecidos el encargo. Su sueño se había hecho realidad: ¡podrían estar con Mairim!
El tiempo pasó y los tres se hicieron grandes amigos: ellos cuidaban con amor a su reina y ella se sentía halagada por las atenciones que recibía. Mientras tanto, la vida en la Isla Kalzaria siguió su curso mientras las mareas del destino movían sus hilos.
Un día, la tranquilidad de la taberna favorita de la reina se vio abruptamente interrumpida por la irrupción de un joven marinero que anunció con urgencia la desaparición de Walter Kennedy, un colono por el que Mairim había desarrollado una profunda fascinación. Aunque nunca había conocido a Kennedy en persona, la reina había visto sus retratos y no podía evitar sentirse atraída por su porte alto, su cabello moreno y su mirada enigmática, tan similar a la de su fiel protector, John Nathaniel.
La noticia de la desaparición de Walter fue un golpe profundo para Mairim, y en ese momento, la inmadurez de la reina se desvaneció como la bruma al amanecer. A pesar de su juventud, la reina comenzó a mostrar una madurez inaudita, manifestada en la decisión firme de emprender una búsqueda desesperada. Acompañada de sus leales guardias y amigos, se aventuró a cruzar los siete mares en su búsqueda, enfrentando tormentas y peligros con una determinación renovada. La experiencia de la búsqueda y las duras pruebas que enfrentó durante el viaje contribuyeron a su creciente responsabilidad en las decisiones que tomaba.
Viajaron días, semanas e incluso meses, pero el rastro de Kennedy se desvaneció como el humo al viento. Tras numerosas decepciones, Mairim se rindió a la realidad de que el marino probablemente había encontrado su final y decidió regresar a Isla Kalzaria. Aunque aún conservaba destellos de su carácter juvenil y su espíritu aventurero, la búsqueda había dejado en ella una huella de madurez.
Durante la travesía de regreso, John Nathaniel y Railey mostraron una atención especial hacia Mairim, cada uno a su manera. John, con su habilidad estratégica y su mirada serena, ayudaba a la reina a planificar el rumbo y las maniobras del barco. Su porte imponente y su presencia constante evocaban al colono que Mairim había perdido. La reina, atrapada entre el recuerdo de un amor perdido y la realidad de la vida en alta mar, comenzó a desarrollar un afecto profundo por John. Su manera de manejar las situaciones, su lealtad inquebrantable y su elegante distinción resonaban con las cualidades que había admirado en Walter.
Railey, por su parte, era el alma vivaz de la tripulación. Se encargaba de proporcionarle jarras y jarras de ron a Mairim, siempre con una sonrisa en los labios y una excusa para su impresionante resistencia al alcohol: «No es borrachera, sino resaca del día anterior,» solía bromear. Su habilidad para salir indemne de cualquier altercado, incluso después de beber más ron del que parecía razonable, era legendaria. Con cada botella que le servía a la jóven, su carácter aventurero y despreocupado le atraía más y más. Las risas y las bromas de Railey, junto con su actitud relajada, ofrecían un alivio necesario en los momentos más oscuros de su travesía. En el mundo de los piratas, donde el amor libre era una norma tan común como la navegación, Mairim encontró en su compañero de botella una chispa de emoción y pasión que resultaba irresistible.
A medida que avanzaban los días en alta mar, la reina se vio atrapada en un delicado equilibrio entre sus sentimientos por ambos hombres. Con John, las noches estaban llenas de conversaciones íntimas y miradas que revelaban un vínculo profundo. Las horas compartidas en la cubierta bajo las estrellas se convirtieron en momentos de revelación y conexión. Sin embargo, cuando la reina buscaba escapar de la melancolía y abrazar el presente, encontraba en Railey una fuente de excitación y diversión. Sus encuentros furtivos entre los barriles de la bodega, cargados de risas y ardor, le ofrecían una forma de liberarse del peso de sus pensamientos y disfrutar del presente.
En el vasto reino de los mares, donde las normas de la tierra no se aplicaban y las cadenas de la tradición se rompían como redes viejas, el amor entre los piratas fluía con la libertad de las olas y la desatada bravura de los vientos. Sin las ataduras de las convenciones y las restricciones de los reinos lejanos, los corsarios vivían su pasión con el ímpetu de la tormenta y la sinfonía de las estrellas. Así, en la inmensidad del océano, Mairim se hallaba inmersa en un mundo donde los lazos amorosos eran tan cambiantes como las mareas y tan audaces como el más temerario de los navegantes. John, con su porte digno, le recordaba lo que había perdido, mientras que Railey, con su carácter aventurero, le ofrecía un respiro del pasado y un vistazo a un futuro lleno de posibilidades. Cada uno, a su manera, llenaba un vacío diferente en su vida, y la pirata se encontraba inmersa en una danza emocional, disfrutando de los encantos de ambos hombres en la libertad que le brindaba su entorno.
Durante su larga travesía, los dos marineros llevaban con admirable entereza el singular estilo de vida de la reina. John Nathaniel y Railey, aunque ambos compartían la cercanía de la reina, mantenían una camaradería sin igual, apreciando y respetando el espacio del otro como verdaderos compañeros en la vida pirata. El entorno del navío permitía que sus corazones se entrelazaran de maneras impredecibles.
Sin embargo, al arribar a Isla Kalzaria, el ambiente festivo se desvaneció como neblina al amanecer. Al divisar las distintivas velas moradas de La Niña, Morgana se precipitó hacia el puerto, su rostro reflejando una mezcla de preocupación y alivio.
—¡Por el Leviatán, ya era hora de que volvierais! —exclamó con un tono agitado—. En vuestra ausencia algunos piratas levantiscos han intentado usurpar el trono. Aunque hemos exterminado a los rebeldes, no tengo duda de que volverán a intentarlo. ¿¡Acaso quieres perder el trono que tanto nos ha costado conseguir y que todos acabemos en la horca?!
—¿Y qué propones que haga? —preguntó Mairim con un tono de resignación y creciente inquietud.
—Cásate —declaró Morgana con una firmeza que no admitía réplica—. Cásate con quien elijas y mantén relaciones con quien te plazca hasta tener un heredero. De esta forma, aseguraremos la estabilidad del trono.
Aunque reacia a la idea de atarse a un solo hombre, vio en ello una solución pragmática; la posibilidad de mantener su libertad personal mientras aseguraba la sucesión del trono le parecía un compromiso aceptable. En medio de su incertidumbre, consideró a John Nathaniel. Su porte y la historia de su familia pirata, con sus raíces profundas en la tradición corsaria, lo hacían el candidato ideal para unirse a ella en esta misión. Sin embargo, Mairim tenía una condición: para ella, la vida no monógama era esencial y no estaba dispuesta a renunciar a ello. Así que, con gran determinación, le propuso a Nathaniel que aceptara el matrimonio bajo la condición de poder seguir disfrutando de sus relaciones con otros.
Al ser informado de este acuerdo, el marinero aceptó sin dudarlo. Su actitud despreocupada y su comprensión del espíritu libre de la vida pirata le permitieron aceptar el arreglo con una sonrisa de complicidad. Nathaniel sabía que su rol era esencial para estabilizar el trono y, mientras él se centraba en cumplir su parte del trato, hizo la vista gorda ante los escarceos amorosos de Mairim con Railey. La aceptación del marinero a este estilo de vida reflejaba su compromiso con la reina y su respeto por las normas no convencionales del mundo pirata.
Así, se celebró una boda rápida pero espléndida, seguida de festejos que se extendieron durante semanas. El ron fluía más libremente que las ratas en la bodega y los piratas celebraban con entusiasmo en cada rincón de la ciudad. La reina disfrutaba de los placeres maritales con Nathaniel en sus aposentos, mientras Railey, con su inagotable energía, mantenía fugaces idilios con Mairim en los escondites más secretos del navío.
Nueve meses después, el destino presentó un nuevo regalo: una hermosa niña con cabello negro, mirada penetrante y una sonrisa que parecía iluminar los rincones más oscuros del Inframundo. Aunque no había certeza absoluta sobre quién era el padre biológico, Mairim, John y Railey se enamoraron de la pequeña Elora en el instante en el que la tomaron en brazos. Oficialmente, se reconoció a John Nathaniel como el padre, y la niña, a pesar de las incógnitas sobre su paternidad, sería, sin duda, la más querida y adorada del mundo.

