Personajes que aparecen en este relato

LA CÁMARA DEL ESPEJO
Unos minutos antes de que el grito de Minerva atravesara los muros y alcanzara a quienes descendían en su busca, la antigua cámara del Espejo permanecía en silencio bajo la Torre Arkhana. No entraba luz natural y ninguna vibración mágica reconocible atravesaba sus muros. Solo las antorchas clavadas en las paredes derramaban su llama violácea sobre las piedras húmedas y arrancaban destellos dispersos a los fragmentos del antiguo Espejo. El estruendo de la batalla que sacudía las plantas superiores apenas conseguía llegar hasta allí.
Kávila, erguida junto al estrado central, no se movía.
Su silueta, perfilada por la luz trémula del fuego, conservaba la elegancia de quien había aprendido a no suplicar. La melena rubia le caía sobre los hombros y sus ojos de iris felino escudriñaban la penumbra. Llevaba demasiado tiempo esperando, y no era una mujer acostumbrada a permitir que otros decidieran por ella.
El pacto con Amunet era lo único que la retenía en aquel lugar.
Amunet le había asegurado que Eurýdice estaba a salvo en Cuna de Oscuridad, acompañada por un impromago Ténebris. Kávila no la había seguido. Le correspondía permanecer en la Torre, cumplir la parte que había aceptado y preparar la última fase del plan.
Las amenazas permitían reconocer el peligro. Las promesas, en cambio, obligaban a confiar en que otra persona decidiera cumplirlas.
Érebos la había dejado allí, sola, en la antigua cámara del Espejo, y aún no había regresado. Kávila sabía que la directora estaba en camino y que muy pronto comenzaría el interrogatorio sobre el paradero de las princesas. En cuanto la Emperatriz averiguara dónde estaban las niñas, ella podría volver con su hija.
Unos pasos descendieron por el corredor.
Kávila giró la cabeza.
Una figura emergió de la penumbra con paso firme. Era joven, de piel morena y ojos oscuros. Llevaba una daga curvada en el cinto y el cabello cubierto por telas entrelazadas en un turbante zíngaro de tonos morados, turquesas y naranjas.
Su rostro, de pómulos marcados y barbilla firme, conservaba todavía algunos rasgos juveniles. La barba recortada perfilaba su mandíbula y el maquillaje ahumado bajo los ojos endurecía su expresión, otorgándole un aire ceremonioso que parecía cuidadosamente aprendido.
Kávila lo miró con el mentón levantado. Reconocía aquellos rasgos.
—Arnaldo —se presentó—. Hijo de Kálima. Nos conocimos en la final del Torneo.
Kávila entrecerró los ojos.
—Te recuerdo.
Arnaldo se detuvo a pocos pasos del estrado y observó los fragmentos del Espejo.
—Esperaba un lugar más impresionante.
—Los lugares importantes rara vez necesitan parecerlo.
Kávila descendió del estrado y se aproximó al joven. La firmeza de su mandíbula y la manera en que mantenía una mano cerca de la daga le resultaban familiares.
—Aquel cuya esencia te dio la vida también se llamaba Arnaldo: Arnaldo Zin-Garth. Era un hombre terco y valeroso. Inspiró a muchos. Tú cargas con su nombre y con el peso de su linaje.
Durante unos segundos, solo se escuchó el crepitar de las antorchas.
Él dio un paso más. Kávila ladeó ligeramente la cabeza, evaluándolo.
—¿Cómo has entrado en la Torre?
—Gracias a mi hermana, Sámara —respondió sin rodeos—. Fue la primera en pasar. Su marca Arkhana abrió el canal. La Torre la reconoció. Los demás cruzamos tras ella. Una vez dentro, activé el Zafiro Vincular y abrí los umbrales hacia el Inframundo.
Kávila soltó una carcajada breve y seca.
—Así que los rumores eran ciertos. Una marca Arkhana en el rostro de una joven zíngara.
Arnaldo apoyó la mano sobre el mango de la daga.
—Mi hermana no es asunto tuyo.
—Tu hermana acaba de abrir una de las fortalezas más protegidas de Calamburia. Se ha convertido en asunto de mucha gente.
Kávila observó la penumbra bajo el turbante del muchacho.
—Una marca Arkhana en una hija de Kálima solo puede proceder de Ailfrid.
Los dedos de Arnaldo se cerraron sobre la daga.
—No sabes de qué estás hablando, vieja arpía.
—Más de lo que imaginas. Conocí bien a Ailfrid cuando todavía vivía en el poblado. Nunca perteneció por completo al clan, aunque aprendió nuestra lengua y nuestras costumbres. También aprendió a mirar a Kálima cuando creía que nadie reparaba en ellos.
Arnaldo no respondió.
—Mi madre jamás ha hablado de él.
—Eso no significa que lo haya olvidado.
Los ojos de Kávila se oscurecieron, alcanzados por un recuerdo que no compartió.
—La marca de Sámara no es solo sangre. Es memoria impresa sobre la piel. Tu madre debió de comprender de quién procedía en cuanto apareció.
—No vuelvas a hablar de mi familia como si la conocieras.
—También es la mía.
La respuesta detuvo cualquier réplica inmediata.
Arnaldo apartó la mano de la daga, aunque la desconfianza permaneció en su mirada.
Kávila regresó junto al estrado.
—Veo que Amunet te ha reclutado. Y que tu madre ha obligado al clan a rendir pleitesía a la Emperatriz de los Dos Mundos. Lo que aún no entiendo es por qué te ha elegido a ti para esta reunión.
—Yo seré el próximo patriarca zíngaro —replicó Arnaldo sin dudar—. ¿O qué crees que soy?
—Aún no lo sé. Un título futuro no demuestra que estés preparado para ocuparlo.
El joven dio un paso hacia ella.
—Mi madre no me ha enviado para recibir lecciones.
—Kálima y yo compartimos sangre desde mucho antes de que tú aprendieras a blandir esa daga. Sé qué clase de lecciones se niega a dar.
Arnaldo soltó una risa breve.
—Empiezo a entender por qué lleváis tantos años enfrentadas.
—Nos parecemos demasiado.
La respuesta borró parte de la sonrisa del muchacho.
Kávila volvió la mirada hacia el corredor.
—Espero que podamos acabar esto cuanto antes. Mi hija me está esperando.
—Eurýdice está en Cuna de Oscuridad —dijo Arnaldo.
Kávila se volvió hacia él.
—¿La has visto?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Kávila bajó del estrado y se detuvo frente al joven.
—Entonces no vuelvas a pronunciar su nombre como si supieras que está a salvo.
Arnaldo sostuvo su mirada, pero no contestó.
El arrastre de unas cadenas llegó desde el extremo opuesto de la cámara.
Al fondo de la cámara, la oscuridad a la que Barastyr había arrastrado a Minerva se abrió de nuevo.
El consejero emergió primero. La túnica granate se deslizaba tras él sin rozar las losas y su rostro, endurecido por los años, conservaba la sonrisa de quien había previsto aquel desenlace. Alrededor de su ojo derecho se extendían varios zarcillos de oscuridad que palpitaban bajo la piel.
A su lado, sujeta por una cadena hecha de sombras, venía Minerva.
La directora de la Torre Arkhana tenía las manos atadas a la espalda. Una mordaza ritual, tejida con los mismos hilos oscuros que formaban la cadena, le sellaba los labios. Una herida estrecha le atravesaba la frente; la sangre se había secado junto a la sien, aunque un hilo más reciente descendía por su mejilla.
Sus rodillas cedieron al alcanzar el estrado. Barastyr tiró de la cadena y la obligó a continuar.
Kávila la observó sin pestañear.
—Llegas tarde —dijo, sin emoción.
—No hay prisa cuando el silencio coopera —replicó Barastyr.
Condujo a Minerva hasta el centro de la cámara, tiró de la cadena y la dejó caer de rodillas junto al estrado.
—Nuestra invitada ha intentado darme órdenes durante todo el trayecto. He tenido que recordarle que ya no estamos en una de sus clases.
La mirada de Minerva se clavó en su antiguo alumno. La sonrisa de Barastyr perdió fuerza durante un instante.
Arnaldo entrecerró los ojos. Contempló a la prisionera con un interés que no trató de ocultar. Había escuchado hablar de Minerva desde niño: la erudita que había burlado a reyes, demonios y zíngaros para ocultar a las herederas. Ahora la tenía arrodillada ante él.
Barastyr le retiró la mordaza con un gesto seco. Minerva inspiró con dificultad. La tela oscura había dejado marcas en las comisuras de sus labios, pero no pidió agua ni trató de recuperar el aliento. Miró primero a Kávila, después a Arnaldo y, por último, a Barastyr.
—Os vais a arrepentir.
Nadie respondió.
Desde el fondo del corredor, Érebos apareció.
Vestía una túnica granate de brocado oscuro, similar a la de Barastyr, con detalles en negro que absorbían la luz. Una banda de terciopelo le cruzaba el pecho y el corte severo del atuendo acentuaba su porte ceremonial. Su cabello, corto y gris acero, contrastaba con la mancha negra que le surcaba el rostro: una grieta que nacía en el ojo izquierdo y parecía extenderse lentamente bajo la piel.
En sus manos brillaba el Zafiro Vincular. Después de activar los umbrales, Arnaldo se la había confiado a Érebos para que la trasladara hasta el círculo de anclaje. La gema no permanecía inerte: cada pulsación azul recorría la red de umbrales que había proyectado por la Torre. En las galerías superiores, los círculos que continuaban abiertos respondían a aquel latido y daban paso a nuevas criaturas del Inframundo.
Érebos cruzó la cámara y depositó el Zafiro en el centro del círculo.
El Zafiro llevaba activo desde la irrupción en Skuchaín. Al entrar en contacto con el círculo, su pulso despertó las runas de la cámara. La luz se extendió por ellas una tras otra hasta formar un anclaje completo alrededor del estrado.
Arnaldo se acercó y apoyó dos dedos sobre la superficie azul. Murmuró las palabras que Kálima le había enseñado. El Zafiro reconoció la sangre de su linaje y una vibración recorrió la cámara. A través de ella, todos los portales que seguían abiertos en Skuchaín respondieron con un mismo latido.
Acto seguido, el zíngaro dio un paso adelante, con la daga curvada brillando bajo la luz violácea de las antorchas.
—Eres más dura de lo que pensaba, erudita —dijo con voz áspera y juvenil—. Estás ante el futuro patriarca de los zíngaros. Esta hoja ha robado más almas de las que puedo contar.
Acercó el filo al cuello de Minerva.
Ella no retrocedió.
—Entonces deberías haber aprendido a contar antes de presumir de ellas.
Los dedos de Arnaldo se tensaron alrededor de la empuñadura.
Barastyr sonrió.
—Ya hubo un Arnaldo y era de armas tomar —comentó—. También sabía esperar antes de utilizar una daga.
Arnaldo apartó el filo, aunque no guardó el arma.
Érebos ajustó las runas del círculo. Podía dirigir el anclaje, pero no crear el vínculo: el Zafiro ya había obedecido a Arnaldo y conservaba la huella mágica de su linaje.
Minerva inspiró profundamente. Su cuerpo temblaba, pero mantuvo la espalda erguida.
—No sé cómo habéis atravesado las defensas de la Torre Arkhana —dijo con voz ronca—. Pero no os diré nada. Tendréis que matarme.
Kávila se agachó a su lado. Su tono se volvió más suave, revestido de una amabilidad calculada.
—Esto es innecesario, Minerva. Dinos dónde están las niñas y evitaremos que Arnaldo tenga que demostrar cuánto merece el título que todavía no posee.
El joven volvió el rostro hacia ella.
—No necesito que hables por mí.
—Precisamente por eso lo hago.
Kávila se inclinó un poco más hacia Minerva.
—Puedo contenerlo mientras me convenga. No esperes que siga haciéndolo si decides aburrirnos.
Minerva dejó de jadear.
Una risa seca escapó de su garganta. La herida de la frente volvió a sangrar, pero ella no apartó los ojos de Kávila.
Todos se detuvieron.
—¿Colaborar? —repitió—. Nunca revelaré el paradero de las princesas. Las herederas están fuera de vuestro alcance. Podéis matarme, podéis triturar mis huesos… pero no puedo decir lo que desconozco.
Arnaldo apretó la mandíbula.
Kávila abandonó la sonrisa.
—¿Pretendes que creamos que no sabes dónde están?
—No me importa lo que creáis.
Kávila se incorporó sin dejar de observarla. Minerva sostenía su mirada con demasiada firmeza para estar improvisando aquella respuesta.
—Maldita rata de biblioteca —bufó Arnaldo, dando un paso más hacia ella—. Está claro que tratas de confundirnos. Pero si no hablas ante nosotros…
Se volvió hacia el Zafiro, que ahora latía con fuerza.
—…lo harás ante ella.
Minerva se tensó. El movimiento apenas recorrió sus hombros, pero Kávila lo advirtió.
—¿Ha venido en persona? —preguntó Kávila, dirigiéndose a Érebos con fingida sorpresa.
El erudito mantuvo las manos sobre las runas.
—Está esperando al otro lado.
Entonces el círculo se cerró por completo.
Barastyr y Érebos retrocedieron un paso. Kávila permaneció junto a Minerva.
Una presión atravesó la cámara. Minerva bajó la mirada hacia el Zafiro mientras la luz azul ascendía por las cadenas que la retenían.
El aire cambió. Las antorchas se inclinaron hacia el centro, atraídas por una corriente que no alcanzaba a agitar las ropas de los presentes.
El Zafiro emitió una pulsación más profunda. La misma vibración recorrió los umbrales abiertos en Skuchaín.
Sobre la gema se abrió un vórtice de humo oscuro y Amunet comenzó a tomar forma en su interior. Primero se definió el rostro; después, el báculo y los pliegues de los ropajes carmesíes.
Su manifestación no proyectaba sombra. La oscuridad se reunía alrededor de ella y reducía el resto de la cámara a un espacio insignificante.
La Emperatriz de los Dos Mundos ya estaba allí.
Nadie osó hablar.
Un impacto sacudió las plantas superiores. El Zafiro respondió con una pulsación azul y, a través de los muros, los umbrales que continuaban abiertos en Skuchaín devolvieron aquel mismo latido.
Arnaldo apoyó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. Barastyr y Érebos inclinaron el rostro con una obediencia más prudente que devota. Kávila se limitó a ofrecer una breve reverencia.
Minerva ya estaba arrodillada, aunque las cadenas dejaban claro que su postura no contenía sumisión alguna.
Amunet dio un paso al frente.
—Arnaldo —pronunció—. Has llevado el Zafiro hasta el corazón de una fortaleza que se creía inaccesible. Tu linaje todavía conserva cierta utilidad.
El joven mantuvo la cabeza inclinada, aunque la satisfacción endureció sus facciones.
Amunet dirigió después la mirada hacia Kávila.
—Y tú has cumplido la parte que te correspondía. Confío en que no me obligues a arrepentirme de nuestra alianza.
Kávila recibió la advertencia sin alterar la expresión.
Minerva bajó la mirada por un instante. Solo un instante. Para reunir fuerzas.
Amunet se detuvo frente a la directora. Apoyó ambas manos sobre el báculo y examinó la sangre seca que recorría su rostro.
—Ahora vas a decirme dónde están las hijas de Rodrigo y Elora.
—Se niega a colaborar —informó Kávila—. Asegura que desconoce el paradero de las niñas.
Arnaldo se incorporó.
—Miente. Nadie habría construido un plan semejante sin reservarse el secreto.
Minerva levantó la mirada. Su respiración era inestable, pero consiguió mantener la voz firme.
—Ese es el error que lleváis años cometiendo. Mi plan nunca dependió de que yo conservase el secreto. No sé dónde están las princesas y, por tanto, tampoco podéis arrancarme su paradero.
Amunet apoyó lentamente el báculo en el suelo. De su extremo superior comenzó a emanar un brillo enfermizo.
—Tres súcubas aguardan dentro de este báculo. Nexara puede penetrar en tu mente; Luxanna, privarte de cuanto te permite reconocer el mundo; Xantara, convertir tu cuerpo en un instrumento contra quienes amas.
La luz carmesí ascendió por el metal.
—Y Xezbet, Abraxas y Áxbalor responderán en cuanto los invoque. ¿Deseas comprobar cuánto tiempo puede resistir tu voluntad ante los seis?
Minerva no respondió. Había visto a Abraxas desaparecer dentro de una piedra rúnica durante la batalla del Faro Partido. Amunet ignoraba que uno de sus demonios ya no podía acudir a su llamada, y ella no pensaba corregirla.
Kávila buscó los ojos de Érebos. Ambos habían presenciado la captura de Xezbet en el molino y sabían que tampoco respondería. Ignoraban qué había ocurrido con los otros dos.
Lo que ninguno de los presentes sabía era que, apenas unos minutos antes, Áxbalor también había sido atrapado dentro de una piedra rúnica en las plantas superiores de la Torre. Los tres demonios a los que Amunet confiaba su victoria ya estaban fuera de su alcance.
Kávila apartó la mirada. La seguridad de Eurýdice todavía dependía de la palabra de Amunet.
Minerva sostuvo la mirada.
—Puedes enviar contra mí a cuantos demonios desees. No encontrarán un conocimiento que ya no poseo.
Amunet permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después se volvió hacia Érebos.
—Compruébalo.
Érebos sacó de su túnica un orbe cubierto por terciopelo. Al retirarlo, un resplandor negro y plateado inundó la sala.
Las vetas plateadas que atravesaban el cristal comenzaron a desplazarse bajo su superficie.
—El Orbe del Titán no escucha las palabras —explicó Érebos—. Responde a aquello que la mente reconoce como verdadero.
Murmuró la fórmula y acercó la esfera a la herida de la frente de Minerva. Varios filamentos de sombra brotaron del cristal y penetraron en el corte.
Minerva arqueó la espalda. El grito quedó atrapado entre sus dientes mientras las cadenas se tensaban alrededor de sus brazos. Las sombras recorrieron sus recuerdos, apartando imágenes, nombres y lugares en busca de una certeza que pudieran reconocer.
El resplandor del orbe se estabilizó. Érebos observó durante unos segundos el movimiento de las vetas y retiró los filamentos.
Minerva cayó hacia delante, retenida únicamente por las cadenas.
—Dice la verdad —concluyó el erudito—. No existe en su memoria ningún paradero que esté intentando ocultarnos.
Barastyr perdió la sonrisa. Se aproximó a Minerva y observó el orbe por encima del hombro de Érebos.
—La información no se ha perdido —dedujo—. La directora se aseguró de no conservarla.
Amunet volvió el rostro hacia él.
Barastyr señaló a Minerva con un movimiento breve de la mano.
—Entregó a cada niña a un custodio distinto y permitió que el siguiente paso se decidiera sin su intervención. Cada eslabón conocía únicamente a quien debía entregársela. Nadie conserva el recorrido completo.
Minerva levantó el rostro con esfuerzo.
—Por fin lo has entendido, Barastyr.
Amunet golpeó el suelo con el báculo. Las runas del Zafiro parpadearon y una onda carmesí recorrió el círculo.
—He derribado ciudades, quebrado ejércitos y ocupado el trono de Ámbar mientras perseguía un secreto que nadie conserva.
La presión de su magia hizo crujir los fragmentos del antiguo Espejo.
—Pero alguien tuvo que recibir a esas niñas. Alguien inició la cadena.
Minerva sonrió. La sangre le había alcanzado los labios, aunque la satisfacción de su mirada permanecía intacta.
Kávila alzó la voz con delicadeza calculada.
—Si me lo permite, excelentísima Emperatriz de los Dos Mundos… aún conservo ciertos dones zíngaros.
Amunet la observó.
—¿Puedes encontrarlas?
—No. La directora no guarda sus destinos en la memoria. Pero tal vez conserve la huella de quienes recibieron a las niñas de sus propias manos.
La expresión de Minerva cambió.
Kávila lo advirtió.
—Eso bastará —decidió Amunet—. Encuentra el primer eslabón.
Kávila alzó la vista. Las pupilas se dilataron hasta cubrir casi por completo sus iris. Después comenzó a entonar un salmo en la lengua de su clan.
—T’ziru alámen, shala… irkád ushtalla…
La magia no penetró en los pensamientos actuales de Minerva. Retrocedió por su memoria hasta el momento en que la cadena se había dividido y buscó las dos presencias vinculadas a aquella decisión.
Los ojos de la directora se cubrieron de blanco. Kávila cerró los suyos y siguió el rastro.
—Dos custodios —murmuró—. Las niñas fueron separadas desde el principio.
Minerva tiró de las cadenas.
—No te resistas, directora… solo conseguirás afianzar el recuerdo.
Sus manos dibujaron círculos en el aire.
—El primero vestía la capa amarilla de los Primus y llevaba un birrete azul. Minerva le entregó una de las niñas. Confiaba en su inteligencia, aunque también temía su orgullo.
Kávila frunció el ceño mientras el segundo recuerdo tomaba forma.
—El otro llevaba sombrero emplumado y una casaca con los emblemas de Kalzaria y Ámbar. Un corsario al servicio de la Corona. El mismo hombre que protegió a la infanta Zoraida.
Minerva forcejeó con mayor violencia. Una de las cadenas le abrió la piel de la muñeca.
Kávila sostuvo la visión hasta distinguir los nombres asociados a ambos rostros. Cuando abrió los ojos, la certeza había sustituido al esfuerzo.
—Los primeros custodios fueron Periandro Sibyla y el capitán Cristóforo.
Minerva se tensó. El grito brotó de su garganta como un relámpago:
—¡No, maldita insensata! ¡Si supieras lo que acabas de hacer!
Se lanzó hacia Kávila, aunque las cadenas cortaron el movimiento y volvieron a arrastrarla de rodillas. La sangre de sus muñecas descendió hasta sus dedos.
Kávila retrocedió un paso. La violencia de aquella reacción confirmó que la visión había alcanzado el recuerdo correcto.
Amunet se giró lentamente hacia ella con una sonrisa que no llegó a suavizar su mirada.
—Me has servido bien.
—Debí recurrir antes a una zíngara capaz de obtener resultados.
Lanzó una mirada cargada de juicio hacia Érebos y Barastyr.
—Periandro y Cristóforo conocen el siguiente eslabón. Los encontraremos, y esta vez ninguno tendrá la oportunidad de desprenderse de lo que sabe.
Amunet giró el báculo hacia el Zafiro. La gema respondió con un pulso que recorrió los umbrales abiertos en la Torre.
—Xezbet puede seguir una mentira hasta la verdad que protege. Abraxas quebrará cualquier protección que los rodee. Áxbalor conseguirá que entreguen la verdad por voluntad propia. Los llamaré y los enviaré tras ellos.
Kávila volvió a cruzar una mirada rápida con Érebos. El erudito mantuvo el rostro inmóvil. Había presenciado lo mismo que ella en el molino y, aun así, no parecía dispuesto a ser quien comunicara la noticia.
Kávila se adelantó un paso.
—Mi señora… quizá deba conocer cierta información. En el molino, Xezbet…
Un estruendo cortó la frase.
La bóveda tembló. Una descarga atravesó el acceso a la cámara y arrancó varias piedras del arco. El polvo cayó sobre el círculo de anclaje, pero las runas continuaron encendidas alrededor del Zafiro.
Amunet alzó la vista.
Barastyr extendió una mano y reunió las sombras frente al umbral. Érebos protegió el Zafiro con una barrera translúcida, mientras Arnaldo desenvainaba la daga y se colocaba delante de Kávila.
Minerva alzó la cabeza. Entre el estrépito distinguió varias pisadas descendiendo a toda velocidad. Una culata golpeó de manera irregular contra los peldaños de piedra.
Un segundo estallido rasgó el umbral. La barrera de Barastyr se abrió por el centro. La humareda invadió la cámara y varias siluetas avanzaron entre los fragmentos de piedra.
Habían llegado.
