Personajes que aparecen en este relato

EL SALMO PROHIBIDO
El golpe de la pandereta de Kálima aún vibraba entre las raíces de la Sala Faérica.
Áxbalor acababa de desaparecer dentro de la piedra del desconocido y la fascinación que ejercía sobre los defensores se había roto. Sin embargo, los demonios todavía ocupaban las galerías, varios estudiantes apenas podían sostenerse y Sámara permanecía junto a su madre, sin la vara de sonajas y con una mano sobre la marca arcana.
La matriarca zíngara cerró los ojos y dejó que el ritmo se asentara sobre el fragor del combate. Los platillos repicaron de nuevo y su voz descendió por la sala con unas palabras que parecían haber aguardado durante generaciones a que alguien se atreviera a pronunciarlas.
—On suuri sun rantas autius… —entonó.
La primera sílaba erizó la piel de todos los presentes.
Drawets palideció.
—¡El salmo prohibido…!
Lanzó el puñal antes de terminar la advertencia, pero la energía acumulada alrededor de la pandereta lo rechazó con violencia. La hoja regresó en un ángulo imposible. Drawets alcanzó a apartarse, aunque el filo le abrió el pantalón a la altura del muslo.
Las raíces temblaron bajo los pies de los combatientes.
Kálima ni siquiera abrió los ojos.
—Sitä sentään ikävöin… Patriarca del Clan, voz del linaje perdido, espíritu que no recibió sepultura… ven.
Una ráfaga oscura barrió la Sala Faérica. Las runas trazadas sobre el suelo se agrietaron y un lamento atravesó los muros, profundo y prolongado, hasta imponerse a los rugidos de los demonios. Quienes defendían la Torre comenzaron a encorvarse bajo el peso de una pena que no les pertenecía.
La llamada de Kálima había alcanzado al espíritu de Arnaldo Zin-Garth, antiguo patriarca del Clan del Cuervo.
El poder de Zin-Garth penetró en la estancia y abrió las grietas por las que acudieron los muertos de su linaje. Entre las raíces surgieron siluetas humanas envueltas en humo ceniciento, con los rostros consumidos por la pérdida y cadenas de fuego oscuro prendidas a los brazos. Eran zíngaros arrancados de su descanso, obligados a responder una vez más a la voz de su matriarca.
Los más jóvenes cayeron de rodillas. Alena intentó levantar la varita, pero uno de los espectros cerró una cadena alrededor de su muñeca y la obligó a retroceder.
—¡No aguantaremos así! —advirtió mientras trataba de liberar el brazo.
Un crujido profundo recorrió las paredes de la Sala Faérica.
Las raíces brotaron entre las losas y se entrelazaron hasta formar un gran arco. Antes de que terminara de abrirse, el entramado se ramificó por los distintos niveles de la estancia y levantó otros seis umbrales. Algunas ramas nacieron ennegrecidas, pero una corriente verde recorrió la madera y cubrió las grietas con raíces nuevas.
Los siete portales se abrieron al mismo tiempo.
Deralya atravesó el portal central con las alas recogidas y aterrizó entre los espectros arrastrando una de sus garras. El ala herida se estremeció al plegarse contra su cuerpo. Ramia viajaba delante de Grahim, demasiado débil para sostenerse por sí sola, mientras el impromago la sujetaba por la cintura y mantenía la varita dirigida hacia los portales para impedir que las raíces se quebrasen.
Quercus cruzó junto a ellos al frente de los primeros lanceros. Tras él, siete columnas de guerreros irrumpieron por los distintos umbrales, acompañadas por arqueros y verdiplumas que se desplegaron por las galerías.
Aodhan cerró la marcha. Atravesó uno de los portales con el báculo aferrado entre ambas manos y varios relámpagos azulados recorriendo la madera. Conservaba el barro y la sangre con los que había llegado a la Raíz Serena; los cortes de sus brazos continuaban abiertos y la ropa seguía desgarrada sobre el pecho. Había abandonado aquella batalla para pedir auxilio y regresaba antes de que sus heridas hubieran dejado de sangrar.
Quercus alzó su hacha tribal hacia los espectros.
—¡Devolvedlos a su descanso! —ordenó.
Los guerreros faunos arremetieron contra las sombras con una determinación feroz. Sus armas atravesaron el humo ceniciento y quebraron las cadenas de fuego oscuro que sometían a los muertos. Cada impacto liberaba un alma y apagaba uno de los lamentos que recorrían la Sala Faérica. Las siluetas se deshacían entre las raíces con los rostros recobrando, durante un instante, la serenidad que Kálima les había arrebatado.
La matriarca comenzó a debilitarse a medida que perdía el dominio sobre ellos. Cayó de rodillas, empapada en sudor, pero mantuvo la pandereta en alto y obligó a los platillos a sostener el ritmo. Cada sacudida le costaba más que la anterior.
Entonces Fagus levantó la cabeza entre la marea del combate. El anciano profesor fauno permanecía apoyado contra las raíces, con uno de sus largos cuernos astillado y la túnica manchada de sangre. Cuando fijó la mirada en Sámara, sus ojos se cubrieron de blanco.
—Ahora que el canto se debilita… puedo verte, niña del velo —dijo con la respiración entrecortada—. Tu alma no pertenece únicamente al linaje zíngaro.
Sámara se volvió hacia él. La mano con la que cubría su marca descendió muy despacio.
—Eres hija de aquel que no debía regresar —prosiguió Fagus, estremecido por su propia visión—. Hija de Ailfrid… el archimago…
—¡No! —rugió Kálima.
Apretó la pandereta hasta clavarse el borde en la palma. En aquel gesto reunió la humillación sufrida por su clan, el odio contra quienes habían perseguido su sangre y el miedo a que Sámara escuchara la verdad que ella había enterrado durante años. Toda la rabia que aún sostenía el conjuro acudió a sus manos.
Kálima alzó la pandereta hacia Fagus y descargó sobre ella un último golpe.
—¡On suuri sun rantas autius! —entonó contra el fauno.
Los platillos chocaron con un estruendo que ahogó el fragor de la batalla. De la piel tensada del instrumento brotó un rayo zíngaro, rojo y negro, que atravesó la sala arrancando hojas y haciendo retroceder las sombras a su paso. Fagus apenas tuvo tiempo de mirar a Sámara antes de que la descarga le atravesara el corazón y lo arrojara contra las raíces.
El profesor cayó sin emitir un grito. Sus ojos permanecieron abiertos, todavía cubiertos por el blanco de la visión.
Los platillos vibraron una última vez y quedaron inmóviles. Kálima no volvió a golpearlos: había vaciado contra Fagus toda la rabia que mantenía vivo el salmo. El instrumento continuó alzado durante unos segundos entre sus manos temblorosas, pero ya no quedaba ritmo en él.
Las cadenas de fuego oscuro se extinguieron. Libres de la voluntad que las retenía, las almas zíngaras se deshicieron en una corriente de humo ceniciento que ascendió entre las galerías y desapareció entre las raíces.
Sámara contempló el cuerpo de Fagus. Después miró a su madre.
En ese instante, todo el campo de batalla se volvió contra ellas.
Las armas y las varitas se alzaron hacia la galería. Kálima intentó incorporarse, pero una de sus rodillas cedió y tuvo que apoyarse en el marco de la pandereta. Sámara permanecía inmóvil a su lado, con los ojos clavados en Fagus. Sus labios reprodujeron en silencio el nombre que el profesor había dejado suspendido entre ambas.
Ailfrid.
Kálima le aferró la muñeca. Sámara trató de apartarse, pero la matriarca tiró de ella y la obligó a internarse en el entramado de raíces que rodeaba la galería. La pandereta golpeaba contra su pierna a cada paso, muda después de haber consumido toda su magia. Antes de desaparecer, Sámara volvió el rostro hacia Fagus y sostuvo durante unos segundos la mirada blanca del cadáver.
Las raíces se cerraron tras Kálima y Sámara, ocultándolas en el entramado de la Torre antes de que nadie pudiera alcanzarlas.
Quercus soltó un gruñido, pero no las persiguió. Aún quedaban criaturas en la Sala Faérica y varios estudiantes apenas podían sostener sus defensas.
Alzó el hacha hacia los lanceros que habían cruzado con él.
—¡Conmigo! ¡Sacad a esas cosas de la sala!
Los faunos reorganizaron sus filas a su alrededor. Ramia acudió junto a los heridos, mientras Grahim y Aodhan permanecían cerca de los portales para impedir que la corrupción alcanzara las raíces.
Mientras la defensa recuperaba posiciones, un hombre irrumpió desde uno de los corredores inferiores. Avanzaba sin varita entre los restos del combate, con las ropas de erudito de Skuchaín cubiertas de polvo y la respiración quebrada por la carrera.
Era Viriato.
A su alrededor, los últimos conjuros golpeaban a las criaturas que aún resistían. Viriato reconoció las runas de contención, las alteraciones provocadas por el salmo y las fisuras que la magia demoníaca había abierto en las defensas de la Torre.
Había sido uno de los alumnos más aventajados de Minerva. Podía descomponer un hechizo con una sola mirada, anticipar sus fallos y reconstruir en su mente cada línea de energía. Sabía qué gesto debía realizarse, qué palabra debía pronunciarse y en qué instante exacto había que liberar el poder.
Pero sus manos no podían ejecutar nada de aquello.
Viriato las cerró mientras cruzaba la sala. El movimiento fue rápido, casi imperceptible. Había aprendido a ocultarlo antes de que los demás confundieran su rabia con miedo o, peor aún, con una petición de compasión.
Buscó a Drawets y Cristóforo entre los combatientes.
—¡Baufren ha subido al Salón de Evaluaciones! —anunció—. Teme que algo les haya ocurrido a Periandro, Carmélida y Aurora. Se ha llevado el Libro de la Sabiduría y tres duendes para intentar ayudarlos.
Drawets se volvió de inmediato.
—Enona nos dijo que los Sibyla no habían regresado de la sala donde prepararon la teleportación de Minerva.
—Baufren estuvo allí antes del ataque —continuó Viriato—. Cree que Periandro no era dueño de sí mismo. Me ha pedido que reúna combatientes y los envíe arriba. Si encuentra a los tres sometidos, necesitará abrir el Libro y no podrá protegerse mientras lo hace.
Cristóforo recargó el trabuco.
—Entonces subimos.
Una runa dañada estalló junto a ellos. Una lengua de fuego oscuro comenzó a extenderse entre las raíces y obligó a varios combatientes a retroceder.
Viriato reconoció el trazado en cuanto apareció.
Su brazo se alzó por reflejo.
Los dedos dibujaron en el aire el primer movimiento del contraconjuro, limpio y exacto, tal como Minerva se lo había enseñado. Durante una fracción de segundo, esperó sentir la respuesta de la magia.
No ocurrió nada.
El fuego siguió creciendo.
—¡No cerréis el círculo! —gritó, bajando la mano—. ¡Romped primero el tercer enlace o alimentaréis la grieta!
Alena corrigió el movimiento de su varita y dirigió el hechizo hacia el punto que Viriato señalaba. La línea central se quebró. El fuego se contrajo sobre sí mismo y terminó extinguiéndose entre las losas.
Varios combatientes respiraron aliviados.
Viriato contempló el humo. La fórmula había respondido exactamente como había previsto. Alena había realizado el gesto adecuado, pronunciado la inflexión precisa y liberado la magia en el momento que él había señalado.
Había funcionado.
Aquello no le produjo orgullo.
Solo consiguió recordarle que incluso sus mayores aciertos necesitaban el cuerpo de otra persona para existir.
Drawets recuperó la daga que Kálima había desviado y señaló la escalera de mármol carmesí.
—Cristóforo, conmigo. Llegaremos hasta Baufren y le cubriremos la espalda. Después sacaremos de allí a los Sibyla.
—Procura seguirme el ritmo —respondió el pirata.
—Procura no derribar la Torre antes de que lleguemos.
Ambos corrieron hacia los niveles superiores.
El impulso de acompañarlos tensó todo el cuerpo de Viriato. Dio un paso tras ellos, pero otro temblor recorrió las runas de la sala. Bajo la galería oriental, una segunda fractura comenzó a abrirse entre las raíces.
Viriato se volvió.
Alzó la mano una vez más, aunque ya sabía que nada acudiría a ella.
—La siguiente grieta está bajo la galería oriental —indicó—. Necesito dos varitas y alguien capaz de sostener un hechizo de contención.
Los magos se colocaron donde les ordenaba.
Viriato comenzó a explicar el trazado. Su voz era firme; sus manos, precisas.
Esta vez no esperó que la magia acudiera a sus dedos. Señaló dónde debían colocarse las varitas y continuó dando instrucciones.
Y esa era, precisamente, la herida.
