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EL OSCURO AVANCE FAÉRICO II
El claro donde se habían citado quedaba cerca de la Torre de Skuchaín. Estaba lo bastante próximo como para que la magia de la escuela siguiera flotando entre los helechos, pero también lo bastante apartado como para mantener lejos cualquier mirada curiosa. El bosque, allí, se cerraba con humedad y sombra, y el aire parecía moverse con un murmullo mágico que nadie se detenía a descifrar.
Karkaddan escarbaba el suelo con una pezuña. Cada golpe del unicornio levantaba piedrecillas que caían sobre el musgo con un sonido leve, irritante. La impaciencia le tensaba la mirada mientras caminaba en círculos y olfateaba el aire, atento a cualquier cambio, a cualquier señal de traición entre los árboles. La blancura de su pelaje devolvía reflejos añiles, y sus crines nacaradas parecían moverse incluso cuando el viento se quedaba quieto.
Entonces se detuvo.
Un destello azul plateado lo envolvió, espeso, y la luz se plegó a su voluntad. La figura del unicornio empezó a desdibujarse en una transición suave: el lomo perdió altura, las pezuñas se estiraron hasta convertirse en pies, el hocico se recogió y los músculos se recolocaron con precisión. Ante la mirada invisible del bosque, Karkaddan adoptó su forma humana.
Donde antes había un animal, quedó un hombre de presencia abrumadora: alto, elegante, con una belleza peligrosa. Llevaba un chaleco de brocado celeste, con matices añiles, sobre una camisa de lino blanco rematada en puños bordados. Una gorguera translúcida le rodeaba el cuello y vibraba con cada movimiento. En la frente, aún erguido, brillaba un cuerno plateado, señal indiscutible de lo que era.
Sus rasgos eran finos, pero la expresión se sostenía en la altanería. Tenía esa belleza que atrae y molesta al mismo tiempo, porque parece prohibida incluso cuando se muestra a plena luz. Caminaba con la seguridad de quien no se siente ajeno en ningún lugar, con la calma de un depredador educado.
Con un gesto pausado, Karkaddan se sacudió el polvo del hombro y carraspeó.
—Demasiado cerca de Skuchaín para mi gusto —gruñó—. Y no me gusta cómo nos mira este bosque. Juro que hace un rato he visto al cabritillo ese entre los árboles… el fauno.
Drëgo, apoyado contra el tronco de un olmo viejo, giró apenas el rostro.
—Quercus no sería una sorpresa. Siempre supo colarse donde no le corresponde.
—No me molesta que nos espíen —bufó el unicornio— Me molesta que no se escondan mejor. Si nos siguen, que lo hagan con estilo.
Drëgo no respondió. O no lo consideró necesario. Allí no buscaba compañía. Buscaba poder.
Entonces la luz del claro se empobreció. El aire cambió de densidad, y una humedad distinta descendió entre las raíces. No cayó una sombra: el ambiente se torció, como si alguien hubiera apretado el mundo con la mano.
Sin crujidos ni aviso, Érebos cruzó el umbral del claro.
No caminaba deprisa. Tampoco caminaba lento. Avanzaba con una calma que no pedía permiso. Su presencia no necesitaba adornos
—Karkaddan. Drëgo —dijo Érebos, y se detuvo en el centro del claro con una calma que bastaba—. Qué curioso veros tan cerca de la Torre… y tan lejos de la prudencia. Acabo de reencontrarme con Barastyr, y me ha costado separarme de nuevo de él. Más os vale que esto merezca la pena.
Drëgo alzó el mentón, con esa dignidad retorcida que se había vuelto parte de su piel.
—Drëgo no habla con cautela cuando habla en nombre de la Dama Negra. La Morada de los Druidas ya le pertenece. Skuchaín resiste, y Drëgo ha venido a decir lo evidente: debemos sumar fuerzas.
—La Dama Negra necesita aliados más allá del bosque —añadió Karkaddan—. Si queremos que Skuchaín caiga, hará falta algo más que raíces y hechizos. Necesitamos el apoyo de Cuna de Oscuridad. Y de las huestes infernales.
Érebos entrecerró los ojos, atento, como si estuviera escuchando algo más allá de las palabras.
—Habéis elegido un mal momento para pedir —dijo al fin—. El Orbe de la Confusión ha hecho estragos. Algunos vínculos se han roto. Otros se han dispersado. Ya no puedo garantizar el plan tal como lo habíamos trazado. La Emperatriz ha perdido a gran parte de sus demonios.
El silencio se alargó un instante. Pero Érebos no había terminado.
—Aun así, la Dama Negra podría contar con el favor de la Oscuridad… aunque no con todo el poder de sus huestes.
—Eso bastará —afirmó Drëgo—. Compartimos objetivo: el proyecto de Aurobinda. Si Drëgo y los suyos logran corromper a suficientes criaturas faéricas, los canales mágicos acrecentarán nuestro poder de forma inimaginable. Esa ganancia compensará la pérdida de los demonios de Amunet.
Érebos no asintió, pero tampoco lo rechazó. Se limitó a sostenerlos con la mirada, evaluando.
—Nuestra Señora de los Cuervos estará contenta. Le satisface muchísimo ver cómo estamos logrando corromper almas puras. Acabo de hacerle entrega de una Pícara que ha sucumbido al poder de la oscuridad. Será su nueva mascota, la he llamado Cuervo —dijo Érebos satisfecho de sí mismo.
Entonces crujió algo al oeste del claro.
Los tres se giraron a la vez. La tensión que ya saturaba el aire se apretó todavía más, y el bosque se estremeció alrededor del sonido. Érebos usó su magia, se deshizo en humo oscuro y se fundió con las sombras de los árboles, atento, dispuesto a observar sin ser visto.
Ramia, Quercus y Grahim cruzaron la línea de árboles.
Ramia iba al frente, con la vara floral bien sujeta en la mano izquierda, los pasos firmes y la mirada tensa.
—Sabía que no me equivocaba. Esa energía no pertenece al bosque. Ni al Reino Faérico. Sentí cómo se abría el portal… y estaba demasiado cerca del canal mágico principal que conecta la Torre con la Aguja de Nácar.
Quercus caminaba tras ella, y olfateaba el aire con expresión torva.
—Lo olí. Es magia sin tierra. Descompensada. Una mezcla oscura, retorcida… y vieja. Aquí se ha abierto algo que no debería estar.
Grahim los seguía con la varita desenfundada. No porque pensara usarla de inmediato, sino porque confiaba menos en Drëgo que en los jabalíes demoníacos del pantano de Azalia.
Karkaddan bufó, satisfecho.
—Lo sabía. ¡Sabía que te había visto entre los árboles, cabritillo! El guerrero de la Dama Esmeralda paseándose como si nada por un mundo que no es el suyo.
Drëgo alzó la barbilla con desdén, y su voz llegó, como siempre, en tercera persona.
—Drëgo no se sorprende. Donde hay confusión, aparecen los idealistas. Aunque esta vez hay rostros que Drëgo hacía tiempo que no veía.
Clavó los ojos en Ramia.
—Vaya, vaya. Ramia Laforet. No esperaba verte tan cerca de la Torre de la que te expulsaron.
Ella no se detuvo.
—La Torre no me expulsó. Tú provocaste que lo hicieran. Manipulaste el sistema, corrompiste los exámenes y, cuando quise denunciarlo, Aurobinda me desvió al cuerpo de Guardabosques como castigo —rememoró, con la voz temblorosa—. ¡Me relegaron por decir la verdad!
—Drëgo no recuerda tanto drama. Drëgo solo recuerda que causabas demasiados problemas, y que nadie te echó de menos cuando te fuiste por la puerta de atrás.
Ramia sostuvo la mirada.
—Intenté detenerte. Sabes que fui la única que te vio venir. Lo intenté… pero el sistema te protegió.
Grahim dio un paso al frente. La voz le salió baja, pero cargada.
—El sistema te protegía, sí. Entonces. Pero ya no. En la Torre lo descubrimos todo: tu alianza con la Oscuridad, el robo de magia del Entremundo, los portales prohibidos… y los ataques a tus propios compañeros.
Drëgo no negó nada. La sonrisa le bastó. Ladeó el rostro, satisfecho de la herida que había abierto.
—Drëgo recuerda ese día. Fue cuando Drëgo comprendió que los impromagos aún se cuentan cuentos sobre el equilibrio. Qué conmovedor. Solo importa el poder, Grahim. Algún día lo entenderás. Öthyn lo entendió… aunque le pudo la avaricia.
Grahim se tensó, y el destello en la mirada fue inmediato.
—¡No mancilles el nombre de Öthyn! Fue el primer Druida Supremo y el fundador de la casta Natura.
Drëgo dejó escapar una risa corta, casi un escupitajo.
—Tu fundador se daba buenos atracones de magia faérica, ¿lo sabías? Así murió. Hinchado de poder, como una sanguijuela demasiado harta para moverse.
—Todo lo que sale de tu boca son mentiras —respondió Grahim, con la incredulidad clavada en la voz.
Ramia respiró hondo. La presencia de Drëgo le removía el pasado, y el recuerdo le apretó el pecho.
—Maldito druida. Nunca te perdonaré lo que le hiciste a Skuchaín —sentenció, con el puño cerrado—. Tú y tu querida Aurobinda convertisteis ese paraíso en el peor lugar del mundo.
El humo oscuro se arremolinó entre los troncos y, en un parpadeo, volvió a tomar forma. Érebos apareció con la misma tranquilidad con la que una sombra regresa a su sitio.
—Bueno, bueno… —intervino—. Mejor, peor… ¿quién puede decidirlo?
Grahim lo vio, y algo le encajó de golpe. Aquella presencia era la pieza que llevaba días siguiendo, la pista que buscaba entre portales y rastros torcidos. Alzó la voz, directa, sin rodeos.
—¿Y Gorrión? ¿Qué habéis hecho con ella?
La pregunta interrumpió la acalorada conversación. Por un momento, el claro mismo pareció contener el aliento.
Érebos alzó levemente el mentón:
—Está en un lugar seguro. En la Cuna de Oscuridad. Aurobinda le ha preparado un rincón especial. Le ha comprado alpiste y le ha conjurado un jergón de paja, a modo de nido. Creo que empieza a cogerle cariño. Dice que le recuerda a cuando ella misma era joven.
—Eso no responde a mi pregunta —replicó Grahim—. ¿Qué le habéis hecho? ¿La habéis corrompido? ¿Está bajo vuestro control?
—No lo necesita —dijo Érebos—. No hace falta obligarla. Su nombre de Gorrión ya empieza a desvanecerse. Pronto habrá asumido el nuevo. Y cuando lo acepte… ya no se reconocerá ni ella misma y mucho menos a vosotros.
Quercus alzó la voz, clara y sin teatralidad. Ya no miraba a Érebos ni a Drëgo. Miraba a Karkaddan.
—Vuestro tiempo se ha acabado. Alguien os tiene que detener, porque si no se os para los pies ahora, lo siguiente que caerá será la Aguja de Nácar. No os vamos a dejar seguir sembrando el mundo de oscuridad.
Y sin decir más, sin dar aviso, sin conjuros ni invocaciones, se lanzó hacia Karkaddan.
El fauno se impulsó con una fuerza brutal, embistiendo con todo el cuerpo. El unicornio intentó retroceder, buscar el cambio de forma, pero no llegó a tiempo.
La carga de Quercus derribó a Karkaddan de costado, pero no fue suficiente para detenerlo. El unicornio, en su forma humana, cayó con elegancia violenta y, desde el suelo, golpeó con fuerza el talón contra la tierra.
El impacto no fue solo físico. Un temblor mágico sacudió el claro, como si hubiese despertado una grieta bajo la superficie. El musgo se resquebrajó, las raíces crujieron y un estallido de energía azulada brotó del suelo en forma de ondas circulares.
—¡Cabra estúpida! —escupió Karkaddan mientras se incorporaba—. No te haces idea de lo que acabas de empezar.
—Ya veremos —replicó Quercus, retrocediendo con los codos altos y el cuerpo girado, listo para una nueva carga.
Karkaddan se irguió por completo. La luz azul le recorrió las extremidades, y su figura humana empezó a contraerse, envuelta en una carcasa brillante de magia.
—¿Queréis bosque? —rugió, y su voz ya no sonó del todo humana—. Os daré bosque.
Y entonces, se transformó.
La forma humana se replegó y dio paso al unicornio: blanco, con reflejos añiles, crines nacaradas y los ojos encendidos de furia. Alto, esbelto, vibrante, avanzó con una elegancia letal. El cuerno plateado que emergía de su frente era más largo, más afilado, y latía con un pulso que parecía responder al mismo claro que lo rodeaba.
Karkaddan Golpeó el suelo con ambas patas delanteras, invocando la furia de la tierra como solo un unicornio podía hacerlo.
La tierra respondió con violencia. Una onda expansiva se alzó desde el centro del claro y lanzó por los aires a Grahim y a Quercus como muñecos de trapo.
Ramia se cubrió con su vara floral. Los pétalos mágicos que lo recubrían se plegaron con un chasquido seco, como una flor que se protege de la tormenta. El estallido no la alcanzó de lleno, pero la empujó hacia atrás, haciéndola trastabillar.
Grahim intentó alzar una barrera en plena caída, por puro instinto, pero el golpe le arrancó el aire del pecho. Quercus cayó de rodillas, aturdido, y el hacha de huesos le quedó lejos, vibrando sobre el musgo. Pero aún respiraba. Aún gruñía.
—¡Pezuña de Roble! —rugió a modo de grito de batalla, tambaleante, y se lanzó una vez más, el cuerpo por delante del arma, como si la rabia pudiera suplir lo que el aire ya no le daba.
Drëgo observaba. Sus manos se movían con precisión letal. Sus ojos, encendidos por la corrupción, destilaban un fulgor púrpura.
—Drëgo no necesita más fuerza —dijo, con voz serena—. Solo tiempo.
Una lengua de niebla negra brotó de su palma y se enroscó con violencia alrededor del cuello y los brazos de Quercus. El fauno se detuvo en seco. El hacha le resbaló entre los dedos y cayó. Sus pupilas se dilataron. La magia le golpeaba por dentro, como una mordedura interior.
—¡Quercus! —gritó Ramia, volviéndose hacia él, aún jadeante.
—Drëgo ha aprendido que a veces es más útil convertir… que destruir —añadió el druida, con esa calma terrible que le era propia.
Quercus tembló. Las piernas le flaquearon. Pero entonces murmuró, con voz apenas audible:
—Deralya…
La marca del verdiplumas, tatuada en su brazo, centelleó débilmente. No rompió el hechizo, pero algo en su mirada se encendió. La niebla vaciló. El corazón del bosque, aún agazapado en su pecho, no se rendía.
En un extremo del claro, Érebos los observaba. No intervenía. Solo estaba. O parecía estar.
—¿Y tú? —le espetó Grahim desde el suelo—. ¿No vas a hacer nada?
—Esto no es asunto mío. De momento —respondió el consejero.
Grahim no dudó. Apuntó a los cielos.
—Luxor cor venum! —gritó.
Un haz de energía pura cayó con violencia y estalló justo frente a Érebos. El consejero ni se inmutó. Extendió una mano y desvió el golpe con un giro mínimo de muñeca, como si apartara una brizna de humo.
—Mal cálculo, muchacho.
Y entonces se deshizo en humo oscuro, fundiéndose con la sombra de los árboles como si nunca hubiese estado allí.
Karkaddan no necesitó órdenes. La retirada de Érebos no lo enfrió; al contrario, encendió en él aún más su furia. Avanzó sin vacilaciones y, en su cuerno —afilado como un relámpago contenido—, vibraba una magia paralizante.
Ramia apenas tuvo tiempo de girarse. El unicornio apuntó con la cabeza y descargó el hechizo a distancia. Un fulgor añil brotó del cuerno y la envolvió al instante.
Un hechizo de parálisis tan antiguo como las praderas añiles, canalizado a través de una criatura que había nacido en sus pastos.
El cuerpo de Ramia quedó inmóvil, congelado en el momento del giro, con los labios entreabiertos y los dedos aún aferrados a la vara floral.
Drëgo, por su parte, avanzaba hacia Quercus, que temblaba de rodillas, a punto de ceder. La niebla aún lo envolvía. La sombra seguía viva.
—Drëgo tendrá un nuevo espécimen oscuro para su colección —murmuró, relamiéndose con una satisfacción que daba asco—. Un fuerte fauno oscuro. Oh, sí… Drëgo termina lo que empieza.
Pero no lo hizo.
Algo cambió de repente.
El aire silbó. No sonó como el viento, sino como un canto. Un zumbido armónico, casi invisible, rasgó la atmósfera por encima del claro. El sonido era cálido y vegetal, como si las hojas susurraran juntas un nombre.
Un portal de luz esmeralda se abrió entre las ramas. No era uno cualquiera. No olía a entremundo ni a magia académica. Olía a jungla húmeda y savia fresca.
Y de él emergió Deralya.
Quercus sonrió, incluso con la niebla oscura apretándole el cuello. La llamada había llegado. Era Deralya, su verdiplumas: un ave faérica grande y veloz, de plumaje verde y acoralado, con los colores encendidos entre el viento y el ramaje. Quercus compartía con ella un vínculo desde la infancia, desde que lo abandonaron en un nido y aquellas alas lo cubrieron cuando nadie más lo hizo. Ese lazo traspasaba los mundos.
Quercus forcejeó. La niebla le apretaba el cuello y los brazos, y aun así consiguió sacar el mentón, arañar un hilo de aire y separar los labios.
Silbó.
El sonido fue breve, con una nota de raíz, una orden fáunica que solo las criaturas vinculadas sabían entender.
Deralya cayó en picado, alas extendidas. El plumaje encendía el claro con verde y rojo, y dejaba destellos añiles al girar. No gritó. Solo golpeó.
Drëgo cayó al suelo, sorprendido por el impacto. El hechizo se cortó de golpe, y la niebla se deshizo alrededor de Quercus.
El fauno tosió, tragó aire con dificultad y murmuró, ronco:
—Deralya…
El verdiplumas aterrizó entre ellos y abrió las alas, firme, protegiéndolo.
Quercus se subió al lomo con un salto y señaló hacia el claro. La voz le salió rota, pero clara.
—¡Archimago! ¡Ramia!
Grahim, aturdido pero consciente, se arrastró hasta el ave. Se agarró a una pluma firme del costado y jadeó.
—Verás, Quercus, sigues equivocado, yo no soy…
—¡Agárrate fuerte! ¡No la dejaremos aquí! —lo cortó el fauno, sin mirarlo siquiera.
Grahim resopló, colgando ya de la montura.
—No me importaría que lo de archimago se me quedara como apodo, la verdad. Sin ánimo de ofender a Kórux.
Deralya se lanzó en picado. Quercus, sin soltar el agarre, estiró el brazo y subió a Ramia a la espalda del verdiplumas. La sostuvo con cuidado. El hechizo de parálisis seguía ahí, duro, pero los ojos de ella brillaban: estaba consciente.
Deralya batió las alas.
El claro tembló. Karkaddan relinchó y giró para embestirlos de nuevo. Drëgo, desde el suelo, alzó la varita.
En la punta, un rayo negro, más afilado, más letal, crepitó con hambre.
Ramia no podía hablar. Aún así, alzó un brazo con dificultad y movió el índice.
La vara floral respondió.
La luz giró en el aire, y el vórtice tomó forma.
Un portal.
Abrir portales era una de las artes de los guardabosques. Magia práctica, antigua, aprendida lejos de los mármoles académicos. Y Ramia, entre todos, la dominaba como nadie. Sabía leer las grietas entre planos como quien sigue un rastro en la maleza. Incluso paralizada, todavía podía empujar la magia por dentro y conducirla hasta su vara floral. No necesitaba gesto: le bastaba con la intención, y la rama ritual obedecía.
La invocación de ese portal en el aire se lo había enseñado Ahodan en su segundo año de formación, cuando la enviaron al cuerpo de Guardabosques. Algo bueno tenía que haber tenido que la expulsaran de la Torre.
El portal se abrió justo frente a ellos. Flotaba en el aire, redondo, con bordes de ramaje verdoso que susurraban igual que hojas agitadas por un viento mágico.
—¡Aguanta! —gritó Quercus.
Abrazó a Ramia con un brazo y a Grahim con el otro, y se aferró con las patas al lomo de su montura.
Deralya batió las alas con toda su fuerza y se lanzó hacia el vórtice en el mismo instante en que el rayo de Drëgo salía disparado.
El portal se cerró tras ellos. El relámpago oscuro impactó en el aire vacío donde habían estado un segundo antes.
No quedó ni una pluma flotando. Solo el silencio.
Karkaddan resopló, con las pezuñas humeando. Drëgo apretó los dientes. La varita le temblaba. El claro recuperó el silencio, pero la calma no volvió.
El fauno y su ave habían escapado, y no lo hicieron solos. Ramia y Grahim se fueron con ellos: los cuatro, juntos, tan unidos que ni la oscuridad había logrado quebrarlos.
Drëgo los había observado. No con ira, sino con atención. Había visto cómo el verdiplumas descendía. Cómo respondía a un silbido. Cómo un simple gesto bastaba para invocar una lealtad ciega.
—Drëgo lo ha comprendido —murmuró, con los ojos aún clavados en el hueco del aire donde el portal se había cerrado—. No fue el poder lo que los salvó. Fue el vínculo.
Karkaddan bufó suavemente, sacudiendo una mota de ceniza de su chaleco celeste, como quien no necesita más guerra para sentirse satisfecho.
Drëgo bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Drëgo se pregunta si, para debilitar al enemigo, bastará con romper esos vínculos. Con arrancarlos de raíz.
Drëgo giró lentamente la cabeza hacia el unicornio. Lo miró en silencio, largo, medido, con la misma atención con la que se mide una grieta antes de decidir dónde golpear.
—Un lazo bien tejido desde la infancia puede resistir cualquier hechizo. Un lazo tan profundo como el de un fauno con su ave puede convertir a un simple guerrero en un escudo impenetrable.
Karkaddan se giró con lentitud y en su sonrisa se adivinó cierta curiosidad.
—¿Estás pensando en mí o en otro?
Drëgo no respondió. Pero sus ojos no se apartaban de él.
—Drëgo piensa en lo que se necesita para crear una criatura eterna. Lealtad, poder… y una chispa de oscuridad.
Giró la varita entre los dedos, pensativo.
—Y si en el proceso se apaga otra luz, tanto mejor.
Karkaddan alzó una ceja con fingida indiferencia.
—Si a mi potrilla oscura le parece bien, estaré donde se me necesite —dijo—. Para ella… y para ti.
Drëgo asintió, con ese brillo púrpura que nunca prometía nada bueno.
—Drëgo tiene una canción. Solo necesita encontrar la cuna… y el instante exacto para susurrarla.
Y con pasos lentos, ambos se adentraron en la espesura.
Uno, con la elegancia venenosa de quien sabe que el mundo le debe una reverencia. El otro avanzó a su lado, afinando en silencio la nota exacta: la que, cuando llegue el momento, sonará dulce como una nana y oscurecerá un linaje para siempre.
