246 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

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EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

Nadie recorre solo los caminos del bosque si no tiene algo que perder o algo que recordar. Ramia Laforet avanzaba en silencio. El musgo cedía bajo sus botas y el claro se quedaba quieto, atento a su paso. Allí no era una extraña. El bosque la conocía, aunque ya no la recibiera con susurros.

La marca arcana nacía en su ojo izquierdo y subía por la sien con forma de hiedra luminosa. No la había aprendido en ningún libro. Le había brotado. Cada hebra vibraba con su magia y esa vibración se extendía por la corteza cercana, por la tierra húmeda, por las hojas que aún se aferraban a las ramas. Desde entonces, cada hechizo que tejía estaba anclado a esa floritura sagrada.

Ramia no necesitaba alzar la voz ni recitar palabras solemnes. El bosque la entendía porque su magia hablaba su idioma: el de la hoja seca que cruje, el de la raíz que abraza la piedra, el de la flor que se askbre al caer la tarde. Su rama ritual, cubierta de campanillas moradas, parecía más un tallo cuidado durante años que un arma forjada. Aun así, en sus manos tenía peso de mando. Era su vara floral: un canal vivo entre savia y conjuro.

La capa gris le caía sobre la espalda con suavidad.

Ramia ya no tenía la ligereza de la adolescencia, pero la edad tampoco le pesaba. Había dejado atrás suficientes inviernos para conocer el frío de cerca, y aun así su voz conservaba una firmeza serena, de esas que no se quiebran cuando el mundo aprieta. Podía haber sido maestra, guerrera, druida o impromaga de batalla. Pero eligió otra senda: la de quienes no piden permiso para seguir vivos.

—¿Aldric? ¿Ona…? —dijo, casi sin aire.

El claro no respondió.

Un crujido sonó a su izquierda.

Ramia giró y alzó su vara. No lanzó el conjuro, pero lo sostuvo listo, con la punta señalando la oscuridad entre los troncos. La tensión le trepó por los brazos y se le clavó en el pecho. El bosque respondió a ese aviso: las ramas se inclinaron, el aire se espesó y el claro se estrechó, como si el bosque cerrara un círculo alrededor de ella.

Entre los troncos apareció una figura.

El atuendo le resultó familiar.

Una túnica anaranjada le ondeaba sobre los hombros a un hombre de complexión firme. Debajo asomaba el uniforme negro, ceñido, de la escuela de magia de Skuchaín, con el emblema del dragón bordado en ámbar a la altura del corazón. Llevaba brazaletes verdes en las muñecas, cuero gastado y deshilachado por el uso. Y en los pies no llevaba nada. Iba descalzo, no por descuido, sino por elección, como la mayoría de los impromagos de la casta Natura. 

—¿Ramia Laforet? —preguntó Grahim. La voz le salió medida y contenida, con un temblor leve que delataba algo pendiente desde hacía años.

Ramia no bajó el arma mágica al instante, pero la rigidez del gesto cedió cuando lo reconoció.

—Grahim. Del Cataclismo. Claro que me acuerdo. Me alegra ver que sigues vivo… aunque no esperaba encontrarte en este claro.

—Ni yo a ti —respondió él, y dejó aparecer una sonrisa breve, casi incrédula, que se le apagó enseguida—. He vuelto a estos bosques porque aquí, junto a los canales de la Torre, se están abriendo portales. Algunos dejan rastro de magia oscura. Estoy siguiendo esa pista, porque busco a una niña que se llevaron… pero me falta oficio para leer bien estas grietas. En Skuchaín sabemos levantar barreras y fórmulas, pero de portales en terreno vivo sabemos poco. Necesito a un guardabosques.

Ramia sostuvo la vara con más calma. La marca de su sien palpitó con un brillo tenue.

—Un portal siempre deja un rastro —dijo—. Aunque lo cierren bien. La tierra se queda tibia, y el musgo tarda en asentarse. Las raíces se apartan un poco, y cuando vuelven, lo hacen con prisa. Si ha habido magia oscura, el olor se pega: humedad agria, savia revuelta. Y si te acercas sin miedo… lo oyes. No con los oídos. Con el cuerpo.

Grahim abrió los ojos, atento, con esa devoción del alumno que por fin entiende una pieza que le faltaba.

—Eso es justo lo que me pasaba —murmuró—. Notaba algo, pero no sabía ponerle nombre. En la Torre solo hablamos de estructuras, de límites, de fórmulas… y aquí todo se mueve distinto.

Ramia inclinó la cabeza hacia el suelo del claro.

—Busca los bordes —añadió—. Las zonas donde la hierba crece torcida o donde el aire se queda quieto. Si quieres confirmar, deja caer una chispa de Natura cerca. Una sola. Si la magia se la traga, ahí hubo abertura y todavía se puede seguir el rastro. Si la chispa rebota y vuelve hacia ti con fuerza, es que el lugar está sellado, abrieron un portal pero lo cerraron cuidadosamente. Y si se queda flotando, sin inclinarse a ningún lado, es que no hay nada que la guíe: no se ha abierto ningún portal ahí, o no lo han hecho recientemente.

Grahim asintió con una intensidad casi infantil, y la tensión de su cara se aflojó un instante.

—Ramia, esto… esto me sirve —dijo, y la gratitud se le notó en el pecho—. De verdad.

Se quedó un segundo callado, y la mirada se le fue lejos, hacia un recuerdo que volvía con fuerza.

—En el Cataclismo —añadió—, cuando el cielo se rompía sobre nosotros… tú no mirabas arriba. Tú mirabas el suelo. Y cuando todos retrocedíamos, tú encontrabas dónde plantar el hechizo para que aguantara. Yo lo vi. Y lo recuerdo.

Se detuvo un instante, como si buscara las palabras que no sonaran a adorno.

—Luchamos codo con codo y aun así me quedé callado. Allí no fui capaz de decirte lo que pensaba. Sé que no era el momento, pero necesito que lo sepas ahora. Yo te admiraba desde antes. Cuando era pequeño y conseguí escapar de aquel molino terrible, llegué a Skuchaín y tu nombre ya corría por los pasillos. La gente lo pronunciaba con ese respeto que se guarda para lo que no se discute. Te vi en el invernadero, ¿te acuerdas? Hiciste florecer la cúpula con un giro de muñeca. Aquello no fue solo poder. Era belleza. Todos los de la casta Natura queríamos ser como tú, por tu manera brillante de entender la magia natural.

Ramia entrecerró los ojos. En su gesto no había recelo; había un respeto atento, casi cuidadoso.

—Nunca es el momento para decir esas cosas —respondió—. Pero gracias. Aunque… ya no soy exactamente la misma impromaga que era entonces.

Grahim dejó escapar el aire, despacio, y miró un punto del claro que no parecía tener nada.

—A veces me pregunto si, después de todo lo que hemos vivido, alguien ha salido intacto —murmuró Grahim.

—Pocos —dijo Ramia—. Y ahora… busco a mis compañeros: Aldric y Ona.

El nombre de Ona le cayó a Grahim con un peso inmediato. Bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla ya se le habían endurecido los hombros. La voz le salió más baja, con un cuidado tenso.

—Ona… la hija de Van Bakari —dijo, y la frase le raspó la garganta—. Todo esto huele a él. Y ella huele igual.

Ramia sostuvo su mirada.

—Yo también estoy analizando portales —añadió—, pero no de los que deja un hechizo normal. Esto es otra cosa. Con la magia del Orbe, el rastro es casi imperceptible. No calienta la tierra, no aparta raíces, no deja olor. Pero queda una marca, sutil, antigua… como el mismo orbe.

Se llevó los dedos, apenas, hacia la sien, donde la luz arcana seguía viva.

—Es ancestral. Muy poderosa. Y cuando aparece, el bosque la nota… pero no sabe señalarla. Por eso estoy aquí. Si Aldric y Ona han cruzado algo así, no los voy a encontrar siguiendo pisadas. Los voy a encontrar siguiendo esa marca.

Grahim tragó saliva.

—La magia del Orbe nos ha separado a todos. Yo tampoco sé dónde está Trai —dijo—. El Archimago insiste en que ahora mismo es indetectable. Y si de verdad buscas a Ona… Ramia, piénsalo. Es la hija de Van Bakari. Todo esto huele a él. Siempre está haciendo de las suyas. Por tu bien, no te acerques. Esa chica es retorcida y venenosa. De tal palo, tal astilla.

A Ramia le ardió el pecho al escucharlo. Se le tensó la mandíbula. La marca de la sien brilló un poco más y la vara respondió con un pulso visible, contenido, firme.

—No vuelvas a hablar así de ella —murmuró. La frase no buscaba pelea. Marcaba un límite.

Grahim dio un paso atrás, y el borde de su túnica anaranjada rozó el musgo. El movimiento le salió torpe, casi un tropiezo.

—¿Ona…?

Ramia bajó el báculo muy despacio. La luz de su marca arcana palpitó con un ritmo distinto, menos defensivo y más desnudo. Cuando habló, lo hizo sin protegerse detrás de nada.

—Yo estaba con ella. En el momento del Orbe. Y no… no fue solo cosa de Amatís de Mora.

En la mirada de Grahim volvió a encenderse la cautela.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que fui parte de su plan —respondió Ramia—. Fui una de las que lo activaron. Y yo lo potencié con magia arcana. Antigua. Prohibida.

El claro se sumió en un silencio seco, tan profundo que hasta las hojas dejaron de moverse.

—Ramia… —dijo Grahim, más bajo—. Si hiciste eso… si de verdad amplificaste el Orbe con magia arcana… tendríais que haber muerto.

—Lo sé —contestó ella—. Y habríamos muerto, si Aldric no hubiera estado con nosotras.

Grahim frunció el ceño.

—Aldric…

—Canalizó sus dones de sanación —continuó Ramia—. Mientras el Orbe se desbordaba, él nos mantuvo atados a esta tierra. Cada golpe de magia que nos atravesaba encontraba su respuesta en él. Nos sostuvo el tiempo justo.

—Eso es imposible —dijo Grahim, aunque la palabra le salió con menos fuerza de la que pretendía—. Ningún sanador podría contener una energía así.

—Aldric pudo. Durante el tiempo justo.

Ramia alzó la vista. No buscaba compasión, y en su voz tampoco había orgullo.

—Creímos que el Orbe traería equilibrio. Creímos que separaría a los demonios de su emperatriz. Pero lo que ha hecho… ha sido separarnos a nosotros.

—¿Y Ona? —preguntó Grahim.

Ramia bajó la mirada. La luz de la marca en su sien se atenuó un poco, como si también escuchara ese nombre.

—No lo sé. Todo se volvió inestable. El Orbe soltó su poder y el mundo se desordenó. Lo siguiente que recuerdo es este bosque, a las afueras de la Torre de Skuchaín. Apenas podía sostenerme; me quedé sin energía y no sé cómo llegué hasta aquí.

Tragó saliva y dejó que el silencio ocupara el claro un instante.

—Tiene algo… extraño volver aquí. Este lugar me trae recuerdos, y algunos todavía duelen.

Se calló. No necesitó llorar para que doliera.

—Solo espero que, al menos, esa Emperatriz se haya quedado sin el poder de sus demonios. Que el hechizo hiciera algo más que destrozarnos. Que aún podamos recuperar Calamburia.

Grahim no respondió con palabras. Se le notó en la forma en que apretó la mandíbula y en cómo fijó la vista en la espesura, como si escuchara algo que todavía no se había decidido a mostrar la cara.

La niebla se agitó.

Entre los helechos, una vibración levantó el aire. La tierra respondió primero: las raíces se separaron con un crujido húmedo y el suelo dejó escapar un aliento de magia vegetal. Empezó a dibujarse un círculo de energía, irregular, vivo en sus pulsos, con destellos verdes que subían y bajaban como una respiración descompasada.

Ramia alzó su vara recubierta de flores. Grahim empuñó su varita con firmeza.

—¿Lo estás sintiendo? —murmuró él—. Lo están abriendo desde el otro lado.

—Sí —respondió Ramia, con los ojos entornados—. Y no suena hostil… pero esto no se parece a un portal de protocolo.

El vórtice crujió una última vez y se abrió con un destello verdoso y un soplo de tierra húmeda.

De pronto, salió disparado un fauno de aspecto salvaje. Llevaba los cuernos bien altos, con la luz atrapada en el relieve. Tenía una cresta rosa, desordenada, y un arnés de cuero lleno de frascos que tintineaban al chocar entre sí. El zurrón le colgaba cargado, a punto de reventar. En el brazo derecho, tatuado con tinta vegetal, destacaba la silueta de un verdiplumas alado en pleno vuelo.

—¡Ah! ¡Ahí está! ¡La varita! ¡La varita brillante! —gritó, y señaló la mano de Grahim.

Grahim se quedó tieso, con la varita en alto y los ojos abiertos de par en par.

—¿Perdón? —murmuró, desconcertado.

El fauno se lanzó de rodillas con una teatralidad impecable, como si el claro se hubiera convertido en escenario.

—¡Oh, todopoderoso archimago! —exclamó—. ¡Por fin os encuentro! Gracias a la Dama Esmeralda y su red de portales menores, he podido localizaros. ¡La Torre de Magia debe apoyar a la Dama Blanca!

Grahim miró a Ramia de reojo, con una mezcla de vergüenza y alarma.

—A ver… esto es un poco incómodo —dijo—. ¿Archimago? No. Eso es un malentendido. Yo no soy Kórux.

Ramia frunció el ceño, entre la alerta y el asombro, pero en sus ojos asomó una chispa de reconocimiento.

—Tú eres Quercus. El legendario jinete de verdiplumas que luchó en el Cataclismo. Nosotros estábamos en la Torre Arkhana de Skuchaín, conteniendo el flujo de magia desde los canales.

Quercus se cuadró al instante. El gesto quiso ser solemne, pero se le fue un poco el peso hacia un lado y terminó pareciendo más un amago de tropezón que una postura militar.

—¡A vuestro servicio! Y gracias. A los dos. De verdad… gracias —dijo, y la reverencia le salió torpe, aunque le brotaba del pecho—. La Dama Esmeralda y la mismísima Dama Blanca estarán eternamente agradecidas con los guerreros de la Torre de Magia.

Grahim bajó por fin la varita, aunque se la quedó cerca, por costumbre y por prudencia.

—¿Qué ha ocurrido, Quercus? ¿Por qué vienes tú… y por qué en un portal secundario?

El fauno se incorporó y se sacudió ramas y briznas del pelaje. Esta vez ya no hubo exageración en sus ademanes. La voz le cambió, por primera vez, era la de alguien que había visto demasiado.

—Kárida ha sucumbido a la oscuridad. Ya no es la Dama Añil. Drëgo le entregó el báculo de Öthyn. Con eso la convenció… o la transformó. O ambas cosas. El caso es que ahora se hace llamar la Dama Negra.

Ramia bajó la vara lentamente. No movió un músculo, pero el miedo le cruzó la mirada y le dejó el pulso más tenso.

—Eso no puede ser…

—Pero lo es —dijo Quercus—. Yo estaba allí. Vi cómo Karianna intentó detenerla. Vi cómo las Damas del Fuego, el Acero y el Aire la traicionaron. Y vi a Kárida alzar el báculo de Öthyn como si le perteneciera. Drëgo no dudó: juró lealtad a la unicornia oscura en cuanto sintió el poder de esa nueva… creación.

Grahim negó con la cabeza, incrédulo, y apretó la varita entre los dedos.

—El báculo del Druida Supremo… ¿cómo lo consiguió?

—Drëgo lo guardaba —dijo Quercus—. Desde hace tiempo. Esperaba su momento. Y lo ha encontrado.

Bajó la voz, y el claro pareció acercarse para escucharle.

—Ahora la Morada de los Druidas está bajo el mando de Kárida. Están reorganizando sus fuerzas. Nadie lo dice en voz alta, pero todos sabemos cuál será el siguiente paso: tomar la Aguja de Nácar.

Ramia inspiró despacio, con una calma que le costó.

—¿Y la Dama Blanca?

Quercus negó con firmeza.

—Resiste. Y no está sola. La apoyamos los faunos, las ondinas, las ancianas y su madre, la antigua Dama Blanca. Breena, el espíritu del bosque, también ha despertado para protegerla. Pero no basta. Si Kárida toma la Aguja de Nácar, no habrá equilibrio posible.


Grahim bajó la mirada. Había oído rumores, pero aquello era otra cosa.

—Entonces Skuchaín no puede quedarse al margen —murmuró.

—Exacto, archimago —afirmó Quercus, y la palabra le salió redonda, convencida.

—No, si yo no soy… —empezó Grahim.

—Y vuestra sabiduría será clave —siguió Quercus, sin dejarle sitio—. La Dama Esmeralda me ha enviado por eso. Vuestra magia aún puede inclinar la balanza. Y el tiempo se agota.

Por primera vez, Ramia esbozó una sonrisa. No porque la situación diera tregua, sino porque había algo extrañamente cómico en ver a Grahim atrapado en un título que no sabía sacudirse. La solemnidad del fauno, la incomodidad del Natura, y aquel anuncio terrible cosidos en mitad del bosque era, sencillamente, absurdo.

Grahim soltó el aire y murmuró, casi para sí:

—Esto no va a arreglarse pronto…

Luego se giró un poco hacia Ramia, con la voz más baja.

—Lo de los druidas se veía venir. No hace mucho encontramos a Drëgo confraternizando con el enemigo. Kórux avisó a la Dama Blanca, pero no imaginé que Drëgo arrastraría con él a la mitad de las Damas.

Volvió a mirar a Quercus, ya con el tono de quien se obliga a estar a la altura.

—Es una noticia terrible. Pero no te preocupes, valiente fauno: Skuchaín responderá. Tenemos que reagruparnos cuanto antes, reforzar los canales mágicos activos y alertar al resto de castas. Esto va a exigir algo más que ganas. Vamos a necesitar estrategia, coordinación… y fe en lo que aún no se ha torcido.

Los ojos de Quercus se iluminaron.

—¡Oh! ¡Muchísimas gracias, señor archimago!

Grahim apretó los labios, sostuvo el gesto con una resignación casi digna y dejó escapar un murmullo entre dientes:

—Encuentro esta confusión… turbadoramente gratificante…