Sobre la conciencia del pueblo fauno siempre ha pendido el miedo de ser considerados la más irrelevante de las razas faéricas. Si bien su armoniosa convivencia con la naturaleza es ejemplo de equilibrio, sus poderes mágicos nunca han sido los más destructivos ni los más vistosos, ni su carácter el más social ni el más inclinado a la política. Pero todo eso cambió cuando Tyria, de los arbóreos, logró unificar a todos los clanes y convertirse en la primera Dama Esmeralda. Tras jurar lealtad a Kyara, la Primera Dama Blanca, demostró el honor y arrojo de su pueblo atajando la gran sublevación de las hadas a manos de la desbocada ambición de Melusina, Dama Irisada de las hadas. Comandando a sus ejércitos con lealtad, sabiduría y estrategia —y siempre bajo el sabio consejo de Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos— en la batalla del Bosque Mágico, Tyria no solo logró convertir la fuerza de su pueblo en decisiva: consiguió que su raza volviera a ser respetada por el resto.
A pesar de ser la secreta artífice del retiro de su madre —a la que causó una ceguera permanente con sus venenos—, Édera supo reconocer el potencial del proyecto que había iniciado la primera Dama Esmeralda. Se convirtió en su sucesora y trabajó duramente por llevarlo un paso más allá. Así fue cómo, tras el retorno de los pegasos, Édera vio su oportunidad. Traicionó a la Dama Blanca jurando fidelidad a Argynnis, a cambio de algo que su madre no parecía haber ambicionado nunca: la independencia del pueblo fauno. Una Jungla Esmeralda libre y gobernada por su melodiosa voz y su firme puño. Sin embargo, algo pareció no salir del todo bien. La Dama Dorada, tras lograr alterar el flujo de la magia y ebria de poder, pareció olvidar su promesa, y exigió que la recién independizada nación fauna le rindiera pleitesía.
Édera, viendo gravemente alterados los términos del acuerdo decidió ser más audaz que su antecesora y tomar la justicia por su mano. A pesar de la oposición del Espíritu Protector, que sugirió encontrar una salida diplomática al conflicto, Édera añadió a su cargo de Dama Esmeralda el de Señora de la Fronda, título usado por los antiguos líderes faunos legendarios. La fauna impuso la ley marcial, abandonó las leyes druídicas e impulsó reformas para volver a las antiguas tradiciones de los primeros faunos; costumbres ancestrales y rudas que ya solo eran mantenidas por los hoscos habitantes de la jungla más profunda. Édera tenía claro que no iba a transigir en cambiar un yugo extranjero por otro. Una pegasa no decidiría el futuro de su pueblo. No se había sacrificado haciendo todas esas cosas horribles para acabar justo como había empezado. Por ello lideró ese doble movimiento de vuelta a las raíces y férrea resistencia contra el invasor. Allí empezó una nueva era en la Jungla Esmeralda: una de orgullo y catarsis colectiva, pero también de guerra y terror.
Día y noche, los cielos se llenaron de mortíferos pegasos que atacaban a la más mínima oportunidad. La primera reacción de los faunos fue replegarse en el corazón de la Jungla donde organizaron sus defensas. Cada árbol milenario se convirtió en una atalaya desde la que los recolectores y los danzarines disparaban sus rudimentarias flechas. Ante una amenaza aérea, la fronda se activaba y los jinetes de verdiplumas salían a hacer frente a los pegasos. Los cielos de la patria fauna se convirtieron día y noche en un campo de batalla.
Fue en ese contexto en el que crecieron Lyrata y Salix. Ambos faunos eran hijos de una sanadora llamada Ilexia y de Quercus, Pezuña de Roble, legendario guerrero y líder de la Guardia de la Fronda. Lyrata había heredado la corpulencia y tozudez de su padre mientras que Salix, más enclenque y enfermizo, se había inclinado hacia la afición de su madre a curar a las bestias del bosque que resultaban heridas en la guerra. La guerra no solo dañaba al bosque sino también a sus criaturas. Ella los llamaba “las víctimas silenciosas”: pájaros, osos, roedores…
Los pequeños faunos tuvieron una infancia relativamente feliz, cuan feliz puede ser una infancia en un país en guerra. Pero siendo uno de los dos hijos de Quercus, uno de los más grandes guerreros de su pueblo y general del ejército fauno, pronto fueron reclamados para cumplir la más ancestral de sus tradiciones: al haber nacido más de un retoño en su camada, los niños, en cuanto fueran capaces de blandir un hacha, debían batirse los dos en duelo y sólo podía quedar uno. Algunos ancianos nacidos en el corazón de la Jungla decían que esa costumbre ancestral había logrado que los faunos del corazón de la Jungla Esmeralda fueran siempre los más fuertes y preparados.
A pesar de las súplicas de Ilexia, la madre de los niños, que rogó con toda su fuerza ante Quercus, éste desoyó sus peticiones. Era el líder de la recién creada Guardia de la Fronda, y uno de aquellos niños habría de sucederle algún día. Como jefe y como seguidor de las más ancestrales tradiciones faunas, debía dejar que la llamada de la naturaleza siguiera su curso.
Cada niño recibió una pequeña hacha, que parecieron poder sostener sin problema, y fueron rodeados por un círculo de los más grandes guerreros de la jungla profunda. Sonó el cuerno y los asistentes empujaron y jalearon a los tiernos faunos incitándoles a luchar. Lyrata nunca recuerda cuánto duró aquello, pero en su mente fue todo muy rápido y a la vez pasó muy despacio. Lucharon hasta que uno de los dos cayó muerto. Cuando el pequeño cuerpo de Salix se desplomó sin vida, los guerreros vitorearon a Lyrata, reconociéndole como uno de los suyos. Entonces Quercus tomó el hacha del difunto y se la entregó al superviviente: «Lo que los muertos dejan atrás, nos hace más fuertes a los vivos», dijo repitiendo la fórmula ancestral mostrando en el rostro el orgullo de un padre afortunado.
Antes de que el cuerpo de su hermano fuera incinerado y arrojado a los pies de Pentandra, el pequeño Lyrata se las apañó para hacerse con algunas falanges de su difunto hermano. A los presentes no pareció inmortales pues mientras extraía cuidadosamente los huesos, el niño no dejaba de repetir las palabras de su padre. Adhirió los huesos de su hermano a sus mitones y a raíz de aquel episodio Lyrata se convirtió en un joven solitario. Comenzó a pasar sus días hablando con los huesos de su hermano muerto y tratando infructuosamente de sanar a los animales heridos del bosque. Fue entonces cuando Vandrell se apiadó de él. Le atrajo hasta Pentandra y se mostró ante él, le dijo que podía curar su pena pero que, a cambio, debía saber el secreto de aquello que tanto le afligía. Era de todos sabido que Vandrell, el Espíritu Árbol protector de la Raza Fauna, atesoraba los secretos de todo su pueblo y que gracias a ello lograba que pentandra creciera más fuerte y sana. Lyrata habló y Vandrell escuchó. En esa conversación logró empatizar con el pequeño fauno, que lejos de lo que se contaba sobre los sagrados rituales de lucha entre hermanos, nunca quiso matar a Salix. De hecho, cargaba con el peso de su muerte y eso le atormentaba cada día de su vida. Al terminar escuchar, el espíritu se convenció de que el proyecto de Édera había llegado demasiado lejos y se propuso utilizar a aquel pequeño fauno, destinado a ser un gran guerrero, a su favor. Lograría que la alocada deriva del pueblo fauno volviera a su sano juicio, al orden establecido: a la ancestral ley druídica que había abandonado. Para ello, Vandrell no dudaría en usar todo lo que tenía, desde aquel peón con cuernos y pezuñas, hasta los más antiguos secretos que una vez le contó la propia Dama Esmeralda.
Vandrell es tan antiguo como la propia Jungla. Posee la habilidad de comunicarse con los animalitos de la fronda que le trae constantemente información de lo que acontece en la jungla y, en la lucha, tiene el poder de aumentar el tamaño de su cuerpo, hacer crecer sus ramas y convertir su piel en corteza pura. Algunos dicen que es el más sabio de los espíritus faéricos y otros que solo solo es el más cotilla. Sin embargo, Vandrell, que ha vivido largos siglos, considera haber descubierto el verdadero secreto del orden de las cosas: la información es poder. Es por ello que, para poder llevar la riendas del pueblo que juró proteger, se ha dedicado a atesorar la información más jugosa de la Jungla Esmeralda. Además, con sus suculentos secretos mantiene frondosas las ramas de Pentandra, el enorme árbol primigenio que le sirve de cobijo y morada. Dicen que por cada misterio, confesión o confidencia que alguien le revela, en la copa del gran árbol brota una flor. Roja para los secretos pasionales, amarilla para los vergonzantes, negra para los más oscuros…
Lyrata, en uno de sus melancólicos paseos por el bosque, en los que buscaba un polluelo de verdiplumas herido o una pequeña gárgola de espinas atrapada en una enredadera… vio un día a un extraño ser de sobrecogedora belleza. Era un joven pegaso inconsciente con un ala herida. Su madre le había aconsejado muchas veces que se alejara de los pegasos pues eran peligrosos y asesinos. Pero, a Lyrata, aquel bellísimo ser de resplandor dorado no le pareció ni lo uno, ni lo otro. Lo arrastró hasta su guarida secreta donde lo cuidó y atendió hasta que sus heridas sanaron. Al principio, el pegaso herido, que respondía al nombre de Corinthos, trató de volverse contra él, pero pronto entendió que, en realidad, el joven fauno le había salvado de lo que habría sido una muerte segura. Surgió entre ello una relación tierna y prohibida que duró hasta que el extranjero sanó sus heridas y pudo volar. Tras una tierna despedida, le dejó como recuerdo una de sus doradas plumas junto a la promesa de un futuro reencuentro. Lyrata suspiró al perder de vista en el cielo al ser más maravilloso que jamás había visto. Después de eso, visitó a Vandrell que se quejó por su larga ausencia, y le preguntó por algún secreto nuevo que llevarse a la copa. Pero Lyrata, temiendo que desvelar su secreto le llevara de nuevo a ser obligado a matar a alguien a quien amaba, mintió: Salix y yo hemos sanado a otro pájaro herido. Por deferencia al fauno que tantas veces les había sanado, ningún animal del bosque sacó a Vandrell de su error, por lo que el Espíritu no pudo descubrir que el joven guerrero al que estaba eligiendo para restaurar el Orden Sagrado, había violado flagrantemente la Ley Druídica.
EL SECRETO ESMERALDA
Ellos son la extraña pareja que ha de cambiar el destino de la raza de los faunos. Un espíritu arbóreo milenario y chismoso y un joven guerrero fauno traumatizado por su pasado deberán unirse para salvar la jungla. ¡Balad bien fuerte o agitad vuestras ramas pues aquí llega: el Secreto Esmeralda!
La pareja
Lyrata
Este joven fauno es un implacable guerrero, pero tiene un lado tierno que le hace preocuparse por los animales heridos. Arrastra heridas de su pasado que le acompañan donde quiera que va. ¡Cubríos de la embestida de Lyrata, mitones de hueso!
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Vandrell
Él es el Espíritu Protector de la raza de los faunos. Encarnado en pura vegetación, dicen que es tan sabio como cotilla y que atesora todos los secretos de la jungla y de sus habitantes. ¡Soltad vuestras lenguas pues aquí llega el insaciable oído de Vandrell, el Espíritu Arbóreo!


