Según sus propios archivos, la civilización pegasa se remonta a los orígenes del mundo faérico. Se dice que su pureza proviene de su creación misma, fruto de la cristalización de la propia luz en forma de huevo primigenio. Se dice también que ante tal prodigio, incluso las nubes del cielo faérico tomaron conciencia para proteger y acunar al primer y brillante huevo. Esa conciencia celeste en forma de nube se llamó Nymborya y su destino se entretejió para siempre con el de aquella raza convirtiéndose en el Espíritu Protector de los pegasos.
Cuentan también los Archivos del Palacio Áureo que, al eclosionar, del luminoso huevo surgieron dos gemelos: Leofontes y Quimera. Los dos primeros pegasos se unieron y generaron la gran prole áurea. Pero mientras que Leofontes fue puro y justo, Quimera fue seducida por la primigenia oscuridad y trató de subyugar a las nacientes razas inferiores. Leofontes se vio obligado a enfrentarse a su propia hermana y esposa y, tras vencerla, desterrarla para siempre. Luego, puso bajo su protección y guía a las nacientes razas faéricas formando el Imperio de Leofontes. Desde entonces, y a lo largo de los siglos siempre una hija de la estirpe de Leofontes ostentó el título de Dama Dorada y gobernó sobre el resto de razas con justicia y sabiduría.
Durante siglos, el Gran Imperio de Leofontes logró guiar a todas las razas inferiores y evitar que se destruyeran mutuamente hasta la llegada de los Druidas. Estos seres de otra realidad que vinieron con su magia y palabrería a sembrar sus insidias. Pero, como se trataba de seres sin cuerno y que ni siquiera podían volar, los pegasos no les consideraron una amenaza. Fueron los tiempos de la Maldición del Pegaso. Nadie sabe cómo ocurrió pero, un buen día, los pegasos empezaron a desaparecer sin razón aparente. Los supervivientes se percataron de la amenaza y, tras sopesar la situación, decidieron abandonar al resto de razas a su suerte y refugiarse en la única parte del reino donde sabían que estarías seguros y podrían esquivar la maldición: el Palacio Áureo, construido sobre la propia encarnación de Nymborya.
Con el tiempo, los exiliados olvidaron los tiempos de esplendor y construyeron una sociedad perfecta, carente de conflicto y guiada por la luz, la justicia y la pureza. Sin embargo, parecía que la maldición no les había abandonado del todo. Los huevos de pegaso empezaron a ser cada vez más escasos y raramente alguno eclosionaba. Por ello, los sabios pegasos decidieron encerrarlos en la cámara Estigia donde serían preservados hasta que llegara el momento de que las nuevas generaciones vieran la luz.
Egan percibió la energía de un nuevo pegaso en la tierra firme que, tras el asesinato de Yardan a manos de su tío, se disipó. Se lo comunicó a Argynnis, que vio en el evento una posibilidad de esclarecer el misterioso declive de nacimientos. Si un pegaso había podido nacer, ¿por qué no iban a poder hacerlo los demás? Al descender, sin embargo, Egan y Argynnis se encontraron un mundo de razas inferiores en guerra y una gran Aguja de Nácar que dirigía la magia hacia otro mundo. Tras una disputa entre las dos pegasas que casi acaba con la escisión definitiva de Nymborya, el Espíritu-Nube protector de la raza, Argynnis y Egan decidieron utilizar todo su poder para invertir la polaridad del flujo de la magia y dirigirla hacia el Palacio Áureo. Este hecho tuvo como efecto la desaparición de la magia arcana de Calamburia (el mundo que se hallaba al otro lado), pero también logró que miles de huevos de pegaso eclosionaran.
El huevo de Argynnis, la Dama Dorada y Egan, era el más grande y brillante de todos. Sin embargo, lo que nadie sabía es que albergaba un asombroso secreto. Por primera vez desde la creación de la raza, había surgido un huevo con dos embriones. Con la alteración del flujo de magia, de su interior surgieron dos gemelos destinados a perpetuar la dinastía y gobernar a las generaciones futuras bajo el refundado Imperio de Leofontes.
Ha dado comienzo la nueva Era del Pegaso, en la que las razas inferiores conocerán por fin, quieran o no, la paz y la prosperidad bajo el justo e implacable dominio de los pegasos. Aunque son muchos los que han visto la esperanza en los brillantes rostros juveniles de Corinthos y Aetheria, no son pocos los que ven en el nacimiento de los gemelos un mal augurio, quizás destinado a repetir el nefasto pasado de los fundadores de su raza.
Corinthos, el Hacha Solar, es un pegaso de cuerpo robusto y alas poderosas para su aún corta edad. Fuertemente influenciado por Argos, su maestro de armas, un viejo guerrero pegaso adscrito a la Órden de la Luz Cegadora, ha sido educado en el principio de la superioridad de su raza. Considera tullido a cualquier ser que no pueda volar y sueña, al igual que su madre y referente Argynnis, con un futuro en el que los pegasos logren esclavizar a todas las razas inferiores por su propio bien.
A pesar de que sus madres les han prohibido expresamente abandonar la Ciudad Áurea por ser el único lugar seguro para la joven prole áurea, Corinthos lidera un grupo de jóvenes pegasos machos que aprovechan la oscuridad de la noche para escapar y descender a la superficie del Reino Faérico. En una de sus incursiones en las que se divertían dando caza a los jóvenes faunos de la Jungla Esmeralda, Corinthos fue abatido por un escuadrón de Verdiplumas. Al caer herido de un ala, entre la frondosa maleza de la selva, sus amigos huyeron dándolo por muerto. Sin embargo, un pequeño fauno llamado Lyrata lo encontró, lo escondió en una gruta y lo sanó con ungüentos y cuidados. Con el tiempo, el pegaso recuperó la movilidad de su ala y decidió regresar al Palacio Áureo. Antes de marchar prometió al pequeño fauno que, aunque su obligación era eliminar a todos los seres inferiores, cuando eso sucediera, respetaría su vida en pago por su ayuda. Corinthos le regaló una pluma de sus doradas alas para que nunca le olvidara. En realidad, los sentimientos de Corinthos y Lyrata en aquellos días en la cueva turbaron a los dos jóvenes generando una relación que en mucho excedía la mera amistad. De hecho, Corinthos se apresuró a marcharse cuanto antes pues notaba que sus sentimientos por el fauno eran más intensos que los que jamás había sentido por su hermana Aetheria, con la que estaba destinado a casarse. SIn embargo, decidió cumplir con su deber para no decepcionar a Argynnis y mantener sus nacientes sentimientos en secreto.
Aetheria, la Saeta de Luz, es una pegasa de presencia fulgurante: ágil y ligera como un halcón es una arquera con vista aguda e impresionante puntería. Futura Dama Dorada y ojito derecho de sus madres, posee una insaciable curiosidad y carece de la legendaria paciencia de su madre Egan. Fue educada por su tía Ifígia (hermana de Egan), una Profeta del Sueño que además de enseñarle a manejar el arco de luz, logró despertar en ella una cierta sensibilidad onírica. Fruto de su impaciente espíritu aventurero una noche descubrió las expediciones de su hermano gemelo, pero en vez de delatarlo, decidió aventurarse por su cuenta a descender contraviniendo los designios de sus madres. Aetheria aterrizó al sureste, sobre las ardientes arenas del Desierto Carmesí. Allí encontró presas a dos espíritus del fuego, dos hermanas que cumplían condena por haberse alzado contra su madre. Aetheria, empatizó con las jóvenes efreets y usó su poder para liberarlas. En agradecimiento una de las espíritus del fuego a la que llamaban Siraj, cautivada por sus resplandecientes ojos de luz, le dio un ardiente beso que despertó en ella una pasión dormida y que nunca olvidará.
De su aventura en el desierto, Aetheria obtuvo varias enseñanzas que no dejan de presentarse en sueños de un modo simbólico. La primera era que ninguna madre debería encerrar a su hija como habían hecho con las efreets y con ella misma. La segunda, que nunca sentiría por su hermano la ardorosa sensación que sintió al juntar sus labios con los labios de una genio del fuego. Y la tercera y más importante, era que quizás todas las historias que tanto Nymborya como sus madres le habían contado sobre los seres “inferiores”, fueran en realidad fruto de la cortedad de miras de los adultos. Quizás la guerra tuviera una solución al fin y al cabo. ¿Cómo podía su corazón estar equivocado? Aunque si algo tenía claro es que no se desposaría con Corinthos de quien, tras el regreso de su cautiverio, le separan más secretos.
Los dos gemelos mantienen una ambigua relación, aunque estuvieron muy unidos en la infancia y se profesan cierto aprecio, ahora en la adolescencia han empezado a dudar de si su destino es realmente unirse como dicta el orden establecido. Por otra parte discrepan fundamentalmente sobre su visión acerca del resto de razas: mientras Corinthos asume la visión de Argynnis respecto a la necesidad de someter a todos los seres inferiores, Aetheria cree haber descubierto en la diversidad que ha encontrado en sus aventuras un nuevo camino para ser otro tipo de Dama Dorada. Ambos, sin embargo, guardan el uno al otro su más profundo secreto: su amor no es algo que sean capaces de dirigir el uno hacia el otro.
EL AMANECER ÁUREO
Ellos son la esperanza de los pegasos. Jóvenes y elegantes guerreros pero mortales en la batalla. Nacieron del mismo huevo y están destinados a unirse para perpetuar la especie y someter a sus enemigos. ¡Cubríos ante el aura cegadora del Amanecer Áureo!
La pareja
Aetheria
Heredera del poder de los pegasos y futura Dama Dorada. Su arco certero es temido tanto en el cielo como en la tierra. De espíritu aventurero, aunque algo impaciente, suele disparar antes de preguntar. ¡Cuidaos del impetuoso espíritu de Aetheria, la Saeta de Luz!
Corinthos
Él es un joven pegaso de musculatura imponente y firmes principios. Sabedor de la superioridad de su raza no dudará en usar su hacha para imponer a los seres inferiores el orden del Imperio. ¡Temblad frente a Corinthos, Hacha Solar!


