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UN VÍNCULO IRROMPIBLE II
—Por aquí, Majestad —urgió Periandro Sibyla, conduciendo a Doddy por el pasillo del bastión—. Refugiaos, sus muros son inexpugna…
Pero la frase no llegó a completarse.
Una bruma negra descendió del cielo como si el crepúsculo se hubiese acelerado de golpe. El aire se tornó espeso. El suelo vibró.
Amunet apareció en el centro del patio, rodeada por una nube de oscuridad palpitante. El báculo impactó contra la piedra y la resonancia sacudió las ventanas del bastión. En su interior, las súcubas Nexara, Luxanna y Xantara se agitaban con furia contenida, como si supieran que pronto serían llamadas. El metal del báculo vibraba con impaciencia, no por voluntad propia, sino por la de quienes vivían atrapadas en su núcleo.
A su lado, emergiendo del mismo torbellino de sombras, Arnaldo caminaba con aplomo. El turbante azul celeste enmarcaba su rostro sombrío. Brazaletes de cuentas tintineaban mientras acariciaba la empuñadura curva de su daga zíngara, ornamentada con filigranas oscuras. El chaleco púrpura brillaba con reflejos espectrales. Su mirada no dejaba lugar a dudas: venía dispuesto a conseguir algo.
—Uy, perdón —dijo Amunet con una sonrisa tan afilada como el acero—. Debería haber mandado una nota. ¡Qué torpe soy! Pero ya que estoy aquí, mago erudito… ¿no quieres que nos divirtamos un poquito?
Periandro alzó la varita y, al hacerlo, el aire pareció inmovilizarse a su alrededor. No fue magia visible, ni conjuro inmediato, sino la pausa previa a lo inevitable, ese segundo suspendido en que el mundo aguanta el aliento. A su lado, Doddy dio un paso adelante. Lo hizo con decisión, casi con orgullo, y empuñó la espada de los Rodrigo como quien recoge un legado, no un arma. No brillaba, no ardía, no murmuraba conjuros antiguos. Pero pesaba. Pesaba con siglos de historia, con juramentos olvidados, con el linaje de un reino entero que aún latía en la empuñadura. A veces, pensó el joven, eso era suficiente.
—¡No os dejaremos pasar! —proclamó Periandro, su voz atravesando la bruma con firmeza, como una sentencia escrita en piedra. Al pronunciarlo, sus ojos se clavaron en la figura que emergía lentamente del humo: Amunet.
Ella no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza con suavidad y una sonrisa le curvó los labios con la despreocupación de quien se sabe inevitable. Había en su gesto una arrogancia tan pulida que no necesitaba palabras, pero aun así las ofreció.
—¿No? Entonces necesitaremos… una pequeña ayuda —susurró Amunet mientras alzaba el báculo con parsimonia, como quien activa un mecanismo que conoce demasiado bien—. Nexara.
Y fue entonces cuando lo invisible se volvió tangible.
No hubo estallido. No hubo fuego ni sombras. Fue peor: una oleada de pensamiento, intangible pero brutal, barrió el patio como una tormenta sin rostro. Periandro sintió cómo su mente se fragmentaba de inmediato, como un espejo resquebrajado por dentro. Voces que no eran suyas comenzaron a taladrarle el pensamiento, susurrando con la crueldad de lo familiar. “No eres suficiente”. “Ella ya lo sabe”. “Tus errores han costado vidas”. Palabras que no reconocía, pero que resonaban como si fueran suyas.
Se tambaleó, dio un paso atrás. La varita le tembló en la mano, no por miedo, sino porque el equilibrio interior se deshacía como agua entre los dedos. Era una batalla que no podía ganar con hechizos, porque el enemigo estaba en su propia cabeza. Doddy lo notó al instante.
—¿Pedianddo?
Periandro no respondió. No podía. Solo se gritó a sí mismo con todas sus fuerzas.
—¡Silencio!
Pero el grito fue inútil. Una lágrima se deslizó por su mejilla, involuntaria, y no de dolor físico, porque Nexara no hería la carne. Su veneno era más sutil, más profundo. Envenenaba la mente.
Y justo entonces, como si aquel instante de vulnerabilidad hubiese sido la señal convenida, Arnaldo se abalanzó sobre el heredero. El zíngaro se movía con la precisión de un bailarín de guerra y cada golpe de su daga curva era una afirmación, un mensaje letal. Doddy apenas tuvo tiempo de alzar su espada, pero lo hizo. Y resistió.
—¡Soy el hedededo! —bramó mientras desviaba un tajo que habría abierto su costado de parte a parte.
Arnaldo sonrió, frío, como si todo formara parte de una danza conocida.
—Pero no por mucho tiempo —murmuró, y retrocedió un paso justo cuando Amunet, avanzando un poco más, volvió a hablar con la misma calma letal.
—Luxanna.
La palabra fue como una campana que nadie escuchó, y sin embargo, lo cambió todo.
Una nube oscura se cerró en torno a Doddy. No era negrura ordinaria, sino un velo húmedo y opresivo que robaba los sentidos uno a uno. Primero el sonido. Luego la visión. Después, el equilibrio. El mundo entero colapsó a su alrededor, y en el abismo donde fue arrojado no había arriba ni abajo, ni luz ni sombra. Solo la sensación perpetua de caída, una caída infinita, silenciosa, imposible de detener.
La espada se le resbaló de entre los dedos. Cegado, desorientado, privado de todo sentido, Doddy cayó de rodillas sobre la piedra agrietada del bastión. A su alrededor, el mundo ya no tenía forma ni sonido. Era oscuridad líquida, temblorosa, un abismo sin fondo que lo tragaba todo, incluso el miedo. Solo el tacto áspero del suelo bajo sus manos y el vértigo que le estallaba en las sienes lo mantenían anclado a una realidad que ya no sentía como suya.
Desde unos pasos más atrás, Periandro percibió el derrumbe y reaccionó con un grito.
—¡Majestad!
Con un esfuerzo colosal, se sacudió de encima las voces intrusas que seguían taladrándole el pensamiento. “No eres suficiente”, “ella ya lo sabe”, “es tu culpa”… Nexara aún se aferraba a los bordes de su mente, pero él la apartó con una voluntad que ya no nacía de la magia, sino del amor a lo que debía proteger. Alzó la varita. Durante un segundo eterno, el aire se congeló. Todo se detuvo.
—Flammae Veritatis.
El hechizo brotó de su garganta como un canto sagrado. La llamarada de luz blanca cruzó el patio como un juicio inapelable, y se lanzó directa al pecho de Amunet. Pero la emperatriz, inmóvil, giró su báculo con elegancia y desvió el impacto como quien aparta una hoja caída de su hombro.
—Estás mermado, erudito —dijo con una dulzura envenenada, casi maternal—. El orbe ha hecho mella en ti.
—No tanto… como para rendirme —replicó Periandro con voz ronca, aún en pie, aunque el suelo comenzaba a fallarle.
A su lado, Arnaldo susurró un conjuro en zíngaro. No fue un grito, ni un canto ritual: fue una orden discreta, peligrosa. Y de inmediato, de entre las grietas del patio, brotaron raíces negras que se enroscaron con violencia en los tobillos de Periandro, lo atraparon como cadenas vivas. El mago forcejeó. Intentó romperlas. Pero su poder flaqueaba. El suelo, que momentos antes respondía a su voz, ahora parecía escucharlo a medias.
Amunet, sin prisa, giró su báculo una vez más.
—Xantara.
La ráfaga no se vio, pero el resultado fue inmediato. Doddy, aún de rodillas, se irguió de pronto como si una cuerda invisible tirara de su espalda. Sus músculos estaban tensos, sus ojos vacíos. El cuerpo se movía, sí… pero ya no le pertenecía. Como una marioneta sin voluntad, alzó el brazo con lentitud, y la espada —esa reliquia que no contenía magia, pero sí memoria— giró en su mano hasta apuntar a Periandro.
—¡No…! —gimió el joven, con la voz atrapada en su garganta, consciente del horror, incapaz de detenerlo.
—Te tengo… —susurró Xantara desde lo más hondo de su mente. Nadie más oyó su voz, pero él la sintió reptar como una serpiente bajo la piel.
El acero descendió. Doddy, movido como un mísero títere por efecto del poder de la súcuba, estaba atacando a su amigo Periandro.
El mago erudito intentó retroceder, pero no fue lo bastante rápido. La hoja le rozó la sien con un corte limpio, y un hilo de sangre cálida descendió por su mejilla. El segundo golpe venía en camino, más rápido, más certero.
Y entonces, con la serenidad del sabio que sabe perder sin odio, murmuró:
—Perdóneme… su majestad.
No gritó. No tembló. Solo agitó la varita y conjuró una onda de choque que, sin violencia, alejó a Doddy de su alcance. No lo hirió. Solo lo salvó.
Entre los rosales hechos jirones, Hilario de Duff Colby abrió un ojo. Vio fuego. Vio columnas de luz surgiendo del suelo. Vio a su Rey, espada en alto, a punto de hundirla en el pecho de su maestro.
—¿Pero esto qué es…? Yo es que no puedo con tanto drama —susurró, con la voz quebrada por la indignación.
Y se desmayó de nuevo, con la dignidad de quien ha sido educado para las intrigas cortesanas, pero no para presenciar batallas infernales.
Periandro se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido por el esfuerzo y la sien marcada por la hoja de la espada real. La sangre, ya tibia, le surcaba el rostro, mientras su varita seguía firme en su mano, como si no hubiera fuerza en el mundo capaz de arrebatársela. Cansado, sí, pero no vencido, elevó la voz y pronunció las palabras con la solemnidad de un sabio que conoce que cada sílaba puede pesar más que una espada.
—Sapientia… Perennis… Excelsa Ratio.
El bastión entero pareció contener el aliento. Bajo sus pies, el suelo tembló con un pulso antiguo y profundo, y desde las raíces de la piedra comenzaron a surgir columnas de luz dorada, alzándose hacia el cielo como ramas de un árbol invisible. Aquella magia no era violenta ni arrogante. Era majestuosa. No buscaba herir, sino proteger. El saber se hizo forma. La memoria se convirtió en defensa. Y, por un instante, el Bastión de los Colby resplandeció como una catedral del pensamiento.
Amunet entrecerró los ojos, cegada por la claridad. Dentro del báculo, Nexara aulló, frustrada; Luxanna rugió, exigiendo liberación; y Xantara, debilitada, se quebró como si hubiera sido ahogada por el poder del mismo báculo que la contenía, como si el resplandor del hechizo la hubiera obligado a replegarse dentro de su prisión de magia y metal. Arnaldo, por su parte, retrocedió un paso. No se pronunció, pero tensó la mandíbula, midiendo en silencio la energía que acababa de desplegarse, como un jugador que descubre que el tablero ha cambiado.
—¡Y ahora márchate, Emperatriz del demonio! —exclamó Periandro con un grito que llevaba consigo todo el peso de su linaje, de los tomos estudiados, de las noches sin sueño—. ¡Sin tus huestes no podrás tomar estas tierras!
Amunet respiró hondo, y aunque su rostro reflejaba el poder del hechizo, en sus labios seguía dibujada esa sonrisa ladeada que nunca se permitía perder.
—No vengo a tomar nada —dijo con calma—. Solo os he visitado para obtener cierta información.
Sus ojos buscaron a Doddy, que trataba de ponerse en pie mientras se sujetaba el costado. Le temblaban las manos y aún tenía el cuerpo marcado por el dominio de Xantara, pero su mirada ya era de nuevo la suya. En ese instante, Amunet supo que era su oportunidad para conseguir la información que tanto ansiaba
—Por última vez… ¿dónde están las niñas?
Periandro, sin moverse un ápice, respondió con la voz clara y sin adornos.
—Puedes torturarnos, incluso matarnos, pero siempre te quedará la certeza, en lo más hondo de tu alma, de que hay herederas al trono con mayor legitimidad que la tuya. Y de que tu reinado es un coloso con los pies de barro.
Doddy levantó la cabeza, con esfuerzo, y habló con un hilo de voz que no temblaba.
—Bien dicho, Pedianddo. Ni siquieda los poderes de tus demonios sedían capaces de sonsacad la veddad a quien no la sabe —sentenció con suficiencia—. ¡El plan de Minerdva es infalible!El
Periandro cerró los ojos, exhalando con resignación.
—Oh no… lo ha dicho…
La carcajada de Amunet se alzó como un trueno que rebotó en cada columna del bastión. Sonaba antigua, cruel y auténtica. La risa de quien no necesitaba fingir sorpresa porque, una vez más, el mundo le entregaba lo que necesitaba sin pedirlo.
—Nunca pensé que sería tan fácil —murmuró, girándose hacia Arnaldo con una mirada encendida de ambición—. Así que lo único que tengo que hacer es dar con la directora de la Torre de Magia.
Su sonrisa, ahora sin disimulo, se convirtió en una orden silenciosa. Arnaldo asintió.
—Vámonos. Entraré en Skuchaín cuando menos se lo esperen y conseguiré lo que he venido a buscar.
El aire se quebró con un estallido de niebla negra. Un remolino oscuro los envolvió y, en un instante, ambos desaparecieron.
Doddy cayó sentado sobre las losas, agotado. Su cuerpo, todavía estremecido por el esfuerzo y la posesión, apenas respondía. Respiraba con dificultad, y había en sus ojos un atisbo de vergüenza que no sabía cómo verbalizar.
—Lo siento, Pedianddo… ¿He hecho algo mal?
Periandro, con la varita aún en la mano, se acercó a él y le posó una mano sobre el hombro. Su gesto fue lento, medido, no como quien reprende, sino como quien consuela.
—Ahora irán a por mi tía Minerva.
Se incorporó con dificultad, tambaleándose al principio, pero decidido.
—¡Rápido! Tengo que llegar antes que ellos a la Torre Arkhana. La directora de la escuela y vuestras hijas están en peligro.
Periandro rebuscó en su túnica con manos temblorosas hasta encontrarlo: un pequeño cubo de cristal, apenas del tamaño de una nuez, delicado como el alma de un recuerdo. Lo sostuvo con firmeza, lo acercó a sus labios y habló con voz contenida:
—Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.
El cubo emitió un leve zumbido. Una luz azulada brotó de su interior y, al soltarlo, se elevó en el aire. Vibró un instante y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un hilo de luz que se deshilachó con el viento.
Solo entonces, sin esperar respuesta, Periandro cerró los ojos un instante, concentrando la poca energía mágica que le quedaba. La varita tembló en su mano, aún manchada de sangre, y trazó en el aire un signo que conocía bien, aprendido años atrás en las clases de Gónagan, maestro severo y experto en invocaciones. En aquel tiempo, le pareció un hechizo ornamental, una reliquia académica más que un recurso real. Ahora entendió para qué lo habían obligado a repetirlo: para que el cuerpo no dudara cuando todo duda; para que el gesto exacto apareciera incluso con la sangre aún fresca y la varita temblando.
—Equus Temporae.
El suelo vibró bajo sus pies y, en medio de un remolino de viento y luz, surgió un caballo etéreo. Tenía la piel color ceniza y los ojos brillaban como carbones vivos. No relinchó. Solo aguardó. Periandro montó con agilidad, ocultando el dolor de su costado bajo una capa de compostura.
—Cuídese, su majestad —dijo, girando brevemente la cabeza hacia Doddy—. Lo que se cierne sobre nosotros reclamará hasta el último aliento de quienes aún luchamos por esta tierra.
Espoleó al animal, que respondió con un galope silencioso y certero. El conjurado corcel atravesó el patio como una sombra veloz, dejando tras de sí un rastro de chispas plateadas y polvo flotante. Las piedras del Bastión parecieron estremecerse a su paso.
Y entonces, al tomar el desvío hacia el este, cuando aún no había recorrido ni una legua, algo rompió el ritmo de la huida. A lo lejos, en el sendero que descendía desde la torre del vigía, un clamor rasgó el aire como un presagio.
Un jinete real, herido y cubierto de sangre, se acercaba tambaleándose, con el estandarte de la casa Von Vondra desgarrado sobre el brazo. Su caballo resoplaba extenuado. Periandro detuvo el galope. El viento les cruzó en silencio… y entonces comprendió: llegaban tarde.
Apretó los dientes y siguió adelante. El mensaje no era para él. El mensaje era para Tilaria.
En el patio del bastión, Lady Tilaria abrió los ojos con un sobresalto. El conjuro de Arnaldo comenzaba a disiparse y el frío del atardecer le devolvió la conciencia. Incorporándose con dificultad, apoyó una mano en el suelo para no perder el equilibrio y se levantó con la elegancia de quien, incluso al caer, sabe mantenerse digna y erguida ante el mundo. Alzó el rostro con gesto firme.
Fue entonces cuando el jinete, casi sin aliento, llegó hasta ella. Cayó de rodillas al suelo, el rostro pálido y la voz quebrada por el dolor.
—¡Mi señora…! —jadeó—. Los demonios… han cruzado el río. El avance… el avance es incontrolable. Arrasan aldeas, consumen los caminos. Vienen directos hacia aquí. ¡No queda tiempo!
Tilaria no necesitó más.
—¡Hilario! —vociferó con autoridad renovada—. Da la orden. Que la guardia se retire. Abandonamos de nuevo el Bastión.
—¿Nos retirarnos? —musitó Hilario con incredulidad, limpiándose la sangre del labio—. Pero si apenas acabábamos de llegar…
—Debemos partir —corrigió ella, la voz quebrada pero resuelta—. Esto se va a convertir en una ratonera. Nos reagruparemos en Instántalor con Elora y el ejército de la flota pirata.
Hilario asintió sin añadir palabra. Mientras los soldados recogían con premura sus pertrechos, Lady Tilaria volvió la vista una última vez hacia las almenas del Bastión Colby. La piedra que había jurado proteger. El lugar que había llamado suyo. Y que ahora… volvía a dejar atrás. Otra vez.
Su Bastión. Su orgullo. Su pérdida.
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Y entonces, el tiempo habló.
No con estruendo, ni con palabras que pudieran escribirse en piedra, sino con la cadencia de lo inevitable. Tres voces, antiguas como el mundo, tejieron su veredicto entre los silencios que deja una batalla incompleta.
La primera fue Urd, la que recuerda:
«Hubo un día, no tan lejano, en el que una sacerdotisa elemental salvó a un joven infante del filo de la muerte. Aquel acto, que pareció una retirada, fue en verdad una siembra: del valor, del linaje… y del error que hoy lo ha traicionado».
Luego habló Verdandi, con la verdad suspendida en la garganta del presente:
«En Azarcón, la confusión todavía respira. La piedra vuelve al silencio, pero el eco no se apaga. Un bastión se vacía mientras cree que se salva. El nombre de Minerva sigue ardiendo en el aire. Y, en este mismo ahora, Amunet afila la sonrisa y palpa la cercanía de su presa»
Y por último, Skald, con el aliento contenido de lo que aún no ha sucedido:
«El nombre de Minerva se convertirá en ruta. Volarán hacia Skuchaín con el humo en los dedos y el hambre en la boca. La Torre Arkhana se cerrará tarde o se abrirá a la fuerza. Periandro cabalgará hacia la verdad y pagará el precio de llegar antes. Y cuando el saber sea puesto a prueba, la sangre valiente elegirá si resiste… o arde».
Después, el silencio.
