244 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

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UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Cuando la realidad se fracturó, tres voces antiguas atravesaron el tejido del tiempo.

Urd habló primero, y su sentencia se sintió como un relámpago en la médula del mundo:
«Cuando la confusión se hizo carne, los hilos del destino se desenredaron como madejas en manos de un niño».

Le siguió Verdandi, firme en el vértice del ahora, con una verdad que no admitía réplica:
«Y mientras el Orbe resuena entre planos entrelazados, algunos lazos se tensan, vibran… pero no se rompen».

Y entonces Skald, la que ve lo inevitable, selló el presagio:
«Pronto, una línea azul, tallada en zafiro, marcará el camino hacia el abismo… o hacia la salvación».

El eco de sus voces no dejó lugar a duda: el destino ya se había puesto en marcha.


—¡Hilario! Acaba de llegar tu hermano —exclamó Lady Tilaria, entrando con el gesto agotado, como si la indignación fuera parte de su atuendo—. Ha reaparecido en mi vestíbulo tras una de sus absurdas teletransportaciones desde el desierto… ¡y no ha parado de recitar tragedias en verso desde entonces! Que si la arena le arañó el alma, que si la luna susurró su nombre… Estoy tentada de encerrarlo en la bodega con una lira y un espejo.

—Ya sabéis cómo es Gadeslao —respondió Hilario de Duff Colby, sin molestarse en levantar la vista de su cuaderno—. Se emociona con una brizna de viento y dramatiza como si Calamburia entera dependiera de su próxima metáfora. Pero os seré sincero, mi señora… estoy agotado. Agotado de oír al joven Rodrigo repetir ese discurso con la misma entrega con la que uno repite un mal conjuro esperando que funcione por aburrimiento.

El Bastión de los Colby, enclavado en las tierras altas de la comarca de Azarcón, había resistido guerras, inviernos y generaciones de nobles en decadencia. Su piedra antigua hablaba con ecos de historia. Sus tapices, descoloridos por el sol y el orgullo, colgaban en salones que ahora se usaban más para refugiar conversaciones que para celebrar banquetes.

Allí, en uno de esos salones, oculto entre cortinas de terciopelo rancio y vajillas heredadas de otro tiempo, un joven ensayaba cargado de empeño cómo hablar como un rey.

Quedido pueblo de Calambudia… La Deina Eloda y yo, como vuestros sobedanos en el exilio…

Doddy ensayaba con ardor, proyectando su discurso por los pasillos como si pudiera vencer la guerra a fuerza de voluntad y dicción.

Desde el salón contiguo, donde aún compartía té y resignación con Lady Tilaria, Hilario se llevó una mano al rostro.

—“Elora”. Por favor. Es Elora. Si vuelve a llamarla “Eloda”, me voy al puerto, me alisto con los piratas y me lanzo al Kal-a-Mar.

Lady Tilaria resopló, pero no sin cierto afecto.

—Tiene tenacidad, Hilario. Y eso ya es más de lo que pudo decirse nunca de su difunto padre. Sancho era… bueno, era un buen hombre. No un lumbreras, desde luego, pero su sangre era noble. La inteligencia la aportábamos otras. Su madre, por ejemplo… mi sobrina Melindres… mi querida Melindres, era de una lucidez implacable. Qué fuerza, qué genio, qué capacidad para sostener el mundo cuando se caía a pedazos.

Hilario alzó una ceja con su característica elegancia envenenada.

—Lo reconozco, mi señora. De entre todos los colapsos del linaje, Melindres fue siempre una columna. Una verdadera Von Vondra y ahora que no está… el edificio se tambalea.

La puerta del salón se abrió con cuidado y Periandro Sibyla asomó el rostro, pulcro como siempre, con un tomo bajo el brazo y una seriedad que no invitaba a dilaciones.

—Vizcondesa —dijo con una leve inclinación hacia Lady Tilaria—. Señora. Os ruego disculpéis la intromisión.

Al instante, Doddy apareció tras él, sujetando aún la espada de madera como si fuera una rama de laurel.

—¡Pedianddo! —saludó, entusiasmado—. He pedfeccionado la pdimeda frase. ¿Quedéis oídla de nuevo? Venid dápido a la sala contigua, estoy ensayando.

Hilario dejó escapar un suspiro largo, dramático, estudiadamente resignado.

—Mi señora —dijo cerrando con delicadeza su cuaderno—. Si la escena va a repetirse, os propongo un paseo por los jardines. Quizá entre las adelfas encuentre más esperanza que entre los discursos de nuestro pequeño monarca.

Tilaria reprimió una sonrisa y asintió con gravedad.

—Un paseo nos hará bien. Y el aire fresco nos aclarará las ideas —dijo mientras se abanicaba de camino al exterior.

Tilaria saludó a los guardias que protegían la fortaleza, que le devolvieron el saludo con gesto marcial. Se había encargado personalmente de que sus mejores hombres —seleccionados de entre las huestes de la casa Von Vondra— les protegieran a ella y al rey. Tras la toma del Bastión de los Colby, era cuestión de tiempo que toda la comarca de Azarcón volviera a estar controlada por la Corona. Tras años de exilio, parecía que al fin la usurpadora Amunet comenzaba a tener los días contados, pero Lady Tilaria no era de las que esperan sentadas.

Salió al exterior acompañada de su secretario personal. El ambiente de los jardines, lejos de llenarles de calma, les produjo cierto desasosiego. Las flores estaban algo marchitas y, cuando soplaba viento del norte, les llegaba el rumor de la batalla y una leve lluvia de ceniza caía como si fuera nieve.

Tilaria habló sin ambages.

—Esta guerra va para largo. Necesito pensar en el siguiente paso estratégico. Hilario, informe de situación —ordenó, provocando que el Colby se tensara como si se hubiera activado un resorte en su cuerpo.

—Sí, mi señora. La corona ha cosechado notables éxitos —informó el secretario mientras sacaba su cuaderno de notas y lo leía—. El desembarco que vos y vuestra hermana Zora planteasteis ha sido un éxito. Las tropas reales avanzan hacia el norte. Instántalor ha sido liberada y hemos recuperado esta fortaleza, el Bastión Colby.

—Sí, mi querido Bastión Colby es sin duda la joya de mi corona —sonrió satisfecha Tilaria mirando a su alrededor.

“Mi Bastión…”, pensó Hilario de Duff Colby para sí tratando de poner buena cara. 

—Bueno, qué desafortunado eso que he dicho, ¿no? Quería decir “de la corona de mi sobrino-nieto”. Si es que todo esto lo hago por él —apuntó con forzada afectación.

—Y porque tantos años viviendo entre piratas amenazan con hacer que perdamos las buenas costumbres, ¿verdad, mi señora? —añadió el secretario a modo de chanza para ocultar su creciente mal humor. Había que reconocer que tenía estilo, pero no podía evitar odiar a aquella vieja harpía.

—Sí, Hilario, también por eso. No aguantaba en esa isla ni un minuto más. Además, yo soy una mujer de acción, no nací para vivir en el exilio —dijo, y su imaginación la llevó a verse cabalgando sobre un rocín blanco, mientras cercenaba con su espada las cabezas de los demonios de Amunet.

—Por otra parte —prosiguió en tono informativo Hilario de Duff—, el ejército real se está enfrentando a las huestes de Amunet en las Marismas de la Confusión. Pero… —anunció adquiriendo la postura de comunicar un chisme— algo extraño ha pasado recientemente.

—¿Qué es eso que ha pasado? —preguntó ella, aguijoneada súbitamente por un repentino interés.

—Han desaparecido bastantes demonios.

—Oh, eso es bueno. 

—Pero también varios de nuestros hombres. También aquí en el Bastión parece que varios soldados se han volatilizado —concluyó el Colby.

—¿Habrán desertado? No es posible. Pero si eran mis mejores hombres… —se cuestionó Lady Tilaria visiblemente contrariada.

—He oído hablar a Periandro con su Majestad. No es que ande yo escuchando detrás de las puertas, ya sabéis… 

—¡Desembucha, truhán! —le apremió ella golpeándole con el abanico.

—Ha hablado de la activación de un poder arcano que ha sembrado la confusión en toda Calamburia. Según se rumorea, nada es lo que parece… —dijo como quien cuenta un secreto vergonzante de una vecina.

—Eso explicaría la desaparición y posterior reaparición de mi esposo. Poco ha durado…

—El caso es que nuestra guarnición está algo mermada y, hasta que lleguen los refuerzos, las defensas de este Bastión son vulnerables. 

—¿Dices que algún enemigo podría intentar atravesar los muros?

—Sí, lo digo —respondió Hilario con convicción.

Mientras Hilario y Tilaria maquinaban cuál había de ser la reacción a los últimos acontecimientos, Doddy, en la sala contigua, contemplaba el retrato de su padre. Frente a la imagen imponente del antiguo monarca, alzó su espada de madera —como si al imitar el gesto de sus antepasados pudiera convocar algo más que valor— y volvió a intentarlo.

Quedido pueblo de Calambudia… —recitó con voz engolada—. La Deina Eloda y yo…

Carraspeó. Frunció el ceño. Corrigió:

—La Reina Elora. Eso es. Elora… Lo sé, lo he memodizado. Pedo en cuanto dejo de declamad… vuelvo a sed yo —dijo el monarca con tristeza.

Sus palabras se deshacían con el viento que entraba por los postigos carcomidos. La hacienda, antaño esplendorosa, era ahora un mero enclave estratégico de una guerra que ya duraba demasiado.

Pero Doddy seguía en pie. Con el corazón firme. Con la torpeza propia del que ha heredado un peso demasiado grande… y, sin embargo, lo sostiene.

Desde que la sacerdotisa elemental lo desmaterializó de Ámbar, salvándolo de aquella batalla contra Amunet —más de una década antes de la activación del Orbe de la Confusión—, muchos lo habían dado por desaparecido. Pero ahora aquí estaba. Vivo. Y aún aferrado a su propósito. Gracias a los barcos piratas de Elora, había podido llevar a su ejército a tierra firme. Tras recuperar Instántalor, cuyos habitantes se alzaron con gallardía contra los demonios invasores al verle llegar, avanzaba con sus huestes rumbo al palacio de Ámbar, pero el trayecto era largo y albergaba peligros e inclemencias: marismas, demonios, zíngaros…

—Soy el hedededo —murmuró, apoyando la frente en el pomo de la espada—. Y algún día, todos lo sabdán.

Entonces, un leve toque en la puerta interrumpió al monarca.

—¿Majestad? —dijo Periandro, con esa calma envolvente que solo da el conocimiento… o el peso de una familia con demasiadas verdades que ocultar.

Al ver la escena, añadió:

—Oh… ¿Estabais ensayando?

—Sí —respondió Doddy, bajando la mirada—. Pedo no puedo salidme del texto. En cuanto dejo de concentdame… todo mi esfuedzo se desmodona.

Periandro le sonrió con afecto, sin rastro de burla.

—Majestad, el pueblo os querrá por vuestra verdad, no por vuestras erres.

Se acercó un paso.

—Pero ahora, he de comunicaros algo. Tras la desaparición de parte de la guardia, me temo que algunos escuadrones enemigos hayan penetrado en la zona asegurada.

Doddy parpadeó.

—¿Es pod el odbe?

—Eso parece, Majestad. El Orbe de la Confusión está afectando por igual a los dos bandos —repuso Periandro—. Y ninguna posición será segura mientras no nos reorganicemos. Hemos perdido a la mitad de nuestras tropas y nos han separado de Elora y del resto de los piratas. Nuestra posición es débil y me temo que alguno de los esbirros de la oscuridad aproveche la confusión para atentar contra vuestra vida.

Hizo una pausa. La mirada se le endureció.

—Además… han desaparecido más de la mitad de los alquimistas que se encontraban en el bastión. Entre ellos… mi hermana, Aurora. 

Doddy asintió con gravedad.

—Debemos abandonad el Bastión antes de que nos encuentden. ¿No es así?

—Sí, majestad. Vuestra seguridad es la máxima prioridad. Si algo os ocurriera… 

—Si algo me ocudre, siempre quedadán mis hedededas legítimas —sentenció el rey.

—Minerva mantiene a vuestras hijas en secreto —convino Periandro—. Nadie sabe dónde se encuentran. Ni siquiera vos. Y eso es lo que las mantiene con vida.

Doddy esbozó una sonrisa agradecida.

—No lo entiendo del todo, Pedianddo. Pedo Minedva… ella sí lo sabe. Es la edudita más lista de Calambudia. Mucho más que tú.

—Eso no me cuesta admitirlo. Mi tía siempre ha tenido una cabeza prodigiosa; por eso mismo, conviene escucharla. Vamos, Majestad. El tiempo se acaba. Y hay quien ya ha empezado a moverse.

Mientras Doddy y Periandro se preparaban para partir, los jardines del Bastión de los Colby, encaramados a una terraza natural sobre las colinas de Azarcón, se cubrían de una bruma suave. El perfume de los jazmines se mezclaba con la humedad del atardecer. Allí, donde el musgo crecía entre esculturas erosionadas y fuentes apagadas por siglos de olvido, Hilario paseaba con la dignidad de quien se sabe parte de un linaje que resiste más por terquedad que por poder.

—Estoy convencido —comentaba Hilario— de que el orbe ha afectado a todos menos a mí. Claro, teniendo un gemelo como Froilán… uno se acostumbra al desorden. Siempre en tratos con marqueses lunáticos o desapareciendo durante semanas sin previo aviso. Para mí, su ausencia es rutina.

—Lo dices como si no le tuvieras aprecio a tu hermano gemelo —replicó Tilaria, sin apartar la vista del sendero de grava blanca.

—No, no. Lo adoro —dijo Hilario con una sonrisa irónica—. Es el pequeño. Y como buen pequeño… hace lo que le da la gana.

—Ah, él es el pequeño, hubiera apostado por que eras tú —dijo Tilaria como quien lanza un halago.

—Aunque naciéramos el mismo día, yo nací seis minutos antes —precisó el secretario—. Él es el menor y parece que eso le da licencia para ser un imprudente encantador.

Tilaria soltó un leve resoplido, mitad cansancio, mitad diversión.

Fue entonces cuando, al girar la esquina del seto de magnolias, una figura solitaria apareció avanzando por el sendero contrario. Iba encapuchada, con los bordes de la capa decorados en hilo carmesí, y cada paso parecía medido al compás de un secreto.

Arnaldo.

—¿No es ese…? —murmuró Tilaria, entrecerrando los ojos.

—El heredero del clan del Cuervo, hijo de Kálima, la matriarca —respondió Hilario en voz baja—. Y una espina zíngara clavada en la espalda de este reino.

Arnaldo se detuvo al verlos. Luego se inclinó con una cortesía que no era vacía, pero tampoco plena.

—Vizcondesa. Dignísimo Colby —saludó—. Pasear por estos jardines al caer la tarde es una visión que ni el Orbe ha logrado confundir.

—Qué galantería tan… inesperada —respondió Tilaria—. ¿Os trae aquí la casualidad o debo llamar a la guardia?

—Ya sabéis que en nuestro pueblo no creemos en la casualidad —dijo Arnaldo—. Solo en señales, destinos… y deudas.

Hilario, cruzando los brazos con lentitud, arqueó una ceja.

—¿Y qué deuda os ha traído hasta Azarcón esta vez? ¿Una familiar? ¿O una más… pragmática?

Arnaldo sonrió con la comisura del labio apenas levantada.

—La más antigua de todas —susurró.

—Sea como fuere, a mi sobrino-nieto le encantará el regalito que le voy a brindar: un patriarca zíngaro sazonado con grilletes reales —sonrió Lady Tilaria con gesto de estratega—. ¡A mí la guard…!

Pero antes de poder concluir su órden, Arnaldo extendió los dedos. Un susurro en zíngaro —áspero, rítmico— se deslizó entre las palabras. Una ráfaga de magia oscura brotó de sus labios, envolviendo a los dos nobles en un velo de humo estrellado.

Lady Tilaria intentó levantar el abanico, Hilario apenas alcanzó a alzar la voz. Pero el conjuro fue certero.

En un segundo, sus párpados pesaban como plomo.
En dos, sus rodillas cedieron.
En tres, estaban dormidos sobre la hierba. Silenciosos. Fuera del mundo.

Arnaldo se volvió hacia el centro del jardín interior del Bastión, donde una antigua glorieta, legado de los primeros Colby, esperaba entre columnas rotas y hiedra silvestre. Allí, se decía, los fundadores del linaje recibían inspiración antes de cada duelo, y hoy el eco de la traición y la sangre resonaba con más fuerza que cualquier recuerdo noble.

Colocó con cuidado una piedra azulada sobre una losa agrietada. El Zafiro Vincular brilló al contacto con la piedra, pulsando como si respirara.

—Este es el sitio que indicó el mensaje —dijo, con voz contenida—. El jardín de la mansión Colby. Colocaré aquí la piedra y pronunciaré las palabras que me enseñó madre. Espero que la Emperatriz de los Dos Mundos esté satisfecha con mi trabajo.

Elevó las manos. Sus dedos dibujaron en el aire antiguos gestos de rituales zíngaros. Un murmullo gutural surgió de su garganta. El viento giró sobre sí mismo. Las sombras se alargaron. La temperatura cayó en picado.

Un trueno sin nubes desgarró el cielo. Humo negro emergió desde la piedra. Estrépito. Niebla. Y en medio del torbellino…

Amunet.

La Emperatriz de los Dos Mundos emergió del vórtice como un espectro coronado. Sus ojos, dos lunas de obsidiana. Su capa, hecha de ceniza y ecos. Su báculo, un fragmento del Inframundo forjado en antiguo y oscuro metal.

—Bueno, bueno… —dijo con una sonrisa que cortaba—. Pero si es mi zíngaro favorito.

Arnaldo cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Su Malignidad, soy vuestro más humilde siervo.

—Veo que has cumplido tu misión a la perfección. Has recuperado el Zafiro Vincular.

—Madre me contó que es una reliquia de mi pueblo, que una antigua Emperatriz Tenebrosa le regaló a nuestro patriarca Arnaldo. Pero… ¿cuál es su verdadero poder?

Amunet se acercó. No lo miraba, lo medía.

—Puede crear un vínculo entre un mortal y el Inframundo. Tu sangre es antigua y poderosa, por eso la piedra te ha obedecido. Y gracias a eso, has conseguido invocarme. De esta forma podremos comunicarnos y, llegado el caso, podré acudir allá donde se me necesite. O tú y los tuyos seréis llamados a mi presencia, estés donde estés.

—Es un gran honor del que sin duda no soy digno. Como futuro patriarca del pueblo zíngaro, lo llevaré siempre conmigo. Le doy las gracias por su regalo en nombre de mi linaje.

—No lo hago por vosotros —dijo ella, sin sonreír—. Ahora que Van Bakari nos ha traicionado y he sido separada de mis demonios, debo cubrirme las espaldas.

Arnaldo alzó la cabeza, los ojos encendidos.

—Me encargaré de degollar a quien ose cuestionaros. A quien pretenda arrebataros el trono. A pesar de que esas niñas tengan sangre real, el trono os pertenece, Emperatriz de los Dos Mundos.

—Pero, mi querido Arnaldo —susurró ella, girando despacio el báculo entre los dedos—, no se puede matar a quien no se sabe dónde está. Creo que los decadentes reyes exiliados me ocultan el paradero de sus hijas. Por eso estamos aquí. Tenemos que sonsacarles información crucial. Para ello aún tengo a mis súcubas —añadió dando un golpecito al báculo—. Y tú… tú me vas a ayudar.