Personajes que aparecen en este Relato

EL HAYA DE LOS LAZOS
La humedad de la arboleda la envolvía como una promesa. Gorrión conocía bien aquel lugar. Había acampado allí con su familia más de una vez, en los veranos o en las estaciones confusas, cuando los pícaros regresaban a Catch-Unsum para ocultarse de los impuestos, del pasado o del peso de la justicia sobre sus propios nombres.
Su padre, el pícaro Drawets, le había enseñado los caminos ocultos entre los arbustos, el modo en que el musgo crece siempre en el lado más fresco de los troncos y cómo orientarse si las estrellas aparecían entre las copas.
—Si te pierdes —le decía mientras la cargaba sobre los hombros, hablando hacia el cielo, hacia ella—, sigue el olor a savia. El musgo te guiará. Y si ves fuego sin humo… es que alguien te está esperando.
Ella no respondía. Estaba muy atenta, aunque sus manos se entretenían jugando con los rizos de su padre, enredando los dedos en su cabello revuelto como si fueran lianas o crines de un animal fantástico. A veces se los trenzaba sin que él se diera cuenta; otras, simplemente los acariciaba, concentrada en su voz, como quien escucha una historia que quiere recordar para siempre.
—¿Y si no hay fuego? —preguntaba Gorrión siempre, con la seriedad de quien desea todas las respuestas del mundo.
—Entonces ve al claro de la Daga Rota —decía él, bajando la voz como si compartiera un secreto ancestral—. ¿Ves? Está escondido tras tres robles y un zarzal torcido, el que huele a canela mojada. Nadie va allí si no es de los nuestros. Ni siquiera los espíritus.
Avanzaban juntos hacia allí en sus paseos, y él le mostraba las raíces entrelazadas de los árboles más viejos, hasta llegar a una en particular: dos hayas que habían nacido separadas pero, con los años, sus troncos se habían fundido en uno solo. La llamaban el Haya de los Lazos.
—En medio del claro crece este haya —le decía su padre—. Allí podrás esconderte. Su tronco tiene un hueco donde cabes tú entera y el musgo es tan blando que parece respirarte mientras duermes.
—¿Por qué se llama así? —preguntaba ella, tocando la corteza unida de los árboles.
Drawets sonreía y contestaba:
—Porque son dos árboles que decidieron no separarse nunca más. Nacieron lejos, pero el bosque los trajo de vuelta. Se abrazaron. Y ahora ya no pueden vivir el uno sin el otro. ¿Ves? Algunas cosas están hechas para reencontrarse. Incluso si el bosque las separa.
—¿Y tú me buscarás si me pierdo? —preguntaba Gorrión en voz baja.
—Siempre —respondía él sin dudar, apretándola contra su nuca—. Siempre sabré cómo volver a ti.
Y luego la abrazaba fuerte, como si temiera que algún día olvidara el camino.
Ahora estaba sola.
Desde que los cazademonios despertaron el Orbe de la Confusión, el mundo se le había partido en dos y su hermano y su padre habían quedado al otro lado, lejos, fuera de alcance.
Estaba viendo la entrada del claro de la Daga Rota. Allí, en el centro, el Haya de los Lazos seguía en pie. Majestuosa. Su tronco fusionado abría un hueco natural a ras de suelo, cubierto de hojas secas. Un escondrijo seguro. Un corazón hueco donde, alguna vez, una niña se acurrucó a cantar con los ojos cerrados, creyendo que todo estaría bien.
La noche descendía despacio. El bosque se había vuelto más denso, más vertical. El cielo se asomaba entre ramas y las estrellas dibujaban sendas que solo los pícaros sabían leer.
Gorrión estaba acurrucada en el corazón del haya cuando un sonido seco, casi un crujido contenido, le hizo girar la cabeza de golpe.
Fue entonces cuando, a lo lejos, lo vio.
—Papá… —susurró.
Una figura avanzaba entre los árboles. Era alta, de hombros estrechos, con una túnica oscura que le caía hasta el suelo. Caminaba sin prisa y, aun así, la hojarasca crujía solo lo justo, como si el bosque le concediera ese ruido. La luz de las estrellas no alcanzaba su rostro.
Gorrión se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.
—¿Papá? —preguntó, con un hilo de voz.
La figura se detuvo.
Por un instante, el bosque contuvo el aliento. Y la niña, sin pensarlo, echó a correr hacia él.
—¡Papá! Sabía que me encontrarías. Sabía que… —la voz se le quebró—. Estoy siguiendo el musgo, como dijiste. No me he ido lejos, lo juro. Solo un poco.
Cuando estuvo a un paso, alzó la mirada.
Los ojos que la observaban no eran los de su padre. Eran más hondos. Más viejos. Y estaban demasiado quietos.
—Gorrión —dijo el hombre, y pronunció el nombre como si lo hubiera guardado para este momento.
La niña frenó en seco y retrocedió un paso.
—Tú… no eres él.
El desconocido sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una señal.
—No —admitió—. Y aun así has venido.
Gorrión tragó saliva. Le temblaron los dedos sobre la tela de la capa.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque Drawets lo pronunció aquí por primera vez —respondió Érebos—. Y la arboleda recuerda.
Gorrión apretó los dientes.
—No lo nombres.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz sonó limpia, casi cordial—. ¿Porque es tu padre… o porque te duele que alguien lo desenmascare? Drawets convierte el peligro en un cuento y el cuento en un truco. Hace reír cuando el suelo arde, desaparece cuando conviene y vuelve con una frase bonita para que todo parezca parte del plan. Incluso cuando juega a ser enviado del Titán, se le hincha el pecho con el título… y se le olvida mirar si los suyos siguen detrás.
Gorrión dio otro paso atrás. El hueco del haya le rozó la espalda, y la madera dejó de sentirse cálida.
—Me va a encontrar.
Érebos dejó la frase suspendida un instante, como si escuchara algo que no estaba allí.
—Ojalá —dijo al fin—. Porque entonces podría mirarte y explicarte por qué sus promesas no valen de nada. Pero me parece a mí que llega tarde… porque yo te he encontrado antes.
El silencio se apretó. El claro se volvió más estrecho.
—¿Quién eres? —preguntó Gorrión, con la voz rota.
Érebos miró un segundo hacia los árboles, con una contrariedad breve, como si aquel lugar no estuviera en su ruta. Después volvió a ella y la miró de otra manera: ya no evaluaba el camino; evaluaba la oportunidad.
—Me llamo Érebos —dijo—. Y no tendría que estar aquí. El Orbe ha mezclado los anclajes y me ha arrojado donde no tocaba.
Hizo una pausa.
—Pero ya que estoy… —añadió, y su tono bajó un grado— voy a aprovecharlo.
Gorrión sintió el peligro antes de entenderlo.
—No…
—Dime tu nombre… —ordenó él.
Los zarcillos oscuros que le nacían desde el contorno del ojo empezaron a moverse, lentos, como si buscaran una grieta en ella.
—Pero ahora, el de verdad.
—Ya te lo he dicho. Soy Gorrión.
Érebos sonrió despacio, como si eso confirmara algo.
—Ese es el nombre que te dieron para que fueras una pícara de callejones —dijo Érebos—. Para que pasaras desapercibida, para que corrieras cuando tocaba y para que sobrevivieras con poco ruido. Tú tienes otro. Lo has tenido siempre. Y si no quieres decirlo, no pasa nada: me encargaré yo de ponértelo. Aurobinda va a estar encantada.
El nombre de Aurobinda apagó algo en el aire. Gorrión había oído ese nombre en cuentos para asustar a los niños, y siempre había pensado que servía para que se callaran. Ahora lo escuchaba en la boca de Érebos y el miedo le subió por la espalda, frío y rápido, porque sonó a verdad. El claro se oscureció un grado, las estrellas quedaron más lejos, y el consejero alzó la mano.
—Tenebris… —susurró.
La tierra respondió. Entre raíces y hojas, una sombra más densa que la noche se deslizó hacia su palma, y una hebra negra se enroscó en su muñeca, viva, obediente.
—…nomen ligare.
Gorrión sintió que algo le tiraba de la lengua desde dentro, como si una palabra empezara a formarse sin pedirle permiso.
Érebos se inclinó hacia ella.
—Dilo —susurró—. Di: “Soy Cuervo”.
La niña negó con la cabeza, pero el temblor ya le había tomado la garganta.
—Soy… —logró decir, con la voz rota—. Cu…
Entonces, una chispa de luz cortó el aire.
—¡Praesidium lux! —gritó Kórux, y una barrera de energía dorada brotó entre ellos.
Érebos retrocedió justo a tiempo y el resplandor del conjuro le quemó la mano. Gorrión cayó de espaldas, sin aliento.
—¡Ahora, Grahim! —ordenó el Archimago, alzando la varita.
—¡Exspiravit tenebris! —recitó Grahim, conjurando un rayo plateado que rozó la túnica de Érebos, haciéndola arder por un instante.
Desde un lateral, Ukarin activó un artefacto con tres dientes metálicos.
—¡A ver cómo resistes esto, sombra con patas! —y lo lanzó.
El artefacto rodó hasta Érebos, soltando un clic seco. Una esfera de energía se expandió con un estruendo sordo, como si la arboleda entera se quejara de aquel estallido.
—¡Archimago, ya! —gritó Ukarin—. ¡Ahora puedes acabar con él!
Kórux avanzó. Tenía la varita empuñada con fuerza. Las runas brillaban en su madera antigua. Apuntó directo al pecho de Érebos.
—¡Reductum vitalis! —exclamó.
Pero no llegó a lanzar el hechizo.
Desde el borde del claro, una silueta emergió entre los helechos.
—¡Eh, maguito! —dijo una voz ronca y burlona.
BOOM.
El disparo retumbó. Un proyectil de pólvora impactó en el hombro del Archimago. Kórux cayó al suelo con un gemido ahogado.
—¡Kórux! —chilló Grahim.
Morgana, con el trabuco aún humeante, se acomodó el cinturón y le guiñó un ojo a Érebos.
—Espero que esto suba el precio. Dicen que herir a un Archimago cuesta el doble.
Érebos no perdió más tiempo. Se giró hacia la niña.
—¿Cuál es tu nombre? —susurró.
Ella lo miró. Desnuda de certezas. Hueca.
—No lo sé… —musitó.
De su espalda brotaron las primeras plumas. Negras, lustrosas. Pequeñas al principio, apenas asomando por la piel, como si los huesos bajo la carne buscaran una nueva forma. Sus pupilas se dilataron hasta ocupar casi todo el ojo. Su cuerpo tembló. Se dobló ligeramente, como si sus costillas intentaran replegarse hacia el centro.
Era el principio del proceso. El sendero hacia Yatagarami. Aquello que Aurobinda había ideado para transformar niños en heraldos oscuros, a través de un conjuro que desgajaba poco a poco la humanidad y la reemplazaba por obediencia animal. En los viejos relatos se decía que, con cada día al servicio de la oscuridad, las palabras se volvían graznidos, las uñas en garras, y los recuerdos en ecos que no sabían pronunciar nombres.
Érebos sonrió.
—¿Quién eres?
Y ella respondió:
—Soy Cuervo, mi señor consejero. Y solo sirvo al Titán Oscuro.
Pero justo en ese momento, algo inesperado ocurrió.
Una luz brotó desde su hombro izquierdo. No fue un hechizo aprendido ni una defensa mágica conocida. Fue… una respuesta. Instintiva. Antigua. Algo que no procedía de la voluntad, sino de un lugar más profundo: como si una llama remota, escondida desde el nacimiento, hubiese sentido el peligro y decidido arder.
Durante un segundo, la piel brilló con un resplandor suave, de tono ámbar, casi dorado. No quemaba, no cegaba, pero lo atravesaba todo. Su fulgor parecía pulsar al ritmo de un corazón lejano, de una fuerza que no pertenecía ni al bosque ni al mundo visible.
Érebos se detuvo, frunciendo el ceño.
Ukarin, desde la distancia, murmuró:
—¿Eso… ha salido de ella?
Nadie supo qué era.
La luz no deshizo el ritual.
Solo dejó claro que alguien —o algo— aún se resistía.
A Érebos no pareció molestarle. Observó los restos de ese brillo fugaz y sonrió con aún más interés.
—Vaya… parece que alguien no ha terminado de vaciarse —murmuró.
Grahim intentó correr hacia ella, pero una red de espinas mágicas emergió de los árboles, impidiéndole el paso.
Kórux sangraba. Ukarin se arrodilló junto a él. Su guantelete emitió un pitido suave, su mecanismo de emergencia activado.
—No podemos quedarnos —dijo ella—. Grahim, agarra mi hombro.
—¿Qué? ¡Tenemos que rescatar a esa niña!
—Confía en mí. ¡Ahora!
La inventora golpeó el suelo con el puño, activando un mecanismo inserto en su brazal. El mineral brilló con un fulgor azulado y crujiente: prolita pura, tallada con precisión para romper el espacio-tiempo.
Un estallido de luz cegó el claro. Y cuando la niebla se disipó… ellos ya no estaban.
Érebos se giró hacia Morgana, mientras Cuervo le tomaba la mano con docilidad.
—Gracias por el favor, mercenaria.
—Lo apuntaré en tu cuenta —respondió ella—. Aunque me parece que esta chiquilla va a valer más que todos los tesoros de Kalzaria.
Érebos asintió, y su sonrisa se torció apenas.
—Aunque llegas tarde.
—Tú también me prometiste que estarías aquí antes de que se ocultara el sol —replicó Morgana—. Dijiste que me esperarías en el claro.
—Intenté llegar —gruñó él—. Pero el orbe ha confundido los anclajes. Mirad.
Se agachó y apoyó una mano sobre la tierra. El suelo, envenenado por la magia residual del orbe, exhalaba sombra.
—Tenebris surrectum…
Una espiral negra brotó del suelo. Vibró, se tensó… y colapsó en silencio.
—Todo está roto —dijo—. El teletransporte no funciona. No puedo llegar a Barastyr y mi poder es menor cuando no estamos juntos.
Morgana lo observó en silencio y alzó una ceja.
—¿Y ahora?
Érebos miró hacia el oeste, donde las ramas del bosque se volvían más espesas, y un soplo de aire frío salía de un claro oculto.
—El Palacio de Ámbar.
—Un camino peligroso —advirtió Morgana— pero necesario.
—Barastyr me espera. El orbe nos ha separado, y no nos gusta estar el uno sin el otro demasiado tiempo.
Érebos bajó la mirada hacia Cuervo, que seguía aferrada a su mano, con las plumas negras creciendo en la piel.
—Y este será el regalo para mi señora Aurobinda —dijo—, para que recuerde que sigo a su servicio. Un consejero nunca pone todos los huevos en la misma cesta.
Y juntos se alejaron del claro de la Daga Rota, dejando atrás la majestuosa haya sobre la que el tiempo parecía haberse dormido.
Cuervo mantenía la expresión ausente, los ojos ennegrecidos y fijos en algún punto que no existía. Pero sus labios, apenas perceptiblemente, murmuraron un nombre.
—…Tinín…
El viento se lo llevó antes de que nadie pudiera oírlo.
