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EN EL EXILIO REAL
—¡Rayoz y centellaz! —gritó Elora mientras sudaba y respiraba fuertemente—, ¿dónde diabloz está mi zable?
—Majestad, relajáos —dijo la comadrona—. No debéis alteraros en vuestro estado. Además, ¿para qué queréis un sable ahora?
La pirata se incorporó sobre la cama mirando a los ojos de aquella mujer con una expresión iracunda y apremiante.
—Yo no pregunto zobre vueztroz azuntoz, ¿verdad? ¡Dadme mi zable, brujaz del demonio!
La más joven de las comadronas salió de la estancia y entró al instante con el sable de la reina. Ella lo cogió con decisión y se introdujo la empuñadura en la boca mordiéndola con fuerza. Zora, desde la distancia, contemplaba la escena con cierta sorpresa.
—Reina Madre, Elora es fuerte, pero me temo que el parto será difícil, pues el niño se resiste a salir— expuso la comadrona preocupada.
—No es un niño, es un futuro rey de Calamburia y fluye por sus venas la sangre de los Rodrigo —dijo Zora—. El bebé debe vivir, os jugáis todas la vida —añadió en tono amenazante.
—Elora hará bien su parte, querida —dijo Mairim con tono tranquilizador mientras entraba en la habitación. Su porte ya no era el de la niña-pirata que buscaba una corona. Había crecido y se había hecho más sabia
—Reina Mairim —dijo la Zora von Vondra haciendo una sutil reverencia a la monarca de los piratas y, por tanto, la anfitriona de lo que quedaba de la Corte de Ámbar.
—Mi hija tiene una fuerza que supera a la de diez marineros experimentados —explicó con confianza la reina pirata.
—El Titán Oscuro os oiga, Majestad… —murmuró Zora sin convencimiento.
Su mente, siempre tendente a ver varias jugadas por delante del resto en el tablero del poder, seguía estando inquieta. En los últimos meses, tras el exilio y su apresurada boda, la Reina Madre había visto a Doddy caer en la más profunda de las melancolías y había terminado por poner todas sus esperanzas en la nueva vida que estaba por venir. No soportaría perder a un miembro más de su familia y mucho menos que la única esperanza que le quedaba a su dinastía se truncara antes siquiera de haber visto la luz.
Doddy contemplaba taciturno la puesta de sol desde el embarcadero mientras tiraba migas de pan a los peces. Sabía que a esas horas la reina Elora ya debería estar dando a luz. Las comadronas no le habían permitido quedarse en la alcoba. Según ellas, la presencia del padre en el parto traía mala suerte. Intentó rebatir esa opinión, pero ni siquiera su recién heredado título de rey logró que aquellas mujeres transigieran. Quizás, como monarca en el exilio, carecía ya de la autoridad para hacer que su voluntad imperara; o quizás, tras tanto luchar, había batallas que había decidido dar por perdidas.
Ya hacía un año que Doddy y lo que quedaba de su corte habían abandonado el palacio dejando el Trono de Ámbar a merced de la Emperatriz de los Dos Mundos. Pensó en su madre y su hermana e incluso dedicó un recuerdo a su hermano Sancho. A veces pensaba en cómo hubiera sido la historia del reino si tan solo Sancho, el valiente y luchador Sancho, no hubiera dado su vida por salvarlo en aquella ocasión. ¿Sería ahora el rey de Calamburia? Con su instinto de salvaje, su arrojo y gallardía, ¿habría logrado Sancho resistir a las huestes infernales? Nunca lo sabría. La realidad era la que era y no había más. De pronto, vio a lo lejos una nube de gaviotas. Era la señal de que un barco se acercaba. Le extrañó, en las últimas semanas muy pocos barcos habían abandonado o arribado al puerto. Ahora que el continente entero era pasto de los demonios, no tenía mucho sentido abandonar el refugio que suponía Kalzaria. Sin embargo, al atisbar el estandarte del barco que llegaba, algo recorrió su espinazo. Fue una sensación extraña. Quizás se tratara de un espejismo, pero la bandera que ondeaba sobre el palo mayor no era otra que el estandarte de los Rodrigo. ¿Era aquello posible o era fruto de su destrozada imaginación?
Doddy se acercó al barco mientras este atracaba y pudo ver los uniformes, aunque algo raídos, del antiguo cuerpo de Hombres del Rey que un día sirvieron a su bisabuelo, el rey Rodrigo V. En el centro del puente de mando observó a un viejo lobo de mar que ocultaba parte de su cabello rizado y gris bajo un gorro pirata algo raído. Llevaba ropajes de marinero y tenía el rostro moreno y cuarteado, como si hubiera pasado años en alta mar. Su barba era abundante y entrecana, pero su cuerpo aún fuerte y su imponente porte hacían de él un personaje extrañamente carismático. Además, Doddy pudo comprobar cómo todos los soldados parecían tratarle con un respeto especial. Casi hipnotizado por el carisma de aquel marinero, el rey subió por la pasarela y se plantó frente a aquel hombre con mirada curiosa.
—¿Quién sois? —preguntó Doddy apreciando un aire familiar en aquel viejo navegante.
El hombre rió con una sonrisa abierta y sincera.
—Debería haceros la misma pregunta, joven. ¿Con quién tengo el placer de estar hablando? Si respondéis a mi pregunta primero, tendré a bien satisfacer vuestra curiosidad —dijo el lobo de mar con aire divertido.
—Con Doddigo V, dey de toda Calambudia —sentenció con menos convicción de la que le gustaría.
—Oh, comprendo —sonrió el misterioso marinero—. Así que tú eres aquel al que vengo buscando.
—¿Me buscáis a mí? —dijo Doddy extrañado— ¿Pada qué?
—Para conoceros en persona y presentaros mis respetos —expuso el desconocido quitándose el viejo sombrero pirata en señal de respeto—. Pero no debería sorprender tanto a un rey que alguien le busque.
—Últimamente no he decibido muchas… visitas… —dijo Doddy compungido.
—Pues eso acaba de cambiar. Tened a bien acompañadme a mi camarote, joven rey y quizás os pueda levantar el ánimo con una botella del mejor ron y alguna historia de este viejo lobo de mar. Bailan —dijo a uno de sus hombres en tono afable—, podéis ir a la taberna esta noche. Retomad fuerzas antes de nuestro próximo viaje.
—¿Y vos? —dijo el soldado preocupado.
—Estaré bien, parece que mi amigo y yo tenemos mucho que contarnos —dijo el marino mientras seguía a sus hombres con la mirada
—Como deseéis, señor —respondió Balian Renoir—. Aprovecharé para pasar cuentas con el Ladrón de Barlovento; a ese filibustero que aún nos debe una caja de botellas del mejor ron de Kalzaria por el último cargamento que le trajimos. ¡Ya me decía mi abuelito que no me fiara de ese viejo zorro!
Dicho esto, abandonó el barco con sus compañeros. Cuando el marino se quedó solo en cubierta con Doddy, le habló con sincero afecto.:
—Quizás, mi querido tocayo, si tenéis tiempo podáis escuchar los humildes consejos de alguien que arrastró la misma carga que hoy arrastráis vos…
—¡Es una niña! —gritó la comadrona mientras el llanto de la bebé estallaba llenando de vida la estancia—. ¡Una niña sana y fuerte!
—¿Una niña? —preguntó Zora arrugando la nariz. Sabía que era algo probable, pero lo cierto es que no se lo esperaba.
—¿Qué hay de malo? —preguntó Mairim—. Hace años que nos conocemos Zora, ¿acaso después de todo lo que habéis vivido seguís creyendo que el sexo determina la capacidad de un gobernante?
—No me preocupa su capacidad —dijo la Reina Madre—. Es solo que el mundo es especialmente cruel con las mujeres. Debemos luchar más que cualquier hombre para conseguir alcanzar las mismas metas. Además, estando como están las cosas, ya sabéis que esta niña no lo va a tener fácil.
Ambas mujeres fueron interrumpidas de nuevo por los intensos resoplidos de Elora que apretaba fuertemente con los dientes el mango de su sable.
—¡Viene otro! ¡Son mellizos! —se oyó gritar a otra comadrona.
Los ojos de Zora se iluminaron de repente. «¡Claro —se congratuló la Reina Madre—, la sangre de los Rodrigo suele obrar este tipo de milagros!».
—¡Es otra niña! ¡Y también parece que está sana! —gritó la misma comadrona.
La recién nacida arrancó a llorar sumándose a coro al llanto de su hermana, mientras la tierna esperanza que había brotado se marchitaba en el pecho de Zora Von Vondra. «Mis niñas… mis pobres niñas… No saben el mundo que reciben en herencia».
—¡Es un placed conocedos en pedsona! —estalló con repentina alegría el joven Doddy mientras alzaba la copa a la salud de su antepasado—. He oído tantas leyendas sobde vos. La historia os ha tdatado tan injustamente…
—Es cierto que fui un juguete del destino pero, si algo debo decir en mi defensa, es que espero que se me recuerde como alguien que supo cuál era su momento —suspiró y dió un trago a su vaso de ron—. Alguien que supo retirarse a tiempo y dejar paso a las nuevas generaciones.
—Hablando de nuevas genedaciones —dijo el joven visiblemente emocionado—. Quedido bisabuelo, ¿sabes? ¡Voy a sed papá!
—Eso he oído y te felicito por ello. Debes esforzarte en ser un buen padre para tu hijo. Es importante —respondió Rodrigo V con los ojos vidriosos por la emoción.
La ilusión del joven Doddy le recordó al antiguo rey su propia sensación cuando, años atrás, supo que iba a tener un descendiente. Sin embargo, visto con perspectiva, Rodrigo V sabía que no fue el padre que su hijo Comosu necesitó. En parte, se seguía culpando por su locura y seguía barruntando si, de haber sido una figura paterna más presente, habría logrado que su hijo no acabara como acabó. Sin embargo, les había abandonado para emprender sus viajes. Había llegado a asfixiarse con el opresivo ambiente de rencor y paranoia que reinaba entre Comosu y Petequia. Ese era uno de los motivos por los que Rodrigo prefería la libertad del mar y la compañía de sus hermanos de armas.
Sin embargo, hacía un par de semanas que otro barco con bandera de Kalzaria les encontró y les comunicó la trágica noticia: Comosu había muerto de unas fiebres. Según le dijeron, poco después, la pena se había llevado a Petequia tras pasar días negándose a comer. Visitar la tumba de su hijo y de la única mujer a la que llegó a amar de verdad era uno de los motivos por los que Rodrigo había vuelto a la isla tras su última aventura. La otra razón era conocer personalmente al último de sus descendientes, el joven Doddy, y tener ocasión de prestarle consuelo por sus no pocas pérdidas.
—Mis hombres y yo hace tiempo que nos convertimos en cazadores de tesoros —explicó Rodrigo con pasión en la mirada—. Viajamos por lo ancho y largo de este mundo en busca de aventuras, matamos demonios y nos enfrentamos a las inclemencias del Kal-a-Mar. Ya no echo de menos los tiempos en los que el peso de la corona cayó sobre mis hombros, ni aquellos en los que me vi obligado a mendigar por las calles de Instántalor… pero de una cosa sí que estoy contento.
—¿De qué?
—De que mi sangre haya seguido en el mundo como legado, de que ahora tenga un bisnieto alto, fuerte, valiente y dispuesto a seguir la estela de lo que un día empezaron sus ancestros —dijo el antiguo rey con solemnidad—. Además, ¿sabes una cosa?
Doddy lo miró expectante.
—Si algo he aprendido en mis años de marino; algo que me hubiera gustado que alguien me contara cuando fui rey por un breve periodo de mi existencia, es que…
—¿Qué? —preguntó el joven rey con sus ojos refulgentes con la avidez por atesorar la sabiduría de su predecesor.
—Que en la vida hay que tener el empuje de una vela —dijo con la pose misteriosa de un viejo lobo de mar.
—¿De una vela? ¿Una vela… pada dad luz… al deino? —el joven parecía algo confuso.
—No, mi pequeño descendiente —sonrió bondadoso Rodrigo V señalando en dirección al palo mayor de su nave—. La vela de un barco. A veces el viento soplará a favor y otras en contra, Doddy. Sin embargo, siempre tienes que tener claro que el único barco que nunca llega a puerto es el que nunca se atreve a desplegar las velas.
—Compdendo… —dijo Doddy rascándose la barbilla—. Lo que quedéis decid es que no puedo quedadme de brazos cduzados lamiéndome las hedidas podque eso solo hadá que mi badco se hunda. ¡Tengo que decuperad el tdono! —añadió con convicción.
—¡Así me gusta Doddy! Eres digno de tu sangre —apreció el antiguo rey con orgullo.
—No me llames Doddy, bisabuelo. Doddy ha muedto —sentenció el monarca exiliado—. Ahora soy Rodrigo VII y voy a recuperar el Trono de Ámbar.
Elora sostenía a una de sus hijas con cada brazo mientras sonreía con plenitud.
—Será mejor que nos dejéis a las niñas, Majestad —le aconsejó la nodriza—. Habéis hecho un gran esfuerzo y debéis reposar.
—Tonteríaz, ellaz quieren eztar conmigo y yo con ellaz —sentenció cortante la reina pirata.
Luego miró con ternura a una de sus hijas, que ya esbozaba lo que parecía una sonrisa y le habló como si la comprendiera.
—A tí, que erez tan travieza y juguetona, te llamaré Urraca. Ez un nombre de reina. Una mujer ambicioza, pero también decidida. Y ahora mizmo corren buenoz tiempoz para la gente que tiene dezizión y arrojo.
La niña pareció hacer una mueca de agrado ante la sonoridad del nombre. Luego, Elora volvió el rostro hacia su otra hija que parecía hacer pucheros con el ceño fruncido.
—A ti, que haz nacido con la energía de un trueno en mitad de la tormenta y la ira de un huracán, te llamaré Petequia —la recién nacida rompió a llorar con toda la fuerza de sus pulmones y su madre la meció para tranquilizarla—. Petequia era mi abuela, triztemente fallecida. Nació para zer reina y también tuvo que luchar por reinar. Ambaz fueron mujeres fuertez que cargaron en zuz hombroz con el pezo del deztino de un reino. ¿Y sabéis? Ambaz fueron hermanaz, como vozotraz. Zolo que, zi ellaz nacieron con el nefazto destino de dividir al reino; vozotraz habéis nacido con el deztino de volver a juntarlo.
A varios metros, Zora y Mairim contemplaban la escena con ternura y emoción, por lo que la entrada de Minerva en la habitación les sentó como un jarro de agua fría. La erudita se colocó al lado de ellas y contempló la escena, pero su gesto era mucho más adusto que el de las dos mujeres. Habló en voz baja para que la recién parida no la escuchara.
—¿Lo sabe ya? —dijo con frialdad.
—No lo sabe aún, Minerva. Cree que podrá criarlas ella —dijo Zora con una voz que mostraba cierto reproche velado.
—Es necesario —expuso implacable la directora de Skuchaín—. Además, siendo dos, hay el doble de posibilidades de que mi plan dé resultado, pero todo debe de hacerse tal y como está trazado. Es la única forma de que la sangre de los Rodrigo perdure.
—¿No podría quedarse con ellas al menos hasta mañana? —preguntó Mairim con aire melancólico.
—Sea, pero mañana el barco partirá y las princesas y yo iremos en él. Es extremadamente importante que nadie nos siga —sentenció Minerva con un tono que no parecía admitir réplica—. Es por su bien y por el bien del reino —añadió con un destello de humanidad del que logró librarse antes de dar la vuelta y abandonar la sala.

