222 – EL CUERNO OSCURO I

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EL CUERNO OSCURO I

La luz del sol, filtrada por el denso dosel de árboles centenarios, dibujaba sombras en el manto de hojas del Bosque Mágico. El aire, cargado de magia ancestral, murmuraba historias tan antiguas como el mundo. La Dama Blanca avanzaba con paso firme. Su vestido blanco y vaporoso se movía al compás del viento y su melena dorada, que caía como una cascada de oro sobre sus hombros, brillaba con un resplandor casi etéreo. A su lado, su hijo, el joven Yardan, andaba con más temor que convicción. Miraba a izquierda y derecha a cada rato como si temiera que en cualquier momento fueran atacados por fuerzas oscuras. Frente a ellos, Breena, el Espíritu del Bosque, se deslizaba con elegancia adoptando la forma de un majestuoso ciervo espectral. Su cuerpo, traslúcido y resplandeciente, parecía flotar sobre la hojarasca del suelo iluminando su camino como una estrella errante. 

El claro estaba cerca. Karianna podía sentirlo en el aire: una sensación de tensión que presagiaba la inminente reunión. Kárida, la Dama Añil y hermana mayor de Karianna, aguardaba en aquel lugar. Tal y como se habían desarrollado los hechos en las últimas jornadas, aquel encuentro era más que una simple charla entre hermanas; era una reunión decisiva para tratar de evitar lo que para muchos ya parecía inevitable: que el Reino Faérico se sumiera en una guerra total.

El corazón de Karianna latía con fuerza por una mezcla de miedo y esperanza. Sospechaba que Kárida se habría unido al bando de los druidas, pero aún albergaba en su corazón un rayo de luz. Si podía hablar con ella a solas, si pudiese abrirle su corazón… Las cosas no habían ido muy bien entre ellas en los últimos tiempos, pero, en el fondo, eran hermanas y ese era un vínculo que estaba más allá de cualquier malentendido. Había conseguido, con la mediación de Breena, convocar la audiencia en un claro del Bosque Mágico, a medio camino entre la Aguja de Nácar y la Morada de los Druidas: un territorio neutral. Allí, aunque no sabía aún cómo, trataría de volver a atraer a su hermana hacia su bando antes de que estallara definitivamente aquella guerra fratricida. Sabía que si conseguía que Kárida regresara a su lado, las cicatrices de su pueblo podrían empezar a sanar. «Le contaré la verdad. Le hablaré desde el corazón y tendrá que escucharme». Como muestra de confianza en ella y también para tratar de ablandar su corazón, había llevado a la reunión a su hijo Yardan. 

Cuando finalmente llegaron al borde del claro, donde había un pequeño arroyuelo cristalino, Breena se detuvo. El Espíritu Protector inclinó su majestuosa cabeza, sus ojos brillando con sabiduría ancestral y adoptó su forma humana.

—Es aquí —sentenció.

Karianna respiró hondo sintiendo cómo el peso de la historia, del destino, caía sobre sus hombros. Estaba lista. Frente a ella, las hojas del claro se apartaban lentamente revelando la figura de Kárida. A su lado, como siempre, se dibujaba la silueta del fiel Karkaddan.

—Hermana —dijo la Dama Blanca—. He venido en son de paz a implorarte que me escuches. Sé bien que aprecias a Drëgo, pero créeme: los druidas no son lo que parecen. Los druidas nos han traicionado.

—Puede que seas tú la que no ve las cosas con propiedad —lanzó Kárida con un gesto cínico—, ¿nunca lo has pensado, verdad?

—Dí que sí, querida. Los estrechos de mente siempre creen tener la razón —le apoyó Karkaddan, su consorte.

—¡Tía Kárida, tío Karkadann! —gritó Yardan—. Nos han estado engañando todo este tiempo. En vez de gestionar los flujos de energía mágica, se estaban aprovechando de ellos. 

—Dama Añil —expuso Breena con todo suplicante y conciliador—. Algunas de las razas faéricas se han dejado envenenar, es muy importante que mantengamos la unidad en estos tiempos difíciles. No debe romperse la armonía faérica. Si vos, como dama de los unicornios, os mantenéis fiel a la Aguja de Nácar, muchos os seguirán.

El matrimonio rió abiertamente como si todo aquello les pareciera gracioso. 

—Ya lo sé —expuso Kárida con aire trivial—. Lo he sabido todo este tiempo. No eres la única que está bien informada de lo que pasa en el reino.

—¿Lo sabías y no nos dijiste nada? —murmuró Yardan confuso. Su madre, sin embargo, no se sorprendió. Tan solo confirmó sus peores sospechas.

—Lo sabía —repitió la Dama Añil—. Sabía que los druidas, nuestros bienamados protectores, absorbían la energía de los canales mágicos para su propio beneficio. En un principio me pareció sospechoso, pero al hablar con Drëgo… él me contó la verdad. ¿Y sabes cuál es la verdad? Crees saberla, pero no la sabes.

—No sé qué te han contado, pero…

Toda la verdad —enfatizó Kárida—; que tus amados amiguitos del otro lado, liderados por ese Archimago al que tanto respetas, son los primeros en aprovecharse de nuestra magia; que la Aguja de Nácar es un invento realizado con el propósito de drenar la energía de nuestro mundo y que los verdaderos traidores siempre han sido los impromagos y su retorcido líder con el que pareces haber congeniado tanto ultimamente.

—Eso no puede ser cierto —lloró Yardan—. ¡El archimago es bueno! Nunca nos engañaría…

—Tranquilo hijo —respondió la Dama Blanca—. Tu tía no está en sus cabales. 

—Oh, sí. Sí lo estoy. De hecho, parece que soy la única que está en sus cabales. Porque tú, hermanita, te has dedicado a asesinar a nuestra gente cuando nadie miraba.

—Yo nunca haría… —comenzó a pronunciar Karianna, pero fue interrumpida.

—¡När, la Anciana Carmesí! ¿Acaso niegas que tú la mataste?

—Fue un… accidente… yo no…—titubeó Karianna mientras una lágrima resbalaba por su mejilla— Yo no quería…

—Así que por fin lo reconoces —dijo su hermana elevando la dureza de su tono—. ¿No sería acaso que la antigua dama había descubierto tus planes con el Archimago para someternos a todos?

—¿Cómo puedes pensar que yo…? —Karianna se sentía desarmada.

—Drëgo fue razonable —prosiguió Kárida—. Me dijo que si le guardaba el secreto compartiría conmigo su nuevo poder. Y que juntos devolveríamos el órden al reino. ¿Te imaginas? —preguntó retóricamente—. Un mundo donde yo fuera la que guiara los destinos de mi pueblo. Y díme, ¿quién en su sano juicio iba a resistirse a poder hacer justicia de una vez por todas?

—Así que era eso, siempre ha sido eso, ¿no? Es la envidia y la ambición la que te han cegado hasta el punto de creer a esa sabandija mentirosa antes que a alguien de tu propia sangre.

Justo en ese momento un portal se abrió detrás de Kárida y Karkadann y Drëgo apareció con expresión exultante.

—No es solo eso, Dama Blanca —se relamió el druida con una sonrisa sádica—. Drëgo tiene que reconocer que no podría haber avanzado tan rápidamente en la acumulación si no hubiera contado con la inestimable ayuda de los unicornios.

—Ya entiendo, no sólo lo sabías. ¡Les has estado ayudando! —dijo Karianna con gesto acusador.

En ese momento apareció un grupo de seres faéricos de entre la maleza.

—El Círculo de las Ancianas Faéricas nos envía para detener esta traición, Kárida —pronunció la Tyria, la anciana fauna—. Lucharemos al lado de la Dama Blanca.

Tras ella apareció Kyara, la madre de las hermanas unicornias, que miró a la Dama Añil con gesto severo.

—¿Tú también, madre? —dijo Kárida con gesto de hastío al verla. 

—Como antigua Dama Blanca no puedo permitir que unos humanos codiciosos rompan nuestro equilibrio —dijo ella—. Y como madre tengo que implorarte que entres en razón.

—¿En serio creéis que necesitábamos el apoyo de esos carcamales? —rió Karkaddan mirando de reojo a la Dama Blanca—. Señoras, retiráos y dejad el mundo a las nuevas generaciones —añadió con fingido respeto hacia las dos ancianas.

Kárida, con una malévola sonrisa que ninguno había visto antes en su rostro, tomó la posición central del claro y habló:

—Con el poder que los druidas han acumulado, seré invencible y me convertiré en la dama que gobierne los destinos del Reino Faérico. Restableceré el orden natural de las cosas y, ¿sabes algo, hermanita? —añadió con una media sonrisa—. Voy a disfrutar con ello como tú disfrutaste manipulando al Espíritu Faérico, a las damas y a nuestra pobre madre. Voy a disfrutar como tu lo hiciste rompiendo la Ley Druídica que prohíbe la mezcla de razas, fornicando con un hado y pariendo a ese engendro —añadió señalando a su sobrino que tembló aferrándose a la pierna de Breena.

Del pequeño arroyo que atravesaba el claro emergieron entonces varias formas acuáticas que tomaron el aspecto de un destacamento de ondinas. A la cabeza del grupo se hallaba de Airlia, la Dama Turquesa.

—Ya hay un orden natural de las cosas y también hay una Dama Blanca. —sentenció. Luego se volvió hacia Karianna haciendo una reverencia—. Todas las ondinas os apoyan.

De entre los árboles apareció un destacamento de faunos ataviados con armaduras de madera, hachas y lanzas. Estaban comandados por Quercus, Pezuña de roble, y la mismísima Dama Esmeralda.

—También los faunos —sentenció Édera con su melodiosa voz—. No nos gusta que los unicornios gobiernen, pero nos gusta menos que lo haga una desequilibrada y unos humanos con ansias de poder. Quercus, habrá que acabar con ellos.

—Pero, mi dama Esmeralda, ¿con todos? —dijo rascándose la cabeza y mirando a todos los presentes—. Si ni siquiera tengo claro cuales son los bandos…

—Los faunos sois valientes; vuestra fama os precede. Agradezco vuestro apoyo —respondió cortésmente la Dama Blanca.

Los soldados faunos y las ondinas se acercaron a Drëgo, Kárida y su consorte con gesto hostil, pero éstos no retrocedieron ni un ápice.

—Madre, ordénales que se rindan —sugirió Yardan—. Los superamos en número.

—Eso tiene solución —rió el druida enseñando sus dientes blancos en una mueca macabra. Alzó su mano hacia el cielo y un báculo se materializó como de la nada. Era la poderosa arma que había pertenecido por siglos a su difunto maestro Öthyn. De repente, su punta brilló lanzando un rayo de luz verdosa que se elevó sobre las copas de los árboles. Era una señal. La tierra sufrió una sacudida y, al instante, se formó una oquedad de la que salió un destacamento de enanos liderados por Otalan, Señor de los Túneles, ataviado con su corona y su báculo. Entre los soldados se encontraban sus fieros hijos, Isaz y Dagaz, cuyas enormes armas relucieron al ver la luz.

—Los enanos también son fieles a la tradición —sentenció Otalan—. No toleraremos que pongáis vuestras sucias manos encima de los druidas.

Isaz y Dagaz entrechocaron sus armas y gritaron con gesto amenazador respondiendo a la proclama de su padre. De pronto, empezó a oírse un revoloteo lejano que se iba acercando. A los pocos instantes aterrizó en el claro del bosque un batallón de hadas pertrechadas para la batalla. Estaban comandadas por el príncipe Carlín, que lanzó una mirada furibunda a la Dama Blanca.

—Aún quedan razas fieles al verdadero orden natural de las cosas. Las hadas lucharán al lado de los druidas, nuestros bienamados benefactores —dijo Carlin con una reverencia que encerraba un profundo rencor.

Sîyah, seguido por otros tres efreets, penetró en el claro como una exhalación, dejando tras de sí un rastro de hierba chamuscada. Se cruzó de brazos y miró a Karianna con gesto acusado.

—También los efreets darán su vida si es necesario. Mi Dama Carmesí así me lo ha encomendado.

—Parece que ahora nuestras fuerzas están igualadas —observó Drëgo satisfecho—. Veamos quién debe decidir el devenir del Mundo Faérico.