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LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN II
A la mañana siguiente, Shuaila y Shuleyma siguieron las instrucciones de su hermana Nashel; debían abandonar el lupanar e ir a Síahuevo de Abajo, marquesado de la Reina Madre y hogar de su hermana Tilaria, a aprender todo acerca de la corte y sus protocolos.
Se dirigieron al oeste hacia la suntuosa fortaleza de Zora Von Vondra. A pesar del odio que sentían los Von Vondra hacia los nómadas, Lady Tilaria los admiraba. Siempre había querido vivir aventuras y batallar en guerras. Además, sabía de la lealtad de los habitantes del desierto hacia la familia y que las jóvenes serían las más fieras protectoras de Melindres.
—Sed bienvenidas al Marquesado de Síahuevo de Abajo —dijo Lady Tilaria—. Aquí estaréis bajo mi cuidado, como corresponde a vuestra dignidad espero no haya ni un solo altercado. Aquí aprenderéis a comportaros como señoritas de alta alcurnia —explicó sin dejar hablar a sus invitadas—. Hilario de Duff, mi secretario personal y experto en protocolo, os enseñará lo que debéis saber para moveros en la corte como un pez en el agua. Espero que se os contagie algo de su sabiduría.
Hilario de Duff, uno de los gemelos Colby, era el más joven de los cinco hermanos, aunque ambos gemelos compartían esa posición. Desde hacía años, había sido el secretario personal de la vizcondesa, difunta mujer de su hermano Gadelaso. A veces afirmaba ver a su hermano en apariciones fantasmales, un recordatorio constante de su trágica muerte. Hilario, altivo y cínico, no era muy extrovertido, pero era muy educado y cordial. Seguía a su señora con paciencia y resignación y, aunque lo sabía todo sobre el protocolo de la corte tanto para hombres como para mujeres, tenía que sufrir que a menudo su señora hiciera oídos sordos a sus consejos protocolarios.
—Bienvenidas, jóvenes. Aquí aprenderéis mucho. Debajo de esta sonrisa, se esconde una gran fuente de conocimiento riguroso —dijo Hilario con una sonrisa sardónica—. Vuestra formación no será igual que la que habéis tenido con la mujer gitana. No solo basta con un corazón valiente, sino que deberéis aprender a moveros con astucia y elegancia, ser tan sutiles como el viento y tan calculadoras como un estratega; pues formar parte de la corte requiere un juego constante de máscaras y sombras.
La formación de las jóvenes comenzó a la mañana siguiente. Hilario les enseñaba diferentes materias como Cultura general, Literatura, Dicción, Protocolo, Música y Estrategia. Como había indicado la reina, las jóvenes debían ser capaces de atar cabos de todo cuanto veían y oían e integrarlo en un plan mayor. Debían prevenir los celos de los altos nobles de la corte, unir conversaciones aparentemente inconexas, leer lo que no está escrito y, finalmente, prever complots antes de que pudiesen suceder.
—Espero que prestéis atención a cada detalle. En esta corte nada es lo que parece. Siempre hay pequeñas mentiras —dijo Hilario mientras enseñaba a las hermanas cómo identificar señales sutiles en el comportamiento de los cortesanos.
Mientras Shuaila destacaba en cuestiones de estrategia, Shuleyma poseía un verdadero don para la música. Como amante de la música, Hilario la adiestró en canto e interpretación musical, y la joven se convirtió en todo un prodigio del canto lírico.
Pasaron dos años en el marquesado hasta que estuvieron preparadas. Las dos muchachas se habían convertido en unas refinadas señoritas e Hilario de Duff ya no tenía nada que enseñarles.
Por fin había llegado la tarde antes del décimo cumpleaños de los infantes y las trompetas sonaron anunciando la llegada del séquito real. Abrían el paso la Reina Melindres, con su madre Zora Von Vondra, y su guardia personal liderada por el valeroso Hernand Delohan Colby, hermano mayor de Hilario.
Los invitados se asentaron en el palacio de Tilaria y las presentaciones formales comenzaron con un aire de solemnidad. Melindres contemplaba con orgullo a su corte.
—Mi reina, es todo un honor teneros aquí —dijo Hilario con una reverencia profunda—. Al observar vuestro porte y vuestra belleza, Majestad, herederos de la gracia y elegancia de vuestra madre, la misma Zora, sé de qué están hechos los sueños.
—Gracias, Hilario. Es un placer estar aquí y ver cómo nuestro legado se mantiene fuerte y noble —respondió Zora, con una sonrisa llena de orgullo y satisfacción.
—Permitidme presentar a las protectoras que hemos preparado especialmente para vos —continuó Hilario.
Melindres miró a Shuaila y Shuleyma con una mezcla de sorpresa y curiosidad, y justo cuando iba a hablar, un estruendo ensordecedor resonó por todo el patio. Los infantes habían dado un portazo al bajar del carruaje, interrumpiéndola bruscamente. De repente, los tres niños se acercaron a formar junto a la comitiva con su madre. Sancho, con gesto protector, se colocó delante de su hermano mayor Rodrigo y su hermana pequeña Zoraida. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, la escurridiza infanta se había separado del grupo y estaba abrazando a alguien imaginario.
—¿Qué haces, Zoraida? —preguntó Sancho extrañado.
—Estoy abrazando al tito Gades —respondió ella con naturalidad.
Tilaria, percibiendo el desconcierto e intentando ocultar el secreto a gritos de las apariciones fantasmales de su difunto marido, la tomó rápidamente en brazos y la colocó de nuevo junto a su madre en la protocolaria formación.
—Disculpad el comportamiento de mis hijos, parece que Hilario tendrá mucho trabajo estos días en las clases de Protocolo —se disculpó Melindres con una sonrisa—. Madre —dijo a Zora—, si no os importa, id avanzando sin mí y que Rodrigo comience a practicar sus ejercicios de Dicción.
—Así que sois mis medio-hermanas —dijo Melindres intentando contener la emoción que crecía en su pecho.
—Sí, majestad, estamos aquí para servir y proteger a vuestra familia —respondió Shuaila con un tono firme.
—Hemos sido entrenadas para esta misión y estamos listas para cualquier desafío —añadió Shuleyma con determinación.
—Espero que sean tan formidables como prometes, Hilario —respondió Melindres mirando a sus hermanas con interés—. Mis hijos necesitan a las mejores guardianas.
Al caer la noche, las escorpionas se escabulleron hacia la ventana del balcón de los aposentos privados de la reina. En el quicio del balcón, Shuaila y Shuleyma se arrodillaron.
—Mi reina —empezó Shuaila—, permiso para entrar. Traemos un mensaje de gran importancia para vos y vuestros hijos.
—Veo que sois sigilosas y ágiles, ojalá yo lo hubiera sido en mi juventud cuando me entretenía cazando hortelanos. Entrad —ordenó Melindres.
—Es una profecía —dijo Shuaila—. Kávila, una poderosa zíngara, nos advirtió de que esta premonición solo podría ser entregada la luna antes del décimo cumpleaños de los niños.
—Hablad —ordenó Melindres con voz firme.
—La profecía dice que «el infante no llegará a adulto y que, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real» —dijo Shuleyma con voz temblorosa pero clara.
Melindres se quedó en silencio y su rostro se endureció aún más, pero una sombra de dolor cruzó sus ojos.
—Mis hijos… —murmuró cerrando los ojos por un momento—. No permitiré que sufran ningún daño. Gracias por traerme el mensaje. Vuestra lealtad será recompensada. Hablaré con mi madre sobre la profecía. Me alegra saber que pasaréis a formar parte de mi guardia secreta cuando volvamos al Palacio de Ámbar.
—Juramos por el Aguijón del Escorpión que protegeríamos a los infantes con nuestras vidas —respondió Shuaila con determinación.
Al alba siguiente, antes de las festividades, emprendieron el camino de vuelta al desierto para hacer una parada antes de su partida al Palacio de Ámbar.
Todo el clan nómada celebró la llegada de sus valientes guerreras con un gran festín alrededor de una hoguera. Shuaila y Shuleyma se prepararon para partir hacia el Palacio de Ámbar, asegurándose de que todas las responsabilidades y deberes estuvieran atendidos. Aprovecharían para despedirse del resto de sus hermanas, pues eran conscientes de que no las volverían a ver en mucho tiempo.
Antes de salir del asentamiento, se proveyeron de víveres y fueron a abastecerse de agua al lago del oasis. Decían que los escorpiones siempre bebían el agua del oasis antes de la batalla y el viaje, para llevar consigo la fuerza del desierto. Según se agacharon al lago a llenar sus provisiones, dos preciosos nenúfares naranjas brotaron de las profundidades del mismo. Al alcanzar la superficie, las flores se abrieron mostrando en su centro una gran «C» negra. Una nueva aventura se sumaba a su importante misión: el Titán les había seleccionado para participar en el Torneo de Calamburia.

