190 – VIENTOS DE CAMBIO

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VIENTOS DE CAMBIO

Los aiseos estaban de celebración: las estrellas resplandecían con un color especial en el cielo de Calamburia, algo que nunca había sucedido antes. En el III Torneo, Galerna y Bóreas habían conseguido recuperar a Brisa, quien se desdobló de Ventisca, su alter ego del Inframundo. La familia se preparaba para regresar a Caelum y celebrar su victoria, pero justo cuando estaban a punto de emprender el viaje, la arboleda se oscureció con una bruma espesa y tormentosa. Peligrosos rayos serpentearon en el cielo y las brujas aparecieron de repente, extendiendo una maldición que los separó a todos, incluidos Galerna y Bóreas, dispersándolos por distintos rincones del reino.

La alegría se desvaneció rápidamente, reemplazada por la desesperación y el caos. Los aiseos estaban consternados y, a pesar de su calmado semblante, los consejeros reales empezaron a albergar dudas sobre la fortaleza del rey, temiendo que su estancia en el continente lo hubiese debilitado.

Pasaron meses de incertidumbre y búsqueda frenética. Galerna, usando su astucia y fuerza de voluntad, finalmente logró romper la maldición y regresar a Caelum. Su llegada fue recibida con alivio y alegría, aunque la ausencia de Bóreas seguía siendo una sombra sobre las celebraciones. Los días pasaron lentamente hasta que, un día, Bóreas también logró regresar, marcando el fin de la maldición de las brujas y un reencuentro lleno de emociones intensas y lágrimas de felicidad​.

El tiempo trajo consigo momentos de paz y celebración en Caelum. En medio de esta tranquilidad, el valeroso Eolo no dudó en organizar una gran fiesta para conmemorar el regreso del rey Bóreas.

Eolo, conocido por su destreza en el manejo de los vientos y su lealtad inquebrantable, era uno de los guerreros más valientes y respetados del reino celestial. Hijo de una línea noble de aiseos, había demostrado su valor en innumerables batallas y misiones. Su capacidad para manipular las corrientes de aire con una precisión letal lo hacía un aliado poderoso y un enemigo temido. Más allá de su maestría en combate, Eolo era admirado por su sabiduría y su profundo sentido del deber. Su figura, siempre erguida y majestuosa, inspiraba confianza y respeto entre los suyos. Cada uno de sus movimientos era una danza con el viento, una muestra de su afinidad innata con los elementos. Era, sin duda, el soltero más cotizado del reino.

Galerna, que nunca había sido inmune a los encantos del guerrero, no dudó en comenzar un romance. El amor entre Eolo y Galerna no fue solo una alianza estratégica para fortalecer el reino, sino una unión basada en un profundo afecto y respeto mutuo. Desde jóvenes, sus caminos se habían cruzado en diversas misiones y aventuras, forjando una conexión inquebrantable. La valentía de la princesa y su determinación para proteger a su pueblo habían capturado el corazón de Eolo. Por su parte, ella encontraba en el guerrero un apoyo constante, un compañero cuya lealtad y amor la impulsaban a ser mejor. Su relación era una danza de vientos donde cada uno complementaba las fuerzas y debilidades del otro, creando una sinfonía perfecta de poder y amor. Finalmente, en medio de la alegría y los festejos, Galerna y Eolo se unieron en matrimonio, consolidando aún más la unidad y fortaleza del reino. La ceremonia, cargada de simbolismo y bendecida por los vientos celestiales, fue un evento que los aiseos recordarían por generaciones.

Sin embargo, la aparente calma fue pronto interrumpida. Durante una incursión en el Templo de los Elementos, Galerna sufrió un accidente que casi le costó la vida. Rodeada de energías caóticas y fuerzas elementales descontroladas, cayó en un abismo oscuro. En ese momento crítico, cuando todo parecía perdido, una luz celestial la envolvió, conectándola directamente con Rea, la Titán del Aire.

La experiencia fue sobrecogedora. Transportada a un plano superior, la princesa se encontró con Rea, majestuosa y poderosa. La titán, con una voz resonante llena de sabiduría, le mostró visiones del pasado y del futuro, revelándole el verdadero poder y destino de los aiseos. Le habló del linaje sagrado de su raza, de su deber de proteger los cielos y de la necesidad de mantener su pureza y fortaleza. Galerna sintió cómo su cuerpo y su alma se llenaban de un poder renovado, una fuerza divina que le otorgaba la capacidad de controlar los elementos con una precisión y un poder nunca antes vistos. Al regresar al mundo mortal, había cambiado; no solo había sobrevivido a la prueba, sino que había emergido de ella más fuerte y más determinada que nunca.

El regreso de Galerna y sus revelaciones sacudieron Caelum. Aunque algunos se maravillaron con su nueva fuerza y determinación, el Consejo Real comenzó a desconfiar aún más de Bóreas. Creían que el tiempo que pasó en el continente lo había hecho más débil y susceptible a las influencias de los calamburianos, seres a los que los aiseos consideraban insignificantes.

Convencidos de que el rey ya no era apto para gobernar, los consejeros urdieron un plan arriesgado. Sabedores del odio que sentían las herederas hacia los terráneos y las ansias de Galerna por gobernar, convocaron un cónclave secreto en la suntuosa biblioteca del palacio. Allí, juraron fidelidad a la princesa si conseguía que su padre abdicase. La intriga y el suspense llenaban los pasillos del palacio creando un ambiente cargado de tensión y conspiraciones.

—¿Qué vamos a hacer, hermana? —preguntó Brisa tras la marcha de los consejeros.

—Quiero a Padre tanto como a ti —respondió Galerna—, pero es verdad que se ha desviado del camino. Su debilidad está desestabilizando el reino y los consejeros no dudarán en arrebatarle la corona. Además, ¡los calamburianos empiezan a vernos como a iguales y esto no puede ser!

—Padre no va a abdicar y lo sabes —aclaró la Dama Celeste—. Me ha confesado que está preocupado por ti y que no sabe si te cederá el trono. 

—Padre no ve la realidad. Jamás me ha creído y no creo que lo haga nunca —declaró Galerna dolida—. Cuando la Guardiana del Inframundo te engañó le avisé de que seguías viva y no me creyó hasta el último momento, cuando estuviste a punto de morir. He de confesarte algo: cuando bajamos al Templo de los Elementos y cogí el orbe del aire, se me apareció Rea, la Titán del aire. Me dijo que habíamos olvidado que era nuestra verdadera diosa y que la habíamos abandonado. Llevo desde entonces trabajando con Eolo para buscar una manera de liberar su esencia del orbe. 

—¿Rea se te apareció? —exclamó Brisa— Cuando estuve en el Inframundo leí algo sobre ella, pero no creía que fuese real. ¿Por qué no me dijiste nada antes?

—Porque temía que creyeses que estaba loca, como padre —sentenció Galerna.

Las dos hermanas estuvieron hablando hasta que vieron asomarse el sol por el este de la balaustrada de la biblioteca. Urdieron un plan secreto por el que Galerna heredaría la corona. A pesar de ser la hermana pequeña, era la única a la que los aiseos seguirían, pues el paso de Brisa por el Inframundo aún resonaba en los lugares más recónditos del reino.

No tuvieron que esperar mucho para poner en marcha su traición, ya que una semana después llegaron noticias sobre Calamburia: los Consejeros Oscuros habían hecho emerger un castillo tenebroso y habían coronado a Dorna, la destronada reina consorte, como soberana de la Oscuridad. Bóreas, preocupado por los sucesos y su posible repercusión en Caelum, hizo llamar a sus hijas para contarles lo sucedido y proponerles volver a bajar al continente. No obstante, las jóvenes no estaban dispuestas a abandonar el reino.

—No volveremos a bajar a Calamburia —se quejó Galerna mientras Brisa asentía—. Es una tierra maldita que debe desaparecer.

—Atended a razones —intentó explicar el rey. 

—¡No! —interrumpió Galerna— ¡Atiende tú a razones! ¡Este es nuestro reino y de aquí no nos moveremos! No me dejas otra salida, ¡tenemos que encerrarte!

—Hija, no tienes suficiente poder.

—Te equivocas —inquirió Galerna con los ojos humedecidos—. Cuando fuimos a recuperar los orbes elementales, se apareció Rea ante mí y me otorgó poderes inimaginables.

Con lágrimas en los ojos, Galerna comenzó a conjurar un ancestral hechizo que Rea le enseñó, encerrando al viejo rey en un trozo de nube que ambas hermanas guardaron con cariño en una cajita en su despacho. 

—Lo siento mucho, padre, no nos has dejado otra opción —sollozó la hermana menor.

Convocaron de nuevo a los consejeros reales para comunicarles la desaparición del rey y planear la coronación en secreto,  pues el resto de seres del aire debían creer que su padre se había retirado. Dos días después coronaron a Galerna reina de Caelum y a Eolo rey consorte.

Poco después del día de la ceremonia, la reina quedó encinta. No obstante, poco duraron las celebraciones. De repente apareció Brisa en el gran salón. Estaba muy alterada, decía que Ventisca, su alter ego del Inframundo, trataba de comunicarse con ella e informarle de un inminente peligro. Tenía que volver a bajar al continente para solucionar el problema. En ese mismo instante, los reyes y los sirvientes empezaron a cerrar los ojos y caerse al suelo en un profundo sueño. En su arrogancia, habían dejado de prestar atención a los sucesos del continente, creyendo que estos nunca les afectarían a ellos; pero en ese momento los elfos habían lanzado un conjuro de sueño que alcanzó desde el lugar más recóndito de los mares hasta los mismísimos cielos​.

Pasaron varios meses hasta que despertaron desorientados. Galerna fue desesperada en busca de su hermana, aunque no creía que le fuese a encontrar, pues no sentía su presencia. Sumida en su depresión, la reina desatendió sus quehaceres, a su marido y hasta su embarazo.

Mientras tanto, Brisa había desaparecido en su búsqueda de Ventisca, observando escondida los terribles eventos que ocurrían en el Inframundo. Cuando finalmente regresó, su mirada reflejaba los horrores que había presenciado. Brisa reveló a Galerna y a los consejeros que Ventisca estaba atrapada en el tiempo y el espacio, y que los demonios habían elegido a una nueva Guardiana del Inframundo. Esta nueva emperatriz ya no contaba con Ventisca como consejera y nunca la podrían recuperar. Poco a poco, al desconectarse de su maligno alter ego, Brisa fue recuperando la luz que nunca debió abandonarla​.

Galerna, impulsada por la urgencia de la situación y a pesar de su embarazo avanzado, se encontró un día escuchando un tintineo de campana que resonaba en su mente. Ese sonido la condujo a la Arboleda de Catch-Unsum, donde fue elegida como Ser de Luz. A pesar de su estado, la dueña de las borrascas decidió ir sola a la arboleda para enfrentarse a las fuerzas oscuras. Allí, en medio de la batalla, conoció a Evolet, la Emperatriz de la que le había hablado su hermana​.

La batalla fue feroz, con los seres de la oscuridad desplegando todo su poder. Sin embargo, Galerna se erigió como un faro de luz en medio de la oscuridad, blandiendo el poder otorgado por Rea. Sus ataques eran precisos y devastadores, y con cada movimiento, parecía encarnar la furia de los vientos y la pureza de los cielos. Su embarazo no fue un impedimento, sino un catalizador que intensificó su deseo de proteger su reino y a su familia.

Después de una ardua pelea, los seres de la luz prevalecieron. La victoria fue amarga, pues muchos valientes cayeron, pero el reino de Caelum se salvó de una destrucción segura. Exhausta pero victoriosa, Galerna regresó al palacio, donde dio a luz a su hijo, Céfiro. Se trataba de un niño de unos preciosos ojos azules al que todo el mundo quería. Todos los aiseos celebraron con júbilo el nacimiento del que algún día heredaría el trono celestial.


Los años pasaron y el pequeño príncipe fue creciendo rodeado de amor y todo tipo de lujos. Pasaba los días con su padre, de quien aprendía Historia, Diplomacia, Vuelo, Conjuración de Vientos y otros menesteres propios de los gobernantes celestes. Por las noches, siempre acudía su tía Brisa a relatarle las maravillosas aventuras que su madre había vivido cuando bajó al continente para salvarle de las garras de la Guardiana del Inframundo. A él le fascinaban esas historias tanto como los terráneos a los que siempre observaba desde la balaustrada de la biblioteca. A su corta edad de cinco años ya había decidido seguir los pasos de su madre: bajaría a Calamburia y la recorrería entera. Sólo tenía que convencer a sus padres.

—Cuando sea mayor bajaré al continente, como madre —solía decir.

—Calamburia es un reino muy peligroso —le explicaba su padre— y sus habitantes son seres inferiores. No debemos mezclarnos con ellos. No olvides nunca que fueron ellos los que corrompieron las almas de tu tía y tu abuelo.

Sus padres le hablaban siempre acerca de los peligros que acechaban bajo los cielos y la corrupción en el alma de los terráneos, pero a él le fascinaba la vida de aquellos seres. Mientras el resto de niños se divertían jugando entre las nubes, el pequeño Céfiro observaba el mundo de abajo y se inventaba heroicas historias en las que dejaba Caelum, luchaba contra monstruos, surcaba los mares o simplemente cosechaba la tierra. Tal era la obsesión que tenía el muchacho por los calamburianos, que un día el Consejo Real pidió a la reina que le encomendase la educación del infante al propio consejo en lugar de su padre, al que consideraban demasiado indulgente​.

Fue entonces cuando Galerna decidió hablar con su marido durante la cena para contarle la propuesta. Sin embargo, el rey era conocedor del gran desprecio del Consejo Real hacia los calamburianos y anticipaba el rechazo que el pequeño sentiría hacia sus nuevos tutores. Había que buscar una solución.

—Sólo van a conseguir que se obceque aún más en bajar a Calamburia —dijo Eolo mirando a su hermosa mujer.

—Lo sé —respondió la reina apenada—, pero, ¿qué otra cosa podemos hacer?

—Bajar a Calamburia y que lo vea con sus propios ojos —respondió Eolo.

—¿Te has chocado con un cumulonimbo? —exclamó Galerna— ¿No recuerdas lo que les pasó a mi hermana y a mi padre? ¡Se corrompieron y nunca volverán a ser los mismos!

—Lo sé, pero se pasa el día entero soñando con las historias que le cuentan sobre tu familia y cuando bajasteis al continente. Además, es igual de testarudo que tú y si no cortamos rápido su obsesión es capaz de escaparse él solo. O aún peor, si consigues detenerle, ¿qué sucederá cuando sea rey y ya no podamos controlarlo?

—No puedo dejaros bajar a Calamburia —apostilló ella—. Es un reino perdido que debería desaparecer. No sale nada bueno de ahí y nunca lo hará. Vuestro lugar está en el cielo con el resto de aiseos.

Galerna dio la discusión por zanjada y ambos fueron, como cada atardecer, a darle las buenas noches a su pequeño. Como siempre, lo encontraron asomado a la balaustrada de la biblioteca, mirando las luces del continente que se extendía a millas bajo sus pies.

—¡Creo que hay una fiesta! Hay más luces de lo habitual —dijo el pequeño—. ¿Fuiste a celebraciones cuando bajaste al Continente?

—Debe ser el anuncio del Torneo —respondió Galerna agotada. 

—¿El torneo en el que participaste? ¿Cómo es ir a la arboleda y ver al resto? ¿Qué sentiste al ganar? ¿A qué sabe la Esencia de la Divinidad? ¡Necesito saberlo todo!

Céfiro empezó a emocionarse mucho, sus ojos resplandecían aún más, dejando ver la admiración que sentía hacia su madre y su deseo de vivir las mismas aventuras que ella. Su boca se abría en una gran sonrisa imposible de borrar, sus mejillas se sonrojaban por la excitación, su respiración era cada vez más agitada, como si en cualquier momento fuese a salir volando hacia la Arboleda de Catch-Unsum​.

Céfiro y Eolo serían los representantes de los aiseos en el torneo, listos para enfrentar cualquier desafío que se les presentara. Galerna, aunque preocupada, sabía que esta era una oportunidad crucial para que su hijo conociera el mundo que tanto anhelaba conocer y demostrara su valía como futuro líder. La decisión estaba tomada, y con un último abrazo lleno de esperanza y fortaleza, los tres se despidieron sabiendo que el destino de Caelum y Calamburia estaban en juego.
Mientras los veía alejarse, las dudas invadieron su mente. ¿Era correcto seguir los designios del falso Titán, que no era Rea? La conexión con su diosa le había otorgado poderes y visión, pero también le había mostrado la fragilidad de sus decisiones. Reflexionaba sobre el equilibrio entre proteger a su pueblo y cuestionar la autoridad de aquellos que no veneraban a la Titán del Aire.

Galerna observaba la partida de su familia, su figura destacándose entre las nubes de Caelum. En sus manos sostenía la nube en la que había encerrado a su padre, símbolo de las difíciles decisiones que había tomado por el bien del reino. Los vientos susurraban a su alrededor, llevando sus pensamientos y oraciones hacia los valientes que se dirigían al Torneo del Titán. Con cada paso que daban, sentía una mezcla de orgullo y temor, confiando en que regresarían triunfantes y fortalecidos.